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La protesta social desafía a una Europa en crisis

Prostesatas en Francia. Reproducido de Instagram

Por Sergio Ferrari

Protestas sociales en aumento desafían desde hace varias semanas a una Europa debilitada por su propia crisis económica y social. Y revelan, además, el impacto de la guerra en Ucrania para un continente que se “apropió” de la misma.
El bochorno de un verano asfixiante se fue deslizando en las últimas semanas hacia un otoño europeo cada día más caliente. Se pasó de la canícula climática a la masiva protesta social en las calles, notablemente en Francia y España, pero también en Bélgica, Italia, Portugal, Albania y Grecia. El efecto “tsunami de sociedad” en un continente cada día más interdependiente amenaza inundar con más enojo y malestar a otras naciones de la región.
Si bien en cada país el origen de la protesta tuvo matices propios, existen importantes denominadores comunes.
El deterioro del sistema educativo –y de muchos establecimientos e infraestructuras escolares, de por sí ya degradados– encendió la mecha en Francia la tercera semana de septiembre. Muy rápidamente el estallido se expandió debido al cuestionamiento por la grave coyuntura social y económica y el alto costo de la vida que afecta a los sectores sociales menos favorecidos. Situación y argumentos con algunas coincidencias respecto de los esgrimidos por la juventud de Bélgica a partir de inicios del mes; la de Italia desde mediados de octubre, la de Portugal y Grecia en estos últimos días.
La profunda crisis de la vivienda –agravada por el incontrolable turismo de masa, que transforma muchísimas propiedades familiares en residencias puntuales para los visitantes– despertó a amplios sectores españoles, particularmente jóvenes relegados a frágiles habitaciones e inquilinos desalojados. El emblemático caso de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años cuyo desalojo aceleró su enfermedad y su muerte, alentó aún más a sindicatos de inquilinos que confrontan desde hace tiempo esta situación inmobiliaria ilógica y antisocial.
En la pequeña Albania, la movilización callejera arrancó en mayo cuando los activistas ambientales denunciaron la construcción de un complejo turístico de élite financiado en parte por Jared Kuschner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Poco a poco se sumaron sectores y organizaciones que denuncian la corrupción del gobierno y el desenfrenado aumento del costo de vida.

Juventud a la calle
Más allá de las causas y las consignas en juego, se trata de una protesta social con una capacidad de movilización tan masiva como dinámicamente contagiosa. Que ya involucra a seis países de la Unión Europea (y a Albania, candidata a ingresar a la Unión) y a más de 210 millones de habitantes de un total de 452 millones. Directa o indirectamente, se trata de movilizaciones que ya están impactando de lleno en la coyuntura política de esos países. En España, por ejemplo, los principales sindicatos han convocado a una huelga nacional el próximo 11 de noviembre con el acento en el problema de la vivienda y la carestía de la vida. En Portugal, los gremios consideran medidas semejantes. En Francia, a la movilización de estudiantes se le han sumado las fuerzas de izquierda, sindicatos progresistas y los Chalecos Amarillos, movimiento nacido espontáneamente hacia fines de 2018, cuando protagonizó combates sociales frontales. Prácticamente desaparecido de la escena política durante varios años, los Chalecos Amarillos han retornado con vigor.

La principal fuerza promotora de estas movilizaciones, aunque no la única, es la juventud, y con una llamativa participación de adolescentes. Elemento generacional significativo en un momento histórico cuando no pocos analistas e intelectuales hablaban, con cierta miopía, de la falta de interés o participación de la juventud en la vida política. En su análisis se les escapaba un matiz de particular importancia: para amplios sectores de la juventud europea, “la política”, como sinónimo de la tradicional identidad y participación partidaria, no refleja su propia interpretación de cómo vivirla y protagonizarla. Para esta juventud, la política es una realidad que se vivencia a partir de lo cotidiano y de sus necesidades y reivindicaciones específicas y que incorpora estrechamente condimentos culturales y comunicaciones casi indescifrables para los partidos tradicionales y el poder institucionalizado.

Dentro de este panorama, un elemento casi anecdótico, pero de todos modos relevante: la juventud que se está movilizando estos días prefiere expresar sus ideas y reivindicaciones a través de pancartas improvisadas, a menudo muy personales y escritas a mano con marcadores de colores sobre simple cartones. O discutidas previamente en reuniones grupales. Sin duda, ejemplo sintomático de una nueva concepción de participación distanciado de los habituales y casi profesionales cartelones partidarios casi siempre con contenidos que no necesariamente representan esta juventud.

En cuanto al espacio físico, todas estas movilizaciones se están dando en un escenario único, común y no negociable: las calles de las principales ciudades, incluyendo las de las capitales, como París, Madrid, Lisboa, Bruselas, Roma, Tirana o Atenas. Fuera del marco tradicional de recintos cerrados, actos partidarios, campañas políticas y locales electorales. En superficies mucho más amplias, fortaleciéndose en los espacios públicos, como para reivindicar la pertenencia colectiva de los mismos. Se trata de geografías urbanas en disputa, y por lo tanto siempre a riesgo de cruzar la estrecha frontera que separa la protesta callejera de la violencia “descontrolada”, como ocurrió el 17 de octubre en Francia debido al extraordinario volumen expansivo de la movilización, las constantes provocaciones policiales y la improvisación total del gobierno francés.
Ese día protagonizó centenares de desfiles y marchas en más de veinte ciudades, con una convocatoria que, según sus organizadores, alcanzó los 800 mil manifestantes. Si bien la destrucción de negocios y edificios públicos, principalmente en París, Limoges, Marsella, Toulouse y Lyon, acaparó la cobertura periodística nacional e internacional –estimulada por el instinto sensacionalista de los medios–, la mayor cantidad de movilizaciones ciudadanas fue pacífica y con creativas expresiones artísticas y culturales de las cuales se hicieron eco casi únicamente las mismas redes sociales ligadas al movimiento juvenil (https://www.youtube.com/watch?v=Eo_znHiLKwA).
Todo esto en el marco de un ambiente represivo que, en el caso de Francia, se ha intensificado las últimas semanas. Solo el 17 de octubre la policía detuvo a más de 2.300 personas. Según el sociólogo Sebastian Roché, investigador del Centro Nacional de la Investigación Científica de Francia, en los quince días previos al 17 de octubre se produjeron 8 mil interrogaciones y detenciones de jóvenes, muchos de ellos de escuelas secundarias, y cuatro adolescentes quedaron mutilados por granadas explosivas o proyectiles de goma que se desplazan a 300 kilómetros por hora. Roché puso la responsabilidad principal de los hechos acaecidos ese día en la incapacidad gubernamental,

El dispositivo de seguridad contra las movilizaciones del sábado 24 de octubre en Francia incluyó unos 70.000 efectivos de diversas fuerzas y se registraron más de 1000 detenciones. Intentaban frenar una nueva protesta gigantesca que según los organizadores superó nuevamente los 800 mil participantes en las principales ciudades francesa contra el ya insoportable encarecimiento del costo de la vida y por mejoras sustanciales en el sistema educativo.
Hasta el momento y ante esta explosión social europea la represión estatal contra el movimiento estudiantil y sus aliados se dio en casi todos los países donde se realizaron manifestaciones, a excepción de España, donde las descalificaciones contra los acampados fueron promovidas por los dirigentes del derechista Partido Popular José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, e Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. En algunos momentos acompañada por actos de provocación de parte de grupos de choque de extrema derecha.
No sorprende, entonces, que a medida que la protesta, así como la represión, fueron en aumento, se multiplicaran consignas antifascistas y antipoliciales, como de hecho ocurrió, por ejemplo, en Francia y en Bélgica. Lo que refleja la preocupación creciente de amplios sectores de la juventud europea –actualmente muy polarizada– ante el ascenso en la gran escena de fuerzas filonazis.

La crisis, madre de la bronca

Significativamente, las movilizaciones más grandes e intensas han tenido lugar en Francia, país atravesado por una crisis política que podría explicar, si bien parcialmente, la pérdida creciente de credibilidad del Estado y las fuerzas que lo gobiernan. El origen más cercano de esta última fase de la crisis institucional son las elecciones legislativas de junio de 2024 convocadas por el presidente Emmanuel Macron. Aun cuando el triunfador fue el Nuevo Frente Popular de Izquierda, por delante del partido presidencial Renacimiento y de la Agrupación Nacional, de extrema derecha, Macron ignoró los resultados y fue destituyendo instituciones y nombrando ministros a su antojo en un proceso de acelerado debilitamiento institucional. Sin ofrecer respuestas concretas a las principales reivindicaciones en juego, como mejoras en la educación, la salud y el salario.
Por otra parte, los números de la economía no le ajustan al Estado francés, confrontado como está hoy con problemas económicos casi irresolubles, lo cual empalidece su rol de segunda “locomotora”, por detrás de Alemania, de la hoy alicaída Unión Europea.

Las proyecciones de crecimiento para este año, originalmente casi de un 1%, tuvieron que revisarse a la baja luego de un magro primer trimestre y del obvio estancamiento el segundo. En paralelo, la inflación sigue aumentado (con un 2,9 % hacia fines de año), lo cual penaliza aún más el presupuesto mensual de la gente y su poder adquisitivo. El desempleo también continúa creciendo (casi un 9% hacia fin de año, según cálculos oficiales). Y la deuda pública ya representa el 119 % del Producto Interno Bruto, lo que ubica a Francia entre los países más endeudados de la zona euro.
Realidad que el cotidiano Le Monde en un artículo de septiembre describió de la siguiente manera: “La economía francesa en pleno desacoplamiento respecto al resto de Europa: crecimiento débil, inflación y desempleo en aumento”. Según Le Monde, “el veredicto es severo, la comparación es dolorosa: mientras que Francia se rezaga, el resto de Europa avanza”. Con esta perspectiva de crecimiento de tan solo un 0,4 %, este año Francia generaría en 2026 tres veces menos que la media de las grandes economías de la Unión Europea… Luz roja de las grandes economías europeas, Francia es también el único país cuya economía se desaceleraría,

 

LUMA ante el Supremo: Gane quien gane, perderemos

 

CLARIDAD

¿Qué,si algo, hará en Tribunal Supremo de Puerto Rico con el contrato de Luma Energy? ¿Lo anularán como solicita la actual gobernadora luego de que otro gobernador de su mismo partido político (asesorado tal vez por los mismos abogados) lo aprobó? ¿Sobrevendrá entonces el limbo caótico que anuncia Luma si la dejan sin contrato? ¿Podemos confiar en personas como Jennifer González y Josué Colón (¡nuestro Zar!) para que nos consigan un mejor servicio que el de Luma? Y si el Supremo no anula el contrato, ¿mejorará Luma tras consolidarse victoriosa? ¿Qué hará la todopoderosa Junta de Control Fiscal ante ambos posibles escenarios?

Estos son los interrogantes que, como la afilada espada de Damocles, se ubican en estos momentos sobre las cabezas de los puertorriqueños. No podemos predecir cuál de ellos se materializará. Lo que sí sabemos, sin necesidad de consultar una bola de cristal, es que en cualquiera de esos escenarios el pueblo de Puerto Rico será el perdedor.

El caso ante el Tribunal Supremo ya está “listo para sentencia” luego de que se emitiera una orden prohibiéndole a las partes presentar escritos adicionales, pero creo que ahora mismo la mayoría de los jueces deben estar arrepentidos de haber acogido el recurso de “Certificación” que presentó el Gobierno. Esto es una solicitud al alto foro para que atienda directamente un caso sin que los tribunales inferiores, el de Primera Instancia y el Apelativo, intervengan. Es algo muy inusual porque el Supremo nunca celebra una vista evidenciaría para recibir prueba y escuchar testigos, por lo que la controversia se adjudica solo en base a documentos y argumentos por escrito o en vista argumentativa. En caso de apelación ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos, uno de los argumentos de Luma será que se le privó de un juicio justo al no poder presentar prueba testifical. Los testimonios de los funcionarios del Gobierno que en 2023 redactaron y aprobaron la extensión del contrato le hubiesen favorecido.

Tampoco se pasó prueba sobre qué pasará si se anula el contrato. Sobre esto lo que el Supremo tiene ante su consideración son declaraciones vacías de Luma anunciando el caos y de Josué Colón diciendo que ya tiene la alternativa sobre la mesa. Después de lo que pasó el contrato de generación eléctrica temporera y el fraude de Power Expectations, la poca credibilidad que puedía tener el actual gobierno desapareció.

Por otro lado, para sorpresa de muchos, el Gobierno no basó su demanda en el evidente incumplimiento contractual de Luma, sino en la nulidad de la extensión al contrato aprobada en 2023 por el gobierno de Pedro Pierluisi. El problema que tiene ese argumento es que, aunque haya cambiado la cara del Ejecutivo, muchos de los funcionarios son los mismos.

En última instancia, creo que, en todo momento, Jennifer González ha estado contando con la lealtad de los siete jueces nombrados por Luis Fortuño y por ella misma. Aunque el caso sea un mamarracho, pensará, los míos no me fallarán. La “Certificación” emitida, acogiendo el caso en primera instancia, parecía darle la razón, pero ahora mismo, con las comparecencias de la Asociación de Industriales y de la Junta de Control Fiscal a favor de Luma, la situación no es tan clara.

Como decía al principio, ante cualquiera de las dos alternativas, el pueblo será el perdedor. El problema principal fue la privatización ordenada en 2020, que implicó desmantelar una estructura eléctrica montada durante siete décadas, lanzando a la calle miles de trabajadores diestros la mayoría de ellos comprometidos con su país. Aquella estructura fue sustituida por otra basada en la búsqueda del mayor lucro en el menor tiempo posible. Ahora, reconstruir lo que había tomaría tiempo, pero, además, esa alternativa no está siendo considerada por el Gobierno ni la permitiría la todopoderosa Junta colonial. Si sacan a LUMA vendrá otra igual o peor, regida por buscones que se esconden detrás de nombres como el de la propia LUMA o Power Expectations.

El desastre con el servicio de electricidad que vive Puerto Rico, que, como vemos, se agravará a partir de 2026, no es resultado del huracán María de 2017, ni de los otros huracanes que nos han visitado desde entonces. Es, en cambio, el resultado directo del gobierno neoliberal, incompetente y malversador que hemos tenido durante todo ese tiempo, siempre en manos del Partido Nuevo Progresista, “supervisado” por una Junta con poder omnímodo que nos impuso el Congreso de Estados Unidos apenas unos meses antes de que el huracán llegara.

Los últimos editores sobre la faz de la tierra

Mis pensamientos en tiempos recientes me llegan como versos de Safo, muchas veces apareados con otros que o bien no tienen sentido entre ellos o simplemente quedan interrumpidos por una llamada, notificación, reel o siguiente preocupación. Incluso cuando estas no llegan, me encuentro buscando el teléfono como quien busca su inhalador, deslizándome lentamente de una oración leída a un siguiente estímulo que me ayuda pues a olvidar por dónde iba; llevándome a otra idea inconexa. Como, por ejemplo, cuando leí un artículo hace poco sobre los gauchos de Patagonia que aún se comunican por mensajes escuetos enviados a la radio y tomé dos horas en ello, o cuando intenté disfrutar de un libro que lleva medio año pululando mi sala para percatarte de que leo, ahora, en horizontal ―como hago con ciertos textos laborales― buscando algo en concreto a fuerza de la prisa y el aparente apocalipsis que se aproxima por tierra, aire, galaxia y mar.

Ando ahora en el intento de adelantarme a la idiota incógnita del próximo aviso de like sobre una foto, un story, un tuit o un texto. Ahora más que nunca, padezco de la sensación de que alguien me mira sin mirarme. De que me observo, a veces, en tercera persona. La sensación, ya, de no sólo tener que constatar el presente, el acto, en fotografía, sino de querer hacerlo cual crisis existencial. Si no leo, ¿no soy? Si no lo muestro, lo documento, lo comparto, ¿ocurre realmente? Si no soy capaz de estar realmente en mí; si no logro el acto sagrado de leer, ¿qué sentido tiene todo? A todo esto se añade una nueva incógnita existencial: ¿cómo muestro que la que escribo soy yo?

Me detengo y leo y releo la misma frase del libro y me obligo a la atención, acto absoluto de veneración, no sin antes sentir que me embarga la ansiedad y amargura de las próximas reuniones, eventos, proyectos y manuscritos en el tintero que se van sumando al catálogo 2028 estando aún, increíblemente, en este año de nuestro señor de 2026. Soy editora, me sacudo y repito a mí misma. Mi oficio, y pasión, es leer. Pero de la sobreproducción, la saturación y la magnitud de estímulo que recibimos ―me permito ahora el plural―, hemos mercantilizado y manchado el acto y el proceso. Naturalizamos el consumo y el Gargantúa editorial. Ello, por supuesto, tiene ahora ramificaciones en el acto no sólo de leer, sino en el de escribir.

Este, mi nuevo estado de drogadicción patrocinado por el ámbito corporativo y el tecnofeudalismo, me inquieta tanto como a otros que dentro del sector editorial vemos no sólo el oleaje de distracción y superficialidad venir hacia nosotros, sino también la llegada avasalladora de la inteligencia artificial a premios literarios, a la esfera de conversación literaria, a la Buchmesse (Feria de Libro Fráncfort), a ver si, también, a la Feria Intercultural del Libro de Río Piedras en 2026, llevando algunos incluso a concluir que se trata del fin de los certámenes literarios, de los libros 100% escritos por humanos, el fin de la curiosidad e impulso de ideas que atraviesan a los escritores, de repente, en la bañera, en el tráfico, o haciendo el amor.

Nunca he tocado un LLM, ni alguna aplicación IA, no de indicio propio. La idea de ceder aunque sea un poco mis ideas, mis escritos o de facilitar el más arduo y más gratificantes de los procesos de lectura, escritura, traducción y edición más allá de una búsqueda de Internet, o referencia bibliográfica, me horroriza. Muy francamente, pensaba que estaríamos todos muertos para este entonces, para la época Black Mirror, para el embrutecimiento de las masas a gran escala, empero aquí estamos, compañeros: debatiendo atentos a quienes glorifican, reniegan o analizan la presencia de IA, en Canadá y en Francia, con el caso del superventas, ahora huérfano, de C’était ça ou morir de Thélyson Orelien o el nuevo caso del Premio Internacional de Novela Breve de la Editorial Amadía con Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, en Perú y en España.

Twitter (X) sigue revolcándose en el ámbito cultural con las ramificaciones de lo que conlleva escribir, editar y publicar en la época digital. ¿Publicaremos a influencers, a personas con lectores naturales para asegurar éxitos comerciales? ¿Literaturasimplificada para lectores cada vez menos experimentados? ¿Qué significa 0 uso de IA? ¿Qué hacemos con la literatura IA? ¿Cómo la identificamos sin usar otra IA? ¿Somos acaso todos IA?

Vuelvo al momento en el que descubrí ―porque, en mi opinión, uno no busca en primera instancia ser editor, o traductor, uno se topa más bien con estos oficios tras ser lector― que quería y debía ser editora, como cuando discerní, hace poco, que quería y debía ser agente literario. ¿Por qué hacerlo?

¿A qué lugar quedamos relegados los escritores, editores y agentes literarios en el momento actual? ¿Seremos los últimos editores sobre la faz de la tierra? ¿Estaremos todos tan alejados de la IA en el día a día que no sabremos, como le pasó a los editores y a los miembros de jurado del Premio Ed. Amadía, identificarla entre los manuscritos, de ser el caso? ¿Tendremos acaso que inmiscuirnos en ella para conocer y diferenciarla de una voz ultrahumana? (Me permito el «ultra» porque toda voz IA se nutre, de por sí, del material y el lenguaje humano).

Como en muchos momentos de mi vida ―ahora que sí he logrado apagar el teléfono― vuelven a mí versos de memoria de Alejandra Pizarnik: Señor / la jaula se ha hecho pájaro / qué haré con el miedo y, respondiendo a la primera pregunta, reafirmo lo que pensé entonces cuando decidí ser editora. Que no hay nada más humano que las artes, que la literatura; que ningún proceso maquinal podrá jamás reemplazar la euforia de una frase sorprendente, o bien traducida; una idea que será novela, microrrelato, ensayo; que ninguna máquina podrá reemplazar un vínculo tan estrecho como el de una editora y escritor por más que se jacten algunos de haber creado, escrito y publicado contenido sin embellecerlo con sus propias vivencias, emociones, e influencias.

  Habremos pasado de editar con tinta sobre papel a las telarañas rojas (control de cambios) en Word a conversar con imágenes, vídeos y textos, regurgitaciones de inteligencia artificial, con o sin nuestro consentimiento, sí. Pero los editores, traductores, escritores y agentes tenemos una trinchera ahora más profunda que nunca. Ante los pleonasmos semánticos, ante los errores factuales y gramaticales, ante la pereza intelectual y el estancamiento literario y de curiosidad tendremos que avistarla ―cuando menos sentir la confianza de compartir, desde la honestidad, su uso y permanecer abiertos entre editor y escritor― y verternos, sobre todo, cada vez más hacia lo ultrahumano. Hacia los anales; es decir, hacia nosotros mismos, al origen de la literatura.

            La congoja, y dependencia, al teléfono patrocinado por las notificaciones de Outlook que luego se convierten en textos y en llamadas, breaking news que son cada vez más inverosímiles que las anteriores, tiene solución. La aparición de la IA en el ámbito editorial también tiene una, me parece, si nos vertemos en nuestros conocimientos, nuestra curiosidad, nuestra humanidad y, más allá de ello, en nuestro olfato y experiencias vividas. Quizá la aparición de la IA, más allá del esperpéntico desperdicio de recursos ambientales  ―tema y lucha aparte― viene como una oportunidad de reafirmar nuestra atención; afinar nuestros lápices, bolígrafos y teclados. Pues hace falta editores y agentes literarios que conozcan, realmente, no sólo los cánones literarios y periféricos, sino que lean más allá de lo comercial y de lo regurgitado. Personas que interpreten y tiñan de color y de experiencia y esmero los textos. Que acompañen, desde la curiosidad, a sus escritores, hayan ellos usado o no la máquina por equis ye zeta razón, para identificar esos rastros inconfundibles en su voz; esas imágenes nutridas de historias personales y hallar esas ideas nacidas tras leer una noticia, por ejemplo, en el periódico, como la que leí sobre los gauchos de la Patagonia anclados felizmente en el siglo pasado.

Al final del día, todo esto que cuento es una suerte de prueba para reafirmar nuestros conocimientos, nuestro buen qué hacer, y una oportunidad, sobre todo, para volver a los cimientos de la creación, del lenguaje y la atención. Yo, por ejemplo, he escrito estas primeras páginas en puño y letra desde mi lugar primigenio de lectura, la bañera, recordando la lejana mañana en que me encontré con mi primera editora, una rara avis entonces, en 2009, constatando que, de momento, existo y seguiremos existiendo nosotros dentro del sector mientras haya ojos humanos que nos lean.

Las máquinas, afortunada y desafortunadamente, ya «nos leen».

Independencia: el paso hacia la antidependencia

Especial para En Rojo

Está implícito en su significado: (in)dependencia, es decir, no dependencia. Es la idealización que dio nombre al concepto de soberanía política. En la práctica requiere una buena gobernanza que procure una verdadera soberanía nacional, desligandose de la dependencia colonial en un proyecto de país. Se requiere para ello voluntad patriótica, determinación y creatividad.

La independencia es el primer paso requerido para un soberano desarrollo económico que procure el mayor grado de autarquía productiva que encauce la nación a saltar amarras coloniales. Por lo tanto, la independencia es de por sí una potencial ganancia para una nación. Pero esa potencial ganancia hay que transformarla en realidad. Tenga o no un buen provecho para la nación, dependiendo de la capacidad de sus dirigentes políticos, lo bueno de la independencia es que su potencial intrínseco siempre está ahí. Es cuestión de darle buen uso.

Es por tal razón que es el impacto macroeconómico de las alternativas de estadidad, independencia o la supuesta libre asociación del Estado Libre Asociado (ELA) lo que hay que medir, no la concomitancia del impacto fiscal de ellas. Es de la macroeconomía que salen los ingresos al fisco. sin la necesidad de depender de fondos federales asistenciales. Por lo tanto, la estadidad es en conclusión la culminación de la dependencia en la transferencia fiscal de fondos federales estadounidenses.

La estadidad no tiene igual resultado favorable cuando se analiza su impacto económico para Puerto Rico por la absorción de la economía de Puerto Rico a la de Estados Unidos y debido al pago de impuestos federales. En lo macroeconómico, los números resulta tajantemente adversos a la estadidad.

Si la independencia fuera una alternativa desfavorable, hubiera sido rechazada por la inmensa mayoría de las naciones del mundo y no fuera hoy uno de los valores políticos,culturales, sociales y económicos más preciados como efeméride. La independencia es la principal efeméride de Estados Unidos, como lo es de casi todos los países del mundo.

Pretender darle cuerda al resorte de la estadidad con la resolución de petición de la anexión de la gobernadora, Jenniffer González Colón, y ahora con el estudio de encargo en el Senado encomendado por su presidente, Rivera Schatz, es pretender dar un propósito de cohesión a prosélitos del Partido Nuevo Progresista (PNP) descontentos con la mala gobernanza de la mandataria de turno y evitar la fuga de votos en las próximas elecciones generales por candidatos a  puestos electivos y partidos políticos opositores.

Sin duda la estadidad está en uno de sus peores momentos con la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos y hay un absoluto rechazo en Washington a esa alternativa de anexión de Puerto Rico como un estado más de la unión federativa nacional estadounidense. Eso ha quedado meridianamente claro para todos.

Ese resorte de la estadidad a la que se está dando cuerda quizás lo más que pueda lograr será que una Cámara de Representantes federal dominada por los demócratas tras las elecciones de medio término que se avecinan abran a discusión fútil, no vinculante e intrascendente políticamente en Estados Unidos el asunto de la estadidad nuevamente, como en tantas veces anteriores. Pero sirve de distracción cohesiva a los anexionistas del PNP.

De modo que la única alternativa política con potencialidad viable para romper con la dependencia es la no dependencia implícitamente en su significado sustantivo y en su concepto mismo: la independencia. Es el más prometedor potencial para lograr un crecimiento y desarrollo económico nacional por lo que implica en términos soberanos y de voluntad patriótica creativa.

La dependencia fiscal de fondos federales, a expensa de las fluctuaciones y vaivenes políticos en Estados Unidos, de la que se vanaglorian los asimilistas y anexionistas, es descartable por la inherencia de sus implicaciones y hay que enfocarse en los resultados probables de impacto macroeconómico de cada una de las alternativas propuestas al régimen colonial o para su perpetuación. La independencia es lo único que nos garantiza un futuro sustentable para nuestro terruño.

El autor es periodista.

Cuando el cine brinda miradas alternas al mundo que vivimos: Digger y The Social Reckoning

 

 

Estos días de octubre me he sentido muy privilegiada ya que pude participar y compartir lecturas y amistades en el West Indian Literature Conference (WILC) organizado por colegas de las facultades de Humanidades, Estudios Generales y Ciencias Sociales en la UPRRP y, muy importante, pude ver 5 sorprendentes filmes en tres días que permanecí en San Juan/Río Piedras. 5 de 5 es sencillamente el sueño de unx cinéfilx. Tuve la suerte que todos los filmes que me había propuesto ver todavía estaban en cartelera y gracias a las tandas tempranas de Plaza las Américas y la cercanía del tren al Fine Arts del Popular pude ir de tanda en tanda con poco esfuerzo.

En este escrito cubro dos que añaden y expanden argumentos de la realidad que vivimos y que tanto debemos preocuparnos: Digger y el calentamiento global y The Social Reckoning y la adicción a las redes sociales y su influencia en distorsionar la realidad vivencial.

Digger (director Alejandro G. Iñárritu; guionistas Alejandro G. Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone, Sabina Berman; autores Sabina Berman, Alejandro G. Iñárritu, Jez Butterworth; cinematógrafo Emmanuel Lubezki; elenco Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons)

Este filme deja a un lado todos los elementos necesarios para atraer a una audiencia acostumbrada a los géneros de cine, la violencia desenfrenada, lxs protagonistas atractivos, el cruce de comedia y terror/horror. Escoge precisamente lo que el público con ver el cartel y los avances rechazaría: un actor-protagonista irreconocible para sus seguidores, mucho discurso y poca acción, confusión de pasado lejano, pasado reciente y presente, burlas a lo que la mayoría de nuestras poblaciones considera el oro negro: ese petróleo que no sabe echarse a un lado para alargar la vida en nuestro globo terráqueo. Las noticias del desprendimiento de los glaciales—algo tan grave para preservar donde vivimos—es mencionado de vez en cuando por los noticiarios y, por supuesto, cuando los países que controlan la economía del mundo se reúnen anualmente para aceptar (o no) la gravedad del problema y aprobar un acuerdo tibio que apenas resuelve lo que importa. En Digger, esta suposición ha llegado a su fin.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo salvar al planeta tierra cuando no hay marcha atrás, cuando TODA la humanidad está en riesgo de perecer? Contrario a los filmes apocalípticos, aquí todo el mundo quiere seguir como si nada ocurriera para ponerlos en peligro porque perforar todo lo que se encuentre en su camino—ya sea hielo, desierto, tierra, océano—para explotar petróleo es vivir bien, tener poder y controlar el mundo. Digger puede haberse filmado hace 1 año, pero retrata perfectamente lo que sucede ahora mismo con el petróleo mundial que no fluye y los que lo tienen pueden controlar su economía y la de otros países. Aparte de retratar a un personaje, que como tantos otros billonarios, quiere abarcarlo todo, cuya ambición por poseer todas las riquezas a su alcance (como  Trump y su familia, Bezos, Zuckerberg, Musk, Ellison) y encontrar la manera de vivir eternamente lo lleva a burlar las leyes, explotar a los trabajadores y destruir el ambiente. Este ambiente ‘neutral’ se proyecta en tonos marrones y sin color como si ese petróleo tuviera vida propia y ya ha envenenado a toda la población.

Aquí, como bien dice Iñárritu en una de sus entrevistas, nadie está exento de causar esta destrucción: ni los perforadores, políticos, dueños y empleados de empresas, familias bajo nivel de pobreza, clase media y los que compran y disfrutan de las comodidades de tener auto, motocicleta, camiones, aire acondicionado, celulares, computadoras y cuanta cosa nos antojemos o necesitemos para movernos y protegernos. Todxs contribuimos a la destrucción de nuestro planeta tierra.

En las historias contadas en el cine, la riqueza adquirida de pronto por encontrar que el petróleo abunda en su pedazo de tierra ha sido tema recurrente como en Giant (George Stevens 1956) en la famosa escena cuando James Dean deja recorrer el aceite negro por todo su cuerpo como señal de triunfo. Petróleo = dinero en abundancia ha sido y sigue siendo la constante en todos los medios de comunicación. Diggerparodia hasta la exageración ese pasado no tan lejano y nos ofrece un presente literalmente oscuro donde todo se maneja y manipula para el bien de algunos que controlan lo poco que queda de esa naturaleza destruida por la ambición de unos pocos poderosos y por gobiernos que en lo menos que piensan es en las poblaciones que deben servir.

The Social Reckoning (director, guionista y autor Aaron Sorkin; cinematógrafo Jeff Cronenweth; elenco Jeremy Allen White, Mikey Madison, Jeremy Strong, Wunmi Mosaku, Betty Gilpin, Billy, Magnussen)

El autor de A Few Good Men (1992), The American President (1995), Charlie Wilson’s War (2007), The Social Network (2010), Steve Jobs (2015) y la excelente serie “The West Wing” (1999-2006), decide también dirigir su + reciente filme—con una temática que conoce tan bien—The Social Reckoning. Anteriormente había dirigido otras historias de su autoría—Molly’s Game (2017), Being the Ricardos (2021), The Trial of the Chicago 7 (2020)—donde podía a través de sus diálogos denunciar abiertamente lo que considera mal hecho en este país. Aaron Sorkin nunca ha sido tímido en sus pronunciamientos y, cuando lo lleva al cine, explota con diálogos y posiciones que asustan a una mayoría que todavía cree que existe el balance en los discursos públicos. 16 años después, el protagonista de The Social Network es aquí un personaje secundario, pero toda la codicia, el engaño y la avaricia han formado al billonario, Mark Zukerberg, quien intenta controlar e influenciar el discurso privado a través de las redes sociales que su empresa desarrolla y controla. Según él, su empresa intenta democratizar los medios para que todxs tengan acceso no importa su edad, nacionalidad, clase, religión, raza, género o preferencias políticas. La 1era escena impactante del filme es una grabación en vivo de una joven que filma su detención por sospecha de embriaguez y su narrativa de abuso policial por ser blanca. Ese mensaje será repetido y señalado con “like” miles de veces.

Como sucede muchas veces, la verdad de los hechos puede aparecer en cualquier forma y si se investiga seriamente (periodismo investigativo), se encuentra lo que está detrás de la imagen que todxs ven. En esta historia de 2021, un periodista de temas políticos del Wall St. Journal, Jeff Horowitz, decide, a pesar de no ser un conocedor y usuario de Facebook, investigar la influencia y el magnetismo de esta red social. Decide contactar a los miembros del equipo de integridad civil de Fb, pero solamente recibe una respuesta de Frances Haugen, quien no está muy segura si quiere colaborar con alguien que busca criticar/atacar el mecanismo en el que ella cree fielmente. Es ella, la que poco a poco se va convenciendo que de lo menos que hay en la empresa es “integridad” hacia sus usuarios. Mientras Jeff y Frances trabajan juntos para entender cómo la información se distorsiona al permitir libre acceso a los usuarios de Fb, dentro de la empresa, se hace un ‘mock trial’ para convencer a Zuckerberg cómo debe contestar a las preguntas de los miembros del Congreso de los EEUU que lo han convocado. Esta es la parte del filme + dinámica porque se presentan las 2 verdades: la oficial de la empresa y la ideada para hacer dinero a través de una multiplicidad de usuarios.

Como sucede con Digger, esta también es una historia que responde al presente. Aunque he aprendido a usar Fb para mis propósitos y comodidad, The Social Reckoning me afecta porque veo como es un dirigismo ideológico que no puedes desviar si no tienes los instrumentos/conocimiento para hacerlo. Es un gran acierto del filme incluir pietaje del ataque al Congreso el 6 de enero 2020 porque esta es una de las verdades que se intenta borrar/distorsionar/invisibilizar.