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La sensualidad de la campiña italiana: Reseña de Call Me by Your Name

En una película, uno de los factores que determinan el comportamiento y/o la manera de ser de un personaje es el espacio en el que habita. La banda de criminales de Reservoir Dogs (dir. Quentin Tarantino, EEUU, 1992), con sus chaquetas negras y gafas oscuras, son una expresión que asociamos de inmediato con un centro urbano. Éstas no son figuras que visualizamos en una playa apacible del Mediterráneo mojando sus pies descalzos en el agua cristalina mientras se toman un café. Su mundo es el de la ciudad, donde el ritmo atropellado de un robo se hace eco del precipitado movimiento del tránsito y de la tensión ante los peligros de la jungla de asfalto. En Call Me by Your Name (Italia/EEUU/Brazil/Francia, 2017), dirigida por Luca Guadagnino, los personajes de la historia disfrutan del verano del ‘83 en la campiña del norte de Italia. Éstos corren sus bicicletas por calles adoquinadas de pequeños pueblos, se zambullen en lagos de aguas heladas que bajan de las montañas y cenan entre árboles de albaricoques y melocotones. En este espacio, se encuentran Elio (Timothée Chalamet), un intelectual de diecisiete años y de curiosidad voraz, y Oliver (Armie Hammer), un hombre de veinticuatro años y estudioso del arte clásico. Durante unas semanas, ambos experimentarán un idilio bendecido por el crujir de los pisos de madera en la villa de la familia Perlman.

Oliver, un estudiante doctoral estadounidense, llega a la villa del Profesor Perlman (Michael Stuhlbarg), donde pasará un verano sirviéndole como asistente de investigación. Perlman, cuya especialidad es el arte grecorromano, lo recibe junto a su esposa, Annella (Amira Casar), su sirvienta Mafalda (Vanda Capriolo) y su hijo, Elio. Éste último es un joven interesado en la música y en la literatura y, durante ese verano, se encuentra explorando el placer sexual junto a su amiga/novia, Marzia (Esther Garrel). Como en muchas historias de amor, a Elio inicialmente le choca la arrogancia de Oliver, el atractivo estudiante universitario que nunca escapa de su mirada. La belleza física de Oliver se convierte en la invitación a la contemplación y al deseo de Elio. En una conversación con Perlman, Oliver se maravilla ante la sensualidad masculina en las esculturas de Praxíteles, el artista griego del siglo IV a.E.C. De esta misma manera, la cámara de Guadagnino aprecia la figura de Oliver cuando juega voleibol sin camisa o mientras descansa acostado al borde de una piscina. Tanto como el escultor ático, el director tienta al espectador y nos hace entender visualmente el deseo de Elio que florece gradualmente en el trasfondo natural idóneo.

El mayor triunfo de la película está en cómo visualiza la relación de Elio y Oliver como la expresión más natural del espacio bucólico que habitan. Diferente a Brokeback Mountain (dir. Ang Lee, EEUU, 2005), donde los encuentros borrascosos entre Jack (Jake Gyllenhaal) y Ennis (Heath Ledger) tienen una relación visual a los paisajes montañosos de Wyoming, Elio y Oliver pertenecen de lleno a un mundo natural apacible donde su deseo no es corrompido por juicios morales. El director de fotografía, Sayombhu Mukdeeprom, retrata una naturaleza que combina la armonía del andar de una mosca sobre el brazo de un personaje con la belleza artística de una escultura clásica que Perlman rescata del mar. En este ambiente, Guadagnino ubica la historia de Elio y Oliver enfatizando el encuentro entre ambos como una manifestación del espacio en el cual coexisten.

Guadagnino imagina la naturaleza como asilo para las relaciones amorosas que escapan las normas sociales. Su maravillosa película, Io sono l’amore (Soy el amor, Italia, 2009), trata sobre cómo el personaje de Emma (Tilda Swinton) transita entre una Italia urbana de privilegio que sofoca cualquier expresión de identidad marginada y el mundo natural alejado de la ciudad, donde ella explora sus deseos secretos. Esa dualidad espacial está ausente de Call Me by Your Name, donde los personajes no se sienten inhibidos. Aunque hay atisbos del horror moralista del exterior, éstos son limitados a pequeños momentos que funcionan para enaltecer la libertad del hogar de Elio. Éste elemento parece escapar de muchos críticos estadounidenses que se sienten en la necesidad de justificar que la edad de consentimiento en Italia es diferente a la de los Estados Unidos y por eso no se debe condenar la relación entre el adolescente y Oliver. Call Me by Your Name no representa el sexo como una relación de poder entre un depredador adulto y un menor que cae víctima a sus avances sexuales. La historia se enfoca en dos personas que se exploran mutuamente porque así lo desea cada uno. Chalamet, el joven actor que interpreta a Elio, crea un balance magistral entre la inocencia juvenil y la madurez intelectual del personaje que lo posiciona como un igual ante Oliver. Incluso, en uno de los momentos más gloriosos de la película, Perlman le hace entender a su hijo la maravilla de su exploración amorosa. Esta escena, que resalta la grandeza del talento dramático de Stuhlbarg, no sólo revela el esplendor del amor y la pasión de la juventud, sino la tristeza del final de una experiencia única. Les recomiendo que busquen la pantalla más grande que encuentren para experimentar plenamente el amor, la naturaleza y la visión artística de esta obra, que está entre mis cinco películas favoritas del 2017.

Será Otra Cosa: Títeres, sin querer queriendo

Se sabe que durante más de medio siglo, el “progreso” al estilo gringo ha venido expulsando la vida de los cascos de los pueblos en Puerto Rico. Se sabe también que los últimos son tan criaturas coloniales como lo son las autopistas y los moles, pero que ambos diseños del espacio responden a distintas premisas históricas y socioeconómicas. En Mayagüez, el “desarrollo” del siglo XX partió por el medio, literalmente, los focos económicos de la costa y del pueblo, según concebidos por el imperio español. Cada vez que transitamos por la carretera #2 y cruzamos el viaducto de Mayagüez, viajamos por una herida que sigue sangrando: el corte neocolonial de las viejas premisas peninsulares. Podría decirse que es como cruzar el Atlántico. Como sé que ambas disposiciones espaciales y, por tanto, vitales, son impuestas por poderes carniceros, nunca he deplorado como tragedia nacional el abandono de los cascos de los pueblos, del mismo modo en que nunca he lamentado como pérdidas desgarradoras de la nación las transformaciones del español boricua y la multiplicidad de usos del inglés. A mucha gente en Puerto Rico le encanta olvidar que ambos idiomas han sido, igualmente, imposiciones genocidas.

Dicho lo anterior, tampoco puede ignorarse que el modo en que están concebidos los pueblos en nuestro país promueve el encuentro interhumano e interespecie mucho más de lo que lo hacen las vías “principales.” Las últimas están abocadas a la atomización al interior de ventanillas-fronteras, aires acondicionados y moles. La #2 separa y vulnera la vida; hace casi imposible el contacto. Todas las especies arriesgamos la vida al intentar caminar por, a través de, junto a, la carretera “principal.” Hay una cantidad infinitamente mayor de perros muertos en las vías principales que en las calles de los pueblos. En la #2, no se puede acariciar una perra, ponerle un envase con agua o intentar espantarle su afán de acompañarnos. En el pueblo, eso aún es posible. A pesar de haber sido tomados también por el carro, en los pueblos de Puerto Rico todavía se admiten las caminatas y se propician los contactos.

Es posible que se me riposte que, sin importar la disposición del espacio o el esfuerzo percibido de habitarlo de uno u otro modo, la especie humana, sea en la #2 o sea en el pueblo, en la ciudad o en el campo, no es más que un títere del capital y, en casos como el nuestro, de la colonia. Es pesada la carga histórica de esa metáfora: a las marionetas se las ha despreciado hasta la saciedad. A mí, por el contrario, no me preocupa concebirme como títere; hasta de la estructura genética o de la evolución biológica podemos ser marionetas. Además, quien ha experimentado una buena manifestación de la milenaria tradición escénica de donde proviene la metáfora que nos ocupa, sabe bien de su extraordinario poder de conmoción y trasformación. La pregunta, como de costumbre, será la de la aspiración: ¿qué títeres anhelamos ser?

Quienes nos acercamos a Taller Libertá, espacio principalmente gestionado por Vueltabajo Colectivo y ubicado en la calle Pablo Casals (antigua calle Libertad) no. 66 en Mayagüez, para su inauguración como taller en las noches del 14 y 15 de diciembre, encontramos en la Titeretada 2017 nuestro espejo, en el que nos deslumbramos al trasluz de la belleza y del amor. Producto de la colaboración comunitaria y entre los colectivos artísticos participantes (Vueltabajo, Deborah Hunt/MaskhuntMotions, Casa Múcaro, Papel Machete, …Y no había luz), el Taller Libertá, que comparte calle con la Plaza del Mercado de Mayagüez (a ambos lados de la Casals, hay frutos igualmente imprescindibles), se volvió, bajo luces bajas, amplias cortinas negras, bancos hechos de paneles y antiguas cajas de leche, en zona de encuentro, riesgo y creación. Allí, fuimos títeres con la posibilidad de abrazarnos y espeluzarnos, de rompernos las extremidades, recogerlas y recomponerlas, de entrar a una barra y reconfortarnos en la compañía cuerpo a cuerpo, de subir unas escaleras con las que nos topamos por azar y encontrarnos allí otra forma de vida (un baile, una escena, un amor), de mirar tras las vitrinas y poder entrar a tocar lo que tras de ellas se esconde, de parar el tiempo para admirar un pedazo de belleza que se impone, a pesar de todo.

No creo exagerar si califico la Titeretada como sesión de sanación colectiva por la catástrofe que los poderes capitalistas-coloniales han producido tras el paso de María. Al verme, al vernos, al ver el país, en títeres y máscaras que se desmiembran y se remiendan, que se cosen los ojos para no ver, que cantan al poder del hacha y el machete que abren caminos, que convierten cajas de priority mail en aves soñadoras, lloré un largo y profundo llanto, el que no he podido llorar desde septiembre porque hay que seguir, seguir, seguir. También reí con una sonoridad sin culpa la sátira de nuestra estupidez y, sobre todo, la burla de la maldad sin proporción de quienes mandan y deciden.

Al interior del Taller Libertá, que ha sido, y sigue siendo, centro de acopio y distribución de la Brigada Solidaria del Oeste pos María, otro país no solo se volvió posible, sino que se hizo. En lo sucesivo, y con el apoyo decidido de los títeres libres que anhelamos ser, al interior del Taller Libertá otro país no solo se volverá posible, sino que se hará. Allí construiremos el país como se construyen los países… y los títeres: a muchas manos, juntas, a veces siendo guiadas y a veces guiando, con amor, belleza y equivocación, zurciendo y rehaciendo, jugando y pensando, sin querer queriendo.

Triunfó el Taekwondó

Estimado Elliot:

Los tiempos de CLARIDAD Diario eran más fáciles. Ahora estamos un poco viejos.

Saludos,

J.

Rogelio Lozada fue uno de los mejores lanzadores del beisbol aficionado en Puerto Rico. Jugó catorce años y formó parte de la Selección Nacional en dos ocasiones. Su repertorio consistía de una buena bola recta que subía al acercarse al home y una curva promedio que nunca aprendió a localizar. No tenía cambio. Si tuviéramos que describir su filosofía sobre como lanzar sería: Yo la tiro lo más duro posible y tú batea si puedes. Era predecible, pero compensaba esta limitación con su famosa bola rápida. Aunque el bateador la estuviera esperando, resultaba difícil hacer contacto.

Tuvo conversaciones, pero no una oferta formal para jugar profesional. Cuando lo nombraron supervisor en su trabajo de instalación de puertas y ventanas decidió retirarse del beisbol. Había otra razón. Su hijo de cinco años parecía tener cierta habilidad para tirar una bola.

El domingo siempre fue su día favorito. En sus tiempos de jugador el parque se llenaba para verlo lanzar y él sentía en su piel de pelotero el apoyo y la confianza que bajaba desde las gradas. Nunca los defraudó jugando con desgano o con actitudes de estrella. Ahora se ponía su vieja gorra con la letra H, vestía de pelotero a su hijo y desde que llegaba repartía sonrisas, saludos y, finalmente, pasaba sin pagar por la puerta de entrada. Todos lo conocían, lo señalaban, recordaban sus hazañas. Algunos esperaban a que Rogelio se acomodara en una butaca detrás del home para ir a saludarlo y repetirle las antiguas bromas que nunca desaparecerán: “¿Crees que puedes relevar dos o tres entradas? ¿Te queda algo en la bola? Estás igual; todavía te puedes poner el uniforme’’. La manera que tenía Rogelio de agradecer tales atenciones era sonreír y contestarles con aguajes de combinación de puños en la barriga.

Una mañana alguien que no conocía le dijo; ‘’ Siempre vienes acompañado de tu hijo, ¿será que estás preparando a tu sustituto?’’. Rogelio contestó con palabras que no sabía existían en su cabeza: “Este es el que me va a sacar de pobre’’. El niño no se dio cuenta de que hablaban sobre su futuro. Estaba observando las prácticas prejuegos. Lo más que le impresionaba eran los batazos largos que llegaban rodando hasta la verja. Sonaban diferente.

Pasó la tarde y llegó la noche. Rogelio Lozada no podía olvidar su sentencia: “Este es el que me va a sacar de pobre’’. Había encontrado un proyecto para su vida y la de su hijo. Dedicaría todo su tiempo a desarrollar a su hijo para que fuera pelotero de Grandes Ligas. “¿Quién sabe? A otros les han dado bonos por firmar de tres y cuatro millones de dólares. Será lanzador. Yo lo voy a preparar. Lo primero es que crezca fuerte”. Le miró las manos de niño a su hijo y enseguida tomó otra decisión: “Hay un ejercicio que se las va a fortalecer”, pensó. “Mañana le compro una bola oficial para que la apriete con diferentes combinaciones de dedos. Esto será casi sin descanso. Hasta que el caballo relinche. También hay que trabajar en el desarrollo de las piernas. Correr distancias largas y cortas. Ya verán. Se va a poner como un tanque de guerra. Deja que la baje a 97. No, qué carajo, a 100. Cuando tenga dieciocho, los escuchas se lo van a pelear y lo bueno es que no hay que contratar un agente. Aquí estoy yo que conozco el mambo”.

La cabeza de Rogelio no podía mantener reunidas las múltiples ramificaciones de su proyecto. Presentía que la magnitud del plan hacía inevitable una confrontación con la rutina. Algo habría que sacrificar. Para empezar, decidió cambiar el lugar donde usualmente se sentaba en el parque por otro más apartado. ‘’No puedo atender fanáticos que vienen a hacer preguntas y a conversar. Se acabaron las interrupciones. Necesito privacidad para ensenar a mi hijo”. Ahora se le veía en un rincón de las preferencias susurrando comentarios después de cada jugada y cada lanzamiento. ‘’Fíjate que los primeros bateadores del juego dejan pasar el primer lanzamiento. Esto lo hacen para conocer tu estilo y acostumbrarse a él, y también quieren saber si tienes control. Cáeles encima con un strike. No te pongas a inventar. Mira a este bateador. Coge el bate corto. Eso quiere decir que viene a hacer contacto. No representa peligro de conectar un extrabases. A estos hay que saludarlos con un petardo en la esquina de adentro. ¿Entendiste?”.

El niño contestó que sí; pero había estado distraído contemplando la conducta de los mayores a su alrededor. Hablaban en voz alta, les ponían sobrenombres a los árbitros, se burlaban de las barrigas de los coaches y gritaban instrucciones a los dirigentes. “Para que puedas ver cómo es que se juega en las Grandes Ligas nos vamos a suscribir a ESPN y por las noches podemos ver a los mejores peloteros del mundo”.

La noticia no pareció entusiasmar al hijo de Rogelio, que todavía estaba a mitad de camino de la etapa Power Rangers-Ninja Turtles; pero ante la alegría de su padre guardó silencio. El beisbol se convirtió en una asignatura nocturna. Esto fue solo el principio. Para Navidades, cumpleaños, graduaciones y otras fechas de regalos, predominaban los guantes, gorras con monogramas de grandes ciudades, ganchos siempre medio número más grandes, tricotas y hasta videos instructivos. La fiebre de Rogelio seguía subiendo y se acercó a su punto más alto cuando su hijo cumplió los nueve anos y jugó en la categoría 9 y 10 de las Pequeñas Ligas. Dicen algunos expertos que aquí ya puede predecirse si el niño cuenta con facultades sobre lo normal. Dicho de otra manera, si trajo barajas ganadoras para correr y tirar, si se tienen los instintos y la importante coordinación entre manos y ojos.

Rogelio Lozada sabía que muy pronto se verían los primeros resultados de años de esfuerzos, de preparación y que a los sueños les llegó la hora de enfrentarse a los relojes. Sintió esta nueva presión que le cambió la conducta. Ahora quería dirigir el juego desde las graderías. Gritaba instrucciones a su hijo sobre la localización de sus lanzamientos. No se podía estar ni quieto ni callado. Se convirtió en una divertida atracción; pero para los árbitros y dirigentes era el típico padre majadero. Uno de sus viejos admiradores describió la situación como “Rogelio perdió la tabla”.

Su esposa, quien mejor lo conocía, había tenido conversaciones con él desde que trató de restarle importancia a las tareas escolares para asignar más tiempo al beisbol. Cuando la fijación de Rogelio adquirió proporciones irrazonables todos se refugiaron en el silencio.

La persona que menos esperaban trajo noticias que eran esperanza de un equilibrio de paz. En el trayecto de la escuela a la casa, Justino Lozada, el hijo de Rogelio, aprovechó un breve silencio y dijo lo siguiente: “Papá, no quiero seguir jugando pelota. Quiero practicar otro juego, otro deporte”. Rogelio Lozada miró sus manos que apretaban el guía. Los nudillos le habían cambiado de color. Sintió soledad, como si un tren lo dejara en un pueblo desconocido. “¿Cuál deporte?”, preguntó. “Taekwondó”, le contestó Justino. “Pero eso nadie lo conoce…Yo mismo no sé nada de taekwondó.”, fueron las palabras de Rogelio, en un tono como el que pregunta por los resultados de placas de pecho. “Por eso mismo, Papá, porque tú no sabes”.

Una isla a la deriva

Con este título publicó Juan Bosch en 1944 un artículo en solidaridad con la lucha por la independencia de Puerto Rico. Fue uno de los incontables trabajos periodísticos, políticos y literarios que el gran escritor dominicano produjo durante su prolongado exilio habanero, varios de los cuales dedicó a la causa de la isla hermana.

Pese al tiempo transcurrido, casi ya tres cuartos de siglo, texto semejante, con idéntico título, podría escribirse hoy: “A la deriva por los mares de la historia, sin rumbo, sin destino, va Puerto Rico: desde hace cuatro siglos y medio”.

Ahora habría que agregar que la situación es peor y la isla, azotada por feroces huracanes, sobre todo el más reciente y brutal llamado Donald Trump, encara un momento decisivo de su historia.

Entonces, cuando Bosch redactó su hermosa profecía, gobernaba en Washington Franklyn Delano Roosevelt quien prometía al pueblo norteamericano un nuevo trato que beneficiase a los trabajadores y a los pobres y a los pueblos del Continente ofrecía una política de buena vecindad. Pero sus promesas no le sobrevivieron.

Hace ya mucho tiempo que ambos proyectos fueron reducidos a cenizas, barridos por el capitalismo salvaje y el belicismo desenfrenado que han practicado, de un modo u otro, con matices secundarios, todas las Administraciones estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial.

En los años cuarenta Luis Muñoz Marín y su Partido Popular Democrático (PPD) todavía abogaban por la independencia de la Isla. Más tarde relegarían a un plano secundario la cuestión fundamental de la soberanía nacional y darían paso, con el patrocinio de Washington, al llamado “estado libre asociado” (ELA), torpe disfraz que en nada cambió la cruda realidad colonial.

Gracias a exenciones tributarias y otros privilegios el territorio fue inundado por capitales norteamericanos desplazando a los productores locales e impulsando una emigración masiva hacia el norte. Cuantiosas inversiones en la infraestructura le dieron un aire de modernidad y la propaganda imperial no escatimó esfuerzos para vender a la hermosa isla como un paradigma, un modelo para el resto del Continente. Paralelamente llenaron el pequeño territorio de bases e instalaciones militares convirtiéndolo en un verdadero fortín que fue pieza clave para su política agresiva e intervencionista en todo el Continente.

Esa propaganda logró ocultar, al mismo tiempo, dos aspectos decisivos para entender la realidad puertorriqueña. Por un lado la persecución y represión sistemática contra el movimiento patriótico, muchas veces violenta y abierta, otras, encubierta y más o menos sutil, pero siempre avasalladora. Y por el otro el rechazo de Washington a todas y cada una de la peticiones del pueblo puertorriqueño, incluyendo el PPD, para modificar la relación colonial y hacerla menos lesiva a sus legítimos intereses.

En rigor el ELA fue un embuste desde su nacimiento. Jamás hubo una “asociación” entre Puerto Rico y Estados Unidos y llamar “libre” al engendro así creado era, además de una afrenta a su víctima, el pueblo boricua, un grosero insulto al lenguaje. Todos los esfuerzos promovidos desde la isla para alcanzar espacios de autonomía fracasaron ante la insolencia imperial.

Con el paso del tiempo la metrópoli colonial también fue cambiando. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia económica y militar del planeta pero su dominio ya no es absoluto, indiscutido, como lo fue al concluir la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que eliminar varias disposiciones importantes que había favorecido a sus inversiones en la Isla y éstas fueron en busca de otros mercados más lucrativos.

El modelo económico impuesto a la colonia terminó en un fracaso estrepitoso y las autoridades locales debieron reconocer su incapacidad para pagar la deuda pública de más de 70 mil millones de dólares y se afanaron inútilmente en busca de una solución imposible para un país sometido totalmente a un poder extranjero.

Carente de soberanía propia a Puerto Rico se le cerraron todas las posibilidades de negociación para enfrentar un problema que encaran todos los días los países independientes. En Washington el Congreso y la Administración se pusieron de acuerdo para establecer una llamada Junta de Control Fiscal la cual es hoy la verdadera autoridad que administra el territorio y cuya tarea es obligar a los puertorriqueños a pagar lo que supuestamente deben imponiendo para ello draconianas medidas de austeridad que aumentaron el desempleo, eliminaron servicios sociales básicos e incrementaron la emigración.

Por si fuera poco la isla fue azotada por dos huracanes de gran intensidad, Irma y María, sobre todo este último que la arruinó casi por completo. Se calculan en más de 90 mil millones de dólares las pérdidas ocasionadas por estos fenómenos meteorológicos. Miles de familias perdieron sus viviendas y cuatro meses después una gran parte de la población no tiene electricidad ni agua potable, muchas escuelas no han reiniciado sus actividades y nadie sabe cuándo ni cómo se recuperará la infraestructura derrumbada.

Ni siquiera se sabe con precisión cuántas personas perdieron la vida como consecuencia del paso de María. Investigaciones periodísticas independientes calculan que pasan de mil.

Más de 200 mil han buscado refugio en Estados Unidos en una ola migratoria que no parece detenerse.

Para colmo llegó Trump. El insólito personaje, que nada ha hecho siquiera para aliviar la tragedia boricua, no sólo recordó que hay que reembolsar la supuesta deuda sino que impulsa una reforma tributaria que, entre otras cosas, grava con un 20% los productos procedentes de la Isla con lo que hará de la recuperación económica una quimera irrealizable.

En medio del desastre resulta conmovedor el empeño del pueblo por reconstruir su país, sin ayuda federal y frente a la corrupción y la torpeza de quienes dicen representarlo.

Parece cumplirse lo que Juan Bosch anticipó hace tanto tiempo. A la hora del naufragio serían los trabajadores, los desposeídos, los de abajo, finalmente unidos en el dolor y la esperanza, los únicos capaces de salvar la Patria.

Reproducido www.punto final

Resumen del año 2017

El 7 de enero comenzó oficialmente la premiación del mejor cine de 2017 con los Golden Globes, los premios de la prensa extranjera radicada en Hollywood. Como siempre nos sucede —y este año más que nunca por razones climatológicas— muchos de los filmes nominados y premiados están por llegar o ya pasaron a DVD y streaming. Tendremos que esperar a los anuncios de las nominaciones a los Oscares este mes a ver cuáles coinciden con los premios Golden Globe para el empujón que necesitan a que aparezcan en nuestras salas de cine.

De los nominados o premiados que sí se han presentado destaco: Dunkirk del londinense Christopher Nolan y Darkest Hour del también británico Joe Wright. Ambos recogen—uno en el campo de batalla y el otro en los salones donde los líderes políticos y militares toman las decisiones—ese momento del 26 de mayo al 4 de junio de 1940 cuando 400,000 soldados británicos estaban en una cabeza de playa sin poder protegerse de los aviones alemanes ni tener suficientes buques para cruzar el estrecho y llegar a su país. Gary Oldman ganó el Golden Globe por mejor actor interpretando al primer ministro Winston Churchill en Darkest Hour.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, ganador por mejor película dramática) del director y guionista Martin McDonagh, con una magnifica actuación de Frances McDormand (ganadora del Golden Globe en esa categoría) y de Sam Rockwell (Golden Globe por actor de reparto) es un filme extraordinario que nos conmueve con sus personajes de pueblo tan parecidos a los nuestros, los tropiezos personales y familiares que se vuelven público de manera distorsionada, los prejuicios, enemistades y actitudes de personas cercanas y lejanas a nosotros, la valentía de enfrentar los problemas siempre de frente aunque nos llamen locas y se rían a nuestras espaldas. Y todo esto produce sonrisas, carcajadas, llantos y una mezcla de todo en los momentos menos esperados.

All the Money in the World —un excelente perfil de J. Paul Getty quien en la década de 1970 se consideraba el hombre más rico del mundo y Alien: Covenant —una historia futurista donde las fuerzas del mal y el bien se entrecruzan— fueron dos producciones a la altura del veterano director Ridley Scott. The Greatest Showman (nominado por mejor película, mejor canción y mejor actor) de Michael Gracey, protagonizado por Hugh Jackman es un musical que nos deleita tanto por su puesta en escena, su conmovedora historia de amor y visión, sus canciones y excelente coreografía y su habilidad de convertirnos en un público cautivo.

Downsizing de Alexander Payne, una deliciosa y profunda sátira política con Matt Damon y Hong Chau, quien fue nominada para mejor actora de reparto, nos lleva a una conversación de si existe o no la posibilidad de cambiar las actitudes humanas hacia su medio ambiente y entorno social a través de una propuesta revolucionaria como achicar el tamaño de los seres humanos. Molly’s Game del conocido escritor y guionista Aaron Sorkin tiene la tensión del momento narrado y visto y la fuerza de las palabras principalmente de la protagonista Molly Bloom.

Aparte de los ya mencionados y que no recibieron la distinción del Golden Globe destaco especialmente Wind River, del director y guionista Taylor Sheridan, con excelentes actuaciones de todo su reparto y muy especialmente Jeremy Renner como Cory Lambert, agente rastreador y protector del ambiente y naturaleza, que ha vivido muchos años aquí y conoce muy bien a sus habitantes y, casi de memoria, cada recoveco de la Reservación. Es admirable su habilidad de decir y expresar tanto con apenas varias palabras, gestos y miradas. The Snowman, filme de intriga detectivesca a la Stieg Larsson, de Tomas Alfredson con el siempre magistral Michael Fassbender.

En acción combinada con buenos argumentos American Made de Doug Liman y protagonizado por Tom Cruise como mercenario y traficante de drogas y armas al servicio del gobierno federal, politiza su historia al ubicarla durante y después de la presidencia de Ronald Reagan y su empeño de prevenir a los revolucionarios salvadoreños y nicaragüenses de derrocar las dictaduras en sus países. American Assassin de Michael Cuesta, al estilo de la excelente Spy Game, ubica su historia en el ahora de la guerra contra ISIS. Atom Blonde de David Leitch y protagonizada por Charlize Theron nos da una nueva heroína en este género de espionaje como también lo hace Wonder Woman de Patty Jenkins, el primer filme basado en protagonistas de comics dirigido por una mujer. Blade Runner, original de Ridley Scott, y ahora Blade Runner 2049 de Denis Villeneuve cuestiona nuevamente si debe existir diferencias entre los humanos y los androides incluyendo enlaces entre el pasado y el presente con los personajes interpretados por Ryan Gosling y Harrison Ford.

En romance combinado con una historia de supervivencia destaco The Mountain Between Us de Hany Abu-Assad con Kate Winslow y Idris Elba. Como una gran producción que rinde tributo a todas las novelas de Agatha Christie y a sus anteriores interpretaciones fílmicas, Murder on the Orient Express, dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh, como el investigador Hercule Poirot, es un festín visual y de palabras. Destaco también A Ghost Story del director y guionista David Lowery por ser una narración sin palabras, con imágenes y música, por ser como un poema silente que sentimos porque nos hace recordar casas no enteramente olvidadas, imaginar el pasado del presente que habitamos y las historias que quedaron flotando entre paredes.

Termino este resumen del mejor cine de 2017 al mencionar varias producciones puertorriqueñas que deben destacarse: en ficción el largometraje Extraterrestres de Carla Cavina (recién comentado por Juan Ramón Recondo en este espacio de cine) y en documentales Mona: tesoro del Caribe de Sonia Fritz como ecocrítica histórica y prevalente en el Puerto Rico de hoy; Desalambrando de Pedro Angel Rivera bajo la producción e investigación de Lilliana Cotto que recoge los movimientos comunitarios para el rescate de tierras; Bancarrota de José M. Umpierre, un análisis claro y detallado de nuestra deuda interna y externa; el excelente Nuyorican Básquet de Julio César Torres y Ricardo Olivero Lora sobre la influencia de los jugadores nuyoricans en el baloncesto nacional; y el hermoso y profundo Rafael Rivera Rosa: mirada extendida del director, guionista e investigador Carlos García Padilla.