Nací en un bosque de cocoteros
una mañana del mes de abril
y me mecieron en una hamaca
llena de flores y colibrís
Mi padre era un mulato,
mi madre carabalí
Yo soy un negrito honrado
ay, desde que nací.
Cantada por el Paisa
La primera canción que fuera grabada en Puerto Rico fue la del cantante El Paisa, llamado Francisco Quiñones, según señalara el compositor y profesor Rafael Aponte Ledée. En ella se confirma el linaje del hablante lírico, de padre mulato, palabra que aparece en múltiples textos de la literatura del archipiélago con distintas acepciones: a veces despectiva, otras elogiosa. Su madre carabalí, afrodescendiente procedente de Nigeria enfatiza la negritud del archipiélago. Los carabalíes son íconos de rebeldía, fundadores de la religiosidad abakuá, documentados por el historiador Cayetano Coll y Toste. Secuestrados en África por el imperio español y el portugués, poblaron distintas zonas del Caribe. Bruca manigua/Yo son carabalí/negro de nación/Sin la liberta/no pue’o vivi’, cantaba desde Cuba Ibrahim Ferrer en un hermoso afroson que evoca la libertad perdida por miles de afrodescendientes mediante frases en español y otras en lenguas africanas.
Entré al caserío Lloréns Torres hace varios años a llevar una ropa al centro comunal y venía pensando en esas canciones. Descendiente de corsos y mallorquines y con parientes con tintes mestizos y mulatos, puse mi carro en el estacionamiento. No tuve temor. Solo un poco. Estaba acostumbrada a lo que más miedo tienen ciertos sectores: los morenos; el mulataje lo llamó Edgardo Rodríguez Juliá. Ya estaba lejos el año en que este escribió una crónica sobre el entierro de Cortijo que expandió el espacio del campo letrado académico. Músico popular estrechamente ligado a su cantante Maelo, el famoso conguero era conocido por su acompañamiento musical a su interpretación de Quítate de la vía Perico que ahí viene el tren. (¿En realidad, qué es lo popular y cómo se distingue de lo culto metafísicamente?)
Conocí el lugar a través de la crónica del gran escritor académico y letrado quien publicó la misma en el 1983, causando diversas polémicas. El autor tenía razón al exponer públicamente la diferencia que existía entre ser blanco y de élite socioeconómica ante mulatos que vivían la pobreza y la ausencia de educación en el Commonwealth que era Puerto Rico coincidiendo con la abogada y ensayista Nilita Vientós Gastón. Lo que sucede es que otros autores se esconden tras el autor implícito. Aquí el narrador es casi real. Toda representación textual pasa por un tamiz de orden estético e ideológico. Se trataba de una crónica. Además, el caserío tenía muy mala fama por la violencia que allí se suscitaba. Esto contrasta con la descripción del rumbón callejero que se formó con el entierro de Cortijo cuyos collares y manos evocaban los cantos a los ochas. Digno ejemplar para ser estudiado por alguna Lydia Cabrera, investigadora cubana de los cultos afroreligiosos. Se asomó en él la sombra de Fernando Ortiz y la música de Z93, la cual sentí que se escuchaba por todas partes mientras volví a guiar mi añejado Toyota Corolla. Era una escena barroca encontrarse con Orvil Miller y Hernández Colón en la muchedumbre mulata.
El caserío también me recuerda una de las narraciones del libro La belleza bruta de Francisco Font Acevedo y la décima de Urayoán Noel que comienza Cuando salí de Lloréns/fue en una guagüita AMA/no sé bien cómo se llama/pero no es Mercedes Benz. Rememoro al poeta Lloréns Torres y a su amigo Nemesio Canales, a su vez presente el primero en la exitosa novela Muere Riggs de Rafael Acevedo. A esa tierra de nadie y de todo me atreví a entrar por vocación comunitaria. No vi las señoras de origen campesino. Habían pasado muchos años de ese desplazamiento a la ciudad como se documenta en la obra teatral La carreta de René Márquez. El caserío, utopía del desarrollismo muñocista, considerada en el presente un ente distópico, me obligaba a centrarme en sus edificios producto del welfare y de un concepto que se consideraba democrático en relación a la planificación urbana, aunque dejaba fuera las diferencias cognitivas , físicas y sociales de sus pobladores. Sus habitantes fueron transplantados de arrabales. Hoy es considerado un apartheid, por la presencia del narcotráfico y el bajo nivel de ingresos de la mayor parte de sus habitantes y posiblemente, su mayor mestizaje. ¿Qué habrá ocasionado que este proyecto social y económico que intentó cumplir con el derecho a la vivienda sufriera grietas en su estructura social y cultural?
Lo que aprecié al irme fue a jóvenes que andaban con su celular, ese artefacto vital de la cultura adolescente y de otras cosas. Acostumbrada a vivir en pueblo, no tuve miedo de dar una breve vuelta que me exigió el guardia para poder irme más rápido hacia Santurce, aunque se trataba de salir viva debido a que el conglomerado de edificios es borroso, perfecto y la carretera cercana al mar conecta con Isla Verde, “zona de sangre tierna debajo de la ciudad”, como alude a ella Font Acevedo . Así fui recordando a Angela María Dávila, sus poemas de Animal fiero y tierno y a ese libro mítico Tú, la oscuridad de Mayra Montero, en el que la cultura abakuá se impone calladamente.
Tengo que arreglar la casa, hacer la compra, medito en el carro mientras guío. Recuerdo que Rodríguez Juliá nombró por igual a Menéndez Pidal, lo que a mí me trajo a la memoria las jarchas recopiladas por Emilio García Gómez: “Por la hermosura /y es juramento grave/hay unos ojos/que viértenme la sangre”, junto a Ibn Hazm de Córdova, poeta. Es que su texto, abigarrado en ocasiones, evoca tantas cosas disímiles que presagian el barroquismo del nacimiento de Cortijo, lo mismo envuelto en el lenguaje de la ciencia ficción que en la música de Tego Calderón y los demás reguetoneros, las novelas de Wilfredo Mattos Cintrón, Yolanda Arroyo Pizarro y Mayra Santos Febres. “En el 1937 Luis Palés Matos afirmaba en Tun tun de pasa y grifería que la antillanía de Villa Palmeras», y cito al autor de El entierro de Cortijo, se expandiría hacia Miramar y el Viejo San Juan. El presagio palesiano se cumplió. Eso contemplamos en las calles de las ciudades del archipiélago.








