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En Reserva-Un país en mi pecho, una novela de amor patrio que trasciende la sangre

 

Especial para En Rojo

 La mañana del 13 de julio de 2019 hubo un silencio inusual en Puerto Rico. La develación de aquel controvertible chat, publicado por el Centro de Periodismo Investigativo, se sintió como cuando se recibe una ofensa del que menos debería insultarte, combinada con una indignación sin nombre. Leer, en unas 889 páginas, cómo aquellos brothers se repartían el país era una patada en el estómago de los puertorriqueños. El gobernador electo por un 41.8 % se dejaba ver aún peor de lo que muchos advirtieron.

Pero no vale la pena entrar en detalles de lo que pasó. Todos sabemos lo que sucedió en Puerto Rico luego de aquel sábado de 2019. El mundo también lo supo, porque la noticia se publicó en medios internacionales. Un pueblo, liderado por ciudadanos de todas las clases sociales, desbancó, con persistencia y creatividad, a aquel gobernador. El 24 de julio, casi al filo del 25, el responsable de aquel chat dimitió al cargo.

Como suele suceder en eventos trascendentales como el anterior, el escenario sirvió de inspiración a artistas para crear obras sobre aquellos hechos. Hubo exhibiciones fotográficas, pinturas y murales, así como la presentación de libros de crónicas como ¡Ricky renuncia!, de Carlos Rubén Rosario, y Somos más, de Ana Teresa Toro, Silverio Pérez y Pedro Reina.

A pesar de la notoriedad de este suceso, son relativamente pocas las obras pertenecientes al género narrativo que se han escrito sobre el Verano de 2019 en Puerto Rico. Ya sea porque el suceso en sí, con todos sus elementos, era difícil de superar en la ficción o bien sea porque se ha seguido el consejo, repetido a tantos artistas, de que mientras menos te metas en política mejor te irá.

Para la escritora ponceña Frances Bragan Valldejuly, esa escasez no podía ser una opción y, a pesar de lo complejo de ser creativos en un tema así, asumió responsabilidad literaria. Bien lo han dicho otras personas que se dedican a escribir: “Un país es algo muy sencillo de comprender si no se explica, y algo imposible de explicar cuando se intenta narrar”. En el caso de Puerto Rico, la historia es aún más compleja, especialmente para todo aquel que nos observa a distancia.

La autora se arriesgó y acaba de publicar la novela Un país en mi pecho, con visos de aquel julio combativo. Aunque ambientada en nuestro 2019, la historia no es un recuento novelizado de lo que sucedió. La autora opta por tomar algunos elementos de aquellos días y los transforma en una historia distinta con revelaciones ficticias de alguien que, en otra realidad, pudo existir.

Esa persona es Rocío Ruscino Lladre, la protagonista de esta historia, una mujer recién divorciada que, cansada y avergonzada de su familia, decide huir lo más lejos posible de su tierra. Enamorada de la cultura y el sistema educativo de Finlandia, Rocío elige mudarse a la hermosa ciudad de Helsinki. Allí intenta adaptarse a una nueva realidad, a la vez que anhela escapar de un pasado traumático. La culpa que carga la mujer y cómo intenta ocultarla desatará una serie de mentiras que tendrá que enfrentar. Todo esto envuelto en una exclusiva e íntima historia amorosa.

Instalada y alejada de todos los que la conocen, Rocío comienza a recibir correspondencia confidencial sobre un miembro de su familia. ¿Qué dicen aquellos correos? ¿Quién se los envía? Pronto, la protagonista tendrá que tomar otra decisión, aun más trascendental, que decidirá su vida, la de su familia y la de todo Puerto Rico.

Por medio de una prosa hábil, Bragan Valldejuly desarrolla a sus personajes con claridad, a tal punto que logra proyectarlos casi como personas reales en las mentes de los lectores. Será la protagonista la que nos ayudará a tratar de comprender las acciones de alguien tan narcisista y egoísta como lo fueron su hermano y sus cómplices. La autora realiza un examen sicológico de aquellos que aspiran al poder y lo desaprovechan, sin limitarse al gobernante expulsado. A la vez, expone el posible origen de una persona de tal calaña.

Una vez el lector termine de leer la historia, será casi imposible no regresar abruptamente a la realidad. ¿Adónde se fue toda aquella perseverancia y esperanza? Luego de doce días de manifestaciones, de resistencia y dignidad, la calle Fortaleza y calles aledañas siguen cerradas al pueblo cuatro años después. ¿Qué tipo de gobierno tenemos si los funcionarios se esconden de quienes los eligen?

A pesar de que en apariencia todo sigue igual, Un país en mi pecho te obliga a repensar conclusiones. Refraseando a Jean Paul Sartre, en la novela filosófica La náusea, la historia te reafirmará que, aunque nada parezca haber cambiado, todo existe de otra manera. Si bien es cierto que los resultados inmediatos de aquella salida desilusionaron a muchos, es evidente que hubo un ajuste de cuentas en el país.

Como Rocío, aún hay optimismo. Un país en mi pecho vuelve a impulsarnos con esperanza a mirar hacia el futuro. ¿Qué país queremos construir? ¿Qué líderes queremos al mando? Las respuestas llegarán en el momento adecuado. Un país en mi pecho nos recuerda ese fervor que sentimos en 2019 y reafirma que hay que tener paciencia para ver los frutos de nuestra hazaña.

Nota: Un país en mi pecho se presentará este próximo 17 de agosto de 2023 en el Atrio Central de Plaza del Caribe en Ponce, a las 5:00 p. m. El próximo sábado, 19 de agosto de 2023 se realizará una segunda presentación, pero en San Juan, en el Atrio Central de Plaza las Américas, a las 3:00 p. m. El invitado especial durante ambos días será el artista urbano PJ Sin Suela.

 

 

 

 

 

Será Otra Cosa-Plaga turística y pulsión de viaje

 

  1. La plaga

La imagen resulta desconcertante. La foto está tomada desde arriba, así que apenas se ven las caras de las personas, casi todas jóvenes. Caminan cautelosamente sobre las piedras de la quebrada, fijando la vista en el camino, cuidándose de no resbalar y al mismo tiempo mantener el paso. Atrás viene más gente.

Una multitud de excursionistas va haciendo equilibrio por un cañón estrecho. Debe ser un día muy caluroso, a juzgar por la indumentaria: camisas sin mangas, espaldas al descubierto, pantalones cortos, trajes de baño. Las altas paredes de piedra protegen del sol la hilera de senderistas. La otra foto, en la que cuento veintidós personas frente a un chorro como los de nuestras montañas, me espanta por el inquietante parecido a una imagen que vi hace unos meses de un grupo de cuarenta turistas en una charquita del Yunque. Es aquí y en todos lados, pasa algo.

La noticia se refiere a un tramo del río Chíllar, en Málaga, España. Al parecer, es un lugar atractivo por su peculiar formación rocosa y, sobre todo, por las pocitas bajo la sombra. Me cuesta imaginar los cuatro mil visitantes diarios que, según el artículo de El País, ha recibido los últimos veranos, razón por la cual ha despertado la alerta entre los ecologistas de la zona. No solamente los habitantes del pueblo cercano sufren la avalancha de gente (montones de carros estacionados por los caminos, negocitos atestados, crisis de abastecimientos, basura acumulada); también las criaturas de diversas especies que habitan (¡habitaban!) las aguas y las orillas terminan mortificadas y desplazadas: truchas, sapos, garzas, rapaces, flora endémica, y suma y sigue.

El asunto, cuentan, se descontroló a tal punto que decidieron cerrar el lugar «por el momento», este mismo verano, con el plan de eventualmente limitar las visitas a un máximo de trescientas personas diarias, como ya se ha hecho en otros lugares. De hecho, hace años se comenta la situación del Alto Pirineo catalán, particularmente la zona de la Pica d’Estats, a donde iba la gente en plena pandemia a pasear por fin sin mascarilla y a tomarse fotos, creando tal caos que hubo que restringir el acceso y poner orden. La gente se había movido de la ciudad y la playa a la montaña, como las cucarachas cuando fumigan.

Y entonces el instagrameo cunde, y el lugar secreto, ese paisaje de postalita al que nos asomamos a todo color mientras acariciamos la pantalla del celular y nos tienta, cómo nos tienta, se va transformando en un verdadero infierno, y hay que huir a otro lugar. Eso lo sabían muy bien, según leí hace unos días, los vecinos de una playita mallorquina que acordaron eliminar toda alusión a su paraíso privado, hasta que se corrió la voz y se volvió un lugar insufrible repleto de turistas. No se puede contra ellos, son una plaga y se comportan como ella.

Ante esta situación, otros sitiados por el turismo han buscado soluciones más radicales (y desesperadas), como los vecinos de la Sagrada Familia, que decidieron poner carteles en inglés desviando a los visitantes a otros destinos, con la ilusa esperanza de perderlos por los laberintos de Barcelona. Valga el esfuerzo. Les deseo suerte y tomo nota de la idea.

Se habla de «masificación turística» y de un tipo de colonialismo que sufren muchas «atracciones» turísticas, sitios en los que es más importante la exigencia del visitante que el bienestar de los residentes. Así de sencillo y así de común, aquí y en muchas partes. Se habla de la necesidad de un «turismo sostenible» cuyo principal obstáculo es el «monocultivo». No puede ser la única actividad económica de ningún país, es una de las conclusiones obvias. La Organización Mundial del Turismo, según un artículo de José Fariño Tojo, catedrático de Urbanismo y Ordenación del Territorio, declara en 1988 que el turismo sostenible es el que permite satisfacer «las necesidades económicas, sociales y estéticas, manteniendo la integridad cultural, los procesos ecológicos esenciales, la diversidad biológica y los sistemas que apoyan la vida». Fariño apunta, pues, algo que debería ser evidente: las prioridades deben centrarse en quienes habitan, no en quienes visitan por un ratito y, además (añado yo), vienen a lugares que imaginan habitados por otros distintos a ellos, supongo. O puede que suponga mal, que haya visitantes que prefieran espacios pintorescos absolutamente vacíos, como una atracción de Disneylandia. La cosa ha llegado al punto, me cuentan, que muchas ciudades europeas han iniciado campañas de «desmárketing» para desalentar a cierto tipo de turistas problemáticos, como los fiesteros descontrolados que abarrotan las calles de Amsterdam y tantos otros sitios.

Me entero por un artículo de Alberto Menguel que fue Stendhal quien usó por primera vez el término turista en 1830 para referirse a quienes viajaban «por ocio o curiosidad», y que España, cien años después, fue uno de los primeros países en dar vacaciones a los trabajadores para que se fueran a turistear en 1931. Comenta Menguel la nueva situación del turismo contemporáneo: «Ahora ser turista es ser parte de ese torrente anónimo que se derrama como una lava implacable sobre los sitios más encantadores del planeta, desde los más venerables, como Toledo o Venecia, hasta los más exóticos, como Bali o el Everest, abarrotando aeropuertos y estaciones de tren, y dejando detrás de sí una estela de bolsas de plástico, latas de bebida y envoltorios de McDonald’s, sin haber visto nada de su entorno sino a través del ojo de sus iphones.»

Ya la cosa iba en escalada cuando nos cogió la pandemia. En el 2018, la Organización Mundial del Turismo contabilizaba 1323 millones de turistas a nivel global, al año siguiente se rompió el récord, y en el 2020 pareció que la pandemia del COVID nos hacía entrar en razón. Se le dio un respirito al globo, como recordaremos por las imágenes de las calles vacías, las aguas claras, los cielos despejados de esos meses. Terminaron los confinamientos, se retiraron las mascarillas y este verano muchos nos fuimos a viajar.

Nos fuimos a donde fuera y como fuera, como si resucitáramos.

  1. Yo también voy

Así pues, porque habían sido duros los últimos años, porque ahora sí podía, y porque sí, me salí un mes de la órbita cotidiana: esos círculos concéntricos que guardan un inquietante parecido al desagüe de un lavadero, esa rutina que nos agarra el lomo y nos sumerge al fondo del desgano. Me voy de aquí, me dije. Saqué cuentas, compré un pasaje, hice planes, quedé con gente, y me monté en un avión a Madrid. Llegué el 7 de junio, exactamente un mes antes del día que, según la prensa, aterrizaron en los aeropuertos europeos alrededor de treinta y cinco mil vuelos comerciales. Creí que llegaba a tiempo. Me equivoqué.

Madrid estaba repleto de turistas. Había que fijar la vista bien para distinguir quién era quién, de dónde venían. Desde muy temprano ruedan maletas, alzan los ojos a los balcones que nadie ve, abren la boca de asombro (ya lo he dicho), miran los celulares que funcionan como mágicas brújulas hasta la meta. Esos no son de aquí, me digo. Yo tampoco. Arrastro mi maleta hasta el portal del hostalito que he reservado.

Voy mirándolo todo, recordándome a cada instante cerrar la boca, disimular mi curiosidad de recién llegada, diciéndome que la lluvia en esas latitudes, temprano en junio, todavía carece de la fuerza de las tormentas de verano. No hace falta paraguas, voy mojándome por ahí, resaltando, sin percatarme, mi condición de extranjera, de recién llegada.

Y recuerdo. La primera vez que estuve allí, aquella ciudad, aquel país, el mundo, eran distintos. Y yo también. Tenía ocho años y las monedas mostraban el perfil de Franco y una frase que decía «Caudillo de España por la gracia de Dios», detalle que abonaba, desde mi perspectiva infantil, a la sensación de transitar por un lugar de fantasía. Recuerdo particularmente las estatuas monumentales sobre los edificios de la Gran Vía, los puestos de periódicos donde vendían pasquines, revistas infantiles Billiken y chupa-chups, y el olor a diesel de las anchas avenidas. Por muchos años asocié el tufo de las guaguas de la AMA con la emoción de aquella aventura. Pero esa es otra historia, y no es de ese recuerdo que quiero hablar aquí.

Viajar siempre ha sido para mí una aspiración, lo asocio con libertad, descubrimiento, felicidad, a pesar de todos los trabajos que me cuesta (valga la expresión). Pienso ahora que mis parientes apenas salieron de sus respectivos pueblos, ni siquiera a San Juan, con la excepción del abuelo que llegó de otra isla – posiblemente sin conocer el resto de su país – aventurándose, como otros tantos mallorquines, a su propio desplazamiento. De hecho, en esta ocasión, se me ocurrió acercarme hasta su pueblo, Valldemosa, un sitio muy turístico en la Sierra de Tramontana, donde turistearon – como se hacía en el siglo XIX – Rubén Darío, George Sand y Federico Chopin, entre otra gente distinguida que jamás tuvo noticia de mi abuelo. Mi hermana y yo caminamos el pueblo figurándonos la nostalgia que habrá aliviado el abuelo con la vista del Gigante Dormido desde su finca en Adjuntas. Esa mañana las calles de Valldemosa están muy concurridas, familias y grupitos de jubilados alemanes llenan las calles desde temprano como si hubiera una fiesta.

Palma de Mallorca tiene menos área geográfica que Puerto Rico y menos gente. Antes de llegar a la ciudad de Palma cruzas por una avenida Puerto Rico. Los apellidos que me encuentro son los mismos de las lápidas de los cementerios del suroeste y el centro de nuestra isla: Pons, Rosselló, Perelló, Bibiloni, Coll, Rullán. En Sóller me entero de que una plaga a finales del siglo XIX destruyó los naranjales y limoneros y obligó a quienes se dedicaban a su cultivo a emigrar principalmente a Puerto Rico.

En Fornalutx, un pueblito de paisajes instagramables, entablo conversación con un setentón de aliento alcohólico, que esa mañana lee el periódico a la sombra del único árbol de la minúscula Plaza de España. La charla es breve. Me ha preguntado de dónde soy. Ha conocido descendientes puertorriqueños de los mallorquines emigrados en la movida ochentosa de Palma. Me cuenta de su isla, y yo a él de la mía. Se lamenta de que su ¿país? sobreviva hoy a fuerza del monocultivo del turismo. Se me representan en la mente las hordas de alemanes en el aeropuerto de Palma, como un nuevo ejército invasor. Gente, gente, maletas rodantes, y más gente. Me lo ha dicho con amargura e ironía, monocultivo, él sabe de nuestra historia. Cuando la charla se extingue, me incorporo para continuar el paseo. Ya he dado unos pasos cuando me vuelvo a despedirme, y él me grita desde allá, sonriente, con el puño en alto:

– ¡Viva Puerto Rico Libre!

– ¡Qué viva!, le respondo yo, en un impulso, con el mismo gesto.

Los alemanes de alrededor no nos entienden. En ese momento pienso que el mallorquín me ha distinguido con su cháchara; por un momento no he sido una turista más, parte de la plaga que los asola, sino un pariente que vuelve de visita, a ver cómo siguen las cosas después de tanto tiempo. Tal vez así deberíamos viajar a todos lados, aun a los sitios más extraños y distantes, siempre como si regresáramos.

 

 

La Constelación de Loíza, el pie forzado cultural

Fotos suministradas por el autor

 

Parte I

Especial para En Rojo

En la exposición de arte de la Cumbre Afro de marzo de 2022, Juan Pablo Vizcaíno exponía tres grandes cruces negras vestidas de telas negras y encabezadas por máscaras de cáscara de coco de Vejigantes (las de Loíza y las fiestas de Santiago Apóstol) también pintadas de negro. ¿Qué representaron? ¿El calvario de los Vejigantes, del pueblo loiceño, de la afro-descendencia, o tal vez, de Puerto Rico como nación y cultura particular?

Se puede contar la historia de Puerto Rico a través de la historia de Loíza –conquista, oro, genocidio, esclavitud, caña, nuevas inmigraciones europeas y esclavizadas, aislamiento cultural, emancipación, invasión americana, dependencia política y económica y burocracia colonial criolla hasta el presente. Todo lo que hace que la bandera negra y blanca pos-María represente mejor al Puerto Rico actual que la roja, azul cielo y blanca oficial. La negritud, la oscuridad y el color negro son nociones similares, pero no isométricas. No obstante, los Vejigantes esqueléticos negros de Vizcaíno capturan las tres.

En términos académicos, la afropuertorriqueñidad se pone de moda en ciclos. En esa visión estaríamos en el tercer ciclo de los últimos 50 años y este de ahora, creado en gran parte por el nuevo programa de estudios de la afro-descendencia en la UPR-Río Piedras, sus congresos anuales, currículo y proyectos relacionados parece más amplio, fuerte y duradero que los anteriores. Sin embargo, en la realidad no hay ciclos ni modas.

Por todos los intentos de esquivar, la afropuertorriqueñidad nunca pierde importancia ni deja de ser el elemento cultural más constante, inconvertible e interesante del país. Es el pie forzado de la canción-poema-historia boricua. Cómo José Luis González nos señaló en “El país de cuatro pisos” es el primer piso, la piedra angular en que todo los demás se apoyan aun cuando intentan disfrazarlo. En vez de ser copia colonial –española, latino- o norteamericana — es más original como una re-imaginación, una re-invención cultural.

Menciono la instalación de Viscaíno de hace año y medio porque nos lleva desde el Viejo San Juan a Loíza y las fiestas de Santiago Apóstol, como evento céntrico dentro de la historia cultural puertorriqueña. Nos ayuda también a entender los placeres de la constelación de actividades que este año han desfilado alrededor de las igualmente iluminadas fiestas de 2023.

¿De qué hablo? Primero del estreno del documental “Santiago de las Mujeres” dirigida por Rosamary Berrios que reseñé en estas páginas hace cuatro semanas. Es una cautivante mirada desde por dentro de vidas loiceñas, su hermosura, su fe y esperanza, a través de su relación a la imagen de Santiago de las mujeres. Ademas nos permite apreciar el Puerto Rico actual sin gríngolas partidistas ni discursos del supuesto desarrollo económico-social.

Segundo, quiero mencionar la exposición “Bombas y lienzos” curada por la dra, Maricruz Rivera Clemente en la Casa Afro de Piñones, una galería-espacio de taller de solamente tres años de existencia que forma parte del Corredor Afro y ha tenido en sala una exposición de artista locales desde el 24 de junio. El Corredor Afro, la Casa Afro y el Colectivo el Ancón de Loíza se han desarrollado como una nueva visibilidad artística afropuertorriqueña pos-María y ahora pos-COVID con exposiciones y talleres de grabado, de máscaras y de tocar y bailar bomba. Casa Afro es un espacio vivo y en crecimiento tanto en mejoras a su espacio físico como en su impacto creativo-artístico.

Tercero, la Dra. Agnes Lugo Ortiz dirige el Equipo de Trabajo sobre Cultura Visual y la Esclavitud de la Universidad de Chicago. Este año el equipo celebró su tercer coloquio internacional de estudios en Puerto Rico para corresponder con las fechas de las fiestas de Santiago Apóstol de Loíza. Sus temas fueron múltiples. Incluían una discusión sobre el proyecto “Tiznando el país” de la dra. Marielba Torres de la UPR-Río Piedras y conversaciones con jóvenes artistas afro-descendientes en nuevos espacios de encuentro en Río Piedras como el Módulo de Mejoramiento Comunitario (esquina Arzuaga y Monseñor Torres) y el Centro Cultural Cine-Teatro Paradise.

En la tarde del 26 de julio, en la Casa de los Contrafuertes en el Viejo San Juan, además de charlas sobre Loíza y las fiestas de Santiago Apóstol, proyectaron “Santiago de las Mujeres” y las artistas Helen Ceballos y Awilda Sterling crearon actos-instalaciones de performance que brillaron por su poder de re-imaginar la agencia del cuerpo femenino afro-caribeño.

El 27 de julio el coloquio tuvo encuentros con los experimentados artistas loiceños Daniel Lind-Ramos (en el Museo de Arte Contemporáneo), Samuel Lind en su galería-taller en Loíza y Juan Pablo Vizcaíno en el Ancón de Loíza. Por la tarde los participantes quedaron en Loíza para experimentar en persona la procesión de Santiago de las mujeres. El próximo día visitaron museos (de la UPR, guiada por la Dra. Malena Rodríguez y del Museo de Arte de Puerto Rico, guiado por el maestro Antonio Martorell).

Cuarto, la exposición-programa de talleres “Antesala Fiestas de Santiago Apóstol en Loíza” estuvo disponible al público desde el 8 al 31 de julio en la Escuela Taller de Artesanía en los Outlets de Canóvanas. Además de una exposición de una gran variedad de máscaras y vestuarios de Vejigantes y grabados de Samuel Lind, el grupo Máscaras de Puerto Rico.org, que organizó el evento, ofreció talleres de máscaras de cáscara de coco, de Caballeros de malla metálica, de cabezudos de papel maché, de turbantes y de máscaras de Viejos.

Quinto, las Fiestas mismas que son la pieza angular de la cultura y las artes afro-puertorriqueñas son tres días de procesiones festejadas tanto sagradas, con las tres imágenes de Santiago Apóstol, como profanas, con sus coloridos personajes míticos del Caballero, Vejigante, Loca y Viejo. Estos personajes –que también son sagrados en sus propios términos– van por frente en las procesiones con el Carretón Alegre y su amplia variedad de música caribeña grabada. Detrás de ellos, procede el santo del día en su litera llevado por sus devotxs. Un camión sigue con la banda municipal. También hay transporte para los que no pueden seguir el camino a pie. Muchas veces toques de bomba suenan tanto en la casa de la familia Ayala en la ruta como a su final en Las Carreras.

Estas procesiones se extienden alrededor de tres millas desde la plaza del pueblo hasta el sector de Las Carreras y la base del árbol de corcho donde la leyenda dice que la imagen de Santiago de los niños se encontró hace alrededor de doscientos años. Hoy en día, ese lugar histórico es recordado por uno de los cinco mosaicos de arte público sobre Loíza y sus fiestas de Daniel Lind Ramos.

La procesión del 26 de julio de Santiago de los hombres es la menos concurrida. El Carretón Alegre usualmente no se incorpora a esta primera procesión (este año tampoco yo pude participar por ser parte del coloquio de la Universidad de Chicago en el Viejo San Juan). Pero la del 27 de julio de Santiago de las mujeres, que se comparte con Santa Ana, madre de María, cuyo día también es el 27 de julio, brillaba con nuevas máscaras y vestuarios de Caballeros y especialmente Vejigantes. Hasta incluía una Mula –combinación en un personaje de una mula muñeca y su jinete– figura casi desparecida en las fiestas. Llegó un grupo vestido de máscaras y vestuarios de Vejigantes de papel maché del Carnaval de Ponce, aparecieron dos Viejos (máscaras de cartón común) elegantes –el año pasado no hubo Viejos– y un par de Locas para completar el elenco dramático de las fiestas.

El 28 de julio –el día de Santiago de los niños– mostraba las mismas virtudes del día anterior, pero este año, tal vez por la cercanía del estreno del documental “Santiago de las Mujeres”, o tal vez por la lluvia que comenzó a caer al final de la ruta, el día de más expresión festiva y artística-creativa popular fue lo de Santiago de las mujeres/Santa Ana.

Las fiestas de 2023 también mostraron una mayor reintegración de jinetes en caballos como parte de las procesiones, la presencia de Viejos y Locas (aunque todavía reducida), una fuerte representación de Vejigantes ponceños, zanqueros de Agua, Sol y Sereno y una comparsa de Taller Salud y dos máscaras de Gorilas que acercaban a la procesión tímidamente, pero desaparecieron en la muchedumbre.

Además, para mí, hubo un descubrimiento especial, que era el itinerario del viejo Ancón en el pueblo de Loíza durante las Fiestas.  Me refiero especialmente al desfile de alrededor de 60 niños, jóvenes (y también adultos) Vejigantes (y algunos Caballeros) con Santiaguito la mañana del 28 de julio. Esta erupción de máscaras, producto de talleres con niños y jóvenes de Piñones y Loíza dirigidos por Juan Pablo Vizcaíno, fue el punto más espectacular de las fiestas de 2023.

Hace más de diez años que había presenciado otro taller de Juan Pablo en Villa Cañona en que niños vestidos principalmente de Mulas había desfilado en el Pueblo de Loíza el 25 de julio, día de Santiago Apóstol. En ese momento también participó el grupo de máscaras, muñecos y activismo creativo, Papel Machete.

Fotos suministradas por el autor

El desfile de este año tenía un dinamismo especial. Las máscaras de Vejigantes creadas dentro de los talleres tienen ojos más grandes que los tradicionales y por eso permiten mayor visión. Entonces, usan malla metálica para cubrir los ojos para asegurar que los cuernos de otras máscaras no pueden hacer daño a los ojos de los jóvenes performeros. El efecto es asombroso. Unirse al grupo con Vejigantes, desde cinco años hasta adolescentes y adultos, mientras rodeaba la plaza de pueblo con Santiaguito, y siguiendo las direcciones de un Vejigante bailarín mayor, fue un deleite mayor. Parece que los colores están regresando. Gracias a Juan Pablo y el Colectivo el Ancón.

En una segundo parte de este ensayo volveré a los performances de Helen Ceballo y Awilda Sterling durante el Coloquio sobre Cultura Visual y Esclavitud de la Universidad de Chicago y comentaré sobre la actuación de la Loca y otros detalles de las fiestas de afro descendencia.

Piedras

 

 

De niño tiraba piedras como quien lanza viejos dinosaurios de catorce patas. Al momento no lo sabía, pero si quien tiró la primera roca algún día da el paso o levanta la mano, sabremos que miente y qué lanzamientos de todas las formas y colores siempre han estado preñados de la misma ignorancia que hoy ensancho, en mi desesperado intento por acabarla.

Tales, Demócrito y Epicúreo también fueron niños. Picasso quiso siempre serlo y perdió en la historia por rodearse de mamás. El peñón que totalmente hueco entre sus átomos, le rajó la cabeza a Fernando en el patio de la escuela. Pues la historia de tanta galaxia da duro, aunque pase de largo como fantasma.

En Las Piedras tuve una novia que visitaba los domingos. Barrancos de barro rojo como ríos salvajes y guaguas de municipio apostando a unas alas que invivibles, casi nunca fallaban. Pensar que lo bonito del recuerdo está en el mercurocromo, y en la libertad de niño adquirida con el aprender a caminar.

Nos enseñaron a danzar los vientos y la música que nos separó del bosque nos regresa en el ritmo de las olas. Parpadean las estrellas y la gravedad que sincroniza sus cenizas nos trajo hasta aquí, pues cauces hay en todas partes. No pude verlo pero me miró, y en cada caída era lo nuevo lo que más confundía, allí donde el estar se hace inseparable de la duda, y la impostergable rendición a la calma es la unión con toda la claridad que regala, la más oscura de las noches.

 

Ricardo es un escritor puertorriqueño radicado en Filipinas.

 

Acerca de la Nueva Visita de Cancel al Laberinto

 

 

José Anazagasty Rodríguez

Especial para En Rojo

Reseña de: Cancel-Sepúlveda, Mario R. (2023). Indóciles: Nueva Visita al Laberinto. San Juan: Ediciones Laberinto.

 

El historiador Mario R. Cancel revisitó el laberinto para brindarnos su libro Indóciles: Nueva Visita al Laberinto.  Este nuevo libro, como su antecesor El Laberinto de los Indóciles, es el producto de un profundo estudio de mucho tiempo, revelando una vez más la extraordinaria dedicación de su autor con la investigación de la historia cultural de la política puertorriqueña. Es también una contribución meritoria a la historia intelectual puertorriqueña, a la historia de las ideas políticas en la colonia. Específicamente, Indóciles es una valiosa historia de la cultura política de los separatistas, nacionalistas e independentistas puertorriqueños, de sus ideas y pensamiento político y social, así como de sus memorias y prácticas mnemónicas.

Este nuevo libro de Cancel aúna cinco ensayos sobre la historia cultural de la política puertorriqueña entre las postrimerías del siglo diecinueve e inicios del siglo veinte, aunque en la discusión sobre el separatismo y el nacionalismo comenta eventos hasta los sesenta. Indóciles se concentra en la cultura política de los separatistas puertorriqueños, incluyendo a los separatistas anexionistas e independentistas del siglo diecinueve y los independentistas y nacionalistas puertorriqueños del siglo veinte.

El libro comienza con un monólogo del historiador referente a la Insurrección del Lares en 1868. Es el soliloquio de un historiador, una autorreflexión respecto a un problema específico de investigación histórica, el de la Insurrección de Lares. Para Cancel el problema es cómo animar el interés de los puertorriqueños de hoy por un evento que ocurrió hace más de dos siglos atrás; por un acontecimiento que como este advierte es “un hecho emborronado al paso del tiempo”; de un suceso que ha sido significado de diversas formas por diversos actores sociales y políticos. Si la Insurrección de Lares ha sido desacreditada, desautorizada, omitida, deformada y caricaturizada por muchos, también ha sido celebrada, idealizada, homenajeada y hasta consagrada por muchos otros. Cancel, quien ha estudiado la insurrección desde los ochenta, asumió el reto. Lo hizo primero tomando distancia de su objeto de estudio para “jugar un poco a la extrañeza” y volver con una “imagen fresca” de la insurrección.  Para hacerlo tuvo que enfrentar dos problemas teóricos: establecer los antecedentes u orígenes de la insurrección, que Cancel vincula al abolicionismo clandestino, y cotejar la identidad de los separatistas que, como demuestra, fue un grupo mucho más heterogéneo de lo que comúnmente se piensa.  Pero para Cancel todavía nos queda mucho por saber de la insurrección, la que, si se relata desde el presente, como toda historia, entonces, y como concluyó este: “Saberla una y otra vez desde cada presente es parte de la aventura” (28).

El monólogo es seguido de una extraordinaria y abarcadora “ojeada” a la mutación de las concepciones políticas que los puertorriqueños tuvieron sobre sí mismos entre la segunda mitad del siglo diecinueve y las primeras décadas del siglo veinte, concepciones también presentes en el resto del Caribe. En el segundo ensayo, una obra maestra, Cancel destaca las estrategias y tácticas ideológicas y retóricas de diversos actores políticos en el campo de los separatistas, independentistas y nacionalistas, incluyendo su manejo de la memoria e historia de la Insurrección de Lares de 1868 y sus usos de los protagonistas, monumentos y fuentes de información con respecto a esta. Es la identificación de esas pericias, tácticas y usos uno de los grandes logros de Cancel en Indóciles.

Las contribuciones de este ensayo son varias. Cancel demuestra que el separatismo puertorriqueño desde sus orígenes hasta nuestros días constituye un grupo político heterogéneo, tanto en términos ideológicos como tácticos. En el Laberinto de los Indóciles Cancel estableció y comprobó los matices y gradaciones del separatismo y el integrismo en el Puerto Rico del siglo diecinueve. En Indóciles el historiador reafirma los matices del separatismo y el nacionalismo en el tránsito del siglo diecinueve al veinte y ya adentrado en este último. El reconocimiento de esa diversidad contrarresta la tendencia a homogenizar y comprimir las corrientes políticas puertorriqueñas, la propensión a ocultar su variedad o modalidades. Cancel demuestra que el separatismo no solo ha sido diverso, sino que ha cambiado mucho a través de la historia. Estos matices y cambios, como confirma él en su libro implican diversas interpretaciones, representaciones o construcciones de la Insurrección de Lares.

Otra aportación meritoria de Cancel es su atención a la dimensión espacial y geopolítica del separatismo puertorriqueño y caribeño. En el siglo diecinueve el separatismo se configuró en términos de una concepción continentalista del Caribe, que como afirma Cancel, “… fue la mirada que impuso y legitimó en el lenguaje político de la intelectualidad rebelde de las islas la noción de antillanidad” (33). Esto es cierto para las dos vertientes generales del separatismo, la anexionista y la independentista, que articularon sus respectivos proyectos confederacionistas en términos continentalistas. Por esto concluye Cancel que el origen y desarrollo del movimiento confederacionista caribeño no estaban vinculados a proyectos separatistas independentistas, ciertamente no al independentismo como lo imaginamos hoy. Para los separatistas anexionistas confederacionistas la separación o independencia de España que reclamaban, equivalía a la anexión a una potencia continental, fuese a Estados Unidos o la Gran Colombia. Por otro lado, para los separatistas independentistas confederacionistas la separación de España no tenía, demuestra Cancel, que culminar en la nación-estado soberana que hoy asociamos con la independencia. La Confederación Antillana que defendieron Betances, Hostos, Luperón y Martí pretendía la institución de una sola comunidad antillana, es decir la integración de las Antillas a una entidad espacial más amplia que disolvería las diferencias entre las partes a favor de una identidad común internacional. Esto implica para Cancel que el independentismo nacionalista, tal y como lo concebimos hoy, se encuentra en una época posterior al siglo diecinueve, después de la Guerra Hispanoamericana de 1898.

Uno de los grandes logros del segundo ensayo de Indóciles es precisamente su delineación de las transformaciones del separatismo desde finales del siglo diecinueve y durante las primeras seis décadas del siglo veinte. Por ejemplo, si en el siglo diecinueve los conflictos entre separatistas anexionistas e independentistas no impidieron su colaboración, estos ya no colaborarían después de la Guerra Hispanoamericana. Esta guerra tuvo como secuela la anexión forzada de Puerto Rico a Estados Unidos, por lo que el separatismo anexionista desaparecería y el estadoísmo que surgió después de 1898 se convertiría en la némesis del nacionalismo independentista emergente. Este último fue heterogéneo y también vivió transformaciones:

El siglo 20, el periodo posterior a la invasión y presencia estadounidense en el Caribe, forzó la revisión de los contextos ideológicos de la soberanía. No se puede hablar del “nacionalismo” como un todo singular e inequívoco. Como se ha demostrado, aquel fue un fenómeno de múltiples significados que tuvo que ajustarse a la senda, si cabe la metáfora, que la historia del proceso entre siglos le impuso. Las respuestas al problema nacional urdidas para el siglo 19, no respondieron todas las preguntas ante un poder hegemónico distinto como era Estados Unidos (80).

Otro aspecto importante del segundo ensayo de Indóciles es su atención a la pluralidad de las interpretaciones, representaciones o construcciones sociales de la Insurrección de Lares, de las memorias acerca de esta. Cancel demuestra que la insurrección siempre ha sido un hecho abierto a reinterpretaciones, por lo que tenemos no una sino varias memorias de la insurrección, todas configuradas en el contexto de la interacción y el conflicto entre diversos grupos con variados intereses, aun en el campo de los separatistas, nacionalistas e independentistas.  Cancel nos regala una interesantísima y hábil aproximación a la Insurrección de Lares de 1868 en la memoria colectiva de los separatistas, independentistas y nacionalistas, así como a las memorias de Betances sobre el acontecimiento y a las representaciones de este prócer en la memoria colectiva, incluyendo su imagen después del regreso de sus restos a Puerto Rico en 1920. Cancel demuestra que diversos actores políticos puertorriqueños, incluyendo, por supuesto, a los independentistas y nacionalistas, reinventaron la imagen y memoria de la insurrección y de Betances con diversos propósitos políticos. Por ejemplo, en algunas de estas memorias Betances dejó inclusive de ser una figura amenazante y era todo un admirador de los logros estadounidenses. En efecto, en los veinte Betances fue caricaturizado y la Insurrección de Lares domesticada al servicio de los proponentes y defensores de la autonomía y la estadidad.

Cancel también nos proporciona una aproximación original a las representaciones de Betances y la Insurrección de Lares en la memoria de los nacionalistas e independentistas de la década de los treinta, de cómo estos les rescataron y reinventaron. Para Cancel se trató de una (re)mitificación bien pensada y articulada. En la nueva “mitología retrospectiva” de la Insurrección, Betances y los veteranos como Vélez Alvarado y Méndez fueron celebrados como parte de un pasado memorable y glorioso, dignos de respeto, admiración, emulación y culto nacionalista. Cancel examina las proclamas nacionalistas, las que contribuyeron a la (re)mitificación de la insurrección y sus protagonistas. La de 1935 reiteró la tesis de la independencia como restauración y llamado a las armas.

Finalmente, Cancel nos provee un análisis de la memoria y retórica nacionalista de la Insurrección en su centenario en la década de los sesenta, en un periodo marcado por la represión y censura del nacionalismo, consecuencia de la insurrección nacionalista de 1950. Pero fue también la época del surgimiento de la nueva lucha por la independencia.  En esta memoria la Insurrección de Lares de 1868 marcó el origen de la progresión de la República y conmemorarla, asistir a un Lares consagrado, era deber de los patriotas, una muestra de devoción. Se trataba de un homenaje dirigido a convocar a los patriotas a la acción, de convertir sus prácticas mnemónicas en acciones políticas.

Para Cancel la historia de la pluralidad del independentismo nacionalista de las primeras décadas del siglo veinte, su cultura política y su memoria colectiva todavía está por escribirse. Cualquiera que intente escribirla debe, por supuesto, leer este ensayo de Cancel, que precisamente nos exhorta al análisis, debate y revisión profunda de esa historia, cultura y memoria.

El segundo ensayo de Indóciles es seguido de una innovadora y aguda reflexión acerca de la relación entre la escritura creativa y la sociológica en la obra de Eugenio María de Hostos Bonilla. En el 2017, como director del Centro de Investigación Social Aplicada, afiliado al Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, invité a Cancel a ofrecer una conferencia sobre Hostos, que se realizó el 4 de abril de ese año. Fue esa conferencia la que se convirtió en el ensayo “El Pensamiento Social en la Narrativa de Eugenio María de Hostos Bonilla”, incluido en Indóciles.  Se trata, como señalé antes, del análisis de la relación entre la escritura creativa y la sociológica en la obra de Eugenio María de Hostos Bonilla. Cancel, rechazando la tendencia a examinar la obra literaria y sociológica de Hostos por separado las examina en su compleja relación. Para él:

Hostos Bonilla, como se sabe, fue un escritor capaz de enfrentar una diversidad de medios y géneros de expresión literaria y científica con soltura, imprimiéndole a cada uno de ellos su poderosa, apasionada y contradictoria personalidad. En ello reside, desde mi punto de vista, una porción considerable de su originalidad y grandeza. (177)

Cancel demuestra que las narrativas creativas y los escritos sociológicos de Hostos fueron formadas por varios elementos.  Fueron primero moldeadas por la propria psicología del sociólogo mayagüezano—fuerte, apasionada, contradictoria y compleja—y por su biografía, una “atropellada vida de exiliado, viajero y activista en el marco de una praxis marcada por el valor de la indocilidad y la disposición a retar las instituciones dominantes” (177). Su formación intelectual en derecho y sociología krausopositivista y su interés en la pedagogía también formaron sus narrativas literarias y sociológicas.  Como demuestra Cancel, aunque Hostos pretendió convertirse en un novelista o escritor, su activismo político y radicalización ideológica, así como su adopción del krausopositivismo, lo llevaron a revisar sus prioridades y su relación con la narrativa creativa.  Desde entonces Hostos se orientaría hacia el rol de lo que Cancel llama el “sociólogo artista” y la “escritura comprometida,” así como hacia a una narrativa para la familia, el reforzamiento de esa institución social, aunque desde una perspectiva patriarcal.  El propósito de sus novelas y cuentos serían primordialmente morales y educativos, en ese sentido, una literatura al servicio del cambio social. Por eso concluye Cancel que: “Por otro lado, en general el lector se encontrará con una narrativa reflexiva y comprometida literariamente cuidadosa en donde lo didáctico y lo estético son capaces de convivir en el marco de los reclamos de un siglo como aquel.” (242)

Este ensayo es seguido por un apéndice que incluye dos discursos sobre Hostos y que lo complementan. El primero trata la concepción del cosmos antillano en las novelas del intelectual puertorriqueño, particularmente en La Peregrinación de Bayoán. Muchos de los elementos identificados por Cancel con respecto a la relación entre literatura y sociología en la obra de Hostos están presentes en esa novela, como expone Cancel en este primer discurso del apéndice.  Este afirma que: “Es una novela de marcada estirpe romántica en donde brillan los planteamientos del más armonioso clasicismo, el idealismo moral y el más progresista positivismo. Es la narración de un moralista que pretende sintetizar en su dilema íntimo, el destino de las Américas en particular las Antillas.” (261-262)

El último discurso destaca las transformaciones de las concepciones sobre España en el pensamiento de Hostos. España fue uno de los principales imperativos en la vida intelectual del sociólogo y literato puertorriqueño.  Aunque España fue para Hostos un país de contrastes, señalado por él por su despotismo y el colonialismo, él se sentía español, español-americano señala Cancel.  Pero Hostos, eventualmente decepcionado con España y los republicanos españoles, reafirmaría su juicio severo de España e imaginaría el futuro de la Antillas como una confederación separada de la metrópolis. El sociólogo indócil se había radicalizado.

Indóciles es un libro magnífico, producto de un erudito ingenioso y novedoso, un historiador que conoce muy bien, con maestría, las arduas pero fascinantes rutas del complejo laberinto de los indóciles puertorriqueños.  Los invito a visitarlo de la mano guía de Mario R. Cancel.  Este historiador los llevará, como concluye Mayra Rosario Urrutia en su prefacio a Indóciles, por rutas alternativas para cavilar, contrastar e inquirir el laberinto y nuestra historia, a dilucidar la maraña de nuestra cultura política.

El autor es Catedrático de Sociología  en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez.