Especial para CLARIDAD
El pitbull del gobierno de Estados Unidos, encargado de intimidar y meter miedo, trató de aumentar la tensión psicológica y nerviosa en Venezuela para que el movimiento bolivariano se dividiera. Pero menos de dos semanas después del ataque del 3 de enero casi no se habla ya de Venezuela en los medios noticiosos estadounidenses, lo cual sugiere el fin de un espectáculo mediático. Trump aseguró que Delcy Rodríguez no tenía alternativa a someterse a Estados Unidos y si no lo hacía vendrían contra Venezuela agresiones más duras. Pero Delcy sigue tan antimperialista como siempre. La República Bolivariana continúa su proyecto. No se ha vuelto a hablar de los yanquis administrar Venezuela y su petróleo o el gusano Rubio hacerse presidente de Cuba. En el estado y el pueblo venezolanos lo que hay es indignación por el ataque del 3 de enero, exigencia de que devuelvan a Nicolás Maduro y Cilia Flores, y repulsión por el desprecio de Washington hacia el derecho y hacia las otras naciones.
En junio de 2025 Trump advirtió dramáticamente que si Irán no se sometía, le llovería fuego infernal. Los iraníes lo mandaron al infierno. Luego el presidente simplemente ordenó que se bombardearan unas instalaciones nucleares iraníes, proclamó falsamente que habían sido destruidas irreparablemente e Irán ya no era un ‘peligro’, y retiró las fuerzas norteamericanas. La prensa reproduce las amenazas y alegaciones del billonario vocinglero y omite hechos esenciales, por ejemplo que los estados de Irán y Venezuela le han hecho frente y se han mantenido firmes en su soberanía, y son los yanquis quienes han debido resignarse.
Hay que fijarse en los trucos. El imperialismo norteamericano cuenta con agencias de inteligencia especializadas –notoriamente la CIA– en difundir rumores, fabricar opinión pública y desinformar mediante la información, por ejemplo la noticiosa. Ahora también tiene un showman en la Casa Blanca, cuya fascinación con los espectáculos y medios de comunicación puede haberle hecho creer que las representaciones mediáticas son la realidad. Así se difundieron rumores fabulosos, como que una parte del estado venezolano, e incluso la actual presidenta interina, entregó a Nicolás Maduro a Estados Unidos o, aún más sensacional, que Maduro acordó con Washington su propio arresto. Estas sandeces representan a los dirigentes venezolanos como gente de embuste, corrupta, sin integridad, principios ni ideología, dispuesta a vender la causa en que han trabajado por décadas. Contra Maduro, como contra muchos otros dirigentes socialistas y antimperialistas, la campaña de difamación y demonización –dictador, torturador, fraudulento, corrupto, asesino, narcoterrorista, etc.– ha sido intensísima e incesante. En efecto, esta demonización habla de la alta calidad de su dirección revolucionaria. Lo secuestraron precisamente por su efectividad como dirigente de un movimiento amplio, plural y verdaderamente popular.
Las campañas mediáticas a menudo preceden las ‘revoluciones de colores’ o levantamientos callejeros exigiendo ‘democracia’ contra un estado que el imperialismo busque derrocar, o sea motines promovidos, o incluso encabezados, por agentes. Así seguramente está ocurriendo en Irán al momento de escribir estas líneas. Después de propagar en la ‘opinión pública internacional’ que el estado que se quiere tumbar está a punto de caer por la ‘movilización del pueblo’, puede venir entonces la operación militar imperialista. Recuérdese la campaña mediática en la prensa que en 1898 precedió al misterioso estallido del acorazado Maine en La Habana para justificar la intervención militar de Estados Unidos. Los aparatos estadounidenses y británicos han aplicado estos modelos en numerosos países por más de un siglo. No han dado resultado en los estados antimperialistas de Venezuela, Cuba o Nicaragua.
Las campañas de desinformación no tienen límites morales y tal vez tampoco presupuestarios, pero a menudo quedan en nada por las propias contradicciones del sistema. Que Trump descartara públicamente los portavoces de la oposición colonialista venezolana, diciendo que no tenían fuerza política para sustituir al estado bolivariano, y admitiera que acudía a Delcy Rodríguez –quien goza de amplio apoyo–, derrumbó la ruidosa alegación orquestada por la inteligencia norteamericana de que en 2024 esa oposición había ganado las elecciones con el 80 por ciento de los votos pero Maduro había hecho fraude.
Las amenazas a Venezuela, Irán, Cuba, México, Colombia, Nigeria, Groenlandia y otros corresponden a la política del gobierno de Trump estipulada en la ‘Estrategia de Seguridad Nacional’, de noviembre pasado, que respecto a Latinoamérica expande la Doctrina Monroe (de 1823). Dice que la soberanía de los países es relativa a los intereses de Estados Unidos. Washington será indiferente a las leyes internacionales y los derechos de las naciones en tanto actuará solamente según le convenga, por ejemplo secuestrando y apresando un jefe de estado. Venezuela es importante no sólo por el petróleo (y otros recursos) sino porque se dispone a hacer su petróleo intercambiable en otras monedas en vez del dólar, esto es, podrá hacerse centro de un mercado grande, sobre todo de países del Sur global, en que el crudo se intercambie en yuanes, rublos, rupíes y otras divisas, lo cual sería un golpe demoledor a la hegemonía de Estados Unidos. Irán, otro país firme en su desafío al imperialismo, es crucial por su petróleo y riquezas y su situación geopolítica.
El mercado mundial produjo una contradicción entre el sistema occidental que lo ha dirigido y el surgimiento de decenas de naciones, en su mayoría excoloniales y empobrecidas, que necesitan desarrollarse. Ahora los imperialistas no saben qué hacer. Trump expresa su frustración. Hay desesperación por frenar el ascenso del Sur global. BRICS avanza en la creación de una arquitectura financiera, comercial y monetaria paralela a la yanqui-occidental.
Estado popular
El propio imperialismo impidió que en muchos países, como Venezuela, surgieran burguesías que encabezaran un desarrollo nacional. Es irónico que los yanquis secuestraron de manera mafiosa un jefe de estado en la suposición de que el estado se desplomaría y enseguida aparecería una clase capitalista para sustituirlo, algo que ni remotamente ocurrió. No hay en Venezuela una clase social que pueda dirigir el país en alguna estrategia contrarrevolucionaria.
Washington difundió –la red mediática occidental incluye El País, The Guardian y agencias de prensa, periódicos y televisoras alrededor del mundo– que Maduro era presidente ilegítimo por supuestamente haber cometido fraude en las elecciones que habría ganado la oposición colonialista y terrorista. Pero si la mayoría de la sociedad venezolana repudiara el gobierno de Maduro, con el secuestro del presidente se hubiera lanzado a celebrar públicamente y a montar un nuevo gobierno. Hubiera pedido ayuda a los yanquis, que estaban allí. Nada de esto ocurrió.
Por el contrario, se han sucedido manifestaciones de protesta multitudinarias en distintas partes de Venezuela –que la prensa occidental omite– exigiendo airadamente la liberación de Maduro y Cilia Flores y en respaldo combativo al estado bolivariano. La narración del rechazo mayoritario a Maduro era parte de una guerra mediática, seguramente lo que la CIA llama ‘psychological operations’ o PsyOps. Una periodista de RT (Russia Today) lo dijo así: ‘Actualmente, en Venezuela hay 4,396 comunas, 953 circuitos comunales y un total de 5,349 instancias de participación ciudadana del Poder Popular, distribuidas por todo el país, donde participan cerca de 5 millones de personas. En ellas el lema también está claro: ¡No hay transición, hay revolución!’
Limitado por algún cínico concepto de que todos los gobiernos se componen de oportunistas que compiten e intrigan entre sí, e incapaz de concebir una dirección colectiva, Washington supuso que el estado venezolano se reducía al presidente, y secuestrar a Maduro equivaldría a un eficaz golpe de estado. No se cayó el estado ni hubo cambio de régimen, aunque el New York Times publicara la desinformación premeditada –y chapucería periodística– de que el estado venezolano fue ‘decapitado’.
La curiosa manera en que los medios cubren este drama delata una inclinación de la sociedad de Estados Unidos a engañarse con su propio relato. Es asombrosa su ignorancia sobre el estado bolivariano, una institución moderna y compleja que incluye espacios múltiples arraigados en las clases populares. Asimismo, su expectativa de que al ‘caer’ Venezuela ‘caería’ Cuba –y otros países–, delata un analfabetismo sobre los países emergentes y los conceptos nuevos y alternativos del estado moderno y la participación democrática.
Aunque los agentes que tiene sobre el terreno deben habérselo hecho notar, Washington evita mirar la vastedad de Venezuela y el apoyo al proyecto bolivariano en los grandes campos y el país más allá de Caracas, realidades que tendría que enfrentar si enviara tropas para empezar una guerra. Presumiblemente se limitará a ‘operaciones especiales’ de aparatos secretos o comandos. Casi veinte años de chavismo entrelazado con el pueblo no presentan un cuadro fácil para nuestro decadente imperialismo. Los yanquis convierten su amarga desazón, por no poder derrocar un estado latinoamericano inspirado en ideas socialistas, en una narrativa de que, aterrorizados, los venezolanos necesariamente se dividirán y doblegarán.
Respuesta política
La respuesta del estado bolivariano ha sido política y diplomática en el mejor sentido de estas palabras, y seguramente simpática a la opinión pública internacional por ser irrefutablemente razonable. Contrasta con el deterioro de la presidencia de Trump, de la cual ahora buscan distanciarse otros políticos. Empieza a traslucirse que la operación criminal del fanfarrón ha sido un fiasco.
El espectáculo estadounidense ha tratado de comunicar que Venezuela se oponía al comercio con Estados Unidos, y la agresión del 3 de enero la forzó al comercio. Pero Maduro dijo repetidas veces que Venezuela estaba abierta al mercado y a las inversiones de Estados Unidos y demás países. Mientras el estado bolivariano propone paz y conversación comercial y diplomática, los yanquis buscan proyectar que la amenaza militar al comercio marítimo ejercerá tal presión que el gobierno venezolano, arrepentido, se someterá a sus dictámenes y precios. Omiten la contradicción que en general existe entre la guerra y el mercado, y el hecho fundamental de que el petróleo es propiedad del estado de Venezuela, lo cual permite un masivo poder de regateo.
El estado bolivariano está dispuesto a vender el petróleo en términos mutuamente aceptables. Según un artículo del New York Times –cuyo contenido no sustenta su título– la presidenta venezolana interina está ‘en la órbita de Trump’ por mostrar disposición al diálogo. Sin embargo, para Venezuela, y para cualquier gobierno en su sano juicio, la cooperación entre estados es necesaria y positiva.
Son muchas las contradicciones norteamericanas. Washington ahora quiere acceso al petróleo, pero fue quien impuso un bloqueo comercial al petróleo venezolano. Más aún, que Estados Unidos negocie con Venezuela significa que no sólo no destruyó al estado bolivariano, sino que lo reconoce. Que negocie contradice llevar a cabo más ataques militares. La negociación comercial en sí implica que ambas partes se abran a términos razonables.
Los yanquis podrían lanzar una guerra para tomar las instalaciones y operaciones petroleras por la fuerza, pero esta es la opción que evaden todas las facciones en la clase dominante y el Congreso. Aunque quizá la respalden algunos en el aparato estratégico y el Deep State o ‘estado profundo’ (actividad secreta de las 18 agencias de inteligencia), la correlación de fuerzas en Venezuela, Estados Unidos y el mundo debería convencer al estado yanqui de ser realista.
Si Trump ataca de nuevo a Venezuela este año se arriesga a que los Demócratas ganen los comicios congresionales en noviembre, lo cual, según el propio presidente, podría significar que el Congreso lo impugne legalmente a él mismo. Las agresiones pueden dejarse para 2028, pero estan las elecciones presidenciales. Mientras más tiempo pase más podrá fortalecerse el proyecto bolivariano.
La prensa dominante estadounidense sigue la lógica racista y fantasiosa de la Casa Blanca. Lo que digan y experimenten los otros países no importa. En el mundo sólo existen los estadounidenses, que imaginan las estupendas cosas que harán con el petróleo venezolano. Pero las amenazas y presiones daban resultado en la época en que Estados Unidos imponía en el hemisferio gobiernos neocoloniales y primitivos y los dominaba con la deuda y otros chantajes. La coerción estadounidense atrasó el desarrollo de las naciones latinoamericanas y de sus fuerzas productivas, algo contradictorio con el mercado mundial. Lo nuevo es la posibilidad real de desarrollo y soberanía de los países y la verticalidad del proyecto bolivariano y de su estado, que forma parte de una tendencia que inició la Revolución Cubana y sigue avanzando de variadas formas por Latinoamérica.
Días antes del ataque estadounidense, China había llegado a acuerdos con el gobierno de Maduro para expandir la cooperación comercial y la construcción de infraestructuras en Venezuela y otras partes de América Latina. Con su ataque a Venezuela el gobierno de Trump buscaría propinar un golpe a la presencia de China en el hemisferio y a la posibilidad de que el petróleo venezolano se intercambie independientemente del dólar estadounidense.
El bombardeo, el secuestro de Maduro y Cilia y la presencia naval de Estados Unidos tienen un impacto psicológico que deja atontado y confundido al adversario en un primer momento. Problema para los imperialistas es qué hacer después. Los barcos militares yanquis podrían estar en aguas venezolanas para siempre, pero es probable que se retirarán calladamente. La incautación que hagan los piratas estadounidenses de barcos venezolanos y de otros países provoca una alta tensión política y comercial internacional de la que Estados Unidos saldrá más insolvente de lo que está. Compañías petroleras norteamericanas ahora dicen que es riesgoso invertir en Venezuela. Legisladores Demócratas y Republicanos favorecen restricciones del Congreso a las acciones del Ejecutivo en el país suramericano.
En los años que hay por delante, de tensas relaciones y negociaciones entre Estados Unidos y Venezuela –y muchos otros países–, el estado imperialista tratará de imponerse, pero cuánto pueda hacerlo se verá en un proceso de lucha, habilidad y paciencia.
El secuestro de Maduro y Cilia
El juicio de circo contra Maduro y Cilia Flores en Nueva York persigue difamarlos y humillarlos a ellos y a la República Bolivariana, pero podrá ser un espacio de resonancia donde los acusados eleven su denuncia y su solvencia moral. La prueba que el estado norteamericano fabrique será expuesta como tal. Ya admitió que no existe el imaginario ‘cartel de los soles’. En el Congreso y la prensa los yanquis preguntan para qué fue el ataque a Venezuela: si fue por Maduro ser presidente ilegítimo, dictador o narcotraficante, o simplemente por el petróleo.
Es posible, por supuesto, que Maduro y Cilia estén presos en Estados Unidos durante años, sumándose a una larga lista de patriotas y socialistas que han desafiado el despotismo norteamericano y han sido encarcelados con prueba falsa. Buscando calificarlos de delincuentes, Washington ha expuesto su propia conducta criminal y terrorista, en parte por la pobre prudencia de Trump al proclamar su intención de usurpar ilegalmente el petróleo y jactarse de la operación del 3 de enero. Eventualmente el Presidente de Venezuela regresará a su patria, donde avanzan las cooperativas campesinas, la sustentabilidad alimentaria, la distribución de electricidad y agua, los mercados internos, la socialización de la medicina y la educación, y el poder popular.
Fue limitada la respuesta de las fuerzas armadas venezolanas al ataque del 3 de enero. Venezuela es un país pobre que construye su estado contra enormes dificultades. Ante la hostilidad imperialista los países emergentes no tienen más remedio que fortalecer y modernizar sus sistemas de defensa e inteligencia, sus milicias populares, sus instituciones democráticas y de educación política, sus destrezas de comunicación pública, y su formación de intelectuales, líderes y organizadores.
Cambios en el trumpismo
El ataque a Venezuela ilustra una nueva relación de Trump con el aparato estratégico estadounidense (que analiza e instruye acciones en cuanto a geopolítica, recursos naturales, tecnología, relaciones financieras y monetarias, cibernética, fuerzas armadas) y su Deep State; y los cambios de su movimiento respecto a diez años atrás. En su primera administración Trump estuvo en tensión con el FBI, la CIA, el Deep State y presumiblemente los círculos que trazan estrategia. (No sorprendería que en un futuro se demostrara cierto el alegato de Trump de que los resultados electorales de 2020 se manipularon secretamente, algo que las agencias de inteligencia han hecho en otros países.) Reclamaba más autonomía de su persona y su administración, respecto al aparato estratégico, que presidentes anteriores. No pudo frenarse sin embargo el movimiento trumpista, por el apoyo que tenía entre clases trabajadoras y empresariales productivas que resienten la des-industrialización de Estados Unidos, desde la década de 1980, en función de una economía de servicios presidida por la banca y las finanzas, que tenemos ahora.
Esta reducción de la producción resultó en cierre de fábricas y actividades extractivas en la zona que luego se ha llamado cinturón mohoso o Rust Belt, y en crisis de numerosas empresas, sobre todo medianas y pequeñas, de manufactura y agricultura. Aumentaron la desocupación de trabajadores, el deterioro en la moral de trabajo, las economías informales e ilegales y el descrédito del gobierno. Los votantes de Trump protestaban contra las ‘élites globalistas’, refieriéndose a las clases más ricas identificadas con la economía de servicios y una red financiera-comercial que abarca a Europa y Japón. Para muchos esas ‘élites’ han sumido la nación en crisis, guerras sucesivas y desinformación pública.
Pero ni Trump ni ningún politiquero capitalista podría revertir la economía globalizada, transnacional y atlántica en que descansan los privilegios de Estados Unidos, pues se ha formado durante un siglo. También él ha terminado tratando de capturar fuentes de riqueza en el ámbito internacional. De ser Trump una voz que sugería –demagógica y confusamente– que regresen las empresas industriales estadounidenses cuya producción está fuera de Estados Unidos y criticaba las ‘élites globalistas’ y las guerras, se ha convertido en director de piratería en los mares, delincuente internacional y usuario recurrente de la CIA.
Este pintoresco presidente parece sugerir que el imperialismo norteamericano salve los pedazos que le quedan, digamos Latinoamérica y el Caribe y el estado sionista, y su acceso al petróleo y minerales estratégicos. Llama a aumentar las fuerzas militares, que absorben una porción colosal del presupuesto de Washington, ya agobiado por su deuda de 37 trillones de dólares.
Occidente pirata y delincuente
La disminución institucional en Washington indica la crisis del imperialismo estadounidense y occidental –éste tiene quinientos años– a causa del desarrollo del Sur global, la República Popular de China, la Federación Rusa, India, Irán y muchos otros actores emergentes. La decadencia occidental se agravó con el desarrollo de la Unión Soviética y su victoria en la guerra europea, y la descolonización global, que continúa. Se selló con la Revolución China.
El trumpismo parece un regreso al capitalismo e imperialismo de los siglos XVIII y XIX, en que un puñado de ricachones decidía los movimientos de las inversiones, la política y las invasiones coloniales sin mayor supervisión institucional o pública, a menudo con retórica brutal. Sin embargo, el imperialismo europeo promovió la productividad en las colonias así como en las naciones industrializadas (mediante gran violencia y explotación). En cambio, una vez Estados Unidos se hizo ‘el banco del mundo’ –en palabras de Michael Hudson– en la década de 1920, ascendieron cada vez más las finanzas y la banca en el sistema imperialista internacional.
Como advirtieron Adam Smith y otros pensadores de la economía burguesa clásica, la hegemonía del poder financiero en la sociedad y la acumulación de dinero mediante dinero generan improductividad, inestabilidad, corrupción e indiferencia hacia lo social. El imperialismo ha promovido la deuda pública y privada como medio principal de ‘progreso’. En muchas regiones del mundo destruyó fuerzas productivas, recursos naturales y sociales, la ecología e infraestructuras de países pobres. Preside un modo de vida basado en contraer y cobrar deudas, donde la acumulación de riqueza en forma de dinero mediante dinero margina y sofoca la producción social. Es una gran fiesta de irresponsabilidad, indiferente al futuro y las generaciones futuras. El conflicto, en cuyo centro está Venezuela, entre el Sur global y el sistema imperialista, expresa, pues, la contradicción entre una vida social fundada en el dinero y una fundada en el trabajo.
La crisis permanente y la inseguridad que se derivan del régimen irresponsable financista empujan a Occidente al robo abierto y descarado para apoderarse de riqueza a la fuerza. Así, Trump ordena a las fuerzas armadas que incauten barcos petroleros procedentes de Venezuela y la confiscación de fondos venezolanos correspondientes al comercio petrolero. Inglaterra incauta ilegalmente reservas de oro de Venezuela y apoya la ocupación estadounidense en alta mar de un barco con bandera rusa. La Unión Europea intenta robar depósitos financieros de Rusia. Se trata de un Occidente literalmente delincuente y pirata. El secuestro de Maduro y Cilia Flores emula prácticas terroristas de la Mafia y de las más violentas pandillas narco.
Por eso el conjunto del sistema respalda a Trump a pesar de su estilo personal. La prensa se abstiene de criticar el secuestro de Maduro y los bombardeos criminales de esa noche, o la piratería naval contra Venezuela. Narra los acontecimientos en el supuesto de que los otros pueblos son inferiores, meros objetos o incidentes. En el orden de las cosas regido por Yanquilandia son invisibles las demás sociedades e historias. Congresistas y medios de prensa expresan reservas sobre la agresión a Venezuela simplemente por la forma en que se instrumentó, por tecnicismos legales, porque no se informó adecuadamente, por la logística, o por cuánto costó.
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