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El En Rojo para Ramón López y su caminar en Chicago

Ramón y Bembeteo en una presentación. Foto suministrada
Cuando Luis Alejandro Molina del Centro Cultural Juan Antonio Corretjer en Chicago me dijo que quería dedicarle un número de La Voz del Paseo Boricua a Ramón López y que si lo podíamos hacer a la par en el En Rojo, le dije sí ¿por qué no?  Lo hablo con el director del En Rojo. Tanto Rafael Acevedo como yo conocimos a Ramón, fue director interino del En Rojo por allá por los años noventa y sus tapices fueron la escenografía por muchos años del Festival de Apoyo a CLARIDAD. Uno de los tapices de la bandera de Puerto Rico engalana la oficina del En Rojo. Lo que no imaginé nunca era lo mucho que iba a aprender de las andanzas de Ramón en Chicago.
Casi nunca echo de menos el periódico impreso semanal, he aprendido a bregar con el mensuario, pero en ocasiones como esta me gustaría que tuviéramos capital para poder imprimir muchos ejemplares para que la gente los coleccione y sus hijos e hijas conozcan las andanzas de un puertorriqueño en las entrañas del monstruo.
En este En Rojo se recogen múltiples ensayos de la autoría de López, narrando y desmenuzando lo que es vivir en la Ciudad de los Vientos, pero también entrevistas
y varios ensayos sobre él. Elizam Escobar, Carlos Quiles, Eduardo Arocho y Michael Rodríguez Cruz hablan de la obra y la contribución de Ramón a la cultura en Chicago, Puerto Rico y de su legado para las futuras generaciones.
Gracias a Luis Alejandro Molina y a la gente de La Voz en el Paseo Boricua por contar con CLARIDAD/En Rojo para este maravilloso homenaje al flaco y su obra.
Alida Millán Ferrer
Directora CLARIDAD

Nota del editor y agradecimientos

 

La idea para esta sección nació hace casi dos años, en una conversación con José E. López, Director Ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño. Hablábamos entonces de la posibilidad de “hacer algo” con los escritos, poemas, gráficos y demás materiales que habíamos logrado rescatar de unos Zip disks corroídos donde los encontré.

En el año 2014, mucho después de que Ramón regresara a Barranquitas para cuidar la casa que le había legado su tía, me dejó un mensaje de voz conmovedor. Al marcharse de Chicago, la mayor parte de su equipo informático fue reutilizado de inmediato y los medios de almacenamiento terminaron en una caja de leche, donde reposaron cómodamente durante años. Tiempo después, en una limpieza, la caja llegó a mi oficina, y fue entonces cuando decidí intentar rescatar los archivos que contenía.

Fueron casi ocho meses —intermitentes— de limpieza y conversión de archivos: de textos a formatos legibles, de imágenes en formato PICT a JPG y luego a PNG, y finalmente, de grabarlos en dos CDs que envié por correo a Ramón. De ahí, el mensaje de voz.

Agradezco profundamente a:

  • Rubén Gerena, por responder siempre con alegría a mis pedidos de último minuto.
  • Jan Susler, por revisar la traducción al inglés del ensayo de Elizam Escobar sobre Ramón.
  • Alida Millán Ferrer, por aceptar el concepto de publicar simultáneamente el contenido en español de la sección de Ramón en el sitio web de Claridad, por su revisión final a contrarreloj, y por ser una fuente constante de inspiración.
  • Michael Rodríguez Muñiz, colega en la Junta Directiva del PRCC, por aceptar de inmediato mi solicitud de un ensayo introductorio.
  • Carlos Quiles, también, por respaldar esta idea desde sus inicios y por aceptar escribir el ensayo desde la perspectiva puertorriqueña.
  • Clarisa López Ramos por estar siempre disponible para la lectura, correción y traducción al español
  • Eduardo Arocho, por su entusiasmo y abrazar el concepto tan pronto conversamos y poniendo al día su ensayo, además aportar el audio de la entrevista de Ramón.
  • Greg Bozell y Barbara Popovich, anteriormente el líderato de CAN-TV, por el permiso de uso del video de Ramón López.

Ramón López: El etnógrafo del Paseo Boricua, Chicago

Gato Elizam, tapiz

Suplemento Especial

Ramón López (1953–2020) temía haber perdido su colección de ensayos sobre cultura popular y transformaciones urbanas en el Chicago puertorriqueño. Los había dejado atrás por accidente al regresar a su amado Barranquitas, a mediados de los años 2000. Por fortuna, la historia no terminó ahí. Años después, por azar, su colaborador de siempre y guía tecnológico, Luis Alejandro Molina, recuperó los ensayos de cuatro antiguos “zip drives”, un sistema de almacenamiento hoy obsoleto. El hallazgo llenó de alegría a Ramón, quien veía en esos textos la culminación de años de investigación y reflexión. Lamentablemente, en 2020 falleció antes de que los ensayos “chicagüeños” vieran la luz pública.

Ramón fue muchas cosas: narrador, tejedor, historiador, sanador, músico, educador. También fue un etnógrafo excepcional—un escriba y analista de la vida social. Formado como antropólogo, primero en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y luego como doctorando en la New School for Social Research en Nueva York, Ramón desconfiaba de la investigación a distancia.

“Necesito el ruido, el color, las palabras, la música de la gente que me rodea porque así es como trabajo”, comentó una vez en entrevista.

Portada de Los bembeteos de la plena

Su deseo de cercanía e inmersión no era un simple estilo metodológico, sino una necesidad vital. Ramón—el etnógrafo—se propuso documentar las formas populares de la cultura puertorriqueña, tanto del pasado como del presente. Esta misión, sostenía, exigía un compromiso directo y sostenido con los objetos culturales y con las relaciones y comunidades donde se producían, consumían y transformaban. Dio vida brillante a esta práctica intelectual y ética en sus obras mayores—Los bembeteos de la plena puertorriqueña (2008) y El movimiento de los Reyes Magos hacia la estrella sola (2008).

Sus ensayos recuperados se basan, como él mismo afirmó, en “trabajo de campo extenso” en los barrios de Chicago entre 1994 y 2001. En 1994, Ramón dejó su cátedra en la Universidad de Puerto Rico y se mudó a la Ciudad de los Vientos para dirigir la escuela alternativa de Aspira. Llegó en un momento propicio para un etnógrafo de la cultura.

Durante su primer año, presenció el levantamiento de los imponentes arcos de acero del Paseo Boricua, colocados en puntos estratégicos de la calle Division, en la zona de Humboldt Park/West Town. En uno de sus ensayos, Ramón rememora aquel instante. Narra cómo “el monumento más grande a la bandera puertorriqueña jamás construido” requirió una “síntesis asombrosa” de historia comunitaria, virtuosismo arquitectónico y creatividad en acero. Sin embargo, las banderas gemelas no eran solo una hazaña estética y técnica; eran una declaración política profunda contra la gentrificación, ese proceso racializado de desplazamiento que ya había desmantelado otros enclaves puertorriqueños de la ciudad. El Paseo Boricua, afirmaba, era “un acto de recuperación territorial, una forma de resistencia frente a la aplanadora del poder blanco y rico”.

Segunda Obra de Títeres, 2001

Ramón se volvió pronto un rostro familiar en la comunidad. Cuando no cuidaba su manada de gatos, se le veía editando la revista Boricua en las oficinas de la campaña por la libertad de los presos políticos puertorriqueños, o recogiendo información y morcilla en la bodega del barrio. Su silueta delgada era una presencia constante en charlas educativas, protestas y eventos culturales—algunos de los cuales organizaba o dirigía. El etnógrafo se sumergió de lleno en el entramado de la vida comunitaria, encarnando lo que algunos llaman “participante observador”. Con el tiempo, ese campo de estudio inicialmente ajeno se transformó en su hogar adoptivo.

Gran parte de lo que vio, vivió y escuchó aparece en sus ensayos. Imagino que algunos comenzaron como notas de campo o transcripciones de conversaciones. ¿Fueron preludio de una obra más extensa? Quizás nunca lo sabremos. Pero Ramón dejó un regalo. Cada ensayo, un archivo en sí mismo, rebosa de intuiciones e invitaciones para explorar esta esquina del Chicago puertorriqueño. Su escritura revela una fascinación genuina, incluso una admiración cautelosa, por las múltiples capas sociales, políticas, culturales y espirituales del barrio. Estas historias y luchas, sin duda, merecían ser contadas.

En esta colección de ensayos, Ramón, el etnógrafo, asume el papel de guía turístico. Una elección adecuada, pues los recorridos son parte habitual del Paseo Boricua. La mayoría los dirige el poeta e historiador aficionado Eduardo Arocho, cuya infancia en Humboldt Park y obra literaria son el foco del ensayo de Ramón titulado “Poesía en zapatos arcoíris”, en honor a la “poetópera” de Arocho.

Como todo recorrido, el de Ramón tiene múltiples paradas, aunque no pretende ser exhaustivo. Este guía no lo cuenta todo. De hecho, lo admite en su conmovedor ensayo “Los migrantes cimarrones”. Reconoce que sus textos no pueden—ni intentan—abarcar toda la vastedad del barrio. En lugar de perseguir lo imposible, enfoca el paseo en “la cultura que la gente crea por sí misma—no la impuesta o fabricada por sectores dominantes”. Prefiere lo espontáneo a lo guionado, lo híbrido a lo homogéneo. Para Ramón, la cultura popular es compleja, dinámica, y en esencia mulata: una realidad que no admite esencias. A lo largo del recorrido, deja claro su propósito etnográfico, cuidando de no abrumar al lector con abstracciones.

En el trayecto conocemos a personas como la anciana Doña Lula, creadora de muñecas Madama. Junto a su nieta, la fotógrafa Lin, Doña Lula comparte su fe y afirma la belleza de la negritud. También aparece el introspectivo y acelerado lirismo urbano de Juan Pablo Fonseca, rapero nacido en Barrio Obrero y criado en Humboldt Park. Otras figuras surgen en el recorrido—algunas con nombre, otras anónimas—como vendedores callejeros, cantantes, manifestantes, jóvenes y residentes de larga data. Líderes comunitarios y figuras electas aparecen ocasionalmente, pero rara vez son el foco. Ramón prefiere centrar su atención en quienes carecen de estatus, influencia o capital—los que con frecuencia quedan fuera de los libros de historia y las conmemoraciones oficiales. En ellos encuentra la cultura popular más viva, desordenada y transformadora.

Su tour no se limita a las personas: se entrelaza con los productos culturales que circulan en la comunidad. Banderas, murales, camisetas, tambores, máscaras de vejigante, tornamesas, cajas de leche, carrozas. En un ensayo fascinante, describe un concurso escolar de arte cuyo tema era los Reyes Magos. Dos obras llamaron su atención: una representaba a Melchor, Gaspar y Baltasar como miembros de pandillas rivales; la otra los mostraba como vagabundos. “Aunque son deambulantes, todavía tienen algo que ofrecer”. En ambos casos, los estudiantes reinventaron a los Reyes como sabios callejeros.

Otro ensayo narra el surgimiento de un objeto cultural autóctono: dijes con la bandera de Puerto Rico, hechos con cuentas plásticas. Estos colgantes, recuerda Ramón, se volvieron un “éxito inmediato”, lucidos con orgullo en cuellos y retrovisores. Aunque considerados kitsch por algunos, el etnógrafo no cometió el error de ignorarlos. Para él, el valor del dije no radica en su material ni en su fidelidad estética a la bandera real, sino en los significados que la comunidad les atribuye, los usos que se les da, y su papel como puntos de encuentro donde se forma la solidaridad. En suma, comprendió que algo tan aparentemente simple como estos dijes podía funcionar como “puntos de encuentro” para la formación de comunidad y solidaridad.

Gran Foto Felina de La Casita, 2010 En julio de 2010, el ex prisionero político Carlos Alberto Torres fue liberado tras cumplir una condena de 30 años por conspiración sediciosa. En la imagen, aparece hablando ante la comunidad en La Casita el mismo día de su liberación, acompañado por su abogada Jan Susler y el director ejecutivo del PRCC, José E. López.

El recorrido de Ramón escenifica encuentros con productores y productos culturales en distintos lugares del entramado comunitario. Hace escala en varios sitios, como los mencionados arcos de las banderas del Paseo Boricua y La Casita de Don Pedro, un terreno baldío y un garaje ruinoso transformados en ancla cultural y hogar de una estatua de bronce de Pedro Albizu Campos, antillano y revolucionario anticolonialista. En su ensayo “El otro baile de bomba”, Ramón describe con espesor etnográfico cómo el patio de la Casita se convierte en un escenario de lo sagrado y lo profano: un torbellino de cuerpos, movimientos, instrumentos, símbolos y sonidos que confluyen en bombazos explosivos y celebraciones intensas por la excarcelación de independentistas—indiferentes a las llamadas gentrificadoras a la policía.

A lo largo del recorrido, Ramón no se limita a lo bello o lo inspirador. Tal decisión acortaría el viaje, pero también traicionaría su propósito. El etnógrafo no es un promotor turístico. Su recorrido no busca “marcar” el área, ni higienizar ni fetichizar sus realidades. Busca explorar la vida cotidiana en este barrio puertorriqueño, contando una historia que no oculta su dureza ni su dolor. Ramón veía en la cultura popular una respuesta creativa y terca frente a la pobreza, la violencia, la gentrificación y el colonialismo.

Pancarta para el Mercado de Artesanos, 2005. Fotos suministradas

“Ven a mirar conmigo mi barrio bravo”, invita uno de los ensayos. Sigue la invitación con una meditación sobre la economía del color en el vecindario. La vida pandillera en Chicago ha hecho del color una cuestión de vida o muerte. En al menos una ocasión, el etnógrafo enfrentó esa realidad. “Los colores son una cuestión de luz, así que cuando alguien me llamó y volteé, me encontré frente al cañón de una pistola, iluminado”. Pero las pandillas no son el único peligro. Como muchos jóvenes de Humboldt Park testifican, el hostigamiento y la vigilancia policial son cosa habitual. Y no solo los colores pandilleros despiertan sospechas. Ramón advierte: “En esta ciudad racista, afirmar lo puertorriqueño es un riesgo pintado en tres colores”. Curiosamente, es en esos momentos en los que se adentra en los espacios y condiciones que la mayoría de los recorridos turísticos evita, cuando Ramón abraza la identidad de su sujeto antropológico. El “ellos” se transforma en “nosotros”. “Estas calles alquiladas, donde nos reconocemos, ahora llevan el aroma de Puerto Rico tras medio siglo de historias migrantes” (énfasis añadido).

Sin embargo, Ramón dice poco sobre su lector o visitante imaginado. Como todos los recorridos, el suyo está diseñado para quien desconoce, para quien podría beneficiarse de una excursión temporal por un nuevo territorio. Por ello, dudo que los puertorriqueños de Chicago estuvieran en lo alto de su lista. Su audiencia principal no parece ser otros enclaves diaspóricos que, a pesar de sus diferencias, reconocerían mucho en estos ensayos.

Mariano y el Equipo Construyendo La Casita, 1997 Durante el verano de 1997, La Casita de Don Pedro tomó forma como un proyecto colaborativo entre la Escuela Secundaria Puertorriqueña Dr. Pedro Albizu Campos, Archi-Treasures y el Centro Cultural Puertorriqueño. En esta imagen, Mariano del Valle, miembro del PRCC, lidera al equipo de construcción con orgullo y dedicación.

¿Para quién escribe, entonces? Creo que para puertorriqueños en Puerto Rico, especialmente aquellos que carecen de un conocimiento genuino o experiencia directa con “los de afuera”. Puertorriqueños que, quizá más que otros, tienen dificultad para apreciar “la inmensa resiliencia y creatividad cultural de los sectores populares puertorriqueños en la diáspora”. Demasiado a menudo, lamentaba Ramón, los puertorriqueños en Estados Unidos son acusados, por un lado, de asimilación, y por otro, de “folclorizar” la cultura puertorriqueña. Ninguna de las dos cosas es cierta. Lo que halló en Chicago, y presume existe en otros rincones de la diáspora, son “formas de vida donde imposiciones, tradiciones, influencias, hallazgos y reinvenciones de identidad coexisten y se transforman”. La cultura popular puertorriqueña fuera del archipiélago no es un remedo. Aunque transnacional, sigue ritmos propios, enfrenta desafíos propios y bebe de fuentes culturales que encuentra en su camino. Y, en ese proceso, cultiva sus propias ansias de liberación y comunidad. Ramón, sospecho, vislumbraba un vasto aprendizaje posible en la cultura, la política y las solidaridades de tales lugares.

Por supuesto, ningún recorrido es eterno. El tour etnográfico de Ramón por Chicago concluyó con su último ensayo. No dejó, que sepamos, una conclusión. Pero sí legó una especie de cápsula del tiempo, un archivo donde es posible visitar o revisitar la vida puertorriqueña en el área de Humboldt Park al inicio del nuevo siglo. Mucho ha cambiado desde entonces. Las huellas de la gentrificación son visibles por doquier. Muchos de los negocios que nombra ya no existen, y otros han ocupado su lugar. Algunas de las personas que menciona han fallecido o se han ido del barrio. Pero otras permanecen, aunque sean menos con el paso del tiempo. Aun así, una caminata por la calle Division revela ciertas continuidades. Las banderas del Paseo Boricua aún ondean, y muchas de las prácticas y objetos culturales que visitó durante su recorrido siguen presentes. Y, sin embargo, debo confesar que esta colección despierta una profunda nostalgia. Me recordó a tantos compañeros del pasado, a acciones desafiantes, a sueños inconclusos. El cambio, sin embargo, no habría sorprendido al etnógrafo.

Rubén, Ramón y Ángel, 2007
Durante la celebración del décimo aniversario de La Casita de Don Pedro y Doña Lolita, en 2007, se capturó esta imagen de los miembros de Bembeteo: Rubén Gerena, el director Ramón López y Ángel Fuentes, celebrando con música y memoria.
Fotos suministradas

Si Ramón viviera hoy y se sumergiera nuevamente en Humboldt Park, imagino que escribiría sobre la profusión de murales que han florecido en las últimas dos décadas. Más aún, quizás dirigiría su mirada etnográfica hacia los clubes de autos puertorriqueños. Me pregunto qué pensaría del recién designado distrito Barrio Borikén. ¿Cuánto tiempo dedicaría al Museo Nacional de Artes y Cultura Puertorriqueña o al nuevo espacio de arte contemporáneo El Schomburg? ¿Cómo narraría la bienvenida jubilosa a Oscar López Rivera o los efectos de la pandemia de COVID-19 en las relaciones comunitarias? Solo podemos especular. Pero estoy seguro de que Ramón habría disfrutado la oportunidad de continuar explorando estos bloques cargados de historia, preguntándose, una vez más, lo que siempre estuvo en el corazón de su etnografía:

“¿Por qué esta férrea insistencia en aferrarnos a una identidad puertorriqueña tan compleja como vital?”

Michael Rodríguez Muñiz

La narrativa mágica/callejera en los tapices de Ramón López

 

Suplemento Especial

L’exactitude n’est pas la vérité.

– Matisse

A

En medio de un banquete en honor al pintor «naïve», Henri Rousseau, organizado por los artistas del Bateau-Lavoir a instancias de Picasso, el homenajeado—deleitado por la recepción—le susurró al oído a Picasso que, «Después de todo, tú y yo somos ambos grandes pintores: yo en el estilo Moderno, y tú en el Egipcio».

Este susurro—surgido «inesperadamente» en el contexto de una celebración mitad sincera/solemne, mitad jocosa/cruel—lo decía todo: la naturaleza irónica e indeterminada de la problemática de la percepción y la interpretación propia y del otro; la lúcida ingenuidad—«arrogante» y «bondadosa»—del Douanier Rousseau, y lo serio que se tomaba a sí mismo como artista. Pero marcaba también un momento simbólico y clave de alianza entre el arte moderno (que todavía no era «oficial» ni estaba aprobado por las instituciones dominantes) y el arte «ingenuo» (que se veía así mismo como «moderno», y en el caso de Rousseau, veía lo «moderno» como «egipcio»; o en otras palabras, como «anacronía»).  Esta alianza contra la academia y el «realismo» sería luego ajustada y puesta en su sitio (es decir, que devaluaría y colocaría el arte ingenuo y a los diversos «realismos»—el socialista, el de los muralistas mexicanos, el de Hopper, Balthus, etc.—fuera de la historia del arte moderno) por las nuevas autoridades e instituciones del «modernismo». Más tarde, entrados ya en la «Era Electrónica» y la crisis del «modernismo», comenzó a ganar terreno, debido a intereses diversos y a través de espacios simulacrales, todo arte foráneo al mundo del arte reconocido, ya por las academias, ya por las vanguardias, pero siempre bajo los códigos dominantes: el arte de los excluidos/marginados de la periferia, del «tercer mundo», del «segundo sexo», de las instituciones mentales y penales, etc.  Entonces, parecido al banquete dedicado al bueno de Rousseau, algunos invitados (y no-invitados) a esta nueva «apertura», aprovechándose de esta, arrogantes y maliciosos, tomándose bufonescamente en serio, se susurran unos a los otros que a pesar de la simulaciones y disimulos a granel, cada grieta, cada gota, cuenta en el largo y difícil camino de la liberación y la libertad.

B

Esta anécdota y el análisis posterior nos sirven para asistir como invitados y enfrentarnos a la obra del tejedor puertorriqueño Ramón López.

La conexión que existe entre el aduanero-pintor Rousseau y el antropólogo-tejedor López estriba en que su localización ante el orden establecido por las instituciones o esferas ideológicas/culturales está igualmente marcada por la diferencia que los sigue separando del «arte superior» como por la exigencia momentánea del mercado cultural moderno/postmoderno que tiene el poder de convertirlos en raros y valiosos ejemplares de excepción a la regla si le es conveniente o se hace inevitable. Tanto esa diferencia establecida por la división mecánica del trabajo como su valor en el mercado son determinados por la lógica, la política y la metafísica de la economía política que marca con su carimbo todo lo que toca. Todo deviene en mercancía (valor de uso, valor de cambio).  Y al nivel del signo ideológico, todo deviene en status. Tanto las instituciones como el resto de nosotros exigimos credenciales: diploma, resumé, premios, exhibiciones, etc. Si, por ejemplo, el sujeto en cuestión es ama de casa o está casada con Diego Rivera, y le da por pintar y pinta bueno, ella es una pintora «in her own right» o «self-styled». El mérito está adjunto al código, y si se encuentra fuera de este, si se desvía, siempre se designará como «excepción» que confirma el código. El problema es que todo artista es, de alguna manera u otra, un artista «in her/his own right» a pesar de las credenciales o a falta de estas, y aunque se le mire con recelo, resentimiento o paternalismo. Lo que verdaderamente nos importa—después de todo—es la obra concreta, su fuerza creativa, su sentido, su historicidad, su relevancia.  Sus ataduras o asociación a categorías y géneros, a estilos, escuelas o movimientos, a ideologías estéticas o al material que se utilice (hilos, pigmentos, fotos, metal, etc.) son de interés y de importancia, pero de segundo orden.

C

Al contrario de Rousseau, a López no le gusta Picasso. A quien mira y lee es a Van Gogh.  Tampoco le gustan los tapices clásicos europeos. Nos «susurra» Ramón: «Amo los textiles suramericanos precolombinos y los textiles huicholes del siglo 20. Gozo del arte aborigen australiano y del graffiti artístico callejero. Del arte puertorriqueño, me gusta más Denis Mario Rivera que Rodón.»

«Sin embargo,» continúa, «lo que más me nutre visualmente es caminar solo por los barrios y las calles».

«Tejo con tantas ganas que maltrató mi cuerpo bastante. Vivo con un permanente dolor de espalda y un gozo total de colores y palabras».

En esta breve «confesión» está encapsulada la estética y la ética de un creador que se ha decidido por el tapiz como forma artística.

CH

Su obra es callejera, la que muchas veces teje también en la calle, ante el público.  Ha sido utilizada como pancarta en marchas y desfiles además de expuesta en museos y galerías de arte.

En su aspecto popular, se puede entender un tapiz de López como si fuese una «plena visual». Es decir, su narrativa puede apreciarse como un discurso paralelo al género musical puertorriqueño de la plena cuya temática responde a los acontecimientos trágicos y cómicos del momento, que afectan, de alguna manera, la vida pública o la psiquis colectiva. Ver, por ejemplo, El tiburón de la policía (1993) cuyo título también nos recuerda a la plena Tintorera del mar. La plena, de ritmo afro-caribeño y cantada en la forma métrica de la copla española, funciona como un periódico musical del pueblo. Y los tapices, en su función «periodística», incluyen en sus páginas hiladas relatos trágicos (como los retablos mexicanos) o de tono crítico/satírico además de cierto humor congenial al de las tirillas cómicas (como El gato volando en la calle–1995).

Una vez se reconocen estos aspectos de la cultura popular y se entiende su papel social en la agenda nacional, como en las comunidades boricuas de la diáspora, nos preguntamos si son sólo eso: ilustraciones «pop» o textos narrativos usando un lenguaje visual construido con hilos. O si, simultáneamente, son obras de arte «independientes»: con autonomía relativa sobre cualquier actividad instrumental, de proselitismo, pedagógica, suplementaria. Ya que la labor de Ramón López es multi e interdisciplinaria (periodista, antropólogo, historiador, educador, curador y tejedor, entre otras cosas), esa riqueza «contaminante» puede ser saludable como puede ser dañina en el peligro constante de abarcar demasiado y apretar poco.

D

Como la obra de Rousseau, la de Ramón López parece ser «ingenua». Ciertas características—en su modo de ser—la hacen «anacrónica» cuando se la compara con las técnicas contemporáneas de la comunicación (e.g. la efectividad de una plena vs. la televisión) y la seducción hiperrealista de la imagen electrónica (e.g. un «muñeco de guata» vs. un rostro destellante a todo color de una revista de modas o de MTV). Estamos frente a una obra que es todo lo contrario a una máquina reproductora de imágenes electrónicas (y sin embargo—paradójica, o tal vez, lógicamente–es a través de la imagen xerográfica que ésta nos llega a la prisión) cuya sublimidad extasiada busca la inmaculada «perfección» de las superficies y la higienización de toda contaminación «manual» («manual cleansing»), «artesanal», «anti-maquinal», etc. Todavía más si las únicas herramientas utilizadas son precisamente las manos y una solitaria tijera para cortar las hebras del pompón de acrílico, de lana, o de algodón.

E

Nuestro tejedor es, sobre todo, un colorista, no en el sentido de los fauvistas sino en el sentido combinado del puntillismo/divisionismo del post-impresionismo de Seurat (el título, La di-visión of the light, puede ser concebido como un juego de palabras con el nombre de la calle principal de la comunidad boricua en Chicago y la técnica del divisionismo de Seurat y otras alusiones que nos podíamos imaginar) y el expresionismo de Van Gogh. Como Seurat con los pigmentos, López construye sus imágenes a través de hilos de colores sólidos cuya mezcla toma lugar en la retina del ojo. Este proceso de construir colores es lo que más le apasiona. Como Van Gogh, a través de la vibración cromática busca un efecto emocional lo cual no excluye el efecto sensual como un verdadero banquete del color que podemos apreciar en tapices como La amiga de Papo Bangó (1992) y Tocar fondo (1993).  Pero, como en todo arte, el efecto será siempre indeterminado, relativo al sujeto que mira, a la fuerza creativa/plástica/sensual/conceptual de cada obra, a la distancia envuelta, o a la calidad de la reproducción con que se cuenta de la obra.

El mundo que se nos proyecta a través del color es un mundo más o menos plano y que sólo al mirar desde lejos podría crear una ilusión de perspectiva. Sólo que este mundo no descansa en la perspectiva aérea o lineal sino en la relación que existe entre la solidez formal de las imágenes, y la combinación narrativa de lo cotidiano-callejero (su aspecto urbano, social, de la «vida externa», el ruido mundano) con su modalidad «mágica», donde la presentación de los sucesos de la difícil y dura vida en el barrio se hace «liviana», como si su interlocutor fuera un niño que asiste a entender la realidad a través de un cuento de hadas. Para mí, es éste el aspecto que más invita a la mirada, al pensamiento, a la emoción; el más profundo, más mental, más simbólico y más extraño que surge de estas composiciones. No es, entonces, la reducción del color a una mera sensación retinal o su carácter de narración cotidiana lo que yo más valoro en estos tapices sino cómo lo cotidiano se nos ha devuelto como extrañeza y poesía. Esta extrañeza poética, este espectro de lo mítico, traspasa, para bien o para mal, el mensaje, la prédica, el apelar a la consciencia o simpatía del espectador.

Este aspecto—logrado totalmente en algunos tapices, en otros, parcial o «dañado» al forzar la temática o debido a fallas formales, que brevemente tocaremos en la sección F—adscribe a la obra su valor artístico, porque en la relación formal y temática se logra una fuerza que trasciende la mera habilidad artesanal, los límites del material usado y su significancia inmediata. Es este el valor simbólico que traspasa el carácter arbitrario y racionalizado del tapiz como objeto fetichizado o artísticamente subestimado; o como instrumentalidad sociológica, antropológica, de lo político-directo, etc. De no ser así, los tapices de Ramón López serían tautológicos, ecos de otros ecos, verdaderamente pobres competidores en el juego obsceno de los medios de la comunicación masiva. Porque comparados a la insaciable promiscuidad de éstos, a la velocidad que las imágenes pueden alcanzar en el video, a la omnipresencia de los mensajes y los comerciales catatónicos que a través del imperialismo terrorista de la imagen electrónica nos invaden, penetran, e infectan diariamente, un tapiz de superficie suave, que funciona con una teoría del color siglo diecinueve, sin ser hostil al ojo, artesanal, inocente como una caperucita roja en el mundo de los lobos de la informática y la cibernética, puede resultar completamente obsoleto y anticuado.

Pero es ahí, precisamente, donde reside su valor: en su ser «anacrónico» y en su capacidad utópica de simbolizar y realizar el deseo aquí, ahora, a través de la narrativa mágica de sus imágenes, lo que no quiere decir que se renuncie al carácter trágico de la vida. De esta manera, podemos traspasar—no devaluar o rechazar—tanto el concepto aristotélico de catarsis (purificación de las pasiones a través del arte, de la emoción estética) como el del «arte político» que tiende a prescribir una línea de acción sin entrar en diálogo con los participantes, o en el mejor de los casos, que aspira a la concientización que mueve a una futura acción en algún imaginario de lo político-directo.

Mas lo extraño es que estos «barrios calientes» que habitan los tapices de nuestro Ramón Rousseau sean transformados—aunque su «autor» lo quiera o no—en un teatro existencialista color de rosa, distanciados «existencialmente» de la calle «real». Lo «increíble» o lo absurdo del barrio «real» nos llega a través de la «mirada» alegórica o fabulada del tapiz. Una mirada que teje, imbrica, la fantástica existencia de la vida del barrio, del ghetto:  el peligro o los banales misterios de la vida nocturna, la presencia constante de la policía, los emblemas de la identidad nacional. Y en los más mágicos y surreales, el tema del naufragio de los migrantes «ilegales» o un gato a veces espectral testigo del exterminio y la violencia cotidiana del barrio (e.g. En el cielo y en la calle–1995); a veces hermanado a todos esos gatos bufones de los paquines:  la gata de Tobita, Félix, Garfield, etc.

F

Todo material, toda forma artística, tiene su potencial y su límite. El tapiz, tal y como lo trabaja Ramón López, funciona mejor cuando las imágenes se simplifican y en vez de aspirar al modelaje (buscar el relieve a través del claroscuro) asentarse en el modulaje (construir ajustando un área de color al color de sus áreas vecinas). Las figuras demasiado delineadas o que tienden al volumen creado por el modelaje son plásticamente inferiores a las que surgen por la modulación. La forma de lograr los ojos de algunas figuras como en Papo Bangó frente a sí mismo debilita la presentación de éstas y la composición del tapiz. Por el contrario, los ojos simples pero impactantes del gato en Gato sediento, o los sutiles y modulados ojos de la mujer en Tocar fondo, trabajan perfectamente en su relación con los colores vecinos y las formas más geométricas de las composiciones. Lo mismo sucede en la relación que se establece entre figuras y fondo. En La di-visión of the light, la figura a la derecha del espectador parece como si hubiera brincado de repente ante la cámara de un fotógrafo preocupado verdaderamente con el trasfondo. Aunque parezca «interesante» el efecto temático, en términos formales se hace incongruente (en el sentido negativo del término) con el resto de la composición. «Borrar» la figura salvaría el tapiz. En otros tapices, el dinamismo entre figuras y fondo se logra causando una armonía en todo el plano del «cuadro» en composiciones como La amiga de Papo Bangó, Tocar fondo, Gato volando en la calle, y, especialmente, en un tapiz sin título donde aparece un largo gato azul con una niña negra en traje verde (al parecer volando en el aire tras haber chocado el uno con el otro) sobre el fondo más oscuro de los tapices que tengo ante mí.

G

En la obra titulada Gato sediento (la composición, a mi parecer, más lograda y compacta de las obras que he visto, y que pienso se ajusta más al medio del tapiz), de la serie El barrio que no amanece (1992-93), este gato-chihuahua, oscuro, largo y extendido como la-noche-que-no-termina, es un «representante» de su «referente temático» en un contexto reconocible de la vida en el barrio; gato anónimo, callejero, «sato», tal vez «homeless», sobreviviendo la escasez del barrio. Es también, una fábula/alegoría visual que invita a la identificación, la empatía con el hombre que se «animaliza» en la jungla urbana. Pero en el plano mítico del arte, en su realidad otra, su dialéctica de lo permanente, es el gato terrible, de mal agüero, que nos recuerda el carácter trágico o impredecible de la vida, el «absurdo» de que la vida termine en cualquier lugar o momento sin avisarnos y sin poder saciar la sed del cuerpo, de la experiencia, cognoscitiva, la curiosidad del gato. Gato místico del «sinsentido» que nos saca de la historia y la costumbre (aunque esa boca de incendios amarilla nos recuerde su contexto histórico), nos ambivaliza o nos abre los significados tirándonos al misterio como el no-problema. Esto, claro está, resultará ridículo, como si el tema fuese el espiritismo y la levitación. O la filosofía:  irrelevante y lejana para sernos útil en la dialéctica de la calle. Sin embargo, este aspecto del misterio (que es lo banal de las cosas y no lo «escatológico») es tan político como una marcha o una huelga; tan «banal» como el enamorarse un buen día sin remedio; o como la explicación del porqué existe la pobreza:  tanto económica como espiritual.

Por último, esta obra, desde el punto de vista estético, de la ideología de la forma, de la «historia» del arte, reúne elementos «pre-colombinos» con la llamada tradición «occidental»: Rousseau, Van Gogh, Seurat y Chagall han reencarnado en las manos de un tejedor boricua, de inspiración andina, huichol, «cósmica». El cielo estrellado de Vincent habita ahora los caseríos públicos de San Juan, la Division de Chicago, o el trasfondo de este infantil y diabólico gato que nos mira.

3 junio 1995, necrópolis, oklahoma

Los hilos del hijo de Obatala

Suplemento Especial