Por Manuel de J. González/Edición Especial
Eric Hobsbawm, el destacado historiador británico, se refiere al periodo entre 1950 y 1973 como “los años dorados” del siglo XX. Durante las dos décadas inmediatamente posteriores a la de la peor guerra jamás sufrida, el capitalismo desarrollado pasó por una “fase excepcional, tal vez única”, aunque el crecimiento económico también impactó al campo socialista y hasta sectores de lo que ya empezaba a conocerse como el “Tercer Mundo”.
Según el británico, dos factores definieron aquel crecimiento; a saber, la disponibilidad de capital de inversión acumulado en algunos países, como Estados Unidos, durante la guerra y la amplia disponibilidad de energía barata. Durante todo ese largo periodo el precio del barril de petróleo nunca fue superior a dos dólares. Estados Unidos fue el primerísimo actor de aquel drama, tras surgir de la guerra como la principal potencia militar y económica del mundo. Durante el periodo, el gigante norteamericano comandó la producción manufacturera y el intercambio comercial del planeta, que se multiplicó por diez en esos 23 años.

Puerto Rico en 1959 era una muestra pequeña del crecimiento económico desaforado que se manifestaba en el mundo. Para ese año, la llamada Operación Manos la Obra, que con exenciones contributivas y mano de obra barata (y la gran ola migratoria impulsada por el Gobierno) había logrado crear un sector manufacturero importante, con tasas de crecimiento impresionantes, ya le dejaba el camino abierto a la “era petroquímica”. Bajo el supuesto de que el petróleo barato de los países árabes, sobre todo Saudí, estaría disponible para siempre, desde mediados de la década se incentivó la instalación de empresas procesadores de crudo en el Sur y Este del país, comenzando por la CORCO, que comenzó a operar en 1957. Los sueños petroquímicos llegarían al extremo de pretender construir años después, precisamente en 1973, un “súper puerto petrolero”, con enormes depósitos aledaños, que convertiría la isla en gran exportadora de productos petroquímicos hacia Estados Unidos y el mundo. Como vimos antes, Hobsbawm, coloca el fin de la “época dorada” en 1973 porque ese fue año del embargo petrolero capitaneado por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). El nuevo cartel de productores acabó para siempre con la disponibilidad de crudo a precios irrisorios y, de paso, con los sueños petroquímicos de Puerto Rico cuya economía entró en recesión.
Los “años dorados” también tuvieron su impacto político. En 1959, bajo el liderato de Luis Muñoz Marín, Puerto Rico alimentó la pretensión de actuar como una “potencia regional”, impulsando procesos políticos en otros países del área. La cuenca caribeña había sido hasta entonces el principal campo de operaciones de dictaduras retrógradas, convenientemente soportadas hasta ese momento por la potencia del Norte. Francois Duvalier (Haití), Rafael Trujillo (Dominicana), Fulgencio Batista (Cuba) y Marcos Pérez Jiménez (Venezuela) eran las cabezas más conocidas de aquellos gobiernos militares.
Mientras esos países, con sus gobiernos dictatoriales, no se beneficiaban de los años dorados que vivía el resto del mundo, Puerto Rico, la colonia estadounidense de la región, sí los aprovechaba. Allá se peleaba en las calles y en las sierras contra las dictaduras, mientras aquí se alardeaba de “democracia” porque cada cuatro años había votaciones. El nuevo capital extranjero que se invertía en manufactura, y luego en petroquímicas, facilitaba tasas de crecimiento económico de seis o siete por ciento anual. Ante ese cuadro, el liderato puertorriqueño comenzó a proyectar a Puerto Rico como una “vitrina” para los países vecinos. Como veremos más adelante, hasta al nuevo gobierno revolucionario cubano trataron de venderle las bienandanzas del “milagro” puertorriqueño.
En 1959 habían trascurrido apenas siete años de las reformas políticas que se bautizaron con el nombre de “Estado Libre Asociado”. Aun cuando el poder del Congreso estadounidense permanecía, la nueva Constitución reforzó la sensación de gobierno propio que el liderato del PPD estiró al máximo. Eran los tiempos de la “izquierda democrática” con Muñoz, José Figueres y Rómulo Betancourt como figuras centrales, donde el puertorriqueño asumía un papel de líder regional que amparaba a los que luchaban contra los dictadores y por la “democracia”. Cuando en enero de 1961 asumió el mando en Estados Unidos la nueva administración demócrata de John Kennedy, el deseo del liderato puertorriqueño por proyectarse en la región como puente con Estados Unidos coincidió con las intenciones del nuevo presidente.
El primero de enero de 1959 había triunfado la Revolución Cubana, que envió al dictador Batista al exilio y desató un viento de esperanza sobre toda la región caribeña. El año anterior, en Venezuela había sido depuesto el dictador Pérez Jiménez y el amigo de Muñoz, Rómulo Betancourt, había accedido al poder. El entusiasmo del boricua llegó al extremo de buscar afanosamente una reunión con Fidel Castro para explicarle al joven líder cubano las particularidades del “exitoso” modelo puertorriqueño. Mientras Muñoz recurría a distintos intermediarios para tratar de reunirse con Fidel, entre ellos el presidente de la firma Bacardí, no sabía que el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, se le había adelantado en la gestión de “venta”. Tan temprano como en abril de 1959, apenas tres meses después de que el líder revolucionario entrara victorioso a La Habana, Nixon “trató de insinuarle” que enviara a Puerto Rico a alguno de “sus principales asesores económicos para que conversara con Muñoz Marín” sobre sus programas para atraer “capital privado”. Añade Nixon en la minuta que preparó sobre la reunión que tuvo con Fidel Castro: “Esta sugerencia no lo entusiasmó mucho y señaló que el pueblo cubano era ‘muy nacionalista’ y sospecharía de cualquier programa iniciado en un país considerado una ‘colonia’ de Estados Unidos.” Cuando Nixon le aclaró que Muñoz había sido uno de sus defensores mientras estaba en Sierra Maestra, Fidel reconoció que ese había sido el caso “pero dejó claro que no quería tener nada con él, al menos públicamente.”
Fidel, como vemos, tenía bien claro quién era Muñoz, pero en Puerto Rico, gracias a los “años dorados”, el PPD se mantenía al tope mientras el independentismo declinaba. En las elecciones de1952 el Partido Independentista (PIP), aun en medio de la represión que se desató tras el levantamiento nacionalista de 1950, fue el segundo partido más votado, desplazando de esa posición a los anexionistas. Sin embargo, a partir de ese año el descenso fue tal que, no solo perdió la representación legislativa ganada, sino hasta la misma franquicia electoral en 1960. La otra vertiente del independentismo, el nacionalismo armado, tenía a prácticamente todo su liderato encarcelado luego del levantamiento del 50 y las acciones heroicas en el Congreso y Casa Blair.
El declive del independentismo coincidió con el fortalecimiento del anexionismo, alimentado por el nuevo discurso de Muñoz y el PPD, que proclamaba la relación con EE. UU. como “permanente” y reclamaba el voto por el presidente de Estados Unidos como para hacer crecer el “ELA”. La otra vertiente del discurso muñocista durante aquellos años fue la demonización de la independencia asociándola con hambre (“como en Haití”), con dictaduras (“como en las repúblicas”) y enfatizando la inviabilidad de un Puerto Rico soberano dada nuestra “pequeñez” y la “escasez” de recursos naturales.
Mientras el discurso de miedo se diseminaba desde los partidos y las instituciones de gobierno, simultáneamente se desataba una persecución policiaca contra todo aquel que manifestara simpatía con la lucha patriótica. Cuando a principios de la década del 90 se tuvo acceso a los expedientes elaborados por la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico (“carpetas”) se conoció que alrededor de 135 mil personas fueron vigiladas y perseguidas a partir de la década del 50 por asistir a reuniones o actos de organizaciones independentistas o por el simple hecho de exhibir una bandera de Puerto Rico. Esta campaña de la policía puertorriqueña, que buscaba aislar a los independentistas en sus comunidades y empleos, se unió a las acciones que desde Estados Unidos coordinaba el FBI. El programa de estos se conoció como COINTELPRO y estuvo dirigido a desarticular las organizaciones independentistas mediante infiltraciones, la manipulación de informaciones en la prensa y la vigilancia constante.
Buscando nuevas vías organizativas para enfrentar esa realidad, el 11 de enero de 1959, se juntaron en Mayagüez personas de distintas tendencias para fundar el Movimiento Pro Independencia de Puerto Rico (MPI). Algunos venían de las luchas socialistas y sindicales (César Andréu Iglesias), otros del nacionalismo (Lorenzo Piñero), de las luchas estudiantiles (Norman Pietri) o habían militado en el PIP y luego se distanciaron de aquel partido (Juan Mari Brás). Esa diversidad sería una de las características más importantes del nuevo movimiento, que se dispuso a crear lo que llamó “la nueva lucha de independencia”.
La elementos definitorios de aquella nueva lucha serían su vinculación estrecha con las reivindicaciones de los estudiantes universitarios, donde operaba desde 1956 la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI); el impulso a la lucha de los trabajadores, buscando unificarlos y vincularlos a las luchas políticas, y, muy destacadamente, la inserción del independentismo puertorriqueño en el amplio movimiento de izquierda que, estimulado por la recién nacida Revolución Cubana, ya crecía en la cuenca caribeña y en el resto de América Latina. Esta última vinculación serviría como plataforma de lanzamiento para “la internacionalización del caso de Puerto Rico” o, dicho de otra forma, llevar el debate sobre el problema colonial boricua a los principales foros del mundo.
Como ven, la agenda y los retos de aquel movimiento eran bien grandes y para comenzar a adelantarlos se fueron poco a poco creando instrumentos de organización y, sobre todo, de comunicación. Uno de esos instrumentos fue un modesto boletín que, a sugerencia de Andréu Iglesias, bautizaron con el nombre de Claridad.
A partir de 1960 nuestro país vivió una gran movilización y agitación social manifestada en luchas contra el servicio militar obligatorio y la guerra en Vietnam, por los derechos de los trabajadores, por la reforma universitaria, contra la contaminación y la degradación del ambiente, contra la explotación minera, contra la privatización de las playas, en apoyo a los rescatadores de terreno, por los derechos de la mujer y por la autodeterminación política del pueblo puertorriqueño. Los esfuerzos que se desarrollaban en Puerto Rico repercutieron en las comunidades de Estados Unidos donde residían nuestros emigrados y sus descendientes, quienes también se organizaron y participaron en la misma lucha con la convicción de que tanto los de allá como los de acá constituíamos una misma nación.
El nuevo medio de comunicación creado en 1959, CLARIDAD, sería instrumental en cada uno de esos esfuerzos.
(El libro Eric Hobsbawm, Age of Extremes, se publicó en español como Historia del siglo XX. La referencia a la minuta de Nixon y a las gestiones de Muñoz para la reunión con Fidel, constan en La contrarrevolución cubana en Puerto Rico y el asesinato de Carlos Muñiz Varela de Álzaga, Fraga y Arboleya. Sobre el tema, además, véase Muñoz Marín y la Revolución Cubana, de Manuel Rivera, tesis para el CEAPRC que próximamente se publicará como libro.)



