viernes, noviembre 6, 2026
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La insaciable voluntad de saquear

 

 

Marx escribió en su obra magna que «El capital tiene horror a la ausencia de ganancias o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 por ciento y acudirá a donde sea; un 100 por ciento y es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; un 300 por ciento, y no hay crimen a que no se arriesgue, aunque arrostre el patíbulo».

Podría aplicarse este razonamiento a la política exterior de Estados Unidos: con tal de preservar su imperio, enfrentado a una inexorable declinación, no se detiene ante ningún crimen, por alevoso que sea.

Consiente y financia el genocidio en Gaza, alimenta la destrucción de Europa con una guerra en contra de Rusia que destruyó a Ucrania y desangró a Europa, y que ya está perdida; atiza el conflicto con China cortejando a Taiwán y, en nuestra región, refuerza la agresión en contra de Venezuela, con una enorme batería de Medidas Coercitivas Unilaterales (más de 900) y en contra Cuba, que ha resistido 65 años de agresiones en el marco de un bloqueo cada vez más integral, incorporándola a la lista de países promotores del terrorismo internacional según lo anunciara el hampón Mike Pompeo por orden de Donald Trump, un megamillonario dueño también de un extenso prontuario de robos, estafas y toda clase de delitos.

La acusación lanzada contra Cuba es una infamia incalificable pero que pese a su falsedad potencia extraordinariamente los devastadores efectos del bloqueo porque son poquísimos los bancos de cualquier país que consienten hacer negocios con un país acusado de ser el santuario del terrorismo y exponerse a una brutal represalia por parte de Washington. Esto se tiene que acabar y se va a acabar antes de lo que los imperialistas norteamericanos están pensando.

 

Reproducido de : www.cubandebate.cu

 

Israel declaró «persona no grata» a Lula por calificar de «genocidio» la guerra en Gaza

Israel declaró «persona no grata» al presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, quien el domingo calificó la ofensiva israelí en la Franja de Gaza como un genocidio comparable al Holocausto. La declaración motivó una fuerte respuesta del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que acusó a Lula de «trivializar el Holocausto». El
gobierno de Israel convocó al embajador brasileño para presentarle una protesta, mientras que el gobierno de Brasil llamó a consultas a su embajador en Tel Aviv y convocó al embajador israelí.

«Cruzar una línea roja»

Desde Adís Abeba, capital de Etiopía, donde asiste a una cumbre de la Unión Africana, Lula dijo el domingo: «Lo que está ocurriendo en la Franja de Gaza no es una guerra, es un genocidio». El presidente de Brasil agregó: «Lo que está ocurriendo en la Franja de Gaza con el pueblo palestino no ha ocurrido en ningún otro momento de la historia. En realidad, ha ocurrido: cuando Hitler decidió matar a los judíos».

En Israel el primer ministro Benjamin Netanyahu calificó los dichos de Lula de «vergonzosos y graves» y dijo que eran una «trivialización del Holocausto». Netanyahu anunció que su gobierno convocó al embajador de Brasil en Israel. «La comparación entre Israel y el Holocausto de los nazis y Hitler supone cruzar una línea roja», señaló Netanyahu en un comunicado, en el que insistió en que Israel está «luchando para defenderse».

El ministro israelí de Exteriores, Israel Katz, advirtió «No perdonaremos ni olvidaremos: en mi nombre y en nombre de los ciudadanos de Israel, informé al presidente Lula de que es una persona no grata en Israel hasta que se disculpe y se retracte de sus palabras». La cita con el embajador de Brasil en Israel fue en el Museo del Holocausto de la ciudad y no en el ministerio de Exteriores de Israel en Jerusalén.

«La comparación que hace el presidente brasileño Lula entre la guerra justa de Israel contra Hamas y las acciones de Hitler y los nazis, que exterminaron a seis millones de judíos, es un grave ataque antisemita que profana la memoria de quienes perecieron en el Holocausto», aseguró  Katz.

Una acusación «absurda»

Lula es uno de los líderes latinoamericanos más críticos de la ofensiva israelí. El presidente brasileño llegó a Etiopía luego de visitar Egipto la semana pasada, donde acusó a Israel de matar indiscriminadamente a mujeres y niños y desobedecer los mandatos de la ONU. En sus declaraciones en Adís Abeba, Lula dijo que el conflicto entre Hamas e Israel «no es una guerra de soldados contra soldados» sino «una guerra entre un ejército muy preparado y mujeres y niños».

Estas declaraciones son las más contundentes emitidas hasta ahora sobre el conflicto por Lula, un importante representante de los países del sur global y que ocupa la presidencia rotatoria del G20. Lula afirmó en noviembre que Hamas había cometido «un acto de terrorismo» en su ataque del 7 de octubre contra Israel. Y al mismo tiempo criticó la «respuesta desproporcionada» de Israel en Gaza.

El ministro de Comunicación de la Presidencia, Paulo Pimenta, afirmó que, desde el inicio del conflicto, Brasil «condenó los ataques terroristas de Hamas en todos los foros». Según Pimenta, Brasil manifestó su «solidaridad con la población civil de Gaza» donde «1,7 millones de palestinos no tienen acceso a agua potable, comida ni remedios». El ministro remarcó que «la comunidad internacional no puede callar frente a la masacre de un pueblo que no puede sufrir un exterminio por los crímenes de un grupo que debe ser castigado por lo que hizo».

El asesor de Asuntos Internacionales de la Presidencia y excanciller, Celso Amorim, consideró «absurdo» que Israel declare persona no grata al mandatario brasileño. «Eso solo aumenta el aislamiento de Israel» ya que «Lula es respetado en el mundo entero y en este momento quien es ‘persona no grata’ es Israel», agregó Amorim antes de reunirse con Lula para analizar la situación.

El canciller brasileño, Mauro Vieira, convocó al embajador israelí para que comparezca este lunes en el palacio Itamaraty de Río de Janeiro, donde se encuentra para la reunión de ministros de Exteriores del G20. Vieira también llamó a consultas al embajador brasileño en Tel Aviv, Frederico Meyer, que viajará el martes a su país después de haber sido convocado por el gobierno israelí para trasladarle la dura respuesta de Netanyahu a las palabras de Lula.

Una crisis en vísperas de la reunión del G20

La crisis diplomática estalló en vísperas de que los ministros de Exteriores del G20 celebren su primera reunión bajo la presidencia brasileña de esa organización, los próximos miércoles y jueves en Río de Janeiro. Antes de ese encuentro Lula recibirá en Brasilia al secretario de Estado de EE.UU., Antony Blinken, con quien abordará el tema Gaza.

Brasil fue uno de los primeros países en respaldar la denuncia presentada por Sudáfrica a la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya, que acusa a Israel de mantener un «patrón de conducta genocida» en Gaza. Hamas aprovechó la declaración de Lula y pidió a la CIJ que escuche esa denuncia sobre «violaciones y atrocidades» sufridas por los palestinos «a manos del Ejército israelí» y afirmó que algo similar «nunca se ha visto en la historia moderna».

En el plano interno, Lula fue duramente criticado por la ultraderecha que lidera Jair Bolsonaro, quien reprodujo en sus redes sociales una nota de protesta divulgada por Netanyahu. Aún así, algunos diputados bolsonaristas anunciaron que la declaración de Lula podría ser motivo para iniciar un juicio con miras a la destitución del mandatario, algo considerado improbable por la correlación de fuerzas en el Congreso.

Más de 29 mil palestinos murieron y cerca de 69 mil resultaron heridos en bombardeos israelíes y combates en la Franja de Gaza desde el inicio de una ofensiva israelí, el 7 de octubre pasado, según Hamas.

Tafonomía

 

 

Especial para En Rojo

 

De haberlo sabido, me habría ocupado de algo aún más inútil —¿quizá quiero decir esotérico, misterioso, rancio?— que la literatura. No es que sea demasiado tarde. Es que nunca se puede saber, verdaderamente, nada. Antes había tomado la ruta de la actuación, seducida por la posibilidad de llorar a moco tendido en público sin que vinieran los estúpidos del decoro a reprocharme nada. Pero acabé descartándola; cómo podría distinguirse mi actuación de la de cualquiera en este país, si aquí lo que llamamos “vida” es un formidable fingimiento cotidiano. Y no me digan que no tengo razón. Todos sabemos que este lugar ha tendido siempre a la muerte, ya por designio de los que mandan y han mandado por siglos, o por decisión propia de quien niega, goza o aybendice su perpetua condición de súbdito.

La cuestión es que llevo años sangrando todos los meses, sin fallar uno. Y como por tantísimo tiempo de mi juventud pensé que las acuarelas flotando en el inodoro eran signo de una enorme lacra de carácter, cuerpo o espíritu, a nadie se lo dije y de eso, nadie me habló. Que no encontrara por ninguna parte, al descubierto, indicaciones del desangramiento recurrente (a duras penas era un gotereo rosadito en los anuncios de toallas sanitarias), del abultamiento endurecido, de los malos humores, de la diarrea, de los escalofríos, del desgaste, de seguir haciéndolo todo ¡a la misma vez! que se te vacían las entrañas en coágulos, de la peste (aunque, aclaro, a mí siempre me ha parecido un olor agradable), confirmaba mi sospecha infantil de que esto era mío, mío nada más.

Por eso opté por la literatura, considerando que allí la gente se contaba cosas entre sí en público, y lo más importante, lo hacía sin necesariamente revelarse, jugando al anonimato y la duplicidad. (¡A mala hora han ganado tantísimo terreno la autobiografía, la autoficción, el memoir y el selfie!) En la literatura se actuaba, por supuesto; era el reino escrito del ser otra. Pero la característica que fue para mí determinante era que, al contrario de la actriz, la escritora no tenía que poner su cuerpo ante el público, lo que admitía la posibilidad de que los escondites del yo fueran más recónditos. O al menos, así me parecía en mi injustificable inocencia.

Procedí entonces a escribir un novelón titulado Sangro. Siempre me han gustado esos títulos así, púm, una palabra, brega con eso. Claro está, el personaje protagónico, que contaba todo sobre su minuciosa exploración de la sangre en primera persona, como bien indica el título, no era yo, ni remotamente. Tenía otro nombre y un reguerete de características distintas a mí. Imagínense que era de un pueblito fronterizo entre Alaska y Rusia y vivía en la Era de Fuego, cuando allí no hacía ni gota de frío. Además, hablaba poco, poquísimo. Prefería las acciones, según explicaba, porque lo que la humanidad decía no era nunca lo que acontecía: el silencio sobre el sangrado cíclico era su mejor prueba.

De veras pensé que, con aquel libro, al que dediqué más de diez años de mi vida, la GRAN REVELACIÓN sin tapujos ni coartadas de una condición propia de la especie que, a la vez, recibe el trato de un colosal secreto, resolvería la espinosa cuestión de vivir en un país en el que el arte no paga. Ciertamente, las ventas globales de mi novela superarían a Paulo y a Isabel y a Stephen y a E. L. ¿Verdad que sí?

Me mantuve todos esos años con trabajitos zánganos de hacerle los ensayos a la gente chapucera, que no es poca —ahora esa fuente de ingresos se fue al carajo con La Dichosa… yo no la nombro, aquella, la artificial— para poder consagrar mis mejores horas a la OBRA MAYOR, de cuyos ingresos, estaba segura, podría vivir por siempre jamás. Hasta recolecté religiosamente muestras del sangrado para entintar cada ejemplar llegado el momento. Y lo logré. El punto final se puso con sangre, por supuesto.

Sobre la editorial que se lanzó a publicar semejante objeto en una modesta —les insistía yo— primera tirada de 5,000 ejemplares, no diré nada por ahora. Sólo que las pobrecitas editoras pensaron que estaban publicando un novelón genial, seudo distópico sci-fi antique futurista al estilo Atwood, pero puertorriqueño, the empire strikes back, tú sabes, y claro, leyeron fatal el mercado, tanto como yo. Pero en estos días andan felices pese a las pérdidas continuas de su negocio. Parece que han tenido uno que otro logro —no con mi libro, se los aseguro, la verdad es que no entiendo bien con qué— y no quiero arruinarles la fiesta. Soy áspera, pero no abiertamente cruel.

Al fin y al cabo, dos o tres gatas compraron Sangro. Las editoras acabaron entregándome los cientos de cajas que ahora son comida de ratones. Rapidito empezó a circular la noticia de que una pretenciosísima novela de una escritorita desconocida proveniente de una islita americana –¡sí, “islita americana” decía la prensa lo mismo que las redes sociales!– se dirigía a los lectores “como si fuera una gran revelación sobre la menstruación, ¡ja, ja! ¡Cuánta ambición!” Ese sustantivo, por cierto, no aparece ni una sola vez en la novela. Es feísimo. Y ustedes, tal vez atónitas, se preguntarán, ¿cómo es que esta desquiciada pudo creer que la menstruación sería causa segura de un best-seller internacional en el mundo del Padre? Pues así fue. Les juro que sí. Lo contrario me parecía incomprensible, casi tanto como la existencia abrumadora de hombres con poder.

Como les decía –y antes que vaya a perder el hilo y la tabla, aunque con toda razón, considerando el tema de los hombres con poder–, si hubiese sabido que rasgar de manera definitiva el velo de la sangre mensual, fenómeno que experimenta al menos la mitad de la población humana mundial desde los albores de la especie, no era suficiente proeza como para ganarme la vida con ello, me habría dedicado a la tafonomía, a la sedimentología o a la espeleología. Quizá algún día una disciplinada y ávida estudiosa encuentre mi sangre fosilizada en los restos de la primera tirada de Sangro y sea capaz de predecir cuántos bebés no tuve. Esa idea me regocija. A fin de cuentas, la disolución es mi única meta.

 

Las cocinas de ellas

 

 

Esta semana murió a sus noventa y tantos, mi tía-abuela Tití quien, junto a Camelia, son mis referentes e inspiraciones en la cocina. Abuela me enseñó a cocinar en leña y Tití, una matrona regordeta y de brazos enormes, movía los calderos con las mismas preparaciones e iguales y hasta mejores resultados, pero sobre la estufa; siempre de gas. Siendo de la diáspora, tuvo que adaptar la cocina criolla ancestral a sus circunstancias.

Durante un tiempo vivió aquí con nosotros y con ella, que era más expresiva que Camelia, entendí que en esta familia de mujeres la cocina es un idioma. Es mucho más que un acto cotidiano. Eran ocho hembras de entre diez hijos de la despiadada bisabuela Justa (o Justina, según la personalidad que asumiera ese día). De las ocho, tres eran excelentes cocineras; cada una en su campo. La menor, Faustina, también es un referente importante en mi cocina. De ella transferí mi afición por coleccionar equipos y explorar con platos de otras latitudes. Un día llegaba con un apple pie; otro, con lo mein. O encendía su smoker para asar sausages que había hecho con su máquina de embutidos. La cuarta, Yaya, no cocinaba. Pero siempre que llegaba de visita desde California, venía cargando con una variedad de frutas gringas: manzanas, albaricoques, cherries, peras… y no podía faltar la posta de salami hebreo. Con su acento chicano me explicaba todo lo que podía prepararse con cada una de esas frutas. Rosario odiaba la cocina. Pero los sábados eran siempre días de espagueti y  su casa siempre  olía a lubina frita porque Ramón, su marido era experto pescador de lago. No obstante, con ella aprendí a coser; así, con ese. Velia, por su parte hacía lo que podía dentro de su precaria situación económica. Vivía con Irmita, su única hija quien fue una tierna y eterna niña y su nieta de la que no recuerdo el nombre, pero sí que era la sombra tras la cortinita que separaba su cuarto de la sala; que heredé todas sus mumus cuando murió a los dieciocho. Era hidrocefálica; un saquito de huesos cargando una enorme cabeza de ojos que decían lo que su boca no podía: nunca hablo ni se movió de aquella cama.  “Mama”, fue la única palabra que articuló en su corta y agónica vida; y expiró. Pero a pesar de su pobreza, Velia e Irmita siempre nos ofrecían galletas export soda y un néctar de melocotón en un cacharro o una tacita de margarina con olor a sofrito; caliente como el techo de su casa de la prera, o el plástico con el que tapizaban los muebles, del que se  me pegaban los muslitos, sancochados y húmedos. No era una gran cocinera, pero poseía la creatividad de quienes “se las resuelven con lo que hay”, como la vez que nos ofrendaron una docena de pasteles de masa de pepitas de pana. Les diría también que de Velia se rumoraba que era, más bien, diestra para mover “otros calderos”; pero ese es un cuento como para finales de octubre. De lo que sí estoy clara es que de ellas aprendí que cuando alguien cruza el umbral de tu puerta, una da lo mejor que tiene.

Moncha, la religiosa, le puso la sazón criolla a nuestra impuesta dieta judía.  Devota adventista como era, le buscaba la sabrosa vuelta, a los rigores levíticos que nos impuso Elena White a sus fieles.  Cuando la vistábamos solíamos bajar al amanecer, en una caravana de tías abuelas con sus respectivos hijos, nietos y alguno que otro cola’o. Entonces, desde su fogón en Mayagüez, comenzaban a salir enjambres de platos igualmente deliciosos, pero con las necesarias bendiciones kosher.  Además, su hija por los mismos regímenes, era una vegana de respeto y me enseñó a hacer panes de granos, mantequillas de almendras, barritas de dátiles.

Cuando todas se juntaban en casa de abuela, sus charlas se escuchaban hasta acá en mi casa y era una homilía de calderos subiendo y bajando del fogón durante dos o tres días, hasta que se agotaban todos los guineos, se molían todos los cocos, se mataban todos los pollos crecidos, se acababa la paila de sangre para las morcillas. Siempre a regañadientes y en un tono de cura malhumorado, se daban y nos daban instrucciones a los nietos que entrábamos y salíamos de aquel enorme espacio de madera que era un templo. Sin embargo, entendíamos esa forma tan seca de expresarse. Y es que con ellas aprendí que en esta familia de mujeres duras, encurtidas por el trabajo y el dolor, cocinar es el único acto de ternura que nos permitimos. Esa dureza, también la adopté. No todo es peaches and cream. No en balde la cocina y yo estamos tan ligadas.

Una vez, cuando le pedí leyera un cuento mío para el que casi tuve que sacarme una maestría en física, el célebre Pancho Velázquez me dijo: “niña, ¿por qué te complicas la vida? Escribe de tus abuelas y tus tías y sus cocinas; como todas las escritoras latinoamericanas”. Por mucho tiempo me negué ese cliché. Pero estoy empezando a sospechar que, llegado el momento, este acto se convierte en una pulsión: en un compromiso ineludible.

  1.     Los códigos de los sorullitos de Maíz, como me enseñó Tití.

Si el fogón de Camelia era su templo, la cocina  en el  interior era su purgatorio. Salvo en contadas excepciones, incluidos los maravillosos cueritos de pescuezo de pollo rellenos de corned beef, de aquella cajita de fósforos, intento de cocina, lo que salía era, en más de un sentido, intragable.  Conato de comida de aspecto mustio, desabrida, fría, con cierto vaho a Clorox. Era tal el contraste entre ambos espacios culinarios, que podría jurar, secretamente, que lo hacía adrede; como una pequeña venganza clandestina contra su compañero de décadas.  De hecho, con frecuencia me advertía por lo bajo: “no te comas eso, que es pa’ tu abuelo”.  Sin embargo, además de los pescuezos, eran un llamado a la reunión del clan, las ditas alcochonadas con Bounty y repletas de frituras que emergían de la cocina interior.  Estas vieron con nosotros a Rafaél José ganar el OTI, a Deborah el Miss Universe, un par de nocauts de Gómez, muchos juegos de pelota, la caída de Walenda, el juicio de Maravilla… Ditas que borboteando bacalaítos, alcapurrias y sorullos, circulaban en un papacaliente por la pequeña sala, ofreciendo su contenido mientras los ojos permanecían estáticos frente al televisor. De los sorullos, yo solía comerme solo la corteza crujiente, porque ese engrudo interior que me recordaba al funche o a la harina de maíz que mami se preparaba de desayuno, me causaba cierta desilusión: como un regalo mediocre, pero bien envuelto.  Esto, hasta que Tití llego a casa y entre tantos otros, me pasó los códigos secretos de los sorullitos.  Se trata de una masa bien sazonada (mis sorullos son salados) y bastante seca.   Para esto, es necesario cocinar la harina al fuego hasta que despegue totalmente de las paredes de la olla.  Ese también es el código para otras preparaciones que requieren centros huecos, como la choux de los eclairs y de los churros.  Mi reciente descubrimiento de la magistral polenta italiana, me llevaron a idear esta receta que les dejo en honor a Tití y a Camelia y a las tías que se pasaban la dita de sorullitos para mojar en chocolate, alguna noche de verano en el balcón de abuela mientras ventilaban los cuentos de Justa a boca de jarro, una y otra vez, en su inagotable lamento sazonado pero seco, como la masa con la que se confeccionan.

Sorullos al camarón y su musse pa dipiar. (12 sorullitos, aprox.)

Ingredientes:

1  taza de harina de maíz
1 3/4 tazas de caldo de camarones preparado con:
5 camarones frescos y enteros
2 1/2 tazas de agua
2 hojas de laurel
1/4  de cebolla
1/2  zanahoria
2 dientes de ajo
1 tallo de apio (celery)
Pimienta al gusto
3 a 4 granos de pimienta gorda (malagueta/ allspice)
2 cucharadas de aceite de oliva
1/4 taza de crema de montar (heavy cream)
1 cucharada de cilantro fresco, picado, mas sus tallos aparte .
Un limón
Sal y pimienta al gusto

Preparación:

En una olla profunda, ponga el aceite de oliva y las cabezas, colas y cascarones de los camarones.  A sus cuerpos, quítele la vena y  reserve la carne.

Pasados 4 o 5 minutos de cocción, añada la cebolla, apio y zanahoria. Cuando transparente un poco la cebolla, añada la pimienta, sal, pimienta gorda (reserve una pepita), los tallos de cilantro y el laurel y vierta el agua.  Deje hervir unos 15 a 20 minutos.

Mientras tanto, prepare la musse. Primero, cocine vuelta y vuelta los camarones reservados sobre un sartén con unas gotas de aceite de oliva hasta que cambien de color. Corte en porciones pequeñas y procese con la crema, un toquecito de la raspadura de una semilla de pimienta gorda, el cilantro picado y una pizquita de ralladura de limón, así como unas cuantas gotitas de su jugo.  Salpimente a gusto. Adorne y reserve en nevera.

Retire el caldo del fuego. Procese en licuadora todo el contenido muy bien y filtre varias veces hasta conseguir un caldo limpio de impurezas.

Regrese dos tazas del caldo limpio a la olla y ponga al fuego hasta que hierva. Añada la harina de maíz en pequeñas cantidades, asegurándose que toda se incorpore y humedezca. Si nota que está todavía muy seca, añada chorritos del caldo restante o agua. Continúe cocinando y moviendo la preparación hasta que la masa se despegue de las paredes de la olla.

Ponga aceite a calentar en una sartén a fuego alto.  Luego lleve a fuego medio y fría los sorullos dándole antes la forma y longitud deseada. (A mi me salen 12) No se asuste si le quedan un poco mas oscuros; esto se debe al color del caldo. Cuando estén todos los sorullitos fritos, sirva junto al musse para untar o dipiar.

Nota para que coma titi Moncha.

Para quienes no consumen marisco, el caldo bien puede sustituirse por cualquier otro.  De igual forma, la musse puede prepararse con pollo, setas, alcachofas, berenjena.  Y en el caso de los veganos, la crema puede sustituirse por tahini, tofú e incluso anacardos o cualquier otra semilla, procesados con un poco de agua. Pero de esas travesuras culinarias, supongo que saben mejor los veganos.

 

Libroteca: notas preliminares a las memorias de Albert E. Lee (1963) y Alejandro Tapia y Rivera (1927)

 

La revisión del pasado puertorriqueño y sus representaciones es constante. El presente, esa situación precaria en la que el estar y el dejar de estar en un lugar del tiempo y el espacio se encuentran, hace necesaria la relectura de los rastros de los pasados. El proceso puede estar lleno de gratas e ingratas sorpresas. Las respuestas que el historiador encuentra en las fuentes en un momento determinado suelen girar en direcciones inesperadas en otras. Se trata de un fenómeno que me parece pertinente comprender. Del mismo modo que se acepta que la historia debe ser reescrita una y otra vez, cada texto requiere numerosas relecturas. Intentaré hacer ese ejercicio con dos fuentes de la memoria.

Un libro

An Island Grows. Memoirs of Albert E. Lee, 1873-1942 publicado en 1963[1], es un ejemplo de ese fenómeno. Este libro llegó a mis manos en fecha no determinada. Acostumbro a firmar cada volumen que entra en mi colección, anotar donde lo obtuve y el año del suceso. En este caso no lo hice. Mi ejemplar había pertenecido a una biblioteca rural adscrita al Departamento de Instrucción Pública y nunca había sido tomado en préstamo. Un libro huérfano de lectores decomisado por las autoridades escolares, como tantos otros, comenzó a circular a ciegas hasta que, en algún momento, el azar lo llevó a mis manos en Mayagüez

El impreso abre con una breve introducción de Waldemar Fernando Lee Tapia (1906-1965)[2], hijo del autor, e incluye como apéndice 2, una cronología titulada “History of Puerto Rico at a glance”[3] firmada por Margarita Ashford Lee (1906-1979), esposa de Waldemar e hija del Dr. Bailey Kelly Ashford (1873-1934). La selección de datos de Ashford Lee y su representación del pasado colectivo es por demás interesante y merecería un comentario historiográfico que pospondré para otra ocasión. La cronología aludida comienza con el descubrimiento en 1493 y cierra en el 1960. Para ese año destaca la fundación del Partido Acción Cristiana (PAC) cuyo cuestionamiento al populismo en el poder es por demás conocido, y la victoria de Luis Muñoz Marín (1898-1980) en las elecciones, episodios que marcan los frágiles y evasivos límites entre una época y otra que las voces detrás del texto no estaban en condición de imaginar.

La red de asesores con que contó la autora de la cronología incluye a los historiadores José A. Gautier Dapena (1907-1982), Labor Gómez Acevedo, Rafael W. Ramírez de Arellano (1884-1957) y María Teresa Martínez Villafañe, reconocidos investigadores de los temas del siglo 19 y la evolución del liberalismo puertorriqueño. Earl Parker Hanson (1898-1978), uno de los cerebros del “desarrollismo dependiente” de la era del populismo y autor de Transformation: the Story of Modern Puerto Rico (1955) colaboró en el proceso de edición, “limiting the content of my father’s memories”[4].  La afirmación dice al lector que una parte de las memorias permaneció inédita. Recuerdo una edición de aquel volumen que habita entre mis libros en cuya portada destacaba Muñoz Marín sonriente, con la mano derecha mesando su cabeza sonriente acompañado de la frase “We are only realistic…”[5]. La artista Irene (Esser) Delano (1919-1982), esposa de Jack Delano (1914-1997) diseñó sobriamente la publicación auspiciada por la empresa Albert E. Lee and Sons, Inc. e impresa por MacCrellish & Quigley Company en Trenton, New Jersey una cuidadosa editorial propiedad de James W. West fallecido en 1959 a los 83 años.[6]

En qué medida aquellos intelectuales influyeron en la selección y organización de estas memorias en el texto que tengo a la mano es difícil de precisar. Pero la presencia de sus nombres, todas figuras destacadas y respetables de la cultura institucional puertorriqueña, debía ser interpretada por el lector como una “garantía” de confiabilidad difícil de ignorar. Las memorias de Lee Basanta contienen la huella indeleble de todos aquellos que colaboraron en su configuración definitiva por lo que pueden ser apropiadas como la expresión de todos aquellos que participaron en su confección asó como el reflejo de un momento histórico y n sector de clase en particular.

El papel de los editores de memorias en la representación del pasado de los autobiógrafos es un asunto que merecería una reflexión profunda a la luz de este y otros modelos. Cualquier edición del tipo de la sugerida por el prologuista implica que la depuración del texto requirió una serie de supresiones y acomodos que, al mirar el producto final son imposibles de establecer. Ello solo sería posible revisitando los manuscritos.  Lo que me parece innegable es que una memoria editada, esta o cualquier otra, es una pieza distinta de la memoria en bruto de la cual emana. El papel del mediador en la articulación de la textualidad puede ser crucial.

Qué dejo fuera del tintero, por ejemplo, Aurelio Tió (1907-1992) cuando tejió el contenido de Un poco de historia colonial, notas en torno al final del siglo 19 de José Marcial Quiñones (1827-1893) para los lectores de 1978[7]. O bien que excluyó René Jiménez Malaret (1903-1991), al acomodar el Epistolario histórico de Félix Tió Malaret (1855-1932)[8], un documento de cardinal importancia para penetrar la historia del autonomismo de fines del siglo 19, a la altura de 1939 cuando la editó y anotó. Las razones para la inclusión o la exclusión es otro asunto complejo. La (re)construcción de la memoria de un actor ausente, siempre estará a expensas de los imperativos del presente desde el cual se le (re)construye y las de aquel que las ensambla.  La edición de una memoria es el resultado de una interpretación que nunca es inocente.

 

Un personaje

Albert (Edward) Lee (Basanta) (1873-1942)[9]  nació en Ponce en la casa de sus abuelos en el 14 de la calle Comercio. Su padre provenía del San Tomás danés y había crecido en Boca Chica, Ponce. Su madre era puertorriqueña de ascendencia inglesa. Formó parte de la comunidad de extranjeros con capital y cultura que vivían en Ponce en interacción con las familias criollas de la localidad, un grupo compacto y solidario “very friendly and close to each other”[10] .

 

En 1886 se trasladó a San Juan. Un 11 de agosto, recuerda, tomó un vapor costero que lo condujo a la capital junto con su padre y su hermano Arthur.[11]Aquellas ciudades, la capital alterna y la capital formal, fueron cruciales en la maduración de una cultura moderna en el país y en la personalidad del autor. La marca cultural de los 13 años como el momento de ingreso a la adultez habla de una cultura en la cual la adolescencia era inexistente. Se salía de la niñez a la madurez sin atenuantes. Lee Basanta lo reconoce cuando afirma: “I was a boy (…) completely innocent of the ways of the world.”[12]

Lee Basanta era un tipo peculiar de “mestizo”. Provenía de una familia de fuerte ascendencia sajona criollizada y bien conectada con las elites puertorriqueñas. El dato es de interés si se aspira a una interpretación cultural abierta del pasado puertorriqueño. Dos refinadas miradas críticas a la hispanidad convergían en él. Primero, la que caracterizaba a la clase criolla liberal decimonónica, un sector educado siempre ansioso por ser reconocidos como iguales por los peninsulares. Segundo, la que se alimentaba de la tradición inglesa, uno de los grandes adversarios de la hispanidad tras siglos de competencia política y económica desde el siglo 16. Este “mestizaje alterno”, obviado por los estudiosos del hibridismo cultural con que se ha descrito a la cultura puertorriqueña, es otro tema de investigación que espera por ser visitado críticamente. Las intersecciones etnoculturales del pasado que asumimos como colectivo no son tan simples como lo sugiere la fórmula canónica.

La relación de la familia de Lee Basanta con la clase criolla tenía un ingrediente cargado de cotidianidad que iba más allá de las vinculaciones capital y de una concepción particular sobre España. Su esposa, Catalina Concepción de las Mercedes (1874-1932), era una de las hijas de Alejandro Tapia y Rivera (1827-1882), intelectual, historiógrafo, dramaturgo, activista liberal y abolicionista del siglo 19. Un dato respecto a aquel matrimonio llama mi atención. El hecho de que el hijo mayor de ambos fuera bautizado con su nombre en castellano, Alberto Eduardo Lee Tapia (1895-1912), dice mucho respecto a su integración cultural al entorno criollo y sus afinidades emocionales con el país. El caso no es único. Paul G. Miller (1875-1952), Comisionado de Instrucción de Puerto Rico y autor en 1922 de un libro de historia de Puerto Rico por lo general calificado como parte del “proyecto americanizador” pos-invasión de 1898, reconocía identificaba a su hijo Virgil como “the first child born to United States citizens in San German”[13].

Discursividades: Lee Basanta y Tapia y Rivera

An Island Grows … posee una narrativa cargada de nostalgia y emocionalidad. En su conjunto, así lo sugerí en varios seminarios graduados de historiografía sobre Puerto Rico, su discursividad puede ser interpretada  como un homenaje y una continuación de Mis memorias, o Puerto Rico, como lo encontré y como lo dejo (1882/1927) la obra de su suegro.[14] Un comentario del prefacio de Waldemar al referirse a su padre indica: “he seems to pursue the same trend of thought in recording events as did his father-in-law”.[15] La pasión por registrar el acontecer era común pero como historiador cultural, debo decir que ambos estaban más allá de la mera cronología. Tanto Tapia y Rivera como Lee Basanta poseían la voluntad de constituirse en depositarios, portavoces y traductores del alma o psique del tiempo que les correspondió vivir.

 

La lectura que Waldemar había hecho de las memorias de su abuelo y de su padre le había dejado una impresión respecto al entorno en el cual habían sido formuladas una y otra. Tapia y Rivera, alegaba, había reflexionado en medio una época de “utter frustation” y desencanto con la situación que se vivía bajo el dominio de la vieja España. No lo pongo en duda. Tapia y Rivera lamentó mucho las limitaciones que le impuso el autoritarismo español a su persona y su país. Lee Basanta, por el contrario, había tenido la fortuna de ser testigo de “a transition from frustration to centuries of progress attained in a short spam of his life”[16]. El nuevo siglo había significado la aceleración del progreso.  Aquella afirmación debía servir de guía a los lectores potenciales de An Island Grows… Al apropiar ambas memorias, el 1898 se constituía en la retórica de Waldemar en una suerte de frontera que separaba dos tractos opuestos: uno caracterizado por el inmovilismo y el retraso, y otro dominado por el movimiento y el progreso. De los 19 capítulos 14 son dedicados al siglo 19 español, como quien intenta completar los que tapia y Rivera no vio o vivió, y 5 al siglo 20 estadounidense.

La celebración del presente estadounidense en el texto de Lee Basanta es, sin embargo, cautelosa.  El confiado e inocente relato del progreso que se había impuesto en las representaciones de Puerto Rico con una fuerza extraordinario carecía de densidad sociológica. Siempre recuerdo un interesante texto escolar, Cuentos de Puerto Rico de Juan B. Huyke publicado en 1926, prologado de manera celebratoria por Francisco Rodríguez López, un educador de Guayanilla e Inspector de Escuelas del Distrito Guayanilla-Peñuelas. El maestro puertorriqueño celebraba el 1898 como una “consigna de Dios” y una garantía de progreso cimentada en la legitimidad de la “doble personalidad de puertorriqueños y americanos” que había crecido en el país.[17] La combinación de los valores civilizatorios latinos y sajones conduciría a la creación de una nueva entidad nacional en otro curioso “mestizaje alterno”.

No pongo en duda que el 1898 había significado una “aceleración del progreso” según se entendía ese concepto desde el universo de los negocios y el capital. Pero Lee Basanta no se llamaba a engaño y reconocía que la del veinte había sido una “década terrible” (dreadful decade) en la cual se transitó del optimismo (great hope) a la tragedia (world wide disaster)[18], proceso que minó la confianza de los paisanos en el orden instituido.  Las memorias cierran precisamente en la embocadura de esa otra “década inquieta” de la historia de Puerto Rico: la de 1930 marcada por la Gran Depresión y el colapso de las ideologías articuladas a principios del siglo 20 para responder al empantanamiento colonial.

Entre Mis memorias… de Tapia y Rivera y An Island Grows…existe un complejo entretejido simbólico. La historia de Mis memorias… de Tapia y Rivera es por demás curiosa. En 1926, con toda probabilidad animado por el centenario del nacimiento de su padre Alejandro Tapia y Díaz presentó el borrador documento al Ateneo Puertorriqueño para que lo conservara en sus archivos. Tapia y Díaz esperaba que la publicación de la obra de su padre fuese el resultado de un proyecto institucional, “que Puerto Rico fuera el encargado del proyecto”[19].  Después de todo, Tapia y Rivera iba camino a convertirse en una figura central del canon en proceso de formación que maduraría alrededor de la reflexión treintista. Reconocido el desinterés institucional decidió hacerse cargo del asunto.

El texto fue difundido por La Democracia en 1927, el legendario periódico de los autonomistas y unionistas, con el apoyo de Antonio R. Barceló (1868-1938), un discípulo de Luis Muñoz Rivera (1859-1916). Barceló, una figura en general poco estudiada, encabezaba la Alianza Puertorriqueña y transitaba del autonomismo al independentismo donde terminó en 1932. En 1928, Alejandro Tapia y Díaz las publicó en Nueva York con un “Proemio” de Cayetano Coll y Toste (1850-1930), historiador oficial de Puerto Rico.[20]  La invención de Mis memorias y su transformación en un signo de la voluntad liberal puertorriqueña y un código identitario colectivo no carece de relevancia a la hora de comentar An Island Grows…

El “Proemio”[21] de Coll y Toste confirma la devaluación del pasado hispano en términos análogos a los de Waldemar. Amparándose en una cita de Aristóteles firma que “que la vida colonial de las Antillas españolas era algo por el estilo”: los colonos como los siervos perdían “la mitad de su alma” en ausencia de libertad[22].  A pesar de ello la nostalgia por aquel siglo lo obsede. El recuerdo de la lavandera de su casa, una “prietuzca achocolatada”, “criolla de pura raza mandinga”, otro “mestizaje alterno” y contradictorio en términos raciales, le obsede. Aquella mujer y madre de 24 hijos era celebrada por su alegría y fidelidad a su abuela y ama la Niña Juana quien la reconoció libre testamentariamente, y por el café con leche queso del país que preparaba para todos cada mañana[23]. La edulcoración de la esclavitud en el “Proemio” de Coll y Toste, poco tenía que ver con la referencia a Aristóteles que le antecedía, no es un dato excepcional. He documentado actitudes similares en otras figuras del cambio del siglo que celebraban la modernización sajona, pero añoraban el pasado señorial hispano[24].  pero reflejaba la contradictoria apropiación del pasado hispano desde el presente estadounidense que marcó a aquella generación y que será uno de los rasgos distintivos de la intelectualidad puertorriqueña colaboracionista con el régimen.

Invitación a la lectura

El interés de un segmento de la elites sociales y culturales del país, presente en la materialización de la construcción y difusión de las memorias de Tapia y Rivera y en las de Lee Basanta, no deja de llamar la atención. El estudioso cultural se enfrenta con la textualidad de dos testigos privilegiados del tiempo histórico que les correspondió vivir cuya reflexión no se limitaba a celebrar la modernidad, y, por lo contrario, fueron capaces de reconocer las fisuras del proyecto de aquel proyecto. A documentar esas fisuras me dedicaré en otro momento.

Notas

[1] Albert E. Lee (1963) An Island Grows. Memoirs of Albert E. Lee, 1873-1942. (San Juan: Albert E. Lee and Son Inc.)
[2] Ibid, iii.
[3] Ibid, 143-158.
[4] Ibid, iii.
[5] Earl Parker Hanson (1955) Transformation: The Story of Modern Puerto Rico (New York: Simon and Schuster)
[6] “James W. West” (Obituary) Sayli News (New York), Sat., Dec. 191959: 52.  URL: https://www.newspapers.com/article/daily-news-obituary-for-james-w-west-a/40518195/
[7] José Marcial Quiñones (1978) Un poco de historia colonial (incluye de 1850-1890) (San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia/Instituto de Cultura Puertorriqueña)
[8] Félix Tió y Malaret (1999) Epistolario histórico (San Juan: Sociedad Histórica de Puerto Rico)
[9] Find a Grave, “Albert Edward Lee Basanta”  https://www.findagrave.com/memorial/101375874/albert-edward-lee_basanta
[10] Lee, Op. Cit., 3.
[11] Ibid, 34.
[12] Ibid, 34.
[13] Sobre Paul G. Miller véase Mario R. Cancel Sepúlveda (2011) “Continuidades y discontinuidades: de Salvador Brau a Paul G Miller” en Porto Rico: Hecho en Estados Unidos (Cabo Rojo: Editora Educación Emergente): 76. Ver “Death ends Dr. Paul G. Miller’s brilliant career as educator, administrator at 77,” Winneconne News, May 30, 1952: s.p. en Paul G. Miller, Winnecomme Cemetery. URL: http://www.winneconnewi.gov/historical/cemetery/images/miller-paul.htm
[14] Alejandro Tapia y Rivera (1966) Mis memorias, o Puerto Rico, como lo encontré y como lo dejo (San Juan: Coquí)
[15] Lee, iii.
[16] Alejandro Tapia y Díaz (1986) “Dos palabras” en Alejandro Tapia y Rivera, Mis memorias (Hato Rey: Cultural Puertorriqueña): 5.
[17] Francisco Rodríguez López, “Prólogo” (1926) en Juan B. Huyke. Cuentos de Puerto Rico. Chicago / Nueva York: Rand McNally: 5-10.
[18] Lee, 133.
[19] Alejandro Tapia y Díaz (1986) “Dos palabras” en Alejandro Tapia y Rivera, Mis memorias (Hato Rey: Cultural Puertorriqueña): 5.
[20] Lee, 6.
[21] Cayetano Coll y Toste (1986) “Proemio” en Ibid, 9-11.
[22] Ibid, 9.
[24] Refiero a cualquier interesado a Mario R. Cancel (1997) “Teosofía y modernización: el caso de Olivia Paoli de Braschi” en Historia y género: vidas y relatos de mujeres en el caribe (San Juan: Asociación Puertorriqueña de Historiadores / Posdata): 49, 56-57.
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