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Danticat y la literatura griega

 

 

Especial para En Rojo

José Lezama Lima, partiendo de la gnosis cristiano-helénica del Mediterráneo escribió un conjunto de ensayos titulados Introducción a los vasos órficos, quizás para despistar la censura de los múltiples dictadores tropicales que tuvo que sobrevivir o de los burócratas de la cultura que solo sabían escribir a maquinilla. Las Antígonas, las Electras, los Agamenón han proliferado como referencias en nuestra literatura caribeña, mas no como gesto de occidentalismo a lo Jaime Benítez. Todo lo contrario, era para decirnos, como lo dijo Corretjer, que no somos Ítaca.

En su libro de ensayos Crear en peligro: El trabajo de la artista migrante, Edwidge Danticat, haciendo un recuento de su memoria, nos habla de la represión y la muerte en los tiempos de Papa Doc Duvalier. Recuerda las ejecuciones de Marcel Numa y de Louis Drouin, ambos de 29 años. Estos hicieron su vida como migrantes en los Estados Unidos, fundaron la revista Jeune Haiti, desde donde escribieron en contra de la dictadura de Papa Doc. Muchos de los migrantes jóvenes regresaron a Haití para, como el Cid de Pierre Corneille (Obra que Nono Numa, pariente de Marcel, adaptó en un ambiente haitiano) y como Hamlet, vengar a sus antepasados. Las ejecuciones de Numa y Drouin fueron televisadas y narradas a través de la radio, como castigo ejemplar.

Danticat cuenta que su tío, que estuvo a cargo de su existencia mientras sus padres estaban en los Estados Unidos, era pastor de una Iglesia en Bel Air. Allí se escenificaban obras dramáticas de la tradición griega y europea. Recuerda muy bien las puestas en escena, en el teatro simulado de la iglesia, de la obra Calígula de Albert Camus, cuya lectura era auspiciada por el Club del Buen Humor, subvencionado por la Alianza Francesa.

El recurrir a las obras dramáticas del teatro clásico se asumió como formas de engañar el ojo de la censura duvalierista. No hablamos de juegos de palabras o de la censura del olvido de las llamadas democracias occidentales, siendo el ELA una triste caricatura. Hablamos de lo que Danticat nos dice: “Hubo muchas versiones de esta historia a lo largo del país: clubs de lectura y de teatro albergando en secreto obras literarias potencialmente subversivas, familias enterrando e incluso quemando sus bibliotecas, libros que podrían parecer inocentes pero que fácilmente podían traicionar a alguien. Novelas con títulos equivocados. Tratados con títulos e intenciones correctas. Secuencias de palabras que dichas, escritas o leídas podían causar la muerte de una persona.” Se habla de la obra de escritores haitianos/as como Marie Vieux Chauvet o René Depestre. Otros escritores blan, según la dictadura, como Aimé Césaire, Frantz Fanon o Albert Camus eran intocables pues además de blan, estaban muertos.

Danticat nos dice que le daba terror que su familia leyera sus narraciones pues ellos solo habían leído la Biblia, que tiene su versión helénica en la Septuaginta. La autora recuerda su tradición literaria, en el sentido de Mariátegui. Bel Air tiene a Frankétienne, pintor y escritor que, de alguna forma muy probable, re-semantizó su obra, a la luz de la literatura griega, y logró burlar las censuras. Recuerda al novelista y poeta Louis Philippe Delambert y a Edner Day, un macoute, al que se le asociaba con la literatura porque, después de sus crímenes consabidos, se le veía leyendo en su balcón.

La escritora haitiana se da la oportunidad de recordar a la luz de las ejecuciones de Numa y Drouin, al excelente narrador haitiano Jacques Stephan Alexis, desaparecido por la dictadura. Es por esta historia política que los jóvenes haitianos cuando leían a Albert Camus o a Sófocles les consideraban escritores haitianos. Danticat se vincula con Cien años de soledad en sus consideraciones de los muertos: los muertos no solo habitaron la vida sino también la tierra y por ello se tiene que volver a ella o escribir sobre ella. La tierra de la que habla es el país natal.

A la tradición que se refiere nuestra autora es a la consideración de la tierra como espacio en donde habitan no solo los alimentos sino la flora, la fauna, los cuerpos de agua, los vivos y también los muertos (en forma de espíritu). Recuerda la novela de Jacques Roumain, Gobernadores del rocío, en la que todos esos elementos son parte intrínseca de la tierra. Los jóvenes rebeldes ejecutados por Papa Doc dieron sus vidas por el futuro de su comunidad nacional y la memoria voluntaria e involuntaria del pueblo haitiano les recuerda. Mas sus artistas los rememoraban al escenificar obras dramáticas griegas, para de alguna manera hacerle avenida a la catarsis.

Danticat traza una similitud extraordinaria también con los egipcios, a quienes los griegos helenos le debieron mucho en los aspectos culturales. Los dioses de los antiguos egipcios les exigían a los muertos documentos que probaran su valor, antes de dejarlos pasar a la otra orilla. Por ello, ante la muerte, los artistas egipcios escribían sus signos jeroglíficos en las pirámides, en las tumbas y en los féretros, como representación de la vida. El escultor era considerado como el que mantenía vivas los organismos y por ello, eventualmente, los egipcios dejaron de enterrar a los muertos con sus seres queridos para el largo viaje. “Los artistas que inventaron esos otros tipos de arte memorial, el arte que podía reemplazar los cuerpos muertos, pueden haber querido salvar vidas”, nos dice la escritora haitiana.

La apuesta para la escritora haitiana es que cada creación artística, frente a la debacle violenta del proceso histórico social, sea una especie de sustituto de la vida, como la sospecha de los escultores egipcios o como Marcel Numa y Louis Drouin creyeron. Ya sabemos que la invención de Grecia por los países euroccidentales la despojaron de sus orígenes afroasiáticos, como nos lo demuestra Martin Bernal en su vasta investigación titulada Atenea Negra (1993). Es muy probable que los actores, los lectores y los escritores haitianos, partiendo de la infra política de los desvalidos, desarrollaron una respuesta a la dictadura de los Duvalier, bajo el manto de un discurso oculto. Quizás los actores, los lectores y los escritores haitianos tengan una especie de respuesta a las interrogantes que Carlos Marx se hiciera en los Grundrisse en el fragmento titulado “El arte griego y la sociedad moderna”, desde la periferia. El arte como la memoria es el sustituto de la vida.

 

 

La timidez de los árboles

Victor R Birriel

 

 

 

Especial para En Rojo

 Todos los caminos conducen al principio. En la ladera, en la periferia, bajo esta sombra que me cobija un rato de los trazos de Helios, considero los hechos y senderos que me han llevado hasta aquí. Con medias altas, pantalones cortos, camisa negra y el nuevo peinado que me permite sentir las caricias del viento primaveral entre sofocones de mayo ―tierna nuca desnuda― recuerdo las primeras dos noches del Festival en apoyo a Claridad 2024. Previo a eso, las conversaciones que sucedieron entre los cuantos jóvenes que asistimos a la proyección de «Hasta la victoria de la idea» en Caguas; previo a eso, al mensaje de texto que saltó en mi teléfono, un examante contando con los dedos: «Se cumplen, creo, quince Festivales desde que trabajamos y nos fuimos juntos…». Colaboramos con un tal Abel, nombre bíblico que me impresionó. En la época, asistíamos a diferentes colegios privados de la zona metro y éramos grandes ilusos lúcidos: ilusos, por la jovencísima edad que aún nos pertenece; lúcidos, por la precoz consciencia política, anomalía en una década rodeados de gente que no debía ni quería meterse en cuestiones políticas, ¿para qué? Esperpéntico privilegio, lo sabíamos y lo sabemos.

Formar parte de CLARIDAD siempre me pareció el camino natural de las cosas ―calco del francés― contrario a mi contexto guaynabeño aburguesado. Formar, ahora, parte de la mítica columna En Rojo, aunque en principio pareció un delirio febril, ya se siente una condición asentada en mis adentros. Cada día observo y pienso en la próxima entrada. La Ariana de dieciocho y la de treinta y dos se saludan. Crucé la entrada del Festival y allí estaba mi fantasma, repartiendo panfletos y dando direcciones. Y allí estuve yo, que me propuse vagar cual flanneuse a saludar a artesanos, seres queridos y observar a los demás, apoyándome de mi nueva pequeña obsesión: el fenómeno y mecanismo natural observado en algunas razas botánicas llamada «la timidez de los árboles».

Le designan timidez a las hojas y copas de árboles que no quieren rozar, ni tocarse; sienten «vergüenza» y se ensimisman, se achicopalan y alejan en el momento justo: crecen juntas, pero sin tropezarse la una con la otra. A eso le designo a como anduve hasta equis momento en la vida, con ciertos miedos y desconfianza a dejarme acariciar tras años de dolor; a eso le designo al crecimiento y andanza entre diferentes sectores políticos jóvenes en el país, que quizá, por el momento, nos observamos tímidamente sin unirnos del todo, ya sea por desconocimiento, por minucias, por falta de tiempo, por destiempo, por discrepancia, por desinterés. Somos una arboleda que está, que existe y crece frondosa sin solaparse, fracturados en el mejor sentido estético, emulando el calidoscopio celestial de los árboles.

La segunda noche del Festival, me entremezclé entre la muchedumbre bajo la carpa y apliqué este ejercicio de entreverme sin tocar al otro, salvo a quienes abracé con efusiva ternura. Muy pronto subiría a la tarima Zoraida y Roy; muy pronto, tocaría una siguiente ronda de elixir etílico y compartir de música, cultura, arte e indignación antigenocida. Muy pronto, como anunciaban algunos carteles al margen de la tarima, tocaría velar la Alianza entre el Partido Independentista y Victoria Ciudadana.

Me pregunto, acaso, si decidiremos tronchar la timidez, forrar las grietas arbóreas. Entretejer copas, tanto las de vidrio como las intelectuales. Como con los árboles, habrá que ceder espacio y tiempo; extender nuestras ramas; engranar raíces. Elegir la timidez, o la inosculación: una suerte de ramas, troncos que se abrazan y crecen juntos, a su manera. Dispares, únicos, empero unidos.

Lemebel en mi librero

 

 

Especial para En Rojo   

Hace unos días, antes de irme a respirar a otro lugar, reorganicé mi pequeña biblioteca. Era uno de esos asuntos que tenía pendientes después de un largo tiempo acumulando libros sin conseguir hacerles un buen espacio, ordenado y a la vista, junto a los demás ya consagrados en el librero. Tuve que recogerlos por toda la casa. Los apilados sobre el escritorio en la esquina de la sala, los otros que, a veces, se erigían como montañas en el piso al lado de la cama o en la mesita de noche, y algunos más, que ya en los últimos tiempos hasta llegaron a irse conmigo de roadtrip, metidos en cajas de leche, tienen ahora su lugar, unos al lado de los otros. Aunque, probablemente, dentro de poco, vuelvan a verse amontonados en las mismas torres tambaleantes de siempre, que, al menor intento de consulta, amenazan con venirse abajo. Mas, después de todo, al final, dará igual dónde o cómo se apilen; si hay suerte, algunos caerán de la torre o del pedestal igual a como junto con ellos lo harán algunas de nuestras creencias. No todas habrán de resistir el paso del tiempo, no todas se mantendrán vigentes durante toda la vida, ¿no? Lo mismo sucede con los libros, algunos tienen fecha de caducidad.

Mientras organizaba el estante, sumando libros o sustituyendo ‘viejos’ por ‘nuevos’, pensaba en lo que este acto puede significar para un lector. En mi caso, y en esta ocasión, por una parte, ha simbolizado el cierre de una etapa, y, por otra, la representación material de un cambio de cabeza. Es decir, se reorganiza el librero según se reconfigura la cabeza; y, con la cabeza, me refiero a las ideas y concepciones acerca de lo que leemos y de cómo lo leemos, a aquello en lo que creemos o dejamos de creer. No en balde, el escritor argentino Jorge Luis Borges dijo que ordenar bibliotecas era «ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica». La selección, el elegir cuál libro se queda, cuál sale o cuál entra por primera vez al librero, y, al lado de cuál otro lo ubicamos, dice algo de nuestro parecer sobre esos libros y sobre nosotros mismos. El mapa de nuestra crítica, de nuestra valoración sobre ellos, lo trazamos materialmente en el estante. De esta manera, diseñamos ese espacio según comparamos, relacionamos o vinculamos autores o formas literarias. Y esta forma de ejercer la crítica, también ofrece una seña de nuestra identidad. Suele dar cuenta de la que podríamos considerar nuestra familia espiritual, de nuestros gustos, carácter y afectos. Cuando el material hasta entonces conservado en la biblioteca se depura y el camino antes trazado en ella se bifurca con la entrada de nuevas piezas literarias, se nos revelarán afinidades y vínculos inusitados. Sucede algo igual o parecido a cuando vemos una radiografía de nuestro cuerpo que nos muestra una parte, un órgano, un hueso que, quizá, no sabíamos ni que teníamos, o que, al menos, no teníamos la más mínima idea de cómo se veía. Son imágenes que nos aclaran cosas, que nos muestran aquello que permanecía oculto a nuestros ojos o a nuestra conciencia.

Estando en esos menesteres, también consideraba cuál de aquellos libros llevarme como compañero de viaje ahora que, libre de tesis doctoral, puedo entregarme a la lectura por puro placer y sin sentirme en falta. Sería difícil elegir, pero al menos estaba segura de querer llevarme dos pequeños o uno grande. Así que, cuando terminé con el librero lo escruté un rato para hacer una selección preliminar. Pero, no del todo convencida, decidí echar un último vistazo en otro librero, uno flaco y de una sola puerta, que tengo en «el cuartito». Y allí, diría yo que muy mal acomodado y olvidado entre algunos cuentistas del «Boom latinoamericano», me topé con Háblame de amores (2013), el último libro de crónicas del escritor chileno Pedro Lemebel, que hace un tiempo me había regalado el que mejor conoce mis intereses.

La primera vez que oí hablar del autor fue en la UPR en una clase sobre la crónica latinoamericana con el profesor Juan Gelpí, quien reconocía el valor del trabajo del chileno como uno representativo de la denominada nueva crónica. Desde entonces sé de la inteligencia y la agudeza crítica de Lemebel, evidente en los performances que escenificó como parte de las Yeguas del Apocalipsis, colectivo que fundó a finales de los 80 junto a Julio Casas y con el que abrieron el discurso sobre las minorías sexuales en Chile. Con él abogaron no solo por la organización política de los homosexuales en plena dictadura de Augusto Pinochet, sino que también reclamaron por las víctimas de las violaciones a los derechos humanos bajo el régimen. Sin embargo, de su literatura solo había leído el Manifiesto «Hablo por mi diferencia» (1986), una respuesta al rechazo que recibió por parte del Partido Comunista por ser homosexual.  Y aunque este me pareció un duro y bello poema de denuncia y reclamo, no me encargué sino hasta ahora de seguirle mucho más los pasos al que según Roberto Bolaño era el «mejor poeta de Chile». El hallazgo reciente de su libro de crónicas por el cual opté para que me acompañara a cruzar el Atlántico ha venido a llenar el vacío que me dejó haber terminado la tesis. Como antes lo hiciera con ese propósito por un autor español, ahora recorro las librerías de Madrid en busca de la obra de Lemebel. Su inteligencia y aguda mirada crítica, su sensibilidad y su rabia, sus postulados éticos y sociales reivindicativos, sus estratégicos tacones de aguja, su anarquía y la visualidad y belleza de su prosa poderosa que fluye descarnada y sin fingimientos, me han conmovido profundamente. Su escritura sensible, casi siempre de gran contención, que muestra las heridas del filo de la calle, de la hipocresía y de las dictaduras me convoca porque se siente de verdad y de ahora.

Aunque de repente parezca que llego tarde a Lemebel, me sospecho que no es cierto, que es este aún su tiempo, que su fecha de caducidad no está ni cerca. Cuando vuelva a casa, parte de su obra entrará en el librero que, al igual que mi cabeza, se volverá a reconfigurar mostrándome una nueva imagen del mapa, más completa ahora con Lemebel.

 

Clásicos-El final de la utopía

 

Herbert Marcuse

 

Artículo del filósofo, crítico social y teórico político germano-estadounidense, Herbert Marcuse, titulado «El final de la Utopia, publicado en el libro del mismo nombre en el año 1968, por la Editorial Ariel S.A .

He de empezar por una perogrullada: que hoy día toda forma del mundo vivo, toda transformación del entorno técnico y natural es una posibilidad real; y que su topos es histórico. Hoy día podemos convertir el mundo en un infierno; como ustedes saben, estamos en el buen camino para conseguirlo.

También podemos transformarlo en todo lo contrario. Este final de la utopía. —esto es, la refutación de las ideas y las teorías que han utilizado la utopía como denuncia de posibilidades históricosociales— se puede entender ahora, en un sentido muy preciso, como final de la historia, en el sentido, a saber —y de esto propiamente quiero discutir hoy con ustedes— en el sentido de que las nuevas posibilidades de una sociedad humana y de su mundo circundante no son ya imaginables como continuación de las viejas, no se pueden representar en el mismo continuo histórico, sino que presuponen una ruptura precisamente con el continuo histórico, presuponen la diferencia cualitativa entre una sociedad libre y las actuales sociedades no-libres, la diferencia que, según Marx, hace de toda la historia transcurrida la prehistoria de la humanidad.

Pero creo que también Marx estaba aún demasiado atado al concepto de continuo del progreso, que su idea misma del socialismo no representa aún, o no representa ya, aquella negación determinada del capitalismo que tenía que representar. O sea, el concepto de final de la utopía implica la necesidad de discutir al menos una nueva definición del socialismo, discusión precisamente enmarcada en la pregunta de si la teoría marxiana del socialismo no representa un estadio hoy ya superado del desarrollo de las fuerzas productivas. Creo que esto se manifiesta del modo más claro en aquella célebre distinción entre el reino de la libertad y el reino de la necesidad. El que el reino de la libertad no se pueda pensar ni pueda subsistir sino más allá del reino de la necesidad implica que éste es realmente siempre un reino de la necesidad, también en el sentido del trabajo alienado. Eso significa, como dice Marx, que todo lo que en este reino puede ocurrir es que el trabajo se racionalice todo lo posible, se reduzca todo lo posible, pero sin dejar de ser trabajo en el reino de la necesidad, aplicado al reino de la necesidad, y, por lo tanto, trabajo no-libre. Creo que una de las nuevas posibilidades, representativa de la diferencia cualitativa entre la sociedad libre y la nolibre, consiste en hallar el reino de la libertad en el reino de la necesidad, en el trabajo y no más allá del trabajo. Si desean ustedes una formulación provocativa de esta idea especulativa, yo diría que hemos de considerar al menos la idea de un camino al socialismo que vaya de la ciencia a la utopía, y no, como aún creyó Engels, de la utopía a la ciencia.

El concepto de utopía es un concepto histórico. Se refiere a los proyectos de transformación social que se consideran imposibles. ¿Por qué razones imposibles? En la corriente discusión de la utopía, la imposibilidad de la realización del proyecto de una nueva sociedad se afirma, primero, porque los factores subjetivos y objetivos de una determinada situación social se oponen a la transformación; se habla entonces de inmadurez de la situación social, por ejemplo, a propósito de los proyectos comunistas durante la Revolución francesa, o tal vez, hoy, del socialismo en los países capitalistas más desarrollados. Ambos son tal vez ejemplos de ausencia real o supuesta de factores subjetivos y objetivos posibilitadores de una realización.

En segundo lugar, el proyecto de una transformación social se puede considerar irrealizable porque esté en contradicción con determinadas leyes científicamente comprobadas, leyes biológicas, o físicas, etc.; por ejemplo, la arcaica idea de la eterna juventud del hombre, o la del regreso a una supuesta edad de oro. Creo que sólo podemos hablar de utopía en este segundo sentido, o sea, cuando un proyecto de transformación social entra realmente en contradicción con leyes científicas comprobables y comprobadas. Sólo un proyecto así es utópico en sentido estricto, o sea, extra-histórico.

E1 otro grupo, la ausencia de factores subjetivos y objetivos, no puede considerarse sino, a lo sumo, provisionalmente irrealizable. Los criterios de Karl Mannheim, por ejemplo, son insuficientes para la irrealizabilidad de tales proyectos, por la sencilla razón, por de pronto, de que la irrealizabilidad no se puede definir en este caso más que ex post. No es nada sorprendente el que se llame irrealizable a un proyecto de transformación social por el hecho de que ha resultado irreal en la historia. Pero, en segundo lugar, el criterio de irrealizabilidad en este sentido es inadecuado porque puede ocurrir perfectamente que la realización de un proyecto revolucionario sea impedida por fuerzas y movimientos opuestos que son precisamente superables —y superados— en el proceso de la revolución. Por eso es discutible la práctica de presentar la ausencia de determinados factores subjetivos y objetivos como objeción a la realizabilidad de la transformación. En particular —y ésta es la cuestión que hoy nos ocupa— la indefinibilidad de una clase revolucionaria en los países capitalistas altamente tecnificados no es ninguna utopización del marxismo. Los portadores sociales de la transformación —esto es Marx ortodoxo— no se forman sino en el proceso mismo transformador, y no es posible contar siempre con la afortunada y relativamente fácil situación de que las fuerzas revolucionarias en cuestión estén, por así decirlo, ready-made a disposición en el momento en que empieza el movimiento revolucionario. Pero hay en mi opinión un criterio válido: que estén técnicamente presentes las fuerzas materiales e intelectuales necesarias para realizar la transformación, aunque la organización existente de las fuerzas productivas impida su aplicación racional. Me parece que en este sentido podemos hablar hoy, efectivamente, de un final de la utopía.

Ahí están todas las fuerzas materiales e intelectuales que es posible aplicar a la realización de una sociedad libre. El que no se apliquen a ello ha de atribuirse exclusivamente a la movilización total de la sociedad existente contra su propia posibilidad de liberación. Pero esta situación no convierte en modo alguno en utopía el proyecto mismo de la transformación.

Es posible en el sentido indicado la eliminación de la pobreza y de la miseria; es posible en el indicado sentido la eliminación del trabajo alienado; posible la eliminación de lo que he llamado surplus repressio. Creo que sobre esto estamos relativamente de acuerdo; aun más: creo que en esto estamos de acuerdo incluso con nuestros enemigos. Apenas hay hoy, ni en la misma economía burguesa, un científico o investigador digno de ser tomado en serio que se atreva a negar que con las fuerzas productivas técnicamente disponibles ya hoy es posible la eliminación material e intelectual del hambre y de la miseria, y que lo que hoy ocurre ha de atribuirse a la organización sociopolítica de la tierra. Pero pese a estar de acuerdo en eso —y he aquí algo que me gustaría presentar hoy también como objeto de discusión—, no estamos aún lo suficientemente en claro acerca de lo que implica esa eliminación, teóricamente ya posible, de la pobreza, de la miseria y del trabajo, a saber, que esas posibilidades históricas han de pensarse en formas que muestran la ruptura, no la continuidad con la historia anterior, la negación y no la posición, la diferencia y no el progreso, o sea, la activación, la liberación de una dimensión de la realidad humana, una dimensión de la existencia humana que está más acá de la base material: la activación de la dimensión biológica de la existencia humana.

Lo que está en juego es la idea de una nueva antropología, y no sólo en cuanto teoría, sino también como modo de existencia: la génesis y el desarrollo de necesidades vitales de libertad. De una libertad que no se funde en la escasez y en la necesidad del trabajo alienado, ni encuentre en una y en otro sus límites. La necesidad del desarrollo de necesidades humanas cualitativamente nuevas, o sea, la dimensión biológica, necesidades en un sentido muy estrictamente biológico. Pues en este sentido la necesidad de libertad como necesidad vital no existe, o ha dejado ya de existir, en una gran parte al menos de la homogeneizada población de los países desarrollados del capitalismo. En el sentido de esas necesidades vitales, la nueva antropología implica también la génesis de una nueva moral como heredera y negación de la moral judeo-cristiana, la cual ha determinado hasta ahora, en gran parte, la historia de la civilización oriental. La continuidad de las necesidades desarrolladas y satisfechas en una sociedad represiva es en medida considerable lo que reproduce constantemente esa sociedad represiva en los individuos mismos. Los individuos reproducen en sus propias necesidades la sociedad represiva, incluso a través de la revolución, y precisamente esa continuidad de las necesidades represivas es lo que ha impedido hasta ahora el salto de la cantidad a la cualidad de una sociedad libre.

Esta idea se basa en que las necesidades humanas tienen carácter histórico. Más allá de la animalidad, todas las necesidades humanas, incluso las sexuales, son históricamente determinadas, históricamente transformables. Y la ruptura con la continuidad de las necesidades que llevan en sí la represión y el salto a la diferencia cualitativa no es nada fantasioso, sino algo predispuesto en el desarrollo de las fuerzas productivas. El desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado hoy un nivel en el cual exige realmente nuevas necesidades vitales para poder dar razón de las condiciones de la libertad. ¿Cuál es este estadio del desarrollo de las fuerzas productivas que posibilita el salto de la cantidad a la cualidad? Es ante todo la tecnologización del poder, que mina el terreno al poder mismo. La progresiva reducción de la fuerza de trabajo física en el proceso de producción (material), cada vez más ampliamente sustituida por trabajo nervioso mental, y la progresiva concentración de trabajo socialmente necesario en la clase de los técnicos, científicos, ingenieros, etc.

Como ven, se trata, desde luego, sólo de tendencias, tendencias que ahora empiezan, o tal vez hacen ya algo más que empezar y, como creo, se van desarrollando y se tienen que desarrollar necesariamente, precisamente porque arraigan en la necesidad de la subsistencia de la sociedad capitalista. Si el capitalismo no consigue aprovechar estas nuevas posibilidades de las fuerzas productivas y de su organización, no podrá sostenerse in the long run frente a la concurrencia de aquellas otras sociedades que no se ven obstaculizadas por las necesidades del beneficio y otras condiciones, en el intento de realizar ese desarrollo, señaladamente el de la automatización. De todos modos, hemos de añadir en seguida que también en la otra dirección, o sea, en la consumación de la automatización, se encuentra la frontera última del capitalismo. Como lo vio Marx ya antes de El Capital, la automatización completa del trabajo socialmente necesario es incompatible con el mantenimiento del capitalismo. Esta tendencia, para indicar la cual la palabra ‘automatización’ es sólo un símbolo compendioso, por la cual el trabajo físico necesario, trabajo alienado, se sustrae cada vez más del proceso material de producción, esa tendencia conduce —y aquí llego efectivamente a posibilidades «utópicas», y hemos de enfrentamos con ellas para ver qué es lo que de verdad está en juego— al experimento total en el marco histórico y a nivel histórico. Con la eliminación de la pobreza, esa tendencia lleva al juego con las posibilidades de la naturaleza humana y extrahumana como contenido del trabajo social, conduce a la imaginación productiva como fuerza productiva científicamente conformada, a la imaginación productiva que proyecte las posibilidades de una existencia humana libre sobre la base de las correspondientes posibilidades del desarrollo de las fuerzas productivas. Para que esas posibilidades técnicas no se conviertan en posibilidades de la represión, para que puedan cumplir su función liberadora y pacificadora, tienen que ser sostenidas y conquistadas por necesidades liberadoras y pacificadoras.

Cuando no existe la necesidad vital de que se suprima el trabajo, cuando, por el contrario, existe la necesidad de continuación del trabajo hasta cuando éste deja de ser socialmente necesario; cuando no hay necesidad de gozar, de ser feliz con la conciencia tranquila, sino necesidad de tener que ganarlo y merecerlo todo en una vida que es todo lo miserable que se puede imaginar; cuando esas necesidades vitales no existen o, existiendo, son apagadas por las necesidades represivas, entonces lo único que se puede esperar de las nuevas posibilidades técnicas es efectivamente que se conviertan en posibilidades de la represión. Hoy ya sabemos lo que pueden dar de si la cibernética y las calculadoras para el control total de una existencia humana. Las nuevas necesidades, que son realmente la negación determinada de las necesidades presentes, pueden tal vez resumirse en la negación de las necesidades y de los valores que sostienen el actual sistema de dominio; -por ejemplo, la negación de la necesidad de la lucha por la vida (ésta es una cosa necesaria, y todas las ideas o fantasías que hablan de la posible eliminación de la lucha por la existencia están sin más en contradicción con las condiciones naturales y sociales de la existencia.

 

 

Mi premio Ernesto Cardenal*

 

Elena Poniatowska

 

Conocer a Ernesto Cardenal en la sede del Instituto Cultural Helénico, en la avenida Revolución de la Ciudad de México, en 2007, fue una fiesta, porque nosotras, las mujeres en vías de ser Marylins Monroes, trajimos flores y él, desde el escenario, se abrió al sol de nuestro abrazo. Aunque no pronunció las palabras revolución o iglesia, que sellan su propia vida, su imagen fue la de un salvador, porque Ernesto Cardenal es la prueba viviente de que la poesía puede ganar la batalla en América Latina.

Durante su estancia en México, nos dimos cuenta de que no sólo salvaba a Nicaragua con las armas de la persuasión, sino con el filo de un arma inesperada, la de su poesía.

Sobre el amplio foro del edificio que heredamos de Grecia, vimos alzarse la emblemática figura de un peregrino que se pone de pie frente a todos y seduce por su sola presencia. Los aplausos se vinieron abajo. En vez de pedir una bendición, dimos uno que otro grito para implorar un poema y, al final, hicimos fila para subir a abrazarlo.

En sus palabras y en la fuerza con la que las dijo, enfundado en su traje negro, ya lustroso, hubo mucha luz. De toda su persona, hoy convertida en icono defensor de Nicaragua, emanó una energía proveniente de su misma vocación: sacerdote y poeta, salvador de almas y paridor de palabras que permanecen para siempre en la memoria. Ya desde entonces había en Cardenal más de guerrero que de penitente; más de personaje que de hombre de Iglesia; más de pecador que de santo, y a las mujeres nos atrae el peligro.

Más que su bendición, resaltaron sus rasgos de líder. Cardenal impactó por su sola figura. El entusiasmo con el que lo rodeamos nos hizo convertirlo en lo que ya esperábamos, un líder con mucho de guerrero y para nosotras, sus fans, un salvador que congrega en torno suyo una ronda sin pecado.

Si Cardenal hubiera prolongado su estancia en la Ciudad de México, muchas madres e hijas de familia, y una multitud de quinceañeras, se habrían unido a su causa, que es la de la libertad de América Latina.

Hoy que somos ciudadanas del mundo, condenamos a Rosario Murillo y a Daniel Ortega, quienes en México ya han sido rechazados tal como merecen. Hoy por hoy, es imposible decir Nicaragua sin que aparezca en el cielo caribeño la emblemática figura de capa y boina llamada Ernesto Cardenal, quien desde niño aprendió a responder presente en el momento en el que América Latina llamó a filas a sus mejores hombres y mujeres.

Si lo volvieran a llamar, Ernesto Cardenal también respondería presente y nuestras naciones lo reconocerían de nuevo como uno de los grandes salvadores de América Latina.

Claro que contamos con otros héroes. Todavía tenemos al alcance de la mano a Salvador Allende, al Che Guevara, a Fidel, a nuestro entrañable general Lázaro Cárdenas, pero al igual que el volcán Mataginas, que se alza entre dos mares, el sacerdote nicaragüense ondea en lo alto del astabandera de todas las grandes revoluciones centroamericanas. Y la palabra revolución, ya sabemos, es femenina.

A Cardenal lo visualizo con los brazos abiertos porque el sacerdote que oficia misa suele tomar el cáliz y levantarlo, para que la mayoría de los fieles también levanten los ojos y se consagren con la blancura de la hostia, el pan de la comunión. Para la mayoría de hombres y mujeres de América Latina suele ser fácil identificarse con la cruz, porque nuestros pueblos han vivido clavados en la pobreza.

Algunos seres excepcionales tienen un destino que va mucho más allá de sí mismos. ¿Empuñó un arma el poeta o fueron sus palabras las que dieron en el blanco? Es un lugar común repetir que la palabra es un arma, pero en el caso de Ernesto Cardenal, la poesía vino a completar la palabra pueblo.

A diferencia de la Revolución Mexicana, la centroamericana no tuvo por qué ser la de un hombre a caballo. Gracias a Cardenal, la imagen que llena nuestros ojos es la de un caminante que se cubre la cabeza con una boina y la espalda con una capa cuya amplitud abarca a comunidades con nombres que son pura poesía: Managua, León, Estelí, Masaya, Tipitapa, Altagracia, Jinotega, San Miguelito, poblaciones que nos reciben con un lenguaje que también es el de las flores y las frutas como caimitos, sandías, mangos, melones y árboles que responden al de plata lorito y copalchi, que crecen frondosos para dar gusto al ave del paraíso. En Nicaragua llaman indistintamente a un árbol algarrobo o quebracho. Otros árboles conocidos son madroño, sacuanjoche, chilamate, malinche, guanacaste, cortés. Al copalchi le dicen quina o cáscara sagrada. También, las frutas se muerden como las de Adán y Eva en el paraíso, pero nadie condena a los jocotes, nancites, nísperos, zapotes, pitahayas, mamones y papaturros.

Siempre imaginé a Nicaragua entre dos cielos, una tierra de colores encendidos y frutales, porque dos mares rodean su ondulante cuerpo de tierra fértil, el océano Pacífico y el mar Caribe.

Muy pronto, en la escuela, la seño Velásquez nos enseñó que Nicaragua era el país de la poesía, antes que cualquier otro en nuestro continente, porque el primer poema que nos hizo memorizar, en tercero de primaria, fue el de Rubén Darío: “Qué alegre y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz…” y, aunque yo no era la muchacha gorda y bonita que sobre la piedra muele maíz, la seño Velásquez nos hizo creer que Rubén Darío era también un niño, y si jugábamos con él, haríamos de los años por venir un ronda en la que correríamos mucho para no quedar atrás.

A Nicaragua, píntenla de colores, solía ordenar la seño Velásquez, y a México, ya saben, de verde, blanco y colorado. Esa fue mi primera lección de historia, y también de geografía, en la escuela al llegar a México en 1942.

También entonces, mi hermana y yo hojeábamos una revista llamada Social, en la que aparecía con frecuencia una nicaragüense, Mélida, hermana del poeta Salomón de la Selva, que Diego Rivera abrazó. Aquí en México, Salomón de la Selva escribió El soldado desconocido, porque él mismo participó en la Primera Guerra Mundial. Como mi padre también fue soldado en la Segunda Guerra Mundial, mi hermana y yo leímos su poema con emoción:

Después ardió Texcoco: / reflejó el lago / seis días y seis noches / las rojas llamas / con humareda grande, / rojiza y negra: / no quedó casa ilesa, / ni doncella inviolada / ni guerrero con hálito / de vida. Perecieron / también niños y niñas.

Cuando Cardenal vino a la Ciudad de México en 2007, llevaba sobre sus hombros esa capa que ha logrado cubrir también a Guatemala, a El Salvador, a Honduras, a Belice, a Costa Rica y a Panamá. El vuelo de ese manto que escogió de niño sin saber que en él estaba su destino, lo llevó a la abadía trapense de Nuestra Señora de Gethsemani, en Kentucky, al lado de Thomas Merton, quien lo regresó a su raíz más profunda, la de su tierra, su Nicaragua.

Al regresar de Estados Unidos y tomar en brazos a Nicaragua, Cardenal la hizo suya y logró abrir mares y montañas, ríos y llanuras que él bendijo al lado de las 20 fronteras que separan las 20 naciones de América Latina.

Unir a América Latina en un solo abrazo ha sido la tarea de los grandes libertadores. Nicaragua es un país de poetas, y Cardenal hizo que dos figuras señeras presidieran su destino: Rubén Darío, quien transformó toda la poesía de América Latina, y Thomas Merton, quien le dio a escoger las frías madrugadas de cielo blanco de su convento de Gethsemani.

En México, en 1965, Octavio Paz publicó en la Revista de la Universidad de México un homenaje a Rubén Darío. Aún no germinaban bajo el sol dos grandes árboles frutales, Gioconda Belli y Daisy Zamora, tampoco había crecido el alto cedro Sergio Ramírez.

Presenciar una tragedia como la pérdida de libertad en Nicaragua suele crear un lazo entre hombres y mujeres. América Latina ha sido un enorme surtidero no sólo de riquezas, sino de desastres naturales, que bien podríamos calificar de personales.

Lo primero que me viene a la memoria al pronunciar Nicaragua, además de la bella figura del mítico Sandino, es la de Sergio Ramírez, más familiar que la de Ernesto Cardenal con su gorra y su capa de peregrino, porque a Sergio era fácil verlo en casa de Carlos Fuentes.

La boina guardó la herencia de los primeros libertadores, la de Simón Bolívar, la de José Martí, la de quienes cruzaron la tierra minada de América Latina.

Muchos peregrinos de la fe y de la escritura han seguido a Ernesto Cardenal, que además de levantar la mano para dar la absolución, la ofrece para atravesar tempestades y abismos, porque nadie mejor que él conoce los peligros del alma y del cuerpo en países como los nuestros, tan dispuestos al estallido, no sólo porque la tierra tiembla, sino porque sus habitantes se levantan en armas contra tanta injusticia e inequidad.

Nuestros países fueron de oro y por lo mismo codiciados desde su descubrimiento. Sus riquezas naturales se convirtieron en un botín que sigue siéndolo hasta el día de hoy. Los viajeros se detuvieron (como escribió Alfonso Reyes) y todavía hoy pretenden llevarse tantísimas bondades.

Ningún paraíso viene solo, siempre hay un árbol del bien y del mal que crece en tierra de indios. Revoluciones, asaltos, terremotos, inundaciones y volcanes que pronto salen de la tierra e irrumpen en la vida de América Latina y la cubren de lava, de agua y de otras calamidades. Su descubrimiento convirtió a nuestras tierras en diosas a las que hay que venerar como hizo en México Ramón López Velarde, quien nos cubrió con una nueva especie de maíz, no sólo el del cacahuazintle, sino el de la poesía, que antes había sembrado Rubén Darío en nuestras planicies.

Nicaragua es tierra de poetas volcanes, poetas palmeras, poetas árboles y poetas flores, que ensartan palabras en hojas tan carnosas e impregnadas de deseo como las aves del paraíso que hicieron volar la poesía de Rubén Darío.

En la escuela primaria, la seño Velásquez solía decirnos en su clase: Jugué mi corazón al azar y me lo ganó el destino, al citar a José Eustasio Rivera, pero en vez de violencia decía destino, y la verdad no sabía, yo no entendía, pero se me grabó esa frase, y cuando conocí a Ernesto Cardenal y a su destino de Cristo de la poesía, me acerqué a él porque pensé que seguramente él había jugado su corazón sobre toda América Latina.

Con los ideales que arden bajo una boina bien calada, Cardenal señaló una forma totalizadora de amar a los pueblos de América: la de la educación, la del amor a las letras, ante todo a los árboles y las pasturas de la poesía. Al salir de sí mismo y reconocerse poeta, también recorrió con su palabra todo un continente.

Si Helder Cámara, en Brasil, escogió a los abandonados y nos descubrió la miseria de la primera favela, Cardenal nos enseñó que la poesía puede cubrir a todo un continente y recoger los anhelos de los olvidados de siempre, los que tejen la palma bajo el sol y se cubren con ella, los que remueven la tierra y siembran el maíz del inmenso continente americano.

Al igual que sus hermanos en la comunidad benedictina de Gethsemani, Cardenal se entregó a una intensa vida de oración con Thomas Merton, al Oficio Divino que tiene un nombre poético, Liturgia de las Horas, que se reza siete veces al día, tal como pidió San Benito.

Ser visitante distinguido en México lo hizo saturar las planas de los periódicos: pocos editorialistas pudieron prever que muchos fieles o curiosos acudirían al centro cultural de la avenida Revolución a celebrar el fenómeno Cardenal.

Su agenda de trabajo resultó intensa e innovadora, y para los jóvenes, una revelación, porque el sacerdote habló de su devoto amor por Marilyn Monroe, quien murió en 1962. Muchas oyentes, en 2007, le pedimos su Oración por Marilyn Monroe, y la dijo en voz alta y muy despacio: Señor / recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe. Cardenal habló de la niña huérfana violada a los nueve años que ahora se presentaba ante Dios sin ningún maquillaje / sin su agente de prensa / sin fotógrafos y sin firmar autógrafos / sola como un astronauta frente a la noche espacial. Más sorprendido que cansado, a Cardenal le halagó que tantos acudiéramos a conocerlo y requiriéramos: Quédese, lo necesitamos. Quizá no previó ese recibimiento, por eso las manifestaciones de cariño debieron animarlo, aunque él sabía que la popularidad es una cruz, tal como previno años antes el padre Thomas Merton.

A Cardenal, México se le vino encima como el Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, que se dejan caer sobre los pueblitos asentados en su falda de hielo, pero él se paró a medio escenario y leyó despacio: Detrás del monasterio, junto al camino, / existe un cementerio de cosas gastadas, / donde yacen el hierro sarroso, pedazos / de loza, tubos quebrados, alambres retorcidos, / cajetillas de cigarro vacías, aserrín / y zinc, plástico envejecido, llantas rotas / esperando como nosotros la resurrección.

 

*Discurso de Elena Poniatowska al recibir el Premio Ernesto Cardenal, que respalda la Fundación Ernesto Cardenal.