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Será otra cosa-El hombrecito de azul pasea por Kados, el planeta marino

 

Especial para En Rojo

Dios es un gato que nos mira
de acuarela es su reino.
Es plomo a momentos,
de madera casi siempre
cuando boga sin sentido
por un río de azufre escarlata.

Hugo Margenat, «Dios es bueno»

 

Ya habrán escuchado ustedes a alguien diciendo en estos días, como Mafalda, detengan el mundo, me quiero bajar. Lo tremendo parece suceder a la misma velocidad con la que nos enteramos y tan cerca como las imágenes que nos alcanzan. Las voces que escuchamos, acabadas de salir de las bocas, conservan la tibieza del aliento. Apesadumbradas, nos desplazamos, como si nos moviéramos en el mar, buscando las corrientes más frescas, un descanso al vaivén del día. Escribo esto y me recuerdo flotando en el mar.

Así, flotando suave por las corrientes virtuales, doy, no sé ni cómo, con un titular que captura mi atención y me promete sosiego provisional: han descubierto a ciento veinte años de distancia un planeta que podría ser habitable, que podría estar habitado. Leo con cierto escepticismo, consciente de que puede ser el fruto de un periodista fantasioso, como la columna que estoy escribiendo esta tarde, pero cedo a la tentación de una esperanza para el futuro. Veamos.

El planeta es enorme y dicen que posiblemente esté repleto de algas marinas y criaturas acuáticas microscópicas. Si esto llegara a ser cierto, según los científicos, querría decir que el resto de la galaxia lejana podría estar habitada. Afortunadamente para elles, los terrícolas estamos suficientemente lejos como para no intervenir con sus vidas, por el momento. A juzgar por lo que sucede aquí, nada bueno vendría de estos lares. Sigo leyendo.

Es lindo que sea un planeta marino. Las partes más frías puede que tengan el suelo firme por el hielo, y bien podría haber vida en esas superficies adaptada a las bajas temperaturas como las focas, los pingüinos, los osos polares y los esquimales. Discúlpeseme la falta de imaginación e información zoológica.

Dicen los que saben que todo esto podría ser cierto, pero son cautelosos y declaran que todavía no hay pruebas contundentes. Lo único que sí ha concluido nada menos que la Universidad de Cambridge (y esto suena a sabiduría comprobada) con cierta certeza es que «debe estar cubierto por un océano cálido, rebosante de vida». ¡Agua, mucha agua, y más vida! El estudio se acaba de publicar en Astrophysical Journal Letters, posiblemente una de esas publicaciones científicas que tiemblan al escuchar las ocurrencias de Casa Blanca. La constatación, comentan en el artículo, necesitará de muchas complejas y parsimoniosas investigaciones. En resumidas cuentas, de que la cosa va para largo, sin contar con los obstáculos que podrían enfrentar los investigadores por falta de apoyo económico, desmantelamiento de universidades, etcétera.

Kados Dieciochobé se llama el planeta. Hace unos años, en el 2017, ya lo habían descubierto unos astrónomos canadienses desde los telescopios chilenos. Leo que se trata de planetas subneptunos, es decir, planetas casi tan gigantescos como Neptuno. Se conjetura que están cubiertos de océanos de agua tibia, en atmósferas ricas en hidrógeno, metano y compuestos de carbono: enormes esferas oceánicas suspendidas en el universo.

Es lindo también lo que se dice del movimiento del planeta subneptuniano, este K2-18B visto desde acá. Cuando planetas como éste pasan delante de su «sol», su atmósfera se ilumina y, avistados desde la Tierra, por el telescopio terrenal, parecen estrellas que cambian de color. Qué alegría. Así se enteran los científicos de la composición química de su atmósfera. Hace unos pocos años, descubrieron de este modo en Kados sulfuro de dimetilo, que a mí me suena como un héroe griego, pero realmente es un compuesto de azufre, carbono e hidrógeno. Lo maravilloso de ese descubrimiento es que supondría la presencia de vida, pues sólo un ser vivo como las algas produce el sulfuro de dimetilo, el olor característico del mar. Al menos, eso fue lo que entendí.

Resulta, según los experimentos, que Kados puede que tenga una cantidad mucho mayor que la Tierra del sulfuro de dimetilo. ¿Estará más vivo que nuestro planeta? Sería un mar rebosante de vida, dice el reportaje. Un lugar ansiado para los agonizantes terrícolas del futuro próximo, digo yo.

Hasta aquí llega mi entendimiento. No sigo leyendo porque se ponen muy técnicos, pero supongo que estos estudios de a poquito son los que logran grandes descubrimientos. Al final del artículo del NYTimes, Joshua Krissansen-Totton, astro biólogo de la U de Washington, expresa su preocupación por el estado de las cosas bajo el gobierno de Trump. Recuerdo entonces a mi amiga científica que perdió el trabajo y está deprimida, no tanto por su crisis personal sino porque, me dice, el ataque es contra su disciplina.

Por mi parte, como no sé de ciencias y leí muy rápidamente, me quedé con la impresión de un planeta gigante, ocupado solamente por un océano profundo que exuda un fuerte olor a algas. Qué cosa tan linda e imponente debe ser ese planeta sin orillas.

Ahora mismo la gata duerme, que es a lo que se dedica todo el día con gran entusiasmo. Yo creo que cuando los gatos duermen, viajan. Abandonan su cuerpo blando y suave sobre la colcha y se transforman en otras criaturas que deambulan por sitios como Kados, el planeta a ciento veinte años luz de la tierra, ese que huele a mar y sólo dejar ver la luz que se refleja. Cuando duermen tan plácidamente es que visitan ese lejano planeta que sólo puede verse desde el telescopio chileno. Lo examina desde acá un científico indio de pelo muy negro que siempre viste de azul. Esto no es parte de ningún sueño, esta tarde lo escuché en un vídeo hablando con mucho entusiasmo de este mismo planeta. Sus ojos estaban fijos en la cámara mientras lo entrevistaba un invisible periodista. Sé que estaba vivo porque un insecto pequeñito, como una mariposita o una polilla, exploró la solapa de su chaqueta hasta que se cansó del paseo. No sé si este señor sólo mira a los cielos lejanos y no al azul de su chaqueta.

Imaginé también que dios, si es que anda por ahí, se cansará a veces de este planeta desquiciado, de sus guerras, de los tiranos y hasta de los científicos, y soñará acurrucado como mi gata, y nos abandonará para visitar las algas de Kados. De vez en cuando, como dice el poeta, nos mira, pero de lejos, cuando su planeta pasa frente a su sol y destella su luz. De vez en cuando el hombrecito de azul lo divisa por el telescopio y se sorprende, se queda muy quieto, como si durmiera también, para que no escape el momento, para no echar a perder esa mirada, y sólo entonces la mosca se pasea por su chaqueta y da acá una señal de vida.

 

Encontrado en las redes- Rue des Patriarches: en busca de Betances

Norman Ramírez Talavera

 

En nuestro primer viaje a París —y a mis sesenta y ocho años— no iba como un turista común ni por simple azar. No buscaba postales ni vitrinas, sino huellas. Iba a ver lo que otros no ven, con una encomienda emocional: una misión sencilla, pero profunda. Quería honrar al Padre de la Patria puertorriqueña en la ciudad que lo acogió en su exilio final.

Desde que planeamos el viaje, supe que debía ir a esa dirección: rue des Patriarches, un nombre que parecía inventado para alojar memorias fundacionales. Pero no iba solo. Me acompañaban las presencias que convierten un gesto en historia. Mi hija primogénita, Beatriz Libertad, que lleva en su nombre la promesa de lo que aún no hemos logrado. Mi esposa, Lydia, con quien he recorrido tantos caminos. Y nuestra amiga Sincia, quien estaría a cargo de las fotos, testigo comprometida de aquel momento.

Llevaba en un sobre, cuidadosamente doblada, la bandera verde con machete y estrella roja. La misma que, en la clandestinidad, ondearon quienes siguieron el ejemplo de Betances. Habíamos hablado con Juan Segarra Palmer, compañero de lucha, y él nos ayudó a contactar a su hijo Amílcar, que vive en París. Quería que fuese él, junto a mi hija, quien desplegara la bandera frente a la casa donde vivió y murió el patriota. No era un gesto simbólico: eran ellos, Beatriz Libertad y Amílcar —nacidos de la lucha, herederos de la dignidad— quienes debían sostenerla.

Cuando llegamos, me invadió un temblor. No de frío —era verano parisino— sino de historia. Miré el número grabado en la puerta, las piedras antiguas, los balcones sencillos. ¿Cuántas veces habrá salido Betances por esa puerta con una carta en la mano, una idea encendida, o el alma dolida por la patria lejana?

Me acerqué a la tarja de mármol con letras en francés. La leí despacio, casi en voz baja, luego en silencio absoluto. Allí decía que ese fue el hogar de Ramón Emeterio Betances: médico de los pobres, abolicionista, patriota antillano.

Cerré los ojos. Y al hacerlo, traté de imaginar el París que le tocó vivir.

Ese París no era de postales. Era el de los desterrados. El de la Comuna herida, los cafés revolucionarios y las imprentas clandestinas. En ese París de exiliados, Betances envejecía entre libros, cartas, ideas y urgencias. Vivía entre estudiantes, anarquistas, obreros. No era un hombre retirado, sino activo en la lucha desde su escritorio: embajador en París del pueblo antillano levantado en armas por la soberanía de Cuba y Puerto Rico. Luchaba con el alma rota por la distancia con Borinquen.

Allí, en el barrio latino, a pasos del Jardín de Plantas y de la Facultad de Medicina donde una vez estudió, Betances conspiraba con tinta y corazón. Había visto caer imperios y levantarse repúblicas. Había sido testigo de los días y consecuencias de la Comuna de 1871. Sabía que la libertad no se mendiga: se organiza.

En 1898, ya enfermo, vio desde su escritorio cómo un nuevo imperio se preparaba para ocupar la patria que tanto amó. Con la misma claridad con la que había denunciado al colonialismo español, escribió con dolor y rabia, pocas semanas antes de morir en septiembre de ese año:

> “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?”

Ese clamor sigue ardiendo. A mí me llegó como un trueno mientras imaginaba su rostro entre esas paredes. No era un grito del pasado, sino una pregunta viva. Urgente. Incómoda. Ineludible.

Y entonces, llegó el momento. Amílcar y Beatriz, en representación de las nuevas generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas, desplegaron la bandera de la resistencia frente a la puerta. La sujetaron con solemnidad, con ternura. La estrella roja brillaba tímida bajo la luz gris de París. Fue un gesto sencillo, pero cargado de siglos. Una señal entre generaciones, entre luchas, entre quienes se fueron y quienes aún estamos.

Me costó hablar. Sentí un nudo en la garganta. Allí, de pie en esa acera, entendí que la lucha no es solo acción ni historia: es también memoria, gesto, continuidad. Que viajar no siempre es moverse, sino llegar al corazón de lo que uno es.

Tomamos fotos, sí. Pero lo más importante quedó en el alma.

Antes de irnos, me acerqué a la puerta. Respiré hondo. Le di tres toques suaves. No eran golpes al azar. Eran tres, como él los conocía. Libertad, Igualdad, Fraternidad. No esperaba que se abriera. No hacía falta. La toqué con respeto, como si al otro lado aún viviera un viejo médico, pluma en mano, escribiendo cartas a su patria lejana. Como si la historia pudiera oírme.

Nos fuimos en silencio. Pero no con las manos vacías. Llevábamos algo invisible pero intacto: su ejemplo. Betances no es solo un nombre en una calle de París ni una estatua en bronce. Es una pregunta que sigue retumbando. Y lo repito porque se hace necesario, como en 1898, cuando el nuevo imperio se acercaba a nuestras costas y él escribió desde aquí:

> “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?”

Hoy, esa pregunta aún arde. No como reproche, sino como llamado.

 

George Clooney como director

 

 

En Rojo

George Clooney, el actor que tanto admiro por la intensidad de sus actuaciones, no importa si es comedia (Oh Brother, Where art Thou?, Burn After Reading, Hail, Caesar!, Ocean’s 11, 12, 13) o drama/thriller (The American, Michael Clayton, Syriana), es también un director que se arriesga en su elección de temas. Este año, finalizó una breve y exitosa temporada en Broadway (del 12 de marzo al 8 de junio) protagonizando “Good Night, and Good Luck” como el periodista Edward R. Murrow, precisamente adaptada del filme de 2006 que dirigió y actuó entonces como Fred Friendly. Ahora se acaba de presentar en el Festival de Venecia su + reciente filme, Jay Kelly del director Noah Baumbach. Aprovecho que el 7 de junio tuvimos el privilegio de ver la obra “Good Night, and Good Luck a través de CNN y MAX (la 1era vez que se transmite en línea y en vivo una obra de Broadway) para rescatar dos reseñas de Clooney como director: Good Night, and Good Luck y The Ides of March (2011), ambos cines políticos por poner su mirada en los males sociales causados precisamente por decisiones políticas que escogen el beneficio individual en vez del bien colectivo.

Good Night, and Good Luck (2006)

En 1958, Edward Murrow aprovechó la ocasión que le brindaba ser homenajeado y ofreció un discurso donde se quejaba de cómo un medio tan poderoso como la televisión se desperdiciaba con trivialidades en vez de presentar temas que hicieran pensar al público. Es así como rememora sus años como periodista cuando su grupo de trabajo dividía sus tareas y nadie estaba para lucirse y ser el centro de atención. Murrow no podía presentar nada que no hubiera sido investigado, corroborado y discutido entre todos. Todos compartían el éxito o el fracaso de cada uno de los programas. Aunque tenían que rendirle cuentas al gerente y al dueño de la estación, tampoco se intimidaban cuando había alguna oposición a sus decisiones.

George Clooney, como director y coguionista, escoge una serie de programas del 1953 al 1954 de “See It Now” donde Murrow, junto a su equipo de trabajo, decidió denunciar el abuso de poder de Joe McCarthy como senador de Wisconsin a cargo de las vistas del comité de “Un-American Activities” durante algunos de sus muchos años de existencia. Clooney tiene un texto con múltiples posibilidades: los programas grabados en vivo de Murrow y el pietaje de las vistas que presidió McCarthy. ¿Cómo presentar este material de manera que sea relevante en la realidad del presente? El resultado es un filme que no hace concesiones porque eso sería trivializar el material, pero sí enfoca en los riesgos que Murrow, Friendly y su equipo tomaron al desafiar al gobierno y poner muy nerviosa a la empresa privada.

El estilo del filme es otro aspecto para destacar. Está filmado enteramente en blanco y negro—lo que inmediatamente inserta el pietaje de las vistas congresionales a la historia ficcionalizada—y con diálogos sin pausas que saltan de tema en tema como la serie de TV, “The West Wing”. El filme obliga al público a ser televidente y parte del equipo noticioso tras bastidores. El público ve cómo se prepara la noticia, cómo se marca el tiempo, cómo se filma un programa en vivo sin oportunidad de rehacerlo y editarlo una y otra vez, cómo el grupo de trabajo y amigos se entrega a cada programa como si fuera el último. El filme escoge tres programas para dramatizar esta confrontación: el caso del teniente Milo Radulovich (20 octubre 1953), Annie Lee Moss en las vistas del comité congresional (16 marzo 1954) y el informe sobre Joseph R. McCarthy (9 marzo 1954).

The Ides of March (2011)

El drama político parece ser uno de esos géneros en el cine que Hollywood evita lo más posible y que solamente ciertos directores/actores parecen tener la valentía de encarar los golpes de la crítica del “mainstream media” y del rechazo del público masivo que siempre está en espera de las megaproducciones con despliegues tecnológicos. Pensemos en sátiras políticas como Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb de Stanley Kubrick,  periodismo investigativo como All the President’s Men de Alan J. Pakula, la red de engaños de las agencias gubernamentales de vigilancia como Three days of the Condor de Sydney Pollack, la complicidad del Estado y los intereses petroleros en Syriana de Stephen Gaghan, la inutilidad de una guerra no declarada a nombre de la democracia en Lions for Lambs y la fabricación de un caso por razones puramente políticas en The Conspirator ambas de Robert Redford y Good Night, and Good Luck y ahora Ides of March también de George Clooney. En una sociedad tan supuestamente abierta como la estadounidense el tema político—el cuestionamiento de las instituciones que gobiernan y sostienen la sociedad democrática—no se considera por productores, inversionistas y publicitarios como una mercancía vendible.

La historia comienza en plena campaña por la nominación del candidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. El estado de Ohio se ve como la puerta a ganar los votos necesarios en la convención del partido. Todo parece ir a favor del gobernador Mike Morris (George Clooney) cuyo discurso es igual y un poco más progresista del que escuchamos de Barack Obama en 2008. Se afirma en sus promesas, no cambia su visión según el público (aunque sí lo modifica dependiendo de la edad y clase del grupo), no hace concesiones a base de favores políticos (aunque le cueste los votos que necesita), tiene presencia escénica y un grupo de apoyo totalmente entregado a elegirlo.

Pero no es la historia de Mike Morris sino la de Stephen (Ryan Gosling), el ayudante principal de Paul (Philip Seymour Hoffman), el organizador de la campaña. Su trabajo es asegurarse que todo marche como un reloj al que se le acaba de dar cuerda; nada debe detenerlo ni puede haber sorpresas en el camino. Para esto se ensaya, se prepara todo de antemano, se hacen llamadas y entrevistas tras bastidores y se mantiene a la prensa informada solamente de las noticias que quieren divulgar. Stephen tiene la personalidad y la apariencia perfecta para lidiar con todos estos elementos y mantener a su candidato en la delantera. Pero siempre hay margen para el error humano y en este caso Stephen cae en la trampa que le tiende el principal estratega del candidato contrincante: acceder a una reunión privada sin informarle a su jefe inmediato. Aquí comienza a desmoronarse la exitosa carrera de Stephen. Al ser una historia de intriga donde poco a poco los detalles se revelan y vemos la reacción de Stephen en su caminar “entre minas” les dejo con la tarea de descubrir las piezas y ponerlas en su lugar o no.

Con la excepción de The Contender, donde la candidata a vice-presidente es una mujer, en estos filmes de campañas políticas las mujeres pueden ser “fotografiadas” por la cámara un sinnúmero de veces, pero no tienen parte activa en el proceso. Por lo general son los “obstáculos” con que los candidatos se topan y que deben remover para adelantar su carrera hacia ese puesto político. En este filme la esposa de Morris está siempre silenciosamente a su lado y cuando habla en privado a su marido es para asegurarle que está 100% con él. Las otras mujeres son las jóvenes internistas que se desviven por sus superiores y, como en el caso de Monica Lewinsky, son las tentaciones sexuales de los hombres en el poder.

Aunque entren en escena por tres o 45 minutos todas las actuaciones son de primera. Como personaje central Ryan Gosling nuevamente nos deslumbra. Como “secundarios” Clooney, Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei y Jeffrey Wright mantienen el ritmo acelerado y certero de la historia. Los guionistas decidieron no usar el título de la obra de teatro, “Farragut North”, y cambiarlo a una línea del “Julio César” de W. Shakespeare (1er acto, escena 2, versos del 15 al 19): “Beware the ides of March”. La fecha, el 15 de marzo, marca el anuncio por un agorero/adivino de la muerte de César a manos de Brutus y Cassius. A pesar de esto, César sigue su camino para enfrentar el destino que cree poder alterar. De la misma manera, los personajes de nuestra historia siguen el camino que han trazado, aunque tengan que hacer concesiones y sacrificar a los más débiles.

Lo que no se pone en palabras según la artista Arianna Rosario

 

Reseña desde el estudio

 

Especial para En Rojo

Arianna Rosario levantó tres paneles de madera al fondo de su cuarto. Sobre ellos: papeles, lienzos, pomos de pintura, pinceles; es un espacio íntimo, pero a su vez dinámico, extrovertido, en el que se mueve rápida, pequeña, ágil. Saca una caja de abajo de su cama, busca en ella una carpeta, «algo que me encanta del grabado es su multi-ejemplaridad,», «¿Por qué?» le pregunto. «La obsesión. Son pensamientos que se repiten y se repiten y se repiten.»

Arianna Rosario Valentín nace en Mayagüez, criándose en el pueblo de Aguadilla. «Nunca no he hecho arte, y sé que suena bien clichoso. Cuando yo tenía nueve años, aprendí a dibujar viendo animes» nos dice la artista emergente, para quien el grabado, la pintura y el dibujo se vuelven el surco que canaliza éxtasis, frustración, dolor, «Si tuviese que explicarlo, es lo que me atrae. Necesito hacerlo. Para expresar y articular las cosas que no se hablar.» En el 2020, se traslada a San Juan para estudiar arte en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. A de llegar de Nueva York, donde realizaba una residencia artística en el New York Academy of Art.

Busca con sus manos en la caja, saca una pequeña envoltura; la placa de acrílico de «cómo me tiene (la p*ta colonia)», obra que formó parte de la exposición «Huella Indeble» en el Museo de San Juan. Lleva la cualidad de un grabado antiguo, del abrir un libro y toparse con las mismas líneas, las gradientes del negro que evocan una tradición de ilustración plasmando, en la manera más literal, cuando algo te vuela la cabeza, la noticia constante de un país en el que la realidad parece más incomprensible que la ficción. Su rostro mira pasado al espectador, inerte, incrédula, «yo trabajo mucho el autorretrato. Es una forma de entenderme, de conversar conmigo misma.» nos dice la artista emergente.

«Cuando estoy haciendo intaglios, me fijo demasiado en los detalles. Me tardo alrededor de una hora y media en entintar una placa.» nos dice Rosario. Es una compulsión, un rito. Sus series son pequeñas, usualmente reducidas a 15 ejemplares. «Con todas las redes sociales, el capitalismo consumista, hay esta presión de producir contenido; no arte. No me interesa hacer eso. Necesitamos tiempo de pausas. Es una forma de resistir… el arte no es algo que solo sale.

Fotos suministradas por el autor

Recostado contra la pared se posa una gran xilografía sobre lienzo. Había visto la plancha de impresión afuera al llegar. «Ese se imprimió con la aplanadora, como parte de la jornada de Grabado en Movimiento.» El trazo de la madera ejerce su textura en la obra. «Para mí es importante trabajar la madera porque mi familia por parte de padre son artesanos y carpinteros. Mi papa me contaba que mi tío abuelo cogía un pedazo de madera y una gubia, y se sentaba todo el día a tallar eslabones, cadenas. Era su fijación. Yo quiero incorporar eso en mi obra. Mira, ese caballete-» apunta hacia el que se recuesta sobre la pared «lo hice junto a mi papa.» Nos dice la artista.

Sobre la cama, hay un boceto pequeño, en tonos naranjas y amarillos. Lo tomo en la mano y se ilumina por sí mismo. Es ella nuevamente, nos mira de reojo. «Ese es el estudio para la obra grande, va a ser igual que ese; (apuntando hacia el grabado que realiza como parte de la grande.»

Arianna Rosario crea desde nuestro instante, tratando las dinámicas de género, el cuerpo, la condición colonial, con trazos, juegos de tinta y pinceladas que articulan lo que no se puede poner en palabras.

 

Melancolía

 

Laidi Fernández de Juan

Nuestra amiga Fefa padecía una fuerte depresión, y su médico sugirió que la visitáramos para levantarle el ánimo, advirtiéndonos que no debíamos mencionar ningún factor desencadenante de tristeza. Hilda, Víctor, Cándida, Brígida Sepúlveda y yo nos dirigimos a casa de la enferma, dispuestos a ayudar en lo que fuera posible.

Fefa nos recibió en bata de dormir, desgreñada, y arrastró los pies luego de abrirnos la puerta, para regresar a su cama. Allí, su gata Esculapia la esperaba, lánguida y sin fuerzas como la dueña. Nosotros nos acomodamos como pudimos. Víctor agarró el único butacón de la habitación, y encima de un cojín que olía a Esculapia dejó caer su voluminoso cuerpo. Brígida e Hilda trajeron sillas del comedor, mientras Cándida y yo nos sentábamos a los pies del colchón que Fefa comparte con su gata.

“Y bien… qué calor hace, claro, como estamos en junio”… dijo Víctor. “Sí, claro, hay mucho calor”, añadió Hilda. “Y eso que no ha llegado agosto, ya veremos lo que nos espera”, dijo Brígida. “Sí, es verdad, porque normalmente en agosto hay más calor que en junio. Y eso que tampoco ha llegado ningún ciclón, que también estamos en época de huracanes”, opinó Cándida. En el momento en que yo iba a intervenir, básicamente para repetir lo mismo, Fefa, bastante incómoda, nos dijo:

“¿Pueden dejar de hablar tanta catibía, por favor? Se supone que han venido a alegrarme la existencia, no a hacer análisis climatológicos”.

“Bueno, disculpa”, dijo Cándida con su candidez habitual. “Es que nos prohibieron aumentar tu tristeza, querida. Por eso no hemos mencionado los apagones furiosos de estos días, por ejemplo. Ni las madrugadas inciertas”.

“¡Ay, no!, por favor, no mencionen ese tema, que la sertralina no me va a alcanzar”, murmuró Fefa.

“¿Conseguiste antidepresivos? ¿A cuánto el blíster, dónde y cuándo? ¿Te lo traen a la casa o hay que ir a Remangalatuerca? ¿A cómo sale la mensajería?”, preguntó Sepúlveda en modo ametralladora.

“No me hablen del precio de los medicamentos, por favor”, suplicó Fefa. “Díganme cosas bonitas”.

“De acuerdo”, terció Hilda. “Hay un sol hermoso, radiante, los pajaritos cantan y se envían mensajes de amor”.

“¡Ay, mensajes! No me hagas recordar a Etecsa, por favor”, dijo la enferma, y se enjugó una lágrima.

“De acuerdo, entonces hablemos de… de… de la playa. Mira, el agua está cristalina en estos días, preciosa el agua está”, aportó Brígida. “Deberíamos ir todos a la playa”.

“Ay, el agua… hace tres días no entra agua en esta casa”, gimoteó Fefa. “Cambien de tema, por favor”.

“De acuerdo. Ahora hay en la tienda La Puntilla un champú que te va a encantar. Entre sus componentes está la biotina, que hace crecer el cabello”, dije yo.

“¡Ay… tiendas! Casi todas en USD. No tengo USD, ni tengo euros, ni tengo MLC. No me obliguen a enumerar lo que no tengo. Piedad, por favor, que me da melancolía”, dijo Fefa.

“Bueno, eso… y también que miramos películas y series”, añadió Hilda.

“Sí, pero por definición, la melancolía va unida a un recuerdo” añadió Víctor. “¿Qué recuerdas tú, querida Fefa? Hay una diferencia entre tristeza y melancolía. Por ejemplo, la tristeza da espacio a otras emociones, mientras que la melancolía lo abarca e inunda todo”.

“Entonces confirmo que estoy melancólica”, confesó Fefa. “Estoy inundada de recuerdos. Por ejemplo, tengo memorias de cuando podíamos dormir sin apagones ni mosquitos, de cuando el salario alcanzaba, de cuando podía bañarme todos los días con agua, de cuando…”.

“Ah, no, tú lo que tienes es que la realidad dura y pura te golpea, querida”, interrumpió Hilda. “Y eso es malo, muy malo. Tienes que ir aceptando las cosas de a poco, no juntas, porque entonces las penas se agolpan y en este caso, te abruman”.

“¿Y cómo logro eso? ¿Cómo lo logran ustedes?”, quiso saber Fefa, incorporándose en el lecho.

“Fácil”, dijo Cándida con su candidez habitual. “Divides los problemas según el día de la semana. El lunes, analizas la situación electroenergética. Los parques solares que más que solares parecen fantasmales, la demanda del día y la noche, el déficit, la programación, los horarios pico, las promesas de que todo mejorará en algún momento, las termoeléctricas y su obsolescencia programada, el esfuerzo de los trabajadores eléctricos y de los linieros, los postes que se caen y los transformadores que revientan. Lee bien el canal oficial de telegram, fíjate que siempre sus noticias terminan con la frase “ofrecemos disculpas por las molestias”. El martes, analizas el tema agua. Que si la Cuenca Sur, que si roturas, salideros y falta de combustible impiden que llegue a todos los hogares. Ya el miércoles pasas a las tiendas. Primero era en cup, luego de cuc, más tarde en mlc y ahora en usd. Una dialéctica constante, que debes comprender. El jueves…”.

“Pero bueno”, dijo Brígida, “¿esto qué es? ¿Una semana diabólica? O, mejor dicho, ¿un calendario complejo? Mira, Fefa, tienes que entender que la cotidianidad aquí ha pasado de ser corrosiva a convertirse en un esmeril directamente. Depende de cada uno de nosotros dejarnos derrotar o no. Ahora mismo te levantas, te arreglas las greñas, y te vas con nosotros a la playa. Olvida el tango y canta boleros, por favor”.

“¡Eso, eso es lo que debes hacer!”, dijo Hilda. “Levanta tu cuerpo, levanta el ánimo, eleva el espíritu y sal a la calle”.

“¿Y los baches, y la basura acumulada, y el transporte? ¿Cómo hago para soportar todo junto?”, preguntó la melancólica.

“Hoy es viernes, querida”, apuntó Hilda. “En buena lid, los viernes los dedicamos simplemente a vivir. El análisis del transporte toca los jueves, lo digo porque que ahorita no me dejaron terminar de explicar el semanario. Sábado, para los baches y domingo para darnos fuerzas. Pero efectivamente, hoy viernes toca vivir. Arriba, pónte la trusa, que pa’ luego es tarde”.

Esculapia refunfuñó un rato al quedarse sola en la cama, pero Fefa, ya con trusa y chancletas, salía con nosotros rumbo a la captura de un taxi que nos llevara hasta la orilla del mar.

“¡Se lo creyó, se lo creyó! ¡qué bien!”, dijo Víctor llegando a la puerta y sin que Fefa pudiera oírlo. “Psst, baja la voz, muchacho, dijo Hilda. Yo no sé ni cómo se me ocurrió lo de la semana tenebrosa, pero funcionó, y eso es lo importante”.

Ya camino al mar, con Fefa ligeramente recuperada, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas. “¿Y ahora qué te pasa?”, preguntó Sepúlveda?

“Nada en concreto”, respondió la aludida. “De repente recordé cuando mi mamá me untaba bronceador y el ave negra de la melancolía volvió a posarse en mi hombro”.

“Tranquila, tranquila”, dijo Hilda abrazando a Fefa. “Ahora se llaman bloqueadores solares y luego te voy a pasar el contacto de un estomatólogo que los vende. Un muchacho encantador, ya verás. Y seguro que te cuesta menos que el antidepresivo sertralina. Por cierto, ¿cómo puedes conseguir para todos nosotros? ¿A cómo está el blíster? ¿Pudieras resolverlo para este domingo? ¿Tiene mensajería la tránsfuga que te vende? ¡Nos urge tanto!”

 

Reproducido de la columna Hablando en plata de www.lajiribilla.cu