En Rojo
El asunto va como en crescendo. El jueves, día de la Exposición, el evento corre más ameno que durante los demás días. Las filas de las estaciones principales, ubicadas en Sagrado Corazón y el estadio Hiram Bithorn, apenas reciben cohortes de pocas personas, corillos cuyas matrículas no superan las siete personas. A veces madres, a veces abuelas, a veces puros aficionados del festejo alicorado. Llegan para ver al santo aporreado por cristiano empedernido. Y todo pasa, de nuevo, con aires de preludio, de antesala que avisa alguna intensidad. Los carros estacionados contiguos al tren, los quioscos con promociones de sangría o la algarabía que se cernía por los andenes y las aceras.
Hasta entrada la noche, el tráfico de las guaguas circulaba el Viejo San Juan sin contratiempos. Las personas, enfiladas como en una mudanza masiva, caminaban bajo un cielo que se resolvía en quedarse despejado. Bajo el frescor, la fiesta daba la impresión de estarse presentando, de estar destacando su particularidad. Tipo «me llamo Bembé, huelo a frituras y mido el tamaño de una ciudad colonial. Soy difícil de acceder, duro cuatro días y vendo alcohol caro».



La fiesta se reparte entre la Plaza Colón, la Barandilla y el Quinto Centenario. Cantan la Tribu de Abrante, Tito Nieves y varios tríos que preceden más plenas y otros himnos. Y la brisa, para entonces, aún se paseaba fría entre quienes subían y bajaban, vivían y vacilaban, sin poder imaginarse la resistencia que enfrentaría con las hordas futuras. Porque el viernes, día del Desarrollo, el proletariado accedió a la isleta de San Juan con ánimos de desinhibición.
Entonces, era el guayeteo y la peste a catinga. La calle homónima atestada de ánimas amodorradas o enloquecidas por el reguetón y el trap o la plena y la salsa que se casaban y divorciaban en un matrimonio desfasado de muchos géneros musicales. Era, naturalmente, el día en que cantaron Pedro Capó, Plena Libre y La Secta. Y en una esquina del barullo, el gentío se diluía entre las callejas de La Perla. Allí, donde las vitrinas afloran junto a los pastilleros clandestinos, pululaban jóvenes con pasamontañas oscuros que vendían frituras a precios relativamente razonables. Otros corrían motoras por el malecón de la comunidad o compraban vasitos de caña a la servidumbre de una muralla.
“Yo nunca he comprado una alcapurria cerca del tótem. Ni la compraría. Eso es para bobos”, opinó Paola Medina en medio del gentío. Para paliar el hambre, la joven aseguró que siempre acude a La Perla para hallar precios más asequibles y opciones más saciantes.
Cansados, con el sudor manchándoles los suéteres y los mahones, decenas de personas descansan justo afuera de la entrada más concurrida de La Perla. Escuchan, desde la distancia, el fragor provocado por el «bendición y gracias» de Capó, y de pronto todo calla como en el conticinio. A la media noche y la mayoría de las miles de personas del viernes, día del Desarrollo, regresan a las guaguas en manadas densas. Se repite la peste a catinga pero con ánimos extenuados a pocas horas del amanecer. Luego, la Reexposición.
El sábado fue la verdadera plataforma de las fiestas. Desde horas tempranas, los artesanos lucían sus esculturas, grabados y entalladuras desde mesas plásticas. Los niños correteaban y viraban sus piraguas en las camisas o los zapatos, mientras las palomas velaban cualquier descuido para hurtar papitas sueltas. A las 2:00, Victoria Sanabria despuntó la tarde con décimas y trovas, que ambientaron la salsa de la noche en voz de Choco Orta y Víctor Manuelle.
“Es que yo no vengo hace como tres años. Yo vine más que por Víctor Manuelle”, confesó una señora retirada de estas faenas. Al momento de citarla, el Municipio de San Juan cerró el acceso a la isleta de San Juan por las más de 190,000 personas que ya parrandeaban sobre los adoquines maltrechos del Siglo XIX. Y la salida, como el acceso, resultó igual de oneroso en el tercer y penúltimo día de la sonata de las SanSe.
El día de la Recapitulación, domingo, acabó como una acumulación de todo el frenesí anterior. Riñas y récords nuevos marcaron el cierre de las fiestas más grandes del Caribe. Las que, de acuerdo con la gobernadora Jenniffer González, recibieron a Cristóbal Colón con yardas de gasolina en mano. Las que dejan a uno con ganas de más, las que suceden a la misma vez que indultan a Wanda Vázquez Garced, las que quieren extenderse hasta el verano para que se repitan sus sonatas enloquecedoras.



