Hace apenas unos días, en una rueda de prensa de Donald Trump y su gabinete desde la Casa Blanca, varios de los secretarios, entre ellos el de Defensa, Pete Hegseth, y el de Estado, Marco Rubio, se refirieron al mandatario estadounidense como » el Presidente de la paz». En más de una ocasión, el actual Presidente de Estados Unidos ha dicho que aspira a recibir el Premio Nobel de la Paz.
Hoy, el discurso ha cambiado. «Hay que prepararse para la guerra», dijo Hegseth mientras arengaba a las tropas acuarteladas en distintos puntos de Puerto Rico, en preparación de la ofensiva guerrerista contra el gobierno y el pueblo de Venezuela que afanosamente planifican los altos mandos de la milicia estadounidense. El preámbulo de esta aventura ya cobró las vidas de 11 personas en una embarcación explotada en el mar por efectivos militares estadounidenses que, sin mostrar prueba alguna, identificaron a los muertos como supuestos integrantes de una pandilla conocida como Tren de Aragua. Con este incidente, rompieron las hostilidades de esta nueva intervención imperial en nuestro hemisferio, trágico escenario histórico de otros actos de mano dura como atentados e invasiones militares, golpes de estado, asesinatos políticos, fraude electoral, cambios de gobiernos, secuestros y arrestos escandalosos de jefes de estado, entre otros.
Ahora, ya no se trata de la intervención solapada de la CIA o el Departamento de Estado de Estados Unidos tras dichas acciones. Esta nueva ofensiva implica acción militar directa, disfrazada de cruzada moral: combatir el tráfico de narcóticos hacia Estados Unidos, lo cual, según Trump y sus acólitos representa un riesgo existencial para los buenos ciudadanos de dicho país. En esta nueva «novela imperial», el «villano» es el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y otros altos mandos de su gobierno quienes han sido acusados por el gobierno estadounidense de dirigir y orquestar las operaciones de una supuesta banda criminal de narcotraficantes, nombrada el Cartel de los Soles.
No importa que nadie del gobierno de Trump, ni de los gobiernos de Estados Unidos anteriores al suyo, haya presentado una sola prueba de la existencia de dicha organización criminal. No importa que investigaciones independientes, como la de la revista de política internacional The Conversation, contradigan la narrativa del gobierno de Estados Unidos sobre la existencia misma del supuesto cartel. No importa que el diario The New York Times haya reportado que cualquier acción militar contra Venezuela contradice la estrategia de negociación con el gobierno de Maduro que recomendó el embajador del gobierno de Trump en Venezuela, Richard Grenell, para beneficiar los intereses de las compañías estadounidenses que operan allí.
El presidente neo imperial no entiende de razones. Volver a disponer a su antojo de las reservas de petróleo más grandes del mundo, en Venezuela, es un objetivo irresistible para los planes políticos y económicos de Donald Trump y de la claque de billonarios a quien él y su gobierno representan.
El imperialismo es un camaleón que en cada generación cambia de ropaje. Lo que no cambia es su rapacidad, su codicia, su afán de conquista y de dominio. La sed de doblegar a quien se le atraviesa en su camino y le hace resistencia. Para el «nuevo imperialismo» de Donald Trump es imperativo seguir la ruta trazada de derrocar gobiernos, y doblegar enemigos reales o percibidos. Él lo hace a su manera burda, sin siquiera poder explicar coherentemente sus motivos. Antes lo hicieron otros líderes del viejo imperialismo estadounidense, como Andrew Jackson, James Monroe, John McKinley o Theodore Roosevelt, o sus sucesores Franklin Roosevelt, Truman, Kennedy, Johnson, Nixon, Reagan, los Bush, padre e hijo, Clinton y toda la cadena de presidentes Republicanos y Demócratas de los últimos dos siglos desde que Estados Unidos, a 50 años de su independencia acumuló poder suficiente para expandirse más allá de los cuatro puntos cardinales de su geografía inicial.
Por eso, Trump ahora cínicamente se proclama «Presidente de la paz», mientras su gobierno destina billones de dólares a financiar el genocidio israelí en Gaza u ocupar militarmente el espacio aéreo, aguas territoriales y suelo de su colonia, Puerto Rico, como plataforma para lanzar su ofensiva contra el gobierno y pueblo de Venezuela, bajo el falso pretexto de que el presidente venezolano constituye una amenaza letal para el pueblo de Estados Unidos. ¿Quién que conozca la maquinaria de guerra de Estados Unidos puede creer esta patraña? Basta mirar veinte años atrás, cuando Estados Unidos declaró la guerra e invadió Iraq- también potencia petrolera- bajo la mentira de que el gobierno de Saddam Hussein tenía depósitos ocultos de «armas de destrucción masiva» con capacidad de destruir al mundo. Años y decenas de miles de muertos y mutilados pasaron antes de que el mundo descubriera que había sido engañado por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, lanzados en una cacería que eventualmente les dejó desnudos ante la opinión pública del mundo y de su propio país. Un conflicto que costó miles de vidas en ambos bandos, principalmente de jóvenes, dejando una estela de odio y resentimiento que aún divide a la humanidad.
El narcotráfico hacia Estados Unidos nada tiene que ver con ningún país en particular. Los llamados carteles de drogas son organizaciones criminales transnacionales, billonarias y ultrapoderosas, cuyos tentáculos se extienden por todo el mundo, principalmente en los países ricos de Occidente, donde las fronteras no impiden que las redes de suplidores internos en cada país satisfagan la ávida demanda por drogas ilegales en dichas sociedades.
Estados Unidos tiene uno de los mercados más grandes y de mayor demanda por drogas ilegales en el mundo. También cuenta con la más robusta infraestructura legal y regulatoria, con personal profesional y altamente adiestrado y la más avanzada tecnología para rastrear e impedir la entrada de drogas ilegales por sus fronteras, puertos y aeropuertos. Si no lo hacen, que no busquen excusas en otro lado.
Usar la teoría fatula de un supuesto esquema de trasiego de drogas a Estados Unidos para intervenir militarmente en Venezuela, no solamente es una falsedad sino también una profunda indignidad de quien se autonombra «el Presidente de la paz».



