Suplemento Especial
Acá y allá son los extremos de una distancia migratoria que divide a la gente puertorriqueña. Esa diáspora es una migración masiva que mantiene a casi la mitad de los boricuas fuera de su país. La raíz histórica de esa migración es el colonialismo, una forma de vivir casi desaparecida en el mundo de hoy que sobrevive entre los puertorriqueños disfrazada de un falso orgullo chauvinista: ser únicos y mejores respecto a los demás pueblos oprimidos de esta época. En Puerto Rico, la gente no se muere de hambre, la participación electoral es de 80%, abundan las estrellas de deporte-música-belleza, se multiplican las autopistas y los centros comerciales. Somos de aquí como el coquí. Así, se pierde de vista la identidad netamente caribeña de nuestro modo de vida y se ignora o disimula la violencia, endeudamiento, contaminación, militarización y enajenación mental de la sociedad colonial.
En Estados Unidos, la gente puertorriqueña vive la expresión diaspórica de ese colonialismo –recargado de racismo, abuso policiaco, desplazamiento, violencia y pobreza– pero también ha encontrado motivos para fundar un sentimiento de superioridad respecto a las demás minorías con las que comparte el atraso y el discrimen. Así, los boricuas se consideran más listos y bonitos que los negros y menos miserables que toda esa variedad de migrantes ilegales –caribeños y latinos– que no saben hablar inglés. Muchos puertorriqueños no aceptan el término “migrante” y lo asocian con indocumentados o “mojados”. La gente de Puerto Rico tiene ciudadanía de Estados Unidos y su pasaporte les permite ir y venir entre la isla y el continente. Esta legalidad fomenta una ilusión de libertad –estoy aquí porque me conviene y puedo irme cuando quiera– a pesar de la poca movilidad socioeconómica de cuatro generaciones de una gente que no acaba de salir de la marginalidad y la pobreza.
La realidad histórico-cultural que vivimos en ambas orillas contradice esta mitología de la libertad especial. En la isla, la gente ha tenido que concentrar su energía en construir nuevas formas de consenso para resistir el abuso y la violación de los derechos humanos. El chauvinismo ingenuo se transforma en nacionalismo de resistencia y se manifiesta en asuntos de debate público como el idioma, la represión política, el militarismo y la degradación ambiental. Los puertorriqueños encuentran que no son tan libres como quieren y que el precio de ser reyes de la moda es ser siervos del poder. Entonces, ser únicos en el mundo equivale a estar solos en el mundo y, consecuentemente, la gente se percata de la urgencia de la solidaridad y la importancia de la comunidad. Así se desarrolla –escabrosamente– una mentalidad descolonizadora.
Encontrar lo que tenemos
En la otra orilla de la diáspora, estos procesos también tienen vigencia. La gente puertorriqueña de Estados Unidos vive conectada a las incidencias de la vida en la Isla y se siente partícipe de las mismas. Sin embargo, hay una cultura de la distancia y ni los instantáneos servicios telefónicos –junto a la cobertura de la televisión y la digitalización de las carta personal convertida en email– son suficientes para eliminar el sentimiento de que no es lo mismo estar acá que allá.
Los puertorriqueños sí son migrantes y la migración –más que un aparente mejoramiento de la situación económica– es un desbaratamiento de relaciones sociales básicas que desarticula la protección de la familia y la ubicación en la comunidad. Si en la Isla la soledad del colonialismo busca consuelo en la ansiedad consumista, en las ciudades de Estados Unidos los boricuas buscan llenar sus imaginaciones de presencias puertorriqueñas que alivien la soledad de la migración… y, como siempre sucede cuando una sociedad ajena no llena la necesidad de compañía, es la comunidad la encargada de proveer puntos de encuentro para restablecer las solidaridades desintegradas y –a la vez– crear solidaridades nuevas. En este texto examinamos algunos puntos de encuentro que construyen los boricuas de la diáspora para sobrellevar el desmembramiento emocional de vivir en una sociedad de minorías enfrentadas y ajenas, sometidas a un mismo poder dominante.
La cultura popular –que recoge y expresa la vivencia comunitaria con la mayor fluidez– es un fresco y siempre renovado inventario de comportamientos que fomentan la solidaridad. Por eso los procesos de unificación nacional siempre encuentran en la vida de la gente común los símbolos más atrayentes y accesibles para envolver a toda la población en la construcción de mitos y proyectos de identidad compartida. Los puntos de encuentro son precisamente los ámbitos en que nacen y se desarrollan los símbolos populares con capacidad de convertirse en símbolos nacionales.
En esencia, los puntos de encuentro no son lugares, aunque se localizan y expresan en espacios determinados. Los puntos de encuentro son relaciones sociales voluntariamente compartidas que, más allá de su beneficio material, proveen compañía y aseguran la pertenencia a una gente que define un “nosotros” vital y necesario. A diferencia del chauvinismo de la superioridad ilusoria, los puntos de encuentro ofrecen la oportunidad de que la gente se reconozca en una solidaridad genuina y culturalmente alimenticia.
Quizás este viaje por las palabras de la teoría es demasiado enredado y resbaloso, así que mejor nos vamos a pie por las calles de los barrios boricuas de las ciudades de Estados Unidos a ver de qué se trata todo esto. Puede ser en la 116 de Nueva York, el Bloque de Oro de Filadelfia, el Paseo Boricua de Chicago o en cualquier otro barrio de calles florecidas de banderas monoestrelladas.
Llevar puesto lo que encontramos
Los boricuas dicen que llevan a Puerto Rico en el corazón y debe ser cierto, aunque es difícil visitar y fotografiar sus corazones. Es más fácil ver cómo llevan a Puerto Rico por fuera en el pecho, así que vamos a sentarnos en esta esquina –cada cual sobre un cajón de leche– para observar la solidaridad compartida en los cuerpos que se encuentran y reconocen en sus camisetas que son Puerto Rican T-Shirts. En esta calle suenan con frecuencia los disparos, las sirenas y las alarmas de los automóviles, así que el peligro y la desconfianza son parte de la vida cotidiana. Además, la amenaza constante del desplazamiento-gentrification atenta contra el sentido de territorio y pertenencia. Por eso en estos vecindarios hay que saber quién es quién y a los boricuas les gusta mostrar su procedencia.
Las camisetas facilitan el reconocimiento y su visualidad de imagen-palabra anuncia la identidad. Por ahí viene un chamaco de paso resuelto y frente fruncida y su camiseta tiene un perro de rostro temible y atuendo hip-hop que dice “Don’t Mess With Puerto Ricans” y encima de la palabra “Mess” está sobreimpuesta la palabra “Jodas”. Esta agresividad para los extraños es a la vez un apaciguamiento para los compatriotas. La muchacha que viene ahora anuncia en su camiseta que ella es “100% Boricua” y lo demuestra con una imagen de Betty Boop vestida con traje de bandera puertorriqueña. Es común ver otros abanderados personajes del mundo de los cómics declarando su irreductible puertorriqueñidad a pesar de su estirpe de caricaturas norteamericanas.
En este desfile de movimiento constante en ambas direcciones del tránsito, es más común ver gente boricua anunciando su identificación nacional en camisetas que gente de otras etnias anunciando la suya, de la misma manera que los boricuas colocan su bandera en más lugares visibles –el cuerpo, el automóvil, los muros, los edificios– que cualquier otra población. Si de camisetas se trata, la variedad es impresionante. Hay congas, panderos, güiros, cuatros y guitarras para decir Boricua en temas musicales. Los pechos se arropan con idílicos paisajes campestres de orgullo jíbaro y tórridos paisajes costeros de disfrute marino. Los tiempos ancestrales taínos y los tiempos mulatos afro-caribeños también reclaman espacio. Los triunfos deportivos del béisbol y el boxeo y las luchas políticas de los viequenses y los nacionalistas agitan sus consignas, mientras en otras camisetas se conmemoran eventos históricos o festividades culturales. Las imágenes juegan con las palabras y convocan ingenio, humor, devoción y protesta.
Todos los asuntos importantes en la vida diaria de la gente se colocan en el pecho a la vista de todos y eso incluye la espiritualidad, la sexualidad, la inocencia infantil y la astucia comercial. La puertorriqueñidad que se exhibe en tantas camisetas es, por lo tanto diversa y plural, vibrante y contradictoria, pero se ajusta a un universo de imágenes y palabras compartidas y reconocidas que aportan a una convocatoria del orgullo. Algunos temas como la bandera tienen vigencia permanente. Otros como la farándula siguen el vaivén de la moda. Esta apetencia por imprimir y mostrar señales puertorriqueñas tiene tanta fuerza que años atrás –cuando el misterio del chupacabras era un asunto de gran impacto– hubo una sucesión de más de 30 camisetas en la que el monstruo se transformó de salvaje, desconocido y amenazante a doméstico, reconocido y simpático: un embajador nacional partícipe de todas las experiencias cotidianas de la gente común.
En el mundo dividido de la diáspora, las camisetas son vistosas tarjetas de identificación y contraseñas de pertenencia. La imagen reconocida en el pecho de una persona desconocida abre la puerta al saludo y la conversación –¿dónde conseguiste esa camiseta?– y da acceso a otros puntos de encuentro.
Encontrar el sabor del pueblo
Si de tanto mirar gente ya se le abrió el apetito, no tendrá que andar muy lejos para encontrar bodega-restorán-cafetería con una vitrina especial adentro. Esa vitrina de bombillas grandes y grandes bandejas tiene ahí a la venta las meriendas más necesarias para matar el hambre a fuerza de sabor boricua. Ahí están las alcapurrias, bacalaitos, morcillas, tostones, pasteles, cuajito, piononos, pollo frito, carne frita, guineos sancochados, sorullos de maíz y demás golosinas que, a pesar de su controversial valor nutritivo, tienen cierto poder de salvación y restitución de unos olores y sabores que transportan la isla al continente. Ese gastronómico punto de encuentro es tan poderoso, atrayente y resistente que en estos barrios migrantes –en los que la gente más joven pierde la pronunciación correcta del idioma español– son niños y jóvenes los más entusiastas clientes de estas vitrinas llenas de sabor de Puerto Rico.
La vitrina de frituras es un espacio de encuentro de tradiciones culinarias de distintas regiones de la isla que aquí en el barrio migrante se juntan y multiplican. Es un comeivete con su propio espacio y vigencia y cabe en restaurantes, panaderías, bodegas y guaguas rodantes, pero no se confunde con el sándwich o la mixta porque las frituras son las comidas festivas de la cultura popular, cuya importancia tiene que ver menos con la nutrición y más con la sabrosura y el disfrute. Hablé con el bodeguero sobre los consumidores que hacen fila frente a la vitrina llena de olorosa calentura y obtendrá una lista sorprendente: viejos-adultos-niños, ricos-pobres-deambulantes, santeros-católicos-pentecostales y verá que todo el mundo viene, menos los vegetarianos y naturistas. Esta es la tentación de romper la dieta y la irresistible atracción que invita a los afroamericanos a acercarse a los boricuas.
En la Escuela Albizu Campos de Chicago enseñan historia de Puerto Rico preparando alcapurrias en la cocina y todos aprenden bien. Los Cocineros Unidos de Humboldt Park hacen una fiesta anual para agradecer el patrocinio de su gente a las guaguas de frituras estacionadas en el parque. En la Cafetería Borinquen inventaron el Jibarito: un sándwich de carne con ensalada y aderezos servido entre dos tostones grandotes en vez de pan. De allí se lo fueron copiando y ahora se consigue en muchos lugares. La comida es un punto de encuentro vital, especialmente cuando nos permite olvidar el frío del invierno con algún calorcito bien condimentado en el estómago.
Para los boricuas, la música es un sabor de la imaginación y el sonido. Por eso la más lograda musicalidad de la diáspora se llama salsa. Los tambores siempre son los mensajeros de los diversos puntos de encuentro de la música puertorriqueña. El ventetú de la calle –congas, palitos y cencerros– ya no es tan frecuente pues su presencia es desafío del orden público según la lógica policiaca. Pero cuando hay fiesta en el building o la yarda el ventetú recupera su espacio. En los templos pentecostales el culto se alza en cantos y ritmos y allí hay timbales, güiros y congas que se entremezclan en la alabanza con bajos y baterías, guitarras y panderetas. Son percusiones tiznadas las que sostienen el rap y el reggae que a los muchachos les inunda los oídos. La bombayplena ha ganado cada vez mayor terreno, especialmente entre grupos de acción cultural directa, sea rescate cultural o militancia política. La salsa está dondequiera, hija predilecta de la migración boricua. En las Navidades, hay menos parrandas que antes, pero las hay y son buenas para reventar el encerramiento de casas y apartamentos. En todos estos ambientes la gente suena su ritmo en espacios que son suyos y no de la moda comercial o la industria discográfica. El tambor es el corazón de la cultura popular boricua: el ritmo del cuero es el pálpito de la gente.
Encuentros de vida y muerte
Todos estos gozos de encuentro solidario nos brindan la fuerza de sostener la vida pero en estos barrios hay otras cosas que nos la quitan: el comercio de las drogas, las destrucciones gangueras, los accidentes de tránsito, las enfermedades mortales. La muerte siempre está cerca y prefiere a los más jóvenes. Cuando mueren o los matan, la ciudad acelerada los menciona en periódicos y noticieros que olvidan al día siguiente la gente que se nos pierde en la violencia del barrio. Por eso la gente viva organiza la memoria para recordar a los muertos según sus lealtades comunitarias. En las aceras cercanas a los puntos de la muerte aparecen altares humildes y transitorios hechos con cajas, velas, botellas, flores, fotografías y notas de despedida.
En ciertos barrios las familias, vecinos y amistades se juntan y hacen colectas para pagarle a un artista que sabe pintar paredes por un mural de recuerdo de un ser querido que ha muerto. Vale la pena detenerse ante este arte netamente popular que, en gran medida, es de origen boricua y latino.
Antes de estos murales, los espacios callejeros de los barrios eran el ámbito del graffiti, la arrolladora visualidad hip-hop. Arte popular para unos y vandalismo para otros, el graffiti arropó las ciudades con su voraz y clandestino apetito por ocupar todo espacio disponible con la presencia de sus autores que habían trastocado la lógica institucional del arte al eliminar la “obra” y dedicar todo el esfuerzo creativo a la firma del autor. Así, la glorificación del artista –o la cuadrilla de artistas– tomó por asalto los muros y las paredes y culminó con maravillosas y arriesgadas pinturas que cubrían los trenes urbanos. El gobierno reaccionó de la manera más represiva y los artistas respondieron con más riesgo y astucia. Luego, las galerías de arte de vanguardia descubrieron el graffiti y sedujeron a los artistas de la calle a colocar sus desafíos de aerosol en canvas y ofrecerlos al mercado de los coleccionistas de arte. Tras un éxito fugaz como la moda artística del momento, la sensación artística se apagó mientras en las calles la creatividad ilegal fue abatida por la intervención policiaca.
Algunos artistas del graffiti se hicieron profesionales del arte. Otros se quedaron en sus comunidades haciendo anuncios para tiendas y negocios. Otros más abandonaron aquella rebeldía de su juventud. Lo que nos importa es que algunos recibieron encargos de familias o gangueros para dejar memorias visuales de jóvenes muertos en la violencia que siempre está acechando en calles y esquinas. Este arte de ofrenda funeral creció y desarrolló su propia estética.
En los espacios difíciles de los barrios –rodeados de canchas, bodegas, cafeterías, talleres, laundromats, billboards, teléfonos, car-wash, billares y tiendas– el arte floreció junto a la basura sin recoger y la sangre sin olvidar. El racismo, la drogadicción, la pobreza, las gangas y la doctrina de la violencia de los medios de comunicación garantizaron una clientela: la muerte de la gente joven es cosa de todos los días. Los artistas tuvieron que redefinir su arte para atender la necesidad de mantener una clara memoria de los muertos y clara significa legible y reconocible. Así, los enredos espectaculares del graffiti dejaron lugar a un repertorio de imágenes de la muerte y la salvación: corazones encendidos, velas, pergaminos, cruces, palomas, fechas, banderas, luces, estrellas, ángeles, tumbas, biblias, caricaturas, cristos, calaveras, flores, nubes, manos en oración, cintas enlazadas, cielos nocturnos, edificios urbanos, rótulos de tránsito, mensajes religiosos, listas de deudos y muy discretas firmas de artistas.
Mediante una iconografía cristiana, urbana y celestial, los murales de los muertos recogen el dolor en puntos de encuentro que prometen la salvación de los muertos y el recuerdo de los vivos y un deseo de paz. Utilizando la imagen fotográfica, las posesiones más preciadas del difunto, los gustos personales o los sitios donde los jóvenes encontraron la muerte, los murales ofrecen consuelo mientras rescatan a los muertos del anonimato y los devuelven al recuerdo de lo mejor de su vida y personalidad según el gusto de la gente que vivió con ellos. A diferencia del graffiti, los murales de los muertos no se consideran vandalismo sino embellecimiento de los vecindarios. Son los puntos de encuentro de la humanidad de los vivos y la solidaridad de la comunidad.
Junto a estos murales, o en ausencia de ellos, la gente levanta altares perecederos en los lugares exactos donde alguien encuentra la muerte: aceras, esquinas, parques y callejones. Ahí se dan cita los amigos del joven muerto -los que van a la misma escuela o pertenecen a la misma ganga- y colocan flores, velas, bebidas y notas de despedida. El viento apaga las velas, la lluvia disuelve las palabras y el altar despedazado va a caer a la basura.
El encuentro espiritual y los encuentros mundanos
En el mundo de los vivos, es común la perdición, la pérdida de rumbo y el agobio de los problemas de salud, dinero y amor. Cuando los problemas crecen fuera de proporciones manejables, mucha gente puertorriqueña sale en busca de un centro espiritista y allí consigue un equilibrio restablecido. Las fuerzas del mundo espiritual –los espíritus y las almas de los muertos– pueden ser maléficas o beneficiosas, y para encontrar las protecciones necesarias y eficaces hay que entrar a esa dimensión con la ayuda y guía de un buen negociador o negociadora que sepa cómo apaciguar, convencer y reclutar estos entes espirituales para el servicio de los vivos necesitados o que logre alejar y mantener a raya las fuerzas negativas del atraso y la confusión. En cualquier caso, los centros espiritistas resultan más eficaces que los consultorios psiquiátricos y, por supuesto, más accesibles.
En una barbería de abundante clientela, los barberos son expertos en dibujos y diseños con rasuradora que adornan las cortas cabelleras de los jóvenes boricuas con rayas, espirales y figuras precisas y detalladas. Un muchachito vino con su madre para que le hicieran el diseño que su amigo anda luciendo en la escuela: una bandera boricua flotándole en la cabeza. Otros clientes vienen por lo que mejor les cuadra: cerquillos frecuentes para mantener un recorte que no cambia, cuidadosos ajustes en bigotes y patillas, muy dedicados esfuerzos para ocultar la calvicie y otras tantas preferencias del buen acicalamiento. La barbería tiene una mesa de billar por si la espera es muy larga o por si uno quiere estar con los panas en vez de recortarse. Hay un equipo de sonido e instrumentos musicales. Los dueños son dos hermanos muy jíbaros de Jayuya y forman parte de un grupo de la trova campesina. Uno de ellos tiene otro pasatiempo que levanta admiraciones y provoca admiraciones: en unos tiestos muy atendidos pone a crecer un arbolito de café, otro de aguacate, una mata de guineo, muchas plantas de recao, también de orégano brujo y hasta logró mantener viva por bastante tiempo una linda mata de moriviví. La gente que llega y observa la siembra tiene que hablar del asunto y de sus tiempos allá en el campo o de su abuelo o de aquel barrio de la niñez. Así la gente encuentra otra vez su memoria, la reinventa y la comparte.
En otra ciudad hay una panadería de pan de agua y de manteca, y allí las paredes lucen decoraciones traídas de la isla para enlazar las familias que la migración descompone y allí hay tertulia de historia, de política y noticia. Al lado queda una iglesia pentecostal con sus musicalizados cultos y cerca queda una tienda de discos, y frente a esa misma tienda unos vecinos nostálgicos acompañan con dos congas las grabaciones de Fania que están tocando en la tienda. Hay muchachas reunidas en un salón de arreglo de uñas y ahí se habla de empleos y amores mientras se cultiva el arte de pintar una exuberante variedad de motivos y diseños en miniatura sobre las uñas alargadas y muy cuidadas. También por allí hay un árbol, y, bajo el árbol, la mesa del dominó que reúne otro corillo boricua que comparte la jugada cautelosa, el chiste brusco y la cerveza fría. Las uñas se pueden pintar en inglés pero el dominó siempre se juega en español.
El lector sabe que esta lista se alarga y sabe cómo alargarla. Lo importante es que hay espacios para encuentros de la gente y así la comunidad atiende su cultura maltratada por las separaciones y las complejas distancias de la diáspora puertorriqueña. La complejidades de estas experiencias se desdoblan en maneras de ser y vivir en búsqueda de un sentido compartido. Algunos de esos esfuerzos aparecen detallados en las próximas páginas.



