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Mirada al País: Sindicato y sociedad

 

Especial para CLARIDAD

El sindicalismo, como la sociedad a la que pertenece, se sostiene en un trípode compuesto por la organización, el diálogo y el bien común. La organización se ha concretizado en la formación de uniones de asalariados; el diálogo, aunque admite diversas formas, ha estado protagonizado por la negociación colectiva; y el bien común ha transitado entre las reivindicaciones en el taller y los intereses de clase que, por definición, resumen objetivos más inclusivos.

La fragua en la que se forjaron los sindicatos fue la Revolución Industrial. Con ella los antiguos talleres artesanales cedieron ante las grandes fábricas con colectivos de trabajadores. Se hizo evidente la asimetría en poder y la desigualdad material entre el poseedor del capital y el dueño de la fuerza de trabajo. Cobró fuerza la agenda de trascender el acuerdo o contrato individual para unirse y negociar colectivamente. Hubo algunos que pensaron que tales adelantos auguraban la conquista de una verdadera democracia obrera. Entre estos cabe destacar al economista clásico John Stuart Mill que en 1848 afirmó: “…si la humanidad continúa progresando, la forma de asociación que es de esperar predomine en definitiva no es la que puede existir entre un capitalista que actúa como jefe y un obrero que no tiene voz ni voto en la dirección, sino la asociación de los mismos trabajadores en condiciones de igualdad, poseyendo colectivamente el capital con el cual realizan sus operaciones y trabajando bajo la dirección de personas que ellos mismos nombren y destituyan”.

Dicha meta luce hoy tan distante como cuando se expresara hace ya 175 años. No obstante, hay que reconocer que a lo largo del siglo 20 no fueron pocas las conquistas sindicales sobre condiciones de trabajo y en torno a toda una serie de reivindicaciones relacionadas con licencias, vacaciones, compensaciones por accidentes, seguros médicos y jubilaciones, entre otras. Desafortunadamente, las buenas instituciones que muchos dan por sentado son frágiles. Aparte de que nunca han sido universales han estado constantemente asediadas. En tal asedio sobresale desde hace bastantes años el llamado neoliberalismo, doctrina que favorece al individualismo sobre la solidaridad, al espacio privado sobre el público y al dictamen del mercado sobre la búsqueda colectiva del bien común. Su alcance global ha incidido de manera generalizada en el debilitamiento de la gestión sindical y en la reducción de su densidad o por ciento de los trabajadores que están organizados.

Con el neoliberalismo han coincidido una serie de fenómenos – algunos tal vez no tan casuales – que han contribuido al debilitamiento sindical, sobre todo haciendo más difícil la función organizativa. Muchas innovaciones tecnológicas, por ejemplo, han hecho posible el trabajo a distancia, la descentralización y la organización de talleres más pequeños. La economía de plataformas se ha desarrollado a un ritmo extraordinario. A esto se suma la creciente sustitución del empleado regular por “contratistas independientes” o empleados por su cuenta.

Otro fenómeno es la multiplicación de identidades – raza, religión, partido político, etnia, género… — que, independientemente de la justicia que supone, puede significar el desplazamiento de la identidad de clase. Entonces los sindicatos pierden sus roles protagónicos y se ven obligados a desempeñarse, en el mejor de los casos, como actores de reparto.

Todo lo anterior, sobre todo las políticas neoliberales, se refleja en la ubicación de las plazas de trabajo: se reducen las públicas y aumenta el autoempleo.  Para el año 2008 el sector público en Puerto Rico sumaba alrededor de 300,000 empleos: 220,000 estatales (agencias y corporaciones públicas), 65,000 municipales y 15,000 federales. Al cierre del año 2022 los empleos públicos rondan los 200,000: aproximadamente 130,000 estatales, 50,000 municipales y 20,000 federales. El aumento de las plazas federales obedece básicamente al papel de FEMA luego de los huracanes y sismos.

El grueso del empleo, claro está, corresponde al sector privado. Pero no a las grandes empresas manufactureras ni a las grandes tiendas comerciales. De los cerca de 900,000 empleos que totaliza este sector más de 500,000 están ubicados en el heterogéneo conglomerado de microempresas y pequeñas y medianas empresas (PYMES). A estos se suman cerca de 200,000 clasificados como empleados por su cuenta. ¿Cómo organizarlos? Valga hacer constar que no se está tomando en cuenta al sector informal.

Para mucha gente el trabajo ha degenerado en instrumento más o menos precario para lograr cierta seguridad material. Compite con la adicción a la ayuda – única política económica de la presente administración gubernamental – sin que se advierta que la ayuda verdaderamente efectiva es la que, al traducirse en desarrollo sostenible, se hace innecesaria. Si cobra la forma de adicción refleja la debilidad del sistema y, como toda adicción, resulta debilitante.

Pero el trabajo no es meramente medio para acceder a “ropa, zapato, casa y comida”. Es fragua de identidades y de aprendizajes. Ayuda a estructurar la vida. Relaciona y une a  los seres humanos. Hace posible la profunda realización personal que nace de sentirse útil y de colaborar con otros en el servicio a la sociedad. Su dignificación, la superación de condiciones enajenantes, es tarea de todos, muy particularmente del sindicalismo.

Un sindicalismo fraccionado, dividido, circunscrito, como si fueran trincheras, a talleres cada vez más estrechos, no puede realizar tal tarea. Se requiere una verdadera fuerza unificadora, una legítima central reconocida por todos, con capacidad de organizar, formar y convocar. En su agenda podría destacar los elementos unificadores de toda la clase trabajadora – sectores público y privado, asalariados convencionales y empleados por su cuenta –, es decir, lo colectivo, lo universal, el bien común. Caben ejemplos como la necesidad de una educación pública, desde el nivel primario hasta el universitario, de calidad; la urgencia de un plan universal de salud; el imperativo de la regeneración ambiental y el creciente requerimiento de seguridad social inclusiva. ¿Difícil? Sí ¿Más fácil decirlo que hacerlo? Sí. Pero necesario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Reserva: Sobre Tercera estación de Carmen Hilda Santini

 

[El siguiente texto fue leído en la presentación del poemario Tercera estación celebrada en Casa Norberto el pasado 2 de febrero.]

Las múltiples lecturas del poemario más reciente de Carmen Hilda Santini, Tercera estación, inician desde el intento de desvelar el significado de su título.

Tercera estación (Publicaciones Gaviota, 2022) es el tercer poemario de la autora, siguiendo Código interior (Ediciones Huracán, 2015) y Cuarto de luna (Publicaciones Gaviota, 2017). Por tanto, el título, en parte, hace referencia a que esta publicación es la tercera parada en el recorrido poético, en el viaje poético, de la autora.

No es la primera vez que la autora reflexiona sobre el viaje en su poesía, ni tampoco la primera en que hace de la poesía un viaje. En efecto, es algo presente desde su primer poemario, incluso previo a la lectura del mismo. Me explico: en Código interior, en lugar de un “índice”, la página que indica el título de los textos y la enumeración de sus páginas tiene como único encabezado lo siguiente: “Los poemas navegan por las páginas en este orden”. La metáfora del viaje, en ese sentido, de manera constante se ha relacionado en la poesía de Carmen Hilda Santini con el acto de creación poética; en Código interior, para hacer referencia a la organización de los poemas dentro de la totalidad textual, es decir, en referencia a los poemas en el libro y al acto de lectura por el cual atraviesan los lectores en este poemario-mar.

En Tercera estación, sin embargo, la metáfora del viaje señalada en el título no hace referencia a la travesía de los lectores, o por lo menos no solo hace referencia a esta travesía, sino que también señala la navegación continua de la voz poética. Como tercer poemario, esta es, pues, la tercera parada de Carmen Hilda Santini en un discurrir poético sin destino final señalado o previsible.

Hay un elemento importante que debemos destacar. En un sentido estricto, no parecería ser correcto hablar de una “progresión” en este viaje. Cada nueva estación permite, también, mirar hacia atrás y absorber los trayectos de un proyecto poético todavía inacabado. Las nuevas estaciones no superan las previas, sino solo las continúan y amplían.

Pero la interpretación del título Tercera estación no se limita a la metáfora del viaje, pues “estación” no solo hace referencia a un lugar determinado en un discurrir poético, sino también a un momento. La palabra “estación” también tiene como acepción cada una de las cuatro partes en las que se divide el año (primavera, verano, otoño, invierno), siendo la tercera, por supuesto, el otoño. Las estaciones del año han servido desde los inicios de la poesía para designar las divisiones de la vida individual. El otoño, por tanto, hace referencia a una edad en la vida individual que precede la vejez invernal, pero prosigue la juventud, un momento transitorio en la vida, que resulta ser su propia metáfora de viaje. Quizás sea esta transitoriedad lo que permite que la voz poética se nos presente a la vez como una voz experimentada pero también rejuvenecida: “Lleva tiempo llegar a ser joven”, reza el epígrafe de Pablo Picasso que da comienzo a Tercera estación. Recuerda, también, a aquellos versos de Robert Allen Zimmerman, Premio Nobel de la Literatura del 2016:

Ah, but I was so much older then;

I am younger than that now. (“My Back Pages”)

De esta manera, a través de las variadas acepciones de “estación”, el título de este poemario conjuga lecturas asociados con el espacio (topos), pero también con el tiempo (crono), tanto a un nivel natural como a uno individual. A pesar de lo dicho, las acepciones, aunque simultáneas, no forman un cronotopo en el sentido riguroso del término, pues son lecturas continuas, paralelas, yuxtapuestas.

Tercera estación se divide en tres partes: “Travesía”, “Instantes” y “Huellas”. Quizás por las distintas sugerencias interpretativas del título, da comienzo el poemario con esta primera sección que continúa las distintas intuiciones sobre la importancia de la metáfora del viaje y del paso del tiempo. Leo el primer poema en su totalidad, titulado “El camino”:

 

No importa lo despacio

que se escurra el camino,

no importa si al pie

le da trabajo

separarse de su huella,

lo importante es dejar

que el ojo invente

el sentido del viaje.

Una huella sin recuerdo

se pierde en el camino.

Mas un recuerdo

en la huella

da la imagen

de un destino.

 Con este primer poema, no solo se continúa con la metáfora del viaje, sino que también se intuyen ya, subrepticiamente, la apertura y el cierre de este poema: camino y huella.

Pero sería errado pensar que esta primera parte, “Travesía”, mantiene sostenido este reflexionar abstracto de manera indefinida, pues rápidamente pasamos de lo abstracto a lo concreto con poemas en los que la voz poética recorre el paisaje de un país en crisis, en sufrimiento. Los poemas pasan a tener corporalidad en la medida en que la voz poética plasma en ellos rostros específicos, sujetos dolidos por el peso de la realidad precaria que vivimos. Y, sin embargo, no hay derrotismo, no hay quietud social en estos poemas, pues es desde este mismo paisaje y sus rostros que una transformación se hace posible, desde él nace, también, el cambio, como indican estos versos de “Sobre este suelo”:

 

Sobre este suelo golpeado

[…] todavía crece la esperanza

[…] el canto

nuevo traza su boceto

desde las cosas caídas

Del trato abstracto del viaje a la experiencia concreta de la crisis y su efecto en individuos, pasamos a la segunda parte de Tercera estación, “Instantes”. Esta es la más distintiva de las tres, pues concentra su atención en una relación social muy particular: la de una voz poética hija de una madre que pierde su memoria producto de una enfermedad degenerativa. Aquí, quizás, vuelve a cobrar fuerza la segunda acepción de “estación” que mencionamos arriba: el otoño de la voz poética contrasta con el invierno de su madre, un contraste que destaca una vida que perdura y otra cuyos recuerdos y pasado desvanecen. Pero este desvanecer hace más, y nos regresa a las palabras de Picasso, aunque desde un ángulo singular: no solo contamos con una voz poética rejuvenecida por la experiencia que produce la vida, sino también por las transformaciones que se dan en la mirada de la madre. Cito algunos versos de “Qué más de mí”:

Tus cuentos van y vienen

y siempre tengo en ellos

asignado algún papel.

Hoy fui la amiguita

de tu infancia,

ayer tu madre

y mañana seré tu prima.

Me multiplicaré en tu vida,

madre querida,

aunque ya no sepas cuánto gozo

cuando alguna vez que otra

me dejas todavía

ser tu hija.

Por la reflexión sobre la memoria y el pasado, “Instantes” está poblado por objetos del pasado (una estola verde, una variedad de flores, una canción) y por costumbres (la tradición de los Reyes Magos). Si en los poemas predominan los tiempos verbales en pasado y en presente, el poema final “Todo de ti me hará falta”, sin embargo, mira hacia el futuro.

Todo de ti me hará falta,

los espacios

que habitas y deshabitas,

tu voz guardada

en los sueños incumplidos,

la mirada perdida y encontrada,

el olor de tu cocina

siempre encendida,

tus manos dulces y trabajadoras,

la bondad y generosidad de tu alma,

la edificación que compone todo tu ser

lleno de comprensión y amor,

y así,

vestida de hija,

dejaré que corra el agua por mis mejillas

y se desborde,

para que se lleve todos los dolores

cuando tú no estés.

“Huellas”, la última parte del poemario, es, también, la más extensa. Cuenta con 30 poemas, lo que equivale a la suma de los poemas de las primeras dos partes. Es, quizás por eso, la de mayor variedad temática de Tercera estación: el paso del tiempo, la naturaleza, la historia no-vivida que se recupera a través del recorrido de espacios llenos de pasados, las amigas y las artistas que inspiran, el arte.

“Huellas” trae a la escena poética aquello que permanece en el pasar de nuestros cuerpos sobre este mundo, como salta a la vida en “Mis pies cansados”.

Sé también que las hojas secas

no son el árbol, pero narran

algo de su vida. Mis huellas

dicen más de mí que de mi pie.

Aporta, también, la mirada que mira hacia atrás, a la historia y a la experiencia personal, para reflexionar desde la madurez que permite, en palabras de la voz poética, la “tercera edad” que se aproxima. Leo, de “Tercera edad”:

Ahora que la tercera edad se aproxima

repaso los enigmas almacenados

en los estantes de mi memoria,

los signos del cuerpo

que el sol y la luna

han marcado sin discrimen,

converso con mis ojos

para ver si puedo

mirar una vez más

el tiempo pasado,

reconocer la esencia

de mi alma transformada

y renovada,

en fin

celebrar

la historia de mi vida.

En “Huellas”, a diferencia de “Instantes”, el tiempo verbal futuro no cobra fuerza hacia el final, sino que late a lo largo de esta sección, resuena como las mismas huellas de la vida y del pasado. Por eso resulta coherente el que finalice esta sección, y este poemario, con el uso del tiempo presente en versos que parecen hacer síntesis del ambiente general del libro, en el poema “Otra dimensión del tiempo”:

Las huellas

marcadas por suspiros,

tristezas y alegrías

siguen su camino.

Es tiempo,

la tercera estación

chispea puro gozo.

Luego de examinada la estructura de Tercera estación, vale la pena preguntarse: ¿qué le da unidad a estas tres partes?, ¿qué le da coherencia a Tercera estación como poemario? Si en Código interior, además de la búsqueda íntima, el espacio del litoral le servía como ancla poética al poemario, y en Cuarto de luna la coherencia la brindaba la escena nocturna que domina los poemas, ¿qué mantiene anudado Tercera estación? La respuesta es la voz. Los lazos que unen las distintas partes de este poemario son fruto de la experiencia vivida por la voz poética. Estas manifestaciones de vida, estas reflexiones poéticas, provienen de una voz que en su tercera estación ha acumulado estas vivencias que plasma poéticamente en estos textos. Estamos, en ese sentido, lejos de un proyecto poético que le da una voz particular e individual a cada poema, que hace cada poema un pequeño microcosmos. Tenemos, además, una voz poética con una identificación directa con la autora real. En ese sentido, Tercera estación es un poemario muy personal, íntimo, en el que la autora nos invita a recorrer parte de su vida con ella.

Será Otra Cosa: La madre de los ingenios: sobre la capacidad generativa de las mujeres

 

 

Especial para En Rojo

Iba a llamar a Sofía a contarle: “Te juro, Sofía que es que es el libro más inteligente que he leído en décadas”. Mi crítico interno protesta ante esta violación del principio gramatical de animacidad, que dicta que ciertos verbos requieren sujetos animados, y que en particular los verbos epistémicos o de pensamiento requieren que los sujetos sean no sólo animados, sino también pensantes. Es decir: las universidades no planean, ni los gobiernos se equivocan, no porque no se equivoquen, sino porque ni las universidades ni los gobiernos son capaces de pensamiento. No son las instituciones, sino alguien dentro de ellas quien tiene culpa de los errores, y la responsabilidad por los planes. Propongo que el caso de los libros es una excepción, ya que los libros no pueden ser por completo identificados con su autor. Tienen, en cierto modo, vida propia.  Aunque lo opuesto sea imposible, un autor puede ser inteligente, y escribir un libro que no lo sea. Un autor puede ser egoísta y producir un texto de gran sensibilidad. Dicen algunos escritores que cuando comienzan a escribir en algún momento se les escapa el control consciente, y los personajes y los argumentos empiezan a dictarles el camino.

Katrine Marçal, autora de “La madre del ingenio,” es por seguro inteligente, brillante, diría yo, mujer de amplias y lúcidas lecturas, pero su libro va más allá de ella misma. Comienza por preguntarnos que por qué, si las ruedas se inventaron en la antigüedad y las maletas llevan siglos con nosotros, se tardó tanto en fabricarse la maleta con rueditas. La pregunta no parece seria, pero lo es. Si recuerdas los teléfonos de discos, también recordarás que rápido se propagaron las maletas con ruedas cuando salieron al mercado, arrastradas primero horizontalmente, hasta que se descubrió la eficacia de la verticalidad.

Marçal destroza la idea de que las mujeres no inventan. No sólo hurga en el baúl de la historia para encontrar ejemplos estupendos de lo contrario, como, por ejemplo, cuando nos cuenta la importancia de la tecnología de los sostenes en el primer viaje a la luna, o cuando descubre porqué la computadora y la calculadora tienen nombres femeninos (que en España llaman los ordenadores, aunque no ordenan nada). Resulta que antes de ser aparatitos, las calculadoras y computadoras eran seres animados, mujeres para ser precisos: mujeres que calculaban, programaban y computaban, mucho tiempo antes de que estos quehaceres fueran bien remunerados, y que los expertos en educación se preguntaran porqué las mujeres tenían tantas dificultades en las ciencias, las matemáticas y las ingenierías.  La autora establece una inversión magistral: no es que las mujeres no inventen, sino que lo que ellas inventan no llega a la luz de la historia, y no se incluye en el inventario de las tecnologías.  Los hombres tomaron los palos y se les ocurrió usarlo como implemento de caza. Las mujeres tomaron palitos más chiquitos, y lo usaron para sembrar semillas. Las pinturas rupestres pintan el drama de la caza del mamut, pero es muy probable que el descubrimiento de la siembra haya aportado más calorías al motor de nuestra historia.

Marçal me hizo pensar en Hipatia, la primera mujer filósofa y matemática (de la que sepamos), mujer de gran belleza, soltura y dignidad en la Alejandría post-ptolomeica. Hablaba en público y gozaba de popularidad tanto entre paganos como cristianos. Artesana de astrolabios, superó todos los filósofos de su tiempo. Fue proponente de la apatheia, la liberación completa de emociones y afectos humanos. Fiel a su filosofía, permaneció virgen;  para espantar a un pretendiente necio, le arrojó sus paños de sangre menstrual, increpándole:  “esto es lo que persigues, no la belleza”.

La lectura de La madre del ingenio, me trajo a la memoria un viejo trauma. Traumita trivial y superado, pero trauma al fin. Hipatia, la que no tenía miedo, me metió miedo con el mensaje de su vida: que las mujeres que aman los libros pueden acabar asesinadas por una turba armada de ostras.  Yo amaba a los libros más que a mis muñecas, pero sabía que fuera de casa el mundo de los libros se le había asignado a los varones.  Un obispo había azuzado al populacho de Alejandría contra Hipatia; el cura subdirector de la escuela primaria había declarado que no había que castigar al niño que me había pateado por el incidente de las banderas.  En mi escuela se subían dos banderas al final del himno nacional: la dominicana, que la subía un varón, y la escolar, que la subía una niña. Yo me acerqué a ver de cerca la bandera nacional, la del lado de los varones, y la toqué. Ese pequeño sociópata me cayó a patadas sin provocación. Al director le pareció que se hubiera evitado el problema si no me hubiera puesto yo en el lugar equivocado, y mandó al niño para su clase sin ninguna reprimenda.

Marçal documenta que el ignorar la perspectivas de las mujeres ha retrasado desarrollos tecnológicos, no solo lo de las ruedas de las maletas y la seguridad de los carros, sino de toda la economía. La economía—todas las economías—están basadas en cuerpos humanos.  ¿Cómo puede olvidársenos esto? El horror de la revolución industrial no son las máquinas, sino el uso de cuerpos de niños y mujeres como  si fueran máquinas, a la vez que se descartaban los cuerpos de los hombres.  En ese capítulo magistral Marçal nos cuenta cómo se conocieron Marx y Engels. Engels, nos dice Marçal, fue probablemente el primer socialista de champaña (comunistas de aire acondicionado, les llamaban afectuosamente en mi universidad). Su padre tuvo el desatino de enviarlo a Manchester, para que se deshiciera de su radicalismo juvenil, y aprendiera cómo funcionaban las textilerías, con la idea de que regresara a Alemania, asentado y conservador, y preparado para administrarle sus industrias. En Salford, Engels conocería a Marx, filósofo frustrado, que resultaría menos importante en su obra que la joven activista irlandesa de la cual se enamoró, que se lo llevó a ser testigo del costo humano de la primera revolución industrial. En Lancashire conoció a Jack, obrero desempleado, que maldecía las máquinas que le quitaron el trabajo, a la perdida de su dignidad masculina, y a los capitalistas codiciosos que solo contrataban mujeres y niños. Su mujer, Mary, tuvo que ir a la fábrica cuando Jack perdió su empleo, y él se quedó en casa, remendando medias. Engels escribió acerca del infortunio y la injusticia y los sacrificios de Jack, y su alienación social. Su testimonio apasionado fue lo que inspiró a Marx a terminar Das Kapital. Marçal señala una grave omisión en la labor de Engels como documentarista: que nunca le preguntara a Mary que opinaba ella de todo esto.

En su capítulo final, Marçal le da de frente a la doble encrucijada que nos toca hoy: la revolución digital, que amenaza con desatar una nueva oleada de sustitución de labor humana, hoy en día por las inteligencias artificiales, y la crisis del medio ambiente, en el que nos damos cuenta de que hay que frenar la sociedad de consumo antes de que nos incinere el planeta.  Apunta que la crisis se origina en la misma actitud de sacarle provecho a la tierra, y a la sociedad, y dejarlas abandonarla a suerte.  Como bien dice, “así no se trata a una mujer”. Encuentra dos reacciones principales frente a estos gemelos del apocalipsis.  La de los magos, que piensan que alguna maravilla tecnológica se inventarán a último minuto para salvarnos del abismo; y la de los profetas, que declaran (no sin cierta discreta autosatisfacción), que el fin del mundo ha llegado, como han venido anunciando, y que hay que detener el avance de la tecnología.  Marçal propone que si representamos a las mujeres en la economía, lograremos encontrar alternativas, para nosotros, y para el planeta. Alguna otra Hipatia, armada de nuevos astrolabios, capaz de tratarse por igual con cristianos y paganos, ayudará a encontrar otra vereda por donde llevar la madre tierra, andando más allá de las pasiones, y recordándonos que siempre somos y seremos de carne, y de sangre.

Claro de poesía: Quedarán las huellas

 

Especial para En Rojo

En sus “Notas de un simulador”, José Ángel Valente subraya este axioma: “No es el poema mensurable por la extensión, sino por su capacidad para engendrar, fuera de lo mensurable, la duración”. La obra de Juan Carlos Rodríguez (Trujillo Alto, 1975) tiene ese efecto en el lector: es una poesía que dura en la memoria. La resaca que deja su lectura permanece a fuerza de imágenes de un nivel de belleza, contención y plasticidad que vinculan su estética a la de dos inmensos poetas del parnaso hispanoamericano: Ida Vitale y Rafael Cadenas. Como ellos, el autor de Rehén de otro tiempo (2008) y Campo minado (2017) se afana en la búsqueda no de una lista de figuraciones, recurso del que tanto se abusa en la poesía puertorriqueña de hoy, sino en hacer claro el movimiento de la metáfora. En eso su producción se acerca en sus aspiraciones al lenguaje del cine de autor a la Tarkovsky y Herzog. Me refiero a que la de Rodríguez es una poesía del aguante y la calma, una poesía que es bálsamo frente a la cultura de la nadería y la aceleración insustancial. Uno de los aforismos del Cadenas de Memorial apunta a que la “palabra no es el sitio del resplandor, / pero insistimos, / insistimos, nadie sabe por qué”. Para ventura de la poesía puertorriqueña, Juan Carlos Rodríguez insiste. Y brilla.

 

I

 

Nacer es vivir en el exilio.

Se nace antes o después,

siempre fuera de lugar.

A ese fuera de lugar llamamos cuna.

 

Nunca olvides

que tu cuna es una isla a la deriva

meciéndose al compás de las olas.

 

Aprenderás a dormir

al filo de la tempestad

que abate el pecho de tus padres.

 

II

Nacerás entre jardines

y deportaciones.

Ya habrán huido

quienes soplaban las hojas caídas.

Quedarán las huellas

de quienes recogieran

frutas con la mano

y, sobre ellas,

melocotones a punto de podrirse.

 

Temo que te decepcione

la tierra natal.

Tu origen no está aquí.

III

 De qué país

si no del que todavía

no acaba de surgir.

De qué vecindario

si no al que ya

no vamos a regresar.

De qué mundo

si no del que palpita

detrás de tus latidos.

IV

 

Las casas que uno deja

son las únicas dispuestas

a resplandecer en la palabra.

 

Las casas que uno vive

reverberan en los hábitos.

Se quedan con nosotros sin decirse.

 

Y se expanden por dentro

cuando apagamos la luz.

V

 

El susto de los nombres

enmudece las cosas.

El susto de las cosas

habla en nombre de los nombres

que le asustan.

Pero el susto no tiene nombre.

Son cosas del susto

que a mí no me asustan.

VI

 

Nuestros ancestros

cargaban en sus vértebras

un hambre de pisadas.

De las erguidas

columnas vertebrales

se derivan

las jornadas de trabajo,

los pasos de baile,

las mesas servidas,

los paseos en bicicleta,

los juegos olímpicos,

las marchas contra

los misiles nucleares,

los paredones de fusilamiento,

la anestesia epidural.

VII

 

Cuando soñamos, no sabemos

lo que pretende saber nuestra consciencia

ante la certeza de encontrarnos despiertos.

No saber es la experiencia onírica de la libertad.

 

Dormimos porque tenemos sed

de otra incertidumbre,

porque estamos cansados

de la incertidumbre como norma,

de la impuesta como orden.

 

VIII

 

La raíz del abismo

es desconocida.

 

El abismo de la raíz

se ha sembrado

en el pavimento.

IX

 

Cimientos retorcidos.

Brisa estancada.

Retorcimientos de lo edificado.

Las víboras del hábitat

lamen el paisaje,

engullen lontananzas.

Son especies invasoras.

Duplican los escombros.

X

 

Ninguna memoria permanecerá

congelada para siempre.

Abundarán los deshielos.

Vendrás de la era

de los glaciares derretidos.

XI

Nunca vemos

el corazón del mar.

Pero escuchamos su pálpito

cuando prestamos oído

al vaivén de las olas.

(De Campo minado, 2017)

 

 

Regresa “Sobre la mesa” (edición 15) y esta vez presencial

Foto: Julio Morales

 

Especial para En Rojo

Se podría escribir la historia de por lo menos setenta y cinco por ciento de los logros mayores del teatro puertorriqueños de los últimos treinta años a través de la contribución femenina –directoras, dramaturgas, actoras, performeras y maestras como Teresa Hernández, Rosa Luisa Márquez, Idalia Pérez Garay y Maritza Pérez Otero, entre muchas otras.

Entre ellas, anda la titiritera, mascarera, y performera Deborah Hunt. Nacida y criada en Nueva Zelandia, estudiante de las técnicas de la escuela de Jacques LeCoq y experimentada en el teatro callejero y experimental en América Latina y Estados Unidos, la trayectoria creativa de su residencia en Puerto Rico desde los principios de los 1990 ha resultado en la transformación de las nociones de teatro de títeres, teatro de máscaras y teatro del objeto. Se ve una influencia lateral sobre los montajes teatrales de su contemporáneo/as inmediata/os y mas interesante, una secuela de artistas mas jóvenes que incluye los/las de Papel Machete, Y no había luz, AgitArte y otros grupos de títeres y máscaras.

Una de las contribuciones de Deborah ha sido “Sobre la mesa”, comenzada en el teatro estudio Yerba Bruja en el casco de Río Piedras en 2007, y mas reciente en su edición no. 15 durante el fin de semana de 27 – 29 de enero, 2023. El montaje consiste de obras de títeres y objetos, frecuentemente en miniatura, de un/a titiritera/o sobre una mesa como escenario y con una duración de solamente seis minutos para un público de 5 o 6 personas. Presentan múltiples –edición 15 incluía nueve—obras simultáneas dentro de un laberinto de telas en que los públicos cambian de escenario en escenario hasta que todo el mundo ha visto todas las obras.

El proceso puede sonar caótico –nueve escenarios, nueve públicos de seis personas, nueve titiriteros que repiten sus obras nueve veces en un laberinto en que todo comienza a la misma hora y entonces termina a la misma hora—pero existe un formidable sentido de orden mientras los públicos están guiados de espacio en espacio, de obra en obra. Edición 15 de “Sobre la mesa” se realizó en la nueva cede de AgitArte/Papel Machete en la avenida Sagrado Corazón en Santurce.

Fotos: Julio Morales

Cada obra ofrece algo innovador, diferente y cautivante. Cada titiritera/o muestra destrezas artesanales de un nivel impresionante. Cada miembro del público tendría sus propios favoritos según el estilo y tema de las piezas, pero en términos estéticos, yo diría que es la edición de “Sobre la mesa” más distinguida por su precisión y meticulosidad tanto artística como temática.

El objeto en común para esta versión es una peinilla grande de madera. Ésta puede ser central o incidental a la acción y el movimiento de cada pieza. Por ejemplo, no recuerdo en las “Sobre la Mesa” anteriores una pieza tan interactiva como el concierto musical creado por Carlos “Gandul” Torres. Fue el último escenario de mi público de seis y el único que requería la participación de cada miembro al tocar un instrumento diferente bajo la dirección de un maestro cabezudo demoníaco y alegre –The Blue Devil. Yo toqué violín con una peinilla de madera.

Nuestro primer escenario, diseñado por Brenda Plumey Morales, sí incluía una peinilla, pero los objetos de mas interés fueron los zapatos en una variedad de estilos, tamaños y colores que sirven como los cuerpos de las cabecitas de sus variados personajes. El balance entre el objeto encontrado –los zapatos—y el objeto creado o esculpido –las cabezas—fascina tanto como la manera en que la titiritera orquestra el flujo de zapatos encabezados que circula y parece inundar el escenario.

El reconocido actor Yussef Soto Villarini explora temas existencialistas a través de un ojo telescópico, vestidos pequeños de hombre y mujer que quedan enganchados como si fueran personajes, ojos, corazón y cerebro dibujados, y cabezas esculpidas con lo que parece algodón por dentro –un mundo distópico tanto como absurdista creado a través de abstracciones visuales relacionadas, pero de manera aleatoria. Da la impresión de estar en una obra de Jarry, Ionesco o Arrabal.

De manera similar Francisco Iglesias, veterano titiritero de “Sobre la mesa”, explora todo el espacio alrededor de su escenario a través de aves y colores. Crea un ambiente de volar: el vuelo de múltiples y variados pájaros, sus alas y plumas formadas por peinillas de tamaños diferentes pasando alrededor del público, pero también del soñar humano de remontarse en el aire.

El medio de Mary Anne Hopgood Santaella muestra una visualidad similar pero dentro de un marco fijo en que monta imágenes bellas y traslucientes en un “cranky” –rolo encuadernado que mueve de pintura en pintura—que permite el uso de sombras “chinescas” como personajes. Basado en un texto de poblaciones originarias americanas, lo visual ilustra y amplía el mensaje ecológico-ambiental de vivir en balance con la naturaleza sin destruirla.

Los títeres de Agustín Muñoz Ríos nos recuerdan de la importancia de la risa para poder comunicarnos y de vivir en armonía social. Un monstruito alegre explora, juega y sonríe solo para estar enfrentado por otro monstruito gruñón –extrovertido contra introvertido–. Conversan a través de un idioma de sonidos alegres por un lado y gruñidos por el otro. El gruñón falla su primer intento de imitar la acrobacia –caminar por la peinilla grande de madera– del tipito alegre, pero finalmente logra balancearse.

Jorge Díaz, director de Papel Machete y AgitArte y veterano de “Sobre la mesa”, crea un deleite de relato cómico-cortante de la familia “Fosforito”, que también es un discurso político sofisticado que cuenta la historia de la puertorriqueñidad dentro del colonialismo clásico y el capitalismo neoliberal actual. Quedo maravillado por la compresión y claridad narrativa, el trabajo artesanal detallado de miniaturas de palillos de fósforos y el sentido de humor del titiritero-cuentero maestro.

Deborah Hunt es la inspiración detrás de “Sobre la mesa” y tantos otros proyectos que han hecho de Puerto Rico un centro creativo de títeres y máscaras teatrales. En esta 15ta edición, la caja de arena de Deborah muestra todas las características de los otros escenarios. Hay una figura mítica que representa la continuidad y el destino de la vida, tal vez, después del desastre humano: es el cuervo cuyo cinismo vela todo el desarrollo social de la caja de arena. Allí entran figuras minúsculas en detalles impecables: un botecito con figuras humanas, pequeñas casitas, un pueblito, personas mas grandes, otras mas grandes ya en gradas y banco, edificios, mas gente, pero todo será enterrado, cubierto por la arena que empuja una peinilla grande de madera actuando como la puerca (bulldozer) de la historia, mientras el cuervo, siempre reposicionándose, sigue presente, listo para picar, citando a Brecht, ”los ojos de los muertos”.

Termino con Sugeily Rodríguez porque su obra presenta una joya visual que comienza con su vestuario de cara velada como titiritera –una maga envuelta en tela y soga— y continúa con sus títeres, sus pelos de fibra de soga, a los pequeños óleos o pergaminos pintados en que se enrollan los personajes y sus acciones al final de cada secuencia. El impacto visual-sensual con sus colores y texturas es asombroso y deja una imagen imborrable grabada en la mente, una pintura viva, huellas grabadas en vidrio. En las llamadas Bellas Artes, la belleza es una condición difícil de lograr y describir. Capté su presencia en esta pieza.

¿Es esta edición 15 la mejor “Sobre la mesa”? No sé. Tiene balance, un alto nivel de dramaturgia en sus breves tramas, un manejo sin precedente de destrezas artesanales y titiritera/os de talento excepcional. Después de la sequía creada por la pandemia, la renovación de este estilo de teatro intenso, íntimo e impactante nos deja con una sensación de sanación y alegría a través del arte.