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Será Otra Cosa: Huir hacia adelante

Foto cortesía de Herminio Rodríguez

Especial para en Rojo

  1. Torcedura de cuello. El dolor baja en línea fina por el omóplato hasta el inicio de la nalga izquierda. Me paraliza.
  2. Tres muelas fracturadas hasta la raíz (dos de ellas en menos de cuatro meses). La dentista quisiera dejar de atenderme; lo noto en su voz cuando la llamo para sacar una cita. Soy un tremendo reto para los creyentes en la reconstrucción. Pero en el fondo sabe que quizá sea ella, además de mi tocaya, mi única amiga; que la necesito. Entonces no se anima a devolverme el expediente. Al contrario, me sienta generosamente en su silla mecánica durante cuatro horas. Rodeada de todo tipo de instrumentos, agujas, pegamentos y cementos, desafía con toda su convicción no solo el dictamen que en otra silla de dentista hubiera sido el de pérdida total, sino, incluso, hasta la fortaleza de sus propias caderas que, a pesar de su juventud, conocieron ya el duro proceso del reemplazo.
  3. Palpitaciones arrítmicas. A veces, cada vez con más frecuencia, mi corazón palpita fuera de ritmo. Cuando sucede, siento una sensación similar a la que sentía cuando de niña trillaba en los caballitos de la verbena y las vueltas del carrusel, y por descuido del «machinero», alcanzaban una velocidad quizá no muy apta para los más pequeños. Me daba algo en el pecho; como un sustito vertiginoso, como si por milésimas de segundos ese músculo eléctrico que en parte es el corazón dejara de palpitar para súbitamente latir otra vez. Alguna de esas veces he temido quedarme en el cortocircuito. Últimamente ya no me asusta.
  4. Dolor en la parte media del cuerpo. Insoportable como un calambre, como si algo tirara de mis fibras con muchísima fuerza y me desgarrara por dentro. Me desespera, no me deja dormir ni pensar.
  5. Caída del pelo de manera quizá patológica. Aunque me preocupa casi tanto como todo lo demás, no sé por qué no he ido a algún médico.
  6. Afasia. Las palabras ya no me salen. Las busco dentro de mí. Intento dar con la específica; con aquella que describa con mayor precisión el objeto, la más económica, la que me ayude hablar menos. Pero nada; no la consigo. Por más que hurgo en mi cerebro, en el pedacito mullido y viscoso de mi cerebro en que imagino habita la memoria, no doy con la palabra que busco. Olvido el nombre, el concepto, y ya casi ni hablo.
  7. Miedo. Desde hace casi cinco años siento miedo de todos y de todo. Particularmente, de mí.

Luego de hacer esta lista en mi libretita de autoconmiseración, suelto el lápiz y echo mano a uno de los libros que tengo amontonados sobre la mesa. Es víspera de Año Nuevo y estoy en Madrid, en el Madrid de los Austrias. Desde mi ventana veo el viaducto de la calle Segovia, ese, sobre el que se han forjado tantas leyendas negras debido a la oportunidad que desde 1872 ha ofrecido a los desesperados. Es uno de los puntos altos de la ciudad, el mismo al que al final de la escena XI de Luces de Bohemia, Max Estrella invitara a su lazarillo Latino para desde allí «regenerarse» con un vuelo. Casualmente, en la calle Segovia, en 1809, nacería el escritor suicida Mariano José de Larra.

Contemplo la portada del libro. Es la foto en blanco y negro de un niño mirando fijo a la cámara y apretando una media sonrisa entre los labios cerrados. Es Jerome, el hermano suicida de Teseo, los personajes de la novela que escogí como regalo de Navidad procurando algo para leer por placer durante estos días en que busqué guarida en otro país lejos del mío y de todo lo suyo; a ver si entre otras cosas, por lo menos se me olvidaban un poco los achaques o las conexiones entre la vida y la muerte, que para mí son lo mismo. La descripción en la contraportada de la novela comienza con la pregunta que fundamentará el relato:

¿Quién comete el asesinato de un hombre que se mata?

Me asomo a la ventana y veo el puente. Una punzada en el cuello me hace retroceder. ¡Ay, quién pudiera regenerarse con un vuelo!, me digo pensando en Max Estrella, porque siempre pienso en términos literarios.

Decido entonces comenzar a leer. Teseo, su nueva vida, es el título de la que sería mi última lectura del año y espero en ella como los creyentes esperan en el Señor. Quizá sea casi igual a como Teseo, que con huir lejos de Francia, esperaba poder dejar atrás su historia familiar, el suicidio de su hermano y las subsecuentes muertes de sus padres. Tomaría un tren de camino al olvido para continuar con su vida como hacen amigos y familiares. Cree entenderlos. «Se sienten tristes, pero hay que seguir adelante, además estos tiempos no soportan lo trágico» y, a pesar de todo, él «seguirá siendo un moderno, incluso ahora que sus cimientos se han visto sacudidos». Pero a ese tren, que de tan moderno no se detiene a mirar atrás, en sus poleas engrasadas de voluntad, resiliencia y olvido, algo se atasca, o un vagón se le desbanda por no estar bien enganchado. «Basta con que falte un solo vínculo para que todo se desmorone; el sujeto, la capacidad de decir yo, la vitalidad, la fuerza, la posibilidad de amar».

Alejarse, irse, huir hacia adelante, creo que todos lo hemos intentado alguna vez, pienso. Mírame aquí, en Madrid en Noche Vieja, lejos de casa a propósito. No busco celebrar nada.

Solo espero.

Teseo, el de la novela, indagando en su historia genealógica, buscando responder a su pregunta, descubre que «ese gesto de desesperación es el punto del que parte su linaje, el de los hombres que mueren [los que se matan]». Entonces, deja de creer en casualidades y «su cuerpo dice que la huida llega a su fin». Se derrumba casi igual a como yo me derrumbo. «Parálisis de la parte izquierda del cuerpo, infección de la raíz de los dientes, inflamación de la duramadre hasta el sacro; y no hay doctor que lo entienda«. Teseo, el moderno, querría rezar para curarse, para liberarse de esa «carga de superviviente«, mas solo consigue repetirse una promesa… no hacer como su hermano Jerome.

Y yo, que ya tampoco creo en las casualidades, pongo un pie en el balcón, vuelvo asomarme a la ventana. Pronto darán las doce. Recuerdo mi propio «linaje de hombres que mueren». Los nombro. Cierro los ojos y pido por seguir cumpliendo mi promesa de no hacer como ellos. Rezo porque la afasia no desaparezca también las palabras de mis súplicas, de estas súplicas que, ante el derrumbe, me alivian la carga tan pesada de ser superviviente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crioulo

 

El doctor Amilcar Texeira confirmó su sospecha mientras comía capucha rica con pulpo encebollado.  Eran como las dos de la mañana y estaba de guardia.  Hacía sus tres comidas allí, en la ventera de Marcelo, en la Rua Primeiro do Maio . Todo era igual, con la excepción de la noticia de su inminente deceso, a causa de un  cáncer pulmonar.  Distinto fue, sin embargo que pidiera una jarra de ponche.  Una mezcla de gruge y miel.

Amilcar  no bebía porque sabía que el alcohol resulta un océano más seductor que el Atlántico para los criollos en ese archipiélago perdido.  Así murió su padre: ahogado.  Es decir, una noche se fue a pescar con más grouge que carnada.  Lo encontraron tres días después al pie del mirador Diogo Gomes . Le faltaban tres dedos y ostentaba un hueco en el lugar del ojo izquierdo, por donde salían centenares de hormigas borrachas, así como un tenue olor a miel.

Pero esa noche revisaba por tercera vez su diagnóstico con los ojos vidriosos, con las manos mojadas y untadas de guiso.  Con la camisa pegada  a la espalda. Porque en esa época, Maio y todo Cabo Verde se asfixian en una nube de polvo y ceniza que deja a todo el mundo mustio y pegajoso. Así es el barlovento: se fuma toda la miseria del día y la deja flotar pesadamente sobre el sopor de su noche de trópico seco y sediento.

Imaginaba su muerte cuando sobre el horizonte gris que todavía revolvía el polvo del Sahara y las cenizas de Fogo, se divisó una forma flotando a la distancia.  Los pocos que rondaban la playa a esa hora eran en su mayoría criollos. No había turistas. El montículo se acercó finalmente a la orilla, burlando las olas que en esa época son bocas de ballena.  Era una especie de balsa inflable.  Cuadrada.  De unos cuatro metros de altura y siete de ancho y largo.  Era verde.  Un verde más bien militar.  Un poco gris.  Los criollos casi simultáneamente se frotaron los ojos para cerciorarse de lo que veían.  Los más ebrios se fueron corriendo y fue un surfista danés quien se atrevió acercarse al objeto.  Revisó sus cuatro lados buscando señales.

-No tiene nombre ni identificación!- se escuchó gritar desde el otro lado de la balsa.

Fue entonces cuando Marcelo , despertó a Amilcar de su letargo con un golpe del paño para limpiar las mesas.  Este sostenía aún los papeles en la mano, pero tenía, como todos, los ojos vidriosos de rojo gruge que se dejaba caer, como un  espejismo, sobre aquella colosal balsa inflable.

Ayudados por una escalera que trajeron de la construcción cercana del nuevo hotel, el danés, se subió para revisar el interior. Los criollos son más cautelosos con esas sorpresas de las olas. A veces las corrientes arrastran cosas.  El mar las lleva y trae a su antojo.  Eso solo lo saben los que viven en el mar.  Los que viven del mar.

-Hello!- gritó el rubio desde la esclera  y esto alertó por fin al doctor quien salió hacia la playa previendo ser necesario.

De un tajo, Marcelo rasgó la balsa para poder alcanzar el interior, puesto que no había manera alguna. Ni puertas visibles ni secretas.  La balsa se desinfló como un gran telón de seda. Allí estaban, como ángeles o enfermos de un sanatorio mental.

Estaban vivos.  Despiertos. Fijos.  Como congelados pero respirando.  Los 73 iban vestidos con alguna especie de camisón blanco, sin costuras ni adornos.  Tampoco marcas ni números.  Las manos cerradas. Los cuerpos tensos.  Los ojos abiertos, las bocas congeladas en un rictus que era, a veces una sonrisa, a veces un reclamo .  Respiraban al unísono como una maquinaria perfecta.  Amilcar sacó de su maletín el estetoscopio y pidió permiso al primer hombre de la primera fila de  cuerpos para revisarle.  No obtuvo respuesta.  Sin bajarle la vista, levantó la bata y colocó el aparato en su espalda.  Era un asiático de mediana edad, que no se inmutó al contacto del metal.  Respiraba limpio, como los demás.  Luz en los ojos, ninguna reacción.  Salvo el instinto del iris negándose al rayo.  Todo normal.

El danés, les habló en su lengua, en inglés, los criollos en portugués, Amilcar en español, en afrikaans.  Nada lograba moverlos de su estado catatónico. La madrugada de septiembre traía un viento seco y absurdamente frío por lo que decidieron al fin llevarlos a algún lugar seguro.  Tomaron de la mano los 73 cuerpos y los subieron uno a uno con cuidado a un transporte escolar.

Como era época de aires enfermos, el pequeño hospital de Maio estaba lleno a capacidad. Sin suficientes medicinas, con solo tres médicos y nueve enfermeras en toda la isla, era casi imposible atender todas las situaciones de salud, por lo que las emergencias menores eran atendidas a domicilio.  Todos en la isla conocían el número del médico de guardia y si no, era fácil encontrarlo a pie o en bicicleta o en auto.

Así que sin camas para llevar  a los durmientes  hubo que despertar al alcalde de la isla para que les diera una idea.  A nadie se le ocurrió pensar en que fueran turistas.  Con excepción del danés y un par de portuguesas gordas, la isla pertenecía en esos meses a los criollos.

-El único lugar en donde podemos ubicarlos es la escuela- comentó el alcalde.  Pero era día en semana y las clases no debían ser interrumpidas, reclamaron  de inmediato los criollos, previendo, que como de costumbre, la soga cortase por lo más fino.  Entonces propusieron reabrir el hotel abandonado.  El mismo fue cerrado por falta de recursos para su remodelación, haría unos cinco años. El alcalde tuvo que asentir, aunque albergaba la esperanza de que alguien desde otra orilla llegara un día a devolverle la vida.

En el viejo hotel quedaban cuarenta camastros.  Algunas sillas de playa y unos  cuantos sofás con los que se improvisaron camas para los niños.  A los hombres más jóvenes se les ubicaron en el suelo.  En cuestión de una hora, más de un centenar de personas, estaban rodeando el hospital.  Los hombres ayudaron a los del sistema eléctrico para reinstalar el servicio al edificio.  Los niños miraban por los huecos abiertos de las ventanas y señalaban al interior riendo a carcajadas.  Mientras adentro las autoridades policiacas, el alcalde  y otros funcionarios del gobierno hacían una infinidad de preguntas en cuantos idiomas mascullaban. Ninguna respuesta.  Tampoco reacción más que el mismo rictus que ni risa ni queja. .

Al otro día, un contingente de oficiales de gobierno central llegó a Maio desde la capital.  Algunos helicópteros aterrizaron en el vetusto aeropuerto cargando medicamentos, comestibles, ropa, frazadas, periodistas.  Por ser notablemente extranjeros, esto podía tratarse de un asunto internacional y ya de por si, Cabo Verde era mal visto al otro lado del Atlántico.  De alguna forma siempre han sido culpados por los huracanes y las tormentas.  Dejándolos, la comunidad internacional, sumidos en su eterna sequía y en sus vientos sostenidos.

Pese a los intentos de los consulados, tanto allí como en otros países, no pudieron dar con el origen de la nave y sus pasajeros.  Tampoco ellos dieron información . Seguían sumidos en su letargo.

Al cabo de unas semanas, ya era evidente que los recién llegados no eran buscados ni esperados en ningún rincón del mundo.  La comunidad internacional se negó a recibirlos por temor a las implicaciones que esto podría traer.  Después de todo eran extranjeros llevados y traídos en contra de su voluntad.  Aunque en realidad carecían de voluntad.

Sin embargo en Maio, todos parecían estar cómodos en las nuevas facetas que los extranjeros le habían otorgado.  Las fondas se turnaban para prepararles alimento, las mujeres para velar por ellos, los niños para mirar por las ventanas.  Regularmente Amilcar pasaba por la instalación que había sido remozada con una mano rústica de pintura.  Tomaba pulso, movía extremidades, auscultaba pechos, ojos, oídos.  Todo en orden.  Pero seguían así, suspendidos pero incólumes.

Quien no podía ocultar su deterioro era Amilcar.  Para cuando se disipó la ceniza y regresaron los turistas el doctor había perdido peso, color, aire. Caminaba con dificultad.  No quiso mudarse a Portugal para recibir tratamiento como lo hace cualquier caboverdiano respetable.  Juró no volver a ese país después de haber salido con su diploma bajo el brazo.  Le traía malos recuerdos.  Llegó a hacerse médico a expensas de una lisboeta madura, a la que le endulzó el oído y otras menudencias una noche en Praia. Además su condición estaba muy avanzada para cuando lo descubrió.

El primer ministro de Cabo Verde había tocado sin resultado alguno, todas y cada una de las puertas en las Naciones Unidas.  Sin identificación de la barcaza, sin información de los pasajeros, era imposible determinar su lugar de origen.  Además de la variedad étnica y generacional de estos.  La poca prensa internacional que reseñó el acontecimiento perdió interés súbitamente ante otras excentricidades como la nevada artificial que el gobierno americano dispuso en Sierra Maestra para celebrar la anexión, o las violentas manifestaciones en Orlando tras el cierre definitivo de El Mundo Mágico.

Para cuando despertó del letargo el primer durmiente, ya Amilcar estaba en cama, esperando la muerte, adormilado por la morfina.  Fue el asiatico de mediana edad.  Alegaba llamarse Hoí Ling Ngoh de la provincia de Gansu, donde acaba la muralla.   A duras penas lograron comunicación con la embajada China en Praia porque ese día hubo una enorme nube de polvo del desierto que interrumpió las comunicaciones, la visibilidad y las ganas de vivir. Horas más tarde regresaron la llamada informando que no existía record alguno en toda la República China sobre un Hai Ling de Gansu desaparecido y los únicos tres ciudadanos con ese nombre habían muerto en la era del comunismo.  El asombro de la información tomó a los criollos por asalto, ahora sin saber si el resucitado # 1 era en efecto un farsante.  Y si esto era así, a qué venía. A qué venían.

Andaban rascándose la cabeza los representantes de los trece asentamientos de la isla  ante la freguesia do Nossa Senhora da Luz, quienes se habían autoconvocado en asamblea no oficial en la ventera de Marcelo, cuando Carlinho Mendes, recibió la llamada que anunciaba  el deceso de Amilcar Texeira. Pese a ser uno de los hombres más queridos de la isla, la consternación que provocaba la presencia de los durmientes opacó el luto.  Más aún cuando, entrada la noche, llegó un chiquillo mocoso a la ventera anunciando que habían despertado dos más:  esta vez era una muchacha larga y delgada como una palma que alegaba ser de San Petersburgo. A diferencia del chino, la rusa pudo dar una dirección más específica: #13 de la Vladimirsky Prospekt. Tercer piso.  Dijo llamarse Alla Turgenev y tener 25 años.  Casi simultáneamente había despertado del letargo una tal Karen White de Montana, Estados Unidos.  Fue necesario sedarla antes que diera más detalles  porque no hubo intento de explicación en criollo, inglés o portugués  que le hiciese entrar en razón.  Al igual que con el chino, no pudo confirmarse la existencia de estos en sus respectivos países. Eso sí, supieron que la dirección rusa era un conocido e íntimo burdel del distrito rojo de San Petersburgo.  Un edificio del periodo de los Tsars que todavía ostentaba la opulencia de otros tiempos.

Los funerales de Amilcar Texeira se llevaron a cabo un par de días más tarde.  Para entonces ya habían despertado 58 de los 73 durmientes.  En cada uno de los casos, podían confirmarse con minuciosa exactitud todos los datos que ofrecían estos, con la particularidad de que sus existencias en esos contextos que narraban eran, en fin, inexistentes. Unos días más tarde, ya todos los extranjeros estaban despiertos y caminando a sus anchas por las calles de Maio. Todos excepto Karen White de Montana, quien comenzaba a dar gritos y hacer reclamos cada vez que se disipaba el efecto del sedante.  Unas dos semanas después de la llegada de la barcaza fue trasladada a un cuarto vacío en el hospital de Maio y allí permaneció sedada hasta su muerte, 35 años más tarde. Los otros 72, sabiéndose desconocidos en sus alegadas tierras, se instalaron en Maio, que ahora sobrepasaba al fin los 7000 habitantes.

Este número fue creciendo en los próximos años con la llegada paulatina de más barcazas.  Aparecían en el horizonte polvoriento siempre de noche, siempre en septiembre, siempre arrastrada por la corriente; siempre frente a la ventera de Marcelo.

La segunda apareció exactamente un año después de la muerte de Amilcar.  Se sabe porque estaban reunidos unos cuantos criollos y algunos de los durmientes, entre ellos, el chino y la rusa, quienes se habían asociado para levantar un pequeño burdel para clientes exclusivos y los turistas de septiembre en los que ella, una durmiente turca y dos senegalesas eran el menú.  Ese mismo año murió Carlinho Mendes, víctima de un enfisema pulmonar, la suegra de Marcelo, quien ya escupía pedacitos de piedra cuando la desahuciaron. Al año siguiente, varias mujeres de complicaciones en el  parto junto con sus crías. Murieron también, víctimas de un accidente de transporte escolar, el equipo de futsal de Pilão Cão; lo que dejó este asentamiento de apenas ciento dos habitantes sin un solo varón joven.  El próximo año, la erupción del Fogo provocó una nube tan densa de polvo y de cenizas sobre el archipiélago, que Maio quedó casi a oscuras por días.  En esa ocasión una ola de suicidios de criollos le borró cuando menos unas dos decenas a su tasa poblacional.  Otros murieron de melancolía al no poder ver el sol.  Otros tantos murieron, es la norma allí, por falta de aire para respirar en calma. No obstante, los durmientes parecían gozar de excelente salud y una enorme adaptabilidad a la vida y circunstancias de Maio.  Los 72 formaron una coalición de mutuo apoyo que en un principio los criollos aprobaron entusiasmados. Una suerte de Naciones Unidas Anónimas.  Pero con el pasar de los años, la población de criollos iba mermando aceleradamente, mientras las barcazas de durmientes que llegaban, ocupaban sus espacios una vez despertaban estos de su letargo. Entonces, la Coalición de Durmientes fue constituida oficialmente como una entidad jurídica y política en la isla,  puesto que se habían convertido, décadas después, en mayoría poblacional.  Finalmente, lograron autoproclamarse una isla soberana, independiente del archipiélago.  Para entonces, eran solo un puñado de criollos que no pasaban de 100.  Con grandes dificultades para negociar con la Coalición de Durmientes, lograron mantener un asentamiento en la playa de Porto Inglés, justo donde se ubicaba la ventera de Marcelo, pero sin  representación política en la  freguesia do Nossa Senhora da Luz.

Una noche, el asentamiento de criollos de Porto inglés celebraba el natalicio de Amilcar Texeira, quien con los años se convirtió en una leyenda para los maienses originarios.  Debían celebrar por lo bajo, porque los escándalos estaban prohibidos por la Coalición de Durmientes para mantener la armonía cultural de esta isla tan cosmopolita.  Iban ya por la décima jarra de ponche cuando llamaron desde el ayuntamiento de la Coalisión para comunicar que habían recibido una llamada desde Rusia.  Un hombre que alegaba llamarse Amilcar Texeira era parte de los sobrevivientes de un naufragio hallado en la punta oeste de la Isla Kotlin.  Era, según alegaban, una barcaza similar a las que reciben cada año en Maio.  Pero estaba llena de mulatos y criollos que ni blancos ni negros y que estaba en San Petersburgo buscando como regresar a casa.  Los que celebraban, entre borrachos, indignados y sarcásticos, indicaron que debía ser una broma de mal gusto.  Una ofensa contra sus tradiciones, porque Amilcar Teixeira, según dictaba la Resolución Conjunta del Departamento de Cultura de la Coalición de Durmientes de Maio, era un personaje mítico de la tradición oral  de los pueblos originarios y que no existía evidencia alguna de que una vez existiera un criollo como ese, en carne viva,   por aquellas latitudes.

 

Aviones, baile, incendio

 

Mi compañero y yo estudiamos ambos literatura, así que no resulta extraño que, cuando hay la oportunidad, nos metamos a una librería y que ese sea nuestro jangueo. Así descubrimos Aviones sobrevolando un monstruo (Anagrama, 2021), del escritor mexicano Daniel Saldaña París. Él lo vio y se antojó y yo me entusiasmé pensando lo chévere que sería leer sobre aviones que sobrevuelan mientras estoy sentado propiamente en un avión sobrevolando lo que sea, porque ese es mi escenario laboral de cada día.

Tiendo a hacer listas de libros que veo por aquí y por allá y que otros van recomendando. Recuerdo que, curiosamente, entre ella estaba otro título del mismo autor: El baile y el incendio (Anagrama, 2021). Así que ese día del que les hablo hicimos doblete y nos llevamos los dos. El autor es un tipo joven. Un año menor que yo. Lo recuerdo porque al sentir la fatalidad del total a pagar (leer hoy día en papel es un lujo asiático), oscilaba entre el entusiasmo de leer a alguien joven y al mismo tiempo el miedo que puede eso  puede provocarme.

Entre vuelo y vuelo, primero me aventuré a leer Aviones que es un libro de relatos sobre las ciudades en las que estuvo el autor: Ciudad de México, Cuernavaca, Montreal, La Habana, Madrid. En ese libro de relatos, demuestra que es un tipo inteligente y conocedor, pero lo más impresionante es su destreza como narrador. De hecho, cuando abusa de la erudición tiende a resultar pesado, pero cuando se relaja se le sueltan los dedos y te logra cautivar porque en verdad es muy ingenioso. Otra cosa que me gusta mucho es su humor y la destreza con la que nos puede hacer reír ante cosas, personajes o situaciones del orden de lo patético. Valga aclarar que al mismo tiempo sus relatos pueden ser estremecedores. A propósito de lo joven del autor, en este libro noto que hay mucha irreverencia, cosas que quizás un lector conservador no disfrutaría leer, pero que a un lector moderno y abierto le resultan fascinantes.

El disfrute fue mayor con El baile y el incendio. Esta es una historia contada desde las perspectivas de tres amigos que se conocen desde la escuela y que en su vida adulta se reencuentran. Como es de esperarse, cada uno carga con sus deseos o su falta de ellos, así como con el peso inexorable de sus propias frustraciones y decepciones. Toda la historia gira en torno a dos eventos: una amenaza natural, la de los incendios que están cada vez más cerca de la ciudad y que hacen la respiración y la vida cada vez más difíciles; así como la posibilidad de bailar unas danzas expresionistas que se remontan a la tradición de las brujas durante la Edad Media. Aquí la investigación como recurso cobra un sentido mayor al proporcionar una base histórica para la propuesta artística de uno de los personajes que da paso al desenlace de la novela en el tiempo contemporáneo.

Noté que el autor seguía teniendo el sello de su erudición, su humor y su irreverencia, pero ahora en una coreografía literaria más madura y bien pensada, mucho mejor articulada. Las tensiones de la historia y de sus personajes todavía hoy me llaman la atención. Es increíble cómo esta ficción puede hablar tanto de México y a la misma vez hacerme reflexionar sobre mi país y sobre la condición humana en general. El libro es cautivador. Tiene eso que pasa cuando lees algo bueno: es inquietante, y como les decía, puede llegar a ser estremecedor.

Creo que no hay que quitarle el ojo de encima, porque si madura como pinta, Daniel Saldaña París nos va a seguir sorprendiendo y, con suerte, se pondrá cada vez mejor.

 

El autor estudió literatura en la Universidad de Puerto Rico. Viaja constantemente por razones de trabajo.

Príncipe azul en Jamaica

 

El príncipe azul ha visitado a Jamaica. Dijo unas palabritas. A nadie le gustaron. El pobre príncipe se pregunta ¿qué pasó?

Entre muchas cosas puedo mencionar una que comienza así:

Un martes nublado de junio, hace 80 años, el HMT Empire Windrush -originalmente el transatlántico y crucero de pasajeros MV Monte Rosa- completó su travesía de 8,000 millas desde el Caribe para finalmente atracar en Tilbury en Essex.  A bordo había hombres, mujeres y niñas y niños ansiosos por poner el esfuerzo que tanto necesitaban en la economía británica. ¿Por qué? Gran Bretaña, habiendo levantado la cabeza de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se encontró con una grave escasez de mano de obra. Estos excelentes jóvenes antillanos fueron alentados activamente y, de hecho, invitados por el gobierno británico a ir al Reino Unido y ocupar las sobreabundantes vacantes de trabajo que se ofrecían y que no se estaban cubriendo.

En general, se acepta que la llegada de los más de 500 caribeños (hombres, mujeres y niños) en 1948 a bordo del gran barco Windrush fue un hito en el tiempo y el núcleo de la formación de la Gran Bretaña cosmopolita que todos conocemos hoy. Pero el Reino Unido ha tardado en recordar a los cientos de miles de hombres y mujeres de las antiguas colonias británicas del Caribe que, cuando se les dijo «tu país te necesita», se adelantaron, no una sino dos, firmando en la línea de puntos en defensa de la Patria Inglaterra, listos para devolver lo ‘Grande’ a Gran Bretaña durante las dos guerras mundiales.

Estos heroicos caribeños, algunos de tan solo 18 años, se ofrecieron como voluntarios para defender a un rey, una reina, un imperio y una Inglaterra que nunca habían visto y con la que solo habían soñado, pero de la que dijeron que formaban parte.

Miles de personas iban a perder la vida y las extremidades en el esfuerzo por derrotar a la Alemania nazi y, sin embargo, este último sacrificio ha sido ignorado en gran medida o confinado a las notas al pie de página de los libros de historia.

Pronto se cantaría una canción diferente.  Y lejos de encontrar una bienvenida mano de amistad, los recién llegados fueron abrazados con: «¡No negrxs!», «¡No perros!», «¡No irlandeses!»  y muchas veces «¡Niños negrxs no!»

Los lugares para vivir y las habitaciones para alquilar eran un bien escaso.  Las condiciones de vida eran bajas en estándares pero altas en alquiler.  Muchas familias vivían juntas en una o dos habitaciones. Con frecuencia tenían que doblarse para compartir camas según los patrones de turno y tenían que cocinar en los rellanos.  Las casas estaban mal aisladas, sin calefacción central y solo calentadores de parafina azul o rosa. Qué irónico entonces, pocos habrían predicho que 70 años en la «Madre» Inglaterra decidirían hacer sonar el silbato del desprecio.  Al ser tratados como  no deseados, el otrora amistoso anfitrión del gobierno británico les dio la espalda y se volvió hostil y les dijo que era hora de irse. «!A fuera los negros¡» se podía leer en carteles y boletines !en la moderna Inglaterra!!

Y  partir de 2013,  !sí¡ los nietos de aquella generación comenzaron a recibir cartas que afirmaban que no tenían derecho a estar en el Reino Unido. ¡¡¿??!!  ¡Algunos fueron tratados como inmigrantes ilegales y expulsados sin derecho a sus bienes muebles! Perdieron trabajos, hogares, beneficios y acceso al NHS.

Este fue el mismo NHS que en 1948 les dio la bienvenida porque hicieron los trabajos que otros no estaban dispuestos a hacer.  Para amplificar este insulto, los ciudadanos legales fueron colocados en centros de detención de inmigrantes y algunos deportados.  A los que estaban de vacaciones en el extranjero se les negó el regreso al único país que habían conocido.

Por eso cuando la vulgar monarquía inglesa pisa el suelo jamaiquino para ir a pedir disculpas por la esclavitud se genera toda esa rabia, ese dolor que aún se siente porque es muy reciente. No pueden ir a las ex colonias y territorios a recitar boberías liberaluchas del siglo XIX…

ACCIÓN, REPARACIONES, DEVOLUCIÓN DE BIENES. Eso habla más que mil palabritas.

 El autor, cubano, estudió relaciones internacionales en Inglaterra.

En celebración de los nominados y ganadores del Oscar por Mejor Película Extranjera: 1956-1989

En Rojo

Este año celebramos el centenario de nuestro Tommy Muñiz y una de las actividades es la proyección en las salas de cine del 1er y único filme puertorriqueño nominado al Oscar por Mejor Película Extranjera: Lo que le pasó a Santiago. Tommy fue el protagonista del filme, escrito y dirigido por Jacobo Morales, que nos recuerda la trayectoria de nuestro cine y su desarrollo a través de gran diversidad de voces. Lo que le pasó a Santiago acaba de ser incluido en Filmografías comentadas en América Latina, tomo 1, coordinado por Javier Cossalter, como uno de los filmes más destacados de Puerto Rico. Este proyecto proviene de la Red de Investigadores sobre Cine Latinoamericano (RICiLa). Cito del libro:

Lo que le pasó a Santiago es la única producción en la historia del cine puertorriqueño nominada a un Premio de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de los Estados Unidos de América. En el 1990 fue nominada para el Oscar como Mejor Película Extranjera.

Los méritos de esta película abarcan muchas partes de la producción. Contrario a sus anteriores filmes, Jacobo Morales filmó directamente en 35mm en vez de transferir de 16mm lo que resulta en una calidad superior. Se presenta una historia bien narrada que trae, de una manera simple y diferente, un tema bastante trabajado en el cine: el amor en una edad avanzada. Varios factores contribuyen a la efectividad de la historia, entre ellos la fotografía y la ambientación. En ambos casos sirven para presentar el contraste de las diferentes situaciones por las cuales va pasando el protagonista; desde lo común y mundano a lo íntimo e imaginario, creando unos ambientes diversos con distintos matices. (288)

La Strada

Aprovecho para repasar los filmes que desde 1956, año en que se establece la categoría (anteriormente eran menciones o premios especiales), han recibido nominaciones para esta categoría del Oscar (1ero como película extranjera y ahora como película internacional) que son seleccionados por cada país. Puerto Rico fue elegible hasta 2010, cuando la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas decidió excluirnos porque, no importa que nuestro cine hable en español, somos colonia de los Estados Unidos y no país/territorio aparte. El Neorrealismo y el salto imaginario de imagen y diálogo, tanto en blanco y negro como en colores, de dos de sus más elocuentes exponentes dominan esta categoría por varios años. Los filmes nominados de Vittorio De Sica se extienden desde 1949 con El ladrón de bicicleta hasta 1971 con El jardín de los Finzi-Contini. Federico Fellini comienza su apertura internacional con lo que todavía considero su obra maestra, La strada, en 1956 y luego le sigue Las noches de Cabiria en 1957, 8 ½ en 1963 y Amarcord de 1974. Recordemos que son las juntas de cine nacionales, por lo general en el Ministerio de Cultura, las que deciden el filme que representará al país en los Oscares.

Rashomon

Akira Kurosawa será otro director cuyos filmes se volverán modelos para futuros cineastas y se convertirá en el más conocido director japonés, comenzando en 1951 con Rashomon, Dersu Uzala en 1975 (representando a la URSS en esta co-producción) y Kagemusha de 1980. El sueco Ingmar Bergman comenzará sus múltiples nominaciones a este Oscar en 1960 con The Virgin Spring, seguido por Through a Glass Darkly en 1961 y Fanny and Alexander en 1983. Los franceses comenzarán tan temprano como 1958 con la comedia Mon oncle de Jacques Tati (exhibiéndose este semestre en la Alliance Française como parte de su programa cultural), Les parapluies de Cherbourg de Jacques Demy en 1964, Une homme et une femme de Claude Lelouch de 1966. Los exponentes de La Nouvelle Vague irrumpen en este escenario comenzando con Baisers volés/Besos robados de 1968, La nuit americaine/Day for Night de 1973 y Le dernier metró de 1980 de François Truffaut, y Ma nuit chez Maud de Eric Rohmer en 1969. Louis Malle añade a la representación de Francia con Lacombe, Lucien de 1974 y luego Au revoir les enfants de 1987. Jacques Beineix le da otro giro a la sexualidad con Betty Blue/37º2 le matin en 1986 y Bruno Nuytten reconstruye a Camille Claudel en 1989.

Dos filmes que cuentan historias de otros países son seleccionados por Francia e Italia para representarlos:

Orfeu Negro
Argelia

Orfeu negro de Marcel Camus en 1959 cuya historia se desarrolla durante el Carnaval de Brasil y cuyo idioma es el portugués y La batalla de Argelia del director italiano Gillo Pontecorvo de 1966 cuyo idioma principal es árabe y seguido por francés. En 1969, otro filme político sobre hechos ocurridos en Grecia, con diálogos en francés, representa a Argelia: Z de Konstantinos Costa-Gavras.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) entra entre los nominados en 1968 con una súper producción basada en la novela de Leo Tolstoi, La guerra y la paz dirigida por Sergei Bondarchuk, el año siguiente con otro texto literario, Los hermanos Karamazov dirigido por Kirill Lavrov, Ivan Pyryev y Mikhail Ulyanov y luego regresa con la coproducción con Japón de Dersu Uzala. Los cineastas de Checoslovaquia, Hungría y Polonia hacen su entrada a los Oscares con Loves of a Blonde (1966) y The Firemen’s Ball (1968) de Milos Forman, Closely Watched trains (1967) de Jiri Menzel; Mephisto (1981) y Hanussen (1988) de Istvan Szabó; Hombre de hierro (1981) de Andrzej Wajda. El checa Forman cambiará de curso para adentrarse exitosamente en la industria de cine de Estados Unidos con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, Hair, Ragtime, Amadeus, Valmont, The People vs. Larry Flynt.

La representación de España (por razones obvias de estar bajo la dictadura franquista hasta 1975) y América Latina entre 1949 y 1989 fue bastante tardía.

Tristana
Carmen

Gracias a Luis Buñuel y los espacios garantizados por el régimen para filmar una de las novelas de Benito Pérez Galdós, Tristana (después de sendos desacuerdos con la Oficina de Censura del régimen) es el filme sometido por España en 1970. Pero ya en el 1972, el filme de Buñuel, El discreto encanto de la burguesía es el escogido de Francia para los Oscares y para 1977, Ese oscuro objeto del deseo representa a España democrática, aunque aún monárquica. El cine de Carlos Saura también irrumpe en los Oscares con Mamá cumple cien años (1979) y Carmen (el 2ndo filme de su trilogía de baile) en 1983. Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar de 1988 representa el estilo retador de su cine. Argentina entra en 1974 con La tregua (basado en la novela de Mario Benedetti) y luego le sigue Camila de María Luisa Bemberg en 1984 y La historia oficial de Luis Puenzo en 1985. El chileno Miguel Littín es nominado dos veces, una por México y la 2nda por Nicaragua ya que era perseguido en su país bajo la dictadura militar de Pinochet: Actas de Marusia de 1975 y Alsino y el cóndor de 1982.

Como sabemos de sobra, las mujeres parecen ser las últimas en aparecer en el escenario como directoras de producciones que tengan el respaldo de todo el aparato cinematográfico. Hasta 1989, sólo seis filmes dirigidos por mujeres han sido seleccionados por su país de origen para representarlos en esta categoría. La italiana Lina Wertmüller fue la 1era en 1976 con Seven Beauties y ya en la década de 1980 le siguieron la francesa Diane Kurys con Entre nous (1983), la argentina María Luisa Bemberg con Camila (1984), la polaca Agnieszka Holland con Angry Harvest (1985), la francesa Coline Serreau con 3 hommes et un couffin (1985) y la india Mira Nair con Salaam Bombay! (1988).

En la 2nda parte de este artículo, comentaré las nominaciones en esta categoría de 1990 a 2021.