But what you don’t know is that that sweater is not just blue. It’s not turquoise. It’s not lapis. It’s actually cerulean. […] [I]n 2002, Oscar de la Renta did a collection of cerulean gowns. […] And then cerulean quickly showed up in the collections of different designers. And then it filtered down through the department stores and then trickled on down into some tragic casual corner where you no doubt fished it out of some clearance bin. However, that blue represents millions of dollars and countless jobs.
En su reseña sobre The Devil Wears Prada 2 (dir. David Frankel, EE. UU., 2026), publicada el 6 de mayo, María Cristina Rodríguez no solo escribe sobre la película, sino también sobre su fascinación con el mundo de la moda. No sé si es porque he sido su estudiante por tanto tiempo (formalmente, en el Departamento de Inglés en la UPR; informalmente, a través de los 35 años que llevo conociéndola), pero también soy loco con la moda. Como ella, vi la exhibición maravillosa de Alexander McQueen, Savage Beauty, en el 2011 en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Me hubiera encantado ir con ella y ver la obra de McQueen, que había muerto en el 2010. Los diseños de McQueen poseen una teatralidad impresionante. Como amante del teatro y el cine, siempre busco un golpe visual en los diseños porque son un fragmento de nuestra realidad (o quizás de otra realidad) que el diseñador nos invita a percibir. Muy pocos se vestirían con el misterioso traje de plumas negras de McQueen que se exhibió en el Metropolitan. Pero si el traje es una joya, qué importa si nadie lo puede llevar por su atenta contra la normalidad. McQueen nos reta a quizás reimaginar una posible (o imposible) realidad alrededor de su obra. Esta democratiza el proceso artístico de cierta manera al invitarnos a seguir pensando y creando esos mundos inspirados por su exhibición. En su nueva película, I Love Boosters (EE.UU., 2026), Boots Riley incita al espectador a reconsiderar su posición como consumidor pasivo de moda donde, si podemos pagar una pieza de diseño, somos tan solo maniquíes que consumen los productos de una industria. Riley argumenta que nosotros somos los artistas que combinamos y rediseñamos esas telas para gozar de un mundo de nuestra propia creación. Por eso necesitamos los boosters.
No quiero dar spoilers sobre la trama de I Love Boosters porque sus giros absurdos son inesperados y sabrosos. Boots Riley ha logrado crear una experiencia visual vertiginosa que nunca se detiene entre colores brillantes, personajes raros que se sienten como parte de nuestra realidad (pero diferentes), y situaciones fantásticas, entre otros elementos. La historia se centra en Corvette (actuada por la carismática Keke Palmer), una booster o ladrona que junto a sus mejores amigas, Mariah (Taylour Paige) y Sade (Naomi Ackie), entra en tiendas de moda para robar ropa y venderla en la calle. Corvette, que también es diseñadora y que vive en extrema pobreza, se concentra principalmente en robar en las tiendas de la famosa diseñadora, Christie Smith (Demi Moore). Mientras Smith habla ante los medios sobre cómo ha democratizado la moda haciendo accesible sus diseños, ella explota a sus empleados en China y en los Estados Unidos, les roba el trabajo a diseñadores jóvenes y cobra demasiado por sus piezas de ropa. Similar a las palabras del personaje de Miranda Priestly en The Devil Wears Prada (dir. David Frankel, EE.UU. y Francia, 2006), Smith le ha dado una fachada de buena voluntad a una industria que usa sus creaciones para explotar a los obreros y a los consumidores. Sin embargo, Corvette se rebela contra ese sistema participando de una economía clandestina que verdaderamente democratiza al hacer asequibles los diseños de Smith. Aunque hay momentos que pueden cansar a muchos con explicaciones sobre cómo un mecanismo fabuloso funciona con los fundamentos del materialismo dialéctico (y nadie ha combinado tan bien a Engels y a Marx con los artefactos de ACME del Coyote), la película brilla precisamente por ese mundo raro al que Riley nos transporta.
La película ha sido una de mis experiencias favoritas este año. La comunidad de técnicos y artistas que Riley ha juntado han creado una experiencia única. La música de Tune-Yards con sus destellos de polca le da el ambiente sonoro idóneo a los diseños coloridos e impresionantes de Shirley Kurata, que también diseñó los vestuarios de Everything Everywhere All at Once (dirs. Daniel Kwan y Daniel Scheinert, EE. UU., 2022). La cinematografía de Natasha Braier nos sumerge en un mundo donde los colores protagonizan al estilo del restaurante en la genial The Cook, the Thief, His Wife, and Her Lover (dir. Peter Greenaway; Reino Unido, Francia y los Países Bajos, 1990). Corran a ver esta película en la pantalla grande para que sientan las explosiones de colores y absurdos que enmarcan la poderosa crítica política de Riley. Es la historia que necesitamos para llenar a un pueblo de ira ante la explotación de una industria y un gobierno. En el contexto de la isla, la lucha del momento es más urgente. Podremos cubrirnos con cualquier tela, pero nada nos quita la sed como el agua.








