Puerto Rico en la distopía del nuevo orden

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La historia nunca se detiene, solo cambia de escenario. La escritora canadiense Margaret Atwood nos advirtió en The Handmaid’s Tale que las distopías no son profecías, sino espejos de lo que ya ocurrió. La frase “Esto ha ocurrido antes, solo que no te ha pasado a ti” cobra relevancia en Puerto Rico, donde temores antiguos resurgen bajo aspectos modernos y políticos.

El mundo entero enfrenta un orden más cruel y deshonesto: pandemias que revelan la fragilidad de la salud pública, crisis económicas que profundizan la desigualdad, acuerdos ambientales incumplidos mientras el cambio climático amenaza con catástrofes, y una concentración obscena de riqueza en manos de una minoría. Las instituciones creadas para protegernos —ONU, OMS, tratados internacionales— se ven debilitadas, cuestionadas o ignoradas. Lo que parecía ficción distópica se convierte en política cotidiana.

Puerto Rico es un laboratorio de esta distopía contemporánea. La isla vive bajo la sombra de la Junta de Supervisión Fiscal, que impone medidas de austeridad y prioriza acreedores sobre necesidades sociales. La pobreza se extiende en comunidades enteras, el sistema de salud se desmorona con la migración de médicos y la falta de inversión, y los huracanes como María y Fiona revelan la vulnerabilidad de la infraestructura y la indiferencia política frente al cambio climático.

En este contexto, las políticas del partido en el poder, encabezado por la gobernadora Jenniffer González Colón, profundizan la erosión de derechos conquistados por décadas de lucha. Proyectos como el PS 63 y el PS 331 buscan restringir el acceso a la información pública, debilitando la transparencia democrática. Medidas relacionadas con la maternidad y la Procuraduría de la Mujer refuerzan un modelo paternalista que limita la autonomía reproductiva. Aunque se han firmado leyes en beneficio de pacientes y educación, persiste la falta de inversión estructural en el sistema de salud, y otras reformas contributivas y sociales se presentan bajo el discurso de “orden y valores”, pero amenazan libertades adquiridas por luchas feministas y comunitarias.

La frase de Atwood advierte que el colonialismo, la censura, el control del cuerpo y la desigualdad reaparecen en Puerto Rico bajo distintas formas.  La isla vive una distopía donde la libertad se erosiona lentamente, disfrazada de proyectos legislativos y discursos de orden. El miedo a perder derechos adquiridos no es ficción, es realidad.

La memoria histórica nos obliga a reconocer que los miedos colectivos regresan cuando las medidas de protección son ignoradas o debilitadas. En Puerto Rico, el nuevo orden político refleja un retroceso en libertades sociales: el acceso a la información se restringe, el cuerpo de la mujer se regula desde el poder, y la salud pública se mantiene en crisis. Lo que parecía ficción distópica es, en realidad, un espejo de nuestra realidad. La resistencia ciudadana y la acción colectiva son las únicas herramientas para evitar que estos miedos repetidos se conviertan en destino inevitable.