Progresismo tibio, poder entregado y el retorno disciplinado de la derecha en América Latina.
Otto Taracena
- Cuando se gobierna pidiendo permiso El problema no fue la derecha.
Nunca lo es.
El problema fue un progresismo que llegó al poder sin vocación de poder, que confundió gobierno con buenas intenciones y liderazgo con tono amable. Un progresismo que creyó que bastaba con no ser el enemigo para ser alternativa. Error infantil. Error histórico.
Boric en Chile, Fernández en Argentina, Arévalo en Guatemala: tres contextos distintos, un mismo patrón. Presidentes que ganaron elecciones, pero nunca ocuparon el centro del tablero. Administraron expectativas, moderaron conflictos, explicaron derrotas antes de dar batallas.
La derecha no tuvo que arrebatar nada.
El poder le fue entregado prolijamente, con acta, excusa y relato.
- Boric: la épica generacional que se disolvió en gestión tímida
Gabriel Boric llegó como símbolo. Joven, ruptura, promesa de futuro.
Se fue convirtiendo —demasiado rápido— en administrador de límites.
El error fundacional fue creer que el problema de Chile era solo institucional y no estructural. El proceso constituyente, dejado a la deriva de una convención sin conducción política real, fue el laboratorio perfecto del fracaso: maximalismo sin pedagogía, identidad sin pueblo, moral sin estrategia.
Cuando el texto fue rechazado por una mayoría contundente, el gobierno no entendió el mensaje:
no era un “rechazo al cambio”,
era un rechazo al desorden, a la soberbia y a la falta de sentido común político.
Boric eligió entonces el repliegue, el tono bajo, el giro al centro sin épica. Resultado:
agenda perdida,
relato capturado por la derecha,
y un país que asoció transformación con caos.
La derecha no convenció: esperó.
El progresismo hizo el resto.
III. Fernández: un presidente sin mando en un país sin paciencia
Alberto Fernández gobernó Argentina como quien administra una herencia en disputa permanente. Nunca fue el centro del poder. Fue su portavoz confuso.
Su presidencia estuvo marcada por: indecisión,contradicción interna, economía sin rumbo,y un discurso progresista divorciado de la vida cotidiana.
Mientras la inflación destruía salarios y futuro, el gobierno ofrecía explicaciones técnicas, batallas simbólicas y nostalgia. Mucha palabra, poca autoridad. Mucho pasado, ningún mañana tangible.
El resultado fue devastador: el progresismo dejó de ser esperanza y pasó a ser sinónimo de desgaste. Así apareció Milei, no como genio político, sino como síntoma brutal de una sociedad harta de gobiernos que hablan bien y gobiernan mal.
No fue la ultraderecha la que ganó primero.
Fue el progresismo el que perdió credibilidad.
- Arévalo: decencia sin ruptura en un Estado capturado
Bernardo Arévalo llegó a la presidencia de Guatemala como milagro democrático. Y gobierna como si el milagro fuera suficiente.
Su mayor virtud —»la decencia»— es también su límite. Porque Guatemala no es una democracia imperfecta: es un Estado cooptado por redes mafiosas, judiciales, empresariales y criminales. Allí no alcanza con respetar reglas: hay que romper equilibrios.
Arévalo eligió el institucionalismo defensivo, el tono correcto, el gradualismo. Cree ingenuamente que el sistema puede reformarse desde dentro. El sistema solo espera.
Hoy el escenario es claro: la decepción social prepara el terreno para un nuevo gobierno de derecha, que no será novedad sino restauración. Orden sin justicia, legalidad sin democracia, eficiencia para pocos.
No porque Arévalo fuera corrupto, sino porque fue insuficientemente político.
- La derecha no duerme (y no necesita hacerlo)
Mientras el progresismo duda, la derecha actúa. No por ideología, sino por estructura. El mercado no descansa.
Las multinacionales no esperan elecciones.
El capital financiero no tiene moral, pero sí memoria.
La derecha política es solo la punta visible de una maquinaria que opera:
en tiempo real, con disciplina, con recursos, y sin culpa.
La izquierda, en cambio, sigue creyendo que la legitimidad moral compensa la falta de poder. No lo hace. Nunca lo hizo.
- Los tres bastiones: Petro, Lula, Sheinbaum
Hoy la izquierda latinoamericana resiste en tres frentes. No es poco. Pero tampoco es suficiente.
Petro.
Tiene diagnóstico y voluntad de conflicto, pero gobierna con un Estado débil y un Congreso hostil. Resiste a puro pulso, siempre al borde.
Lula.
Tiene experiencia y capacidad, pero gobierna con la derecha adentro. Su proyecto es evitar el desastre, no transformar el sistema. Administra tensiones para que no vuelva Bolsonaro.
Sheinbaum.
Es la más estable. Hereda un proyecto con base social y control territorial. Pero está atada a EE. UU., a la militarización y al riesgo tecnocrático. Estabilidad no es sinónimo de avance.
Son bastiones, sí. Pero bastiones a la defensiva.
VII. Resistir no alcanza
La pregunta no es si la izquierda puede resistir.
Puede.
La pregunta es si puede avanzar en un contexto de: crisis económica global, transición energética conflictiva, desigualdad creciente, y derechas cada vez menos democráticas.
Si la izquierda se limita a:no molestar a los mercados, gestionar el miedo,
y explicar por qué no puede, entonces perderá igual. Solo que más lento y con mejores modales.
VIII. La lección que no se quiere aprender
El progresismo latinoamericano no cae por radical.
Cae por tibio.
Cae por: confundir moderación con neutralidad, diálogo con desarme, ética con estrategia.
Cuando una fuerza política no cree en su propio derecho a ejercer poder, alguien más lo hará por ella.
Y la derecha siempre está lista.
Epílogo: la historia no espera a los indecisos
La historia no castiga a quien pierde luchando.
Castiga a quien pudo pelear y eligió administrar.
Boric, Fernández y Arévalo no fueron traidores.
Fueron algo peor para la historia:
símbolos de una oportunidad desperdiciada.
La próxima vez, si la hay, la izquierda tendrá que decidir si quiere gobernar… o solo volver a ganar elecciones para perder después.
«No escribo para exponer certezas, sino para incomodar inercias. Si algo de esto te hace dudar, entonces ya empezamos a pensar.»
— Chepe Fellini
El autor es escritor guatemalteco.



