Vida disca:Sueña con volver

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Crónicas de la vida disca

 

Especial para En Rojo

Aquí mataron gente por sacar la bandera
Por eso es que ahora yo la llevo donde quiera

-Bad Bunny/Benito Antonio Martínez Ocasio,
“La mudanza”, Debí tirar más fotos-DtMF (2025)

 

5:00P.M. Río Piedras, Puerto Rico

No nos criamos juntas. Ella creció por California. Yo, en Puerto Rico. Rondando el medio siglo de vida, hemos hecho hogar en la diáspora, en dos puntas del continente americano. De allí hemos venido. Henos aquí, como dos adolescentes risueñas preparándonos para nuestra primera gran noche de concierto en la isla de nuestro padre. ¡Wepa!

Vestirse. Ropa fresca colorida para el calor de fin de verano, abrigos para proteger del aire acondicionado intenso. ¿Maquillarse? ¡Sí, como niñas culecas! Tapar con pintura color arena las ojeras de años de sobrevivencia de calamidades pandémicas. Pintarse los labios como si el sol los hubiera acompañado todos estos días en plena época de huracanes. Peinarse. Flor de maga en el pelo, Thespesia grandiflora, la flor nacional (¿una copia hecha en China?).

Hay juguetones tatuajes de agua con la bandera de azul celeste, que no es el azul turquí de la hermana bandera cubana ni el azul marino de la dominadora bandera estadounidense. Entre risas, nos los vamos poniendo una a otra frente al espejo del baño. Una bandera sol taíno sonríe en mi pecho como si colgara de mi collar de cuentas turquesas. Una bandera mariposa abre alas de franjas coloradas bajo la cadenita dorada de mi hermana mayor. Más banderas en los hombros como alas: un coquí bandera quiere saltar al mundo, una bandera de puños alzados en lucha, el mapa de una isla bandera en el mar Caribe, un corazón bandera con alba estrella al centro, soñando libertad. (Quienes crecen en países con fiestas patrias y días de independencia no comprenderán acaso el júbilo de forrarse con una bandera en resistencia, prohibida y perseguida por la Ley de la Mordaza de 1948 a 1957, cuando era ilegal desplegarla incluso en tu propia casa.)

Sesión de fotos mientras esperamos el transporte frente a la casa de nuestro hermano en Río Piedras, detrás de la Universidad de Puerto Rico, donde tuve la dicha de estudiar antes de que le quitaran los fondos. El hermanito menor ha salido a la competencia de natación del sobrino, así que desgraciadamente no hay fotos juntos. (Debimos tirar más fotos.) En la más bella foto de nosotras, una para enmarcar, brillamos dos floridas hermanas reencontradas frente a un jardín de flores cosmos anaranjadas en la luz dorada del atardecer. Grandes sonrisas de anticipación. Algunas arrugas incipientes y canas sin teñir. Cabezas y hombros unidos. Facciones que se reflejan. Gozo en las miradas.

Pasan tres vecinos haciendo caminata y la doña nos señala jocosa,

—¡Yo sé a dónde van, jaja!

Estábamos listas para el concierto de La Residencia de Bad Bunny.

Aquí nadie quiso irse
Quien se fue, sueña con volver

-Bad Bunny, “Lo que le pasó a Hawaii”, DtMF (2025)

 

6:00P.M. Hato Rey, Puerto Rico

Érase un tiempo inter-eclíptico. Decía una sabia que entre el eclipse lunar del 7 de septiembre y el eclipse solar del 21 de septiembre se abriría un portal desde el cual los ancestros nos llamarían a casa. ¡Quién lo diría! Nos habían llamado. A nosotras y a miles de boricuas de la diáspora que llegábamos en aviones cargados de una emoción palpable en los aplausos del aterrizaje. Había sido una serie de circunstancias inauditas la que se acumuló para que hubiéramos viajado de repente a Borinquen, isla de nuestros ancestros taínos, andaluces, mandingas, lucumíes, congos y canarios.

Se acercaba el octavo aniversario del huracán María. Entre apagones y un sistema tropical que trataba de convertirse en huracán, el sol brillaba con empeño hasta darle paso cortés a la luna. Llegamos en un taxi extragrande, un gasto adicional por la silla de ruedas (el impuesto disca o crip tax, como le dicen). Compartiendo nuestro alborozo, el chofer nos contaba con chispitas en los ojos lo grandioso que sería el concierto mientras subía el volumen a una contagiosa mezcla musical de Bad Bunny: “Dime si te va’ a montar / Pa’ la isla tengo el portal”. Había ambiente de festival y encontramos la rampa para cruzar al Choliseo.

Como soy cineasta de vocación, iba filmando con el celular una larga toma desde mi perspectiva rodante. Nalgas visibles tras un traslúcido encaje negro, nalgas de pantalón blanco apretado, nalgas de vibrantes faldas rojas de jibarita, nalgas azules de parejas andando al unísono, nalgas de todos los colores bailando al son de los jubilosos instrumentos de los estudiantes del Conservatorio de Música en la plaza afuera del coliseo. Cambié el enfoque hacia atrás para capturar a mi hermana empujando contenta mi silla de ruedas y, más arriba, flameaban multitud de flores de un encendido flamboyán ante el alunado cielo azul.

Mi hermana es pequeña y poderosa como nuestra abuela. La rampa de subida es larga y extenuante. Quien va por la rampa tiene que hacer en zigzag cinco veces el recorrido de quien sube por las escaleras. ¡Aquí hace falta un funicular! Quisiera hacerme más liviana pero después de tres años en cama con una terrible aflicción pandémica, no soy más que piel y huesos. Sólo exhalando me puedo hacer más ligera. Por si las dudas, exhalo. Llegamos a la cima.

Prestamente, nos escoltan al ascensor. Me preocupa si podremos llegar a nuestros asientos en lo más alto de las gradas. No hay problema porque nos invitan a un mostrador de taquillas para la sección de impedidos. Una rápida firma y, sin más, se nos otorgan los nuevos asientos 6 y 7 del balcón 222 que los arquitectos de SCF diseñaron para ofrecer completa visibilidad, ¡inclusive a personas discapacitadas! Estamos frente a la gran montaña con sus platanales, flamboyanes y hasta gallinitas vivas picando maíz, primer escenario del concierto; y sobre La Casita de campo rosada cuyo balcón y techo serán el segundo y el tercer escenario del concierto. Ninguno de los 18,000 danzantes de pie me tapa la vista, puedo ver el teatro completo desde mi asiento en la sección disca. Quiero llorar porque mi patria se siente accesible. ¡El espectáculo está por comenzar!

Y ahí soñamos con un futuro
Que estemos bien, no hace falta mucho

-Bad Bunny y Chuwi, “Weltita”, DtMF (2025)

11:00P.M. El Choliseo, Puerto Rico

Cuando quedas discapacitada a mediana edad, el mundo conocido se evapora como gota de agua en sartén caliente. Tu mejor amiga (la que te contagió) te ghostea. Tu colega deja de textearte. La escuela de tus hijos olvida tu existencia. Tus comunidades siguen adelante sin ti. Tu trabajo te recomienda que renuncies. Tus familiares formulan hipótesis sobre tu condición: “piensa demasiado” o “necesita fe” y “prueba este té”. Si estás en la diáspora, te ves completamente sola en un país que no te quiere y que, con su política de salud pública, te quiere matar. Atraviesas en soledad mil jornadas en el espacio cama. Tu vida social renace en comunidades virtuales, a partir de corazones conectados a la distancia, donde no se ven ni se tocan los cuerpos.

Por eso es una experiencia inefable estar en este coliseo con 18,000 seres vivientes que trinan y palpitan en carne y hueso. Cantar y salpicar mi mascarilla con saladas lágrimas de emoción al sentirme parte de un pueblo que ríe y que canta con tanto amor, con tanta hermandad, con tanto gozo en esta noche. “¡Puerto Rico está bien cabrón, ey, está bien cabrón!” Quisiera pararme a bailar, dejo que mi hermana lo haga por mí. Nos miramos y nos abrazamos sintiendo, acaso por primera vez, que ambas somos en esencia de aquí. Que nuestras raíces son hondas y nuestras ancestras nos bendicen y protegen. “Esta es mi playa/ Este es mi sol/ Esta es mi tierra/ Esta soy yo”. Aquí vibran el amor por la patria, por la vida, por el prójimo.

Es una noche utópica. Miles de personas saltando, pero no me siento en riesgo de ser arrasada por la multitud. Por el contrario, me siento cuidada. Por todas partes, miradas de ternura, nada de lástima, sólo gozo compartido. Y si en el mundo capacitista está prohibido que una mujer disca goce —porque una sola sonrisa en redes sociales puede descalificarte, como si el carnet de discapacidad requiriera vivir llorando y sufriendo 24 horas al día—, aquí no. Aquí toda la sección disca goza plenamente, nuestro corazón latiendo a ritmos que nacieron en las costas de África y en siglos de lucha y duelo han llegado hasta esta maravilla de Antilla musical: bomba, plena, reggaetón, trap latino, salsa, bolero, seis jíbaro, bachata.

Aquí no hay vigilancia. No hay que cuidarse de expresar emociones que puedan ser usadas en tu contra. Tampoco hay que cuidarse de expresar demasiado amor por tu tierra. No hay que esconder quién eres. Aquí, con Pedro Pietri, sintonizamos nuestra imaginación al poder de nuestra gente hermosa. Aquí, con Juan Antonio Corretjer, somos boricuas de la tierra a la luna. Aquí, con Lolita Lebrón, no pedimos perdón por ser nuestro mejor ser. Aquí, con Pedro Albizu Campos, no hay esclavitud personal ni nacional; se encausa la mentalidad de la isla por senderos de libertad y responsabilidad, sorprendiendo a la humanidad entera. Aquí, con Ramón Emeterio Betances, empezamos a ser libres, dueñes de nosotres mismes con felicidad suprema. Aquí, con Mariana Bracetti, bordamos banderas de libertad.

Una última foto al terminar el concierto. Millares de hermanes salimos transmutades por el mágico areyto. Nos miramos con ojos de mar. Nos amamos.

 

La autora es  escritora, cineasta, artista y educadora puertorriqueña graduada de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras con bachillerato en Estudios Latinoamericanos y de Harvard University con maestría y doctorado en Lenguas y Literaturas Romances. Imparte clases de cine y estudios culturales latinoamericanos en la Universidad West Chester de Pensilvania. Su libro Violencia invisible: Narrativas de la exclusión en América Latina (2025) aborda cómo la cultura latinoamericana responde ante sistemas de exclusión violentos. Iliana dirigió el cortometraje “Mulberry Tree” (Árbol de moras, 2025), sobre justicia disca y ambiental, que ganó Mejor Cortometraje Experimental Dirigido por una Mujer en Brasil.

 

 

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