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Julio Santucho: «La dictadura me quiso robar a mi hijo, pero yo lo recuperé»

Julio Santucho y Estela de Carlotto. foto página 12

 

 

Por Luciana Bertoia

La última vez que Julio Santucho vio a su compañera, Cristina Navajas, fue el 14 de junio de 1976. Él había sido designado como responsable de la política internacional del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y tenía que dejar el país por seis meses. Llevaban para entonces casi cinco años casados y tenían dos hijos: Camilo, de tres años, y Miguel, que todavía no había cumplido uno. Los tres lo habían acompañado hasta la terminal de Retiro, donde tomaría un micro hasta Sao Paulo para después seguir hacia Roma.

Julio Santucho, Cristina Navajas y su hijo mayor, Camilo. Gentileza: Julio Santucho. Pagina 12

En la terminal, Cristina estaba con Miguel en brazos y con Camilo de la mano. A modo de despedida, ella le reclamó una promesa:

– Una sola cosa te pido. Si a mí me pasa algo, tenés que llevarte a los chicos con vos. Que no se queden con tu mamá, con mi mamá ni con otros compañeros. Tienen que quedarse con vos.

– Pero, Cris, hace mucho que vivimos en la clandestinidad, y nunca nos ha pasado nada.

– Ahora es distinto –lo cortó ella.

Un día antes de que se cumpliera un mes de la partida de Julio, Cristina fue secuestrada. Estaba en el departamento de Warnes al 735 en el que vivía su cuñada Manuela Santucho. Otra compañera del PRT-ERP, Alicia D’Ambra, se estaba quedando con ellas. Todas fueron secuestradas ese día. Los represores dejaron en el lugar a los dos hijos de Cristina –Camilo y Miguel– y al hijo de Manuela –Diego–.

Cristina alcanzó a pedirle a una vecina que llamara a su mamá, Nélida Navajas. Cuando sonó el teléfono, Nélida solo atinó a preguntar dónde estaban los chicos. Por razones de seguridad, no sabía dónde estaban viviendo. Cuando llegó, escuchó los alaridos de los dos más chiquitos, Miguel y Diego, desde la calle. Camilo dormía.

Nélida encontró la cartera de su hija tirada. Allí había una serie de cartas que le había ido escribiendo a Julio a la espera de que él le mandara una dirección a donde enviárselas. Había comenzado a escribir la última el sábado 10 de julio, pero la había terminado al día siguiente. “Miguel está mucho mejor, ya casi no tose, lo que sí cada día está más bandido y salvaje. El Cami aquí está más tranquilo y no me da trabajo, lo único es que cada vez está más pegado a mí, y volvió a preguntar a qué casa vamos, qué casa es ésta, etc. Ahora la que no estoy bien soy yo, no sé si no estoy embarazada”, le contaba a su marido.

Julio se enteró de los secuestros recién al día siguiente, cuando llamó para saludar a su cuñado por su cumpleaños. Ese día habló cerca de diez veces con su suegra. Planteó que quería volver a Buenos Aires para recuperar a sus hijos, pero el PRT mandó a dos compañeros que simularon ser una pareja y sacaron a los chicos.

Cuarenta y seis años más tarde, Julio logró conocer a su tercer hijo, el bebé que Cristina tuvo mientras estaba secuestrada en el Pozo de Banfield –después de haber pasado por Coordinación Federal y Automotores Orletti–. Es el nieto 133 que encontraron las Abuelas de Plaza de Mayo.

– ¿Cómo fue la búsqueda?-– le pregunta Página/12 a Julio Santucho.

– En esa historia, la primera heroína es Cristina, que durante ocho o nueve meses estuvo gestando en las condiciones más inhumanas: maltrato, torturas, mala comida. Ella se aguantó todo eso con fuerza de voluntad y finalmente tuvo a nuestro hijo. Mi hijo se dio cuenta por referencias de allegados a la familia. Una hermana que vivió 20 años con él, que le dijo «éstos no son tus padres». Por el trato que tenía con el apropiador, él notó que no era su padre. En 2019, empezó a buscar, lo agarró la pandemia, después retomó. Tenía una partida de nacimiento en otra provincia. Finalmente este año logró hacerse el análisis de ADN. Nosotros buscábamos pero no teníamos ninguna aproximación, nada de probabilidad de descubrir a mi hijo porque fue un caso excepcional: nació en el Pozo de Banfield, pero no le firmó el certificado el médico policial Jorge Bergés. Nos agarró de sorpresa.

– ¿Cómo es esto de conocer a un hijo que tiene 46 años?

– Es bueno. Lo malo es que nos quitaron 46 años. Lo bueno es que es una victoria de los organismos de derechos humanos que han luchado por esto y es una derrota de la dictadura. Me quisieron robar el hijo pero yo, más tarde que nunca, lo recuperé. Mi suegra, Nélida Navajas, se metió en Abuelas para buscar al nieto. Abuelas es una institución insustituible, que es un beneficio enorme para la sociedad porque es justamente el lugar donde las personas que tienen dudas pueden recuperar su identidad.

– En julio de 1976, perdió a buena parte de su familia y ahora, otro julio pero 47 años más tarde, recuperó a su hijo.

– Tocás una fibra. El 13 de julio se produce el secuestro de Cristina, Manuela y Alicia, que era una compañera que yo conocía también porque trabajaba en las escuelas del partido. El 19, seis días después, matan a mi hermano “Roby” (Mario Roberto Santucho, líder del PRT-ERP). Y después a mi hermano Carlos. Fue una semana trágica para la familia. Nosotros no somos mejores que otros. Todos los 30 mil desaparecidos fueron valientes, generosos, se entregaron a una lucha por el bienestar de la sociedad y de la humanidad.

– ¿Qué pudo saber de Cristina durante su cautiverio?

– Hay testimonios como el de Adriana Calvo. Las Santucho eran visitadas por todas las presas que estaban ahí en el Pozo de Banfield. Adriana pidió pasar un día con ellas. Ella tenía su bebita en brazos y Cristina no le dijo que ella había tenido un hijo y que se lo habían quitado. Adriana, después, habló en el juicio de la tremenda generosidad de Cristina de no decirle nada para que no se preocupara porque le podían quitar la nena. ¿Te das cuenta hasta dónde llegaba el pensar en el bien de los demás? Ellas estaban rejodidas. Le dijeron: «Nosotras somos Santucho, no tenemos posibilidad de salir, pero a vos te van a soltar». Y después está esa escena que Adriana cuenta: cuando va la patota, todas las mujeres hacen una muralla humana -encabezadas por Manuela, Cristina y Alicia- y los tipos se tienen que ir sin poder quitarle a su beba. Estaban en un campo de concentración. Sabían que las podían fusilar a todas en ese momento.

– ¿Y ahora cómo sigue el reencuentro?

– Algunos me preguntan por el apropiador, yo lo único que digo es que espero que la Justicia intervenga. Por ahora, todo esto es como andar sobre las nubes. Hablamos todos los días con mi hijo, nos vemos seguido. Ahora tenemos el compromiso de hacer una videollamada con mis nietas. Vamos poco a poco. La alegría es infinita. Además, tenemos tiempo. Yo tengo 78 años. Mi papá murió a los 89. Tengo un hermano en Santiago del Estero que tiene 101, otro que tiene 96. Los Santucho, si no nos matan, vivimos mucho. Así que yo espero disfrutar a mi hijo por unos cuantos años más.

Reproducido de www.pagina12.com.ar

 

Roy Brown regresa a Bellas Artes con “La canción es una brújula”

 

En Rojo

El veterano de la  Nueva trova cantará, junto a un grupo de amistades y colegas, cerca de 30 canciones emblemáticas de su carrera como músico-activista

Roy Brown Ramírez empezó su carrera conociendo apenas “dos o tres tonos” y melodías con las que denunció, enfrentó y plasmó las realidades ocultas de nuestra sociedad. En ese tiempo, pulió, con la pulcritud de un patriota, el himno pueblerino “Boricua en la luna”, del poeta Juan Antonio Corretjer. Con el tiempo, y junto a amigos como Silvio Rodríguez, Sara González, Flora Santiago, Antonio Cabán Vale “El Topo” y Andrés Jiménez, hizo pregones de las injusticias que abrumaron- y siguen atribulando- al mundo.

A menos de un mes de su próximo concierto, “La canción es una brújula”- en el que cantará cerca de 30 canciones- reflexiona sobre sus experiencias como músico-activista, las causas a las que pertenece y su posición dentro de la lucha. La actividad, que se dará el 12 de agosto a las 8:00 p.m., contará con la participación de Zoraida Santiago, Tito Auger y los hijos de Brown: Emil  y Fabiola Brown Viqueira. Detrás de su moño acostumbrado, le acompaña una estantería repleta de libros, una guitarra acústica y un piano de madera.

Estadio Hiram Birthon Hato Rey foto José Rodríguez

“Estas canciones son casi biográficas”, afirmó el cantante, refiriéndose a las primeras grabaciones de su carrera -como “Mr. Con Macana”- que marcaron el tono y carácter revolucionario de su música. En ese tiempo, asegura que la canción, como forma de protesta y socialización, fungió como “brújula” para su carrera musical y social.

Roy en Cuba. Foto archivo CLARIDAD

“Una experiencia que me marcó mucho, al inicio de mi carrera, fue visitar los pueblos que no había visto”, sostuvo Brown Ramírez. Explicó que conocer lugares nuevos ayudó a ensanchar su manera de relacionarse con su arte y transmitirlo. Asimismo, mencionó que su viaje a Cuba en 1972, donde viajó toda la isla con diversos músicos, nutrió su carrera. “Fueron experiencias constructivas. Ir a Cuba con Taoné y conocer gente de pueblo y destacada fue aleccionador”, agregó el activista, quien también ha viajado a Alemania, Grecia, México, entre otros.

Reconoce más consenso político en las causas sociales

 “El fracaso del independentismo es la falta de un ambiente para la unidad”, aseveró el artista, quien repartía copias de CLARIDAD y colaboró con el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) durante sus tiempos universitarios, en la década de los 70.

Asimismo, reconoció que existen indicios de acuerdos en las causas ambientales, decoloniales y anti-bipartidistas. “Hay un sector de la población que está alerta. Hay un intento de crear un proyecto unitario, pero votar bajo estas condiciones que estamos es negativo porque no se ha trabajado para la unidad”, puntualizó, mientras hizo alusión a los escollos que enfrenta el sistema electoral, dominado por la administración PNP-PPD.

Aún así, Brown Ramírez subrayó la importancia de preservar la cultura nacional, tarea que, según el músico, las generaciones jóvenes han logrado exitosamente. “El trabajo de Fiel a la Vega, Cultura Profética, René Pérez Joglar; todo eso es análogo con lo que hicimos”.

Asimismo, expresó que, dentro del género urbano, es importante recordar que muchas de las figuras que surgen se formaron por su cuenta, detalle que alienta la resistencia, según el autor de “Sal a caminar”, pieza donde menciona “la canción” como brújula por primera vez.

“Le toca a los jóvenes hacer un trabajo de educación a través de su arte. Aunque la vida es divertida, es muy seria también. La avaricia se impone sobre la humanidad, destruimos nuestro planeta; hay que ir más allá”, añadió el guitarrista.

 Activismo desde otros espacios

Por otro lado, el pionero de la Nueva Trova señaló que, en un punto de su carrera, fijó la mayor parte de sus esfuerzos a su familia. También, el artista mencionó algunos de sus trabajos nuevos, como la canción “Sabor a fruta”, que ilustra un paisaje tropical y típico puertorriqueño.

Roy y Zoraida Santiago

“Busqué estabilidad a los 50 años. Uno se descuida de la vida familiar”, destacó Brown Ramírez. Sin embargo, su participación en festivales y encuentros culturales siguen siendo parte integral de sus contribuciones a la cultura popular.

“Los eventos culturales son importantes porque la gente llega a disfrutar de la comida, las artesanías. Es una afirmación del pueblo, y todo pueblo debe afirmarse constantemente porque, así, entiende que hay otras cosas importantes”, insistió el activista.

Entusiasmado para el reencuentro en el CBA

Roy Brown regresa al Centro de Bellas Artes, en Santurce, animado por lo que, para él, representa una reunión de experiencias, amistades y luchas. Reconoció que su música sirve de baluarte identitario dentro de la cultura puertorriqueña, al igual que el trabajo de otros géneros, como la salsa y el pop.

Cantará las melodías que definieron su carrera, compartirá entre personas que han vivido una carrera junto a él. En fin, será un día para recordar, con clásicos, el impacto de este movimiento musical.

Boletos disponible en https://www.ticketpop.com/roybrownlacancionesunabrujulatrayectoria/#!.

 

 

 

 

 

Jugando a Promesa

 

 

 

Especial para En Rojo

En el 2022 se publica el juego de mesa Promesa. Tal y como señala el título, este toma como inspiración la ley PROMESA impuesta por el gobierno de los Estados Unidos en el 2016 para enfrentar la crisis económica y administrar el pago de la deuda que aún afectan al país. También, y según su creador, Mikael Jackobsson, coordinador del MIT Game Lab, Promesa es una respuesta directa a otro juego de estrategia, Puerto Rico, que coloca a la isla en un pasado colonial indeterminado y cuya premisa radica en la explotación de mano de obra esclavizada y la extracción de recursos naturales. En cambio, Promesa se inscribe en el presente y los jugadores deben deshacerse de la deuda del país invirtiendo en su educación, servicios sociales e infraestructura de la isla.

Lo primero que destaca del juego es el arte del tablero. Este fue desarrollado por la artista gráfica puertorriqueña Rosa Colón Guerras, quien se desplazó alrededor de la isla identificando espacios de importancia cultural y ecológica. Al echarle un vistazo se pueden ver edificaciones emblemáticas como la Torre de la UPR, el Observatorio de Arecibo, el Museo El Cemí en Jayuya y el Parque de Bombas de Ponce, que dan cuenta del patrimonio cultural de la isla. Asimismo, el jugador puede identificar sin problemas reservas naturales como el Bosque Seco de Guánica, el Cañón de San Cristóbal y El Yunque, que subrayan la biodiversidad del país. La cartografía del tablero echa a un lado las escalas y las proporciones de los lugares seleccionados para visibilizarlos. Si bien el resultado de este efecto hace que el tablero se parezca a un mapa turístico, al menos los jugadores no se enfrentan a una tabula rasa como en muchos otros juegos de estrategia.

Promesa también destaca por ser un juego colectivo, es decir, o ganan todos los participantes o nadie sale victorioso. Pero y ¿cómo se juega? El juego incluye a un grupo de piedras negras sobre una balsa de silicona azul, que se coloca en el centro del tablero. Estas piedras representan a la deuda acumulada por el gobierno de Puerto Rico y adjudicada al pueblo. La balsa azul a su vez simboliza los miles de toldos azules utilizados después del embate del Huracán María y que todavía cubren miles de estructuras a casi seis años del evento atmosférico. Los jugadores tienen que empujar la balsa fuera de la isla sin que ninguna de las piedras de la deuda caiga fuera de la barcaza. Para hacerlo, el equipo debe invertir en la educación, los servicios sociales e la infraestructura del país. Estos servicios están representados por piedras preciosas de color verde, azul y amarillo, respectivamente. Cada jugador va agregando las gemas de colores a la nave azul, que le permiten a los jugadores completar ciertas acciones, como eliminar algunas de las piedras de la deuda o empujar la balsa de regreso a Washington, D.C.

Al igual que en los géneros de la ciencia ficción y la fantasía, en muchos juegos de estrategia dominan escenarios que reproducen las ansiedades del colonizador frente al colonizado. Muchos tienen como meta instalarse en escenarios imaginados o remotos para extraer recursos naturales, explotar grupos marginados y colonizar una región determinada. The Settlers of Catan y Puerto Rico son algunos ejemplos emblemáticos. En respuesta a este discurso generalizado, Jakobsson decidió desarrollar un juego de estrategia anticolonialista. En el verano de 2018, se trasladó desde Boston hasta Puerto Rico para entrevistar a un grupo de residentes y asesorarse con académicos de la isla sobre la crisis que aún atraviesa el país, identificar los problemas centrales que la enmarcan y explorar si alguna de estas problemáticas podría servir de premisa para diseñar un juego de estrategia. Después de semanas de investigación y análisis, se decidió por el tema de la crisis de la deuda y por los toldos azules como emblemas de la crisis.

Al examinar Promesa resulta imposible manipular la balsa de silicona azul, o más bien el toldo convertido en yola, y no pensar en la nave al garete de Antonio S. Pedreira, en La Carreta, de René Marqués, o en La guagua aérea, de Luis Rafael Sánchez. En este sentido, el juego se entiende a sí mismo como un gesto por visibilizar la condición colonial de la isla, mientras propone que la solución a la crisis económica y social debe ser parte de un esfuerzo común. Ahora bien, el resultado de este esfuerzo solo puede ser parcial: el pago de la deuda no resolverá los problemas intrínsecos a la relación colonial de Puerto Rico con los Estados Unidos. De cualquier modo, el tablero de Promesa surge como un espacio de posibilidad para imaginar, aunque sea por par de rondas, una realidad distinta en donde los puertorriqueños tienen control de su destino.

Promesa aún no está disponible para la venta.

 

 

 

 

 

Será Otra Cosa-Reglas y herejías 

 

 

Especial para En Rojo

Llegué a mi nueva escuela como llegué a todas las demás: de paracaídas, a mitad de año, semestre o semana, con el incómodo hormigueo de la mirada ajena recorriéndome el cuello, la espalda, los tobillos, deteniéndose en el ruedo de la falda o la altura de las medias, ambas prendas siempre demasiado algo o insuficientemente otra cosa, muy altas o bajas o cortas o largas o blancas o desafiantes o parejas o disparejas, porque las reglas que definían sus dimensiones y carácter cambiaban según los tiempos, según la escuela, y según las gracias y desgracias dentro del grupo de nenas con mayor influencia en mi nuevo universo social.

El universo en cuestión era, para mi pequeño, perplejo e itinerante ser, otro planeta:la escuela era privada pero no de lujo; había monjas (¡monjas!) en salones y oficinas; tenía dos capillas, una gigante para celebrar misas y graduaciones y otra diminuta para hablar con dios en privado; y, claro, había reglas en todas partes y de todo tipo, más densas y abundantes que las de mis cuatro escuelas públicas anteriores. Había reglas formales que salían con frecuencia por las bocas adultas y las bocinas del intercom; reglas informales que las estudiantes compartían u ocultaban, dependiendo de la situación y la intención; reglas que sólo podían comunicarse en susurros; reglas que se aprendían con el cuerpo y la intuición porque se resistían a la claridad de la palabra; reglas gruesas como un manual o compactas como un aforismo.

Acostumbrada a no pasar más de un año en la misma escuela, al principio no me esforcé demasiado en entender las prácticas y valores de esa nueva y exótica cultura, pero en un desvío inesperado, la misma vida que me llevó a esa escuela me dejó allí por (casi) cinco grados seguidos, así que tuve que enculturarme como mejor pude. En las clases me iba bien, pero a las reglas de todo tipo llegaba siempre (si llegaba) insegura, inquieta y con retraso. Las reglas podían ser bobas pero complejas, severas pero flexibles. Por ejemplo: Para las niñas que llevaban allí muchos años, las categorías y camarillas eran bastante estáticas, como “las nerds”, las lindas, las atletas, las “raras”, las mojigatas, el ocasional grupo situacional, y las congregaciones fluidas en los márgenes. Había superposiciones, claro, especialmente entre atletas y lindas, dependiendo de cosas como deporte, clase social o color de ojos, o entre raras y nerds, pero con todo y sus bordes porosos, un etnógrafo cualquiera visitando el patio después del almuerzo hubiera podido definir con bastante acierto nuestras afiliaciones y sus implicaciones. En contraste, las “nuevas” teníamos acceso a un periodo liminal durante el cual podíamos tener alguna influencia sobre nuestra identidad y nicho final, dependiendo de nuestra apariencia, personalidad, o alguno de esos eventos banales que marcan estudiantes por muchos años, como ganar un trofeo importante, hacerse pipí encima, o levantar la mano en clase, usar correctamente la palabra “Manganeso” y quedarse con “Menso” de apodo por un día o para siempre.

Quizás esto es una cosa de los ochenta, pero les aseguro que navegar cultura y reglas sin lastimarme o lastimar me tomaba más tiempo y esfuerzo que estudiar.  Había reglas hasta para la regla, es decir, la menstruación: no llamarla por su nombre jamás (“tengo visita”, “ya soy señorita”), acompañar a la compañera afectada al baño, amarrarle un suéter a la cintura, guardarle el secreto excepto en casos de emergencia (“tiene dolor de cabeza”, “le cayó mal la comida”). ¿La regla más importante de la regla? No usar tampones nunca jamás, para no romper la membrana sagrada y ganarnos el rechazo del futuro marido. En serio.

Algunas de las reglas más complicadas eran simultáneamente borrosas e implacables. Les cuento del caso que en gran medida terminó por definirme a mí en ese universo: El tema del “criterio propio”. Allí aprendí que lejos de ser una cualidad absoluta, eso de “criterio propio” –que era un tema que me interesaba y que las monjas usaban con connotaciones positivas y sinónimo de “carácter”– tenía gradaciones y sombras, compartimientos, matices, dobleces y volumen. Me explico con un ejemplo que parece tonto pero era importante: No recuerdo cuándo cambió la moda y subió la altura y grosor óptimo de los calcetines hasta casi alcanzar la categoría de “leg warmer”, pero mi “criterio propio” no dijo ni jí cuando decidí seguir la moda. Formar una opinión sobre un asunto tan culturalmente complicado y con implicaciones serias (no bromeo, usar “la ropa que no es” te garantizaba, como mínimo, un mal día, y eso hacía que mis “casual days” fuesen odiosos) hubiera sido inútil. Por más caprichosas que fueran las reglas de la moda, en esta ocasión me resultaba más fácil seguirlas, como una veleta.  Y veleta fui, sin prurito alguno, al punto de comprarme las dichosas medias yo misma, porque mi abuela no entendía y amenazaba con ir a la escuela a preguntar si había un cambio de uniforme. Imaginen nada más el ostracismo, gente:¿llegar a la escuela con medias cortas y encima, de la mano de una abuela en lugar de una madre, y para colmo en el desagradable rol de chota y con una incipiente reputación de “rara” por usar palabras como “veleta” o “calcetines” en sexto grado? Me escapé a Woolworths sin permiso (y sin “criterio propio”) dejándole a mi pobre abuela sólo confusión y el recuerdo del día de “la rebelión de las medias”.

Pero en otros asuntos, ser veleta no me era opción. La escuela, como anoté al principio, era *muy* católica. Yo era *muy* agnóstica. Agnóstica no en el sentido de pensar que el dios de los cristianos o cualquier otro “quizás” existía, sino en el de pensar que las religiones eran puro cuento, que no podía ni quería afirmar nada sobre la existencia de cualquier cosa que no fuera parte del mundo material, que igual podría haber alguna cosa “espiritual” por ahí, en algún rincón del ancho mundo que no conocemos, pero que, al menos de momento, esa cosa no caía en el ámbito de los saberes sino en el de la fantasía. Que la “Virgen” de mi escuela era tan real como los elfos o las hadas.

La religión que me empaquetaba se caracterizaba por sus muchas certezas, y a mí tanta certeza me daba piquiña. Con la duda, para bien o para mal, siempre me llevé mucho mejor.

De mi turismo por el catolicismo recuerdo con cierto placer estético la arquitectura de una iglesia por aquí, un cántico por acá, algunas intrigas bíblicas por allá, el respeto por el intelecto de algún jesuita o el valor de alguna dominica, cosas así. Pero la imposición implícita y constante de la fe me resultaba cada día más pesada. No recuerdo que nadie me enseñara a ser agnóstica, o atea, o lo que sea que yo fuera a esa edad, pero sé que el resultado de mis debates filosóficos infantiles estaba claro: El catolicismo era, en el mejor de los casos, entretenido, y en el peor, mortal.

Romper esa regla, la de “creer”, era mucho más peligroso que romper la de las medias, pero en ese tema, de veleta yo no tenía nada. Sí tuve que aprender que a veces el criterio propio es tan, pero que tan propio, que es mejor dejarlo adentro sin hacer ruido a no ser que sea absolutamente necesario. Curiosamente, no se me hizo difícil guardar el secreto, porque (¡milagro!) la idea de que alguien NO creyera en el dios particular de los cristianos y su enrevesada mitología era tan inconcebible que nadie te preguntaba directamente. Ayudaba mucho el hecho de que la biblia tenía cuentos la mar de interesantes, así que leerla no le causaba a mi criterio mayor problema, todo lo contrario, y asumí la clase de religión y sus contenidos como quien asume la clase de literatura fantástica de un autor antipático.

Pero pasa que de alguna manera, en una suerte de absurda negociación con el universo y tal vez para balancear mi rebeldía con otra cosa, al momento de abrazar el ateísmo yo había abrazado también una adherencia bastante rígida a la meta de ser una buena persona, y esa meta incluía no decir mentiras. En mi sistema moral interno se valía escapar, cambiar el tema, hacerse el pendejo, distraer al oponente, pero no mentir. Mi historia y temperamento me habían legado una mezcla de culpa y vergüenza indefinidas que me acompañaba (y hasta cierto punto lo hace hoy) como una bruma que flota sobre mi piel y muta en forma y función: un puente para entender y disfrutar al mundo y sus habitantes, un hilo delicado que me sirve para enlazar pensamientos, y a veces una mortaja que dificulta la visión o el movimiento.

¡Cómo me gustaría recordar con claridad esa conversación personal y submarina, esa batalla no de ángeles sino de conceptos que estoy segura se da en el interior de todos los niños alrededor de esa edad, una batalla que nos forja pero eventualmente olvidamos! Sospecho que la inclinación hacia ese pensar medio ontológico entre preadolescentes es no sólo más frecuente de lo que la gente piensa, sino más profundo y sincero que el de muchos adultos. Que nuestras escuelas intermedias están llenas de pequeñas filósofas y pequeños poetas que no cuentan con la calma y el espacio para que sus mentes (cerebros encantadores que, contrario a las deidades y ridículas reglas que les imponen, sí existen) trabajen y se descubran en paz.  Pero dejemos ese tema para otro día.

El primer escollo serio para mi firme pero secreto “criterio propio” sobre la religión llegó un miércoles, el día en que uno de los curas vecinos visitaba la capilla de la escuela para confesarnos, porque (horror) se acercaba la época de la confirmación. Era un viejito muy viejito, de lentes gruesos, que se dormía durante sus propias misas y a quien apenas se le entendía el  “reza diez avemarías, yo te absuelvo” de la penitencia estándar que impartía en nuestro confesionario. Llegó mi turno, me arrodillé, pegué la nariz a la celosía, como era por algún motivo mi costumbre (creo que me imaginaba princesa en la Alhambra, o a saber qué otra cosa, para no aburrirme cada vez que me tocaba usar el artefacto ese), preparada para confesar algún pecado tonto pero verdadero y luego rezar los avemarías que hicieran falta sin mayor problema, con la melodía de una canción de La Pandilla.

Pero algo sospechaba el cura, porque en medio del ritual me preguntó directamente, con su acento gallego, lo inconcebible: ¿Pero tú sí crees en “Dios”, hija, no?  ¿Qué hacer? La pregunta era directa, el contexto no permitía hacerse el pendejo o distraer,  el viejo estaba más lúcido de lo que pensábamos, huir hubiera resultado en una verdadera garata que, contrario a la confesión, no estaba sujeta a la regla (¡las reglas!) del secreto sacramental…

De ahí me agarré. El hombre podía preguntar lo que quisiera, pero estaba obligado, gracias a sus propias reglas (¡já!), a guardarme el secreto.

“No, padre”.

“Pero, ¿entonces de qué religión eres?”

“De ninguna, padre.”

El silencio fue largo, tan largo que temí haberle provocado un soponcio y saboteado así mi proyecto de ser buena persona, pero no, estaba despierto y terminó abruptamente el sacramento con un “vete, y no peques más”. Ni un millón de avemarías nos sacaba de ésta, ni a él ni a mí.

Me regresé al salón y a mi vida de pecado. No sé si el cura me choteó (no creo), o si mi secreto no era tan secreto como yo creía, pero la noticia de mi falta de fe se regó por ahí. La subdirectora de la escuela me citó a su oficina y me hizo algunas preguntas sobre el tema, una serie de intentos flojos para llegar a alguna verdad que les permitiera tirarme la toalla y no expulsarme. Había bondad, en esa señora, pero también, claro está, reglas. ¿No eres católica pero sí cristiana? No. ¿No eres cristiana pero sí crees en Dios? No. Pero, ¿en qué tú crees, mi niña?  Y así, hasta llegar a mi criterio propio, que estaba más que listo para explicar la cosa, pero a quien (pese a toda esa plática sobre la importancia del “carácter”) no dejaron hablar.

Citaron entonces a mi (muy católica) abuela, y de ella obtuvieron algo de qué asirse, algo tipo “mire, la nena vive conmigo porque ha tenido una vida muy difícil, y no está muy bien de la mente, hay que tenerle paciencia, pobrecita, vamos educándola poquito a poco…”. No tengo la cita precisa, pero eso más o menos me dijeron. En fin, que la nena que no creía en criaturas imaginarias o en zamparse y tragarse un canto de cristo cada domingo estaba medio malita de la mente, contrario a la multitud de cuerdos que pensaba que la virgen se le aparecía por ahí cada tanto a un pobre iluso con algún capricho críptico y que había tal cosa como un infierno al que yo seguramente iría, por mejor persona que fuera.

El episodio marcó el final de mi periodo liminal y me plantó en la categoría de “raras” con sazón de “nerd”. La que más se benefició de toda la saga fue una nena evangélica, quien recibió acceso implícito y temporero al mundo de la gente normal porque al menos ella “creía”. Yo era más “rara” que las raras, un murciélago en el palomar. La noticia de mi extraordinaria falta de fe se difundió pero, de nuevo, era tan inconcebible que no llegó a convertirse en condena. El asunto asumió más bien la forma de un zumbido colectivo, intermitente, hoy musulmana, hoy espiritista, hoy pagana, hoy satánica. No es broma, por cierto, lo de satánica, los ochentosos recordamos esos pánicos locos, acabé en la oficina por cantar Led Zepellin durante la práctica del coro, por poco me suspenden, todo un rollo, tuve que llevar un disco a la escuela para que lo quemaran, no tenía en mi pequeña colección nada de Led Zeppelin pero llevé uno de Scorpions y nadie me cuestionó, el zumbido sólo quería quemar música “satánica”, cualquiera, quemaron hasta el disco de ABBA de una amiga mía, bendito.

Las reglas eran muchas y complejas, así que relajé un poco mis intentos de entenderlas y me concentré en navegarlas, toda una aventura. Un año un grupo de nenas me metía en un zafacón, por nerda, y al año siguiente la clase completa me celebraba con sinceridad por algún galardón  de nerditud nacional. Un año me suspendían y me sacaban el cuerpo por pegarle a una nena que me decía cosas crueles (se me fue la mano, literalmente, y me arrepiento), al año siguiente me eligieron abrumadoramente presidenta de la clase, menos de un año después mi carrera política sufrió el revés del rechazo total  (no recuerdo bien porqué pero hubo un motín ideológico de “lindas” involucrado) y me divertí cantando, charlando, actuando y escribiendo historias con amigas nerdas, raras o ambas, cuya ocasional preocupación y pena por mi inevitable y eventual mudanza al infierno aprendí a apreciar como un gesto cargado no de la malicia del zumbido sino de la generosidad de los afectos.

Yo no sé los de dios, pero los caminos de la vida sí que son misteriosos. En esa escuela, diseñada para domesticar mentes y cuerpos, aprendí lecciones importantes sobre navegación social, filosofía cotidiana y diversidad humana. Sobre una solidaridad femenina muy capaz de superar nuestra mezquindad infantil y dejar a un lado reglas, etiquetas y diferencias para defender a una compañerita en aprietos. Aprendí que la monja más dura y severa puede sorprenderte con la mayor y más profunda de las empatías. Cuatro décadas más tarde, creo que también aprendí que la felicidad es como el criterio propio, que tiene matices, dobleces y compartimientos, que a veces es callada y pequeña, y que en ese lugar tan extraño, con esa pelota de reglas y de gente tan distinta a mí, no sólo aprendí sino que fui, de vez en cuando, feliz.

 

 

Letras obreras: ¿cultura popular?

 

Especial para En Rojo

Fue durante los días de la revolución industrial, a fines de siglo XIX, cuando se incorporaron al mundo del trabajo numerosos obreros, inclusive niños y niñas. La prensa había tenido un gran desarrollo debido al crecimiento de los lectores en el mundo y se produjo un mayor acceso a libros y revistas, según la Historia de la lectura en el mundo occidental de Roger Chartier. Una de las primeras obras obreras del siglo XX sería Estercolero de José Elías Levis, también pintor, el cual retrata los daños del ciclón San Ciriaco de agosto de 1899 y la llegada a la zona urbana de jíbaros que habían perdido sus propiedades y cosechas agrícolas. Fue también maestro de pintura en el orfanatorio que fundara Manuel Fernández Juncos en San Juan.

Los obreros y obreras crearon centros de estudio debido a la ausencia de instituciones educativas para el pueblo. En las fábricas de tabaco había trabajadores que leían en voz alta el periódico, entre ellas la ensayista y activista sindical Luisa Capetillo, cuyo nombre es parte de la historia de la Universidad de Puerto Rico. En su honor una sala lleva su nombre en el Recinto de Cayey. Leían obras diversas como novelas de Tolstoi, lecturas políticas, periódicos y otras como las del filósofo alemán Karl Marx.

Así surgieron escritores obreros letrados que en medio de la carencia y como sujetos subalternos fundaron periódicos como La Miseria, El Trabuco, El Pan del Pobre, Obrero Libre, y Unión Obrera y otros que fueron censurados por la ley de la mordaza que continuaba la impuesta por los españoles a fines de siglo XIX. Su producción literaria y la cultura que promovieron impactó a otros autores pertenecientes a esferas sociales más altas económicamente como a Ana Roqué de Duprey, quien publicó la novela Sara la obrera en el 1895.

Los autores obreros publicaron novelas, ensayos, poesía y teatro. Se destacaron entre otros Venancio Cruz, Eladio Ayala Moura, Luisa Capetillo, Eduardo Conde, Ramón Romero Rosa, tipógrafo, fundador de varios periódicos como La Miseria y que pertenecía a la Cámara de Diputados junto a José de Diego. Este último escribió un extraordinario ensayo titulado La cuestión social y Puerto Rico en el 1904. Por eso el sociólogo Ángel Quintero ha afirmado que Romero Rosa es quien mejor articula el análisis social obrero de su tiempo, porque se alejó de la cultura patricia de Zeno Gandía y de Brau.

La literatura y la cultura obrera nos invitan a reflexionar sobre las producciones artísticas, sociales y literarias que no pertenecen al mundo universitario sino que se instalan en la periferia, al margen del lugar donde se estudian los saberes primordiales, las ciencias naturales y sociales junto a las humanidades, y que a veces se obvian en su corpus de estudio. Haciendo que estas a su vez admitan algunas simplificaciones y distorsiones de la cultura.