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Una incursión israelí sobre Rafah será una catástrofe humanitaria sin precedentes

 

 

Por Gideon Levy

La opinión pública israelí debe despertar, y con ella la Administración de Biden. Esta emergencia es más grave que cualquier otra durante esta guerra

Lo único que podemos hacer ahora es pedir, suplicar, clamar: no entréis en Rafah. Una incursión israelí en Rafah será un ataque al campo de refugiados más grande del mundo. Arrastrará al ejército israelí a cometer crímenes de guerra de una gravedad que ni siquiera ellos mismos han alcanzado todavía. En estos momentos es imposible invadir Rafah sin cometer crímenes de guerra. Si las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) invaden Rafah, la ciudad se convertirá en un tanatorio.

En estos momentos, en Rafah hay alrededor de 1,4 millones de personas desplazadas que en algunos casos se refugian bajo bolsas de plástico convertidas en tiendas de campaña. La Administración estadounidense, supuesta guardiana de la ley y la conciencia israelíes, ha condicionado la invasión de Rafah a un plan israelí de evacuación de la ciudad. No existe ni puede existir tal plan, aunque Israel consiga idear algo.

En la devastada Franja de Gaza, no queda ningún lugar adonde ir

Es imposible transportar a un millón de personas totalmente desamparadas, algunas de las cuales ya han sido desplazadas dos o tres veces, de un lugar “seguro” a otro, lugares que siempre se convierten en campos de exterminio. Es imposible transportar a millones de personas como si fueran ganado. Ni siquiera el ganado se puede transportar con tanta crueldad.

Tampoco existe ningún lugar donde evacuar a estos millones de personas. En la devastada Franja de Gaza, no queda ningún lugar adonde ir. Si los refugiados de Rafah son trasladados a Al-Mawasi, como propondrán las FDI en su plan humanitario, Al-Mawasi se convertirá en el escenario de un desastre humanitario como no hemos visto en la Franja.

Yarden Michaeli y Avi Scharf informan de que se supone que toda la población de la Franja de Gaza, 2,3 millones de personas, debe evacuarse en un espacio de 16 kilómetros cuadrados, aproximadamente del tamaño del Aeropuerto Internacional Ben-Gurion. Toda Gaza en el espacio del aeropuerto, imagínense.

Amira Hass ha calculado que con que un millón de personas vayan a Al-Mawasi, la densidad de población allí será de 62.500 personas por kilómetro cuadrado. No hay nada en Al-Mawasi: ni infraestructuras, ni agua, ni electricidad, ni viviendas. Sólo arena y más arena, para absorber la sangre, las aguas residuales y las epidemias. Pensar en esto no sólo hiela la sangre, sino que también muestra el nivel de deshumanización al que ha llegado Israel en su planificación.

Se derramará sangre en Al-Mawasi, como se ha derramado recientemente en Rafah, el penúltimo refugio seguro ofrecido por Israel. El servicio de seguridad Shin Bet dará con algún oficial afiliado a Hamás al que habrá que eliminar lanzando una bomba de una tonelada sobre el nuevo campamento de tiendas. Veinte transeúntes, la mayoría niños, morirán. Los corresponsales militares nos contarán, con los ojos brillantes, el maravilloso trabajo que están haciendo las FDI para liquidar al alto mando de Hamás. La victoria total está cerca; una vez más, los israelíes estarán satisfechos.

Sin embargo, incluso a través de esta alimentación forzosa, la opinión pública israelí debe despertar, y con ella la Administración de Biden. Esta emergencia es más grave que cualquier otra durante esta guerra. Los estadounidenses deben bloquear la invasión de Rafah con acciones, no con palabras. Sólo ellos pueden detener a Israel.

Los estadounidenses deben bloquear la invasión de Rafah. Sólo ellos pueden detener a Israel

El sector concienciado de la comunidad israelí busca fuentes de información que no sean las emisoras de aquí, que son “caramelitos para los soldados” y que se hacen llamar canales de noticias. Vean imágenes de Rafah en cualquier cadena extranjera –no verán nada en Israel– y comprenderán por qué no se puede evacuar. Imagínense Al-Mawasi con los dos millones de desplazados y comprenderá cómo proliferan los crímenes de guerra.

El sábado se encontró el cadáver de Hind Hamada –o Rajab, en algunos medios de comunicación–, de seis años. La niña se había hecho famosa en todo el mundo tras los momentos de terror que vivieron ella y su familia el 29 de enero frente a un tanque israelí –momentos que quedaron grabados en una llamada telefónica con la Media Luna Roja palestina, hasta que cesaron los gritos de terror de su tía–. Murieron los ocho miembros de la familia.

Hind fue hallada muerta en el coche quemado de su tía en una gasolinera de Khan Yunis. Estaba herida y cubierta por los siete cadáveres de sus familiares, murió desangrada antes de poder salir del vehículo. Hind y su familia habían respondido a la llamada “humanitaria” de Israel para evacuar. Quien quiera miles de Hinds más, que invada Rafah, cuya población será evacuada a Al-Mawasi.

Reproducido de www.rebelion.org

 

 

“Guillory, treinta años más tarde”

 

 

Especial para En Rojo

 

Animada por John Guillory, quisiera extrapolar un planteamiento en el contexto de las “guerras culturales” de los noventa sobre el estudio de las Humanidades a nuestra escena contemporánea. En su libro Cultural Capital. The Problem of Literary Canon Formation (1993), Guillory argumentaba que su declive no se relacionaba con la introducción de textos multiculturales sino con “la ‘fuga del capital cultural’ del dominio de la cultura” (45). Con pocas excepciones, diría Guillory, su estudio se reduce a aquellxs sectores que pertenecen a las económicamente seguras clases altas quienes no se ven obligadas de adquirir conocimiento profesional o técnico como subgraduadxs.” Decía, para disgusto mío que he dedicado mi vida académica a la enseñanza de la literatura, que las humanidades solo serían estudiadas por aquellxs que tuvieran sus condiciones materiales resueltas.

Lo que John Guillory planteaba hace 30 años parecería haberse extendido a todas las disciplinas. Si la universidad, y/o una carrera universitaria, constituía un paso hacia la movilidad social, con más frecuencia a lo largo y ancho de las diferentes disciplinas, son muy pocas las que podrían garantizar un trabajo digno y bien remunerado. Arquitectxs, profesores, médicxs, geógrafxs, comunicadorxs, muchas veces se ven en la precaria situación de tener que asumir trabajos no relacionados porque no encuentran un espacio para practicar su carrera. No quiero hablar de otras disciplinas, me propongo discutir un espacio que he conocido bien.

Durante el tiempo que fungí como directora del Departamento de Español de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, conocí a colegas extraordinarixs; profesoras y profesores con numerosas publicaciones, años de experiencia, en ocasiones, varios doctorados, laborando a tiempo parcial o con contratos de servicio. Estas profesoras y profesores estudiaron largos años para poder desempeñarse como docentes en una institución de educación superior. Muchxs de ellxs han seguido en la instutición con la esperanza de obtener una plaza, algunxs han optado por enseñar en escuelas, otrxs en instituciones relacionadas con el trabajo académico. Me deja un sabor amargo saber que, diez o veinte años atrás, algunxs de ellxs ciertamente podrían haber estado donde estoy yo hoy, pero la universidad ha cambiado. Como muy bien documenta Eduardo Lalo en su columna “La generación atrapada”, la merma poblacional es un problema que experimentan muchas universidades. En nuestro caso (UPRRP), la merma es visible. Los pasillos están vacios; las áreas comunes, deshabitadas. El huracán María y las condiciones posteriores al fenómeno, los terremotos, la crisis fiscal, por solo nombrar algunos,  contribuyeron a esta merma. No hay que ser un científicx social para entender que lxs jóvenes han migrado para mejorar sus condiciones de vida y que esto incluye a muchxs parejas quienes se llevan a sus hijxs. El país se está vaciando y el fenómeno que evidenciamos en la universidad, se había visto ya en las escuelas públicas y privadas del país. La universidad solo es un eslabón en esta larga cadena.

Pero algunxs jóvenes también han hecho un cálculo y determinaron que el salario mínimo que pueden obtener hoy es el mismo que obtendrán cuatro años más tarde y, tal vez, seis años más tarde con una maestría a cuestas y, por supuesto, una deuda de estudios. “No solo del pan vive el hombre”. Hay que comer, pagar cuentas, renta, carro y utilidades. Si bien es claro que un país con una población educada es superior a una no educada, también lo es el que solo aquellxs con un sistema de apoyo pueden darse a la tarea de estudiar cuatro años con la esperanza de que sus condiciones de vida mejoren. Responsabilizar a aquellxs que han decidido optar por una vía rápida no atiende la desigualdad social que permea el cálculo. Como muy bien dice Alba Carballal en boca de uno de sus personajes: “…ya hacía muchos años que el mundo me había hecho comprender que las utopías no eran más que un método eficaz para manterner entretenido a los currantas y vivas las ansias de libertad de un ejército de universitarios rebeldes, quienes, al salir de las aulas, no tendrían más remedio que tratar de colmarlas convirtiéndose en mano de obra sobrecualificadas e infrarremunerada”. Quizás, habría que desafiar el sentido común y considerar otras propuestas: la entrada de lxs jóvenes a la universidad en los cincuenta no fue el motor de la movilidad social sino el mejoramiento de las condiciones laborales de sus padres que a partir del fortalecimiento de los sindicatos (mejores salarios, mejores condiciones de trabajo, etc.) liberaba a lxs hijxs de la necesidad de su trabajo y les posibilitaba la ruta universitaria.

Todavía entro con alegría a mis salones de clase, esperanzada de que mis estudiantes, aquellxs que han optado por la vía universitaria, encuentren al final de su camino un destino digno de sus aspiraciones. Por eso me quedo, pero sabiendo que aquellxs que optaron por otra ruta también tienen mi consideración.

 

 

 

 

 

 

 

La casa de Cubuy: antídoto contra los males coloniales

Rafael Pabón

Especial para En Rojo

La casa quedaba al final de la carretera, aislada, sola, imponente, como un templo y refugio para las vidas que escapaban de los efectos nocivos y dañinos del urbanismo boricua, caótico y desordenado.  De frente, una gigantesca escalera custodiada por una fila de bambúas y helechos gigantes y un comején inmenso.

Subirse a aquella escalera era como ir a un parque de diversiones y montarte en la atracción más peligrosa. Cada paso en aquella escalera era jugarse la vida. La madera rota y apolillada hacían inseguros nuestros pasos. Siempre pensé que sería yo el primero en caer de culo y cuesta abajo por aquella escalera nerviosa. Esa sería la señal de que mis días en el campesinado isleño estarían contados.

La casa era de madera con un balcón que casi le daba la vuelta, dos cuartos y un baño que los separaba. Todo quedaba cerca. Los peos del baño se escuchaban de manera equitativa e inclusiva en ambos cuartos.

Ventanas miami, nada fancy, libros, un pilón gigante, una máquina de coser antigua marca Singer, una cocina modesta pero fresca, una mesa para objetos inservibles, algunos cuadros, ponchos, varios sillones, una cafetera venerada, vinos, lagartijos verdes, telarañas decorativas, varios caminos de hormigas y una hamaca en el balcón que era el centro de disputa entre los más ociosos.

Todos los viernes mi padre se preparaba para su tan esperado viaje al campo. Ese era su oasis, su templo sagrado, su refugio contra los males coloniales y la quiebra universitaria.

Mi madre, de un espíritu libre y anarquista, lo seguía más por solidaridad que por otra cosa. Su entusiasmo con aquellos visitas al campo fue menguando a medida que los viajes dejaron de ser ocasionales y voluntarios y se convirtiendo casi en un deber patriótico. El encierro en aquel espacio limitado, por tres días consecutivos, escuchando los cuentos repetidos del melonismo isleño y la fracasada reforma universitaria, era un verdadero acto de valor y sacrificio para ella.

Yo me entretenía y nutría muchísimo de aquellos cuentos y conversaciones que se daban entre mi padre y las visitas constantes de amigos, compañeros de la academia, el arte y del mundo del vegetarianismo esotérico colonial, que atraídos por los guisos de mi padre y los sabios consejos de mi madre, se ofrecían de voluntarios a aquella peregrinación al campo, convertido ya en un vicio difícil de resistir.

Luego de las largas horas de vinos y tertulias me levantaban temprano al otro día para las faenas agrícolas.  En realidad, era que me convocaban más el vino y la hamaca, que la jornada de machetero inexperto en aquel mundo de enredos y maleza.

Con el tiempo, las noches de amanecidas y jangueo se fueron haciendo más intensas. Me fui inclinando más al consumo de yerbas que a su poda y todo se jodió. Los viajes al campo fueron disminuyendo y las brigadas solidarias campesinas desapareciendo.

Mi padre siguió firme y consecuente con sus viajes a Cubuy hasta que sus fuerzas se lo permitieron.

La casa terminó sola. Ninguno de nosotros pudo darle el amor y el cariño necesario. Nos convertimos en adultos y padres de familia y todo cambió.  Nuestras vidas se complicaron con los quehaceres domésticos y laboriosos, la rutina, los hijos, las hijas, los tapones, las crisis, las luchas, el país.

Un día amanecimos con la noticia de que la casa fue incendiada. Nunca supimos si fue una muerte asistida o un acto de inmolación producto de la nostalgia y el abandono.

Terminamos vendiéndole la finca a una pareja de mujeres de espíritu festivo y libertario, que tenían muchos planes y planos para construir una casa de ensueño en aquel pedazo de tierra del que se enamorarían perdidamente.

La finca no podía quedar en mejores manos, aunque pensándolo bien, si se hubiera quedado en las nuestras, hoy estuviéramos gozando de ella y no escribiendo este relato tan lleno de lágrimas y mocos.

Cuando mi padre murió decidimos esparcir sus cenizas en aquellas tierras que cultivó con tanto amor y en donde pasara sus mejores días, tierra que hoy tengo mucha urgencia y ganas de visitar.

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Sobre las cartas de Szymborska

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En 2016, cuatro años después de la muerte de Wisława Szymborska, la editorial Znak publicó en Polonia Najlepiej w życiu ma Twój Kot (Lo mejor en la vida lo tiene tu gato o El que mejor vive es tu gato), la correspondencia entre ella y quien fue su última pareja, el escritor Kornel Filipowicz. El título proviene de una carta del 5 de octubre de 1968: „Kornelu Kochany! Najlepiej w życiu ma Twój Kot, bo jest przy Tobie” (“Kornel querido: El que mejor vive es Tu Gato porque está a tu lado”). A este libro le siguieron otros, publicados por la misma editorial y por a5, que nos permiten leer la correspondencia que mantuvo con los poetas Zbigniew Herbert, Joanna Kulmowa, Ryszard Krynicki y Stanisław Barańczak.

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Los motivos para publicar la traducción de un libro polaco en español a veces tienen poco que ver con la calidad literaria o su importancia. En muchos casos, va desde algo tan básico como el dinero que pueda recuperar la editorial, pasando por las preguntas sobre quién leerá el libro y si se entenderán las referencias importantes o un desconocimiento básico del contexto social hará imposible la lectura, entre otros. De Wislawa Szymborska nos ha llegado su poesía, sus lecturas no obligatorias, su correo literario y una biografía, escrita por Anna Bikont y Joanna Szczęsna. Sin embargo, por distintos motivos, quedan varios libros escritos sobre su vida y su obra que no han llegado a nuestro idioma. Quedaba también su correspondencia. Sobre esto último, y en relación con la mencionado anteriormente, en una de mis visitas a Polonia me comentaron lo difícil que sería, por ejemplo, traducir la correspondencia que mantuvo con Herbert pues muchas de las cartas escondían juegos, referencias que requerirían largas notas al calce, e incluso silencios que solo ellos entendían para evitar la censura que tuvo lugar en los años ochenta.

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En 2023 se celebró en Polonia el centenario de Szymborska. Además de las actividades en su honor se publicaron nuevas ediciones de su poesía y de su prosa. Fuera de Polonia, una de las editoriales que apostó por la poeta para celebrar sus 100 años fue la editorial española Las afueras. De la mano de la traducción de Teresa Benítez, Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz nos llega la correspondencia de la poeta con Filipowicz, esta vez bajo el título de Escribe si vendrás. La correspondencia entre una pareja de escritores también trae complicidades que no llegaremos a entender del todo, pero nos permiten asomarnos a una intimidad literaria e intelectual, llena de humor y amor, que es a la vez el pequeño testimonio de un mundo y su época.

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Como señala la nota de los editores polacos y la “Breve guía de campo para una correspondencia”, Szymborska conoce a Filipowicz en 1940, pero las primeras cartas son de 1966. Para ese momento ella tiene 42 y está divorciada desde hace doce años del poeta Adam Włodek con quien mantendrá una amistad hasta el final de su vida. Él tiene 52, viudo desde hace ocho por la muerte de Maria Jarema, pintora y escultora. Durante el tiempo que transcurre la correspondencia ambos viven hacia el oeste de Cracovia, en las calles que hoy llevan los nombres de Królewska (ella) y Julisz Lea (él). La primera carta de toda la correspondencia es una foto de unos monos que Filipowicz le envía a Szymborska (a quien le fascinaban estos animales) a la que le siguen unas breves notas desde Praga, Munich y de su visita a la tumba de Chéjov en Moscú. Unos meses después, ya en 1968, a Szymborska le prescriben una estancia en un sanatorio en la ciudad de Zakopane, conocida por sus montañas y lugares turísticos, además de contar con una residencia de escritores. Esta última ciudad es clave; parte de la correspondencia se da o porque Szymborska está en Zakopane o porque Filipowicz está de pesca por alguna otra ciudad polaca. El intercambio epistolar se extenderá hasta 1985, cinco años antes de la muerte de Filipowicz.

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Tal vez lo primero que llama la atención a lo largo de toda la correspondencia son los juegos, las bromas, los personajes inventados (condesas, duques, mujeres que coquetean con Filipowicz pero que tienen mala ortografía, creadas por la propia Szymborska), los collages y dibujos hechos de manera muy, muy simple que la poeta comenta a su modo: “Le envío, muy distinguido señor, un cuadro de mi autoría titulado Amanecer para que usted, distinguido señor, sepa que también en provincias germinan grandes talentos que pueden florecer si un Alma Bondadosa se ocupa de ellos y le dedica un artículo en el periódico”. Ambos comentan lo que ven en televisión, incluso algún letrero o grafiti en un baño y hasta intercambian opiniones sobre uno de esos cuestionarios que se encontraban en las “revistas para mujeres”.

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Sin embargo, en medio del humor, que podía ir de la mano con la seriedad, hay lugar para descubrimientos literarios. En estas cartas se revela el entusiasmo de Szymborska por Théodore Agrippa d´Aubigné, a quien traduce al polaco, o sus comentarios sobre lo que sucede en la literatura del momento, como en la carta del 23. 9. 79: “Lo mejor en Dialog son las columnas de Mrożek y en Lit. na św. lo peor es la producción literaria de los escritores iberoamericanos”. Además, leemos sus comentarios sobre las cartas de amor de Goethe, Homo Faber, de Max Frisch, Musil y Walser. De Filipowicz aparece su inconformidad sobre una película búlgara, sobre el cine polaco y sobre Casablanca.

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En una carta del 1968 Filipowicz se queja porque eliminaron un cuento de la segunda edición de sus Relatos escogidos. Dice que ni la censura ni la editorial le avisaron. A los pocos días Szymborska contesta: “Todo esto es muy asqueroso, por un lado, porque te afecta y por otro, porque muestra la situación general”. La situación general se verá desde ese año, pasando por los setenta cuando comentan con regularidad los precios de la comida y la escasez de productos básicos, hasta llegar a los años ochenta cuando entra en vigor la Ley Marcial. Aparecen también comentarios a las protestas de escritores, las reuniones del POUP (Partido Obrero Unificado Polaco), y la esperanza que trae el nombramiento del papa Juan Pablo II.

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El 20 de octubre de 1968 Jacqueline Kennedy y Aristóteles Onassis se casaron en la isla de Skorpios. Szymborska no deja pasar la noticia y al día siguiente le envía un “moderado pésame” a Filipowicz. A esto agrega: “Quizás ese duro golpe para ti te abra los ojos a personas si bien no tan mayores, también menos interesadas. Yo, sin ir más lejos, conozco a una que prefiere unas palabras amables a un yate con una pista de tenis a bordo, y media manzana de tu mano que cien hectáreas de naranjales en la Riviera Francesa”. Dos días después, el 22 de octubre de 1968, la poeta declara su amor diciendo que no solo le gustaría ir con Filipowicz a las exposiciones de pintura francesa, “sino que incluso estaría dispuesta a pasar horas y horas contigo en una muestra que presentara las obras más destacadas del realismo socialista soviético”. Un tercer ejemplo de este tipo de declaración de amor mezclado con los sucesos de la época es la carta escrita desde Zakopane y fechada el 18. 4. 74, en la cual le informa a Filipowicz que junto a una compañera del lugar comentan frente al televisor los besos que se dan los hombres de Estado: “Primera categoría: beso en la boca con un abrazo férreo (Brezhnev y Gierek); segunda: beso en la mejilla y abrazo (Brezhnev y Jaroszewicz); tercera: beso al aire (Brezhnev y Ceaucescu). Gromyko se limita a apretones de manos. Te mando un beso de la primera categoría”.

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Wislawa-Szymborska

En libros como Correo literario, Lecturas no obligatorias, la biografía escrita por Bikont y Szczęsna o el discurso de aceptación por el Premio Nobel queda expuesta de manera sutil la poética szymborskeana. La correspondencia permite ver parte del proceso de creación de los poemas y la complicidad que existía entre ella y Filipowicz. El 15 VII 69 escribe: “Yo, mientras tanto, aquí no me dedico solo a trabajar: he escrito un poemilla (el segundo, porque el primero acabará seguramente en la papelera) y, además unas pequeñas reseñas sobre Andersen y Safo”. Cerca de dos años después, en una seguidilla de cartas que comienza el 9.7.71, comenta sobre los poemas que aparecerán en su libro Si acaso (1972): “me he puesto a trabajar, entre otras cosas, en los poemillas que he prometido mandarle a Rysio M. que acaba de pasar por Cracovia y de comerse lo que me quedaba de la tarta de queso de mi santo. Me espera aún escribir el Correo Literario porque ya es mi turno”. En la carta del 12.7.71, ante la posibilidad de encontrarse con Filipowicz, agrega: “Lo más triste que tengo que decirte es que no sé aún si iré; estoy trabajando en los poemillas y, además, debería acabar uno que empecé hace dos años porque me parece que ya sé qué hacer con él”. Cuatro días después llega la respuesta de Filipowicz: “Si recibo el mensaje a través del Sr. Piasecki, te estaré esperando en el andén. En caso de que no esté, espérame en el vestíbulo de primera clase. Apareceré con toda seguridad… A decir verdad, no albergo grandes esperanzas de que vengas. Es un viaje demasiado largo y agotador, además no puedo (ni quiero) rivalizar con tu musa”. Y diez años después, el 6 10 81, luego de mencionar el racionamiento de comida y la escases de cigarrillos, escribe: “En el ámbito espiritual, voy avanzando con dos poemillas y, además, he leído Nostromo de Conrad en una traducción que te pone los pelos de punta”.

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No podían no aparecer en esta correspondencia los gatos de Filipowicz. Si uno de ellos sirvió de inspiración para el poema “Un gato en un piso vacío” (“Morir, eso no se le hace a un gato. / Porque qué puede hacer un gato / en un piso vacío”.), en esta correspondencia no solo son un tema recurrente (como cuando uno de ellos desaparece y luego lo encuentran), sino que incluso el llamado Rayas, “el gatito más bonito de todos tus hermanos”, será el destinatario de la “urgente” carta del 23 de septiembre de 76. Junto a la preocupación, porque es un gatito con una “naturaleza bondadosa y distraída”, vienen los consejos: “Tienes que llegar a ser fuerte y resuelto como ellos [sus hermanos]. El mundo puede ser despiadado con jóvenes gatitos con tendencia a soñar”.

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Cuando se habla de la poesía de Szymborska a menudo se olvida que leemos una traducción. Traducir a Szymborska, me han comentado también, puede parecer en apariencia una tarea fácil, pero una sola palabra puede llevar el tono del poema por un camino completamente equivocado: la ironía y sentido del humor pueden pasar a ser un patetismo cursi. Sospecho que igual puede pasar con la prosa de Filipowicz. Si a nuestro idioma ha llegado este libro que ya ha sido reconocido en España como uno de los mejores publicados en 2023 y que apela tanto a quienes están interesados en la literatura polaca o en Szymborska, como a quienes no, es gracias a la labor traductora de Teresa Benítez y de la pareja Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz. Benítez es la traductora de dos novelas breves de Filipowicz, publicadas en la misma editorial (Memorias de un antihéroe y Un romance de provincias). Abel Murcia, por su parte, ha traducido junto a Gerardo Beltrán la poesía de Szymborska y de Tadeusz Rozewicz, de manera individual a Ewa Lipska y, junto a Mołoniewicz, varios libros de Szymborska y de Ryszard Krynicki, entre otros. Gracias a su labor, en este libro percibimos de manera cercana no solo las palabras, sino el tono en el que seguramente fueron escritas. Lo que leemos, entre otras cosas, es la traducción del sentido del humor y del amor.

 

Lengua, identidad y política lingüística en Puerto Rico: siglo XXI

 

Especial para En Rojo

 

¿Qué circunstancias vive el idioma español en la Isla de Puerto Rico, espacio caribeño sometido al colonialismo en pleno capitalismo salvaje en el siglo XXI? ¿Qué políticas lingüísticas existen en el resto del Caribe hispano: Cuba y República Dominicana? ¿Qué repercusión tiene para la formulación de la identidad nacional el hecho de que más de cinco millones de puertorriqueños residan en los Estados Unidos? ¿Qué impacto tienen las diásporas antillanas que residen en Puerto Rico, la cubana, la dominicana, además de otras como la mexicana,  la china y la árabe, así como la baja en la población debido al huracán María del 2017, los terremotos del 2019,  los años pandémicos? ¿Sigue siendo el país un pueblo monolingüe?  ¿Qué entidad se preocupa por el estado del español en Puerto Rico en este archipiélago diáspórico de la guagua aérea, de temblores y huracanes, del crecimiento de la cultura digital y sus medios de comunicación, además de pertenecer al reino de este mundo y al de Google?

La visión de la lengua como ente conformador de la identidad se desarrolla en Europa durante el Renacimiento.  La invención de la imprenta en el siglo XVI, señala Benedict Anderson en su clásico libro Imagined Communities, fomentó el crecimiento de las lenguas vernáculas ahora validadas,  apoyadas en la palabra escrita y el nuevo artefacto de divulgación. (Ahora el Internet es el artefacto.) Los idiomas nativos se convirtieron de este modo en elementos aglutinadores que homogeneizaron las naciones, en conjunto con la religión, la cultura común, la etnicidad y el territorio, configurando así a la nación moderna.  El carácter antropológico de la nación precede al del estado, como asevera Anthony Smith en National Identity. La nación en el sentido moderno se desarrolla entre los siglos XVIII al XX y a su surgimiento le acompaña la estandarización de las lenguas y de sus sistemas educativos. Estos últimos jugaron un importante papel en el establecimiento y divulgación de lo nacional, como expresa el destacado historiador Eric Hobswan en su texto Inventing tradition.

En  Puerto Rico la formación de la nación que se produce a la vez que la cultura criolla se cimenta en una sola lengua como elemento identitario y vehículo de comunicación. Las primeras letras nacen de gestiones escriturales en el periodismo. En la escritura de libros intervinieron puertorriqueños y puertorriqueñas que se encontraban estudiando mayormente en España junto a los de la Isla y sus discursos literarios fueron redactados en español. Primeramente circularon en la prensa y luego en antologías: el Aguinaldo Puertorriqueño, publicado en el 1843,  y el Album Puertorriqueño del 1844.  La cultura letrada de todo el siglo XIX se llevaría a cabo en lengua española, con algunas excepciones, entre otras posibles, como la  de Ramón Emeterio Betances, quien vivía en Francia a causa de su destierro. Un factor había contribuido a la conservación de la homogeneidad idiomática de la Isla. Manuel Álvarez Nazario en su Historia de la lengua española en Puerto Rico explica que  el elemento afrodescendiente sería absorvido lingüísticamente durante la colonización y que la declinación numérica de la raza india favorecería la pérdida del arahuaco. Existen grupos que, por razones religiosas fundamentalmente, utilizan lenguas africanas en sus cultos y cánticos. Tal el caso de las prácticas santeras en Cuba y Puerto Rico y del gagá y el vodú en República Dominicana. Además, Cuba ha contado con una comunidad de haitianos que habla creole. En Puerto Rico hay que investigar las lenguas que se usan en la santería en sus ritos religiosos.  Lo cierto es que las tropas que invaden a la Puerto Rico y Cuba en el 1898 con motivo de la Guerra Hispanoamericana se enfrentan a territorios mayormente homogéneos desde el punto de vista lingüístico, cosa poco común en la cartografía lingüística mundial y muy a pesar de que el Caribe sea un espacio plurilingüe. Este momento responde a la modernidad, específicamente a aquel en que las culturas letradas, de acuerdo con el teórico decolonialista Walter Mignolo, se generaban desde Francia, Gran Bretaña, Italia, Alemania y Estados Unidos durante los años de 1850 a 1914. Una de las acciones coloniales inmediatas de los norteamericanos en Puerto Rico fue la de decretar la enseñanza en inglés en todos los grados como medio de control de la población. En el Acta Orgánica de 1902 se comenzó a reglamentar el uso del inglés como instrumento de educación y de americanización de las escuelas. Un proceso similar vivieron los habitantes de la India y de algunos sectores de África que se encontraban en manos de los ingleses a comienzos del siglo XX.

 

Identidad

El advenimiento de una cultura foránea en Puerto Rico significaría un reto para sus habitantes, mayoritariamente hispanohablantes que entendían al español como elemento intrínseco de su identidad, aunque en ese entonces esta última se definía predominantemente en función de la cultura blanca y de una élite social y religiosa.

Desde el campo de la cultura letrada académica , las llamadas  generaciones del treinta y la del cuarenta a la que pertenecían figuras como Antonio S. Pedreira, Margot Arce de Vázquez, Enrique Laguerre, Nilita Vientós Gastón, Abelardo Díaz Alfaro, entre otros, asumían una visión en la que imperaba una ausencia de afrodescendientes con pocas excepciones como la de Pedreira que escribió un libro sobre Celso Barbosa, a pesar de las expresiones positivistas sobre lo racial que hiciera en Insularismo. Esta generación contribuiría de forma eficaz a la invención de lo nacional y de la raza, concepto ambiguo,  entendida ésta según los cánones que habían defendido personalidades como el mexicano José Vasconcelos. Para algunos estudiosos de la cultura puertorriqueña estos intelectuales se insertaban en una visión eurocentrista de la cultura, pues contenía criterios clasistas, racistas e hispanófilos (dicha la palabra en sentido peyorativo).

Juan Flores afirmó en su destacada obra Insularismo e ideología burguesa   que la mitología construida en torno a esta exégesis de lo nacional concedía carácter religioso y sagrado a los elementos que desde esta perspectiva componían la identidad nacional (lengua, raza, religión, territorio) y que, por lo tanto, se presentaban como inmutables desde una postura esencialista. Este análisis debe ser matizado a la luz de la nueva historiografía española que ha develado la narración castellanófila de la historia como arma ideológica, que  a partir de Américo Castro cambiaría radicalmente. La castellanofilia afectaba a todos los sectores sociales e ideológicos y el retrato de las hazañas de Colón era asumido por intelectuales diversos de España,  así como a dirigentes independentistas como Pedro Albizu Campos y Juan Antonio Corretjer. Los nacionalistas no impugnaron la importancia de la lengua como eje central de nuestro imaginario identitario, pues todavía no existían las grandes migraciones que caracterizarían a la era global. Las generaciones del treinta y del cuarenta, aunque con heterogéneos integrantes, constituyó una especie de muro que detenía la asimilación a la cultura estadounidense por medio de la defensa de la lengua. Cuando reflexionamos sobre  este tema no hablamos de algo abstracto sino de un elemento fundamental de nuestro sistema cognitivo.

Ciertamente la situación lingüística de Puerto Rico resulta sorprendente a la luz de su historia colonial.  La invasión norteamericana a la Isla con motivo de la Guerra Hispanoamericana fue acompañada de políticas represivas en el plano de la educación que impusieron la enseñanza en inglés en todas las escuelas en absolutamente todas las materias. Desde muy temprano en el siglo XX comienzan entonces las pugnas por los derechos lingüísticos de los puertorriqueños quienes por medio de entidades como la Asociación de Maestros lucharon por su lengua materna. En el 1949, tras varias décadas de batalla,  se declara al fin al español como lengua oficial de enseñanza en el sistema de educación pública. En la década del sesenta el pueblo de Puerto Rico obtuvo un triunfo judicial mediante lo que se conoce como el Pleito de la Lengua. En el 1965 la abogada Nilita Vientós Gastón ganaría en corte que todos los juicios se llevaran a cabo en Puerto Rico en lengua española. Carmelo Delgado Cintrón ha resaltado sus saberes jurídicos

Algunos factores resultaron vitales para el mantenimiento del español del país durante varias décadas y propiciaron que se pudiera dar una batalla legal a su favor. Entre ellos, la situación del español como lengua culta e imperial, primera además en ser lengua de la primera gran globalización del mundo que fue la colonización, como ha dicho Néstor García Canclini; la separación geográfica de los Estados Unidos por su carácter de isla y su inserción en el contexto del Caribe hispánico; la potenciación del uso del idioma en todo el sistema de instrucción pública; el hecho de que los medios de comunicación -radio, prensa y televisión- utilicen al español como su lengua; el influjo del cine latinoamericano que se exhibió en la Isla hasta la década del sesenta; el desarrollo de una literatura puertorriqueña y de un sector letrado que ha sostenido relaciones con España e intelectuales de América Latina hasta nuestros días y la existencia del prestigioso  Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras que contribuyó a la formación de numerosos investigadores del idioma y artistas de la palabra en todos los recintos de la UPR.

 

Ilustración suministrada por la autora

De los 70 al siglo XXI: el retorno de la carreta

Es a partir de los años setenta cuando se comienza a cuestionar la identidad y la homogeneidad idiomática de los puertorriqueños al generarse una emigración de retorno a la Isla a la vez que un crecimiento de la producción de la literatura de la diáspora. Es decir, emerge una producción híbrida que,  a pesar de que  en muchas ocasiones es escrita en inglés, posee un contenido cultural puertorriqueño. Juan Flores sintetiza en el título en inglés de su trabajo La carreta made a U turn[1] lo que significó el regreso de miles de boricuas al suelo de Puerto Rico luego de largas estadías en los Estados Unidos. A partir de la década del setenta la emigración puertorriqueña crece a la vez que una población significativamente mayor regresa a la Isla. Cuál es en realidad el impacto de la misma, específicamente sobre la lengua, es algo que todavía no  ha sido estudiado. El Censo de 2020 reveló que un  4.6 por ciento hablaba el inglés como su primera lengua debido al retorno de muchos integrantes de la diáspora. A partir de esta emigración de retorno que ha incrementado en la última década se debe generar una nueva discusión sobre la lengua en el país, sobre todo en medio de las escuelas charter, de la descentralización del Departamento de Educación y de la existencia de una población estudiantil que tiene al inglés como su primer idioma por haber vivido en los Estados Unidos. Me parece necesaria la planificación lingüística que ha apoyado la lingüista Alicia Pousada y que, por lo tanto, se atiendan las necesidades educativas de los niños y jóvenes que tienen el inglés como primer idioma. No se pueden quedar fuera de nuestro currículo obras como las de Pedro Pietri ni tampoco las del escritor Luis Negrón.

La autora es profesora en la Universidad de PuerTo Rico en Bayamón.