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Oscar en Casa: Oscar llega repartiendo abrazos

Durante el encarcelamiento que se prolongó por 35 años Oscar López Rivera no tuvo muchas oportunidades para repartir abrazos. En aquel ambiente diseñado para el castigo el amor y la hermandad estaban absolutamente racionados, como una manera de castigar. Para alguien como Oscar esa privación debió haber sido uno de sus peores tormentos.

Tal vez por eso ahora, porque tiene tantos abrazos acumulados a lo largo de más de tres décadas de privación, los reparte con prodigalidad. Y no te abraza alguien que, cargando 74 años de edad combinados con 35 de prisión, debiera tener sus carnes flácidas y la barriga fofa. El que tiende sus brazos fuertes es el pequeño cuerpo de un atleta, sólido y fibroso. Abraza con energía, como queriendo trasmitir en unos segundos el cariño pacientemente guardado por tantos años.

Barack Obama dejó para el final de su mandato la orden que le conmutó la sentencia al héroe boricua. Muchos ya habíamos perdido la esperanza al ver que se acercaba el 20 de enero de 2017 sin que llegara la alegría. Oscar, sin embargo, esperaba tranquilo, siguiendo su rutina en prisión con la misma paciencia que antes habían desplegado otros grandes.

¿Por qué te excarcelaron?, le pregunté el sábado en la tarde cuando ya respiraba el aire de Santurce y con la pasmosa tranquilidad de siempre esperaba la llegada del 17 de mayo, día de su excarcelación definitiva. “Porque Puerto Rico nunca olvida a sus presos”, dijo como si decretara una sentencia.

Relató entonces la lucha que se dio en la Isla y entre los boricuas de Estados Unidos que condujo en 1979 a la excarcelación de los patriotas nacionalistas Andrés Figueroa Cordero, Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Oscar Collazo e Irving Flores. Aquella presión, en la que desde Chicago participó activamente el propio Oscar, atrajo la solidaridad mundial que finalmente condujo a la orden de excarcelación suscrita por el presidente James Carter.

Pocos años después, sigue relatando Oscar, comenzó la lucha por la liberación de los patriotas vinculados a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) entre los que estaba él. La presión desde Puerto Rico y desde los barrios nuestros en Estados Unidos fue otra vez grande, también con impacto internacional, hasta que el presidente Bill Clinton firmó la excarcelación en 1999.

La lucha siguió por los que quedaban en prisión con el desenlace que ya conocemos. Oscar conoce y aprecia el esfuerzo que en su caso se hizo desde distintas partes del mundo; desde la siempre solidaria Cuba, desde Venezuela y tantos otros lugares, así como la participación importante de figuras religiosas como Desmond Tutu y el Papa Francisco. Pero centraliza el esfuerzo en el pueblo puertorriqueño porque es consciente que si aquí no se hubiese desarrollado la lucha que envolvió a prácticamente toda la sociedad, difícilmente los del exterior se hubiesen movilizados.

“Puerto Rico no olvida a sus presos”, repite y compara su situación con la de los luchadores afro estadounidenses que, a pesar de la fuerza política que sin duda tiene esa comunidad y de la ubicación estratégica en el gobierno y en la economía de muchas de sus figuras, no ha logrado excarcelar a un grupo grande de prisioneros que ahora mismo extinguen condenas superiores a la que él extinguió. Como los tiene presente en sus pensamientos, uno por uno fue nombrando a los dirigentes del Black Panther Party que permanecen en prisión, algunos desde hace más de 45 años, sin perspectiva de que puedan dejar los barrotes atrás como fue su caso. Lo clave para que finalmente se lograra su liberación y para que Barack Obama la firmara estando ya de salida, fue que nuestro pueblo nunca lo olvidó. De ahí su agradecimiento.

De sus tiempos en prisión Oscar recuerda con cariño los años que compartió con Fernando González Llort, uno de los “Cinco héroes” cubanos que cumplieron largas condenas en Estados Unidos, acusados de espionaje por luchar en la Florida contra grupos terroristas que conspiraban contra Cuba. Fernando y Oscar compartieron la misma celda durante cuatro años, de 2008 a 2011. “Fueron mis mejores años en la cárcel”, dice. Por primera vez gastaba sus horas en buena conversación con otro antillano que, como él, llegaba a la prisión por ser fiel a sus ideas revolucionarias.

Nos cuenta que con ayuda de Fernando pudo elaborar un aparato de radio, rudimentario pero efectivo, que les permitía captar las ondas que llegaban desde el entrañable Caribe de donde ambos provenían. Era un aparato construido a partir de uno convencional que, eficientemente alterado y auxiliado por un cable colocado en la reja carcelaria, permitía que voces puertorriqueñas y cubanas llegaran hasta aquella fría prisión del medio oeste estadounidense. Aquel junte antillano terminó abruptamente en 2012 cuando el revolucionario cubano fue trasladado a una prisión ubicada en Arizona. Pero Oscar se quedó con la radio con la que siguió escuchando voces entrañables que llegaban desde Puerto Rico.

Desde el pasado 9 de febrero Oscar ha estado fuera de la celda. Hasta el pasado 17 de mayo estuvo en virtual arresto domiciliario, aunque en la mejor de todas las “prisiones” posibles, el apartamento santurcino de su querida Clarisa. Llegó allí con un grillete electrónico que vigilaba sus movimientos, pero que no le impidió volver a escuchar otra vez el sonar de un coquí y correr al balcón del apartamento en la primera madrugada para ver las estrellas. Ahora que finalmente terminó su condena carcelaria aclara que no sale a la “libertad” sino que solamente ha sido excarcelado. Nadie viviendo en una colonia puede ser libre y él aclara que no lo es ni lo será hasta que la condena de su patria termine.

Como una vez contó sus años un ex prisionero de las cárceles franquistas, el poeta Marcos Ana, Oscar tiene 74 años de edad, pero tan sólo 39 de vida. Los otros 35 no los vivió plenamente y, como el poeta español, no puede considerarlos como vividos. Pero sale de prisión con la moral intacta y lo suficientemente saludable para seguir luchando. Preguntado cómo se visualiza aclara que sólo “quiere dar un mensaje de amor” y un aviso “de que se puede”. Desea que en el futuro los puertorriqueños pudiéramos “luchar juntos” en un mismo movimiento o frente que nos permita avanzar hacia la terminación del coloniaje. Durante los años que le quedan, que a juzgar por su cuerpo fibroso serán muchos, estará en la lucha diciéndonos con su ejemplo que sí se puede.

Oscar en Casa: Razón de ser de la campaña para excarcelar prisioneros políticos

El Comité Pro Derechos Humanos de Puerto Rico, es una prolongación del Comité Unitario Contra la Represión y de Ofensiva 92, entre otros grupos coincidentes. Se creó para dar continuidad y apoyo a la defensa de prisioner@s que cayeron presos en combate por la defensa de uno de los derechos humanos más fundamentales y genésicos, como es el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Uno de esos últimos prisioneros que, de manera ejemplar y sacrificial, cumplió treinta y seis años de cárcel por defender la independencia de Puerto Rico, es el patriota Oscar López Rivera. Con él, como con los demás prisioneros(as) políticos, seguimos la línea de cumplir con los siguientes objetivos:

Creación de  una junta  compuesta por  representantes de diferentes sectores y  miembros de los organismos involucrados en la campañas de excarcelación coordinada por  el Dr. Luis Nieves Falcón. El trabajo se encaminó a sensibilizar sobre nuestros pres@s y las  condiciones de reclusión partiendo de que  estaban encarcelados por su  participación en la  lucha por la independencia de PR y las luchas sociales. Romper con el desconocimiento de quiénes eran éstos  y educar sobre el concepto prisionero de Guerra fue vital. Preparamos cuadernos de formación, documentales y collages de éstos y sus familia y creamos un cuaderno de cómo organizar grupos  de apoyo. Se desarrollaron comités por la Isla reforzando así los  existentes.

Gestionamos endosos más allá del independentismo, entre sectores que respetaran el concepto de defensa de derechos humanos de los prisioneros y el derecho a la autodeterminación, independientemente de preferencia final de estatus político en nuestra relación con EE UU. Uno de los objetivos fundamentales era consolidar el respaldo nacional. Mantener opinión pública a favor de nuestra causa aun en el ambiente divisionista electoral.

Se Intensificó la campaña para obtener un amplio y representativo recogido de cartas para enviar a distintos presidentes de EE UU, de manera que se viera la constancia y la determinación de conseguir que creciera el reclamo de excarcelación de nuestros presos políticos. Organizamos actos religiosos por toda la isla y  visitas, casa a casa,  a escuelas e iglesias y grandes movilizaciones.

Se celebraron actividades de carácter indirecto y cultural (celebración de cumpleaños de los patriotas presos). Organizamos eventos de carácter internacional, como el que sesionó en Vieques,  Río Piedras así como el de la Haya en España, y también en NY, Cuba y Nicaragua.  Visitamos China, Irlanda del Norte y Africa.

Nuestro enfoque era dual: En lo procesal, presentar el caso de los presos como un reclamo de derechos humanos, de modo que el mismo pudiera convertirse en voz de consenso de todo nuestro pueblo, yendo más allá de las filas del independentismo, aún cuando éste sector llevara, como en efecto llevó, el peso de la campaña por excarcelar nuestros prisioneros (as) políticos. En lo sustantivo, plantear que nuestros prisioneros estaban presos por sus ideales políticos, en especial por ser combatientes contra el coloniaje y por su defensa a favor de la independencia de Puerto Rico, siendo la independencia el derecho universal más fundamental de un pueblo sometido al delito del coloniaje, como es el caso de Puerto Rico.

Esta posición nos ganó ataques irracionales e injustos, de sectores que pretendían que se suavizara la defensa de los principios políticos de estos compañeros (as) presos, diz que con el objetivo de que se ampliara el apoyo a su excarcelación, aunque en la práctica equivalía a una expresión sugerida, de arrepentimiento, que es lo que el poder colonial históricamente les ha reclamado a todos como condición para excarcelarlos. Persistimos y se logró que todos salieran en libertad sin que ninguno de ellos, con condiciones o sin condiciones, firmara carta alguna de arrepentimiento por haber luchado por los medios que fueran, en defensa del derecho del pueblo de Puerto Rico a combatir el coloniaje y a reclamar la independencia de Puerto Rico como un derecho inalienable.

El caso de Oscar López Rivera fue y sigue siendo el más difícil de los últimos tiempos. Oscar se negó a salir, indultado por Clinton el 1999 para salir diez años más tarde en el 2009, por razón de que no le ofrecieron nada a Carlos Alberto Torres y a Haydee Bertrán, además de que, estando preso, le imponían unas condiciones onerosas que, bajo el control de los carceleros, podían alegar que las había violado y negarle su derecho a la excarcelación final. Añádase a esa dificultad de circunstancia política, el evento de septiembre 11 de 2001, que enrareció el clima de derechos civiles en EE UU y logró que el gobierno incrementara la represión, las medidas de seguridad, legislara el “Patriot Act”, como instrumento preciso de represión política y demonizara a los que lucharan por la excarcelación de presos políticos, a quienes calificaban de terroristas. Bajo ese clima político, varios de nuestros aliados en la diáspora planteaban que Obama estaba bregando con la reforma migratoria y la reforma de salud y no quería que le pusiéramos sobre el plato más presiones sobre controversias agudas que las que tenía. Algunos se plegaron a esa exigencia mediática por razones tácticas y en algunos casos hasta electorales. De más de uno escuché ese argumento sin que lo hiciera público, en espera de mejores tiempos para recabar nuevamente su apoyo político.

Eventualmente conseguimos (el CDHPR), el apoyo de cuatro ex gobernadores de Puerto Rico y uno en funciones. Conseguimos Resoluciones de Senado y Cámara bajo la incumbencia de ambos partidos principales, PNP y PPD. El apoyo de la Coalición Ecuménica, que agrupa iglesias protestantes y la Iglesia Católica, representada por sus líderes principales y más liberales. El apoyo de todo el sector del independentismo, que en el caso de Oscar se unió solidariamente en el reclamo de su excarcelación y consiguió invaluable ayuda para lograr apoyos internacionales. Vale destacar que siete premios Nobel de la paz se unieron a este reclamo, así como la ONU, a través del Comité de Descolonización, la CELAC, La COPAL, La Internacional Socialista, El Foro de Sao Paolo y la red de países que apoyan la revolución, tanto en Cuba como en Venezuela. Puntales en ese apoyo internacional fueron; en igual orden de importancia, el PIP, el MINH y el Comité de Solidaridad con Cuba en Puerto Rico. La lucha de todo nuestro pueblo en y fuera de Puerto Rico, nación interna y diaspórica , fue factor fundamental para que Obama oyera el reclamo de justicia y excarcelara a Oscar. Oscar regresa a su patria, que nunca lo tuvo ausente. Oscar se integrará al pueblo para aprender y enseñar cómo se lucha y se vence, en defensa de un ideal, cuando se resiste, viviendo con amor y constancia en defensa de la libertad patria…C

Oscar en Casa: Bienvenida a un Gigante de la resistencia y la lucha

Hace cuatro años yo no sabía quién era Oscar López Rivera y tampoco la inmensa mayoría de los puertorriqueños. Varias organizaciones habían mantenido vigente el interés en su excarcelación, pero este éxito se centraba en los grupos independentistas de intensa militancia. La situación en ese momento la describió muy bien un amigo, conocido y respetado partidario de la independencia: Oscar se conocía solo en el “gueto de los independentistas”. ¿Cómo fue que cambió todo esto? No pretendo pensar que nuestro grupo 32xOscar fuera responsable de toda la popularidad actual, pero el sacarlo de ese gueto en gran parte fue consecuencia de varias iniciativas nuestras.

El 29 de mayo del 2013 Oscar cumplía 32 años de cárcel y escasamente seis semanas antes mi prima Sonia Cabanillas, su compañero Nick Quijano, mi esposa Myrta y yo, habíamos seleccionado esa fecha para la primera actividad de nuestro grupo, el encarcelamiento simbólico llevado a cabo simultáneamente en la Plaza de Armas de San Juan y las plazas de Caguas, Ponce, Mayagüez y Arecibo. Empezamos a medianoche. La idea era que, durante 24 horas, numerosas personalidades de nuestro País estarían simbólicamente prisioneros en una celda recreada con las mismas dimensiones en las que estaba encarcelado Oscar. Comenzamos asignando turnos de 30 minutos, pero el entusiasmo fue tal, que para poder acomodar las peticiones, tuvimos que reducir los turnos a 15 minutos y eventualmente, para evitar un motín, terminamos abriendo las celdas para lograr colocar, no individuos, sino grupos de personas. Terminaron encarcelándose importantes personalidades del mundo artístico al igual que del ámbito político, literario, médico, legal y deportivo. Hasta un religioso, famoso por su homofobia, hizo el sacrificio de encarcelarse con Pedro Julio Serrano, reconocido homosexual.

La próxima actividad fue el 23 de noviembre del 2013, cuando nuestro grupo, conjuntamente con el Comité Pro Derechos Humanos celebramos una masiva marcha en pro de la excarcelación de nuestro preso político. Con el fin de servir como himno para la marcha, 32xOscar comisionó a Rafael Taboas una canción. Él tomó prestada la melodía y la letra de la canción “Libre”, popularizada por Nino Bravo y he aquí parte de lo que él escribió y luego nos cantó Chucho Avellanet:

Tiene más de treinta años

nuestro Oscar… en cárcel federal…

pero tras la frontera está su hogar…

su fiel San Sebastián.

Para él los barrotes solo son…

un trozo de metal

Es inminente la excarcelación…

su pueblo aclamará…

Libre, como el sol cuando amanece, siempre libre…

quiero a Oscar…

Libre, como su alma que escapó de la prisión…

no hemos de claudicar…

Libre, como el pueblo que se expresa en su exigencia

y su pensar,

Camina sin cesar por la causa de Oscar…

y sabrás lo que es al fin la libertad…

Con su bandera un pueblo marchó…

cantando su canción….

¡Y cómo marchó ese pueblo solidario! Los cálculos de asistencia fluctuaron entre 35,000 a 50,000.

Las cartas de Oscar a su nieta Karina fue una de nuestras iniciativas más exitosas y su impacto en el proceso de excarcelación es incuestionable. Cuando fundamos nuestra asociación, Oscar era considerado como un gran patriota puertorriqueño, un gran revolucionario, pero lo que nadie había exaltado era su lado humano. Muchas fueron las críticas y los ataques lanzados contra nuestra colectividad al publicar estas cartas que “pintaban a Oscar como un abuelito”, desvirtuando su carácter como patriota. A nadie se le había ocurrido que era compatible el ser abuelo a la misma vez que patriota. La serie de cartas con el título de “Las manos en el cristal” cautivó el corazón de los lectores y humanizó la figura de Oscar desde la primera que publicamos en El Nuevo Día.

Las cartas a Karina revelaron los pensamientos más tiernos e íntimos y las lecciones de vida de un abuelo a su nieta. Pero más allá de eso, nos permitieron echar un vistazo al mundo secreto del preso político en la cárcel. Cómo se celebra un cumpleaños, una despedida de año, cómo se las ingenia para calentar café en su celda, los abusos cuando le botaron los materiales para pintar sus cuadros, y hasta sus vivencias con los vietnamitas en la guerra.  En esas cartas nos narró también las técnicas que usó para poder sobrevivir doce años en un calabozo estrecho y monocromático, en confinamiento solitario, con periodos en que le mantenían las luces encendidas las 24 horas del día y otros en que le despertaban cada 30 minutos. Igualmente, nos explicó en esas cartas cómo hizo para mantener una sanidad mental envidiable, cuando las estadísticas indican que la gran mayoría de los presos después de unos pocos meses en solitaria desarrolla trastornos mentales serios, incluyendo alucinaciones. De momento teníamos a un personaje, para aquel entonces abstracto, que se nos transformaba en un ser humano sensible, con el que fácilmente nos podíamos identificar. A través de sus cartas todos logramos comprender el extraordinario sacrificio de Oscar por su ideal. Como bien ha comentado el periodista Benjamín Torres Gotay, “Puede que no nos guste que López Rivera sea independentista, pero no podemos negar que dio por sus creencias mucho más de lo que cualquiera de nosotros ha dado, o podrá dar jamás, por las nuestras”.

En una de sus cartas, Oscar escribió “Querida Karina: Después de la familia lo que más echo de menos es el mar, ya han pasado 35 años desde la última vez que lo vi.” Esto nos sirvió de inspiración para nuestra próxima iniciativa, “Al Mar x Oscar”, idea de Nick Quijano. Resultó un espectáculo muy visual, emotivo y de gran colorido provisto por las múltiples pequeñas embarcaciones que zarparon de la Bahía Urbana. Una de ellas transportaba un llamativo cabezudo de Oscar confeccionado por Pedro Adorno y su grupo “Agua, Sol y Sereno”. Al atracar en la Puerta de San Juan, inmediatamente Oscar se unió en un largo abrazo a su hija Clarisa y nieta Karina. De ahí desfilamos todos a El Morro donde disfrutamos de un hermoso concierto con Chucho Avellanet, Chabela Rodríguez, Andy Montañez, la Banda Acústica Rodante, Zoraida Santiago, Christian Nieves y sus Trovadores, Los Bardos (Tuna de UPR), Cultura Profética, Así Somos, Trío Taboas-Scharrón-Calderón, Benito de Jesús, Tito Vicente, Libeth y Josean López con su trío ‘Los Ases del Recuerdo’. Esta actividad fue coordinada por Pedro Muñiz, Julio Ramos, Benito de Jesús y varios otros, e incluyó el lanzamiento de una inmensa chiringa de Oscar, obra de Rafi Trelles.

Otras funciones llevadas a cabo por nuestro grupo incluyeron “A Escribir x Oscar”, una campaña para motivar al pueblo a enviar miles de postales con mensajes de apoyo a Oscar que luego seguimos con otra campaña “A tuitear x Oscar” en la cual enviamos miles de mensajes al Papa Francisco pidiéndole su intervención en el caso de Oscar. “Rogativa x Oscar” fue otra emotiva ceremonia donde convocamos a los líderes religiosos a una procesión que comenzó en la estatua de la Rogativa en el Viejo San Juan.

Hay más, pero se acabó el espacio. Concluiré diciendo que tal y como presagió Rafael Taboas: “es inminente su excarcelación… y sabrás lo que es al fin la libertad”. Ya todos podemos comenzar a celebrar la aspirada unión de nuestro héroe nacional a su patria. Un pueblo totalmente hermanado y que por años reclamó su regreso, el 17 de mayo recibirá a Oscar eufóricamente agradeciéndole su extraordinario y noble sacrificio.

Durante su torturado y deshumanizante encarcelamiento, el carácter de Oscar fue moldeado por 12 largos años de privación sensorial en solitaria y 23 años adicionales durante los cuales ni tan siquiera le permitieron asistir al entierro de su madre. La meta final de su castigo era el “espiriticidio”, palabra que el mismo acuñó asegurando que “mi espíritu resucitará si los carceleros logran sus metas … Mi certeza radica en mi confianza en que he elegido servir a una causa justa y noble.” No fue necesario resucitar, porque sus carceleros se equivocaron al no saber aquilatar que detrás de este hombre de escasamente 5 pies con 3 pulgadas había un gigante en espíritu y resistencia. Oscar se impuso por encima de todos los arduos esfuerzos de sus carceleros por aniquilarle la voluntad que ahora resurge más fuerte que nunca.

Sería sumamente injusto despedirme sin antes reconocer la labor del mas talentoso y comprometido grupo de personas que he dirigido, las que formaron o colaboraron con 32xOscar, cuya meta ya se cumplió cabalmente y así felizmente llega nuestro grupo a su final no sin antes agradecer la devota tarea de Zulmi Santiago y Vitin Calderón en desarrollar y mantener nuestra página web al igual que la del Dr. Manuel Martínez Maldonado en servir de portavoz.

Oscar en Casa: Un hombre o una mujer que se levanta

A Luis Negrón

Próximamente publicaré un libro titulado Intervenciones que recoge las conferencias, discursos, columnas y otros tipos de escritos de los últimos cinco o seis años, que comparten el hecho de que fueron participaciones en espacios o eventos públicos. Hace unos meses, cuando preparaba el manuscrito, me sorprendió la cantidad de ocasiones en que llamaba la atención sobre Oscar López Rivera, el preso político durante más años encarcelado en América Latina. Todavía Oscar no había obtenido la conmutación de su sentencia y, según se agotaban las últimas semanas del mandato del presidente Obama, crecía el temor de que ésta no se produjera. Entonces pensé que, a mi pesar y sin habérmelo propuesto, el libro se convertiría también en el testimonio de una campaña infructuosa, otra muestra patente de la tragedia puertorriqueña relacionada con la sordera de los que nos imponen sus decisiones y leyes.

Felizmente, este no es el desenlace que se ha obtenido. Las diversas campañas y grupos que lucharon por la excarcelación de Oscar lograron su objetivo. Regresó al país en enero y, luego de un absurdo arresto domiciliario de cuatro meses, quedó libre el pasado miércoles 17 de mayo.

Recuerdo la primera vez que reclamé su liberación públicamente. Ocurrió en la Feria Internacional del Libro de Lima, donde formaba parte de la delegación puertorriqueña que se encontraba allí por motivo de que la Feria estaba dedicada a nuestro país. En la inauguración se me pidió que me sentara en la mesa presidencial. A mi derecha tenía al Ministro de Cultura, a mi izquierda la vice embajadora de Estados Unidos. El mayor auditorio del recinto ferial estaba colmado de público y afuera se desarrollaba una ruidosa manifestación contra el funcionario que tenía a mi lado. La ceremonia avanzó con partes iguales de protocolo y caos. Luego que le tocara el turno al micrófono al ministro, que fue abucheado ruidosamente, y a la vice embajadora estadounidense, anunciaron mi nombre. Cuando desde el podio levanté la vista, encontré una multitud que me miraba fijamente. Hablé de Puerto Rico, del hecho de que era el único país latinoamericano que había sido conquistado en dos ocasiones, de cómo esto obraba para aislarnos y cómo esta circunstancia multiplicaba nuestra incomprensión. Quise ilustrarlo con un ejemplo y aludí a Oscar López Rivera. El preso político más longevo del continente era un puertorriqueño que llevaba entonces 32 años tras las rejas y que había sido sometido a doce de reclusión solitaria. En algún momento, escuché que mis palabras eran interrumpidas por un mínimo aplauso. Escruté la sala y vi, en una de las primeras filas, la figura solitaria del escritor Luis Negrón que se había puesto de pie a aplaudir. Poco a poco, como una marea que arriba sin prisa pero sin pausa, fueron parándose los miembros de la delegación puertorriqueña y luego, fila tras fila, el auditorio entero.

Nunca olvidaré la valentía de Luis. De manera inesperada, sobre ese estrado, había vivido una gran soledad. Le hablaba a gente de algo que no conocían y que podían despachar fácilmente. Después de todo, allí mismo, los limeños estaban inquietos por otras causas, como lo atestiguaban las voces que llegaban desde los altoparlantes ubicados en una calle aledaña.

Después de esa ovación, iniciada por un hombre que se puso de pie, la sala escuchó atenta y aun los gritos de la protesta amainaron. El público interrumpió con aplausos en más de una ocasión. Cuando volví a la mesa, un político puertorriqueño, pidió la palabra e hizo una declaración en nombre del gobierno que representaba a favor de la excarcelación de Oscar.

Un poco más tarde en el día, me enteré de lo que mi intervención había causado. La vice embajadora de Estados Unidos se había retirado del evento y su embajada le había retirado el apoyo a la Feria. En el almuerzo, una funcionaria latina de la embajada norteamericana se me había acercado haciéndose pasar por una lectora entusiasta. Tras bastidores se había producido un pequeño escándalo.

A partir de entonces, en viajes incontables, fui detenido en San Juan y en otras muchas ciudades. Los funcionarios de inmigración, invariablemente, seleccionaban “al azar” alguien a quien revisar con particular atención, y esa lotería siempre me tocaba. Casi enseguida comencé a ganar “el Gordo” de las pruebas de parafina. Por si alguien lo desconoce, este examen se realiza para comprobar si un pasajero ha manejado explosivos en las últimas 24 horas. En dos ocasiones, una al salir de San Juan y otra al regresar, el resultado fue positivo.

Invariablemente el candado de mi maleta llegaba a su destino forzado. Dentro dejaban una hoja del gobierno de Estados Unidos que informaba que el equipaje había sido examinado por motivos de seguridad. Esto ocurrió tantas veces, que comencé a coleccionar las hojas y, al viajar, ponía cuatro o cinco sobre mi ropa en la maleta. Así procuraba comunicar el sinsentido de la vigilancia a la que había sido sometido.

He afirmado en más de una ocasión que la gran tragedia puertorriqueña consiste en que ya por más de un siglo, nadie contesta el teléfono en Washington. No importa quien llame, da igual que opción política favorezca. Por ello es por lo que los plebiscitos quedan sin repuesta y tantos otros reclamos del pueblo puertorriqueño. Sin embargo, este desinterés es aparente, como demuestra el caso muy menor que acabo de referir. Washington escucha atenta pero perversamente. La comunicación es casi nula y asimétrica y no se da a cara descubierta, pero existe una escucha y expresión constantes aptas para intimidar, influir y silenciar.

Luego de esa vez en Lima, hablé y escribí, en Puerto Rico y el extranjero, en muchas ocasiones sobre Oscar. Uní mi voz a las de miles de personas de muchas partes del mundo. La sordera estadounidense es una forma de agenciar el control y el poder, pero a lo largo de años supo de cada manifestación de libertad para Oscar. Al final, el presidente no pudo sino reaccionar a nuestro reclamo, que se había convertido demasiado grande e incómodo.

El miércoles pasado, al ver en la Plaza de la Convalecencia de Río Piedras, a Oscar López Rivera, recordé que en un discurso sobre él, propuse que esa plaza se rebautizara con su nombre. Así dejaría de llevar uno alusivo a la enfermedad, a la larga convalecencia en la que se ha convertido nuestra historia, y portaría el de un hombre que venció décadas de reclusión y maltrato. Oscar, entre otras cosas, es alguien que triunfó, en circunstancias terribles, la degenerante enfermedad del colonialismo. También recordé entonces a Luis Negrón en esa mañana de Lima. Un hombre que se puso de pie y aplaudió cuando nadie había reunido el coraje para hacerlo. Ese gesto que presencié de cerca es el que muchos miles de puertorriqueños repitieron después durante años. Con valentía, exponiéndose a la escucha perversa y la intimidación del poder colonial estadounidense, dejaron patente lo que sentían y pensaban. Ese esfuerzo se convirtió en un camino que nos trajo hasta esta victoria. En ese camino, el primer paso, es el de un hombre o una mujer que se levanta.

Oscar en Casa: Oscar: Símbolo de una nacionalidad que no se puede marchitar

Cada uno de nosotros creció bajo el asedio de la eficaz campaña antiindependentista orquestada por el régimen colonial. La comparsa compuesta por la educación oficialista, ciertos medios de comunicación y el folclor local transmitían por todas las vías posibles los mitos sobre la independencia que aún hoy están incrustados en la siquis de tantos compatriotas.  Lejos de la protección salvadora de los Estados Unidos, se nos decía, nuestra patria estaría condenada a la bancarrota, el desasosiego, la imposición de una dictadura y el exilio de cientos de miles: precisamente los males con los que hoy nos azota el ELA.  Pero esa demonización del afán de libertad no podía estar completa sin una lección más concreta y precisa, sin la inflicción de los más terribles sufrimientos sobre seres humanos cuyo padecimiento actuara como advertencia inequívoca.  Y el vehículo para ese ejemplo aleccionador fue el encarcelamiento de independentistas.  Recuerdo la vividez con que mis padres me contaban (sin haberlo presenciado ellos) de los arrestos a los independentistas de Adjuntas tras la Revolución de 1950, cuando bajo la tutela del “chofer del whisky americano” comenzó la represión en su forma más extendida.   Pero no fue hasta más tarde, a través de esos libros ausentes en las escuelas precisamente porque son  esenciales para entendernos como país (los trabajos de Miñi Seijo, Marisa Rosado, don Heriberto Marín, y otros) que pude apreciar con mayor claridad la extensión de la sumisión malévola de quienes, desde el poder insular, se prestaron para lastimar a los suyos y congraciarse así con los Estados Unidos.

Fuimos educados con la cartilla del colonialismo: el encierro, en condiciones inhumanas, de los nacionalistas insurrectos; las duras imágenes de don Pedro torturado por quemaduras inexplicables; las largas condenas de Oscar Collazo, Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero e Irving Flores.  Ese fue el material didáctico del que se valió los Estados Unidos para enseñarnos que el martirio es el precio del desafío al imperio.  A esa represión más visible se unió el más discreto ejercicio del carpeteo, que prevaleció hasta finales del siglo XX (y con seguridad aún existe en otro formato).  Pero el efecto disuasivo no fue completo. Desde un flanco distinto, gestado en buena parte en “las entrañas del monstruo” y vinculado a otras luchas de reivindicaciones políticas y sociales en los Estados Unidos, se levantaron otros combatientes, entre ellos Oscar López Rivera, a los que también se castigó con extensas condenas.

Lo que ocurrió entonces en Puerto Rico es, me parece, una de las más claras representaciones del carácter de una nacionalidad que como mejor se describe es como lo escuché alguna de voz de aquel espíritu sublime, don José Ferrer Canales: inmarcesible, que no se puede marchitar.  Poco a poco, se fue extendiendo el reclamo para la excarcelación de los independentistas.  Cuando en el 1979 el presidente Carter accedió a la liberación de Lolita, Oscar, Irving y Rafael (Andrés, gravemente enfermo, había sido excarcelado antes para que muriera en su patria), no sólo se les recibió como héroes, sino que se convirtieron en símbolos vivientes de resistencia, respetados mucho más allá del independentismo. Luego de los arrestos de Oscar y de los demás compañeros a principios de los ochenta, la exigencia de libertad para los nuestros empezó a tomar otra forma.  El esfuerzo de instituciones políticas y cívicas, alcanzó una resonancia enorme. Y aquí me permito reconocer de forma especial, porque tuve el privilegio de apreciar de cerca su trabajo, a dos figuras que han encarnado como pocas la más auténtica solidaridad: Luis Nieves Falcón, quien se hizo abogado sólo para tener la posibilidad de visitar en calidad de tal a los presos políticos, y fue uno de los fundadores del Comité pro Derechos Humanos, hoy bajo la dedicada dirección del Lcdo. Eduardo Villanueva, y Jan Susler, quien (también con otros abogados del People’s Law Office) se dedicó a un auténtico apostolado jurídico por la excarcelación de nuestros prisioneros.

Así, con el curso de los años, la causa por la liberación de los presos políticos, que en un principio fue una exigencia animada por y expresada desde el independentismo, creció hasta convertirse en un reclamo impulsado desde la conciencia de la nacionalidad, compartido por muchos que todavía no están convencidos de que debemos mandar en nuestra tierra. En ese sentido, la larga jornada por la excarcelación de nuestros presos, tiene importantes tangencias con la lucha por la Paz para Vieques.  En ambas, aun a los ojos de quienes aspiran a alguna forma de “unión permanente” con los Estados Unidos, ese país se reveló como el victimario abusivo e insensible cuyas injusticias hacían blanco en nuestros compatriotas.  Esa poderosa fuerza de la identidad nacional encontraba al fin un cauce de reivindicación política, más allá del nacionalismo liviano del deporte y el certamen de belleza.

Ernesto Sabato escribió que no se puede vivir sin héroes ni santos ni mártires. Todos necesitamos una reafirmación de las posibilidades más sublimes de nuestra humanidad.  Eso han significado nuestros presos políticos. Nuestra generación ha tenido el privilegio de nutrirse de  la espiritualidad de doña Lolita, la combatividad de don Rafael y la resistencia de Oscar.  Ha sido la extraordinaria entereza de nuestros presos políticos la que ha convertido aquella macabra lección de sumisión en una cátedra de dignidad nacional.  El heroico gesto de Oscar al negarse a aceptar el indulto si ello implicaba dejar en la cárcel a alguno de sus compañeros nos recordó las dimensiones más altas de la solidaridad. Su generosidad y transparencia nos descubren la inutilidad de odios y amarguras.  La estoicidad sin aspavientos de 35 años de encierro, 12 de ellos en confinamiento solitario,  nos demuestran cuánta fortaleza da la convicción.

La excarcelación de Oscar es un triunfo enorme de nuestro pueblo, una victoria de nuestra nacionalidad, en el sentido más amplio, el de la admiración por quien representa las virtudes que de alguna forma nos definen como pueblo.  Somos una nación que tras 119 años de dominio del imperio más poderoso que ha conocido la historia, ni nos asimilamos ni nos rendimos.  El cautiverio de Oscar es la metáfora de esa voluntad de persistir.  Que el reclamo de su liberación se convirtiera en uno masivo –incluyendo a figuras cuyos partidos políticos fueron, en su momento, colaboradores incondicionales del gobierno estadounidense en su faena de persecución al independentismo– es un testimonio de lo que puede alcanzar la persistencia de una causa justa, impulsada al principio por una minoría, y de cómo, en los momentos trascendentales, se impone por encima del cautiverio sicológico del colonialismo, la fuerza de nuestra identidad.

Oscar está, al fin, en casa.  Es momento de celebración y también de renovar votos con la lucha por la cual tanto sufrió.  Logramos, con una extraordinaria conjunción de voluntades, la excarcelación de Oscar. Vamos ahora a la liberación de la Patria, a la plenitud de esa nacionalidad que no puede marchitarse.

La autora es Vice Presidenta del PIP.

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