Especial para CLARIDAD
Cuando en agosto pasado un conocido entrevistador radial interrumpió de forma sorpresiva la transmisión de otro programa en la estación para la que trabaja, con el fin de increpar violentamente a un invitado, las reseñas del incidente ocuparon espacios prominentes en casi todos los medios de información del país. Periodistas, comentaristas, “influencers” y otros tantos miembros del ecosistema de medios de comunicación en la isla preguntaban y comentaban: “¿Qué le pasó?”, “¿Se volvió loco?”, “¿Se habrá meti’ó algo?”, “Ahora sí que lo botan.”
Similar cobertura recibió también la querella en torno a varios incidentes de violencia doméstica de los que supuestamente fue víctima una senadora de la minoría legislativa a manos de su pareja, un conocido comentarista político. El caso se desarrolló como una telenovela turca con dramáticos giros que incluyeron al anterior marido de la senadora saliendo en su defensa, documentos filtrados a la prensa e intervenciones ilegales de parte de funcionarios públicos.
Todo esto delante de públicos que devoraban la información periodística para, en muchos casos, regurgitar a manera de entradas (“postings”) en las redes sociales los comentarios de analistas, comentaristas o “influencers” y los propios especulando sobre: “¿Por qué no lo denunció antes?”, “¿Quién sería la amiga que presentó la querella?”, “¿Quién filtró la querella?” y “Vamos a ver que dice ahora la defensora de los valores de la familia”.
Desde hace algún tiempo, muchos observadores de los medios de comunicación han estado señalando que (no solamente en Puerto Rico) existe una especie de mezcolanza informativa que combina noticias significativas con información sesgada e inflamatoria, publicidad y hasta mentiras que conjuntamente con otros contenidos que, aun teniendo una alguna relevancia noticiosa, su tratamiento sólo les añade valor de entretenimiento.
Pero, más alarmante aún es que una parte significativa del público consumidor de medios asume esta información como válida y magnifica su alcance al reproducirla como tal a través de las redes sociales. No menos alarmante es el hecho de que entre ese público existe un grupo significativo que reconoce la falta de sustancia en la información que se le ofrece para su consumo, la denuncia como tal y critica a los medios por su pérdida de credibilidad. No obstante, ese mismo público parece indiferente a lo banal y prejuiciado de los contenidos, pero abstraído por el carácter voyerista que la entrada a los espacios privados de figuras públicas y no públicas, y su vulnerabilidad descubierta les provee so color de valor noticioso y el derecho a saber.
Claro, ese fisgoneo, que en no pocas ocasiones se reconoce como injustificable, llega a plantearse como necesario por tratarse de personalidades que “tienen la posibilidad de generar opinión pública”, o de eventos de “tan grave naturaleza” (i.e. crímenes) que deben conocerse los detalles de la vida íntima de víctimas y familias. Todo esto tratando de obviar el tentador voyerismo que alimenta el deseo de ser entretenidos. Es como si se tratara de mirar con algún disimulo, pero claro… con insistencia. Entonces, lo que se hace es “ligar” al objeto de la cobertura a través de la hendija, el roto en la pared o el hueco de la cerradura que representan los distintos medios de comunicación.
Permítanme aclarar aquí el término ligar y su particular definición en el español de Puerto Rico. Según el Tesoro Lexicográfico del Español de Puerto Rico, ligar es “mirar con disimulo”, además de “mirar con picardía insistencia y lujuria”, entre otras acepciones similares.
Entonces, la inescapable conclusión es que los medios informativos nos han convertido en ligones que miramos con insistencia –y quizás hasta lujuria– los detalles más recónditos e inconexos con la noticia de la que es objeto el funcionario, la figura pública o hasta la víctima de un crimen.
Para quienes puedan argumentar que los medios de comunicación ofrecen la información que el público reclama, habría que recordarles que fueron esos medios los que, desde hace ya largo tiempo, validaron los rumores y chismes de programas especializados en ese tipo de información. Los rumores e información no corroborada, que aún hoy se divulgan en esos programas, son objeto de seguimiento por parte de comentaristas, analistas, “influencers” y hasta periodistas con instrucciones de destapar el más mínimo detalle de las vidas de quienes son noticias. Pero; ¿qué es lo que convierte en noticia esa información obtenida por terceros ligones a través hendijas o el hueco de algunas cerraduras? La contestación son las audiencias, los seguidores, los clics, los “likes”, que se convierten en moneda de cambio en el ecosistema mediático.
Ahora, igual que antes con los programas de chismes, los llamados medios informativos tradicionales reproducen, amplifican y validan la información fundamentada en rumores y chismes que divulgan analistas, “influencers” y comentaristas a través de las redes sociales como estrategia para ganar audiencias.
Un estudio realizado el año pasado por el Pew Research Institute se determinó que casi el 40 porciento de las personas menores de 30 años se mantienen informados en el día a día por “influencers” en las redes sociales. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) reveló que en su estudio Detrás de las Pantallas, también del año pasado, el 62 porciento de los “influencers” no verifican “de manera rigurosa” la información antes de divulgarla.
En su introducción a La Civilización del Espectáculo (2012), el recientemente fallecido Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa se lamentaba de como la cultura se ha ido acercando aceleradamente al entretenimiento, mientras que toma distancia de la reflexión. Es decir, “es bueno lo que tiene éxito y se vende; malo lo que falla y no gana el público”. Parece ser que es así como los rumores y el chisme se convierten en noticia.
¿Estamos condenados a ser meros ligones en el escenario mediático del siglo 21 y la era digital?
Me gustaría pensar que no. Siempre es posible que los públicos demanden de los medios información relevante, oportuna, veraz y corroborable que les asista en la más acertada toma de decisiones. Eso ha funcionado algunas veces en el pasado. Pero si no es así, quizás debamos irnos acostumbrando a la idea de que los llamados medios tradicionales han de ser los que nos ofrezcan el más elocuente entretenimiento a través de los más noticiosos chismes y rumores.



