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NaciÓN

Una vez más, El abrazo de los frijoles

Las campanas, el sol, el cielo claro

me llenan de tristeza, y en los ojos

llevo un dolor que el verso compasivo mira

Cáscara soy de mí”

  • Domingo triste”, José Martí

El abrazo de los frijoles, el primer poemario de Verónika Reca, empieza con una acción que se nos indica repetida:

Miro mis manos

otra vez

[…] La rutina

me muestra un despliegue

de tazas alardeando de tiempo.

Ya esto da indicio de que la voz poética, que se observa y reflexiona, no lo hace como una reacción inmediata, meramente intuitiva, sino a partir de una vivencia sostenida y desde un pensamiento consciente. Dicho de otra manera, el poemario inicia habiendo ya la voz poética recorrido un camino que no ha llegado a su fin.

El espacio poético es bastante preciso: el interior del hogar. Si la poesía tiende a ser el género literario que expresa con mayor intensidad lo subjetivo, si privilegia la función emotiva del lenguaje, en El abrazo de los frijoles el hogar y sus objetos, sí, están presentes, pero siempre desde la mirada de la voz poética. Es a través de esta voz que se puebla el imaginario poético de la casa, se “acomodan los fantasmas”, se recrea para nuestra lectura. En ella, se guarda luto por algo que no ha muerto todavía.

Tengo el hábito de morir en las cosas

en el salero

en la salsa picante

en el plato vacío.

Dejar en cada cuenco una bocanada,

un manojo de historias reconstruidles.

El abrazo de los frijoles es producto de la necesidad. La voz poética constantemente expresa un vacío que busca ser superado. “La casa inhala hondo un vacío que exige ser explorado”. Es por eso que los objetos tienen un lugar tan importante en el poemario: funcionan como intentos fallidos de suplir este deseo. No tienen vida por sí mismos, sino que la voz intenta brindárselas, como si pudieran estos servir de complemento o de suplemento suyo. “Igual que una prótesis”, dice, “hay cosas que jamás serán del todo nuestras”. Así, en este poemario, el espacio habitado y sus objetos.

A veces, cuando existir me hiere,

abro callada la alacena

y miro todo,

como familiarizada,

buscando el abrazo de los frijoles.

Finjo que tienen ojos los enchufes

les hago guiños

Miro”, “Finjo”… Nos encontramos con una voz activa que crea y reflexiona, desde el presente. Por eso al inicio del poemario los objetos se nos aparecían vivos (“Qué le digo a los muebles / que me miran distraídos”), solo para luego descubrir que esto era obra de la fantasía de la voz poética. “Como yo, las cosas engañan”.

Desde el inicio de El abrazo de los frijoles, somos les lectores, también, parte de esta ficción fingida al interior de la ficción poética. La actividad creadora y creativa constante contrasta, por otro lado, con ese vacío que no se logra superar: “y yo insisto en ser una cosa, / ser una cosa y no dejar rastros”. La poeta es una fingidora, y finge tan completamente que hasta nos hace sentir dolor por el dolor que ella siente.

Hablo con la calabaza

busco en las cosas llenar mi sequía, mudarme,

pero las cosas

se petrifican

silentes,

no sirven de amantes,

no besan,

ni manosean,

no se vienen conmigo.

En efecto, el hogar aquí no es alegoría. No es el cuerpo, no es la sociedad, no es el mundo, es la casa. Hay una relación tan íntima entre la voz y su entorno que evade las abstracciones; es un dolor muy concreto, si bien atravesado por imágenes y metáforas.

Los 36 poemas de El abrazo de los frijoles conforman un proyecto literario coherente, y muy fácilmente pudiera incluso leerse como un poema largo fragmentado en 36 partes. Aquí, la temprana reseña de Reynaldo Zaldívar se muestra aguda: “El libro puede leerse en su totalidad como si se tratara de un único poema. La autora ha tenido a bien fragmentarlo para provocar en el lector la sensación de descanso” 1. En la medida en que progresa, se siente incluso que somos lectores de un diario poético; señales de la temporalidad lentamente aparecen: martes, noviembre, diciembre, febrero, marzo.

La forma de los poemas también sigue un patrón relativamente consistente. Con solo una excepción, el nombre de cada poema se lo da el primer verso, marcado en cursivas. Los poemas, también, suelen terminan con versos que pretenden ser golpes emotivos; se posterga el dolor hacia el final, a menudo con un verso solitario, suspendido de las restantes estrofas. El abrazo de los frijoles termina siempre con pérdida.

La soledad en el hogar, la ausencia de contacto humano, suelen ser los motores del vacío que padece la voz poética. No cabe duda de que el poemario ha sido en parte una reacción lírica al encierro promovido por la pandemia del COVID-19. Pero si el poemario fuese meramente un libro sobre este momento histórico, es posible que no tuviese gran resonancia para la posteridad. Su potencia radica en que, precisamente, rebasa su momento. Las menciones, tardías, a cubrebocas, a desinfectantes, a aislamiento, simultáneamente anclan el poemario en su contexto a través de ese léxico, pero también muestran que, como creación literaria, le sobrepasa. Si la voz no supera el vacío, por lo menos su obra poética sobrevive su momento. Hacia el final de El abrazo de los frijoles, curiosamente, se fortalece también la mención de la escritura misma, de un ejercicio literario que, justo cuando parece empezar a reflexionar sobre sí mismo, culmina.

No tuve éxito en ser alguien”, empieza el último poema. “Fui hoja en mano abierta, ejercité en la noche mi terrible alegría”. Como señal de que el poemario llega a su fin, pasamos de las acciones en presente a las acciones en pasado. Si El abrazo de los frijoles da comienzo con una reflexión que se encontraba ya en curso, cierra con un proceso acabado, y un fracaso que, de todas maneras, destella humanidad.

Nunca seré una hoja de recao, o de albahaca

o una hoja por sí sola,

si no, llegaría a ser fuego.

Esta segunda edición de El abrazo de los frijoles preserva el sentimiento y vitalidad de la primera, aunque conviene mencionar sus transformaciones: dedicatoria abreviada, cambio en los epígrafes (se incorpora la cita de Virginia Wolf), algunos leves cambios en la versificación de poemas y, más significativo, cinco poemas adicionales (“Todas las habitaciones que habité”, “Hay un día concedido”, “La cuchara de la abuela”, “A esta edad” y “Anatomía doméstica”).

Por lo menos para este lector, estos cinco textos, por un lado, se insertan con cierta comodidad en el proyecto de El abrazo de los frijoles, pero también apuntan a un cambio de voz, al desarrollo de la escritura de Verónika Reca, quien ha confesado que su primer poemario es, a su vez, una creación que mira con ternura y de la que se ha distanciado, quizás una metáfora más, una última despedida, que nos da El abrazo de los frijoles.

Queda, pues, seguir de cerca el desarrollo de la voz de Verónika Reca, y, por supuesto, regresar a El abrazo de los frijoles, con el beneficio que brinda el tiempo, la experiencia y la lectura reiterada.

1El abrazo de los frijoles de Verónika Reca”, Lector.cl, 13 de marzo de 2023.