Especial para En Rojo
El domingo bautizamos a la niña. Estaba linda y feliz, vestida de blanco. Mi amiga cubana me retó: “Ana, no, cómo vas a hacer eso, si tú no eres religiosa”. Otros ocultaron su sorpresa con más discreción. Para mí no había contradicción alguna. Mis papás nos bautizaron y nos apuntaron en colegio católico (eran los mejores en el viejo Santo Domingo). Yo desfilé por primera comunión con alegría y entusiasmo. Luego me sentí curiosa al observar que los otros parecían sentir algo que yo no sabía que era: el fervor. Ya para sexto grado me había dado cuenta de que no creía en lo que los otros creían, y comencé a investigar la cuestión en la sobremesa familiar. Descubrí boquiabierta que Papi y Mami no iban a misa, no porque les daba pereza, sino porque no creían en Dios. ¡¿Que ustedes no creen?! ¿Y por qué no dijeron nada? ¿Y para qué nos bautizaron? Nos explicaron que el nuestro era un país católico, y que era mejor que creciéramos en el medio común, y que de grandes seríamos libres cada uno de escoger nuestro camino. Me pareció oír en esa respuesta el antiguo miedo a ser identificado como enemigo del régimen.
Al final, de los cuatro hijos, una va a misa, a otra le gusta todo lo New Age, y los otros dos somos ateos de los que no creen en las cuatro paredes de su casa. Yo encontré la epifanía en la gaveta especial de Papá. Ahí escondía de mi voracidad de lectora los libros que pensaba que era muy joven para leer, cosas variadas como El Padrino, El Capital y el Kama Sutra. Con esa puntería que tienen los muchachos con lo prohibido, la gaveta era el primer lugar donde yo miraba. Un día me encontré con Porque no soy cristiano, de Bertrand Russell. Y como dicen, en el principio está el verbo. Las palabras del matemático inglés me permitieron nombrar ese universo vacío en que existo. Validaron la intuición de que hay reflexión moral fuera de la clase de catecismo. Poco después, me llevé los razonamientos de Russell a la hora de religión. Que si la religión era buena, cómo nos explicábamos el papel ambiguo de la iglesia en los años de la colonia. Y que tal con la complicidad de la iglesia con la crueldad y la opresión durante la era de Trujillo, y con su continuación en los años de Balaguer que estábamos viviendo. Que si todos los hombres son hijos de Dios, por qué hay tan pocos curas negros en nuestro país. Que por qué muchos sacerdotes dicen una cosa en misa, y hacen otra en su vida. El maestro era un cura joven y buena gente, mal preparado para tal ataque frontal. No era él sino otros, los sacerdotes que llevaban relojes de oro, camisas caras, y tenían queridas. Me quedé siempre con la duda de si la discusión lo había dejado con migraña, o con crisis de identidad.
Los caminos del señor son misteriosos. Ni los años, ni las dificultades, limitaron mi convicción de que somos partículas minúsculas en un universo vasto, al que no le importa si somos carne o polvo en un día cualquiera. No es que los ateos trivialicemos el mundo. Es que podemos tenerle reverencia sin incluir lo supernatural. Hay en la ciencia tanta oportunidad para el misticismo como en la fe. Pero la ciencia tiene limitaciones. En un momento difícil se me hizo obvio que el método científico, que tanto ayuda a buscarle respuestas a los misterios de la naturaleza, no se puede aplicar a los temas que más nos preocupan a la gente: la vida y la muerte, el bien y el mal, la enfermedad y la vejez, y el por qué y para qué de nuestras vidas. Por eso acabé yendo al centro zen, a practicar una religión que no te exige que creas en nada, pero sí que te sientes calladita y te lo pienses todo bien.
A mis hijos mayores los dejé que escogieran. El primero salió religioso y quiso hacer la primera comunión, y se la celebramos. El segundo no quiso ni colegio ni nada, y ahí anda por el mundo, moro, morito, como decía mi abuela. Al adoptar mi tercera hija, y comenzar a oír las cosas que se dicen y se hacen los niños de primaria, llegué a la conclusión de que en su caso la religión no iba a ser opcional. A los niños de ahora los ha educado el internet. Pensémoslo bien: ¿Por qué las inteligencias artificiales salen racistas, crueles y pornógrafas? Obvio: se preparan con materiales tomados de la red, donde no son la bondad y la sabiduría lo que domina. Y uno ve a esos papás que le pasan el celular hasta a los niños de dos años. Esto presta una nueva urgencia a la crianza, aún más exigente en el caso de adopción, como el nuestro, donde la intimidad familiar se hace tan corta.
Los padres que conozco tratan, pero poca fuerza tienen contra el humor de los tiempos. En la escuela, con la mejor intención, les dicen a los niños que son únicos y especiales. Que todos los puntos de vistas son válidos. Se enseña que no hay que hacer bullying, pero no se reflexiona sobre cómo evitar ser un bully. El mundo de hoy se caracteriza por un solipsismo necrótico, dijo Victor Rivas, poeta venezolano. Nuestros niños no han ni oído hablar de la reciprocidad (como dice la versión criolla de la regla de oro: si no quieres que te dé, no le des), ni de la generosidad incondicional (haz bien sin mirar a quien). Hablando de los conflictos en la escuela, le pregunto: «¿Qué quiere decir que algo sea justo?” Me contesta: “Bueno, como que, si una me empuja, yo la empujo más fuerte”. Trató de explicarle que si todo el mundo cree en el “si me das, te doy” va a haber más cachetadas que cachetes, y sin modo de parar. Después de una de estas conversaciones, admito, de todo corazón, que necesito ayuda, alguien que me refuerce otros mensajes, lo que sea, hasta intervención divina. Recordé que William James decía que toda religión comienza con un pedido de ayuda. Auxilio, socorro, Virgen de la Altagracia, ampárame esta muchachita para que no se me le llene la cabecita de esta toxicidad que estamos respirando.
Y ahí me la llevo a Santa Brígida, donde conocía a un grupo de voluntarios con los que trabajé en un programa de abrigo para los desposeídos de la ciudad en invierno que cerraron durante la pandemia. Primero la llevé al coro, y finalmente a preparación para los sacramentos. En la sesión de orientación, el cura habló de contrición, de aprender a admitir cuando estamos en el error, de la compasión, del dar a la comunidad, y apoyarse en ella. El padre Ernesto toca muchos de los temas que me mantienen despierta de noche, de esas cosas que le faltan a este mundo que leo a diario en el celular. Cada mañana, rebusco ansiosa las noticias, esperando una señal de que el mundo no se está yendo al carajo. Pero no: por todos los canales se repite la última payasada maligna de la amenaza naranja. Y me encuentro rogando por que la sensatez recupere su anterior prestigio. Un poco así como en el chiste de los exilados republicanos cuando Franco, que decían que los podías reconocer fácilmente porque tenían el pulgar derecho más corto que el izquierdo. Lo tenían así porque cada año nuevo, al repicar las campanas de medianoche, se daban un trago y golpeaban la mesa con el pulgar apuntando hacia abajo “Es que este año cae”.
La iglesia estaba repleta. El padre invitó a los niños a hacer preguntas. ¿Y cuándo me bauticen, me van a echar al agua? ¿Cuántos bancos tiene la iglesia? ¿Y lo que decimos en confesión, no se lo va a decir usted a nadie, ni siquiera a mi mamá? Los adultos presentes hacemos un esfuerzo, y nadie rompe en carcajadas.


