- Lo vi. Pasó por mi lado esta mañana en Hato Rey, luego de dejar a Eduardo en la escuela. El pelo plateado, perfectamente acomodado. Imaginé el olor de la loción después de afeitar, el perfume. El sonido estereofónico, de lujo, en una SUV de lujo.
- Lo vi, y recordé los días de La Tertulia, en aquella huelga de 2010. En aquel entonces, el capital era el enemigo. Toda disensión te colocaba, by default, de parte del capital. De parte del enemigo. Lo vi. Para aquellos días andaba por Río Piedras con paso de causa justa, con cierta petulancia insolente émula de la famosa foto del Ché tomada por Korda, y que, sin exagerar, rivaliza con la Biblia en términos de reproducción y venta. El dedo acusador como acento tónico al regaño de turno. La indignación, el requiebro de la voz cada vez que iniciaba la fallida refutación en el debate con el condescendiente «compañero». Luego se acomoda en el gobierno, como parte de la abogacía que vive del concordato con el partido popular. Dice el refrán, que tu diestra no sepa lo que hace la siniestra. Callo lo que muchos saben. Pero, en ocasiones, una mano encubre la otra.
- Nunca me comí el cuento. A su mirada pequeño-burguesa, la mía de Monacillos. Creo que eso era lo que más le fastidiaba, saber que nací y me crié en el barrio que no pocas veces soñó y al que siempre emuló, pero al que no pudo llegar. Todos ellos lo intentaron. En mí, la ilusión de vivir sobrevive de derrota en derrota. Ahora trabajo en un almacén cargando cristales. Cincuenta, sesenta, setenta libras al cuerpo desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde. Ellos, todos terminaron vencidos por la verborrea que se han tenido que tragar. Close but no cigar. No dice, babe. Ustedes y yo jamás seremos los mismos. Ustedes huelen a perfume, y a cómodo fin de semana. Huelo a ropa abombada de sudor, a horario rotativo, a sueldo de $1.50 arriba del mínimo, domingo libre, y un día a la semana al azar, pero que nunca será sábado. Definitivo, el mundo se ve más justo desde una SUV, my guess.
- Lo vi. Iba en sentido contrario al mío. Imaginé cómo serían sus viernes por la noche. Música andina, Pablo Milanés, Silvio. Licor fino, la compañía del combo que no se deja, una o dos cajas de Medalla por eso de recordar viejos tiempos. Con el alcohol, regresa la nostalgia. Verde luz, Antonia, Monón, Residente, la mano izquierda erguida en un puño bajo los acordes de Despierta Borinqueño, que han dado la señal. El Napoleón insular de esta finca cuenta al corrilo en la finca la misma historia: la noche antes tuvo un sueño, y una revelación. La Revolución, finiquita, ocurrirá cuando «la masa» despierte. El alcohol vuelve radical al más rancio populista. Resurge el líder, su pelo plateado perfectamente acomodado, perlan las gotas de sudor en su frente. El cerdo sonríe. Las ovejas asienten.
- Lo vi, desde mi auto, y desde aquel lugar detrás de la caja registradora en aquellos días de la librería, desde mis viernes que llego molido del trabajo, pongo a hacer en la estufa una pequeña cena, y me tomo una ducha fría. Miro mis manos, que tras mi larga experiencia de trabajo, y a mi edad, sólo sirven para hacer estas labores. Lo confirma una entrevista de trabajo tras otra. Me voy a la cama temprano. El sábado es otro día de empujar la roca hasta el tope de la montaña. Cada vez es menos el propósito, y más la sobrevivencia. En octubre estaré un año más cerca de mis sesenta.
- Afuera, el rosicler anuncia la pronta mañana.
Hato Rey, 12 de agosto de 2025


