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Haití El coro por la invasión…

 

 

Por Lilliam Oviedo

La penúltima semana de septiembre del año 2023 ha de ser registrada como el período en el cual la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sesionó para dar la oportunidad a Luis Abinader y a Ariel Henry de solicitar formalmente la ocupación de Haití.

En el septuagésimo octavo período de sesiones de la Asamblea General de la ONU no se puso ordinal a la ocupación en proyecto porque, como otras veces, no figura en los documentos emitidos el término ocupación sino un conjunto de eufemismos manoseados, ridículos e infames por definición.

Ayuda internacional para combatir las pandillas, apoyo internacional a la labor policial, supervisión para fortalecer la institucionalidad y hasta el cómico nombre `colaboración armada`, ha sido colocado a una ocupación solicitada reiteradamente por lacayos a quienes les fue elaborado un texto que tienen por misión leer en cada foro.

Saludando la recomendación puesta en boca de Antonio Guterres de formar una fuerza multinacional, habló primero Joe Biden, presidente del país que en otros libretos ha actuado a las claras como potencia ocupante. Un día después, recibió el apoyo de Luis Abinader, quien no sabe hablar de pie sino de rodillas. El viernes 22 de septiembre Ariel Henry solicitó una fuerza multinacional policial con componente militar.

Ningún otro elemento hace falta para definir el coro del descaro.

En la ONU, Biden no tuvo que responder por el apadrinamiento de los mercenarios colombianos que en julio del año 2021 mataron al presidente Jovenel Moïse, tampoco tuvo Luis Abinader que explicar bajo cuáles condiciones esos mercenarios hicieron turismo en territorio dominicano antes de cumplir en Haití la misión que tenían asignada.

Es preciso señalar que, cuando estaba en las portadas la noticia del asesinato de Jovenel Moïse, Joe Biden y el entonces presidente de Colombia Iván Duque, no tuvieron que explicar ante los organismos internacionales qué relación tuvo el hecho con la contratación de colombianos para la seguridad presidencial en Haití, convenio que fue supervisado por la Embajada de Estados Unidos en Puerto Príncipe.

¿Es esa la comunidad internacional que vendrá a estabilizar a Haití a solicitud de Luis Abinader y de Ariel Henry, escribanos y mensajeros del poder imperialista?

Las bandas surgieron y se multiplicaron en un Haití ocupado y tutelado por las grandes potencias. ¿Es la ocupación, entonces, la clave para garantizar la seguridad?

El poder mediático se ocupa de ocultar que las grandes potencias intentan evitar el protagonismo del pueblo en la derrota de las bandas armadas, porque se haría evidente la ilegitimidad del gobierno encabezado por Ariel Henry y también la del poder ejercido por la oligarquía y sus tutores con oficinas en Estados Unidos, Canadá, Francia y otras potencias. Se desvelaría también el carácter político de las bandas y su condición de hijas de ese poder ilegítimo.

Los medios presentan a policías kenianos y de otros países como potenciales integrantes de la fuerza ocupante y ocultan la presencia del Comando Sur, la dirección de Biden y de la descarada generala Laura Richardson, y el asqueroso entreguismo de Abinader y Ariel Henry.

DE AGRESIÓN SE HABLA

Desde Cuba, otra isla agredida, el poeta Jesús Cos Causse, expresa: “Es Toussaint Louverture/ quien cruza Haití en un caballo blanco de cascos telúricos./ Cruza sobre la herida de su isla / rota en dos tierras distintas y dos lágrimas iguales”. Y sobre la presencia del autor de Gobernadores del Rocío, apunta: “Cruza y Jacques Roumain/ le entrega una espada /construida con los misterios de los minerales/ y con los ojos de un carey/ que murió herido”.

Contrario a los símbolos de lucha que evoca el poeta, Abinader y Henry invocan al enemigo y los medios de comunicación apañan su servilismo.

Se presenta la ocupación como remedio para Haití en un momento en que el imperialismo pretende dar un golpe de Estado en Guatemala tras un proceso electoral en el cual la manipulación no alcanzó para imponer el resultado que la clase dominante esperaba; sube de tono la agresión contra Cuba (incluida en la lista de países patrocinadores del terrorismo y atacada su embajada en Washington) y contra Venezuela (el imperialismo incauta ilegalmente sus recursos financieros y trata de evitar que recupere el Esequibo).

El imperialismo es agresor, no redentor ni sembrador de paz.

Los comunicadores con sello prosistema dicen que en Haití no hay recursos materiales que interesen al imperialismo. ¿No hay, acaso valiosos minerales en un subsuelo explorado casi siempre de manera ilegal? Mineras como la Belfond, la Unigold o la Majescor, saben lo que guarda el subsuelo en tierra haitiana. ¿No está Haití en un lugar estratégico dentro del mar que une las dos partes del continente? Los estrategas yanquis ordenaron a Abinader interrumpir las negociaciones con China para restaurar el Puerto de Manzanillo, en la frontera. De intereses imperialistas se habla.

No por ignorancia sino por identificación con los saqueadores, analistas y seudoanalistas prefieren desconocer lo evidente.

La construcción del canal sobre el río Dajabón (o Masacre), como otros conflictos coyunturales, es un episodio tratado en forma politiquera. La ecología de la isla es una sola y está amenazada por los grupos que construyen a interés de las multinacionales mineras, por los latifundistas y por los saqueadores de toda especie. Abinader, Henry y los empresarios vinculados mienten para encubrirse mutuamente.

Son las mayorías haitianas y dominicanas organizadas quienes tienen que buscar solución a los problemas de pobreza, inseguridad, injusticia y desigualdad en esta isla.

A sus escasos veintitrés años, el poeta Jacques Viaud lo advirtió:

“He querido hablaros de mi patria, / De mis dos patrias, / De mi Isla, / Que ha mucho dividieron los hombres/ Allí donde se aparearon para crear un río”.

Hoy, el imperialismo sigue intentando dividir a los dos pueblos que habitan esta isla cantada por Cos Causse y por Jacques Viaud, pero lo hace para saquearla como un todo… No es una contradicción, sino una realidad perenne como el río…

reproducido de: www.rebelion.org

 

Historiografía contemporánea y otros demonios

Jeremy Rivera Torres

Especial para En Rojo

¿Cuál es la labor del historiador en la sociedad puertorriqueña? ¿Cuál es su estatus? Como historiadores, se nos enseña a investigar a través del trabajo de archivo, entrevistas y/u otras fuentes primarias o secundarias para esclarecer y comprender un evento del pasado de una manera más completa y analítica. Esta preparación requiere años de estudio, lectura y práctica; por lo cual, no muchas personas lo ejercen y convierte esta profesión en una privilegiada. Esto se presta para que en ciertos rincones de la Academia e instituciones culturales e históricas haya una dinámica paternalista y elitista en contra de estudiantes o personas que no ejercen la profesión porque “se deben educar ellos”. A causa de esto, se ha generado un distanciamiento de esa «elite intelectual” con el resto de la sociedad por el paternalismo con el que usualmente se habla de las personas no educadas o no cultas. Esto los lleva a estar alejados de las realidades del país y encerrados en sus círculos literarios, donde todas sus opiniones son validadas y vistas de maneras correcta; si no estudias, tu opinión no vale en estos espacios.

Entonces, ¿dónde recae la labor del historiador? Muchas veces la profesión se ve inaccesible para la sociedad debido a que el trabajo se desarrolla mayormente en los salones de clase, archivos o conferencias, por lo tanto no existe presencia fuera de los salones de clase en espacios populares. Cabe reseñar, que a pesar de esto, hay varios proyectos independientes en formato podcast que están siendo la alternativa de esta “Historia para el pueblo” como Plan de Contingencia, Tiempos Dialécticos, Archipiélago Histórico, El Cayito e Isla Caribe pero no hay iniciativas institucionales para democratizar esos procedimientos e información. Por consiguiente, muchas personas no conocen de muchos eventos en nuestra historia como el Grito de Lares, la Masacre de Ponce, la Insurrección Nacionalista, entre otros. El estado no ha generado un proyecto de memoria histórica que genere conocimiento sobre nuestro pasado, aunque ello también, puede ser problemático ¿Quién decide qué es memoria histórica y para qué sirve? Esto es algo que hay que problematizar debido a que la Historia como puede servir de herramienta para educar también se puede tergiversar para hacer daño. El único proyecto que de alguna manera – a pesar de sus fallas – ha realizado algún esfuerzo es el Instituto de Cultura Puertorriqueña pero ha contribuido más al nacionalismo cultural y más a simplificar temas complejos como la cultura, raza y herencia para satisfacer demandas políticas que al conocimiento verdadero y pleno sobre nuestra Historia.

Nuestro trabajo a pesar de ser inherentemente académico no puede ni debe limitarse simplemente a realizar nuestras investigaciones y depender en que los estudiantes presten atención a los cursos. Hay que buscar nuevas maneras para comunicar esas ideas y volverlas parte de la discusión cotidiana como lo son los partidos del Baloncesto Superior Nacional y las novelas de Eddie Casiano. De modo que no todo se limite a los libros los cuales, a pesar de su importancia, hay que reconocer que no siempre son accesibles para la población por sus altos precios en muchos casos. Además, la mayoría de las librerías – con ciertas excepciones – están radicadas en el área metropolitana. Este problema de acceso no se limita solamente a lo físico sino que también a lo digital. En fin, la labor historiográfica se vuelve nula cuando se limita a ciertos espacios intelectuales que sí tienen el conocimiento y acceso requerido para insertarse en elloEn consecuencia, los historiadores e intelectuales se ven como los únicos que pueden generar el pensar histórico y crítico mientras se excluye al resto de la población por ‘falta de educación’. La academia y la universidad, como mencionó un compañero, es cerrada en términos metafóricos y físicos, significando que la población que no tiene la capacidad de insertarse en la academia es excluida de estas discusiones que se quedan en los simposios, salones de clase y las revistas universitarias. La discusión que se da en espacios alternativos, como los podcast anteriormente mencionados, generan un pensamiento histórico de manera no académica que informa a la población y genera interés en ese término mencionado de pensar históricamente.

En una entrevista, el historiador Jesús Izquierdo, menciona sobre la labor del historiador: “Les brindamos herramientas y debates, aunque sabiendo que ahí sí existe una gran jerarquía entre el oyente y el emisor; pero sobre todo les ofrecemos la posibilidad de poder entrar en el programa, discutir con nosotros con dichas herramientas. Hemos hecho entrevistas donde ha habido ciudadanos que no son para nada profesionales de la historiografía pero que sin embargo tienen mucha capacidad y muchas ganas de hablar sobre el pasado. Hablar del pasado implica pensar históricamente y pensar históricamente no es cualquier cosa”.1 ¿A qué se refiere con pensar históricamente? Las situaciones precarias y desiguales pueden generar un pensar histórico. Como sujetos políticos buscamos al pasado para encontrar un referente de lo que está sucediendo a priori, lo cual nos hace averiguar explicaciones para el presente. Esta tarea requiere de esa misma democratización de la historia como también el acceso a los recursos y espacios para simplemente comenzar a cuestionarse. La academia no puede cerrar sus puertas y ser quienes se adueñen del conocimiento como si el resto de la población no fuera capaz de pensar históricamente.

El pie forzado, como orquesta jíbara, que fueron estos debates llevaron a nuestra historiografía a tener esas discusiones difíciles pero enriquecedoras que llegaron atrasadas a Puerto Rico por distintas razones. Mario Cancel menciona una de las más interesantes y que solo ha sido revisada en varias ocasiones, no extensivamente:

“Una de las razones para el silenciamiento de estos procesos y la mitigación de sus efectos ha sido el quietísimo que caracteriza a la tradición universitaria en este país desde la segunda posguerra mundial. Esta ha sido una institución demasiado inclinada, desde mi punto de vista, a la conservación y renuente a la revisión”.2

Esa reflexión va con el proyecto de la “Historia oficial”. Muchos de estos espacios lo que buscan es conservar el estatus quo o tergiversar ciertos hechos para que favorezca su posicionamiento ideológico. Por eso, los aparatos lingüísticos y discursivos-narrativos que los historiadores utilizan son sumamente importantes para desprender lo que están tratando de comunicar a través de sus textos: la evidencia con la que los historiadores trabajamos, usualmente, es sesgada por lo discursivo.3 Esas herramientas discursivas se pueden usar de diferentes maneras y por diferentes razones; (1) Existen intelectuales lite que sus posturas van acorde con el estatus quo o no incomodan el poder hegemónico del estado colonial, a partir de eso, le privilegian y se les permite seguir publicando en los periódicos principales del país como también tener acceso constante al Mass Media; (2) Por otro lado, nos encontramos con los intelectuales hardcore que precisamente buscan el generar un debate sobre ciertos temas que siguen siendo un tabú en la historiografía puertorriqueña, al igual que buscar temas olvidados o presentes. Estos también se insertan en los espacios alternativos y no tradicionales para llevar ese conocimiento fuera de los espacios académicos.

El debate generado por diferentes publicaciones como Nación Postmortem, Manual para organizar Velorios y demás fue enriquecedor para la profesión, a pesar de ataques personalistas. Cancel menciona de manera crítica: “La politización simplista del debate traducía actitudes que recordaban, desde mi punto de vista, los de un conflicto teológico, confesional, partisano o faccioso y producían un mal sabor que truncó muchas de las posibilidades que la situación ofrecía”.4 Este infantilismo del debate sesgó e inclusive contaminó trabajos con temas tan importantes como la nación, cultura y la lengua. Ese último gran debate intelectual, estudiándolo desde el presente, fue un momento de antes y después debido a los intensos escritos enviados por Claridad y Diálogo y Bordes, por mencionar algunos medios. Produjo una tensión estremecedora que transcendió la historia como disciplina y se discutió por otros departamentos, como Ciencias Sociales y Literatura. Lo que demuestra – a pesar de la teoría densa – que a través del debate se incluye al resto de la población de manera horizontal. Las discusiones generadas en los pasados meses sobre el libro El Jefe, por la historiadora Nieves de los Ángeles Vázquez, han sido de la misma manera enriquecedores para la profesión cuestionando a quienes se vanaglorian como “Próceres” de la nación puertorriqueña. Esto levantó pasiones sobre el revisionismo de fuentes primarias y secundarias como también a cuestionar otras figuras como José De Diego. Entonces, el debate en la actualidad es antagonizado e inexistente. Automáticamente, se convierte en una competencia de quién ganó o perdió. La capacidad adquirida en esos años de estudio se bajan por el inodoro convirtiéndose en un todos contra todos y no en una discusión seria y de ideas.

Por eso es importante que como académicos e intelectuales se tengan esos debates y choques de ideas. Lo propio de ser intelectual es precisamente el diálogo e intercambio de ideas para llegar a una esfera más alta del conocimiento. Pues entonces, ¿por qué no ha surgido un debate sobre decolonialismo, historia intelectual o posfascismo? La élite intelectual está desgastada – con excepciones – en una situación tan precaria para ejercer el pensar y la escritura añadiéndole también el factor clave. La universidad y los espacios de debate se han ido mermando cada vez más. Esto es claro en la reducción de estudiantes de la UPR como también de profesores ya que ambos sufren por las condiciones precarias por las políticas de austeridad. Precisamente, por esto es que hay que salir de los salones y llegar a los sectores populares, creando espacios alternativos de discusión y llevar este conocimiento que está privilegiado por el hecho de que se encuentra en la academia.

A tu teoría le falta calle, es el lema que le cae como anillo al dedo en este caso que estamos examinando. En los salones de Historia y conversaciones de cafetín siempre se menciona sobre la cotidianidad y facilidad de como Fernando Picó hizo historia sobre los no historiados, pero son pocos los que practican lo que tanto se admira sobre su trabajo. Lo que hizo a Picó exitoso es que su historiografía -con luces y sombras- buscaba quitarle el velo y presentarnos un Puerto Rico que no se había visto antes o que simplemente no se quería presentar desde la academia. Resulta que es más fácil hablar de los “grandes hombres patriarcas” que de las mujeres, negros y otros grupos marginados en la isla.

En síntesis, el debate y la democratización de la profesión histórica se debe ejercer como manera de resignificar lo que es ser un historiador no de manera mesiánica, elitista o paternalista sino aplicando elementos populares que ayuden a difundir esas historias que merecen ser contadas como también esos debates en cafetines o bares que se tienen que dar. El rol principal de todo historiador es incomodar a las instituciones y los paradigmas ya establecidos, ese es el verdadero debate y revisión de diferentes narrativas impuestas. Hace falta sacudir a la academia, comenzar a cuestionarnos más las cosas, dejar las guayaberas, la conferencias con vino y salir a la calle. A modo de cierre, dejo una cita como reflexión, por parte de Jean-Paul Sartre: “Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo.”

NOTAS

1 Gustavo Nicolás Contreras. Democratizar el conocimiento histórico. Una entrevista a Jesús Izquierdo Martín Pasado Abierto Volumen 1 Número 1 (30 junio 2015) Consultado, 10 de Julio 2023.
2 Mario Cancel Sepulveda, ¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Retornos. Revista 80 grados, 12 de Junio de 2020. Consultado, 10 de Julio de 2023.
3 Salvio Martín Menéndez, Historiografía lingüística y análisis del discurso: las relaciones necesarias. Revista argentina de historiografía lingüística. 51-52.
4 Mario Cancel Sepulveda, ¿Qué pasa en la historiografía puertorriqueña? Retornos. Revista 80 grados, 12 de Junio de 2020. Consultado, 10 de Julio de 2023.

La montaña también existe en las novelas

 

Especial para En Rojo

Que el sur también existe lo manifestó Mario Benedetti en su famoso poema donde expresó que “con su esperanza dura el sur también existe”. El poeta uruguayo enumeró las desigualdades entre el norte y el sur planteando que: “Hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible que todo el mundo sepa que el Sur, que el Sur también existe”. No obstante, desde mi hogar sin ningún temor me atrevo a gritar que la montaña también existe. Este debe ser el nuevo mantra de los que escribimos y vivimos en la zona central montañosa.

Muchos piensan que la literatura puertorriqueña contemporánea es privativa del área metropolitana, pero hay que mirar a la montaña, para descubrir las letras que se producen en las tierras altas. Lamentablemente, en Puerto Rico como en otros países, la literatura está centralizada en la gran urbe y pueblos aledaños. Hace unas semanas leí en El Adoquín Times dos artículos de la escritora y periodista Ada Torres Toro sobre lo difícil que es publicar en Puerto Rico. El primero se titula “La literatura puertorriqueña I: Una industria abandonada a su suerte” y el segundo “La literatura puertorriqueña II: El auge en la autopublicación”. Ella en su investigación descubrió, o ya lo sabía, que: “Puerto Rico es invisible en la arena de las letras a nivel mundial”. Yo soy más localista y me atrevo a decir que muchos autores que escriben desde la zona montañosa son invisibles en nuestro país.

Pedro L. Cartagena, a quien conocí en 1995 cuando empecé a trabajar en lo que hoy es el Recinto de Utuado de la Universidad de Puerto Rico, es un escritor y profesor universitario jubilado que tiene una producción literaria interesante. Trabaja con los géneros de la novela y el cuento; además es un apasionado de la ciencia ficción. Entre sus títulos se destacan: Pasajero de verano (1996) su primera novela, los libros de cuentos Un camino de hojas muertas (2002), Imaginario global (2005), Al caer el sol (2010) y Sopa de Murciélago y otros cuentos (2021). A estos se le unen las novelas publicadas en el 2021: Exoplaneta, las vidas de Aldanze Genoma y Hotel Riverside. En el 2022, salieron sus textos Buscando el sol y Los huesos de Bosque Seco. Como puede observarse, el escritor utuadeño cuenta con una vasta obra literaria, poco difundida en el país. Como les sucede a muchos autores en la Isla del Encanto, su labor no se limita a la de escribir porque tiene que promover sus libros. En Puerto Rico, los rotativos tampoco miran a la montaña, para entrevistar a los escritores que con tanto esfuerzo se esmeran por publicar sus trabajos.

El domingo 3 de septiembre de 2023, Pedro L. Cartagena estuvo en la librería El Candil en Ponce hablando sobre sus novelas:  Pasajero de verano, Hotel Riverside y Los huesos de Bosque Seco. Aunque no pude asistir vi la grabación de la presentación donde me mencionó varias veces. Aprovecho para agradecer su confianza en mi trabajo editorial y como crítica literaria. De sus libros el primero que leí fue Pasajero de verano y tuve la oportunidad de escribir el Prólogo de la segunda edición. Enmarcada en la explotación minera de los pueblos de Utuado, Adjuntas y Jayuya, y la defensa del ambiente, trasluce en esta novela una excelente historia que ya va por la tercera edición. La leí de un tirón y me atrajo que el relato no era lineal y el lector tenía que reconstruir la historia marcada por el uso continuo de la analepsis y la prolepsis en la diégesis. Me gustó tanto que se la asigné a mis alumnos en las clases de literatura.

El otoño pasado, Pedro me regaló Hotel Riverside que también tiene como foco ambiental el pueblo de Utuado. En esta biografía novelada, la historia parte de una anécdota en la que el autor escucha una conversación sobre este icónico hotel. Uno de los que hablaban era Don Heriberto Román que se crió en ese lugar porque su padre lo había comprado. El edificio era una clínica de un grupo de presbiterianos que, a principios del siglo XX, se dedicaron a estudiar la anemia y la bilharzia en Utuado. Un dato histórico muy interesante. En el libro un adolescente se encargará de narrar sus vivencias en este interesante hotel. A través de su óptica damos un viaje por la Ciudad del Viví con detalles históricos que se combinan de forma asertiva con la ficción. El narrador con entusiasmo cuenta: “El hotel se convirtió en nuestra residencia y mi padre lo denominó con un nombre en inglés para supuestamente atraer a clientes del norte y diferenciarse de los hostales o casas que alquilaban habitaciones en la zona… Le llamó Hotel Riverside, que en verdad quedaba a la vera del río que atravesaba el pueblo desde las montañas de barrios colindantes con los pueblos de Adjuntas y Jayuya que en el pasado también formaron parte del gran hato del Otoao” (9-10).

Cuenta con trece capítulos y personalmente me encantó el que está dedicado a la llegada de los gitanos esos individuos que culturalmente van de un lugar a otro. Ellos arribaron al Hotel Riverside en verano con todas sus extravagancias: “Sobre el capote de ambos carros, baúles, bolsos de colores y cajas de madera. Como si fuera un circo, los cuales ya conocía, empezaron a descender las personas y a descargar su equipaje con mucho cuidado, que más que valijas de viaje parecía un desahucio o una mudanza” (p. 22-23). Me fascinó la descripción que hace el joven narrador de estos personajes exóticos para un pueblo inmerso en la montaña. Cuando leí el capítulo dedicado a las fiestas patronales me transporté a mis años mozos en Peñuelas, porque las fiestas dedicadas al Santo Cristo de la Salud, eran todo un evento esperado durante un largo año. Considero que esta obra literaria debe asignarse como texto obligatorio en las escuelas de Utuado para que las nuevas generaciones conozcan la historia de su pueblo. Quiero destacar que leyendo Hotel Riverside recordé Felices días Tío Sergio de Magali García Ramis y sentí la misma emoción.

En el Festival Literario de la Montaña, celebrado en Utuado, compré Los Huesos de Bosque Seco que a juicio del autor puede ser considerada una novela negra escenificada en los pueblos de Utuado, Adjuntas y Jayuya en el 2097. Siguiendo la línea del daño que se le ha hecho al ambiente, a juicio del escritor, su libro presenta un escenario distópico, cuasi apocalíptico, dónde hay que descubrir los misterios que guarda el Bosque Seco. En la contraportada nos dice que el texto puede ser considerado como novela negra o policiaca. Este género es uno de mis favoritos desde adolescente cuando conocí a Auguste Dupin, el detective de Edgar Allan Poe, que hace su primera aparición en Los crímenes de la calle Morgue. Después disfruté de las investigaciones de Sherlock Holmes, personaje creado en 1887, por Sir Arthur Conan Doyle y, de los libros de la incomparable Agatha Christie. Hace alrededor de quince años retomé las lecturas policiacas europeas. Por mis manos han pasado los libros de los suecos Henning Mankell y Camilla Läckberg; los del español Manuel Vázquez Montalbán, protagonizados por Pepe Carvalho. A estos se unen las publicaciones de la española Carmen Mola que son fascinantes. Cabe mencionar que ese es el seudónimo que utilizaron Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero, al publicar la trilogía La novia gitana.

En mi biblioteca tengo una excelente colección que incluye obras policiacas europeas, latinoamericanas y puertorriqueñas. Como crítica literaria, después de leer Los huesos de Bosque Seco me atrevo a afirmar que el texto responde más a la literatura de espionaje. En el mundo creado por Pedro L. Cartagena, la INTERPOL se une a las fuerzas militares para descubrir junto al agente Tulio, el misterio que se cierne sobre el Bosque Seco. El autor mezcla diversos temas geopolíticos que redundan en la difícil sobrevivencia de unos personajes que tratan de subsistir en un lugar desolado. Recomiendo la lectura de las tres novelas de Cartagena y culmino mi escrito con el mantra que inició: La montaña también existe y solo hay que salir a descubrirla a través de sus escritores.

 

 

 

 

 

Tercera carta al doctor Alonso

Especial para En Rojo

 

Estimado Doctor Alonso:

Sé que este bien pudiera ser ya, oficialmente, un ejercicio de fe pues entiendo que usted no les ha respondido a mis compañeras. No importa. Puedo imaginarme lo ocupado que debe estar, y entiendo también que su prioridad no ha de ser las consultas epistolares, mucho menos las de correo regular. Pero imagino muy posible que, en algún momento, usted se apreste a sentarse para responderles con detenimiento, como estas consultas y el género mismo lo ameritan. Para eso necesitará tiempo. Tiempo e incentivos.

Sé que mis compañeras no han sido demasiado generosas propinándole lo segundo. Es lo que les digo, “el Doctor Alonso no les va a responder si se ponen con sus cosas”. Sé que le han dicho bastante, doctor, de cerdo para abajo, pero tampoco es para que se ofenda. O -más bien- tiene que ver cómo y por qué se va a ofender, si es que decide hacerlo. Porque, por ejemplo, llamarle cerdo puede parecer un insulto pero no siempre lo es. Si usted me preguntara a mí, le diría que el insulto va más por la vía del cuestionamiento de sus tarifas por el servicio médico. Entiendo que han sido severas con usted en ese aspecto. Como si usted no actuara en el ámbito de una sociedad entera donde el acceso a la salud mental se ha transformado intencionada y sistemáticamente en un bien exclusivo, casi de lujo. ¿Qué se supone que usted haga? Definitivamente no es usted el doctor Betances, andando a caballo los barrios mayagüezanos en el siglo XIX para tratar el cólera. Usted es un psiquiatra lidiando con los desajustes sistémicos y las patologías exorbitantes del siglo XXI en la colonia más antigua del mundo.

Pero en fin, cuando usted recibe correspondencia de estas mujeres, tiene que analizar bien lo que le dicen, leer entrelíneas. Pero como no sé si usted se va a tomar la molestia de buscar ciertas referencias en google, le cuento que yo creía que Epicúreo era un dios muy goloso. Pero no, Doctor. Busque en google “cerdo epicúreo” y descubrirá una estupenda identidad potencial, tal vez incluso novedosa. Sobre la otra compañera, ya ahí lo de “cerdito capitalista» fue más directo y no creo que tenga que darle explicaciones de ningún tipo. Sólo le recordaré que no debe juzgar a sus pacientes, mucho menos por ejercer sus libertades de expresar sus ideologías y visiones del mundo.

Pero nada, que me desvío. Les he dicho a mis compañeras y me reafirmo: “Yo sé que el doctor Alonso va a responder. No sé cuándo, pero va a responder”.

Así, me animé yo también a escribirle porque coincido en que el costo de su consulta en estos momentos es un tanto inaccesible para mí. Pero estoy segura de que eventualmente podré tener el placer de visitarlo en su despacho.

Nunca he sido de consultar con psiquiatras pero, bueno, siempre hay una primera vez. Entiendo que mi salud mental ha sido común y corriente. He tenido mis momentos, por supuesto. Lo normal. Algunos desafíos me han puesto a prueba, pero mirándolo a esta distancia, creo que he resultado victoriosa de todos. O de la mayoría, vamos, no quiero decir que sea perfecta porque no. El punto es que nunca he visto un psiquiatra. No de manera clínica, digamos.

Ahora, no se lo voy a negar: muchas veces me pregunté si debía hacerlo. No por nada, nada realmente de peso. Pero me lo preguntaba. ¿Por qué no voy un día donde el Dr. Alonso? No lo digo exactamente por las estelas, Doctor: el punto de sangre en los pellejos de las uñas, el ardor; el mechón de pelo entre los dedos que no quiero descartar por no percatarme de su aparatosa dimensión flotando sobre el zafaconcito del baño; las horas despierta consumidas en la lectura obsesiva de noticias criminológicas. El líquido fino, siempre inclinado, escurridizo. La claustrofobia, el impulso de abrir las puertas en los aviones.

Lo digo por lo más complicado: cómo mantener la imagen de la cordura cuando se tiene una serie de enfermedades raras extendiéndose inevitable, indefectiblemente, por el torrente sanguíneo. No es fácil diagnosticarlas por esa fragmentación tan estricta de la medicina moderna. ¿Qué médico va a diagnosticarte todo lo que tienes, si cada uno se dedica a una mínima parte de tu sistema y no le interesa observar más allá? Al cardiólogo le hablas de algún asunto estomacal y te mira como si le estuvieras preguntando sobre las señales del universo cuántico o sus partículas subatómicas.

Hoy día es casi imposible hablar de enfermedades raras, incluso con tu propio médico de cabecera, sin que se sospeche de tu situación emocional. Termina una angustiada, ya no sólo por la enfermedad sino por lo que te adjudican de inmediato: “Esta es hipocondríaca”, es lo primero que se dicen con la mirada, se les ve a legua. ¿Por qué en un mundo cuya enfermedad generalizada nadie cuestiona, es tan estigmatizante atender la enfermedad propia? Ambas situaciones, tanto el manejo de las enfermedades raras como el juicio de la gente, requieren de la mejor psiquiatría moderna. Por eso recurro a usted con tanta fe.

Llevo años navegando sobre decenas de síntomas  y muchas veces he tenido que callar para no ser acusada de la patología hipocondría: pupilas dilatadas, venas brotadas, vértigos extremos en las lunas menguantes, euforia natural en luna llena. Fiebrecillas nocturnas, dolores musculares que laten al ritmo de un zumbido auricular constante (es insoportable). Sudoraciones insólitamente excesivas, falta de oxígeno, corrientes linfáticas y, tal vez, el peor de todos… Bueno, Doctor, el peor de estos síntomas se lo diré en persona porque no encuentro cómo ponerlo por escrito.

Dicen que de médicos, poetas y locos, todos tenemos un poco. Le soy sincera, no he hablado de esto con nadie. Le estoy confiando mi espantosa y solitaria situación porque sé que usted es todo un profesional. Ante todo, quisiera poder respirar sin esta angustia. No tener que pensar en esta incapacidad de expandir mis bronquios, en la sensación aterciopelada de cuando se contraen.

Espero su respuesta.

 

 

 

 

Intempestiva sobre la carencia y la caricia

 

  1. Hace algún tiempo anoté en mi cuaderno el siguiente verso:

una caricia

se da con temor

a la despedida.

El drama de amor es uno de caricia y carencia. La carencia lleva a la caricia, y la caricia a su carencia. Un pestañeo. El visaje en el otro rostro. La mano abre, los dedos se extienden hacia la otra piel.

La caricia no es frotación, pero igual irisa.

  1. No hay colma de carencia en la caricia. No satisface. Es fallida. La carencia está ahí, insiste. A pesar de la caricia, por la caricia. Pero, ojo: porque es caricia, no hay sostén. En su ensayo sobre la caricia, Gaos subraya la total ausencia del apretón en la caricia. Es apenas un roce. Un leve presente (con amor) al otro en los dedos. Porque es breve, antecede al adiós. Su tiempo es del roce. Su duración, el del recuerdo de la caricia inscrita por vez primera en la otra piel. Aún hoy, eriza.
  2. La caricia es un estilo. Según Lezama, la casa es un estilo para combatir el tiempo. El estilo en la caricia, empero, no salvaguarda. No tiende puente. La caricia no edifica. Es un dar con (puro) ardor. La caricia es un presente absoluto. Es un caro presente. Caro presente carente. Sin condición y sin promesa. Ardor, ceguera. Zarza ardiente.
  3. No retiene. Nunca. El pestañeo en tu mirar. El amor dura el tiempo de la caricia. Con amor, la caricia deja ir.