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El santuario del que brotan las aguas de la vida

 

Especial para En Rojo

 

El Tiempo de la Creación es una iniciativa ecuménica de diversas Iglesias cristianas. En 1987, el patriarca Dimitrios de Constantinopla convocó a las Iglesias ortodoxas a celebrar el 1 de septiembre como “El Día de oración por el cuidado de la Tierra”. En 2015, el Papa Francisco adoptó esta tradición, ya consagrada en Oriente, y propuso a todas las Iglesias cristianas que, cada año, celebraran juntas “El Tiempo de la Creación”, del 1 de septiembre al 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, como un período especial de oración y reflexión sobre el cuidado de la Madre Tierra, nuestra casa común.

Este año, la Comisión ecuménica que prepara los materiales para esta celebración eligió como tema la «Inmersión en aguas vivas».  El texto bíblico elegido como referencia es Ezequiel 47, 9 a 12.

La mayoría de los estudios sobre el libro de Ezequiel sostienen que, al igual que ocurre con la inmensa mayoría de los textos bíblicos, detrás de estos escritos, no hay solo una figura individual, sino una comunidad.

Sea como sea, el libro se presenta como el de un profeta que vivió en el siglo VI antes de Cristo. Ezequiel provenía de una familia sacerdotal y vivió la mayor parte de su vida en el exilio en Babilonia. El imperio esclavista babilónico dejó en la tierra conquistada a la mayor parte del pueblo judío, que pasó a vivir como esclavo y a pagar elevados tributos al conquistador. Se llevó a Babilonia para esclavizarlos a los grupos de liderazgo político y religioso, como los sacerdotes. Ezequiel era uno de ellos.

Tanto para las personas cautivas que se quedaron en su tierra, como colonizadas, como para las que fueron desterradas para Babilonia, (actual Irak), hubo un elemento más impactante y terrible que el hambre y que todos los sufrimientos físicos por los que pasaban. Fue la destrucción del templo de Jerusalén por parte del ejército invasor. Las comunidades judías interpretaron la profanación del santuario y el saqueo de todos los objetos sagrados como señal de que incluso Dios había abandonado a su pueblo y que ya nada podría unir a las personas víctimas del cautiverio.

Para comprender mejor el texto que, este año, se nos propone como tema bíblico para el Tiempo de la Creación, conviene destacar que fue escrito por un migrante esclavizado en un imperio extranjero. Por eso, para nosotros hoy, es aún más profundamente una palabra de esperanza que anuncia tiempos nuevos y felices para el pueblo cautivo. Para reafirmar que Dios nunca abandona al pueblo oprimido y para ayudar a las personas a recuperar la esperanza de la liberación, el profeta Ezequiel describe, como si fuera un sueño, la reconstrucción del templo en Jerusalén.

En la tradición profética, el templo no es la casa de Dios, como suele decirse en nuestras iglesias. En aquella época del cautiverio, con la propia experiencia de la opresión, lejos de su tierra y sin contar con el consuelo de un templo religioso, las comunidades del pueblo bíblico aprendieron que Dios no necesita un templo. En el catolicismo popular, es frecuente la creencia de que la Virgen María, Nuestra Señora se apareció en ciertos lugares (Lourdes, Fátima, Tepeyac) y pidió que se construyera en ese lugar un santuario para ella. En la Biblia, Dios dice claramente: «Nunca pedí que me construyeran santuarios» (2 Sam 7, 7).

Dios no habita en templos, sino que está junto al pueblo oprimido, dondequiera que se encuentre. Pocos años después de Ezequiel, la comunidad del Tercer Isaías afirmó: «Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa, pues, podrían ustedes construir para mí? ¿Y cuál sería el lugar de mi descanso?» (Is 66, 1).

Según la concepción bíblica, el templo es la casa en la que se invoca el Nombre Divino. Si el pueblo se mantiene fiel a la alianza, la gloria de Dios —es decir, un signo visible de su presencia— descansa sobre esa casa, así como, en la época del desierto, la nube descendía sobre la tienda de reunión, o tienda del encuentro con Dios (cf. Éx 33, 7 y ss.).

Así pues, desde la perspectiva de Ezequiel, la reconstrucción del templo es un factor de unidad del pueblo y de la alianza entre las personas, así como de liberación de la tierra.

En la visión del profeta, lo más importante es que el nuevo templo no es una construcción cerrada. El espacio sagrado va más allá de los muros del santuario y se extiende más allá del espacio del santuario. Se manifiesta en la abundancia de las aguas, en la bendición de la fertilidad de la tierra y en las plantas que sanan.

En el texto, propuesto para la oración y la reflexión, durante el Tiempo de la Creación de 2026, a la derecha del templo corre un río milagroso, que se extiende por toda la región árida y se vuelve cada vez más caudaloso y profundo. El río fluye hacia el Mar Muerto y transforma sus aguas saladas en aguas saludables, llenas de vida, que albergan abundantes peces y permiten, en sus orillas, el crecimiento de árboles frutales con hojas medicinales.

En el Nuevo Testamento, el último capítulo del libro del Apocalipsis retoma esta visión de Ezequiel y afirma: «(El ángel) me mostró el río puro del agua de la vida, claro como el cristal, que procedía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando su fruto mes tras mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones. Y allí ya nunca más habrá maldición contra nadie. En ella estará el trono de Dios y del Cordero, y sus siervos y siervas lo servirán» (Ap 22, 1-3).

Más adelante, concluye: «El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven! Y quien oiga, que diga: ¡Ven! Y quien tenga sed, que venga; y quien quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22,17).

Lo que Ezequiel vio como una bendición para el pueblo judío en el cautiverio, el Apocalipsis dice que sirve para el bien vivir de todas las naciones, es decir, de toda la humanidad.

En América Latina y Caribe, los pueblos originarios creen que todo ser vivo tiene espíritu. Si es así, la salvación divina alcanza al conjunto de los seres vivos, a los que Leonardo Boff denomina «comunidad de vida».

Estos textos bíblicos parecen confirmar la esperanza del pueblo Guaraní en la Tierra sin Males. Vienen a reforzar la certeza de los pueblos andinos en la posibilidad real de hacer realidad el buen vivir. Se manifiesta en la bendición de las aguas que la tradición Yoruba celebra en la fiesta de las Aguas de Ojalá.

Son revelaciones que, sea en la tradición bíblica, sea en las culturas originarias de nuestros pueblos, dan testimonio de que, como escribió el profeta Ezequiel, la gloria de Dios abandona el santuario de piedra y viene a posarse en medio de los pueblos oprimidos y en la Madre Tierra, víctima de la voracidad de los imperios opresores.

¡Qué bueno sería que esa profecía pudiera, de hecho, llegar hoy a nuestras Iglesias y ayudarlas a ser guardianas y testigos de la sacralidad de la casa común y de todos los seres vivos!

La mayoría de las culturas y caminos espirituales de la humanidad reconocen al Agua como la madre de la vida. Es a partir del Agua que renace la salud y la alianza amorosa entre todos los seres.

Que las iglesias cristianas puedan hacer realidad esta profecía y unir en un mismo camino de amor a las más diversas tradiciones espirituales en defensa de la verdadera democracia política y de la paz, basada en la justicia ecosocial y en la comunión con las aguas de la vida y con la Madre Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mikis Theodorakis: El militante musical de la libertad

 

Isidoros Karderinis

 

Mikis Theodorakis, que nació en la isla de Quíos el 29 de julio de 1925 y es oriundo del pueblo de Gálatas, Chania, en la isla de Creta, por parte de padre, y de la ciudad costera de Cesme, Asia Menor, por parte de madre, es, por la calidad de su obra y el impacto internacional de su nombre, quizás la figura más importante de la cultura griega y, sin duda, de la música griega desde el establecimiento del Estado griego el 3 de febrero de 1830, con el Protocolo de Londres.

Mikis Theodorakis se dedicó a diversos géneros musicales. Sin embargo, cabe destacar que también incursionó en la música clásica, escribiendo sinfonías, óperas, ballets, oratorios, música de cámara y música para piano solo.

También compuso el ritmo griego más reconocido internacionalmente, el syrtaki, para la película «Zorba el Griego» (1964), basada en la novela «Vida y aventuras de Alexis Zorba» del destacado escritor griego Nikos Kazantzakis, dirigida por el director griego Michael Cacoyannis y protagonizada por Anthony Quinn, Alan Bates e Irene Papas.

La poesía musicalizada también ocupa un lugar fundamental en su legado. . Es decir, utilizó poemas de grandes poetas como letras para crear canciones. En concreto, poemas del poeta chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971; del poeta griego Giorgos Seferis, Premio Nobel de Literatura en 1963; del poeta griego Odysseas Elytis, Premio Nobel de Literatura en 1979; del poeta griego Yannis Ritsos, Premio Lenin de la Paz en 1976; y del poeta griego Kostas Varnalis, Premio Lenin de la Paz en 1959.

También compuso música para otras películas conocidas, además de «Zorba el Griego», como «Fedra» (1962), protagonizada por Anthony Perkins y Melina Mercouri, y «Sérpico» (1973), protagonizada por Al Pacino.

En 1970, fue galardonado con el Premio de Cine de la Academia Británica (BAFTA) por la música de la película «Z», basada en la novela homónima del escritor Vasilis Vasilikós. Esta obra cinematográfica, dirigida por Costa-Gavras, fue protagonizada por Yves Montand, Jean-Louis Trintignant e Irene Papas, y obtuvo dos premios Óscar: a la mejor película en lengua extranjera (representando a Argelia) y al mejor montaje. Cabe destacar que el propio Costa-Gavras ganaría más adelante, en 1983, el Óscar al mejor guion adaptado. Asimismo, en 1983, Mikis Theodorakis fue condecorado con el Premio Lenin de la Paz.

Sus composiciones también han sido interpretadas por artistas de renombre mundial, como los Beatles, Shirley Bassey, Joan Baez y Edith Piaf.

Mikis Theodorakis, sin embargo, se destacó por su activismo político y su papel en la resistencia. Fue miembro del parlamento y ministro. Durante la ocupación alemana de Grecia, formó parte del ejército de resistencia «ELAS» y de la organización juvenil de resistencia «EPON», y en julio de 1947 fue arrestado y exiliado a Icaria. Fue encarcelado por la dictadura del 21 de abril de 1967. Asimismo, fue encarcelado durante la dictadura instaurada el 21 de abril de 1967. Fue un ferviente luchador por la paz y la amistad entre los pueblos, con una activa contribución a los correspondientes movimientos internacionales y griegos. Falleció en Atenas el 2 de septiembre de 2021 a la edad de 96 años.

Con motivo del centenario del nacimiento de Mikis Theodorakis, decidí escribir un poema titulado «Himno a Mikis Theodorakis» para honrar a este destacado compositor griego, quien también es una de las grandes figuras de la música mundial. Este poema fue musicalizado por Nikos Karagiannis y Nadia Karagianni e interpretado por Nadia Karagianni y Nikos Karagiannis

https://www.youtube.com/watch?v=PQRS_5c2vw8

Interpretation: Nadia Karagianni-Nikos Karagiannis
Music: Nikos Karagiannis-Nadia Karagianni
Lyrics: Isidoros Karderinis
Video creation: Nikos Karagiannis

Himno a Mikis Theodorakis

 

Oh, gran creador griego
En los cielos de nuestro planeta tu nombre
Y el sol brillante en tu trono, águila
Galopa y talla tus pasos.

En las playas de Homero, de arena rubia, naciste
El mar Egeo te abrazaba dulcemente
Y gaviotas blancas como la nieve, como notas musicales
Se derramaban de tu valiente corazón.

En la densa oscuridad de la Ocupación
Alzaste con orgullo tu brillante figura
Y el derecho de nuestro pueblo, en los años difíciles
Floreció en tus majestuosas canciones.

Las rocas negras del exilio sangraban profusamente
De tus hermosos sueños liberadores
Tus palabras como trompetas de paz resonaban con fuerza
En lo más profundo del mundo.

 

El autor es periodista, corresponsal de prensa extranjera acreditado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Grecia, miembro regular de la Asociación de Corresponsales de la Prensa Extranjera en Grecia, novelista, poeta y letrista. Sus artículos y reportajes se han publicado en 130 países.

Facebook: Karderinis Isidoros

https://www.facebook.com/isidoros.karderinis

https://www.youtube.com/watch?v=E94c16vPlkQE

https://www.youtube.com/watch?v=Xjnlcs-3xDM&list=RDXjnlcs-3xDM&start_radio=1

https://www.youtube.com/watch?v=erB9TzeyQCA

https://www.youtube.com/watch?v=uIxB89b_nfs&list=RDuIxB89b_nfs&start_radio=1

https://www.youtube.com/watch?v=DzI1N_vCPlE

https://www.ndr.de/fernsehen/sendungen/panorama/archiv/1970/-,panorama11248.html

https://www.youtube.com/watch?v=TanQQVRFvec

La poesía que nace entre sollozos en Un poeta

Especial para En Rojo

Heme aquí, un hombre.
Anticuado dinosaurio,
portador de agravios,
merecedor de condenas,
frágil soñador.
Mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir un poema feliz.

Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), Un poeta

 

Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025) retrata el mundo decadente de un escritor melancólico en Colombia cuando la energía y la esperanza de su juventud han desaparecido. Ahora tan solo quedan el cinismo y el malestar de la realidad. Estos últimos siempre son parte de la experiencia de un artista (o de toda la humanidad), pero la inocencia de pensar que la literatura y el arte en general cambiarán el mundo, ya se esfumó en el protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos). Da la casualidad de que vi esta película justo cuando estoy leyendo Los detectives salvajes, la novela del escritor chileno/mexicano, Roberto Bolaño. Aunque no es una autobiografía per se, Bolaño revisita el mundo literario de su juventud en México. Siguiendo los pasos de los dos líderes carismáticos de un grupo de poetas (los real visceralistas), Arturo Belano y Ulises Lima, frecuentamos las calles del DF (y más allá) casi siempre en la noche, las barras, los apartamentitos de poetas pobres que sobreviven leyendo y escribiendo con poco de comer, pero con mucho para fumar y beber. Los escritores reales latinoamericanos se entremezclan con escritores jóvenes ficticios (aunque parecen sacados del pasado de Bolaño) develando un extenso panorama literario enfocado en la década del 1970. Corremos de un baño de la universidad, donde una estudiante se esconde durante la masacre de Tlatelolco en el 1968, a las librerías donde los poetas jóvenes roban libros. Y vamos desde una barra, donde una mesera solicita un poema, hasta la casa cómoda de un viejo loco que sirve de mecenas para sus hijas poetas y otros escritores.

El universo literario de Bolaño refleja cada espacio donde artistas jóvenes reinventan un futuro. Es el Río Piedras de la UPR que viví en la década de los 1990 con brillantes libreros-poetas como Eddie; poetas que apostaban al soneto clásico como Victoria Eugenia; pintores que volaban cabezas como Ángel; performeros que transformaban sus cuerpos como Ivette. Nos convocábamos en barras oscuras para crear y dispararle al mundo fragmentos creativos, como en la Subterránea de poesía en Tito Fortuna; nos encontrábamos en la catedral para conocedores del cine, Video Place; emulábamos maestros de literatura como Rafa Acevedo, Mayra Santos y Luce López Baralt; hablábamos de maestros de cine como Diane Accaria, Rodolfo Popelnik y María Cristina Rodríguez; comentábamos la fotografía de Guy Paizy; y nos emocionábamos con los montajes de Rosa Luisa Márquez. Frecuentábamos timadores carismáticos cuyas mentiras nos inspiraban; poetas arrogantes que sentían que volaban y que, sin ellos saberlo, nos daban muchísima risa; y actores jóvenes que contaban lo que veían cuando dormían escondidos por las noches en el teatro de la universidad. Todavía pienso en los riesgos, los descubrimientos, las decepciones y los ensueños que viví ya hace casi 30 años en ese Río Piedras universitario. Un poeta representa el episodio futuro, quizás el último capítulo, de esta explosión de juventud e imaginación que vivimos muchos de los enamorados del arte. Ahora, los que no hemos muerto, llevamos vidas marcadas por esa crianza riopedrense. Óscar Restrepo es uno más de esos jóvenes poetas que apostó al arte, pero que a sus cincuenta años tan solo le quedan sus demonios, una pobreza paralizante y las ganas de haberse muerto a los 30.

En Un poeta, Restrepo no tiene trabajo, es alcohólico, tiene una hija adolescente a la que casi nunca ve, y vive con su madre por no tener dónde ir. Óscar explora en su poesía la melancolía que domina su vida. Pero Restrepo ha sido olvidado y sus colegas lo tratan como un fracasado mediocre. El espectador siente cada golpe que recibe Restrepo porque el actor, Ubeimar Ríos, enfrenta cada cantazo con resignación cuando está sobrio e indignación cuando está borracho. Su expresión eternamente arresmillada, con ojos que parecen estar al borde de las lágrimas y labios gruesos, recuerdan la emotividad de Takashi Shimura. En la famosa escena de Ikiru (dir. Akira Kurosawa, Japón, 1956), Shimura, que interpreta al protagonista, Kanji Watanabe, se mece en un columpio bajo la nieve a la espera de la muerte. Sus ojos llenos de lágrimas enseñan el triunfo que siente por haber construido un parque para los niños de la comunidad. Ambos actores llevan expresiones como máscaras que revelan el conflicto interno de sus personajes. El director de fotografía, Juan Sarmiento G., que también estuvo a cargo de la cinematografía de la poderosa The Voice of Hind Rajab (dir. Kaouther Ben Hania; Tunes, Francia y el Territorio Palestino Ocupado, entre otros; 2025), utiliza el primer plano constantemente para recalcar la tristeza que Restrepo lleva grabada en la mirada.

Restrepo comienza a ver más allá de su melancolía cuando conoce a Yurlady (Rebeca Andrade). Ella es una adolescente que viene de una comunidad muy pobre en Colombia. Yurlady escribe poesía para procesar lo que vive. Su trabajo habla de un rayo de sol que entra por accidente en su cuarto y que transforma los colores de su realidad. Ella escribe sobre las pequeñas maravillas con las que se topa en su vida difícil. Yurlady toma a todos por sorpresa con la inocencia y el poder de su escritura. Pero ¿podrá Yurlady formar parte de un mundo que ella no entiende tanto como ellos no la entienden? Mientras que Restrepo quiere que ella desarrolle su gran talento, a Yurlady le interesan sus uñas, una libreta con destellos que encontró y las responsabilidades con su familia. Escribe inspirada en la obra de Alejandra Pizarnik, la única poeta que ha leído. Aunque esto es suficiente para ella, Restrepo ve las posibilidades y oportunidades en el futuro de la joven.

En una discusión sobre poesía en la película, algunos debaten si la genialidad poética puede salir de la pobreza. La pregunta dominante entre conocedores y escritores es: ¿se puede escribir cuando la preocupación mayor es no tener con qué comer? Sin embargo, la inocente Yurlady desafía esta pregunta, que se origina en el privilegio, con su necesidad de crear para documentar ese momento cuando el viento hace bailar una cortina en su ventana. No descarto que el arte tiene el potencial de crear mundos. Pero también nos permite notar la fuerza delicada de un atardecer desde un banco en la plaza Antonia Martínez de la facultad de Humanidades en la UPR.

 Un poeta espera por ustedes en Prime Video.

 

Las hojas que no se leen

 

Especial para En Rojo

Sábado en la mañana cuando decido dedicar unos minutos a la lectura me topo con el recién publicado artículo del profesor Jeffrey Herlihy-Mera. Algo no encaja; una gota de sudor empaña mis lentes y tengo que levantar la cabeza para enfocar otra vez. Las gotas me bajan por la frente y el gallo marrueco del vecino canta tan fuerte que me tiemblan los tímpanos. La foto del artículo está tomada desde una ventana que da al norte, pero yo vivo en el patio de atrás. El autor, profesor en la UPR de Mayagüez, nació en Massachusetts y escribe en inglés para una revista de Los Ángeles; desde ahí, y en ese idioma, denuncia que el norte no contrata doctores de la UPR. Ese artículo, para llegar a Puerto Rico, tuvo que ser traducido.

El diploma de mi doctorado en Historia de la UPR-RP descansa al lado de la caja de herramientas, sin encuadernar en cartón rojo, con el sello dorado que a veces no se refleja por el polvo. El patio en Utuado me espera con los guantes puestos, pero el cartón del diploma pesa más que la cortadora de grama. En el departamento de historia, los horarios están pegados como siempre al lado de la puerta, en el tablón de edictos protegido por el cristal. Los nombres no me eran ajenos: no por sus publicaciones —aunque algunas son buenas—, sino por sus apellidos, los mismos que aparecen en las listas de recomendados. He visto graduados de universidades prestigiosas entrar sin tropiezos porque alguien los mencionó en una reunión. No hace falta que el apellido sea viejo; basta con que pertenezca. En el departamento de Historia, en los últimos quince años, ¿cuántos de los que decidieron quién entra y quién se queda fuera hicieron su doctorado en esta misma universidad? Después de hacer la pregunta, recuerdo el silencio del pasillo, ese que se queda pegado a la puerta cerca del tablón. No me refiero a los eméritos.

El argumento de Herlihy-Mera funciona como un espejo que alguien ha girado hacia el norte. Si lo giraran hacia la isla, la imagen se invertiría, pero el marco sería el mismo. No fue el inglés lo que me cerró las puertas. No estuve en la reunión de pares donde se repartieron las horas de docencia sin plaza. No tuve un padrino que hablara de descolonización desde el podio mientras, en la oficina colindante, se tejían los nombres en el registro de elegibles. El profesorado progresista del que habla, ese que supuestamente se opone a la exclusión, ha tejido una red que atrapa el talento local antes de que pueda siquiera llegar al aeropuerto. La red no se ve. Se siente cuando envías el resumé y la bandeja de entrada permanece inmóvil, como si el mensaje hubiera caído en un pozo.

La UPR es como un solar privado. Herlihy-Mera ve la tela metálica que lo separa del norte. Yo estoy al otro lado del portón, con la escoba en la mano, y los que tienen la llave deciden quién pasa y quién se queda en la acera. El mismo discurso que denuncia el imperialismo académico se convierte, en las juntas de departamento, en un dialecto de compadrazgo. Se habla de justicia epistémica mientras se firman contratos temporales para los mismos de siempre. Mi expediente no fue rechazado: lo apartaron sin decir nada, como si el apellido que lo encabezaba activara un protocolo de decomiso.

El autor cita a Rubén Gaztambide-Fernández y Adam Howard: los académicos marginados que lograron entrar a instituciones de prestigio terminan condicionados, moldeados por el idioma del centro. Pero, ¿y los que nos quedamos? ¿Qué clase de condicionamiento es este? El mío no es lingüístico, es existencial. El artículo habla de descolonización. Pero la descolonización, en ese texto, es un proyecto que se planifica desde una oficina con aire acondicionado. Yo no tengo oficina. Tengo un patio donde la grama crece entre las grietas del cemento. La zona del no ser no es una teoría que se discute en seminario. Es el lugar desde donde leo este artículo, con el sudor bajándome por la frente y el gallo del vecino cantando en mi oído. El que escribe sobre la exclusión no está en la zona del no ser. Está en la zona del ser, hablando por los que no pueden hablar.

Mi tesis está ahí, en el repositorio digital, con las páginas amarillentas por la humedad. Con notas al calce que citan a Picó y a Gervacio García. La escribí en español, con archivos de la Sala de Investigaciones Históricas y Colección Puertorriqueña. Nadie la ha visto. No porque sea mala, sino porque para que sea buena, alguien tiene que reconocerla. Y ese alguien, aquí, prefiere mirar hacia el norte para no ver hacia el lado.

Herlihy-Mera termina su ensayo diciendo que el profesorado de la UPR “escribe, enseña, dialoga y espera con dignidad a ser escuchado”. Pero la dignidad no alcanza para vivir de cortar la grama desde las siete de la mañana. No quita el olor a gasolina de las manos. No paga el recibo de la luz. La espera de la que habla es un lujo de quien tiene un contrato renovable. Mi espera es otra: el ruido del motor, el sudor que empapa la camisa mientras pienso en las fechas de la Junta de Gobierno, en las resoluciones que recortan plazas mientras los que las ocupan hablan de resistencia.

Una pregunta me persigue: “¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso al Norte?”. Yo la volteo en mi cabeza: ¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso a la UPR? El filtro no está en Cambridge. Está en la avenida Universidad. El que lo administra no es un decano de Harvard, es el catedrático que me conoce, que me dio clase, y que firmó la lista donde mi nombre no aparece.

Esa gente, los que ocupan las plazas que yo podría ocupar, no son malas personas. Firmaron manifiestos, citan a Fanon, se oponen a la Junta. Pero su solidaridad se agota en el umbral del salón de profesores. Allí, el colonialismo se reproduce con otra máscara: el mérito que se hereda y el rigor que se conoce. La inclusividad, al final, termina seleccionando a los suyos.

El revisor anónimo que Herlihy-Mera critica pidió “dos o tres ejemplos tangibles”. Mientras leo esa frase, arranco un matojo de grama que crece y empuja una grieta en el cemento. La saco de cuajo entre los dedos y me corta la circulación. Herlihy-Mera lo encuentra humillante. Yo también. Pero la humillación de él es la de quien tiene plaza. La mía es la de quien nunca llegó a la mesa donde se piden las cualificaciones mínimas. La diferencia es que el revisor del norte al menos es honesto en su exigencia. Los de aquí te sonríen, te dicen “tu trabajo es excelente”, si es que lo dicen, y luego cierran la puerta.

Herlihy-Mera propone construir ecosistemas intelectuales en los márgenes. Yo estoy al otro lado del portón, con el rastrillo en la mano. Cuando los que tienen poder en la UPR hablan de “construir desde abajo”, no se refieren a mí. Se refieren a sus estudiantes de posgrado, a los que heredarán sus cátedras. Si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico (HIST 3241), la resistencia es para quienes se quedan adentro. El título, para mí, no alcanza ni para eso.

El conocimiento que generé en siete años de doctorado: las horas en la hemeroteca, el archivo desempolvado. También las clases que me dieron, las lecturas que devoré. Todo eso pesa igual que el recogedor lleno de hojas secas. En el norte no hablo el idioma que me piden. En el sur no conozco a la gente que decide. Me quedé en el medio, con las manos oliendo a gasolina y las notas al calce intactas en la tesis.

Esa tradición del imperativo inclusivo tiene una puerta en la PR-25 de Río Piedras. Cada vez que abren una convocatoria cada cincuenta años, los requisitos son los mismos: título, publicaciones y, por supuesto, una experiencia que nunca termina de ser suficiente. Cumplo con todo pero el último filtro no se escribe. Es el apretón de manos que decide el voto en la asamblea y el favor que se devuelve sin factura. En una isla pequeña, si no eres parte del corillo te quedas fuera.

Que otros sean mejores no es la queja. El asunto es el criterio, y lo que pasa es que no funciona con conocimiento, sino con pertenencia. Y la pertenencia, en una isla pequeña, es un grupito de sillas que siempre están ocupadas por los mismos. Los que entran, entran para siempre. Los que salimos, como yo, nos quedamos en el patio, viendo cómo el sol quema las hojas secas que acabo de barrer.

El artículo de Herlihy-Mera termina con una invitación: imaginar otra versión de los Estudios Puertorriqueños. Yo me imagino una donde el doctorado en Historia de la UPR-RP no sea un certificado de exilio, donde los comités no necesiten mirar hacia el norte para encontrar excelencia. Donde quedarse no signifique que algo falló. Pero mientras tanto, aquí estoy, con el diploma lleno de polvo anclado en el escritorio y el olor a grama recién cortada en la ropa.

El autor pregunta si deberíamos lanzar un nuevo programa doctoral en Humanidades y Estudios Culturales. Uno ya fue aprobado, dice. Pero yo le pregunto a él y a los que aprueban esos programas: si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico, ¿para quién es la resistencia?

Apoyo el pie sobre el diploma. No tiene marco. Ni siquiera me molesté en enmarcarlo. Sospechaba que terminaría siendo el soporte de una pata de la mesa. El cartón tiene la marca de mis pies descalzos cada vez que me siento a leer.

Los que se fueron a Rutgers, a Harvard, y que cuando vuelven ocupan un lugar que nunca estuvo vacío.

La UPR también posee vicios que su crítica no nombra: los comités que deliberan sin actas y los pasillos donde se resuelven los nombramientos, mientras los expedientes se quedan sellados. Herlihy-Mera dice que la universidad tiene cualidades más allá de lo que los procesos convencionales pueden medir. Yo coincido. Pero esos vicios también están más allá de lo que su artículo puede nombrar. Y ese silencio, en su ensayo, suena como el aire acondicionado del segundo piso: constante, ahogando lo que pasa al otro lado de la puerta. No me refiero a los ceros de la tabla. Me refiero a los que no se contaron porque nunca estuvieron en la tabla: los que tenemos el título y nunca seremos colegas. El archivo está ahí, en los estantes de la Sala de Investigaciones. Pero el que lo conoce no tiene una silla en la sala de lectura.

El vecino cambia la canción. Bad Bunny ya no canta sobre la añoranza. Yo apoyo la escoba contra la pared. Quedan algunas hojas sueltas en el cemento. El diploma sigue sosteniendo la mesa de madera, con el sello dorado reflejando la luz de las cinco que entra por la ventana. No sé si mañana volveré a leer el artículo de Herlihy-Mera. El patio seguirá ahí. La grama siempre crece. Las hojas que no se leen se pudren en el patio de atrás.

 

¿Hablar del goce es lo mismo que hablar del deseo?

 

 

Especial para En Rojo

En el espacio cotidiano versus ciberespacial, por lo general, siempre se tiende a percibir desmesurada como generalizadamente al deseo como fuente central del principio de placer. Sin embargo, el concepto del goce desde el lenguaje psicoanalítico lacaniano se concibe como la satisfacción pulsional de la vivencia analítica del significante. Queda evidentemente claro, que hablar de goce envuelve desde la mirada de Jacques Lacan (1976) e inclusive al psicoanálisis como una producción, es decir, que es un resultado que conlleva valores gananciales como de pérdidas. Así que, la búsqueda de este sentimiento más allá de tener un intrínseco vínculo con el objeto @[1] y/o cosa, jamás logra del todo saciar nuestras apetencias, frustraciones, idealizaciones, fetiches, etc. Esto es debido a que el goce y displacer están trenzados como bien nos indica el psicoanalista Alejandro Tolosa (2015) dado que impulsa al ecosistema de la culpa e incluso anímico en general, la cuestión de la angustia. Ha sido aquello que pone en circulación a nuestro deseo lo que le dará relieve a ese objeto @ para hacer de ese estado de satisfacción uno consistente y sobre todo, imparable, tipo efecto vórtice.

Desde el ámbito del deseo, el ser social de antemano acepta y conoce que no existe objeto de deseo per se. Mediante este estado de reconocimiento es que debe hacerse la salvedad que el deseo lo que persigue es seguir deseando, por lo que es siempre revolucionario como presenta Gilles Deleuze (1990) porque quiere más conexiones y agenciamientos. Por tal razón, es que el deseo antecede al goce, puesto que es elemento integral que dinamita a todo lo que tenga interrelacionar para cumplir con único propósito, el mantenerse vivo y reiterante. (Lacan, 1976).

Adentrándose al análisis deleuzeano & guattariano (1972) se aborda al deseo como una realidad intensiva e incluso molecular la cual trabaja bajo una transición entre captura y fluidez debido a las composiciones molares que efectúan y caracterizan a las sociedades capitalistas contemporáneas (Torres Ornelas, 2018). Así que, el deseo ostenta tener una capacidad transversalista/transformista cuyo proceso de registro o codificación nada resulta ser culminado y determinado. Esto es debido aquí no existe represión, sino más bien cancelación de la representatividad, precisamente porque es un afecto y no un sentimiento como el goce. Es en ese sentido que, acontece el síntoma como engendro del malestar en la cultura, hecho que reviste la interminable lucha entre sentimiento de abundancia versus carencia.

Por tal razón, al deseo no se le puede graduar y/o calibrar como sucede con el sentimiento de goce, puesto que como bien expone Deleuze (1990) está en búsqueda de líneas de fuga, mientras que el goce es un determinante-fantasmático de sujeción. Slavoj Zizek (2011) nos dice “que el deseo y el goce son intrínsecamente antagónicos e, incluso, se excluyen entre sí: la razón del deseo no es alcanzar su objetivo para lograr satisfacción plena, sino de seguirse reproduciendo como deseo”. (p.51). Es decir, que, que el deseo podría concebirse como un proceso inacabado el cual está en constante devenir, mientras que el goce fluye por medio de faltas, rezagos, vacíos, etc. Cabe destacar, que el deseo al no requerir de un objeto, la identificación y registro del mismo hacen posible la codificación del objeto de deseo lacaniano el cual a su vez es capaz de no solo darle vida a las cosas, sino más bien, propiciar los modos de subjetivación necesarios para generar sus pulsiones de vida y/o muerte.

Es bajo esa dirección, que en la sociedad actual a la que nos situamos, se ha ido desarrollando por medio de nuevas tecnologías u otros tipos de gadgets científicos hasta inclusive psicofármacos diseños remediales curativos y alternativos para llegar a ese inalcanzable pansexualismo orgiástico que la misma cultura reprime. Así que, a partir de la rampante atmósfera del miedo que ha implantado el sistema neoliberal sociopolíticamente hablando, encontramos que, silenciosa, pero ruidosamente se ha trasquilado un efecto mandatorio tipo placebo de ser feliz, totalizado, curado, empoderado, gratificado y hasta anestesiado contra cualquier malestar psicosocial que estemos confrontando. De aquí es que descansa toda esa batería de artefactos paliativos para complacer la insatisfacción, miedos, fobias, fantasías y falsos imaginarios sociales para ser “feliz” o “normal” aparentemente.

Y es precisamente ahí hacia donde focalizamos esta breve reflexión teórica, intentando explorar/describir acerca de las diversas capas que atraviesa la fábrica de deseos humana dentro del complejo mundo cibercultural que vivimos. De este modo ponemos de manifiesto el análisis psicopolítico[2] que propicia el régimen autogestionario de la cultura digital el cual se apoya en la propia autodestrucción y mutilación sutilmente vía lo técnico- práctico. Es por ello, que para tener una mejor lectura de la práctica asidua que recurre y consume el ser social moderno- tardío, sea en el plano inmaterial intersubjetivamente hablando como cibernético, se necesita antes que todo del perfilar e incluso minar descentralizadamente al deseo vía el desarrollo transmutacional del capitalismo de las emociones (likes, emojis, views, seguidores, pokes, etc.). Asi vamos atajando e interpretando un poco más el inenarrable movimiento de las máquinas deseantes.

 

 

  Referencias
  Chul-Han, B. (2014). La Agonía de Eros. Madrid, España. Herder.
  Chul-Han, B. (2015). Psicopolítica. Madrid, España. Herder.
  Deleuze, G. & Guattari, F. (1972). El Anti-Edipo. Vol. I: Esquizofrenia y Capitalismo. Buenos Aires, Argentina. Paidos.
  Illouz, E. & Kaplan, D. (2020). El Capital Sexual en la Modernidad Tardía. Madrid, España.    Herder.
  Lacan, J. (1976). El Seminario IV: La Relación de Objeto. Paidos. Argentina.
  Zizek, S. (1994). La metástasis del goce: Seis Ensayos Sobre La Mujer y La Causalidad. Paidos. Argentina.

Zizek, S. (2003). El Sublime Objeto de la Ideología. Paidos. Argentina.

Zizek, S. (2020). Pandemia: La Covid 19 Estremece al Mundo. Paidos. Argentina.

Notas

[1]   El objeto @ según nos dice el psicoanalista lacaniano Zizek no es lo que nosotros deseamos, ni mucho menos tratamos de obtener, sino más bien de eso que pone movimiento circular a nuestro deseo. (p.51)
[2] Cuando me baso en el término psicopolítica me estoy basando en el enfoque presentado por el filósofo norcoreano Byung Chul-Han (2015) el cual señala que en esta etapa de la digitalización y autocontrol social ya el disciplinamiento no tiene el mismo régimen que en la época moderna del siglo XVIII, sino más bien uno flexible y multiforme.