La revolución musical de Benito en Puerto Rico

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Bad Bunny

Especial para En Rojo

El arte, la historia y las revoluciones comúnmente van de la mano. En medio del criollismo al final del siglo XIX autores plasmaban en sus poemas un sentir distinto al de sus antecesores. Ya sus padres, abuelos y bisabuelos peninsulares habían exportado sus costumbres con la conquista en los siglos XVI, XVII y XVIII. Ahora, la mezcla de franceses, daneses, africanos, ingleses, indios, portugueses, entre muchos otros, fue creando un sofrito cultural con sabores únicos y sempiternos. Fue el nacimiento de una nueva especie: la criolla. Estas personas no sentían un vínculo a la Corona, a su pasado o a sus ancestros. El tiempo había creado algo nuevo.

Similarmente, en el caribe anglófono, se iba cuajando otro movimiento cultural y musical. En Jamaica, colonia británica, comenzaban a polarizarse racial y socialmente segmentos de su población.  Su necesidad de ser diferentes los llevó a radicalizarse musicalmente.  Querían tener la fuerza de pulsación en el tercer tiempo en su métrica revolucionaria. El ska le dio voz a la problemática de los barrios o shanty towns para luego pasar al reggae. Este nuevo ritmo fue fusionándose culturalmente con la religión rastafari al iniciar la década del sesenta. Nuestros hermanos caribeños habían construido una nueva identidad a través del arte y la religión. Su mayor exponente, Bob Nesta Marley, y los Wailers utilizaron el arte escénico para denunciar injusticias sociales en Jamaica como en el mundo entero. La opresión y el tiempo habían creado unos nuevos jamaiquinos.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, una nueva generación surgía criticando los desaciertos de la anterior en diferentes partes del mundo. Luego del genocidio de Hiroshima y Nagasaki en 1947, las generaciones ascendientes iban dudando del aparato gubernamental. La creación de la generación hippie llegó para revolucionar no solo los Estados Unidos, sino el mundo entero. Los estupefacientes alucinógenos como el LSD, la mariguana, el DMT y otros, fueron creando una cultura muy lejana y distinta a la anterior. Esta generación se estaba rebelando. El imaginario de esta generación no era el mismo, y sus teorías tampoco. La famosa frase “turn on, tune in, drop out” de Tim Leary en 1966 incitó a los jóvenes a retar directamente al sistema convirtiéndose en la generación contracultural hippie.

Varios años después, el arte se combinó con la revolución para crear historia en agosto de 1969 en el estado de Nueva York. Un evento generacional sin precedentes creado para ilustrar el espíritu de la contracultura fue el epicentro de un festival de música en Bethel, Nueva York: Woodstock. En el evento multitudinario se dieron cita sobre medio millón de personas para presenciar grupos como Joan Baez, Janis Joplin, Richie Havens, Carlos Santana, Jefferson Airplane, The Who y Jimi Hendrix. La ola y fuerza de esta generación era imparable así que el aparato gubernamental tenía que detenerla. Por medio de las leyes y la hegemonía cancelaron paulatinamente el movimiento hippie – pero nunca su esencia.

Es que cada generación tiene la virtud de rebelarse contra la anterior para crear algo nuevo.  Usualmente la cultura es el epicentro de crítica y cambio de cada generación para poder diferenciarse y distanciarse de sus progenitores. Se visten diferente, hablan diferente, escuchan música diferente, piensan diferente, creen diferente, viven diferente – en fin, se comportan diferente. Esa es la genialidad de la evolución social de nuestra historia, criticamos lo que una vez fuimos. Sin embargo, la evolución social es importante e imperativa para la sostenibilidad de nuestra especie.

En Puerto Rico, en las últimas décadas hemos sido testigos de una ola de revolución cultural sin precedentes. Mientras en los sesenta y setenta, la influencia hippie llegaba a nuestro archipiélago con los pantalones de campana, los afros, la paz y el amor del norte, también llegaba la nova trova del sur. Mientras Hendrix y Santana distorsionaban su guitarra, Silverio Pérez Figueroa, Antonio Caban Vale, Roy Brown Ramírez y otros utilizaban las cuerdas de nilón española para el mismo fin: protestar contra el orden establecido. En la década de los setenta y ochenta el merengue, la salsa y el rock inundaron nuestras ondas sonoras con ritmos que segmentaban la sociedad. En las décadas subsiguientes, de los noventa y los dos miles, dieron gestación no solo a un género musical sino a diferentes movimientos de corte internacional.  En el rock, el reggae, el reggaetón o la creación de un género múltiple, Puerto Rico ha extrapolado su condición social en ritmos y melodías.

Como hilo conductor entre la nova trova, la salsa y el patriotismo surgen varias bandas de rock en español al finalizar el siglo XX. Sin embargo, una banda resonó (y resuena) en el subconsciente puertorriqueño: Fiel a la Vega. Dos de sus integrantes, Ricky Laureano y Tito Auger, intentaron convertirse en estrellas de rock gracias a la hegemonía cultural de ese entonces hasta que emigraron a New Jersey. Allí, se toparon con una atmósfera completamente diferente mientras añoraban la playa, el calor y el sonar del coquí. Es cuando deciden empezar a escribir en español, tomar una nueva identidad y regresar a Puerto Rico.

Canciones como Salimos de aquí, El Wanabí, Mil canciones, Granos de sal y Canción para Vieques muestran el nacimiento de su nueva identidad como individuos y como banda. Es que el arte, por naturaleza, permite expresar nuestros sentimientos y comúnmente resuena y se relaciona con otos seres humanos. El poder del arte y sentimiento puertorriqueño comúnmente trasciende barreras sociales, económicas y generacionales. Las nuevas generaciones admiran el arte del pasado, lo hacen suyo y proponen a hacer de su momento algo nuevo y revolucionario.

Este es el caso de un grupo que revolucionó cada burbuja social y cruzaba todas las fronteras musicales que les antecedían: Calle 13. René Pérez Joglar, Eduardo Cabra, Ileana Cabra y todos los componentes de la banda hicieron historia al fusionar una cumbia con reggaetón con coros de diez y seis barras: Atrévete. Estos jóvenes de Trujillo Alto no solo tomaron por asalto las frecuencias musicales de su audiencia, sino que revolucionaron con su tema de crítica directa al aparato de represión del Estado con Querido F.B.I. luego del asesinato del líder revolucionario por la independencia de Puerto Rico, Filiberto Ojeda Ríos. Con temas que se han convertido en himnos como Latinoamérica e Hijos del Cañaveral, Pérez Joglar (mejor conocido como Residente) evolucionó en sus letras mientras la madurez de los años fue llegando. Sus letras son las balas que combaten su revolución y su frente de batallas las pistas o melodías que las acompañan.  Similarmente, otro grupo ha tenido un impacto internacional, siendo firmes a sus ideales y evolucionando con la profundidad de las letras y producciones: Cultura Profética.

El compromiso de esta agrupación con los asuntos políticos de Puerto Rico ha sido constante. Con sus letras progresistas el colectivo ha penetrado las neuronas de sobre tres generaciones mientras una y otra vez mejoraban, evolucionaban con el tiempo. Desde la interpretación del poema Árboles del fenecido nacionalista Clemente Soto Vélez hasta la musicalización del Verano del 2019 con Sobrevolando, han dejado su marca revolucionaria musical en el playlist puertorriqueño. Esta construcción de rimas con un ritmo jamaiquino con destellos de crítica social tuvo su homólogo con el surgimiento de un nuevo género en la década de los noventa en Puerto Rico.

En el principio, todo fue ilegal, clandestino, subterráneo o underground (como comúnmente se le llamaba); sin embargo, esta gestación de ritmos y letras cargaba la misma fuerza que la bomba siglos atrás. La voz del barrio, del pobre, del caserío era reflejada de la misma manera que la clase esclava chanteaba coros como “cortaron a Elena y se la llevaron pal hospital” o estribillos atmosféricos como “temporal, temporal allá viene el temporal, ¿qué será de Puerto Rico cuando venga el temporal?».

Estos cronistas musicales, ambos, fueron atormentados por el aparato represivo del Estado cuando ilegalizaron estos ritmos afrodescendientes. Por alguna razón, el orden establecido no quería que las clases bajas compartieran sus historias de forma popular. Quizás podrían encontrar denominadores comunes de explotación, historias de abuso de parte de las autoridades o simplemente un lenguaje pueblerino o callejero no era apto para la difusión masiva popular.

Las historias del barrio y el caserío fueron tomando difusión de manera clandestina mientras poco a poco visionarios y empresarios paulatinamente fueron legalizando el negocio y suavizando las letras explícitas. Mientras este nuevo género iba creando nuevos adeptos con mahones anchos, recortes pegados, pantallas, cadenas y dialectos nuevos, sectores fundamentalistas intentaron tronchar la visión artística de una nueva generación. Esta nueva generación intentaba rebelarse contra la kleptocracia y la gerentocracia al insertarse en las emisoras de difusión masiva hasta que surgió no solo una emisora sino un canal que pautaban los videos de DJ Playero, The Noise, Chezina, Winchester Yankee, Mexicano, Nicky Jam entre muchos otros. La revolución cultural clandestina o underground estaba creciendo a pasos agigantados. Ya no había vuelta atrás.

Para la década del 2000 surgen nuevos exponentes, productores y manejadores que le dan validez al negocio. Cantantes como Don Omar, Héctor ‘el Father’, Tito ‘el Bambino’, Daddy Yankee, Jowell y Randy, Arcangel, Wisin y Yandel y muchos otros ya inundaban no solo las frecuencias radiales, sino que los iPods, computadoras personales y discotecas. La cantidad de dinero por evento aumentaba exponencialmente y se crearon disqueras puertorriqueñas dedicadas a expandir y mejorar el género musical urbano. Las comunidades puertorriqueñas exportaron y compartieron este nuevo cosmos musical en las barriadas latinas en ciudades de Estados Unidos. La fusión de elementos, culturas y dialectos fueron creando nuevos subgéneros en todo el Caribe, Centro y Sur América.

Con la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría, en marzo de 1994 nació un joven talentoso en el barrio Almirante Sur del pueblo de Vega Baja: Benito Antonio Martínez Ocasio. Sin saberlo, la genialidad, ingenuidad y puertorriqueñidad de aquel niño se combinaba con la autenticidad, ingeniosidad y rebeldía de otros que lo antecedían.

De la misma manera que la autoridad establecida criticó e intentó cancelar al autodenominado Conejo Malo, fue el mismo poder que utilizó la Iglesia Católica durante la Inquisición con Giordano Bruno al decir que el universo era infinito. En esa etapa del renacimiento surgieron otros revolucionarios como Nicolaus Copernicus que debatía el sol, y no la Tierra, era el centro del universo.  Esta lucha de poderes entre el orden establecido y las ideas nuevas siempre han estado en constante fricción, desde Europa hasta Puerto Rico. Sin embargo, esta estrella puertorriqueña ha sido el epicentro de una revolución cultural musical en pleno siglo XXI.

Con su nuevo disco Debí tirar más fotos, el vegabajeño volvió a reinventarse y rebelarse.  Esta vez se rebeló ante el mismo género urbano. Con el poder mediático adquirido lanzó un álbum dedicado a la puertorriqueñidad. Con la colaboración de estudiantes de música y de grupos en crecimiento como Chuwi, Los Pleneros de la Cresta, RaiNao, DeiViy el cuatrista Luisito Sanz depositó su confianza en la juventud puertorriqueña. Este movimiento urbano ahora se fusionaba con la salsa, la música jíbara, la historia, la resistencia y las leyendas urbanas para revolucionar holísticamente.

En julio, Bad Bunny expondrá la realidad puertorriqueña al mundo en su serie de conciertos o residencia por el verano del 2025. No solo le cantará a la nostalgia, al apagón, a la vueltita por la playa o a la prevención de la gentrificación en Puerto Rico, sino que traerá una extracción económica digno a las expropiaciones económicas revolucionarias desde el Pirata Cofresí hasta el Ejército Popular Boricua. Esto, mientras expone prácticamente la realidad colonial de Puerto Rico: el tapón, los apagones constantes, los boquetes en la carretera, la falta de servicios médicos, la corrupción, la crisis fiscal y el atentado directo contra nuestros recursos naturales. Desde este verano el Choliseo será la plataforma más grande contra la desigualdad colonial que ha tenido Puerto Rico por más de 125 años y Benito Antonio tiene la bola en sus manos, tiene un as bajo su manga y tiene el turno al bate clave en la parte baja de la novena entrada.

La efervescencia populista de la música y la cultura ha sido punta de lanza una y otra vez para la crítica social. La música mueve las masas, las masas mueven al pueblo y el pueblo siempre es el soberano. Lo que se sembró en el verano del 2019 puede ser que se coseche seis años después.  Entre la música, el baile, el vacilón y el compartir siempre tiene que existir un espacio para la reflexión y la educación si queremos no solamente imaginar sino construir un Puerto Rico diferente. Solo conociendo nuestro pasado podremos cambiar el presente y proyectarnos hacia el futuro. Confío en la generación del yo no me dejo, en la que canta, baila, se revoluciona siendo diferente, resiste y se revoluciona por todos los métodos posibles, incluyendo al perreo.

La cultura, el arte y la revolución comúnmente van de la mano y el Estado lo sabe. Esta ola de reproducciones mántricas penetra al subconsciente de niños, jóvenes, adultos y adultos mayores que por generaciones hemos resistido el embate colonial. Las generaciones que nos anteceden solían repetir la frase “que sea lo que Dios quiera”, pero las generaciones presentes se preguntan “¿Qué Dios quiere para Puerto Rico?”. ¿Apagones, corrupción, el éxodo forzado de amigos, familiares y conocidos, un sistema escolar y de salud deficiente? Históricamente, ante la falta de profetas que se pronuncien ante altares surgen profetas que desde otras plataformas son voceros del dolor y sufrimiento del pueblo.

Las revoluciones comúnmente toman tiempo, tienen diferentes formas y se van manifestando de diversas maneras. Sin embargo, es innegable que artistas como Benito Antonio, Juan Riestra y PJ Sin Suela ya no tienen miedo a expresarse – con o sin música – en contra del abuso colonial del gobierno de los Estados Unidos sobre Puerto Rico. Es evidente que ya somos más y no tenemos miedo – lo cantamos, lo sentimos, lo coreamos – falta construir el Puerto Rico que soñamos y nos merecemos todos. Como toda buena música tenemos que afinar nuestras diferencias, marchar a un mismo ritmo y construir una canción de esperanza para que las próximas generaciones la rearmonicen según su contexto en el futuro.

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