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Venezuela: geopolítica energética e imperialismo contemporáneo

 

Especial para CLARIDAD

Venezuela constituye un caso paradigmático de contradicción estructural en el sistema internacional contemporáneo y de relevancia para la economía política. Por un lado, impulsa un proyecto político que se autodefine como socialista; por otro, dicho proyecto se desarrolla dentro de una economía capitalista donde operan corporaciones transnacionales como Burger King, Coca-Cola y otras empresas privadas. Esta coexistencia revela tensiones propias de un modelo híbrido que no rompe completamente con las lógicas del mercado global, pero que intenta transformarlas desde adentro. En el país operan empresas transnacionales privadas, al tiempo que se promueven iniciativas de organización social y económica alternativas, como las comunas. Esta combinación refleja las tensiones propias de un modelo híbrido que busca introducir transformaciones sociales sin desvincularse completamente de la economía global.

En este sentido, las experiencias de organización social y económica impulsadas en Venezuela no pueden analizarse de manera aislada de su contexto internacional. Los intentos por redefinir el uso del presupuesto público, fortalecer formas de participación comunitaria y promover alternativas al modelo económico tradicional se desarrollan en un entorno global marcado por profundas asimetrías de poder. Estas iniciativas internas interactúan con intereses externos vinculados a la posición estratégica del país en la economía mundial, particularmente en el sector energético, lo que sitúa a Venezuela en el centro de disputas geopolíticas más amplias y condiciona tanto el alcance como la viabilidad de sus proyectos de transformación socioeconómica, donde la gente es importante.

La agresión política y económica contra Venezuela por parte de Estados Unidos debe analizarse dentro de una lógica geopolítica más amplia, de los recursos naturales, la economía política internacional y el reto a estas nuevas formas de organización social. El objetivo central ha sido el control de recursos estratégicos —petróleo, gas, minerales críticos y tierras raras— en lo que puede interpretarse como un acto desesperado de un imperio en declive ante la posible desintegración del sistema del petrodólar. Venezuela posee importantes reservas de petróleo, gas y otros minerales estratégicos, lo que la convierte en un actor relevante en el mercado energético global. Desde una perspectiva crítica, esta estrategia responde a una tradición histórica de dominación en América Latina, enmarcada en doctrinas como la Doctrina Monroe (hoy redefinida con Doctrina Donroe, de Donald Trump), que ha legitimado la hegemonía estadounidense en la región. Desde esta óptica, las políticas estadounidenses hacia Venezuela se interpretan como parte de una estrategia orientada a preservar su influencia económica y energética en la región, en un contexto de competencia geopolítica y reconfiguración del orden internacional, control e imperialismo económico. En esta visión la gente no importa sólo importa las ganancias que tendrán los capitalistas, por eso el discurso es imperialista.

Desde esta perspectiva, la intención de apropiarse de la industria petrolera venezolana constituye una forma contemporánea de colonialismo e imperialismo, orientada a convertir al país en una neocolonia. Las declaraciones de líderes políticos estadounidenses, como Donald Trump, al afirmar que Estados Unidos “gobernaría” Venezuela, evidencian una visión abiertamente intervencionista que prioriza los intereses económicos corporativos sobre el bienestar de la población.

El debate sobre el control de la industria petrolera venezolana suele enmarcarse en discusiones más amplias sobre soberanía, donde el control y la gestión de la industria petrolera venezolana ocupan un lugar central en el debate sobre soberanía económica. Algunos analistas interpretan las declaraciones de líderes políticos estadounidenses y las sanciones económicas como expresiones de una lógica intervencionista y como instrumentos de política exterior destinados a influir en el comportamiento del Estado venezolano. Estas dinámicas reflejan la centralidad del sector energético en las relaciones bilaterales, que ilustra las tensiones entre autonomía nacional y vulnerabilidad externa características de muchas economías latinoamericanas.

El discurso colonial se refuerza cuando se plantea que Venezuela solo puede comercializar su petróleo si ello beneficia los intereses de Estados Unidos, que controlaran el dinero de las ventas, o que debe utilizar los ingresos petroleros para adquirir exclusivamente productos estadounidenses. Estas posturas de EE.UU. son contrarias a lo que predican de capitalismo de libre empresa y comercio internacional.

Esta lógica se ve amenazada por la creciente presencia de China, catalogada por Washington como una “influencia externa perjudicial”. China no solo compra petróleo venezolano, sino que financia infraestructura clave para su extracción, refinación y transporte mediante acuerdos de intercambio de recursos por infraestructura. Estos acuerdos difieren sustancialmente de los préstamos tradicionales, ya que incluyen la construcción de carreteras, puertos, refinerías y sistemas de telecomunicaciones a cambio de suministros garantizados de petróleo. Un elemento relevante en este escenario es el fortalecimiento de los vínculos con China en Venezuela y en América Latina. China se ha convertido en un socio comercial y financiero importante, participando en proyectos de infraestructura, ofreciendo financiamiento e inversión, vinculados al sector energético y a otras áreas estratégicas. Este tipo de acuerdos difiere de los mecanismos tradicionales de endeudamiento, ya que vincula directamente el acceso a recursos naturales con proyectos de desarrollo físico y logístico. Lo que difiere de los mecanismos tradicionales de financiamiento internacional. Este modelo ha sido interpretado tanto como una oportunidad de diversificación económica para los países latinoamericanos como una nueva forma de dependencia, lo que genera un debate abierto en la literatura especializada.

Lo que resulta particularmente inquietante para Estados Unidos es que este modelo rompe con el esquema histórico de extracción neocolonial que ha caracterizado sus relaciones con América Latina. Además, muchas de estas transacciones se realizan en yuanes u otras monedas, desafiando la centralidad del dólar. Desde el punto de vista de la economía política internacional, el creciente uso de monedas distintas al dólar en el comercio energético se vincula con procesos de diversificación monetaria y con el cuestionamiento gradual del sistema financiero internacional centrado en los petrodólares, vigente desde la década de 1970. La expansión de relaciones comerciales y financieras fuera del dólar estadounidense se relaciona con procesos más amplios de transformación del sistema monetario internacional.

Este proceso se vincula directamente con la llamada guerra económica y con la erosión del sistema del petrodólar, que ha sido la base del poder financiero global estadounidense. Sin embargo, el aumento de transacciones en monedas alternativas, como el yuan, así como el fortalecimiento de mecanismos de cooperación entre países del bloque BRICS y otros socios, sugiere una tendencia gradual hacia la diversificación monetaria, aunque su impacto estructural a largo plazo aún es incierto. El sistema del petrodólar permitió a Estados Unidos sostener déficits comerciales elevados, financiar su deuda creciente y mantener su gasto militar mediante la emisión constante de dólares respaldados por la demanda global de energía. Sin embargo, la progresiva desdolarización del comercio internacional, especialmente en el sector energético, reduce esa capacidad. A medida que disminuye la demanda global de dólares, se debilita la posibilidad de sostener una economía basada en endeudamiento permanente y expansión militar.

En el contexto latinoamericano, la competencia entre Estados Unidos y China por influencia económica se manifiesta en modelos diferenciados de cooperación. Mientras Estados Unidos ha privilegiado históricamente estrategias basadas en liberalización comercial, condicionamientos financieros y presión militar, China ha enfatizado inversiones en infraestructura, energías, energías renovables, tecnología y comercio a largo plazo. Estas diferencias han generado debates en la región sobre los costos, beneficios y sostenibilidad de cada modelo de inserción internacional. En este escenario, Estados Unidos carece de la capacidad económica para competir con China en América Latina. Mientras China ofrece inversiones, Estados Unidos responde principalmente con sanciones económicas y amenazas militares. Estas diferencias de enfoque reflejan modelos distintos de inserción internacional y de ejercicio del poder. Paralelamente, el narcotráfico y el comercio de armas continúan siendo sectores altamente lucrativos vinculados a intereses estadounidenses. Aunque Washington pueda instalar gobiernos afines, no puede revertir la realidad de que China se ha convertido en el principal socio comercial de la región.

La llamada guerra energética se traslada así a los mercados financieros globales, donde países como Venezuela, Rusia, China e Irán avanzan hacia sistemas de comercio energético que evitan el uso del dólar y del sistema bancario occidental. Plataformas de liquidación en yuanes y el comercio en monedas nacionales entre países del bloque BRICS Plus evidencian una reorganización del orden económico internacional.

Finalmente, este reordenamiento global plantea una reflexión más amplia sobre la democracia, la soberanía, la autonomía política en el sistema internacional y los cambios en las relaciones de poder entre Estados, sin que exista un consenso definitivo sobre el alcance y las consecuencias de estos procesos.

El imperialismo contemporáneo es un sistema complejo y cambiante, adaptado a la era digital y globalizada, que busca mantener la hegemonía de los centros capitalistas y controlar el acceso a los recursos y mercados del Sur Global.  Se manifiesta en el siglo XXI mediante la influencia económica, financiera, tecnológica y cultural, no solo por la fuerza militar directa, buscando controlar recursos, mercados y la geopolítica mundial, sino por el control financiero.

El dominio de élites económicas —empresarios digitales y del complejo militar-industrial— sobre las decisiones políticas sugiere una crisis profunda de la democracia representativa. Su influencia en la toma de decisiones gubernamentales es un tema ampliamente discutido en la teoría política contemporánea. Así como la persistencia de relaciones asimétricas entre economías centrales y periféricas, continúan siendo temas centrales en los estudios latinoamericanos. En el caso de territorios no soberanos como Puerto Rico, el debate sobre autonomía, representación política y dependencia económica evidencia la persistencia de estructuras coloniales en el orden internacional actual. Puerto Rico ejemplifican la persistencia del colonialismo: poseen “importancia estratégica” para la seguridad nacional estadounidense, pero carecen de autonomía política real. La colonia se reduce a un socio comercial subordinado, sin soberanía efectiva.

Así, el imperialismo no solo se manifiesta en la explotación económica, sino también en la colonización discursiva. Las palabras importan, porque reproducen relaciones de poder y normalizan la subordinación y el colonialismo. En conjunto, el caso venezolano ofrece un marco analítico relevante para comprender las transformaciones en la economía política latinoamericana, las disputas por recursos estratégicos y los desafíos asociados a la construcción de modelos de desarrollo más autónomos en un sistema internacional en proceso de reconfiguración. Además de la batalla cultural económica entre el capitalismo depredador y la construcción de alternativas de desarrollo social y solidario endógeno (comunas). Entre la concentración de riqueza y explotación de recursos y el bienestar colectivo, la autogestión, la equidad y la sostenibilidad, donde la gente importa. Entre el imperialismo extractivista y el desarrollo autónomo y soberano. Entre ser neo colonia de Estados Unidos o ser un pueblo libre, soberano e independiente. Mientras persistan estas estructuras imperiales, la libertad continuará siendo una promesa incumplida.

Estados Unidos anda a la cacería de “dictadores” por todo el mundo, sin mirar que el mayor de todos está instalado en la Casa Blanca.

Por Randy Alonso

“No necesito el derecho internacional”, dijo sin ambages Donald Trump a periodistas de The New York Times la noche del miércoles 7 de enero. “… Mi propia moralidad mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”, señaló como límites a sus aventuras imperiales y sus dictados cual emperador.

Es como si estuviéramos viendo a Benzino Napaloni, aquella parodia de Mussolini en la genial película de Charles Chaplin, cual caricatura del ego desmesurado de los dictadores, que convierten la política en espectáculo grotesco; “¡Yo soy el verdadero líder del mundo! ¡Tú no eres nada sin mí!”

La euforia dictatorial de Donald Trump ha alcanzado su pináculo en este primer año de su segunda administración. Las ínfulas de Rey Sol conque siempre manejó el imperio Trump se han trasladado a su conducción del país y su relación con el mundo. Y para ello se rodeó de un séquito de fieles, que acompañan sin chistar cada uno de sus pasos, a la vez que se burla y desconoce las instituciones de su país.

Sus poses y mensajes cortos y envenenados son de un Führer moderno; sus órdenes y dictados autocráticos no se alejan de los oscuros tiempos de Mobutu; su licencioso, corrupto y degradante modo de vida (su moralidad) hace recordar la decadencia de la Roma Cesariana.

Estados Unidos vive hoy bajo una dictadura imperial. Donald Trump no admite límites, institucionalidad, reglas, oposición, ni migrantes. Su lenguaje es el de la prepotencia, las amenazas, el vasallaje.

Trump no es un accidente de la historia; es el devenir de la historia misma de los Estados Unidos. Teóricos y politólogos definen académicamente los rasgos y el momentun; pero la actriz Jodie Foster le ha hecho de manera contundente y directa: “Trump representa todo lo que está mal en este país: arrogancia, división y un ego que pone en riesgo nuestra democracia. Es hora de que América despierte y lo rechace de una vez por todas”.

Narciso en el Despacho Oval

Como todo dictador, Trump es el clásico narcisista rebosante de necesidad, requerido de afirmación, que se enfurece cuando no la recibe con prontitud.

Impuso su nombre en el Centro Kennedy para las Artes y en el Instituto Estadounidense para la Paz; ordenó edificar un fastuoso salón de bailes en la Casa Blanca, en una nueva Ala Este tan alta como el edificio principal; anunció la construcción de una “flota dorada” de buques de guerra de la “clase Trump”; está construyendo un monumento en arco para el aniversario 250 de la Unión e intenta estampar su rostro por las dos caras de una moneda conmemorativa para la ocasión.

El profesor de desarrollo de liderazgo y cambio organizacional Manfred Kets de Vries valoró  para The New York Times la relación de Trump con el poder:

“Las personas con marcadas tendencias narcisistas, paranoicas o psicopáticas son especialmente vulnerables. Para ellas, el poder no sólo facilita la acción, sino que regula estados internos que, de otro modo, resultarían inmanejables.

“Donald Trump es un ejemplo extremo de esta dinámica. Desde una perspectiva psicoanalítica su narcisismo es maligno, en el sentido de que se organiza en torno a un profundo vacío interior.

“El narcismo maligno es una combinación de narcisismo y psicopatología. Debido a su escasa capacidad interna para autoconsolarse o autovalorarse, requiere una afirmación externa continua para sentirse real e intacto. El poder proporciona esa afirmación”.

Mientras en el Irish Times, el 12 de febrero de 2025, valorizando los frenéticos primeros días de la administración Trump, el neuropsicólogo Ian Robertson apuntaba: «Lo que observamos en Trump es el impacto del poder en el cerebro humano. Actúa como la cocaína y, en dosis altas, hace que las personas se sientan eufóricas, con mucha confianza y agresivas, como los trasnochadores drogados de la Dame Street de Dublín que lanzan puñetazos a desconocidos solo porque pueden. El gran poder de Trump también es un rejuvenecedor y revitalizante, un antídoto contra la senescencia de la tercera edad. El poder aumenta la testosterona, que a su vez aumenta la dopamina, al igual que la cocaína.

«Esto alimenta un estado mental agresivo y de bienestar, sobre todo en personalidades dominantes y amorales como la de Trump. También crea un estado mental inquieto e hiperactivo que, combinado con una sensación de omnipotencia, fomenta la ilusión de que se puede chasquear los dedos y resolver todos los problemas.

«Y cuando eso no sucede –cuando no se puede comprar Gaza o Groenlandia, o abolir el derecho de nacimiento de Estados Unidos– esto aumenta una rabia hiperactiva por verse frustrado y desencadena una oleada de respuestas aún más frenéticas y desmesuradas.»

El Estado soy yo

Poco después de su segunda investidura, Trump emitió una contundente proclama en sus redes sociales: “Quien salva a su país no viola ninguna Ley”. En su narrativa de ser el único líder capaz de “salvar” a los Estados Unidos, el magnate presidente se sitúa más allá de la ley, o por encima de ella.

El poder omnímodo de Donald Trump -respaldado por la decisión sin precedentes de una Corte Suprema, tomada por una mayoría de magistrados nombrados por el propio Trump, que le otorgó inmunidad a la presidencia ante el procesamiento penal” por actos oficiales-, le ha planteado un desafío erosivo al Estado de Derecho y las instituciones en EE.UU.

Ya había mostrado sus autocráticos instintos aquel 6 de enero de 2021. Si Hitler utilizó el incendio del Reichstag para obtener poderes de emergencia y afianzar el dominio nazi fascista, Trump pretendió con el asalto al Capitolio dar un Golpe de Estado y extender su poder a contrapelo de lo que dijeron las urnas.

Durante el 2025, Trump ha mostrado toda la fuerza de su despotismo. Su poder, como él lo ve y expresa, emana de su propia persona, no de su cargo, ni mucho menos del pueblo estadounidense.

Sus frenéticas directivas presidenciales y órdenes ejecutivas, más que ningún otro mandatario en casi 7 décadas en el primer año de su término, los continuos ataques contra Gobernadores y Alcaldes que no le agradan, las amenazas veladas o directas a congresistas contestatarios, el uso político premeditado del Departamento de Justicia, los recortes presupuestarios a los estados que se oponen a sus políticas, son expresiones de las maneras autocráticas del presidente de Estados Unidos.

El politólogo dominicano Elvin Calcaño, al apuntar a la intensificación del conflicto político interno en EE.UU, con rasgos autoritarios y una creciente incertidumbre ciudadana, señala: «Estados Unidos, como vengo advirtiendo hace buen tiempo, ha entrado en una fase de intensificación de su conflicto político interno donde ya no se disputa entre adversarios sino entre enemigos. Trump, que es la máxima expresión de ese fenómeno, no solo está destruyendo las instituciones democráticas formales porque tiene vocación ultraderechista autoritaria. Antes bien, es porque en su concepción toda forma de lucha es legítima. Porque su horizonte es de tipo existencial. Se asume como un salvador que está «limpiando» su país para que vuelva a ser grande (sic)»

Obedecer y callar

El jefe de la Reserva Federal Jerome Powell lo sabe bien. Trump utilizó una fiscal aliada para abrir una investigación criminal contra él por supuesta corrupción en la renovación constructiva de dos edificios históricos de la sede de la FED en Washington.

 . El responsable de la política monetaria estadounidense ha asegurado que la investigación en su contra responde a su empeño por no doblegarse a la voluntad del inquilino del Despacho Oval, que exige rebajas más pronunciadas de los tipos de interés para alejadamente estimular la economía estadounidense a corto plazo, antes de las elecciones de mitad de mandato el próximo noviembre.

Pero antes que a Powell, Trump intentó destituir a la gobernadora de la FED Lisa Cook, en un caso escandaloso que se escuchará en la Corte Suprema este 21 de enero.

Algo similar experimentó el exdirector del FBI James Comey. Trump utilizó una fiscal que había nombrado exprofeso para que encausara, fallidamente, a Comey por dos cargos penales, por haberse atrevido en el primer mandato trumpiano a abrir una investigación sobre la supuesta conexión rusa en la victoria electoral del magnate neoyorkino en el 2016.

“Mi familia y yo sabemos desde hace años que hacer frente a Donald Trump tiene un costo, pero no podíamos imaginarnos viviendo de otra manera. (…) Alguien a quien quiero mucho dijo recientemente que el miedo es la herramienta de un tirano. Y tiene razón. Pero no tengo miedo”, expresó Comey cuando fue notificado del proceso.

Junto a la judicialización de la represión, Trump ha usado los despidos y las amenazas como herramienta de control político. Bajo sus dictados, Marco Rubio despidió a más de 1 300 funcionarios del Departamento de Estado en julio de 2025. Varios fiscales del Departamento de Justicia fueron cesados por estar involucrados en las varias investigaciones que se abrieron en los últimos años contra Trump por hechos como el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.

El 1 de agosto de 2025, Trump defenestró a la jefa de la Oficina de Estadísticas Laborales Ericka L. McEntarfer, acusándola de “manipular las cifras de empleo»,  tras publicar un informe que mostraba un crecimiento laboral más débil que lo anunciado por el presidente.

El poder de la violencia

El poder del capital y el devenir imperial mismo de los Estados Unidos se cimentaron sobre la violencia, abierta o sofisticada. Con Trump, el uso de la fuerza contra los ciudadanos y la militarización interna ha alcanzado las cotas mayores en el actual siglo.

Trump se cree amo y se comporta como un tirano. Bajo sus órdenes, los agentes de migración brutalizan a los ciudadanos comunes a lo largo y ancho del país y hasta los ultiman para luego difamarlos tras sus muertes; las fuerzas del orden y hasta los militares son enviados para ocupar ciudades y repartir palos, gases y balas frente a las protestas.

Eso es lo que ha sucedido en Minneapolis cuando un agente de ICE asesinó a la ciudadana estadounidense Renee Good. Fue un crimen a sangre fría. Los violentos cazadores de migrantes mostraron la filosofía de crueldad bajo lo que son incitados a actuar.

Al poco tiempo de asesinato, Trump afirmó en la red social Truth Social que Good “atropelló violenta, deliberada y brutalmente al agente de ICE, quien parece haberle disparado en defensa propia”. Otra de sus miles de mentiras.

Varios funcionarios de su administración fueron a peor; el Vicepresidente JD Vance calificó el hecho de “terrorismo clásico” y la secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem afirmó que Good “cometió un acto de “terrorismo doméstico”.

Ante las protestas por el crimen, el gobierno multiplicó los agentes de ICE y las cacerías en Minnesota. El presidente Trump amenazó con invocar la Ley de Insurrección y desplegar tropas para sofocar las manifestaciones de descontento ciudadano.

Así hizo antes en Los Angeles, Chicago, Memphis, Portland y  hasta el mismísimo Washington D.C.

El Pentágono prepara a 1 500 paracaidistas de la 11na División Aerotransportada para su posible despliegue en Minnesota, según reveló ABC News.

El ejército de las guerras imperiales ahora debe arremeter también contra los ciudadanos de EE.UU. Así lo exigió Trump a sus generales desplegados en todo el mundo en una inédita reunión con el mando militar, el pasado año.

A la par, las presiones de la Casa Blanca para que no se impute al asesino de Good y en cambio se investigue penalmente a su viuda llevó a la dimisión de 6 integrantes de la Fiscalía Federal de Minneapolis, quienes objetan tales despropósitos.

El Gobernador de Minnesota Tim Walz fue directo en su reacción: “Seamos muy claros: esto dejó de ser un asunto de control migratorio hace mucho tiempo. En cambio, es una campaña de brutalidad organizada contra la gente de Minnesota por parte de nuestro propio gobierno federal”.

Walz y el alcalde de la ciudad de Minneapolis, quien calificó la situación como «… la peor expresión de la política de representación, que perjudica a la gente y nos hace menos seguros”, están siendo acusados por supuestamente obstaculizar la labor de los agentes migratorios.

La Prensa bajo acoso

El dictador no quiere prensa crítica, sólo lisonja y aprobación. Una y otra vez ataca a los medios que se le oponen, los intenta descalificar, les veta el acceso de la Casa Blanca, humilla en público a sus periodistas y los califica como “enemigos del pueblo”.

Trump ha acusado repetidamente a los medios de ser “corruptos” o de tener “sesgo izquierdista”.

Bajo nimios argumentos retiró los fondos asignados a la Corporation for Public Broadcasting (CPB), que apoya a la National Public Radio (NPR) y a la televisora Public Broadcasting Service (PBS).

Una de sus estrategias favoritas es el uso de demandas para intimidar a los medios y los periodistas. Así solicitó a The New York Time el pago de 15 000 millones de dólares, por la publicación de varios artículos presuntamente “maliciosos”, y a The Wall Street Journal lo demandó por 10 000 millones tras la publicación en septiembre 2025 de un artículo del Wall Street Journal (WSJ)sobre las relaciones pasadas de Donald Trump con el empresario y depredador sexual Jeffrey Epstein. El presidente prohibió a sus periodistas viajar a bordo del Air Force One.

Más recientemente entabló una demanda contra la BBC británica por debido a una alegada manipulación de sus palabras en un documental de esa cadena.

Las demandas hasta ahora no han avanzado en los tribunales, pero sí crean zozobra y miedo en el ecosistema mediático estadounidense y tienen efecto intimidatorio sobre el periodismo de investigación.

A los pocos días del inicio del mandato de Trump,  la Casa Blanca prohibió a los periodistas de Associated Press cubrir sus convocatorias en represalia por su negativa a adoptar el nombre elegido por Trump de «Golfo de América» para el Golfo de México.

La política trumpiana de uso interesado de la justicia también llega hasta la prensa. Hace unos días, agentes del FBI registraron la casa de una periodista del Washington Post, como parte de una investigación sobre el manejo de información clasificada. Los agentes incautaron computadoras portátiles, un teléfono y un reloj inteligente durante el registro.

Es extremadamente raro este tipo de registro, incluso en investigaciones de información clasificada. Una ley de 1980 prohíbe las órdenes de registro de los materiales de trabajo de los periodistas, a menos que estos sean sospechosos de cometer un delito relacionado con dichos materiales.

Significativamente, Hannah Natanson, la reportera del Washington Post investigada, había pasado el último año cubriendo los esfuerzos de la administración Trump por despedir empleados federales y reflejando el enojo, la frustración y el temor de esos ciudadanos. En los meses más recientes, Natanson había contribuido a varios artículos del Times sobre la campaña de presión estadounidense contra Venezuela.

Trump también ha arremetido contra los humoristas políticos que lo convierten en el blanco preferido de sus parodias y que se atrevieron a criticar la política genocida de Israel apoyada por Washington. Trump celebró públicamente la suspensión del programa de Jimmy Kimmel en ABC, por presiones de su administración por los comentarios críticos del comediante.

En uno de sus múltiples comentarios despectivos a los profesionales de la prensa, Donald Trump le espetó “¡Cállate, cerdita!” a la periodista de BloombergCatherine Lucey en una conferencia de prensa el pasado noviembre.

Pero Trump, como buen narcisista no puede eludir totalmente a la prensa; en lugar de eso, la usa; y la prensa ha caído en su trampa. Como describía en The Atlantic George Packer:  «Trump corrompe a todos los que se le acercan: cónyuges, hijos, seguidores, cómplices, lacayos. Corrompe a la prensa al obsesionarla, al inundarla con tanta mierda que las noticias se vuelven casi indistinguibles de tonterías y mentiras, al incitarla a intercambiar la independencia por el activismo, al desmoralizarla con el reconocimiento de que a gran parte del público ya no le importa nada».

La brutalidad de la fuerza

A las ansias de poder de Trump no le bastan con una dictadura interna; él necesita sentirse el Dictador mundial. Y eso le viene como anillo al dedo a los magnates financieros, petroleros, tecnológicos y a los ideólogos de “la paz a través de la fuerza” que están detrás de esta administración.

El poderoso y artero ataque con Venezuela, el pasado 3 de enero, tras meses de amenaza militar y años de cerco económico y político, fue el debut brutal de la nueva doctrina de seguridad nacional del imperio, un vuelco violento al tablero geopolítico internacional y un porrazo al status quo de un mundo basado en reglas (no pocas veces desconocidas).

Amenazando en su poder incontestable hasta hoy, erosionada la hegemonía del dólar en las finanzas mundiales, ahogado en deudas, golpeado en el atraso de infraestructuras críticas, necesitado de recursos naturales cuantiosos para sostener su economía depredadora y el alto nivel de vida promedio de su sociedad, los Estados Unidos y sus círculos de poder hoy encarnados en la mesiánica figura de Donald Trump han apostado por la guerra (no fue simbólico el cambio de nombre de esa cartera de gobierno) como huida hacia delante de tan graves desafíos.

Echando a la basura el globalismo, el libre comercio y otras doctrinas del medio siglo último, el poder imperial apuesta por enfrentar a China, como objetivo principal, retomando su predominio en las Américas y golpeando a los aliados de la potencia emergente, entre ellos Rusia.

La guerra, la fuerza bruta, sigue siendo el instrumentos esencial de la doctrina imperial; pero desecha la lógica de la ocupación territorial (que tan costosa les ha salido) por el ejercicio neocolonial del control de los recursos y nodos estratégicos: energía, minerales críticos, logística, estándares técnicos y otros.

América Latina y el Caribe es escenario principal de la nueva doctrina. Estados Unidos pretende prevalecer a través de la fuerza en esta región y suprimir la presencia de China y Rusia en esta parte del mundo.

El mensaje que se intentó transmitir el 3 de enero es que ningún Estado de la región puede estar fuera de los designios del imperio estadounidense.

Aunque la dictadura que pretende Washington no es meramente regional, sino global. Más allá de que saben que la euforia hegemónica tras la caída del Muro de Berlín ha terminado.

A diestra y siniestra lanza el dictador amenazas. Canadá debe anexarse a EE.UU, México debe ser intervenido para controlar el narcotráfico, igual Colombia, el Canal de Panamá debe regresar al control estadounidense, Cuba debe ser rendida o arrasada, Groenlandia debe ser tomada o comprada, Irán debe ser socavada o bombardeada.

En la mesa en el Despacho Oval, Trump tiene una maqueta de los bombarderos B-2 que se utilizaron en los ataques contra Irán a mediados del año pasado; cuentan los reporteros del New York Times, quienes lo notaron más envalentonado que nunca tras la operación en Venezuela.

El dictador pone el show, da las órdenes, se regodea mirando el mortífero espectáculo de fuerza en Caracas; sus estrategas conceptualizan sin afeites las pretensiones imperiales:

Como definen los investigadores de Misión Verdad: Estados Unidos ha “dejado de disfrazar la lógica de poder que subyace en su Estrategia de Seguridad Nacional: la geopolítica de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos, ya no se negocia en términos de consenso, sino de imposición letal».

En el colmo del paroxismo, Trump acaba de enviar una carta al primer ministro de Noruega donde escribe: » considerando que tu país decidió no darme el premio Nobel por haber detenido ocho guerras Y MÄS, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la Paz (…) Ahora puedo pensar en lo que es bueno y adecuado para los Estados Unidos de América» (sic).

Es el fascismo, estúpido

Podrán empaquetarla en celofán republicano o con lazos de democracia, pero el gobierno de Trump es una dictadura de corte fascista.

Su pensamiento, sus expresiones xenófobas y racistas, su aliento represor, sus apetencias guerreristas y de dominación son acompañadas por un equipo de lo más selecto del pensamiento fascistoide en Estados Unidos.

Desde que Elon Musk colocó su mano derecha en el pecho y luego subió el brazo en diagonal al mejor estilo hitleriano el mismo día de la investidura presidencial de Trump hasta las declaraciones más recientes de altos funcionarios y departamentos gubernamentales, es notorio un auge de la ideología supremacista, las señales y referencias al fascismo, el nazismo y el supremacismo blanco en esta Administración estadounidense.

El 8 de enero pasado, la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, ofreció una conferencia de prensa tras un atril, donde se leía: “Uno de los nuestros, todos los suyos”, que fue usado por las SS nazis en la horrenda masacre de la aldea de Lídice, en Checoslovaquia, aunque algunos atribuyen el origen de la frase al régimen franquista.

Un mensaje del Departamento de Trabajo de que “Estados Unidos es para los estadounidenses”, han sido comparado con el lema del nazismo que decía “Alemania es para los alemanes”.  Otro más reciente, acompañando una foto animada de George Washington reza “Una patria. Un pueblo. Una herencia. Recuerda quién eres, estadounidense”, lo que fue visto como una referencia a una frase usada por la maquinaria de propaganda nazi, que rezaba:“Un pueblo, un imperio, un líder”.

Stephen Miller, vicejefe de gabinete de la Casa Blanca, y principal estratega de la arremetida antinmigrante de Trump es el corazón fascista de esta administración. No sólo es un extremista anti-inmigración, también es un nacionalista blanco, y un anticomunista furibundo. Bajo su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un instrumento de miedo y terror racial.

Cuentan que en Washington DC, el pasado 20 de agosto de 2025, después de ser abucheados por protestantes al entrar en una  hamburguesería con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de la Guerra Pete Hegseth tras una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller les espetó a los manifestantes:

«Son ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar este lugar e, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad americana, no digamos ya la capital de la nación… »

Ahora Miller es también el estratega de la fuerza para imponer el poder imperial. En una entrevista reciente en CNN declaró: “El mundo real se rige por las ‘leyes de hierro’ de la fuerza y el poder, más que por protocolos internacionales. Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que se rige por la potencia, que se rige por la fuerza, que se rige por el poderío. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”.

“Los responsables políticos de esta Administración y agencias como el Departamento de Seguridad Nacional y otros ya casi no se molestan en usar mensajes subliminales ni lenguaje codificado”, aseguró al diario español EL PAÍS Wendy Via, presidenta y fundadora de la organización Proyecto Global Contra el Odio y el Extremismo (GPAHE, por sus siglas en inglés). “Están utilizando descaradamente referencias supremacistas blancas y nazis en sus imágenes y lemas, en un intento de reclutar personal e influir en el pensamiento estadounidense. Ya ni siquiera intentan defender sus acciones. Su vergonzosa resurrección de la propaganda de la América blanca, similar a la de hace décadas, ilustra perfectamente la visión de esta Administración sobre cómo debería ser el futuro de Estados Unidos”.

¿Cuál será el epílogo?

El Trump que cada día pone un dedo en el mapa y dice “me gusta este país”; se parece al  Adenoid Hynkel (Hitler) de El Gran Dictador, que se encerraba en su despacho a juguetear con un globo terráqueo. Una parodia fabulosa de Chaplin de los sueños de dominio global del dictador nazi.

Lo terrible es que los sueños de dominación de Trump, terminen como los juegos de , con el globo terráqueo explotando en sus manos. Sólo que esta vez se trata de un mundo repleto de armas nucleares.

Únicamente la dignidad de las naciones y el valor de los pueblos pueden significar un final diferente.

Y entre esos actores de cambio está el pueblo estadounidense: en las calles y en las urnas. El mandamás tiene terror. Manda a las calles más policías y guardias para enfrentar la protesta, mientras moviliza a sus visiblemente divididas huestes para la contienda electoral de noviembre: Teme que una derrota en el Congreso le abra el camino al «impeacment»; y no son pocos los que se preparan para la ocasi{on.

Aunque el forajido le puede dar por otro golpe de tablero fuera o adentro. Mientras preparan una operación militar contra Irán y una toma de Groenlandia, Trump concedió una entrevista a la agencia Reuters en la que expuso frustración ante la posibilidad de que los Republicanos pierdan el control del Congreso en Noviembre, pese a los muchos logros de su presidencia: “cuando piensas en eso, no deberíamos siquiera tener una elección”.

El destino de la humanidad está en juego. Un mitómano fascista y un gobierno imperial guerrerista pretenden gobernarlo por la fuerza.

Como convocara ante el fascismo hitleriano Julius Fucick:

¡Estad alertas!

 

 

Trump destruye lo que queda del viejo orden mundial

 

 

El presidente de Estados Unidos sigue trabajando a destajo para terminar de sepultar lo poco que queda del otrora tan celebrado -por los gobernantes de su país así como por la prensa hegemónica y el pensamiento oficial de la academia- “orden mundial basado en reglas”. Hitos principales de este proceso de progresivo desmoronamiento de la superestructura ideológica del imperialismo norteamericano fueron la ofensiva de la OTAN contra Rusia, contraviniendo un principio elemental de la Carta de las Naciones Unidas como es el derecho de todos los países a su seguridad nacional. A esto debe agregársele el genocidio y la limpieza étnica que sigue practicando con total impunidad el régimen racista israelí gracias al amparo y protección que le brindan las desprestigiadas “democracias” occidentales, en realidad abyectas plutocracias apenas disimuladas con los insulsos rituales de un intrascendente proceso electoral.

Otro hito de enorme importancia fue el ataque a la República Bolivariana de Venezuela, el bombardeo de Caracas que afectó a casi 500 viviendas de la zona cercana a Fuerte Tiuna y el insólito secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa, Cilia Flores, diputada de la Asamblea Nacional. En su desvarío el inquilino de la Casa Blanca publicó en su red Truth Social un posteo en donde se definía como “Presidente en Ejercicio de Venezuela” y, en el renglón siguiente, como el “47º Presidente de Estados Unidos de América”. Trump nos instala en un viaje sin etapas al sombrío mundo hobessiano del primado del más fuerte. 

Este derrumbe adquirió nuevos bríos con el intercambio de mensajes de hoy entre Trump y el primer Ministro noruego, Jonas Gahr Støre, y el presidente de Finlandia, Alexander Stubb. Trump le responde a Støre diciéndole que dado que su país, Noruega, ha decidido no otorgarle el Premio Nobel de la Paz, pese a haber puesto fin a más de 8 guerras ya no siente la obligación de pensar solamente en la Paz sino en lo que es más conveniente para Estados Unidos. Renglón seguido acusa a Dinamarca por no haber sabido proteger Groenlandia de los avances que, según Trump, allí hicieron Rusia o China y, además, de carecer de un “derecho de propiedad” sobre ese territorio.

“Ningún documento escrito le otorga a Dinamarca la propiedad de Groenlandia”, dice en su texto, y el único elemento que justifica su reclamo es “un navío que recaló en ese territorio hace trescientos años”. El remate de esta misiva es la afirmación de Trump según la cual “nadie hizo más por la OTAN desde su fundación” que él, y que “llegó la hora de que la OTAN haga algo por Estados Unidos.” Y termina su misiva con una sentencia bombástica: “El Mundo no estará seguro hasta que tengamos el control completo y total de Groenlandia.”

Dicho esto, conviene recordar que debido al deshielo del Océano Ártico Groenlandia se ha convertido en una región estratégica para las nuevas rutas comerciales, principalmente las exportaciones de China. Pero lo que soslaya el documento de Trump es que hay una sola base militar en esa isla, localizada en Thule, en el extremo norte de Groenlandia y es de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Su función: servir de alerta temprana ante un ataque misilístico así como para el monitoreo de los satélites que orbitan en torno al planeta. En su progresivo deshielo la isla permite conjeturar la existencia de ricos depósitos minerales, entre ellos tierras raras, uranio, y probablemente petróleo y gas. Pero hasta el momento ninguna empresa ha comenzado la explotación de dichos recursos. Hay una sola empresa de propiedad canadiense y dinamarquesa, que explota una pequeña mina de rubíes en las cercanías de la capital, y aún así con enormes dificultades. Obviamente que a medida que el cambio climático torne accesible otras regiones la competencia por esos recursos podría intensificarse grandemente.

Pero, lo decisivo de este incidente y del mensaje de Trump es la fisura, aunque no todavía ruptura, en el seno de la OTAN. Este eventual desenlace terminaría por producir una radical reconstrucción del sistema internacional al quebrar nada menos que la alianza militar de un espacio socioeconómico, cultural y político, Occidente, que dominó a sus anchas al resto de las naciones durante algo más de cinco siglos pero ya no más. Sin olvidar que en su fase de declinación todos los imperios han exacerbado hasta lo indecible su virulencia y su apelación a las peores formas de la violencia para tratar de detener lo incontenible. Trump es la personificación actual de esa conducta.

Reproducido de www.pagina.ar.com

Dios no grita, administra, o cuando pensar estorba

 

Especial para En Rojo

 

 

Network, el payaso soberano y el nuevo totalitarismo

Como estudioso de los procesos mediáticos, siempre he desconfiado de los gritos. No porque no expresen un malestar real, sino porque el sistema los adora. Los gritos son su materia prima favorita. Ahí tienen a un Thomas Rivera Schatz en el circo isleño. Por eso regreso una y otra vez a la película de 1976, Network, no como cine de culto, sino como manual anticipado del presente, como archivo obsceno de una mutación histórica decisiva que marcó el paso de la política como conflicto a la política como administración, del antagonismo al procedimiento, del sujeto que grita al sistema que gestiona.

 Network condensa esta mutación en dos escenas que funcionan como un díptico teológico. Primero, el estallido del personaje Howard Beale —“I’m as mad as hell, and I’m not going to take this anymore!”—, un grito que suele celebrarse como un despertar político. ¡Error! Beale no despierta. Beale ha sido despertado para ser usado. Su rabia no produce pensamiento ni organización; produce rating para el canal. Es afecto sin estructura, pathos sin semántica, emoción lista para ser capturada, editada y monetizada. Luego aparece otro personaje, Arthur Jensen, y pronuncia el credo definitivo: “The world is business”. Ahí muere la política. Ahí nace la administración. Dios ya no es ley ni justicia ni pueblo. Dios es flujo, corporación, sistema. No castiga ni redime. Dios optimiza.

Ese Dios no necesita creyentes. Necesita sólo operadores eficientes.

Desde ese umbral simbólico, el fenómeno de Dios-Donald Trump se vuelve plenamente inteligible. Trump no es un ideólogo y ahí radica su fuerza. Es algo más inquietante. Trump es un dispositivo semiótico altamente eficiente en términos informacionales. No organiza el mundo en términos de verdad o falsedad, sino en términos de alineación y desalineación. No pide comprensión; exige lealtad performativa. No necesita que se crea en él; basta con que se lo repita y se obedezca. Dios-Trump no inventa la rabia social: la administra, la acelera, la hace circular como señal. La convierte en espectáculo, en algoritmo, en consigna redundante de baja complejidad semántica y alta intensidad afectiva.

Desde una perspectiva sociosemiótica dura, esto es decisivo. El trumpismo no es una doctrina coherente, sino un régimen de sentido informacional. El lenguaje ya no está ahí para explicar el mundo, sino para mantener el flujo. Importa menos lo que se dice que el hecho de que circule sin interrupción. La política deja de ser deliberación y se vuelve gestión de canales: de capital, de datos, de cuerpos, de miedos, de obediencias.

En estos momentos históricos, la lectura de Hannah Arendt resulta más incómoda que nunca, pero necesaria. En su libro Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal, Arendt no nos ofreció consuelo moral, sino una herida que no se cierra, y menos aún en los tiempos que corren. El servil funcionario nazi Eichmann no era un monstruo, sino un empleado ejemplar. Representaba al empleado del mes por sus principios de calidad total. No odiaba; cumplía. No pensaba; ejecutaba. No reflexionaba; optimizaba el sistema. La banalidad del mal no reside en la crueldad, sino en la suspensión del juicio, en la pobreza simbólica que impide interrumpir la orden con una pregunta ética.

 

El error contemporáneo es creer que el totalitarismo necesita fanáticos. ¡No! Necesita trabajadores obedientes que no hagan ruido.

 

Esa lógica se vuelve particularmente visible en agencias como ICE, el FBI o la CIA, donde la violencia no se nombra como tal, sino como un procedimiento técnico. Personas convertidas en “casos”, familias en “expedientes”, deportaciones en “procesos”. El lenguaje hace el trabajo sucio: traduce el daño en trámite. El agente no se vive como autor, sino como engranaje. Y cuando nadie se reconoce como autor, el crimen se vuelve sistémico. “Yo solo hago mi trabajo” es hoy la frase más peligrosa —y obscena— del siglo XXI. Su pobreza simbólica le impide funcionar de manera ética. “Mato y asesino porque es mi trabajo”.

En Los orígenes del totalitarismo, Arendt fue aún más lejos. No hay totalitarismo sin imperialismo. No se refería solo a banderas y conquistas, sino a algo más profundo. Hablaba de la administración de poblaciones, de la normalización de la excepción y de la disolución del derecho en nombre de la eficacia. Y advertía algo que hoy se cumple con precisión quirúrgica: las técnicas imperiales ensayadas en las periferias regresan al centro como la normalidad.

¡El famoso efecto boomerang!

Desde esa clave, las políticas neoimperiales de Trump no son anomalías, sino síntomas. Puerto Rico reaparece como plataforma logística, un territorio sin soberanía plena donde se ensayan dispositivos jurídicos, económicos y militares. Venezuela se convierte en “problema” por su gestión y por gestionar; Groenlandia, en real estate geopolítico; Cuba e Irán, en escenarios permanentes de excepción. La película Network lo había anticipado con brutal claridad. Cuando el mundo es big business, la soberanía estorba y el derecho constitucional e internacional es ruido.

Puerto Rico ocupa un lugar especialmente frágil en este esquema. No porque esté “derivando” hacia el autoritarismo, sino porque ya vive en una condición de excepción estructural. PROMESA, la Junta de Supervisión Fiscal y la subordinación jurídica: todo ello configura un régimen en el que la democracia es decorativa y la decisión real se desplaza a instancias no electas. En ese contexto, el indulto presidencial a Wanda Vázquez Garced no es un escándalo aislado, sino un acto semiótico pedagógico. Enseña que la ley es negociable, que la corrupción se borra si se obedece bien, que la justicia es reversible cuando se pertenece al flujo correcto.

La aclamación de Trump por parte de Jenniffer González no es ingenuidad ni lapsus. Es un alineamiento estructural con una lógica en la que el poder no se legitima por principios, sino por su proximidad al centro imperial. No hay traición a Puerto Rico ni a los puertorriqueños. ¡Hay coherencia colonial con el Dios-Trump!

Aquí entra el elemento decisivo del nuevo totalitarismo: la payasada. Las burlas, los errores grotescos, las afirmaciones históricamente absurdas —como decir que Colón llegó a Puerto Rico por San Juan— no son fallas del sistema. Son operadores semióticos centrales. El payaso no es el enemigo del poder; es su forma contemporánea. La payasada desacraliza el poder para que sea inmune a la crítica. Si corriges, eres elitista. Si analizas, exageras. Si te indignas, no entendiste el chiste.

Trump encarna a la perfección la figura del bufón soberano. En la tradición medieval, el bufón podía decirlo todo porque carecía de poder. El Trump-Dios invierte la lógica: dice cualquier cosa porque tiene poder. Su ridiculez constante satura el espacio mediático, normaliza la incoherencia y fomenta el cinismo. Y como bien ha señalado el mediático Slavoj Žižek, el cinismo no debilita al poder: lo estabiliza. El sujeto no cree, pero obedece. Se ríe, pero sigue.

En este nuevo totalitarismo, la risa cumple la función que antes desempeñaba el terror. No paraliza por miedo, sino por anestesia del sentido. La burla reemplaza al juicio, el meme sustituye al argumento, la comedia interminable disuelve toda exigencia de responsabilidad. Todo fluye y, para el Trump-Dios, todo funciona.

Aquí se cierra el círculo con la teoría de la información. Funcionar significa transmitir sin interrupción. El buen sujeto es el de baja entropía: no introduce ruido, no frena el canal, no pregunta demasiado, es de pobreza simbólica. Pensar se vuelve sospechoso porque ralentiza. La ética aparece como interferencia.

El pensamiento crítico es ruido.

Por eso, hoy pensar no es producir mejores mensajes, sino interrumpir el flujo. Pensar es sabotaje informacional. Pensar es detenerse cuando todo acelera, introducir memoria donde sólo hay actualización, devolver cuerpo donde sólo hay señal. Arendt lo sabía. El totalitarismo comienza cuando dejamos de pensar desde el lugar del otro. Pier Paolo Pasolini lo gritó con el cuerpo al recordar que cuando el lenguaje muere, el poder gana. Žižek lo repite con incomodidad: sabemos todo esto… y aun así seguimos.

¿Hay salida? Sí, pero no será bonita. No hay salida dentro del sistema de flujos. No hay redención a través de la obediencia “crítica”. Un mundo sin Trump y sin las Jenniffers de la vida y sus acólitos no empieza por sacarlos del escenario, sino por desmontar la estructura simbólica que los hace posibles. Florecer no es adaptarse. Florecer no es funcionar. Florecer es pensar cuando pensar estorba.

Tal vez no veamos ese mundo. Pasolini no lo vio. Arendt murió sin consuelo. Pero ambos sabían algo esencial. Cuando el poder exige obediencia, pensar ya es una forma de desobediencia.

Y hoy, créanme, eso sigue siendo radical.

El autor es Presidente Fundación Siglo XXI.

 

 

Memoria familiar, memoria colectiva: Sobre El libro de las tías de Magali García Ramis

Especial para En Rojo

El libro de las tías: una memoria (San Juan, Ediciones Callejón, 2025) de Magali García Ramis es un texto que desde hace mucho esperábamos.  Hacía tiempo que se sabía que trabajaba en este proyecto.  Por ello le dimos de inmediato la bienvenida y no nos sorprendió su volumen; el libro tiene unas 558 páginas.  Es el trabajo de muchos años y su abundante volumen lo hace evidente.  Así me lo imaginaba porque este puede verse como la fusión de, al menos, tres libros: la historia del bisabuelo de la autora que llegó de Mallorca a Puerto Rico justo a finales del siglo XIX, el retrato de la familia Ramis Díaz – sus siete hijas y su único hijo – y el final de esa generación y la aparición de nuevas generaciones de la familia.  También el libro se puede entender como distintos textos por sus acercamientos al tema: la investigación histórica, la interpretación de los cambios sociales que sufrió Puerto Rico durante el siglo XX, la narración de vidas de los miembros de la familia de la autora.  García Ramis hace una excelente fusión de estos posibles acercamientos.  En otras palabras, aquí se pueden emplear para entender el libro la historia, la sociología y la narrativa, pues de estas disciplinas se vale la autora para crear un amplio cuadro de su familia extendida.

A El libro de las tías, pues, nos podemos acercar por diversas vías.  Cada una de estas resaltarían distintos aspectos del texto.  Pero también el mismo se puede entender como un ejercicio de parte de la autora por llegar a establecer una imagen propia de sus antecedentes y los conflictos familiares que la formaron.  Pero esa lectura, que también es válida, nos sacaría del libro mismo y nos llevaría a la intimidad de la autora.  Esa no es la lectura que me interesa.  Me enfoco en el libro mismo.  Al hacerlo sigo la definición de su trabajo que nos da la autora misma:

Ahí están los rastros de toda una vida, de todas sus vidas, me digo, pero sé que acaso es un engaño y que lo que hago es acumular sin ton ni son cosas que me recuerdan a la familia, quizás buscando revivir lo que desapareció, tratando de detener el paso del tiempo a sabiendas de que ya no hay vuelta atrás. (39)

 

Pero lo que ella describe como una posible acumulación de cosas sin ton ni son, en el fondo, tiene su método y su claro objetivo: colocar la memoria familiar en el contexto de la memoria colectiva.

En mi lectura de El libro de las tías, como en tantas otras ocasiones, me he dejado guiar por unas sabía palabras del gran poeta mexicano José Emilio Pacheco quien, en un poema titulado. “Memoria”, nos advierte de los peligroso que es recrear los recuerdos y tratar de plasmarlos:

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.

Con estos versos Pacheco nos advierte que el recordar, que el escribir memorias, es también una forma de crear ficción.  Por ello y porque sé que otros lectores y críticos se acercarán al libro desde otras posibles disciplinas – sobre todo desde la historia y la sociología – y dadas mi preferencia y mi formación profesional, me acerco a este libro de García Ramis como si fuera una obra de ficción.  Lo hago sin negar que aquí la realidad se impone, que la base del libro es una historia familiar.  En otras palabras, me interesa ver cómo la autora construye ese amplio retrato de su familia.  Por ello ofrezco algunos pocos ejemplos de este acercamiento; mucho más queda por explorar al respecto.

Lo primero que hay que apuntar es que el tema de la familia es central a la obra de García Ramis.  Sólo hay que recordar su primer libro, la colección de cuentos La familia de todos nosotros (1974), y su primera novela, Felices días, tío Sergio (1986), para confirmar este hecho.  Las familias que se presentan en su narrativa son siempre de una clase media acomodada, lo que también se plasma en estas memorias.  A pesar de que la autora califica la suya en este nuevo libro como de mera clase media, hay suficientes indicaciones en el texto como para sugerir que la familia, más allá del núcleo más íntimo en el que la autora creció, bordea la clase media alta puertorriqueña.  Pero en el libro siempre se establece una íntima relación entre ese núcleo íntimo y el más amplio, el de las tías.   Largos viajes a Europa, casonas en urbanizaciones exclusivas, matrimonios con miembros de familias acaudaladas así lo prueban.  Pero es que hay que distinguir entre la amplia familia – la compuesta por todas las tías – y la suya, la compuesta sólo por su madre, su padre y dos hermanos.  Pero tanto la gran familia, como el núcleo familiar más limitado, son el centro de atención del libro y de gran parte de la obra de García Ramis.

Mientras que en sus cuentos y novelas la autora tenía la libertad de crear personajes que cupieran en la trama de sus textos y sirvieran una función narrativa, en El libro de las tías tiene que crear personajes que sean fieles a la historia familiar, pero que a la vez sea atractivos como entes de ficción.  (Recordemos los versos de Pacheco.)  Por ejemplo, en su primera novela aparece un personaje clave, el tío Sergio, homosexual, nacionalista e independentista que no cabía cómodamente en el contexto de una familia tradicional puertorriqueña de clase media de mediados de siglo XX.   Pero en estas memorias no aparece un personaje como este porque parece ser que no lo hubo en su familia y porque no se necesita para la construcción de la memoria cuya trama tiene que atenerse a la evidencia de lo que pasó en ese contexto.

La autora se tiene que acoplar a la realidad de su familia y esto trae un problema: cómo crear personajes que sean atractivos al lector como entes de ficción y que, a la vez, se atengan a la realidad.  García Ramis logra convertir a muchos miembros de su familia en personajes de interés narrativo al presentarlos como seres con contradicciones y hasta con rasgos negativos.  El ejemplo más evidente de esta forma de convertir a los miembros de la familia en personajes de interés literario se ve en la presentación del padre, Manolo.  De la misma forma, aunque con finalidad opuesta, se puede entender la creación del importante personaje de la tía María Luisa, matriarca de la gran familia y a quien la autora dedica el libro.  Si la tía aparece siempre bajo luces positivas pero verosímiles, el padre se retrata con rasgos contradictorios, si no negativos.  Visto desde esta perspectiva El libro de las tías es un texto muy privado.  Pero también y sobre todo es una obra que se lee por sus cualidades como texto literario.  Manolo fue el padre de la autora, pero en el libro es un personaje de gran interés por romper con las normas familiares, por ser contradictorio, lo que lo hace real en términos narrativos.

Otro de los recursos literario que emplea García Ramis para construir el texto es la atención a objetos muy específicos, muchos de los cuales llegan a convertirse en imágenes casi simbólicas que caracterizan a los personajes: una bolsa de papel manchada de grasa queda asociada con el padre, una cacata dominicana, con un tío y un auto deportivo, con una de las tías.  Estos son ejemplos de esta táctica narrativa.  No sorprende por ello que entre las ilustraciones que ofrece el libro – por suerte son muchas – se incluyan cajitas de fósforos de hoteles y restaurantes, agitadores de bebidas y otros objetos que apuntan a los frecuentes y amplios viajes de las tías por Europa y los Estados Unidos.  Las cartas y los documentos legales son de primordial importancia en el texto y la autora cita de ellos frecuentemente.  García Ramis está consciente de su importancia y también de su efimeridad.  Por eso dice que “[g]racias a esos documentos puedo imaginarlos [a los personajes], se hacen tangibles en un momento, se encarnan para que yo al menos sepa de su existencia” (99).  Pero aquí alude a personajes de poca importancia en la gran narración colectiva; son personajes menores que “luego desparecen de la historia” (99).  Son como seres de ficción, aunque nunca se puede negar su existencia, su realidad histórica.

Los objetos acumulados evidencian la importancia que los viajes tuvieron para las familias, particularmente para las tías.  Esos viajes que la autora y sus tías tuvieron la fortuna de hacer se ven como un ejercicio pedagógico.  Es que la familia siempre puso gran interés en la educación.  Más allá del mero placer, los viajes eran, como fueron los del “Grand tour” de la nobleza europea del siglo XVIII, la manera de completar la educación de los jóvenes.  Por ello las tías llevan a la joven Magali a Europa para que se empape de lo que para ellas es la alta cultura y para que conozca sus orígenes mallorquines.

Los objetos también sirven de medio para construir la historia.  Las tías – particularmente la matriarca María Luisa – son acumuladoras casi compulsivas de objetos, de libros, de fotos.  Estos le sirven a la autora para construir su narración.  Las cajas llenas de recuerdos guardadas por años son la base para darnos una imagen compleja de su familia.  Pero esos objetos también “nos brindan pistas para comprender su rol en la historia amplia de nuestro país” (26).  De esa forma se enlazan lo familiar y lo colectivo.  Un simple objeto que, para otros puede ser descartable, se convierte, a través de la aguda visión de la autora, en clave para entender su mundo familiar y el de los puertorriqueños en general.  Por eso un viejo retrato del siglo XIX donde aparece un niñito blanco, hijo de hacendados, con su niñera negra le sirve para explicar nuestra historia “porque su historia y la mía [la de la autora] tienen rutas entrelazadas, como la de todos los puertorriqueños” (66).

Es el descubrimiento de ese puente entre el objeto y la historia, entre la historia familiar y la colectiva, lo que salva a este texto de ser un mero retrato de una sola familia o de ser un ejercicio de exorcismo de los demonios personales.  Por eso mismo el libro es relevante e importante para todos sus lectores.  Es la compulsiva acumulación de objetos descartables de parte de las tías y la pasión de la autora por entenderlos en un amplio contexto lo que hace que los lectores se sientan identificados con el mundo familiar que se va construyendo página a página.

García Ramis nos dice que muy temprano en su vida se dio cuenta de cuán importante eran para ella las palabras: “Yo no tenía idea entonces de cuánto las palabras iban a importar en mi vida, pero ya respondía a toda cadencia, y a lo que sonaba hermoso, o feo, de la lengua española.” (400)  Con el tiempo esa niña que intuye la belleza o la fealdad de la combinación de nombres y palabras, se fue convertido en una excelente narradora que con los objetos que va sacando de las cajas que le dejaron sus tías construye la historia de su familia y de la de “la familia de todos nosotros”.  Así es porque “las hermanas Ramis Díaz y su hermano Guillermo, en sus vidas no fueron otra cosa que puertorriqueños” (552).

 

El libro esta disponible en la CLARITIENDA