El compás en la costa del Atlántico Norte

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Especial para En Rojo

 

I’ve seen the future, baby
It is murder

Things are going to slide, slide in all directions
Won’t be nothing
Nothing you can measure anymore
The blizzard, the blizzard of the world
Has crossed the threshold and it has overturned the order of the soul

Leonard Cohen, The Future

https://www.azlyrics.com/lyrics/leonardcohen/thefuture.html

Andamos por la costa atlántica de Canadá, lo que llaman las provincias marítimas.  Primeras vacaciones en mucho tiempo, después de un año desgraciado que me hizo repensar si no me había equivocado de carrera.  Primero, a la llegada, bordeamos la costa de la bahía de Fundy. Es la de las mareas más altas del mundo, donde la altura del mar varía en unos dieciocho pies de la noche a la mañana.  En Alma, New Brunswick, fui a admirar los muelles altísimos, y perdí el teléfono. En una experiencia muy canadiense, lo recuperamos en seguida. La señora que lo encontró, dejó mensaje en el hotel del enfrente, y no se fue de ahí hasta que dio con nosotros. No quería entregarle el celular a mi marido, porque la tarjeta de crédito llevaba nombre de mujer. Al prójimo se le trata bien en este país. He perdido la billetera varias veces,  y en cada ocasión los buenos samaritanos me han salido a buscar.

La siguiente porción del viaje fue en Prince Edward Island, islita de estuarios. Está sembrada de papas, trigo y playas de arena roja, y se llega por un puente alto de quince minutos, o por Ferry. En la organización política del país, PEI es provincia. Territorialmente hablando es como si fuera Caja de Muerto para Borinquen, Tortuga para Haití o Saona para Santo Domingo: una garrapatita en el mapa de la costa.  Me parecía cosa extraña que PEI casi nunca saliera en las noticias, hasta que me fijé que tiene ciento ochenta mil habitantes. Es como preguntarse que por qué Montecristi sale poco en el noticiero de las seis. La capital, Charlottetown, es más pequeña que mi barrio en Toronto, y tiene menos crimen.  Estas provincias son reflejo de Canadá, país que ocupa un territorio equivalente al de Europa, pero con la mitad de la población de Alemania. Un diplomático dijo una vez que aquí hay más geografía que historia. En PEI nos quedamos en una cabañita de juguete frente al mar. La primera noche la marea hizo tanto ruido, que me desperté pensando que se trataba de la llegada inminente de un terrible tren de futuro.

La tercera fase del recorrido fue Nova Scotia.  Geográficamente se parece mucho a la costa de Maine y Massachussets, por los bosques, las costas de granito y los pueblos pesqueros de casas victorianas.  Paramos en Lunenburg, pueblo denominado herencia cultural mundial por la Unesco. Completo con los barcos de velas y coches de caballo, Lunenburg parecía el lugar de donde habrían salido a pescar a Moby Dick.  Nos hospedamos unos días en un proyecto de cohabitación. Es como una cooperativa, pero los residentes no alquilan sino que son dueños de unos condominios relativamente pequeños, con extensas áreas compartidas, incluyendo suites para invitados, salones para juego de niños pequeños, de tocar música, y hasta un taller de carpintería y mecánica.  La construcción completa está diseñada con las más avanzadas estrategias de conservación de energía, incluyendo paneles solares y vehículos eléctricos compartidos. Sin embargo, el objetivo principal no es ambientalista sino social. Se trata de gente que quiere vivir en comunidad, criar sus hijos juntos, mezclar edades y hacer cosas en común. Quieren batallar el profundo aislamiento que corroe la moderna vida, y piensan que para eso hay que comenzar modificando la arquitectura.  Todo el mundo super amable y las instalaciones andan salpicadas por letreritos discretos indicando lo que hay que hacer: separar la basura, lavar las toallas, quitarse los zapatos a la entrada de las áreas de actividades. El letrero más divertido es el del baño: tiene un dibujito de robot y otro de un pulpo extraterrestre, anunciando que puedes usar el baño sin importar de qué especie o género seas, pero lávate las manos después. Como hago cada vez que viajo, me pregunté a mí misma si viviría allí.  El ambiente de alguna manera me recordó la atmosfera sofocante de la doñas de Puerto Plata, donde se prestaba mucha atención a la vida del otro. En teoría, fantástica la idea, pero en la práctica, tal vez sea mucha comunidad para mi temperamento de lobo estepario.

Tuvimos dificultad en conseguir alojamiento en el resto de las andanzas en Nova Scotia.  El boicot a los Estados Unidos sigue en pleno auge, y casi nadie está haciendo turismo por allá.  Este verano, los canucos se han ido a Japón, Europa, América Latina, o se han quedado haciendo turismo interno. En los cruces de fronteras el tráfico ha mermado a niveles tan bajos como los de la pandemia, cuando el país estaba oficialmente cerrado. Las amenazas del cincuenta y un estado han sacudido la rebeldía y el espíritu de independencia en esta gente. Fíjese usted, tan tranquilitos que parecían.  Se acabaron los viajes a Niágara a comprar en outlets y los paseos turísticos en Vermont y Washington State.   En los supermercados y las farmacias, los compradores ponen los productos marcados Made in USA volteados patas para arriba, para alertar al siguiente cliente que debe evitar esos productos.  Las comunidades fronterizas en los Estados Unidos lamentan la pérdida de clientela, pero eso no se ve en las noticias americanas.

En 1958, en Springhill, Nova Escocia, un ligero temblor subterráneo derrumbó una mina de carbo  y perecieron setenta y cinco mineros. La tragedia de Springhill se reconoce como el episodio final de esa industria, una última exhalación del imperio decimonónico del hierro y el vapor.  Hoy los cataclismos no son de la tierra sino del hombre, sus pesadillas y sus inventos. Los vientos de verano soplan las cenizas de los incendios forestales, y este verano las provincias marítimas han cerrado los parques nacionales para disminuir los riesgos de más fuegos. Su leve olor a humo parece presagiar la tormenta del mundo, la del poema de Leonard Cohen.  En otras regiones lejanas otros siniestros también amenazan con redibujar los mapas. Y desde aquí, en las playas de este otro Atlántico, nos preguntamos ¿A qué norte será que apunta el compás del futuro?

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