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Será Otra Cosa-La noche Azul

 

 

Especial para En Rojo

 

Vuelvo al café. Esta vez me percato del reloj que cuelga en la pared gris del fondo. No lo había visto antes. Sencillo, plano como una fina lámina; su esfera parece ser de lapislázuli, la piedra semipreciosa de las montañas de Afganistán. Pienso en el color azul, en el cobalto, en Van Gogh. En lo diferentes, aunque tan parecidos, que son el azul ultramar, opaco y elegante, y el azul cobalto, refulgente y aterciopelado. Pero intento no distraerme otra vez.

Cambio la mirada. Giro la cabeza de un lado a otro buscando a mi alrededor. He perdido la computadora y puede que la haya dejado allí. Debo concentrarme en eso. Miro las caras de las cuatro personas que están en el lugar, por si pudiera identificar algo en ellas que me ayude a dar con el paradero de mi máquina. Todas están metidas en las suyas, muy enteradas de todo menos de lo que ocurre frente a sus narices. El muchacho que me atendió primero no está en el mostrador, no hay nadie. Entonces, en cuestión de microsegundos, mi pensamiento vuelve a la opulencia del color azul, a las betas doradas de la pirita en el lapislázuli, a Van Gogh y su “Noche estrellada” y de ahí salta al sueño que tuve anoche: un perro grande, precioso, color marrón, muerto en la jardinera de un apartamento en el que viví de soltera. Sobre el perro, sólo sobre el perro, llovía a cántaros. El agua caía encima del animal tan copiosamente que lo cubría con rapidez, ocultándose del todo su cuerpo, bajo el barrizal que se formaba al mezclarse el agua con la tierra de la jardinera, para rápidamente volver a emerger robusto y hermoso, pero sucio y dormido. Yo lo miraba desde el balcón enrejado. En un principio no se me hizo fácil identificar la figura amorfa sobre la que tan insistente y unánimemente llovía. Parecía algo naciendo de la tierra. Primero creí que se trataba de Sputnik, el ñame florido que mi hermano y yo, un tiempo atrás, habíamos sembrado allí en nuestro apartamento de estudiantes en Santa Rita, y que ahora, después de tantos años, brotaba inmenso de nuestra jardinera como de una colosal cornucopia. Pero no, era simple y llanamente un perro amansado por el sueño de la muerte, sobre el cual, incomprensiblemente para mí, llovían galones de agua. Me pregunté si tendría dueño, y en qué momento, antes de yo salir, habría llegado a morirse allí.

Pero desde adentro dicen mi nombre. Me devuelven a la realidad en la que he perdido mi computadora y la estoy buscando en el lugar donde creo que la dejé no sé exactamente hace cuánto tiempo. El reloj marca las 3:00. Si fuera Viernes Santo, diría que es una fatídica hora y que, en efecto, el velo del templo se ha rasgado en dos, de arriba abajo, abriéndose una otra dimensión que antes nos estaba vedada. Pero como es un día cualquiera de finales de octubre, sólo puedo decir que es la hora del café, e intentar tomarme uno. Por suerte, aparece el joven barista, es él quien ha dicho mi nombre. Lo miro a los ojos y tardo en reaccionar, porque ya no distingo entre el sueño y la vigilia. Me pregunta si quiero azúcar. Respondo que no con la cabeza. Vuelvo a mirar el reloj, mas esta vez no alcanzo a ver los números. Sólo veo el azul de su esfera tiñéndolo todo. Decido, entonces, ya como de costumbre, sentarme para seguir escribiendo mi tesis sobre un bohemio triste que murió ciego, loco e indigente hace más de cien años. Hago el ademán para agarrar la mochila que siento colgada del hombro, pero no doy con ella. Recuerdo entonces qué hago allí. El corazón se me hiela. Intento preguntarle al joven si de casualidad alguien le ha entregado una computadora, pero supongo que tardé demasiado, se ha ido. Miro a mi alrededor, todos cabizbajos parecen seguir enterándose de todo menos de lo que ocurre frente a sus narices.

La distracción. La huida. La mentira. La omisión.

Yo tiro un cable a tierra. Intento que mi pensamiento deje de escabullirse entre los recónditos recovecos de mi mente, entre los recuerdos del pasado, entre tanta ensoñación, mas últimamente no lo consigo con la facilidad que desearía. Miro a la pared del fondo donde hace un momento colgaba el hermoso reloj plano de esfera azul, buscando hacer «ground» con mi realidad, pero en su lugar sólo encuentro una ventana por la que se asoma una niña con un perro color marrón. Le sonrío. No me devuelve la sonrisa. Tiene la mirada perdida. Parece ser, como dice el bohemio sobre el que escribo, «esa cosa terrible que se llama un niño triste». Me rasco los ojos para volver a mirar y confirmar lo que veo. Encuentro tierra en mis dedos. «¿Puedo ayudarte?», por fin alguien pregunta. Sí, respondo; lo he perdido todo y necesito recuperarlo. Busco la mirada de la niña, la del perro. No hay reloj ni ventana en la pared gris del fondo que empieza a derretirse: violeta, azul, blanco. Polvo por todas partes.  Los cibernautas levantan sus cabezas de la pantalla de sus celulares. «¡Una bomba!», dice uno. «¡Dos misiles!», dice otro…

Despierto tosiendo. Más se ha perdido en la guerra, digo yo.

 

 

En Reserva-It’s just like Tulsa!

: Killers of the Flower Moon (2023), Dir. Martin Scorsese
Especial para En Rojo

 

En Killers of the Flower Moon (2023), Martin Scorsese escenifica parte del Reino del Terror, un capítulo trágico de la nación Osage, expropiada y explotada históricamente y desplazada desde Kansas a Oklahoma, donde compraron unas tierras de poco valor agrícola que resultaron, por suerte, ser ricas en petróleo.

A principios del siglo XX, tras resistir un impulso de parcelar la tierra y sus recursos, el gobierno federal reconoció la tierra como propiedad colectiva de los Osage y otorgó a cada miembro de la nación una acción, llamada headright. A través de un fideicomiso federal manejado por el Bureau of Indian Affairs, cada miembro recibía una porción de las ganancias que generaran empresas privadas mediante la manufactura y venta de derivados del petróleo. En poco tiempo, la comunidad se convirtió en la nación más rica (per capita) del planeta. En 1921 cada acción tasó en un valor $12, 277.81 anuales, o el equivalente a $211,116 anuales hoy día. Al momento, se estima que aproximadamente un cuarto del capital Osage ha terminado en manos ajenas.

El Reino del Terror no tardó en manifestarse. Desde el inicio, el gobierno federal determinó que muchos miembros de la nación Osage eran incompetentes para manejar su propio dinero. La violencia atroz que luego se manifestó en la comunidad había sido codificada e instituida desde el paternalismo racista del Estado estadounidense.

Aunque estos detalles se manifiestan en Killers of the Flower Moon, el argumento de la película se centra en la conspiración asesina que terminó con la vida de aproximadamente medio centenar indígenas durante las décadas de 1920 y 1930. En estos años, estadounidenses blancos, en su mayoría hombres, conspiraron para casarse con mujeres Osage, asesinarlas y apropiarse del lucrativo usufructo de sus tierras petroleras. Así fue el caso de Mollie Kyle, cuya madre, Lizzie Ne Kah Es Sey y sus hermanas, Anna, Minnie y Reta, fueron asesinadas en un período de menos de cinco años.

La película pone en escena cómo los esfuerzos de una Mollie (Lily Gladstone) secretamente envenenada y moribunda, desataron una intervención federal que descubre a su marido, Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio) y su millonario tío ganadero, William Hale (Robert De Niro), como autores de la conspiración. Sin duda, estamos ante un buen candidato para el magnum opus de la filmografía de Scorsese. Planteo, además, que la película podría considerarse entre las mejores entregas del cine de horror contemporáneo.

Reta Kyle era la última hermana sobreviviente de Mollie. Su hermana mayor, Minnie, había muerto de una misteriosa enfermedad degenerativa. Al igual que muchas otras muertes en la reserva indígena, su muerte no fue investigada. Su viudo, Bill Smith, se casó con Reta poco tiempo después. En 1923, William Hale, Ernest Burkhart y otros colocaron dinamita en la casa de la pareja. El asesinato de Reta Kyle aseguraba que la única heredera de las tierras petroleras fuera Mollie Burkhart, sobrina política de Hale. La escenificación de la explosión provee una de las escenas más aterradoras de la película. Poco después de que el estallido sacudiera todo el vecindario, se escucha una voz en off gritar “it’s just like Tulsa!”, refiriéndose a la masacre racista contra los residentes negros de la ciudad en 1921. Los sujetos colonizados sienten a flor de piel las reverberaciones históricas de genocidios etno-nacionalistas que jamás han conocido justicia. Los sujetos colonizados se sienten caer en un vacío. La memoria de otros dolores emerge como único referente del que asirse.

Una toma cenital captura a Mollie y sus hijos resguardados en el sótano de la casa luego de la explosión, mirando hacia la puerta que da acceso al nivel superior, donde Ernest (DiCaprio) le anuncia la muerte de su última hermana. El grito desgarrador de una mujer racializada y asediada por bombardeos queda como única evidencia de la violencia del colonialismo de asentamiento. Sobre el pueblo se posa un velo de misterio que, repentinamente, hace incapaz a los aparatos represivos del Estado de investigar incluso los más crímenes más atroces.

El horror alcanza su máxima expresión en una toma que, a diferencia de las otras, no contiene los referentes sensoriales comunes que asociamos con el afecto del terror. La violencia no se manifiesta en la abyección de cuerpos indígenas mutilados, o de mujeres asesinadas. Más bien, toda la violencia sistémica se reduce a una especie de retrato de sociedad. Mientras los investigadores federales presionan a Ernest Burkhart para que testifique contra su tío, el abogado de defensa interviene en los procesos judiciales y lo cita a una reunión. Cuando llega a la cita, abre la puerta y se encuentra con una muchedumbre murmurante, reunida en la oscuridad. Toda la sociedad blanca de Osage County mira fijamente hacia la cámara.

Se levanta, momentáneamente, el tupido velo que corremos sobre los crímenes fundacionales de esa civilización que llamamos “nuestra”. Sus muertes no fueron investigadas. Sus nombres quedaron sepultados en Grey Horse; en Tulsa. En Gaza.

En la sombra conspiran quienes insisten en un mejor y más próspero porvenir. Aguardan, intuimos sus miradas fijas, sus labios sellados ante nuestra inoportuna presencia. A estas alturas, ¿a quién han convocado? ¿Qué significa para nosotros ese pálido fulgor en la penumbra?

 

María Mariosh

María Martins

Reina María Rodríguez

“Miro a través de la plantita sobre el alféizar de la ciudad hacia las altas torres como libros, entrechocándose voraces

el río centelleante, fluye corroído,

el intrincado puerto y el mar, las guerras, la luna, los planetas, todo lo que puebla el espacio

en el sol visible, invisible…”

Muriel Rukeyser

 

María Mariosh es el nombre de un barco que vi anclado en la bahía de La Habana. Recordé, aquel envuelto en neblina de la película, “Desierto rojo”. Desde entonces, María Mariosh se convirtió en una vocecita: esa mujer que empato con la María Martins, -amante de Duchamp-, la escultora que inspiró “Dados”.

No sé por qué, al leer sobre ella y ver sus esculturas, se emparentaron: la mujer inventada y la mujer real. Y me dio pena desechar esos poemas con nombre de barco y de mujer; deshacer zonas frágiles en algún sitio oculto. Allí, hemos convivido. Aunque, las pretensiones posteriores (más antropológicas) se vean ahora tan simples o más, que el misterio que las envuelve. “Ellas eran el cuerpo perecedero y tangible; el alma pájaro (soplo que retorna tras la muerte…) la imagen Ka o doble cerrado en el retrato y en la estatua; la sombra que sigue los contornos del cuerpo…y, en fin, el nombre que contiene lo esencial de la persona -dice, Raúl Antelo, en “Duchamp en los trópicos”.

Como en “Compañía” de S. Beckett, esa voz me persigue, ofreciéndome la imagen de lo que no se ve. María Martins la vio: “Ella vive en el fondo del río en un palacio adornado con piedras preciosas y cubierto con flores raras…Ella es la diosa que envía la noche al mundo, para que la luz del día no dañe sus ojos…Ella tiene la crueldad de un monstruo y la dulzura de una fruta salvaje…Ella continúa viviendo en la tranquilidad en el fondo del armario.” (De, María Martins, “Amazonía”, NY, 1943).

Con “un toque de escritura por el cual el cuerpo es “excrito” en el discurso”-ha dicho, Jean-Luc Nancy.

Está saliendo un barco negro lentamente,

se mueve contra el agua sobre los arrecifes.

Va cargado de hombres

que han visto siempre el mar oscuros también como la proa. María Mariosh ¿quién eres?

¿Una mancha de sal?

¿La posibilidad de algún verano?

¿Hastío, consuelo, símbolo?

Te llamo, pero solo aletean las gaviotas y los hombros de los marineros convidándome

a otras noches oscuras.

Y ahora dime…gime al oído fue una ciudad con puerto.

Los nombres de sus barcos profundos anclaron alguna vez aquí.

Nombres raros con esmaltes muy fuertes y encendidos.

Estábamos rodeados de horizonte y de agua,

porque los puertos permiten olvidar y recibir: olvidar y volver.

Fue una ciudad con puerto

donde ya no se ha ido ni ha vuelto nadie más. Una niebla permanente cubre la tela de fondo todavía azul y humedecida del invierno

y el descolorido ondear de las banderas agujereadas por la sombra.

Si antes fue un límite cuando salías a mirarlo y correr,

ahora es solo la apariencia de un límite el sonido de las sirenas muertas

que ya no suenan a través de ti

ni se confunden ni te llaman.

¿Pero en dónde está el puerto?

¿Y los barcos?

¿Y el faro?

¿Y los hombros de los marineros convidándote

a otros puertos oscuros?

Mi amigo estaba lejos y no había luna.

Ni siquiera el resplandor de un cigarro para encender la noche.

No podía comunicarme con él, porque la temperatura en mis dedos ya era otra.

Mi amigo se congeló en su pisapapeles, porque tenía miedo.

No era un buen navegante ni un monstruo,

solo un hombre que le teme a lo desconocido.

Pero sé que, volverá,

al único país posible entre nosotros: la amistad

color del iris medio-pez medio-humano

de sus ojos.

Llegó con la sonrisa de siempre intacta, pero sus ojos ya no sonríen:

juzgan.

La conversación fue un disimulo sobre otras conversaciones: “pasada por agua”, la llamaría.

No dijimos nada

sobre el tiempo que nos queda ni cómo hemos resistido, tampoco.

Lo vivido es peso muerto sobre mí sobre él, otra alegoría

que no envidio.

Miraba las paredes corrugadas, el polvo de las telas de araña: “cuadros abstractos” –dijo, señalándolas.

Libros apilados entre ladrillo y ladrillo

unos sobre otros, esperando su turno:

creando una nueva separación,

un muro.

Así pasaron horas de observación recíproca

sin nada digno que decirnos. “Esta es mi choza”, pensaba al verme escrutada así, mientras él me definía

con una vieja presentación como si fuera: “su hermana”, le dijo a su hijo que no merecía aquella mentira.

¿Qué tendrá que ver esa vieja con mi padre?

-se preguntaría.

¿Cómo explicarle con un dulce

de fruta bomba hervida en la boca, cuánto lo había querido?

Dormí sin parar muchas horas…

Sobreviví

Sobreviva sin saber cómo a la mañana siguiente, con viento de un domingo

que me hiela las costillas todavía, me pregunto:

¿Cómo aguantar veinte años o un segundo más?

Idolatría

 Ella se vestía, se desvestía

-aunque siempre lucía mal por mucho que se arreglara-, no tenía su cuerpo otro lugar que no fueran palabras:

roces de los dedos sobre el piano, desolación en los labios

y ansiedad

-indiscreto baja un diente que se cae solito (como la vida)

partiendo una tecla-,

¡ridícula!

Ella lo miraba cabalgar hacia atrás.

Él la mortificaba y se reía

con sus dientes perfectos,

de aquel destartalo que había sido su vida.

Ella y la pobreza:

las matas con hormigas,

el techo llenito de comejenes;

un laberinto en la cama

obsesionaba

donde se obsesionada por ser diferente y callada.

Comprendió que es mejor esconderse y fingir que estaba feliz

mientras él revisaba fotos:

la suya con traje de graduación;

la de M con títeres en el Parque Central;

la de P abrazados bajo un árbol del Vedado. “A ella le gustan las fotos”,

-le explica al niño- que mira una por una, su colección polvorienta.

“Quiero que se vaya cuanto antes” pensó, aunque no se lo dijo,

pero puso la escoba con sal tras la puerta: la vida tras la puerta en señal de despedida. “Que no revise más mi agonía”

-gritaba por dentro.

 

Todavía usa pulóveres de oruga rayados

y un móvil que no deja de sonar, mientras mueve la cabeza afirmativamente

aunque esté negándolo todo por dentro.

 

No trae portafolio ni abrigo,

 

pero es el mismo tecnócrata de siempre.

El niño se entretiene,

quiere robar dulces al Elegguá. Mira por encima de los cimientos,

una columna rota que algún día se desprenderá con desconfianza sobre quién era ella,

sobre quiénes fueron alguna vez los dos: se asusta mucho

y se lo lleva, corriendo.

Made in china 2046

 El presente es peligroso

como dos oscuridades entre un antes y un después:

a la salida del cine ¡un apagón!

Antes de entrar a la película ¡otro apagón! Pero aún estoy dentro de aquella nochevieja cuando nos despedimos ¡noche mala!

Salimos a tomar unas copas y desmenuzábamos un pollo como buenos amigos de bar.

El tiempo de la película es mi vejez. El túnel que me puso en esta butaca alejada de ti.

II

Una lágrima baja por mi cara

en la oscuridad: “te amé, no te amé…” De eso se trata, de los inconvenientes

entre la libertad

y el querer.

¡Pero no soy libre

y tampoco tengo querer! El presente es peligroso como dos oscuridades entre un antes

y un después.

III

Durante la película tuve un sueño contigo.

Cuando otros se hundieron en sus butacas

tu cumpleaños fue lo que recordé.

Si pensé en alguien

y todo se volvió presente fue ese presentimiento de estar en ti, sin ti,

en la pantalla que no nos devuelve: manos y bocas,

besos desprendiendo pintura carmesí: despedidas

anillos guantes negros olvidos

-música de Nat King Cole-

y rencor

¿es lo que tengo?

Ella se pinta la boca

o el espejo se pinta la boca sin nadie más a quién besar.

La boca de tantas posibilidades, ahora, cuarteándose.

Ella busca su historia detrás del espejo mientras sus ojos se pierden húmedos, sin compás.

Ella vuelve a mecerse en la hamaca cómplice

con su pucha de flores silvestres y él la mira desde otra estación: hace más de veinte años

o un siglo que él la mira.

Mientras ella se pinta la boca

y el agua se lleva flores amarillas que bajan como lluvia por su cuello.

Dado a que no soy una persona común me conformo con estar

sobre una cuarta línea oscura, donde aprendí de la culpa

y de la separación.

Esa trampa, un castigo de volar más acá, más allá, de no estar quieta

en el punto de fuga de otros cuerpos: dioses que profanamos

¿civilización?

Eres, “al que no se puede querer”, solo acompañarte

y despedirse de tu cuerpo que se ha puesto verde para que lo retoque como a un campo.

Tú sin saber que hacer conmigo, cabizbaja distante

encuentro sobre ti:

violetas muertas, frases extrañas

-amapolas confundidas que deberían estar ahora en un trigal no sobre ti-, con olor a pino muerto

quemado en otra vida:

¡ráfagas!

¿Con hojas de álamo quién me va a salvar?

¿A quién espantarán sus espíritus deformes?

Quisiera romper esa barrera y comunicarme

con un número armónico, un solo acorde que despierte para consolarme,

cosas inmóviles.

Este aire malo tiene sus locuras y la broma de vegetar

con este día espléndido,

pero no es el ocio quien me condena ni el cristalito por donde miro

mi cono de luz.

Hay que tener cierto grado de frivolidad para salvarse de la rutina

que da una nota pervertida siempre

-aunque ese bichito loco del sexo te inunde-,

no me voy a contentar.

Me cuesta verlo aparecer, desparecer

recostarse como un caballo cansado.

Doblar la nuca

-la soledad de su nuca-, mirar y volver a mirar

hacia donde el agua está gris y nieva.

Entonces, quisiera ser un ave y posarme en su espalda

con la boca mordida, húmeda de otros seres.

Si yo fuera pájaro o pez me perdería

bajo el sonido de una flauta oculta para dormir nada más,

para estar quieta (definitivamente mía)

cuando el río está por desbordarse y negarme otras corrientes.

Si no me salvas,

voy a parar al remolino.

 

 

 

 

 

A remover trozos de hielo, a flotar

sobre las piedras como las truchas debilitadas

después de haber puesto los huevos:

la sensación. A flotar contracorriente

-las escamas empobrecidas, todavía débiles-,

con la energía de haber vivido mucho tiempo en el fondo.

 

 

 

Por el terraplén

 

llegó un joven vestido de granjero y en la casita

donde hay un pozo inofensivo

 

-que parece un pozo,

pero que no es inofensivo-, sembró un árbol

con olor a azahar de naranja.

Por el terraplén hacia la única vía donde una carretera

lleva el nombre de otros muchachos desaparecidos.

Un hombre pequeño y moribundo

que está solo, agoniza

en el marco de un cuerpo que se pierde en su cenit y no es un cuadro.

¡Oh, Marcel! no traigo un sombrero a lo Rembrand

ni un ramo de violetas sobre el pecho.

Camino por una ciudad de puertas con mendigos y al oscurecer no me inquietan las estatuas.

Por un momento

el fugaz esplendor de un mundo muerto en cada pincelada me inquietó,

en el sonido de esa licorera verde al chocar contra mis dedos

cuando el sabor me reveló tu presencia.

Nunca perdí la sangre fría

y supe que alguna vez tendría que encontrarte bajo esa luz de insomnio

que aparece un instante y nos delata.

Hoy puedo extraviarme en la punta de una aguja y ser dueña de ti,

de otros seres.

¡Oh, Marcel! no traigo un sombrero a lo Rembrandt

ni un ramo de violetas de Parma.

Un insecto planea

hasta caer sobre mi cabeza. El cielo no es azul,

aunque tal vez lo sea.

Las nubes son trampas costosas, simulaciones.

Los océanos como mi mente por encima del césped, laten.

La tierra y mi cuerpo, un campo destruido

por cataclismos, página o cáscara: infieles.

¿Las viste esta mañana,

cuando sentir la luz en el espejo era tan necesario como respirar?

No son blancas… ¿amarillas, azules, verdes? Hoy, ya no eran lo mismo.

Blanco plomizo el armario desprende de su negro carbón,

el polvo acumulado por la imposibilidad

-de sentir-, cuando me veía atrapada sin color -con dolor-,

y sin nubes.

para E

Una esponjita triangular, un creyón transparente con sabor a melón.

Una libreta con gatos

-parejas de gatos- juguetones, para marcar con una cruz junto a los aniversarios.

Un perfume en cristal (aguado) contra todo dolor:

la pasión de su esfera líquida, movediza

y perfecta.

Con esto quisiera salvarte del mal por el que sufrirás

-tanto como he sufrido yo-, la indiferencia.

Aunque con la esponja hagas la máscara

y luego, vuelvas a embarrar con “tizne de lágrimas” unas malas metáforas.

La Venus de Willendor no tenía cara

y las mujeres buscando semejanza

se tapaban la cara con un paño negro.

Hace tiempo me veo un solo lado de la cara

y quiero romper la mitad del espejo para estar completa

sin haber visto,

la parte de una cara que se pincha y ya no sangra:

la parte de la rabia.

Mientras espero a que regreses para salir completa

como un ser humano.

Muevo la cabeza para sacudir su tristeza

y mantenerla en equilibrio

-precario siempre-, como el de la bailarina

haciendo su can can en el cabaret o la otra de Degas

con su cara fea en la postal.

Pero, mi cámara sigue a pesar de todo, recogiendo material subversivo: esculturas chinescas que saltan

entre rojos cortinajes que antes fueron monumentos para la pasión

y ahora solo cumplen

la pobre diferencia hecha, entre una bailarina mala y otra algo mejor

dentro de una pecera donde viven encerradas, huyendo

del dolor de un aire malo sin la pasión adentro

y otro peor afuera,

donde uno no puede elegir.

II

Pero, la muchacha de la barra parece un pez por el lado opuesto a la pecera.

Baila en la punta de su pie dorado para que admire su flexibilidad.

Es solo una foto brillante,

un deseo de morir al pasar la hoja

-el envés-, desde ese lado oculto a su belleza,

a través de un aro rojo flotando

detrás de un cortinaje.

Ser una estúpida me puede costar toda la vida

y de eso se trata,

de morir por estupidez. Irme muy lejos,

saltar de esta vulgaridad o seguir regida por ella, desposeída

sin nada a que temer, temiendo.

Everglades que parecen angustias sin forma ni destino pasan a mi lado,

rocas frías al fondo que me pueden matar y el silencio

choca contra el vapor de la escritura voluminosa

y sin forma

donde me acomodo a esperar un estallido.

Pero en mi postal,

la nieve cubre el suelo

y estás vestido de esquimal haciendo un iglú

para protegerme de los osos. Viejo por honda sip -como antes- y llego a pesar de todo,

al saber que el oso por fin me devorará, al final de este viaje y no será más,

que otra forma oculta de sugerencia.

Es un cúmulo de montañas y un cielo como cualquiera donde me parapeto

en la postal corriente, mirando carruajes

que pasan con su trotar parejo petrificando

en la tinta helada de mi mente una paz inquieta:

la memoria de aquellos hombres apasionados

con sus mujercitas pálidas en las películas.

Porque, donde está Kiev

-donde estás tú-,

la tierra sigue helándose mucho tiempo después.

Las noches de enero son frías, pero a pesar del clima caminábamos contra esa frialdad apretados del brazo.

Subíamos la cuesta,

y ya no volvería a caer aquella nieve fina sobre la estatua de Pushkin

ni estarían repletas las estaciones del metro. He despegado otra loza sin querer

-piedra de mi muslo-,

esta mesa de azulejos ostenta sus desprendimientos.

Así la hicimos, así,

para que al desprenderse saltaran con la respiración, al humo mis alucinaciones. Noche de enero,

bre-ví-si-ma.

La estrella polar como brújula en el cielo de la mesa,

su atrevida luz que asoma si abro la ventana distante.

Se ha despegado del espacio roto con su infinita manera de volver, cayendo

ahora quemando mi muslo otra frialdad.

II

Ella estaba escondida en la nostalgia de quien creíamos ser entonces.

Demasiada inmediata realidad. Al tocar esta piedra solo yo,

–y con mucho trabajo – logro distinguir qué color aparece:

tibio, macizo, prieto… No recuerdo si es mía o alguna vez fingió

esa posesión que distingue su apariencia del resto:

época extraña dilatándose al despegarse después, completamente.

Punto de fuga

 Como en la película, manchando con nieve el cristal        la boca con el ahogo del frío manchando el cristal    el banco bajito y las palomas sin miedo

increíbles palomas frías sobre tu cuerpo desnudo como el invierno picaban

tu cara mientras pasaba la película

la ilusión de creer que estaba allí contigo salpicada la boca en el cristal

contemplándote húmeda de otros recuerdos pero limpia de otros seres aquellos que sabían

que nuestro encuentro era definitivo y lo demás una mentira de la civilización la otra verdad

eran mis botas congeladas frente al palacio de Catalina los dedos muertos hasta volver a temblar

al contacto con los tuyos: una peregrinación

no me digas que fue mentira  no me digas que fue

una visión tu mano en la mía deslizándose dentro del abrigo no llegó la guerra -ahí están los cuadros inmutables-;

no llegó el olvido que pudiera vencernos ni el aprendizaje de la separación

ningún castigo humano nos fue impuesto por dioses

que desafiamos en el cristal donde la boca húmeda y sin previsión

nos indicaba aquel juego en el que creíamos como en una película.

Esta noche me he recogido el pelo para parecerme a una estatua egipcia y he puesto varias veces:

“Nuestros años felices”,

pero los vidrios de las ventanas siguen rotos.

Me tambaleo en el sillón

hasta que la frescura del maquillaje y de las flores se va marchitando… hasta que la luz me da otro color mientras llaman por teléfono

todos los equivocados del mundo.

 

Algunas veces fuimos como aquellas muchachas con el vestido prestado

y la impaciencia mirando a un muchacho persa: secreto en su oreja cómplice cerrada, pero abierta,

contra un punto de oro donde cae la maldad, dicen:

imprudencias cometidas sin querer contra el vaivén del pie, esa incomunicación que el avestruz dispone para una carrera ingrata desde la distancia.

Como ellas quedé sola, sin atrapar

entre luces de una familia

muerta durante una siesta intranquila aquella última Navidad.

El cortador con su máquina japonesa

vuelve a quitar la nieve bajo la hierba que saldrá. Vuelve a recortar el parque, a convertirlo en razón.

Una hoja pequeña y amarilla

cae en mi mano.

¿Cuál será el santo de los árboles? San Agustín encontró a un niño vaciando el mar y yo sigo aquí, intentando traspasar un parque

sin libélulas

que la velocidad detiene.

Mientras los niños y los viejos

se conforman con un parque: sus cuatro puntas imantadas de muerte.

Hoy solo podría tocar una campana y despertar contra las predicciones: hacer una oración con ceniza,

con sexo.

Yo confiaba y sabía

que alguna vez sonaría tu voz

contra la tradición de ser condecorada.

¿Quieres venir a cantarme?

¿A engañarme otra vez?

Tal vez voy a morir

y las mujeres cuando van a morir

les

quieren que alguien le cante al oído. Volverá el dolor,

tendré insomnio

y ya nadie podrá dormir tranquilo.

Ese inválido soporta

los cambios de la marea baja, su hundimiento

rodeado de agua y de mí: un pez que no sabe escapar.

El sol pasa sobre sus piernas rayos suaves

que marcan como agujas las horas: su inmortalidad.

Vino de una noche,

su hollejo en contacto con el fuego le confiere color al jugo,

dolor.

Vino de cosecha tardía líquido en su maduración, denso en la muerte.

Maniobras sobre un vino viejo cuando pasa insegura por él, la nostalgia.

Pétalos agrios, ácidos: vómito… “que sí, que me como esa flor”

–respondo con los labios prietos.

¿Eran margaritas húmedas por el rocío?

¿Eran lirios o Marpacíficos? Ya no lo recuerdo.

Ella asegura que lamí el polen sucio y la flor entró al pecho

contra el viento.

Ajada, me volví como ella porque, alguien traía otra flor

apretada contra su vientre.

Una flor turbia que otros bebieron: la flor de un vino agrio

y transparente

que probábamos juntas, la gata barcina y yo.

 

II

¿Cómo huir del romerillo que atraganta y duele?

¿Cómo huir del bochorno hasta este día ¡magnífico! pauta a seguir, atropello?

Dame esa flor disecada: el olvido

y ¡ampárame! de ese momento peligroso

-la grieta-, por donde se fugan: el abandono

y su desdén.

Malva

…quiero malva este verano…

Equivocada de estación -como siempre-, me siento en el café “Turquino”

del bulevar de San Rafael a pedir.

 

Un hombre mira los dibujos del brazalete que llevo enroscado al cuello.

Él tiene hambre -me dice-,

y subo los ojos hacia un toldo

que cubre el cielo elevando su pedido. “Mi dieta es naranja” -le aseguro-, cuando un lila volátil,

inconsistente

corta su barba gris de flores regadas a mis pies.

Entre ese hombre y yo, coexiste la conspiración

de un desafío impuesto en silencio entre el abismo de un parque al fondo donde están los desperdicios

que la saya poblada de flores minúsculas

sin desteñir aguanta

con su resistencia:

“fragancia …y más fragancia”

-piden los renegados a sus espaldas. Yo, con mi dieta sin pan

-él por fin come el suyo-,

rompo contra sus dientes lumínicos, mi abstinencia:

saltará también, después, otra naranja envenenada

-y tal vez, malva-,

 

de su pecho a mi saya.

Esta mañana pensé que salía con el alma puesta,

pero no era cierto.

Afuera el aire quería estremecer una mariposa en mi vestido pero no hallé su polvillo,

la satisfacción.

Comprendí que no había

más que un pobre roce común y que no era suficiente.

Soñaba con figuras de yeso que caminaban alrededor

de una piscina con sangre en Mariembad y por un día de asueto -de contemplación-, una vez más aceptaba los préstamos.

Si preguntaba al director

¿qué había querido lograr?

¿Cuál era su deseo?

“Nada o ninguno”, era su respuesta: solo la domesticación de aquel vacío con imprudencia.

¿No fue suficiente un malogrado deseo?

-se preguntaba también. Todo el tiempo en la escena

¡pura abstinencia!

Y ella intentó comprender aquella publicación de su alma que luego, extrañamente, había renunciado a saber.

II

Giraba tras un cortinaje gris claro hacia el alero.

Se vestía de negro

y recorría los techos, las desgarraduras: su perdición.

Después, el vestido tirado sobre la cama inmensa:

la desfloración con un broche turquesa.

Hoy cambia esta representación

por un gesto que la haya conmovido o que haya sido verdad.

III

Él fue hasta los jardines del museo Gustav Klim donde estaba aquel set

-donde estaba El beso-, y recorrió los pasillos

con árboles podados donde ella estuvo años atrás, escondida,

esperándolo.

La recordó con su vestido de terciopelo negro -le dijo.

No sabía aún por qué tenía que mentir así.

 

Bajo el agua nocturna había peces sonámbulos con leyendas y tesoros que nadie jamás encontraría.

Lo hacíamos con todas las historias navegables: ese lugar

en que tú me pintabas ser una muchacha querida,

y yo soñaba ser ella

en tanto espacio abierto.

Cuando nos adentrábamos

en el higo blanco de la soledad que nos esconde en su caracol cuyo alimento es la tristeza,

su impotencia sobre la arena que no nos defenderá

de otra búsqueda para protegernos en otra playa vacía,

insuficiente.

 

¿Me vas a hacer el favor de quererme?

¿El favor de mirarme como aquella vez con la pupila dilatada,

y yo entrando a tus ojos por el milagro de esa luz

que pide que construyamos algo resplandeciente

sin los límites del tedio?

¿Me vas a pedir que sea única, distinta?

¿Me vas a tocar la cadera

-próxima a la definición de lo eterno-, desierta

y caliente?

(segunda versión)

Manchando con nieve el cristal. La boca con el ahogo del frío.

Manchando el beso con nieve

casi en el suelo, el banco: tu rincón, las palomas que no temen

frías como el invierno picaban mis dedos contra tu cara, los abrigos dispersos

y definitivos.

Mis botas congeladas frente al Palacio de Catalina. Los dedos muertos para volver a temblar:

una peregrinación, la verdad.

No me digas que fue mentira,

tu mano deslizándose bajo el abrigo sin llegar la guerra ni la separación que habían prometido extender.

Nada me tienta tanto como perderme con mi saquito buscando

un capullo espumoso:

la hoja de la fruta bomba sin madurar, el árbol torcido

y su corteza húmeda al tacto. Dos hongos que se acuestan en el fondo de la cueva

“hecha para el sueño de los hongos”, dicen. Un caracol vulgar,

el único que solo es distinto por ser nuestro.

Todo aparece si buscamos juntos pero, a lo mejor,

todo esto fue una búsqueda ingrata creerme que era la razón de la primavera

¡aquel mazo de romerillos secos!

Las aves me atacan desde el horizonte: aves desplumadas, corvas, grises, pichoncitos que aún no saben volar por su irreflexión.

Los pájaros del miedo

de quedarse en ser pájaros, sobrevuelan también.

¡Los ojos ya no pueden sacármelos! Pero mi corazón atado al fondo también es un pájaro solo

y terrible.

Dentro de mí se han reventado criaturas difíciles de comprender obstinadas en volar.

La muchacha de al lado pregunta,  que si estalla la guerra a dónde llevará sus pajaritos.

Me conmueve su ingenuidad:

una muchacha corriendo en medio con su jaula de pájaros.

A lo mejor los suelta

para que sean libres un segundo antes.

Así estarán mis abejorros,

un segundo antes de volar también.

 

En el submarino

bajo los peces blancos, en la barcaza irreal

donde quedó la Atlántida:

todo agoniza.

La arena apta para el sacrificio

hace juramentos entre conchas plásticas alrededor del cuello del cernícalo.

Hacia el oscuro fondo

donde van a morir los barcos al contagio de la niebla

y la radioactividad donde no nos encuentren sumergidos,

distantes.

Está contra mí, pero nadie lo sabe.

Los otros serán ángeles pervertidos por las consignas. Bajo la tela gastada del pantalón y mi brazo izquierdo

algo que los demás ni sospechan y yo acepto:

un deseo congelado contra mi hombro creciendo

libre de impuestos.

 

Sacó una carta del pozo ciego donde jugaban a las cosas ciertas cuando uno está desesperado

y lo soporta.

Sacó palabras como trofeos

y otras: vagas palabras moribundas, con musgo.

Estaba buscando esas flechas, sus puntas ásperas

y la afilada percepción.

Tuve un hijo de otro, pero contigo y tú vas a tener un hijo tuyo

que nunca será nuestro.

La esperanza era una palabra maldita en aquel juego,

una hoja que amenazaba con su repetición de caer, caer

y embaucarnos para toda la vida.

Sacó palabras que tampoco resistieron

la tentación del olvido.

No entraremos a este mundo escéptico ni me vestiré de blanco organdí

con la cabeza rapada para recibirte. Habremos envejecido o habremos muerto sin rozarnos siquiera:

como la cola del cometa

que apenas se vislumbró desde aquí.

 

Engaño de luz lejana

 

con apariencia de arabescos que no iluminan ya,

su día más próximo a la tierra con la resurrección.

Mis árboles están secos, no obstante, el azul invierno disimula su aridez. Las bolas empolvadas,

sin color ni razón cuelgan al viento y desaparecen

sobre bancos de viejo pino quemados, donde nadie se ha sentado

en muchos años.

 

Los pájaros jóvenes intentan animar una vez más el espectáculo,

pero no habrá felicidad, comedia ni tragedia.

Paso el paño por el alféizar y miro los tejados vencidos, la última Navidad por venir.

Alguien se va sin dejar:

“una ramita de añoranza” –dicen las cartas.

Encima de otras azoteas toman sol las vacantes y aves de rapiña.

Debajo, aquellas que no supimos poner la cabeza sobre bancos desiertos -sotas de basto-,

pagamos el precio de la indiferencia con hastío.

Ellas, arriba, con el oro encima, no pueden advertirlo.

Alguien se va entre espadas

que todavía dudan -de mis lágrimas-, por su velocidad.

Hay imágenes que recogemos cuando por la ventanilla sin detenerse

las arrastra el viento antes de que escapen y desaparezcan

a más de treinta segundos -en la conciencia-, dejándonos rostros sin tocar ni elegir,

solo apariencias.

Pero, todavía, uno insiste y las observa sin saber

que quizás se fueron entre ellas: el rostro de Nerval

o la mirada triste de Baudelaire. “Porque el movimiento de la mano en el tiempo refleja,

el movimiento del ojo (y de la vida)

en el tiempo” -ha dicho ella.

Bajo la colcha -incluso, sin lámpara-, mi cuerpo no es el mismo,

no simula ni finge ya.

Tocas todo cuanto hay: su irrealidad. Y te imagino, un príncipe que viola a su amada en el castillo.

¡Qué triste, no hay castillo!

Y la madera cruje porque el cuerpo no está.

II

Pero, el príncipe era un viejo cuyo olor a nuez moscada había cambiado drásticamente por olor a polvo macerado,

a insinceridad.

Su cabeza se había reducido

y los ojos más hundidos que nunca

sin diámetro ni bondad habían perdido su demarcación precisa.

Aunque algo quedaba aún

de aquel muchacho en el deseo de ella, enclaustrado en otro lugar

que no era cuerpo ya, donde puso su boca

y las manos cansadas de esperarlo cuando la espuma con su estela indecisa

cortaba sin remedio:

un antes de promesas

por un después de banalidad, separándolos en dos pómulos -como se corta el agua cuando un barco pasa

y la atraviesa-, hacia esa franja no dicha de persuasión en la mitad exacta

-como si la otra escapara también de su presencia-, hacia la noche.

 

¿Qué palabra en tu axila,

será lamida por él sin ser contagiada?

No habrá príncipe que no sea una fabricación tuya,

de princesa, lo sé.

Ninguno lamerá hasta el fin aunque sepas verter con paciencia el zumo de tu frasco en la sábana.

No sé por qué te doy estos pocos consuelos mientras cierro la gaveta,

la boca -y la página-,

entre los restos de un país de madera vulgar donde no queda nadie más que ese vaho que no te deja sentir pasión ya

-solo hay rencor-,

y no encuentro nada más que dar ni qué pedir.

Dejé al hombre de mi vida, porque fue el hombre

de mi muerte.

Dejé la sensación húmeda de su boca entre los dedos. Me permití despedirnos así, en un párrafo inconcluso

y mal contado después porque,

¿en qué otro lugar podría hacerlo? Lo dejé como se deja un deseo dando vueltas en la cabeza, porfiado hacia el presente

lejos de aquel bosque escarlata.

Y lo dejé morir como se muere un reno con sus enormes cuernos blancos atravesando la carretera en silencio

por su belleza imposible de alcanzar.

¿Quién dijo que el tiempo era irreversible? Rígidos los antebrazos,

doblado el mentón

sobre la boca que succiona un pecho, se ha encogido

perdiendo la sucesión del pasado, la expresión del presente.

Ella es de nuevo un feto y tú la alimentas:

le cambias el pañal, la complaces.

Tu madre se ha convertido en hija regresando a una tierra fatal (fetal) infantil.

La fiebre altísima no quiere bajar ya con nada,

y muere de su resurrección aparente.

Atrás, las anémonas de invierno, las aspiraciones.

No habrá necesidad de fingir ya

si llegamos al máximo fingimiento

de ser fetos de nuevo.

El cabo de la mar

 Soñé que me abrazaba a la estatua y la estatua de rostros fugaces fingía guarecerme

y ¡mentir!

Me desperté con vacilación

¿por qué volver del deseo a la renuncia una mañana más?

He provocado un viaje hacia atrás y quisiera ser joven como ella:

la María Martin de Duchamp y tener confianza.

Pero el cabo de la mar no tiene sitio prudente para estos huesos

ni mapa solaz que brindarme en la vejez, aunque mi pulso sepa que seguirá embebiéndose:

me levanto estatua y me acuesto

entre escombros que amé.

No hay cabo de la mar para este barco hundiéndose poco a poco,

aunque pretenda todavía

doblar sitios que veo desde la proa iluminados contra esa corriente

que lo arrastra todo hasta oír su nombre: María Mariosh.

Ni rescoldos quedarán tras de mí ni de ti, tampoco.

Muchacho con visera

 El muchacho con la visera hacia atrás mueve la pala

y echa cemento al muro, después se distrae

y silba.

Me mira de reojo

(yo me tomo un refresco helado de limón) y escribo sobre un movimiento

que ya no podré hacer:

flexión    reflexión  irreflexión.

Se sube al andamio y vuelve a mirar.

Perfecciona, retoca con las manos la pared y con un palo de madera moldea,

golpea

y sacude, sobrantes.

(Me siento entre los restos).

El cemento se pega a la línea de vellos que bajan hasta su cintura.

Cada cierto tiempo se distancia, sonríe

y silba.

Ve la obra que crece frente a él

y un polvillo blanco se revuelca alrededor, ocultándome.

Sobre un plato

en forma de concha artificial, cáscaras de castaña rotas en la noche despiertan.

Recogieron frialdad, esperanzas: ahora, fracasos.

El reloj atómico me devuelve el día con su puntualidad

y lo agradezco, pensé morir ayer.

¡Qué alegría!

Los carros limpian con chorros la suciedad nocturna

-las frases que se fueron al mar-, y las cáscaras vacías caen al cesto insatisfechas como yo,

pero vivas.

Cada día, se soporta un poco más de humillaciones -es increíble

la resistencia que tenemos-, cómo respiramos contra el humo de la fumigación

que lo ha inundado todo.

El camión ruge

y su mentira cala la piel

que no tiene protección ni velas.

¿Quién nos amparará?

Por eso, el mal, con su banalidad sobre puntas de alfileres

pincha el dolor de otro contra la indiferencia

sin que a nadie le interese tampoco cómo pasan los días -la inconformidad-, entre pequeñas sombras

a la que nos aferramos esperanzados,

de que llegará un “aire bueno”, contra un aire peor: la salvación.

Falta un abrazo que corte vertical,  la transparencia azul del cielo:

el aire de esos escombros

que recomponen poco a poco, su hospitalidad

para el día en que pueda reconstruir los hechos:

su conspiración, el tormento.

El arte no es garantía de cordura

-todo lo contrario-, es quemazón: diálisis.

Sostener esa gota de pus

por la que viví -él ya eres tú-, por ti desaparezco.

…sobre “La monja alférez”, de Thomas De Quincy.

Las monjas de mi escuela San Francisco de Asís

-un viejo castillo iluminado con falsa religiosidad-,

me amenazaron con coserme la boca si volvía a vomitar,

palabras.

Pero, el ómnibus donde pretendían cosérmela con una aguja oxidada por suerte,

aquel día se rompió y el castigo

no pudieron infligírmelo. Deseos de hallar trampas para quién la sobrevivió

o destierro de la monja que llevamos dentro. Pero no hallarán nada:

ni un veredicto ni un tablón,

solo reliquias que no nos amparan para llevar hacia el fondo un hábito y matar la inteligencia,

la razón

que no nos salvarán tampoco.

Si llego a descubrir

cómo el agua arrasó tu cuerpo, pondré un cuadro con mi rostro como si fuera el tuyo.

Porque hay réplicas y súplicas,

pero nadie sabe a ciencia cierta si eres tú o si soy yo.

Solo el espejo que simuló rescatarnos desaparece también bajo el agua

en cada página del libro

que finge un rescate salvador

-el precio-, por cada una de nosotras encerradas toda la vida en un convento, cuando decidimos como ella huir.

Si me miro al espejo veo una regresión, no un avance.

En el cuadro de Arcimboldo está el pliegue que observo no una profundidad,

sino un hueco o tal vez, una protuberancia: por ahí me escurro.

La que soy, la que fui,

pasan conmigo cantando bajito, de un lado al otro

y se revuelcan de dolor, de frío.

Pero, el labio tiene una mordida atroz.

La nariz un olor que se fue con la resaca hacia el paisaje donde vivo por un retrovisor que estafa al pasado, pero, sobre todo,

al presente.

para Enzo

Enzo está detrás del árbol protegido del sol

y esperando a los otros que corren por el parque.

Los observa desde posiciones diferentes.

Se va acercando con timidez

para encontrarse desprevenido detrás del árbol.

¿Qué hombre será cuando regrese y este día haya sido

otra larga aventura por contar?

para Eduardito

Son sirenas, escúchalas, pero vuelve a dormir.

asustes

No te asuste son sonidos que pasan.

Los muchachos van a jugar con los simulacros del humo.

Vigila ese nudo de tres brazos debajo y cierra la escotilla,

quema tus naves como indica el refrán. Es solo un bombero de metal apagado con su humo ficticio:

rojo y azul.

Si todavía confiábamos al subir

que las piedras rodarían cortando cabezas, habrá que adorar o qué decir

ante esa niña con sombrero de alas y ojos rasgados:

Hiroshima, la llamo.

Vienen sus padres a pedir consuelo, prosperidad, salud o nubes de pan abofadas en un cielo gris

sobre nuestras conciencias.

¿Nos darán adjetivos?

¿Nos darán la absolución?

Echábamos monedas sin pensar

que la realidad no es un paréntesis cualquiera, sino un boomerang

donde por desgracia todo se repite y arrastra.

Los pinos están secos

y los carros bajan a la carretera tras la blanca luz del invierno que no se quiere ir

para que la primavera cambie su sintaxis

y en el lago

renazcan entre las ramas de Durás, patos salvajes.

Al mediodía,

la isla se ha alejado de mí tanto que sin mapa la corto

del peso que carga sobre mis hombros y me obliga a seguir miserable perseguida por ella.

Soñar con una isla perdida es fácil, pero no a la que tienes que regresar sin saber hasta cuándo ni por qué.

El fondo de la pequeña taza de te se iluminó y el líquido me hizo beber, transparencias. Estar allí, dentro de su profundidad convertida en agua. Hace tiempo que no llovía así, tanto, que repiqueteara contra la porcelana ámbar. Cada espejo es esto: una detención del existir. Seguí mis otras vidas, todas diluyéndose al asomar sangre al fondo. Lo único que pido es seguir, consecutiva en otras bocas, sin la pertenencia fatal que mi mano sugiere al error. El fondo de la pequeña taza de té se iluminó en el fondo opaco de mi ojo y miré el extravío (estético) del ceramista y de mi vida, la ilusión, la confianza, con la que me asomé a todos los deseos trazando líneas vanas (líneas de escritura) y la vida pasando por entre esas líneas, construyendo algo que cada vez se aleja más de mi intención. Líneas que se han escapado de mi mano, en el asa de cerámica, es mi destino que no sostuve suficientemente. La nada de una representación me abruma. Sobre el pozo del té, las hojas vanas también del té verdoso dan una coloración aparente.

Membranas de tejidos prietos, oxidados; líneas que se disipan sin tocarse: entrecruzar de patas (al paisaje tampoco le importo ni a ti). Entonces, se ha derramado el té sobre su vestido de terciopelo negro y abre una franja al día. Allí, al fondo de la taza, en el mismo pliegue de antes, la resurrección: “Máscara dorada”. Compasión con el beber lentamente en el pozuelo que no tiene fin. Compasión con el bebedor de paisajes.

Composición a la vez, de aroma lejano, muerto ya de intensidad perdida. Mi padre traía una trenza de plata para el árbol (la confianza). Mi madre cosía su labor (la desconfianza). El tejido es equívoco siempre. Mi piel está escamosa en el vórtice del labio, disecada. ¿Con cuál objeto fingir? Remover la acción de una araña fina y muerta sobre el ámbar de la cerámica. Tanto trabajo disecarla y ahora, viva con la alquimia de

las palabras, de su boca y del color, se ha vuelto intransigente como yo. Como María Mariosh saltando de la baranda del barco-obsesión de su ventana. Como María Martins haciendo una escultura tras otra. Terminando así, una acumulación de frases mal dichas; de frases mal vividas, acumulando su pasión de insecto puro, de vagabunda en su resistencia de querer. Tal vez saldrá el anuncio esperado: “araña ámbar bebedora de té”, aunque su hilo tampoco fue un arte elocuente.

Correspondencia entre Einstein y Freud

Las correspondencias entre Albert Einstein, el renombrado físico inmortalizado por una foto con la lengua afuera -y, bueno, la teoría de la relatividad- , y Sigmund Freud, el eminente psicoanalista reconocido de manera caricaturesca por su falocentrismo-, abordan el tema de la guerra desde distintas perspectivas, enfocándose en la prevención de conflictos y el establecimiento de la paz.

En 1932, Einstein escribió una carta a Freud, consultándolo sobre la posibilidad de abordar la raíz de la guerra desde una perspectiva psicoanalítica. Einstein estaba interesado en entender las motivaciones psicológicas que impulsaban los conflictos armados y cómo podrían ser superadas.

Freud, en su respuesta, reconoció la naturaleza destructiva y agresiva inherente al ser humano. Sin embargo, señaló que el deseo de paz y el control de la agresión podrían ser fomentados a través de la educación y el análisis de las raíces psicológicas de la guerra. Freud también planteó la idea de que la civilización y la cultura podrían ofrecer medios para contrarrestar los impulsos agresivos del individuo.

Si bien Einstein y Freud no propusieron soluciones concretas, su correspondencia destacó la importancia de comprender las motivaciones subyacentes de la agresión y la guerra, así como la necesidad de abordar estas cuestiones desde un enfoque multidisciplinario que combine la psicología, la ciencia y la educación para fomentar la paz.

Además de Sigmund Freud, varios psicoanalistas han reflexionado sobre la naturaleza de la guerra y su relación con los aspectos psicológicos y sociales. Por ejemplo, Melanie Klein exploró la agresión y la naturaleza humana desde una perspectiva temprana del desarrollo infantil. Su teoría sobre la agresión y las ansiedades persecutorias influyó en la comprensión psicoanalítica de la agresión y su papel en la guerra y los conflictos. Wilfred Bion es conocido por sus teorías sobre el grupo y el manejo de la agresión. Bion reflexionó sobre cómo los fenómenos grupales, incluyendo aquellos en contextos bélicos, podían ser entendidos a través de la dinámica de los procesos inconscientes. Erich Fromm, aunque no fue un psicoanalista ortodoxo, se basó en conceptos psicoanalíticos para analizar la naturaleza destructiva de la agresión humana, abordando cómo la cultura y la sociedad influyen en el comportamiento agresivo y, por ende, en la posibilidad de guerra.

Hay en ellos una contribución a la comprensión psicoanalítica de la agresión, la violencia y la dinámica subyacente en los conflictos bélicos, aportando ideas significativas sobre la psicología de la guerra y su relación con la naturaleza humana.

Por otro lado, siguiendo la línea de la correspondencia entre Einstein y Freud, varios físicos prominentes han abordado la naturaleza de la guerra y sus implicaciones desde diversas perspectivas, incluyendo aspectos éticos, tecnológicos y sociales. El propio Einstein fue un defensor activo de la paz. Expresó su preocupación por el uso de la energía nuclear con fines bélicos, advirtiendo sobre las consecuencias catastróficas de una guerra nuclear. Einstein abogó por el desarme nuclear y la cooperación internacional para evitar conflictos armados.

Además, si bien no se centró específicamente en la guerra, Richard Feynman, un destacado físico teórico, abordó cuestiones éticas y sociales relacionadas con la ciencia y la responsabilidad moral de los científicos. Su enfoque ético y su preocupación por el impacto de la ciencia en la sociedad podrían extrapolarse al contexto de la guerra y la responsabilidad de los científicos en la creación y el uso de tecnologías bélicas.

No puede uno hacer una lista sin mencionar al más cinematográfico de todos los físicos de la historia, J. Robert Oppenheimer. Si bien ha sido rescatado para la memoria popular por Hollywood, es conocido por su papel principal en el Proyecto Manhattan, que llevó al desarrollo de la bomba atómica, Oppenheimer expresó remordimiento y preocupación por las implicaciones destructivas de su trabajo. Después de presenciar el poder destructivo de la bomba en Hiroshima y Nagasaki, se volvió un crítico del uso de armas nucleares y abogó por el control de la proliferación de armas atómicas.

Me pregunto si hoy, en medio de las carnicerías de seres humanos en Ucrania y en la Franja de Gaza, psicoanalistas y físicos se envían correos electrónicos haciéndose preguntas similares a las que intercambiaron Freud y Einstein. Me temo que no. O al menos, no son discusiones públicas, quizás escondidas por la banalidad asesina del periodismo corporativo.

 

 

Miguel Hernández: el poeta de la pasión social

 

 

Especial para En Rojo

Miguel Hernández, nacido en Orihuela, España, en 1910, se erige como uno de los poetas más apasionados y significativos de la literatura española del siglo XX. Su vida, marcada por la pobreza y las luchas sociales, se refleja intensamente en su obra, profundizando en la naturaleza humana y la condición del hombre.

Hernández, autodidacta y proveniente de una familia humilde, desarrolló su amor por la poesía desde temprana edad. Inspirado por autores clásicos y su entorno rural, comenzó a escribir versos que reflejaban su amor por la tierra, la naturaleza y una profunda preocupación por las injusticias sociales.

Su obra maestra, “Perito en Lunas”, publicada en 1933, marcó el inicio de su carrera poética. Posteriormente, la Guerra Civil Española moldeó su visión poética y social, llevándolo a un compromiso con la causa republicana. Durante este período, sus versos se convirtieron en un grito de lucha, expresando solidaridad, dolor y esperanza para los desfavorecidos.

Sin embargo, su compromiso político lo llevó a prisión, donde escribió algunos de sus poemas más conmovedores, como “Cancionero y romancero de ausencias”, que comienza a escribir en octubre de 1938 cuando muere su pequeño hijo. La cárcel se convirtió en un crisol donde su pasión por la libertad y su amor por la humanidad se fusionaron, dando lugar a una poesía aún más conmovedora y profunda.

Si me dieran a escoger un poema -tarea difícil- quizás me decantaría por uno de los más paradigmáticos, ampliamente reconocido y que refleja su sensibilidad poética y su compromiso social: “Elegía a Ramón Sijé”.

“Elegía a Ramón Sijé” es un poema que Hernández dedicó a su amigo Ramón Sijé, quien falleció prematuramente en 1936. El poema no solo es un homenaje a su amigo, sino que también se convierte en un canto a la pérdida, a la amistad, a la muerte y a la vida.

La emotividad, la intensidad lírica y la habilidad de Hernández para expresar la tristeza y la reflexión sobre la muerte y la ausencia hacen de esta elegía una obra maestra. En sus versos, Hernández expresa la profundidad de la pérdida personal y la desgarradora sensación de la ausencia de un ser querido.

El poema no solo destaca por su belleza poética, sino por la intensidad de la emoción y la conexión que establece con el lector, convirtiéndolo en un referente de la poesía española del siglo XX y una de las piezas más conmovedoras en la obra de Miguel Hernández.

Su temprana muerte en 1942, a la edad de 31 años, truncó una carrera literaria que prometía aún más grandeza. A pesar de su corta vida, su legado es eterno. Hernández encarna la pasión, el compromiso social y la sensibilidad lírica que resuena en cada verso que escribió. Su poesía es un puente entre lo íntimo y lo colectivo, entre la emoción personal y la lucha social, dejando una huella imborrable en la literatura española.

Miguel Hernández, el poeta pastor, el poeta de la tierra y la injusticia, vive en sus palabras, que continúan inspirando a generaciones con su llamado a la libertad, la igualdad y la humanidad en cada verso inmortal. Su legado persiste como una voz perdurable que nos recuerda la esencia misma de la condición humana.

La obra de Miguel Hernández trasciende el tiempo, siendo un faro de pasión y compromiso, recordándonos la belleza y la fuerza de la poesía como testigo fiel de la realidad humana.

 

ELEGIA A RAMÓN SIJÉ
.
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería.)
.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
.
.Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta
.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte
.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
.
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
.
A las aladas almas de las rosas…
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
.
(1 0 de enero de 1936)