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¿La economía de los desastres? Puerto Rico, el huracán Fiona y la colonia

 

Especial para CLARIDAD

En el quinto aniversario del impacto del huracán María, el azote del huracán Fiona ha dejado ver las diversas vulnerabilidades de la Isla, porque la recuperación y reconstrucción nunca comenzaron. La recuperación requiere compromisos políticos, sociales e inversiones sociales, para construir esa red comunitaria y de solidaridad que ofrece la seguridad y la protección a la ciudadanía. La reconstrucción es reparar el entorno construido y fortalecerlo. El huracán Fiona creó cambios en las condiciones de vida de las personas, las comunidades y las actividades económicas, sociales y culturales, debido a los efectos directos, las inundaciones y los efectos del problema energético – LUMA- que llamamos desastre. Nuestra condición colonial (falta de poderes) no permite que podamos recuperarnos rápidamente y reconstruir nuestra infraestructura, de igual forma que no fomenta políticas de prevención que evite los daños, porque no mandamos en nuestra Isla y domina el capitalismo del desastre o la economía del desastre.

La vulnerabilidad es una condición previa a los desastres donde el evento natural – huracán – es el detonante de las condiciones de inseguridad y fragilidad existentes. Puerto Rico padece de vulnerabilidad física, económica, social, ambiental, institucional y política. Ser vulnerable ante un evento natural es ser susceptible de sufrir daño, tener dificultad de recuperarse del mismo y conlleva pérdidas materiales y de vidas humanas. Hasta el momento José Alameda ha estimado que los costos directos e indirectos de recuperarnos del huracán Fiona va por $5,000 millones (estimó que las familias han gastado en promedio en dos semanas $1,600 para comprar agua, gasolina, alimentos, hielo, productos de limpieza entre otros) y sigue aumentando.

El huracán Fiona impactó el suroeste de Puerto Rico con vientos de 140 kilómetros por hora (85 millas por hora) el 18 de septiembre y causó inundaciones en toda la isla. Este huracán nuevamente paralizo al pueblo por espacio de varios días, causando pérdidas en distintos sectores de la economía y la sociedad, principalmente por la falta de servicios básicos de energía eléctrica, agua potable y las inundaciones. Afectando este evento natural unos municipios que vienen de sufrir la tragedia de los terremotos de enero del 2020 y de la crisis sanitaria que fue la COVID-19. El gobierno de Puerto Rico espera tener una estimación preliminar de los daños causados por Fiona en unas semanas, pero cada día sigue aumentando ante la fragilidad del sistema eléctrico bajo la gerencia de LUMA.

Vulnerabilidad

Puerto Rico enfrenta vulnerabilidad física, económica, social, ambiental, institucional y política (condición colonial). Las condiciones socioeconómicas que generan vulnerabilidad: física (localización de los asentamientos humanos en zonas de riesgo y a las deficiencias de sus estructuras físicas), económica (excesiva dependencia de nuestra economía de factores externos), la debilidad de la infraestructura (en especial la eléctrica), la social (39.8% de las familias viven bajo el nivel de pobreza, la cohesión interna que posee una comunidad, esos lazos de solidaridad que ayudan a recuperarse, la situación de salud básica existente en la comunidad y las educativas), la debilidad institucional (debido a los recortes de la Junta de Control Fiscal en especial a los municipios), la ambientales (daño ambiental a manglares y costas entre otros), y la política crean un alto grado de vulnerabilidad con impactos económicos y sociales. La vulnerabilidad política tiene que ver con la condición colonial y constituye el nivel de autonomía que poseemos para la toma de las decisiones que nos afectan. Es decir que, mientras mayor sea esa autonomía, menor será la vulnerabilidad política, pero con la imposición de la Junta de Control Fiscal se ha perdido poder para decidir, establecer políticas públicas, definir objetivos sociales y económicos, aumentando la vulnerabilidad. En un país en donde la solución a la mayoría de los problemas todavía sigue dependiendo de Estados Unidos y del nivel central, la vulnerabilidad política también se manifiesta a nivel municipal. Esto no permite formular por sí misma la solución al problema planteado, lo cual incluye el conocimiento y la aplicación de los recursos locales existentes para implementar dicha solución, limitando la solicitud de ayuda externa a los recursos estrictamente faltantes.

La condición colonial se une todas estas vulnerabilidades creadas y en el contexto de insolvencia del gobierno bajo la Junta de Control Fiscal que maneja las finanzas gubernamentales, decide cómo se usa el presupuesto y las prioridades sociales, recorta fondos de inversión social y privatiza servicios esenciales, hace que el gobierno esté maniatado y carente de recursos humanos y fiscales, en especial los municipios. A eso se une la vulnerabilidad que enfrentamos al estar bajo el oligopolio del transporte con las leyes de cabotaje que nos limita y vuelve dependientes, al igual que la falta de poderes políticos para decidir. El desastre se llama la colonia, es parte del problema de la vulnerabilidad que enfrentamos, es parte del capitalismo-neoliberal del desastre para enriquecer a unos pocos. Los detonantes del desastre colonial son la Junta de Control Fiscal administradores coloniales.

Más que pensar en los costos económicos del huracán debemos comenzar a entender cómo se construye estas vulnerabilidades y por qué no hay interés en lograr la recuperación y la reconstrucción. Entonces entendemos esa economía del desastre o capitalismo del desastre, utilizado por las corporaciones para enriquecerse con esos fondos de reconstrucción que llegan a sus bolsillos y no benefician a la sociedad. Esto es importante cuando queremos entender por qué se dedican a reconstruir, que es la respuesta capitalista a los desastres diseñadas para beneficiar a los que participan de la reconstrucción, y no invierten en recuperación. Ignorando la recuperación social que genera mejores resultados.

Los desastres creados son el resultado de la combinación de estos elementos: El evento natural, el huracán Fiona, que provocan daños físicos al capital público y privado, a la agricultura y pérdidas humanas. La vulnerabilidad de las personas y los asentamientos humanos ubicados en diversos contextos geográficos. Unido a la vulnerabilidad política por la condición colonial, donde no podemos decidir y crea vulnerabilidad institucional-colonial.

Impacto económico y social

Todavía no tenemos un estimado de daños, pero dado la fragilidad en la que nos encontramos, los mismos son de más de 5,000 millones de dólares (estimado por Alameda) y sigue subiendo debido a la falta de energía eléctrica, de diésel, el problema con el transporte marítimo y las leyes de cabotaje. Así que el desastre lo va construyendo la condición colonial y la Junta de Control Fiscal que debilitó las finanzas y las instituciones, que no permite poder prescindir de contratos nefastos que nos van destruyendo, que no permite que podamos tomar decisiones y desarrollar una sociedad con cohesión interna, con lazos de solidaridad que pueda tomar las riendas de sus decisiones.

El estimado de costos es preliminar, pues hay que recopilar más información, y hay que separar los daños causados por el evento natural y los daños causados por la falta de energía eléctrica debido a la ineficiencia de LUMA, que viene arrastrando apagones y daños desde antes del evento. Es importante entender que diferentes metodologías pueden dar lugar a amplias diferencias en las estimaciones de daño de un mismo desastre.

Al declarar zona de desastre, entran el gobierno y la industria de los seguros a estimar daños. El Programa de Asistencia por Desastres de Estados Unidos de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (conocido como FEMA) complementa los recursos disponibles de los gobiernos municipales, central y organizaciones privadas, con los seguros. Entonces se determinan los tipos de ayuda qué hay disponible tanto de asistencia individual, pública y de mitigación de daños.

Para la estimación de los daños se necesita, conocer la magnitud física de los afectados (población afectada), los activos físicos (viviendas, instalaciones, infraestructura, etc.) y los bienes finales, intermedios, materias primas, materiales y de respuesta.  Estos costos se dividen entre directos, indirectos y los intangibles en todos los sectores económicos y sociales donde convergen las diferentes vulnerabilidades.

Los costos directos son el costo que representan las consecuencias inmediatas del desastre en términos físicos dado los vientos e inundaciones a las viviendas, instalaciones y la infraestructura. Los daños mayores directos fueron debido a la gran cantidad de lluvia y las inundaciones.

La pérdida directa a las personas son los daños a la vivienda y otra propiedad personal debido al viento y las inundaciones o deslizamientos de terrenos. La pérdida directa del mercado son la perdida en bienes y servicios que son adquiridos en el mercado y se intercambian a base de un precio. Son perdidas de activos y daños a productos, a la manufactura, a la agricultura, sector de los servicios (incluye turismo), comercio y otras empresas, que se mide en infraestructura, gastos de las empresas antes y después del evento, y pérdidas de ingresos. La agricultura fue una de las más afectadas a lo que se une la escasez de alimentos que provoca.

Las pérdidas directas fuera del mercado son los impactos a la salud de las personas, pérdida de vidas, daños a las actividades naturales, perdida de ecosistemas, daños a los activos históricos y culturales. En las pérdidas directas al Gobierno se incluyen las labores gubernamentales, municipales y estatales que se vieron afectadas por el huracán, así como los activos y la infraestructura.

En las perdidas indirectas se incluye aquellos que no fueron provocados por el evento natural, pero fueron consecuencias de los mismos. Son los daños causados por los apagones y falta de agua potable, que impactan más a los pobres y necesitados, además de la reducción de recaudos fiscales o aumento de la deuda pública. La caída del sistema energético tiene un efecto devastador en la economía y la sociedad con efectos multiplicadores en diversos sectores de la economía, gobierno y sociedad. En este renglón los daños al sector salud y de la venta de alimentos son los más afectados.

Los costos intangibles son las pérdidas en la productividad, el miedo, la falta de seguridad, el estado mental de las personas, además de las cosas de valor emocional que afectan la cohesión social, además del impacto sobre la salud o el ambiente y en general bienes no intercambiados en un mercado. Regularmente estos costos no se miden, pero son importante para estimar la magnitud del problema y lo que representa para la recuperación, que es la parte olvidada para tener la red comunitaria y de solidaridad. Incluye todas esas ayudas que se ofrecen y no se contabilizan. En estos costos la cohesión social que posee una comunidad, esos lazos de solidaridad son los que ayudan en la recuperación.

El impacto económico lo podemos estimar preliminarmente (usando los impactos de otros eventos para poder establecer parámetros de comparación entre los costos económicos de un desastre) en:

Personas                     $2,500 millones

Gobierno                     $   334 millones

Energía Eléctrica        $1,000 millones (según informa LUMA, Alameda señala que es $2,000 millones)

Agricultura                 $   200 millones (estimados preliminares)

Manufactura, Servicios, Comercio   

$   500 millones

Carreteras, puentes     $     31 millones (puede ser mayor)

Estos costos son para la reconstrucción, podemos reconstruir y seguir siendo vulnerables. Sin contar con los costos intangibles, que son importantes para la recuperación y reducir la vulnerabilidad. Estos costos están sujetos a verificación oficial.

Conclusión

El país debe adquirir conciencia de que la prevención y la mitigación de las vulnerabilidades son importante la lograr recuperación y reconstrucción. No hemos estudiado el problema de las diferentes vulnerabilidades y cómo resolverlas para prevenir y mitigar. Entendemos que los huracanes no los podemos evitar, pero el desastre colonial sí.  Podemos tomar consciencia del peligro de ese capitalismo del desastre y los daños que causa, el ejemplo con energía eléctrica donde LUMA venía a modernizar la red eléctrica y reconstruir el sistema, pero no ha sucedido.

Por eso debemos recuperar nuestro país y definir hacia dónde lo queremos dirigir. Entonces juntos ir construyendo esas redes sociales y comunitarias que nos permita recuperarnos y reconstruir un país diferente. La recuperación requiere compromisos políticos, sociales e inversiones sociales, para construir esa red comunitaria y de solidaridad que ofrece la seguridad y la protección a la ciudadanía. En la misma debemos ser actores principales para poder entender los eventos naturales, nuestras vulnerabilidades y como prepararnos. La reconstrucción es reparar el entorno construido y fortalecerlo para que no se destruya ante los eventos naturales.

Un desastre natural genera costos sociales, políticos y funcionales que inciden en la evolución de la economía del país. Pero el capitalismo-colonial, del desastre y neoliberal que tenemos en Puerto Rico es parte del desastre, donde es más importante los que se benefician del desastre en vez de las personas. Podemos reconstruir y seguir siendo vulnerables, por eso debemos lograr la recuperación y decirle no al capitalismo del desastre. Debemos conseguir una buena gobernanza que responsa al pueblo, con estrictos códigos de construcción y permisos. El objeto es prevenir y evitar la ocurrencia de desastres naturales, la única manera de poder reducir las posibilidades de ocurrencia de desastres es actuar sobre las vulnerabilidades y sus causas.

Si queremos desarrollo económico que nos integre y genere crecimiento económico, debemos participar en el proceso de recuperación primero y de reconstrucción. No al capitalismo o economía de los desastres. La meta es Planificar el país que queremos, recuperar el país que tenemos.

 

 

 

 

 

Utuado con problemas de suplido de agua

Foto Alina Luciano

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

A dos semanas de haber pasado Fiona, en Utuado,  fuera del pueblo, son muchos los sectores sin luz e incluso hay algunos que tampoco tienen agua. La falta de energía impide que muchos barrios del pueblo más grande en extensión y con más fuentes de agua en la isla puedan recibir el servicio de agua.

“No hay agua por el hecho de que no hay energía para el bombeo, cuando lo que habría que hacer es poner energía en las bombas”, censuró la  legisladora municipal por el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Astrid Raquel Cruz Negrón.

Esta describió que en Utuado cada sector coge agua de distintas fuentes. “El pueblo está lleno de fuentes de agua, es el acuífero más grande del país. El superacueducto se suple de Utuado, pero por ejemplo, en Caguana en este momento no se ha reparado la conexión con el lago Caonillas y ahora mismo se está tomando de una pequeña represa, el embalse llamado Jordán, y de un riachuelo que suple a la planta urbana”.

Indicó que en cada barrio hay situaciones distintas, que en algunos hay acueductos comunitarios y  que hay otros que se suplen de ríos o cuerpos de aguas cercanos. “Pero la verdad es que siendo Utuado el pueblo con más acuíferos, desde mucho antes de Fiona hay un problema muy grave con el suplido de agua,  y es más que nada administrativo y de logística. Por ejemplo, Caonillas pudiera estar supliendo agua a todas las partes urbanas más pobladas. Nunca se ha reparado después del huracán María, siempre se alega que falta alguna pieza. Pero luego se compró y no se ha reparado”.

Añadió que aunque  el pueblo recibe agua limpia es de un cuerpo de agua muy pequeño, por lo que la presión es muy poca y el sedimento es demasiado. Incluso barrios con acueductos propios y  comunitarios pasan semanas corridas sin agua por la falta de energía.

De hecho, la imagen de la corriente del Río Grande de Arecibo, que baja de Utuado arrastrando un  puente de metal en el sector Salto Arriba durante la tormenta Fiona, le ha dado la vuelta al mundo.  El puente que se supone fuera provisional fue instalado por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos después del paso del huracán María en el 2017. Ahora, la falta del puente dejó sin salida a los que residen en el lugar que se conoce como La Línea y sin acceso al recinto de Utuado de la Universidad de Puerto Rico.

Sobre la administración municipal, apuntó que el alcalde, Jorge Pérez Heredia, no estaba llevando información clara y transparente sobre la situación del municipio, sino que se ha limitado a anunciar acciones puntuales, más bien de relaciones públicas. Denunció que la administración municipal no tiene  un plan macro o lugares donde los ciudadanos puedan acudir según su situación ni se ofrece información sobre las expectativas de  cuándo llegarán los servicios en determinadas zonas.  Durante toda esta emergencia el alcalde en ningún momento ha reunido a la Legislatura Municipal y se ha limitado a actuar mediante órdenes ejecutivas, dio a conocer.

En un recorrido por Utuado y algunos de sus sectores, a cada paso una se encuentra con un puente, o mejor descrito, puentecito, que se llevó una corriente de agua.  Fiona también partió parte de la carretera 123 en Utuado, la antigua carretera que conecta a Arecibo con Utuado, Adjuntas y Ponce. Esta era otra de las vías de acceso hacia el recinto de Utuado de la UPR.

Cruz Negrón describió que ahora para llegar al recinto los estudiantes tendrán  que dar una vuelta larga por un camino improvisado, entrando por la carretera 10. “La  verdad es que el barrio Salto Arriba ha sido severamente golpeado. Veremos estudiantes que no podrán seguir sus estudios”, observó.

Sobre el regreso a clases, la maestra de la escuela superior Luis  Muñoz Rivera de Utuado dijo que aunque todas las escuelas están abiertas, es “un regreso a  trágala”. El ausentismo es alto y muchos de los estudiantes que asisten le confirman que no tienen ni luz ni agua en sus casas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirada al País: El huracán gobierno

 

Especial para CLARIDAD

 El pasado 18 de septiembre de 2022, a pocos días de rememorar cinco (5) años del azote del huracán Maria a nuestro país, se comenzó a sentir la llegada del huracán Fiona, que se había catalogado inicialmente como tormenta tropical, pero que al llegar a nuestras costas ya se había convertido en un huracán categoría Uno.  Fiona fue un fenómeno atmosférico que trajo mucha lluvia a toda la Isla, pero sus efectos se sintieron, principalmente, en la mitad sur, oeste y noroeste de Puerto Rico. Como siempre que nos amenaza un evento de esta naturaleza, existe la inminente preocupación de perder el servicio de luz. Esta era la prueba de fuego de la compañía Luma Energy, la que hace poco más de un año y tras la firma del contrato que suscribiera la ex gobernadora, Wanda Vázquez, con el veloz aval de la Junta de Gobierno de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), asumió formalmente la operación del sistema de transmisión y distribución del servicio de energía eléctrica. Previo a ello, a Luma se le hizo entrega de cerca de 168 millones para que se “familiarizara” con el sistema. La empresa, que ha sido objeto de múltiples críticas, no solo por su cuestionable experiencia en el manejo de un sistema eléctrico complejo como el nuestro y por su falta de personal para operarlo, sino por su pobre desempeño desde que fuera contratada, había asegurado a la ciudadanía que estaba preparada para enfrentar un huracán categoría Dos.  Al igual que Luma, el gobierno de Pedro Pierluisi le afirmó al País estar igualmente preparado para enfrentar el ciclón. Pronto advertimos el engaño. De hecho, antes de que se comenzaran a experimentar como tal, los efectos de Fiona, miles de ciudadanos comenzaron a perder el servicio eléctrico y en el primer día del huracán, el País sufrió un apagón total.

Tras el paso de Fiona por nuestra Isla, decenas de municipios quedaron a oscuras. Como consecuencia de ello, miles de abonados en todo el país, también experimentaron la falta de agua potable. Las copiosas lluvias provocaron grandes inundaciones, la destrucción de carreteras, puentes y residencias. Como era de esperarse, los sectores más empobrecidos fueron las víctimas de los efectos del huracán. Tal y como ocurrió luego del azote del huracán Maria, quedó al descubierto la enorme pobreza que arropa al país, que ha sido desatendida por los gobiernos que se han turnado en el poder. Innumerables sectores de nuestro pueblo experimentaban, nuevamente, la desdicha de perderlo todo. Ante este cuadro desolador para miles de hermanos puertorriqueños y puertorriqueñas, se puso a prueba la capacidad del gobierno de Pedro Pierluisi de manejar, por primera vez, la respuesta y recuperación del país ante un evento como este.  Muy pronto se comenzarían a sentir los efectos del huracán gobierno liderado por Pierluisi, junto a decenas de funcionarios designados para enfrentar esa tarea.

A raíz del embate del huracán, las quejas de los alcaldes y alcaldesas, que son la primera línea de respuesta con la que cuenta la ciudadanía en sus respectivos pueblos, no se hicieron esperar. Los alcaldes de Comerio y de Utuado reclamaron, desesperadamente, que se les proveyera agua potable a sus municipios. El alcalde de Coamo hizo similar reclamo, no sin antes denunciar, que los generadores que bombean las plantas de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA), no habían sido abastecidos de diésel, combustible indispensable para poder ponerlos a funcionar ante la carencia del servicio de energía eléctrica.  Ante la falta del preciado líquido, los camiones cisterna brillaban por su ausencia en muchos sectores del país. En lugares de la zona metropolitana, donde los efectos del huracán fueron mínimos y no se derribaron postes ni cables del tendido eléctrico, la ciudadanía estuvo, cuando menos, seis días sin el servicio de luz y unos cuatro sin agua potable. En otros lugares donde se recuperaba el servicio de energía eléctrica, el mismo fallaba pocas horas más tarde, devolviendo a las comunidades a las penumbras y al desasosiego. Alcaldes como los de Isabela y Aguadilla, denunciaron que organizarían sus propias brigadas, a lo cual Luma respondió con amenazas de someter cargos criminales. Decenas de comunidades quedaron aisladas por las inundaciones, la destrucción de carreteras y puentes, lo que puso en riesgo la vida de sus residentes ante la incapacidad de lograr acceso a la ayuda necesaria y una vez más demostró la falta de atención a la infraestructura vial en muchos pueblos. Muchos refugios no estaban adecuadamente preparados para recibir a los evacuados. El gobernador Pierluisi, declaró que no hacía falta que se proveyeran suministros, demostrando así cuan ajeno está de la realidad de precariedad que viven miles de puertorriqueños y puertorriqueñas. Su falta de empatía ante el dolor de nuestra gente quedó evidenciada. Ante la pobre respuesta del gobierno, la sociedad civil, los lideres comunitarios y las organizaciones sin fines de lucro asumieron, una vez más, la ingente tarea de rescatar y apoyar a nuestros compatriotas en todos los rincones del país, haciendo patente aquella máxima de que solo el pueblo salva al pueblo.

Para nuestros viejos y viejas, la situación hizo crisis, pues muchos(as) quedaron solos(as), desamparados(as), aislados(as). Ellos y ellas enfrentaron la posibilidad de morir ante la imposibilidad de recibir ayuda médica y abastecerse de agua, alimentos y medicamentos. Particularmente, en égidas y condominios del área metropolitana, muchos viejos y viejas quedaron a su suerte. La respuesta de agencias como la Oficina de la Procuradora de las Personas de Edad Avanzada fue, no solo tardía, sino insuficiente. Algunos de nuestros adultos mayores enfrentaron la posibilidad de morir o enfermar gravemente, por no tener como operar sus equipos médicos ante la falta de energía eléctrica y no poder trasladarse a lugares más seguros.

Ante la ostensible inexperiencia y escasez de personal de Luma Energy, las quejas de ciudadanos(as), alcaldes y alcaldesas, se hicieron cada vez mas frecuentes. La promesa de que esta empresa, que se le vendió al pueblo como la opción para la restauración de nuestro sistema eléctrico y que nos garantizaría un servicio robusto y de calidad, se vino abajo ante la incompetencia desplegada en la respuesta al huracán. Diez días más tarde del paso del huracán Fiona, decenas de municipios aun tenían más de la mitad de su gente sin servicio de energía eléctrica y algunos municipios, como Lajas y Guánica, seguían totalmente a oscuras. Luma fracasó, constantemente, en las métricas prometidas de restablecer el servicio. A pesar del malestar generalizado con el desempeño de Luma Energy y de los reclamos de muchos ejecutivos municipales y de la propia ciudadanía, de que el contrato con esta empresa debe cancelarse, el gobernador Pierluisi, ha sido su más férreo defensor, negándose contumazmente a aceptar, no solo que el contrato con Luma Energy es leonino y gravoso para el país, sino que Luma no da pie con bola y que, únicamente, busca amasar el botín que representa recibir la friolera de $1,500 millones de dólares por 15 años, más otros beneficios y bonos igualmente millonarios. Ha quedado demostrado que ni Luma ni Pierluisi dan el grado y que no han venido a servir, sino a servirse. La indolencia con la que han actuado y la ineptitud demostrada ante la emergencia acaecida como secuela del paso de Fiona, nos ha expuesto a los efectos del huracán gobierno, que ha puesto en riesgo la vida y la salud mental de miles de compatriotas. Es hora de exigir que acabe el abuso.

La autora es Presidenta del Movimiento Unión Soberanista.

 

En Arecibo se construye en zonas inundables

 

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

Nélida González se mudó de Canóvanas hace 11 años a la Urbanización Reparto Martell de  Arecibo buscando tranquilidad. La encontró a medias. Primero en  María y ahora Fiona, con ambas tormentas su casa se inundó y lo perdió todo.

Nos cuenta doña Nélida que cuando compró la casa  mediante un programa del Departamento de la Vivienda no sabía y nunca le dijeron que la urbanización estaba en una zona inundable. Fue con el paso de María que lo supo de primera mano. Además de las pérdidas de todo el mobiliario y enseres eléctricos que tuvo con el huracán hace cinco años, tuvo que poner toda la instalación de la electricidad de su propio bolsillo, ya que FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) se niega a proveerle ayuda por estar localizados en una zona inundable.  En ese momento FEMA le dijo que tenía que comprar un seguro para inundaciones.

“FEMA no quiere ayudar porque es zona inundable, y cuando pasó George, FEMA dijo que había que tumbarla”, es lo que sabe sobre la urbanización. La compra de un seguro dijo no le es posible, ya que vive del Seguro Social por incapacidad.

La urbanización Reparto Martell se encuentra en la salida número 10 del expreso 22. Antes de llegar a Martell se encuentra la comunidad Parcelas Rodríguez Olmo. Ambos sectores son objeto de inundaciones, ya sea en tormentas, huracanes o fuertes lluvias, debido a la combinación de las aguas del Río Grande de Arecibo, y el río Tanamá. La urbanización además está bordeada por la parte de atrás por un caño.

El reverendo Wilfredo Vélez,  arecibeño de toda la vida, confirmó a CLARIDAD que ambos sectores se han inundado por años y que, cuando María, poco faltó para que el agua cubriera las casas de Martell.  Nos confirma que, en efecto FEMA se niega a dar ayuda por estar en zona inundable. También expresó sorpresa de que doña Nélida pudiese haber comprado una casa en la urbanización porque desde los años  90, que hubo unas inundaciones grandes, la gente no puede vender las casas. Incluso la escuela María Cadilla de Martínez, localizada en la comunidad, fue cerrada “porque con María fue un desastre”, describió.

Doña Nélida contó que en esta ocasión con Fiona, todavía el lunes recibieron un segundo golpe de agua. Por supuesto, el día antes se refugió en casa de una amiga. La preparación principal que hace es coger todos los documentos y papeles importantes y preparar dos bultos. Uno para ella y el otro lo envía a su mamá en Canóvanas. Es impresionante ver cómo el agua que llegó hasta nueve pies dentro de la vivienda movió un enorme calentador a la sala, tumbó la nevera y, por supuesto, dañó camas y ropa.

A dos semanas del huracán, doña Nélida aún se encuentra en las tareas de limpieza de su hogar y tratando de salvar los materiales que tenía para impermeabilizar el techo, trabajo por el cual espera hace un año que el municipio cumpla con la prometida ayuda de mano de obra.

 

 

 

 

 

Mirada al País: La construcción de un Puerto Rico vulnerable

 

Especial para CLARIDAD

Todavía una parte sustancial de nuestro Pueblo no logra superarse de los impactos del huracán Fiona. Al momento que escribimos, cientos de miles de personas continúan sin servicio de electricidad y de agua potable, con gran precariedad en la comunicación vial que los limita al acceso de bienes básicos de alimentación, cuidado médico y otras necesidades de la vida cotidiana. En tiempos históricos se aludía a ”designios de Dios”, a “cosas de la naturaleza” o “fuerza mayor” como los factores que recurrentemente atrofian la estructura social y física de las comunidades para lo cual se requería altos grados de resignación y esperanza en el tiempo futuro para lograr una vida segura y de calidad superior. Resumíamos estas circunstancias como Fiona como “desastres naturales”, es decir, desastres recurrentes en el tiempo que en la práctica resultan inevitables. Pero la ciencia y la experiencia indican que estos eventos, estos “desastres”, los construimos los humanos cotidianamente mediante acciones y decisiones individuales y colectivas, es decir, son desastres sociales que históricamente construimos y repetimos mediane la construcción de vulnerabilidades a eventos y peligros que manifiestan distintos fenómenos naturales. La incomprensión de esta realidad nos ha llevado a un ciclo vicioso de construcción, destrucción y reconstrucción de estructuras e infraestructuras en espacios susceptibles a inundaciones, deslizamientos de terreno, marejadas ciclónicas y terremotos. Con cada evento donde se manifiesta uno de estos fatores de peligro, este ciclo vicioso produce gran daño físico, desasosiego, pérdidas de vidas humanas, pérdida económica y, en definitiva, pobreza endémica.

Hemos enfrentado la situación arriba descrita con un marco legal y de política pública débil y limitado. También contamos con una estructura gubernamental desenfocada, ineficiente e insensible para articular soluciones y respuestas adecuadas que puedan prevenir y mitigar estos desastres.  Probablemente, lo peor de todo este cuadro, es que la politización partidista enfermiza que administra y gestiona los asuntos públicos se proyecta incapaz de poder articular medidas preventivas y correctivas adecuadas a las circunstancias que producen estos desastres sociales con la consecuencia de generar gravámenes de dolor y angustia en, prácticamente, toda la población puertorriqueña. El portaestandarte de la situación que nos agobia es la dupleta Pierluisi-LUMA, dúo que procura obtener por un lado ganancias electorales y prevalencia en el poder político y el otro, a lucrarse monetariamente en la administración y reconstrucción del servicio eléctrico público. Esta dupleta coordina sus actuaciones y la respuesta de propaganda y relaciones públicas para ocultar su ineficiencia y a la vez prevalecer como entes con autoridad para actuar y decidir sobre aspectos fundamentales de nuestras vidas: la salud, la seguridad y el bienestar general.

La caótica gestión que realiza el estado para manejar el problema recurrente de las inundaciones permite describir el estado de situación que produce desastres sociales recurrentes. La inundación, como fenómeno natural, se produce con eventos de lluvias fuerte relacionados a eventos meteorológicos como vaguadas, ondas tropicales y ciclones tropicales. Son más intensas cuando se asocian a ciclones fuertes como huracanes. Por nuestra condición de Isla tropical, ubicada en el corredor este-oeste del Atlántico de la ruta de los ciclones, sumado a nuestra topografía sustancialmente montañosa, provee para que con alta frecuencia se observan expresiones de lluvia intensa que generan escorrentías con capacidad de desbordar los cauces ordinarios de quebradas y ríos y, en consecuencia, inundando grandes porciones de terreno, especialmente en los llanos costeros que circunvalan nuestro territorio nacional. Esta expresión de lluvias intensas, como parte del ciclo hidrológico natural, se ha alterado en pasadas décadas y se proyecta al futuro que se exacerbe debido al calentamiento del Planeta y al cambio en el clima que ya está documentado. Somos testigos de un proceso de expresión de lluvia cada vez más intensas (mayor precipitación en menos tiempo) que propicia problemas más recurrentes, y más graves, de inundaciones y de deslizamientos de terrenos. Como se sabe, la lluvia no sólo desborda los cauces e inunda terrenos, sino que satura y desestabiliza terrenos inclinados produciendo gran cantidad de deslizamientos y derrumbes de suelos y rocas. Durante el huracán María el 20 de septiembre de 2017, por ejemplo, se identificaron más de 70 mil eventos de deslizamientos, pequeños y grandes, en todo Puerto Rico.

Además del factor de lluvias fuertes en poco tiempo, la incidencia de derrumbes y deslizamientos está relacionada a la deforestación de la cubierta vegetal, particularmente la arbórea, y la inestabilidad en las pendientes que produce el corte del terreno para la construcción de carreteras, calles y caminos que conforman la red vial que actualmente constituyen miles de kilómetros lineales en esta infraestructura. Prácticamente para cada estructura construida en el País, se ha provisto un acceso asfaltado desde la red vial. La inestabilidad de montañas y taludes es más frecuente en nuestra región montañosa de origen geológico volcánico, pero también ocurre en ámbitos urbanizados en el litoral costero donde predomina la roca caliza, como, por ejemplo, ha ocurrido en Manatí, en la tragedia de Mameyes en Ponce (1985) y en la urbanización Villa España en Bayamón.

Los eventos de inundaciones históricas se comenzaron a documentar científicamente a partir de los años 1960. Con la solicitud y ayuda técnica, y aportación financiera del gobierno de Puerto Rico, el Servicio Geológico de los EE.UU. (USGS, por sus siglas en inglés), establecido en San Juan desde finales de la década del 1950, comenzó un programa de preparación de mapas de inundaciones históricas en Puerto Rico. En principio, se desarrollaba un mapa después de cada evento que se considerara que superara a cualquier otro conocido y documentado. La serie de mapas producidos y la documentación que lo acompaña recogen información técnica y de impactos a estructuras e infraestructuras de eventos ocurridos a partir de la inundación del huracán San Ciriaco en agosto de 1899 (ver, por ejemplo, https://pubs.usgs.gov/ha/533/plate-1.pdf). Se acostumbra a referirse a estos mapas como Atlas de Inundaciones pues constituyen fuentes de información históricas fehacientes de eventos ocurridos significativos. En cada evento de inundación que superara la que previamente fue documentada, se comisionaba y se desarrollaba un nuevo mapa para ese cuerpo de agua. Contamos con decenas de Atlas con información valiosa que cubren casi todos los ríos principales que descargan al mar y que han afectado estructuras e infraestructura pública y privada en cada cuenca hidrográfica. Estos mapas se prepararon para el uso profesional de profesionales de la ingeniería y de planificación que participan del proceso decisional sobre los usos del terreno, de manejo de riesgos naturales y de defensa civil y manejo de emergencias. Lamentablemente, hasta donde conozco, el gobierno de Puerto Rico abandonó la práctica de comisionar la documentación histórica de inundaciones después del desastre que produjo las lluvias de octubre de 1985 y no se han levantado documentación de las inundaciones del huracán Hugo en 1989, del huracán Georges de 1998 ni de los huracanes Irma y María de 2017. Sospecho que tampoco se documentarán técnicamente las recientes inundaciones del huracán Fiona.

Hace dos semanas participaba en un foro convocado para analizar las inundaciones y deslizamientos de terrenos asociados al huracán Fiona. En una audiencia presencial donde predominaban jóvenes estudiantes de escuela intermedia, me formularon preguntas interesantes y relevantes relacionados a este tema. Entre esas preguntas se incluyó una relacionada a buscar explicación al por qué existen tantas residencias, negocios y otras instalaciones dentro de planicies de inundaciones. La respuesta a esa pregunta tiene un alto grado de complejidad porque la vulnerabilidad que existe es sustancial y responde a múltiples factores. En términos concretos, he planteado las siguientes circunstancias para explicar la vulnerabilidad a inundaciones que incide sobre cerca de 250 mil estructuras en Puerto Rico. El primer factor que destaco es el hecho de que antes de septiembre de 1975 no se requería un Permiso de Construcción para estructuras que ubicaran en la denominada Zona Rural de Puerto Rico. La Junta de Planificación (JP) institucionalizada en mayo de 1942, mantuvo un énfasis en la planificación del uso del terreno en los espacios urbanos de los municipios del País. El territorio nacional se clasificaba entre urbano y rural; se cualificaban y zonificaban los ámbitos urbanos como los centros de los pueblos y un ámbito de expansión previsible a mediano plazo. El resto del territorio municipal se clasificaba rural (ahora llamado rústico) donde predominaban usos agrícolas y de reservas forestales. Es decir, que toda construcción individual (que no fuera una urbanización) se construía de acuerdo a los recursos y las capacidades técnicas de las personas y no mediaba la intervención del estado para cualificar y autorizar mediante permisos la obra propuesta. En ese contexto no se analizaba por el estado el riego de inundación. Se asumía que cada persona ajustaba la estructura a su mejor entendimiento y conocimiento a la susceptibilidad a inundaciones. Con la reforma de planificación de 1975 se reformuló las funciones de la Junta de Planificación (JP) con la Ley Número 75 y simultáneamente se creó la Administración de Reglamentos y Permisos- ARPE con La Ley 76, ente relacionado pero separado de la JP y responsable de la emisión de permisos de construcción y permisos de uso en todo Puerto Rico. Desde entonces se requiere un permiso de construcción en toda obra propuesta.

El segundo factor se relaciona con la ausencia de reglamentación de planificación de uso de terreno en terrenos inundables o sujetos a deslizamientos. Hasta septiembre de 1961 la JP no disponía de reglamentación de planicies de inundación y las decisiones sobre este riesgo se tomaban sobre la base del conocimiento general pero no documentado del riesgo de inundaciones. En el 6 de septiembre de 1960 el huracán Donna produjo unas inundaciones catastróficas, particularmente en el este de Puerto Rico. Producto de esas inundaciones murieron cientos de personas en Humacao. La Asamblea Legislativa en respuesta a ese desastre aprobó la Ley Número 3 del 27 de septiembre de 1961 que se conoce como la Ley Para el Control de Edificaciones en Zonas Susceptibles a Inundaciones. Esta Ley requería a la JP preparar un reglamento de planificación para reducir el riesgo y vulnerabilidad a estos eventos. Sin embargo, no fue hasta el 15 de diciembre de 1971 que la JP aprobó el referido reglamento que desde entonces se conoce como Reglamento de Planificación Número 13. La aprobación del reglamento respondió en la práctica al desastre producido por las inundaciones del 5 del 9 de octubre de 1970 que, al ser confrontado el gobierno públicamente sobre los daños ocurridos, se reconoció que estaba vigente la Ley 3 de 1961 pero sin el reglamento para instrumentar la misma.

No obstante, el Reglamento #13 requería mapas sobre los riesgos de inundaciones para poderse implantar y esos mapas se adoptaron el 1981 promovido por el impacto del desastre de las lluvias del huracán David y la tormenta tropical Federico en septiembre de 1979. Los mapas preliminares aprobados se basaban en los Atlas preparados por el USGS pero en su mayoría no se ajustaban al requisito de ley de la inundación llamada regulatoria de frecuencia de recurrencia de 100 años. Los mapas que satisfacían esos requisitos regulatorios se elaboraron por FEMA entre 1982 y 1987. En resumen, en las tres décadas a partir de 1960 cuando se industrializó la construcción de urbanizaciones en Puerto Rico, cientos de miles de nuevas estructuras se construyeron en planicies inundables con una limitada e insuficiente reglamentación de uso de terrenos. Ese proceso desenfrenado de urbanización en las planicies de inundación fue acompañado de un proceso de urbanización en el litoral costero susceptible a erosión y vulnerable a marejadas ciclónicas y alto oleaje. En la práctica construíamos el País vulnerable a inundaciones en el que vivimos.

Tercer factor, el riesgo a deslizamiento y a derrumbe no está reglamentado en los reglamentos regulatorios de planificación. Está disponible una documentación generalizada del riesgo en un mapa preparado por el USGS (Map Showing Landslides And Areas of Susceptibility to Landsliding in Puerto Rico, 1979). Ver en https://pubs.usgs.gov/imap/1148/plate-1.pdf. Aunque este mapa ofrece información importante, no se ha documentado de forma específica este riesgo en los planes de usos de terreno tanto nacional como municipal. Una excepción a esa norma es un excelente y preciso mapa que preparó el USGS en el 1998 para y con la participación y apoyo financiero del municipio de Comerío. Este mapa de Comerío identifica con precisión los riesgos y susceptibilidad a deslizamientos incluyendo los sitios y dirección del flujo de los materiales deslizables. Ver https://pubs.usgs.gov/of/1998/plate1.pdf. Como este mapa se prepararon otros dos para un área en el río Cibuco en Corozal y otro para el río Blanco en Naguabo. Tengo la impresión que esa valiosa información de riesgo y vulnerabilidad es desconocida en el Plan de Ordenación Territorial de Comerío, y en el Plan Multirriesgo del municipio así como los planes de respuesta a emergencia del Departamento de Seguridad Pública. La ausencia de documentación y reglamentación y la carencia de conocimiento técnico en los funcionarios públicos con responsabilidad de planificación, mitigación y respuesta a desastre por inundaciones.

Cuarto factor, que explica la vulnerabilidad de inundaciones en Puerto Rico se relaciona a la política pública adoptada para pretender controlar las inundaciones con estructuras de ingeniería. Después del impacto de las inundaciones de 1960 la JP consideró dar curso a proyectos de control de inundaciones (canales, diques, represas, sistemas de bombeo) como estrategia para alejar el agua de inundación de los espacios urbanos y urbanizables. Se programó la canalización o el control de inundaciones en la mayoría de los cauces en las llanuras costanera y dada esa visión se autorizaron nuevas construcciones en áreas susceptibles a inundaciones confiando en las obras a construirse prospectivamente. Pero, muchas de esas obras no se pudieron construir por limitaciones de recursos financieros o por la adopción de políticas de conservación y preservación de recursos naturales valiosos. Las obras de control de inundaciones son financieramente costosas en su construcción y mantenimiento, ambientalmente impactantes, crean una falsa expectativa de seguridad y se diseñan para manejar el caudal de lluvias de intensidad específica descargando las aguas contenidas en los canales o bombeadas al mar, pero resultan insuficientes al incremento en la intensidad de eventos de lluvia que trae el calentamiento del Planeta, así como la progresiva y acelerada elevación del nivel del océano. Muchas de estas obras construidas se hicieron para manejar escorrentías y descargarlas al nivel que tenían los océanos en el 1941. Para colmo, no existe un mecanismo de financiación para la operación y mantenimiento de las obras de control de inundación construida. El limitado presupuesto que se asigna para cubrir ese costo, son partidas asignadas al DRNA de un presupuesto fiscal en bancarrota y bajo la autonomía de la Junta de Control Fiscal federal. Esa Junta no sabe ni le interesa el tema de riesgo y vulnerabilidad a inundaciones pues su énfasis va dirigido a asegurar el pago de deuda a bonistas extranjeros que ni viven ni les interés el bienestar de Puerto Rico.

Al ponderar los factores antes mencionados y considerando la ineficiencia e ineptitud de las estructuras gubernamentales para manejar y gestionar los aspectos de salud, seguridad y bienestar general, es claro que vivimos en un País con vulnerabilidad creciente a futuro. Las circunstancias exigen un cambio de paradigma sobre políticas de uso de terrenos, políticas de bienestar social y políticas de desarrollo económico que, por un lado, reconozcan el proceso histórico que nos ha traído a este presente inseguro y que nos proteja de un futuro potencialmente más vulnerable. El proceso político debe producir visiones filosóficas y prácticas de planificación diferentes a las prevalentes y esta exigencia circunstancial requiere dirigentes fraguados en una visión superior para manejar el futuro del País. El dúo Pierluisi-LUMA está descalificado para este proceso.