Especial para En Rojo
***
Estimada señora gobernadora Jenniffer González Colón:
Me dirijo a usted con el entusiasmo que solo produce un concurso literario patriótico promovido por el Estado, esos que invitan al pensamiento libre… siempre que esté debidamente encadenado.
He leído con emoción su convocatoria para ensayos que fomenten la estadidad, y le confieso que mis manos temblaron, no de emoción, sino de asombro. ¡Qué ingenioso! Convertir la literatura en pasaporte, la prosa en tarjeta de Seguro Social y la crítica en código postal.
Me recordó a aquel amigo que sigue llamando a su ex todos los días, aunque lo bloquee, le grite, lo ignore… o peor: le diga que Puerto Rico es una isla flotante de basura. Pero insiste. “Es que es linda, tiene ciudadanía y dice que me quiere… solo que no ahora, y tal vez nunca”.
¿No le parece romántico?
Yo la entiendo, Gobernadora. Yo también he amado a quien no me amaba. Pero a mí, al menos, me dio con escribir poesía, no plebiscitos.
El problema, señora, no es la falta de amor allá; es la falta de amor aquí. Aquí no nos enseñaron a querernos. Aquí, cuando hablábamos español con la erre bien vibrada, nos mandaban a callar. Aquí, si llevábamos plátano en la lonchera, nos enseñaban a esconderlo. Aquí nos enseñaron que ser puertorriqueño era un error en proceso de enmienda.
Y ahora usted quiere que escribamos ensayos como quien firma una petición de matrimonio desesperada. Que vistamos de Harvard nuestro desarraigo. Que pongamos en Times New Roman nuestra renuncia.
Yo, por mi parte, he decidido escribir desde el cuarto piso. No del país, sino del país de cuatro pisos, como decía José Luis González, ese comunista insoportable que, mire qué cosas, amaba esta isla más que a sí mismo. Desde aquí observo el basurero flotante, que no es la isla, sino el discurso. Ese discurso que llama a la sumisión, a la obediencia, a la entrega voluntaria del alma boricua por un poco de Wi-Fi y un Wal-Mart bien abastecido.
Recuerdo a Albizu, que hablaba de la dignidad como quien habla del pan. O a Lloréns, que escribía en octavas reales lo que hoy ningún Twitter permite. Y claro, a René Marqués, que ya había visto esta obra en tres actos y un epílogo lleno de banderitas con 51 estrellas.
Pero le tengo una propuesta. Tal vez, en lugar de ensayos sobre la estadidad, podríamos hacer un concurso sobre cómo amarnos. Cómo volver a cocinar arroz con habichuelas sin sentir vergüenza. Cómo usar la lengua —la propia— para escribir sin pedir permiso. Cómo abrazar nuestra historia sin maquillaje ni Photoshop constitucional.
Y si ese amor propio nos lleva a la independencia, que así sea. Si nos lleva a la libre asociación, también. Lo importante es que el amor venga de adentro, no de una oficina federal donde ni saben en qué año invadieron esta tierra.
Gracias por su concurso, Gobernadora. Le prometo enviarlo impreso… en papel reciclado, desde el cuarto piso.
Con sarcasmo soberano,
Un jíbaro letrado (no federado)



