Será otra cosa-El hombrecito de azul pasea por Kados, el planeta marino

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Especial para En Rojo

Dios es un gato que nos mira
de acuarela es su reino.
Es plomo a momentos,
de madera casi siempre
cuando boga sin sentido
por un río de azufre escarlata.

Hugo Margenat, «Dios es bueno»

 

Ya habrán escuchado ustedes a alguien diciendo en estos días, como Mafalda, detengan el mundo, me quiero bajar. Lo tremendo parece suceder a la misma velocidad con la que nos enteramos y tan cerca como las imágenes que nos alcanzan. Las voces que escuchamos, acabadas de salir de las bocas, conservan la tibieza del aliento. Apesadumbradas, nos desplazamos, como si nos moviéramos en el mar, buscando las corrientes más frescas, un descanso al vaivén del día. Escribo esto y me recuerdo flotando en el mar.

Así, flotando suave por las corrientes virtuales, doy, no sé ni cómo, con un titular que captura mi atención y me promete sosiego provisional: han descubierto a ciento veinte años de distancia un planeta que podría ser habitable, que podría estar habitado. Leo con cierto escepticismo, consciente de que puede ser el fruto de un periodista fantasioso, como la columna que estoy escribiendo esta tarde, pero cedo a la tentación de una esperanza para el futuro. Veamos.

El planeta es enorme y dicen que posiblemente esté repleto de algas marinas y criaturas acuáticas microscópicas. Si esto llegara a ser cierto, según los científicos, querría decir que el resto de la galaxia lejana podría estar habitada. Afortunadamente para elles, los terrícolas estamos suficientemente lejos como para no intervenir con sus vidas, por el momento. A juzgar por lo que sucede aquí, nada bueno vendría de estos lares. Sigo leyendo.

Es lindo que sea un planeta marino. Las partes más frías puede que tengan el suelo firme por el hielo, y bien podría haber vida en esas superficies adaptada a las bajas temperaturas como las focas, los pingüinos, los osos polares y los esquimales. Discúlpeseme la falta de imaginación e información zoológica.

Dicen los que saben que todo esto podría ser cierto, pero son cautelosos y declaran que todavía no hay pruebas contundentes. Lo único que sí ha concluido nada menos que la Universidad de Cambridge (y esto suena a sabiduría comprobada) con cierta certeza es que «debe estar cubierto por un océano cálido, rebosante de vida». ¡Agua, mucha agua, y más vida! El estudio se acaba de publicar en Astrophysical Journal Letters, posiblemente una de esas publicaciones científicas que tiemblan al escuchar las ocurrencias de Casa Blanca. La constatación, comentan en el artículo, necesitará de muchas complejas y parsimoniosas investigaciones. En resumidas cuentas, de que la cosa va para largo, sin contar con los obstáculos que podrían enfrentar los investigadores por falta de apoyo económico, desmantelamiento de universidades, etcétera.

Kados Dieciochobé se llama el planeta. Hace unos años, en el 2017, ya lo habían descubierto unos astrónomos canadienses desde los telescopios chilenos. Leo que se trata de planetas subneptunos, es decir, planetas casi tan gigantescos como Neptuno. Se conjetura que están cubiertos de océanos de agua tibia, en atmósferas ricas en hidrógeno, metano y compuestos de carbono: enormes esferas oceánicas suspendidas en el universo.

Es lindo también lo que se dice del movimiento del planeta subneptuniano, este K2-18B visto desde acá. Cuando planetas como éste pasan delante de su «sol», su atmósfera se ilumina y, avistados desde la Tierra, por el telescopio terrenal, parecen estrellas que cambian de color. Qué alegría. Así se enteran los científicos de la composición química de su atmósfera. Hace unos pocos años, descubrieron de este modo en Kados sulfuro de dimetilo, que a mí me suena como un héroe griego, pero realmente es un compuesto de azufre, carbono e hidrógeno. Lo maravilloso de ese descubrimiento es que supondría la presencia de vida, pues sólo un ser vivo como las algas produce el sulfuro de dimetilo, el olor característico del mar. Al menos, eso fue lo que entendí.

Resulta, según los experimentos, que Kados puede que tenga una cantidad mucho mayor que la Tierra del sulfuro de dimetilo. ¿Estará más vivo que nuestro planeta? Sería un mar rebosante de vida, dice el reportaje. Un lugar ansiado para los agonizantes terrícolas del futuro próximo, digo yo.

Hasta aquí llega mi entendimiento. No sigo leyendo porque se ponen muy técnicos, pero supongo que estos estudios de a poquito son los que logran grandes descubrimientos. Al final del artículo del NYTimes, Joshua Krissansen-Totton, astro biólogo de la U de Washington, expresa su preocupación por el estado de las cosas bajo el gobierno de Trump. Recuerdo entonces a mi amiga científica que perdió el trabajo y está deprimida, no tanto por su crisis personal sino porque, me dice, el ataque es contra su disciplina.

Por mi parte, como no sé de ciencias y leí muy rápidamente, me quedé con la impresión de un planeta gigante, ocupado solamente por un océano profundo que exuda un fuerte olor a algas. Qué cosa tan linda e imponente debe ser ese planeta sin orillas.

Ahora mismo la gata duerme, que es a lo que se dedica todo el día con gran entusiasmo. Yo creo que cuando los gatos duermen, viajan. Abandonan su cuerpo blando y suave sobre la colcha y se transforman en otras criaturas que deambulan por sitios como Kados, el planeta a ciento veinte años luz de la tierra, ese que huele a mar y sólo dejar ver la luz que se refleja. Cuando duermen tan plácidamente es que visitan ese lejano planeta que sólo puede verse desde el telescopio chileno. Lo examina desde acá un científico indio de pelo muy negro que siempre viste de azul. Esto no es parte de ningún sueño, esta tarde lo escuché en un vídeo hablando con mucho entusiasmo de este mismo planeta. Sus ojos estaban fijos en la cámara mientras lo entrevistaba un invisible periodista. Sé que estaba vivo porque un insecto pequeñito, como una mariposita o una polilla, exploró la solapa de su chaqueta hasta que se cansó del paseo. No sé si este señor sólo mira a los cielos lejanos y no al azul de su chaqueta.

Imaginé también que dios, si es que anda por ahí, se cansará a veces de este planeta desquiciado, de sus guerras, de los tiranos y hasta de los científicos, y soñará acurrucado como mi gata, y nos abandonará para visitar las algas de Kados. De vez en cuando, como dice el poeta, nos mira, pero de lejos, cuando su planeta pasa frente a su sol y destella su luz. De vez en cuando el hombrecito de azul lo divisa por el telescopio y se sorprende, se queda muy quieto, como si durmiera también, para que no escape el momento, para no echar a perder esa mirada, y sólo entonces la mosca se pasea por su chaqueta y da acá una señal de vida.

 

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