Consideraciones sobre la especulación de la independencia

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Especial para CLARIDAD

Una renovación del sentimiento anticolonial y el descontento social se dejó ver en los espectaculares resultados electorales en 2024 de la alianza entre el Partido Independentista y Victoria Ciudadana, y de Eliezer Molina. Las generaciones jóvenes saben la desgraciada verdad que disimulan los teatros y retóricas de la administración colonial. La revolución digital y de internet ha ampliado la visión del mundo de las nuevas generaciones y disminuye los discursos oficiales. El contexto es un grave deterioro salarial que fuerza muchos jóvenes a abandonar la Isla; detestan la destrucción de sus fuerzas productivas e intelectuales.

Las elecciones son un medio de comunicación que reúne resistencia, rebeldía y resentimiento. En años venideros serán posibles alianzas más efectivas aún de la que en 2024 produjo la importante demostración electoral del PIP. Deben ser más grandes todavía, y extraer masas votantes de los otros partidos. También debe producirse un proselitismo educativo entre el pueblo trabajador –en torno a cómo hacer una sociedad y economía– que difícilmente puede realizar el PIP, y correspondería a otros grupos.

Espectáculo electoral y base social

 El Partido Independentista encabeza la lucha en el campo electoral. Pero podría y debería haber muchos otros medios. Una coalición puede activarse en una diversidad de esfuerzos sociales de forma permanente, y respaldar candidaturas principales del PIP en las elecciones. El concepto del PIP de partido pequeño reducido a la actividad electoral, cuya fuerza relativa reside justamente en su persistente repetición electoral, debe complementarse con agrupaciones que busquen estimular el potencial de jóvenes, trabajadores, empresas, cooperativas, escuelas, ambientalistas, artistas y demás en las comunidades concretas. La organización y educación social en las localidades son más importantes que las elecciones, pero deberían tener la consistencia y perseverancia del PIP. Podrían tenerlas, si se considera por ejemplo la alta cantidad de gente con entrenamiento académico y científico que podría formar redes de trabajo intelectual para estudiar y actuar sobre los recursos sociales y naturales de Puerto Rico.

El intelecto colectivo que produzcan sectores populares en la vida social concreta puede controlar la tendencia al fetichismo a que han tendido a veces élites patrióticas, por ejemplo de las elecciones o la ONU: esto es, el hechizo que ejerce una cosa que de por sí supuestamente será la gran solución, cancelando por arte de magia las dificultades y el trabajo que hay que pasar. Un mito común es que el cambio político llega si determinado partido alternativo gana las elecciones. (Partamos de la premisa de que un cambio de status excluiría la llamada estadidad y el presunto ELA.) Este mito supone que la forma de vivir que se ha creado en Puerto Rico puede revertirse con un triunfo electoral (que tendría que repetirse varias veces). A este mito subyace otro: que un partido alternativo (o alianza, frente, etc.) puede ganar las elecciones. No es que sea imposible. Es que girar en torno a esta esperanza, o creencia, evade el grueso problema de cómo descolonizar la vida sociocultural y económica concreta. La solución del problema en abstracto – una ecuación lógica– hace desaparecer de un plumazo la complejidad histórica.

No es el mito algo necesariamente falso. Es una idea o imagen que moviliza la mente individual y colectiva. Los mitos suelen sustituir –con fácil sencillez– las contradicciones y dificultades, incluso el dolor, de la realidad verdadera. En Puerto Rico y muchos otros sitios el mito norteamericano de las elecciones es parte de los mitos de la democracia y de que elecciones son igual a democracia. La mitología que reproducen el PNP, PPD y demás grupos interesados en perpetuar la anexión de facto no responde a simple maldad o corrupción, es parte de la forma de vivir (social, económica, psicológica, moral, legal) asentada en varias generaciones de puertorriqueños de todos los estratos.

Desde luego, en teoría un partido anticolonial o alternativo podría ganar las elecciones. Sería magnífico. Sin embargo, quizá lo decisivo sería que el partido anticolonial obtuviera una alta cantidad de votos (y cada vez más, sucesivamente), que influencie las decisiones de los círculos estrategas de Washington, así como la opinión internacional. Pues es muy probable que el cambio venga –si viene– principalmente por una combinación del declive estadounidense con las nuevas relaciones internacionales. Si es así, entonces desde el punto de vista del país puertorriqueño lo más conveniente, para efectos del espactáculo electoral –que incluye las miradas de Estados Unidos y muchas otras naciones–, es proyectar un partido independentista que goce de respaldo amplio y plural en Puerto Rico.

Por otro lado, para efectos de la concreta sociedad boricua en municipios, comunidades, pueblos y campos, es indispensable activar respaldo social verdadero –no ficticio– y dar significado material a la descolonización. Puede hacerse con diálogos y medios de comunicación en esos lugares y sus sectores particulares (estudiantes, trabajadores, científicos, empresarios, agricultores, profesionales, votantes de los distintos partidos, comunidades religiosas y educativas, barrios). Pueden incluso hacerse alianzas para conquistar electoralmente municipios específicos. Recuérdese que en 1910 el partido obrero socialista ganó el control de Arecibo y Aguadilla. El éxito eleccionario de Eliezer Molina –mediante ‘write-in’– ilustra el potencial de una política que canalice las protestas, usando hábilmente las redes digitales, e informe sobre los problemas y las movilizaciones locales, de manera que cada localidad se entera de lo que ocurre en las otras. De los temas locales puede formarse una unidad.

La cuestiones de la tierra, la ecología, la agricultura, las costas, los recursos naturales y el uso del espacio tienen gran importancia entre otras cosas porque, en buena medida, por la condición física isleña y caribeña es que la nacionalidad boricua no ha sido borrada del mapa. Las particulares topografías y geografias del archipiélago borinqueño proveen poder simbólico, emocional y mítico. Son un factor moral. Recuerdan la destrucción imperialista de la vida social y natural. Estimulan la idea de que podría construirse un país. Reiteran la posibilidad de un cambio, cuyo contenido habría que producir.

El país real reside mayormente en los municipios. En contraste con la mayoría de los demás municipios, ‘San Juan’ –que está lejos de ser sólo el Viejo San Juan– es un desparramiento urbano y un desorden ambiental y espacial. El proceso colonial ha hecho que el gobierno central y la ‘ciudad capital’ signifiquen poco, más allá de discursos de políticos, de la prensa, la publicidad comercial y la UPR. Por causas históricas que no es difícil ver, la identidad puertorriqueña radica en medida decisiva en las identidades municipales. En los municipios tienen lugar la vida concreta y las expectativas de la mayoría del pueblo. En este micro-universo una coalición social y anticolonial puede echar raíces y usar las elecciones para capturar municipios, a la vez que respalde al PIP en el espectáculo electoral de las candidaturas a la gobernación y la legislatura de Puerta de Tierra, los puestos ‘grandes’ según el folklor y la psicología coloniales.

Descenso de Estados Unidos

La política que representa Trump de reducir gastos y dar prioridad a la competitividad –en vez de subsidios federales a poblaciones clientes y países vasallos– responde a la crisis del estado norteamericano, que desde hace décadas viene dependiendo de un poder bancario y una economía de servicios que han socavado su productividad industrial y agrícola del pasado. Estados Unidos carece de la producción de riqueza necesaria para seguir fomentando gastos imperiales y dependencias propias y ajenas, al menos como antes. La crisis no es sólo del estado sino además del imperialismo norteamericano, que decae ante los cambios en el mercado mundial y el ascenso político y comercial del Sur global y del Oriente.

De aquí la especulación sobre la posibilidad de que Estados Unidos ‘suelte’ a Puerto Rico, o propicie alguna forma de independencia de la Isla en el futuro. Empujar a Puerto Rico hacia la independencia (o soberanía con asociación) es compatible con la política trumpista de reducir gastos ‘improductivos’, pero puede traerle problemas mayores a Estados Unidos. En el Caribe y América Latina vienen creciendo relaciones y alianzas de orientación anticolonial, como BRICS, CARICOM y ALBA. Una soberanía con asociación pondría a Puerto Rico en condiciones de ingresar a BRICS o CARICOM, y gestionar relaciones comerciales con China y otros estados que provocan animosidad en Washington.

Puerto Rico tiene importancia estratégica y hemisférica para Washington; justamente por eso los yanquis nunca hablan de Puerto Rico para efectos internacionales, como si fuera sólo un improblemático destino de carga marítima y líneas aéreas, un detalle que no amerita mencionarse. Es de suponer que los cuerpos estratégicos de Estados Unidos consideren distintas alternativas para Puerto Rico y no sólo la independencia, que es bastante radical y ofrece peligros diversos. Esto es, si buscaran un cambio, lo cual por ahora no parece.

Desde los años 70 y 80 el fin de una amplia actividad manufacturera en Puerto Rico y la actual economía de servicios han implicado una convulsión social que debilitó gravemente la ya maltrecha sociedad. Los fondos públicos estadounidenses han tenido un rol cada vez más decisivo, y hoy la Isla apenas puede funcionar sin ellos. La política, sobre todo del Partido Demócrata, de programas y subsidios del gobierno para cooptar comunidades marginadas y de salarios bajos en Estados Unidos, se extendió a corporaciones. Todavía en la Isla hay quien supone al Partido Demócrata la ‘izquierda’ norteamericana.

Dos caras del poder monetario son, por un lado, los subsidios del estado, y por otro, los empréstitos del gobierno y préstamos privados (deuda). Los subsidios promueven una ‘sociedad de consumo’ que al crecer reclama cada vez más endeudamiento, para expandir una forma de vida irresponsable que se considera –gracias a la publicidad y los medios de educación y difusión– deseable, segura y fácil. El deterioro socioeconómico que trajo el neoliberalismo –la concentración de capital– desde los años 90 intensificó la integración a Estados Unidos. Reconstruir el tejido social boricua podría evitar que Puerto Rico se deslice hacia dejar de ser un país. En la visión capitalista dominante, ‘Puerto Rico’ es una plataforma para extraer dinero a los puertorriqueños mediante altos precios, deudas e impuestos. La administración isleña concede gratuitamente millones a empresas privadas, una y otra vez, mediante contratos obscenos y leoninos. Las transferencias federales que la población recibe hacen tolerable el desorden continuo. Con el rebosante sistema crediticio grupos de salarios altos gozan de amplio consumo, incluso de lujo; los de salarios bajos pueden mudarse a Estados Unidos. La deuda pública podrá reanudarse una vez los federales monitoreen parte de su pago.

Debe intrigar a muchos boricuas cómo sería la materialidad de la soberanía, es decir, cuán real, verdadera y posible sería. El estándar de vida de Puerto Rico, que muchos puertorriqueños no quisieran abandonar, se hizo mediante deuda, capital y dinero norteamericanos. Un Puerto Rico independiente necesitaría que su pueblo trabajador fuese capaz de producir un volumen de valor cercano al volumen de valor que ha permitido el nivel de vida y las infraestructuras que los puertorriqueños han experimentado en una vida relativamente cómoda, en comparación con muchas otras formas de pobreza y dependencia. Si un Puerto Rico soberano hiciese préstamos en los mercados financieros para activar sistemas de producción, electricidad, agua, gobierno, educación, vivienda y demás, como es previsible que los haría –si no le imponen un bloqueo como el de Cuba–, tendría que producir una cantidad de valor que garantizara los pagos de las deudas. Sería así también si sus deudas fuesen con un sistema bancario alternativo y solidario, por ejemplo de BRICS. La construcción económica del nuevo país requeriría apoyo de la población, notablemente la clase obrera y demás clases populares, a base de la conciencia política. Sería necesario un nivel de vida aceptable para las mayorías, al menos suficiente para que respaldasen el proyecto a largo plazo. Los recursos económicos tendrían que usarse, ahorrarse y protegerse al máximo. Es pertinente la idea de que un Puerto Rico independiente atraiga capital extranjero y use a su favor sus destrezas científicas y tecnológicas. Pero en todo caso es necesaria una larga y rica conversación pública sobre estos temas. Tal conversación por ahora no existe, como tampoco existe, digamos, un periódico.

Materialidad del poder

 Puerto Rico es un caso peculiar en que el imperialismo ha promovido la identidad cultural y la cultura popular del país sometido, mientras lo aprisiona cada vez más y lo integra. La curiosa experiencia que representó Muñoz Marín difundió durante generaciones que Puerto Rico gozaba de autonomía (tal cosa no existe en el ordenamiento jurídico norteamericano) mientras en realidad se anexaba económicamente a Estados Unidos con la destrucción de su agricultura y de sus empresas, la deuda privada y pública, la migración, la invasión de capital, el sistema educativo, y el traslado de instituciones y conceptos estadounidenses. De hecho venía anexándose ya mediante la ‘autonomía’ para endeudarse que instruyó la ley Jones en 1917. A la vez Puerto Rico exhibe continuamente su cultura, o las representaciones de lo que ésta supuestamente es. Una autocelebración y una autopercepción puertorriqueña generalmente entusiasta y a veces eufórica se corresponden con la destrucción que el colonialismo ha auspiciado en la Isla y con una anexión de facto. El optimismo cultural boricua –la celebración de estar vivos, por así decir– es un folklor que reproducen espectáculos, comercios, consumos, costumbres, conductas, medios de comunicación, discursos y hablas. El entusiasmo a menudo provoca la ilusión de que un cambio histórico es inminente.

En la segunda mitad del siglo XX dramáticas luchas en la Universidad de Puerto Rico expresaban la disyuntiva de cuál sentido tendrían los muchos recursos que allí se formaban: si para el propio país o para una integración a la sociedad y economía de Estados Unidos. Véase la identificación casi absoluta de las ciencias naturales y las tecnologías –esenciales para edificar una autodeterminación nacional y para el desarrollo de cualquier país– con el capital americano y sus grandes corporaciones y aparatos militares.

El moderno despotismo estadounidense aprovecha un aspecto de la cultura digital y de las llamadas ‘redes sociales’, la individualización y privatización de la información: cada cual, o cada pequeño grupo, tiende a sus propias conexiones, con poca o ninguna comunicación con una totalidad, la cual parece haber desaparecido. (La sociedad no existe, sólo existen individuos, dijo en los años 80 la dirigente capitalista Margaret Thatcher.) Las representaciones en pantallas suelen pensarse como si fueran el proceso social real, y éste fuese los instantes electrónicos. Monopolios estadounidenses (comercios, bancos, televisoras, instalaciones industriales, publicidad) organizan la vida boricua. La programación de entretenimiento y noticias de las corporaciones norteamericanas Telemundo, Wapa TV y Tele Once reproduce, década tras década, el folklor de una puertorriqueñidad adherida a Estados Unidos y eternamente acostumbrada al colonialismo, la sumisión y la tragedia.

Si bien es notoria la holgazanería intelectual de los grupos a cargo de la colonia, cultivan minuciosas especializaciones y detalladas discusiones sobre cómo administrar la dependencia de fondos y préstamos estadounidenses. Así por ejemplo muchos municipios remozan el casco urbano, auspician festividades y folklores, traen programas accesibles en Estados Unidos, y proveen seguridad y otros servicios que alivian la degradación de la vida y de la salud pública. Desde hace medio siglo el PNP representa estelarmente la jerarquía criolla a cargo de traer fondos, deudas y capital.

Otras posibilidades

 Al imaginar las alternativas que Estados Unidos baraja para la Isla, a veces se suponen polos extremos: dependencia masiva de fondos federales, o independencia. No tiene que ser así. La política de promover la dependencia de fondos federales ha indicado chapucería política e intelectual de Washington –y de los grupos colonialistas isleños– desde la década de 1930. Lo más fácil ha sido emitir transferencias, para lo cual abunda dinero en el Tesoro (que la gran banca sostiene, como parte de la deuda estadounidense). Así se neutraliza el descontento social, y los puertorriqueños se hacen un estupendo mercado de precios altos, excedentes agrícolas, mercancías y préstamos.

Los Republicanos yanquis podrían inventar nuevas opciones. Después de todo cuentan con numerosos intelectuales e influencers críticos del ‘big government’ y filósofos del ‘libre mercado’. Para renovar la actividad productiva podrían ingeniarse mecanismos tributarios, compatibles con la tendencia trumpista, que incentiven empresas americanas para que vengan a la Isla. Una revitalización de actividades manufactureras y de la ética del trabajo –si ocurriera– podría mejorar el clima social isleño, reducir la emigración, y aumentar el consumo sin subvenciones directas. Washington podría volver a mostrar el colonialismo ante los pueblos caribeños y latinoamericanos como modelo. Pero habrá que ver si el grupo dirigente norteamericano repara en estos asuntos. Es probable que opte por la inacción, suponiendo que en la Isla la inercia no produce problemas mayores. Sin embargo, debe esperarse que continúe la crisis social de Puerto Rico. Los grupos anticoloniales y contestatarios podrían avanzar con una propuesta unitaria de cambio, y no sólo electoral y administrativa, sino social y económica.

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