Especial para En Rojo
En su blog online de crítica de cine, Próxima Tanda, Mario Alegre Femenías publicó su más reciente artículo, “El cine puertorriqueño ya no necesita tu apoyo,” donde desafía la invitación a apoyar el cine de la isla. Como argumenta Alegre Femenías, el cine necesita el apoyo económico y gubernamental. Sin embargo, el llamado al espectador “[p]redispone al público a moderar las expectativas, a esperar algo que no está a la par con los otros filmes en cartelera […]” (Alegre Femenías, 27 de marzo de 2026). El cine puertorriqueño no necesita tratos con paños tibios precisamente por el respeto que sentimos hacia esas voces. El crítico nos invita a escribir y a conversar sobre lo que pensamos con relación a una película. Y si es buena o mala, que busquemos la manera de explicarlo para profundizar.
¿Pero podremos trascender una crítica que se reduzca a lo malo o bueno por más que profundicemos? Me consta que es inevitable reflejar en una crítica el disfrute o el desagrado hacia una experiencia en el cine. Pero cuando enfrentamos una experiencia única para la cual no tenemos palabras, ¿cómo reducirla a mala o buena? Por ejemplo, argumentar que una película como Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles (dir. Chantal Akerman, Bélgica y Francia, 1976) es aburrida porque sigue la rutina de una mujer por tres horas y media es tan absurdo como criticar el mal gusto de Pink Flamingos (dir. John Waters, EE.UU., 1976) o las imperfecciones de Alucarda (dir. Juan López Moctezuma, Mexico, 1978). El arte poderoso reta la constante reducción al pulgar arriba o abajo, especialmente con cine que propone nuevas narrativas. En el cine puertorriqueño, Macha Colón, también conocida como Gisela Rosario Ramos (o viceversa), explora voces innovadoras que expanden en la experiencia y en la historia isleña. Es imposible reducir su obra a un “es chulin” o “es una pérdida de tiempo” cuando veo mi propia realidad en cada una de sus propuestas.
El primer trabajo de Macha Colón que critiqué fue Perfume de gardenias (dir. Gisela Rosario Ramos, Colombia y Puerto Rico, 2021), que publiqué en CLARIDAD el 13 de julio de 2021. En el artículo, expresé mi fascinación con la manera en la que Rosario Ramos explora la cotidianeidad urbana. Las vidas y los preparativos para la muerte en cada casa de vecindario abren espacios misteriosos llenos de un humor oscuro irresistible. La directora no reimagina, sino que devela las maravillas escondidas bajo la superficie de una isla de urbanizaciones, de noticias a las cinco de la tarde y de vecinos que cortan la grama demasiados pendientes a la casa del lado. Los cortos de Gisela Rosario Ramos/Macha Colón construyen ambientes isleños únicos marcados por identidades queer los cuales ella observa con su cámara fantástica.
En El hijo de Ruby (2014), un corto que fue reconocido con el premio de mejor documental en el festival de cine de Kerry en Irlanda, Colón cuenta la historia de Lio Villahermosa. Lio buscaba a su padre, que no conoció, en el arte del baile de bomba. Pero llego a encontrarse a sí mismo como bailador. Cada ritmo retrata una emoción particular y su performance, a veces con el vestuario tradicional masculino y otras con el traje de bomba de faldas anchas, examina un espacio de historia queer en la cultura afrodescendiente contemporánea. La cámara de PJ López captura cada performance, la energía de los tocadores de bomba y los pasos a través de los cuales Lio baila su vida interior. De manera similar, el video musical que dirigió Rosario Ramos para la canción “Dos extrañas,” de la cantante Neysa Blay, rompe con la historia construida para vendernos a los Estados Unidos. Ella usa como base un video informativo de la historia de Puerto Rico, de esos que fueron hechos en la década de los 50 para atraer capital estadounidense a la isla. Pero Colón altera la historia incluyendo esas ausencias rechazadas por la mirada colonizadora. El video desarrolla un romance secreto entre dos mujeres durante el periodo histórico representado en el video, que es dedicado a todas las tías “que tuvieron que esconder su amor.” El ojo de Macha Colón afirma la presencia del romance lésbico y así cuestiona las voces extranjeras que invitan a engullir la isla. Tanto como con El hijo de Ruby, la directora imagina y documenta los lados queer de nuestra experiencia que nunca han dejado de existir. La combinación de políticas de identidad y la resistencia al imperialismo yanqui son un hilo que conecta mucha de la obra visual de Macha Colón.
En Cartas de amor para una ícona (2019), Rosario Ramos cuenta la historia de Lucecita Benítez a través de las voces de sus fanáticos, sus triunfos en la canción, el desarrollo de su conciencia política y las modas queer que desafiaban la idea tradicional de lo que era una cantante. Lissette, que siempre he asociado con políticas conservadoras, es el polo opuesto de una poderosa Lucecita cuya voz retumba con su interpretación de “Oubao Moin” y en cuyo performance se ven retratadas tanto la comunidad LGBTIQ+ como la diversidad política isleña. Distingo la fascinación de Macha Colón con el performance de Lucecita también en su corto documental, anthony legrand, profesional (2018). En este, la directora sigue a Anthony Legrand, un personaje fascinante del área metropolitana. Legrand cuenta sus romances con una bailarina francesa, fuma marihuana, discute el horóscopo chino y vive en una casa repleta de maravillas eclécticas. Ese Legrand que lleva lentes amarillos con chaqueta de cuero y botas de taco alto a sus casi 80 años transforma una común experiencia suburbana en algo raro y fabuloso. Aunque viví en Puerto Rico hasta los 33 años, nunca puedo reconocer claramente los vecindarios donde se llevan a cabo las historias de Macha Colón, pero cada uno me es familiar. He caminado por cada una de estas calles en algún momento de mi vida. Pero estos suburbios que se repiten por todo Puerto Rico son redescubiertos por la mirada de Macha y redefinidos por los actos de resistencia de Lucecita y Legrand.

Un detalle que me maravilla del trabajo visual de Gisela es su énfasis en el performance como una expresión única de las identidades que coexisten dentro de cada persona. Cuando digo performance no me refiero a la artificialidad que convencionalmente (y erróneamente) identificamos con el teatro. La teatralidad del performance es la manera en la que vivimos y nos expresamos a diario: como agarramos la taza de café, como nos vestimos, la fisicalidad con la que nos movemos a través de lo cotidiano. Gisela torna la normalidad en algo raro que se siente más real y auténtico. En su video musical para la canción “Si Superman se deprime,” que Macha canta con su grupo los Okapi, la directora crea un espacio mágico donde presenciamos la transformación del personaje que la misma Macha interpreta. La acción en el video se lleva a cabo en la noche donde el personaje de Macha se convierte en loba rodeada de personas con máscaras de animales y extraños vestuarios. En la noche todos somos libres a ser quienes querramos, una metáfora sobre cómo asumimos las identidades prohibidas que muchos esconden a la luz del día. La libertad y el humor en cada expresión se resisten al rol de víctima porque, como dice la canción, “Superman se deprime porque yo no.” Sin embargo, en su documental Emergencia (2016), Gisela va más allá de la máscara performativa para examinar las dinámicas dentro del grupo musical, Superaquello. Esta banda, que se formó en 1997 y continuó hasta el 2010, gozó de un éxito bien merecido en la escena musical de la isla. Pero el ojo de Gisela trasciende las luces del escenario. Su mirada se fija en cada uno de los integrantes: en las inseguridades y la sólida expresión corporal de Patricia Dávila (vocalista); en el ego y la carismática presencia escénica de Eduardo Alegría (miembro fundador); en los silencios neuróticos y la genialidad artística de Francis Pérez (miembro fundador); y en la aparente ecuanimidad de Pablo Santiago (tecladista) y Jorge Castro (guitarrista y bajista), que mantienen la calma a través de los conflictos. Estas contradicciones forman un retrato fragmentado del grupo y de sus luchas en una escena musical sumamente difícil. El documental no es una hagiografía, sino una fotografía compleja de una magnífica iniciativa artística que desgraciadamente llegó a su fin.
Es imposible reducir el trabajo de Macha Colón a una categoría de bueno o malo. Su genialidad radica en presentarnos realidades con las que estamos familiarizados, pero que no reconocemos del todo por las culturas queer y las contradicciones que dominan su narrativa. La distancia crítica tiene dos vertientes. Una es alejarse lo suficiente de una obra para juzgar críticamente sus valores o problemas, una estrategia que no funciona para entender el trabajo de Gisela Rosario Ramos. Otra es distanciarse del juicio lo suficiente para descubrir en la obra nuevos acercamientos críticos a nuestros entornos culturales. El ojo de Macha nos revela estos espacios e identidades que siempre han estado ahí afirmando su presencia con creatividad. Pueden alquilar El hijo de Ruby y Emergencia en la página web Gumroad.com.



