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Mirada al País: LUMA y el estatus

 

Especial para CLARIDAD

La energía, esa cosa que nos permite alumbrar en la oscuridad, cocinar nuestros alimentos, controlar la temperatura, movernos por aire, tierra y mar, que nos mueve el cuerpo, es un derecho al cual todos debemos tener acceso. La energía es vida.

Lamentablemente, las fuerzas que dominan la sociedad han hecho de la energía un negocio. Nos han privado de las fuentes naturales de la energía y le han puesto precio hasta al Sol. No hay duda que producir la energía que se trasmite mediante líneas eléctricas para energizar todo un país tiene que tener un costo. Pero una cosa es que el estado garantice el servicio de energía para todos a un costo razonable y otro caso es que se privatice el servicio y tengamos que pagar además del servicio, las ganancias de la empresa privada y los privilegios de los inversionistas y ejecutivos de estas empresas.

Nuestro país logró niveles mayores de desarrollo y calidad de vida en la medida que democratizó los servicios de energía, agua y comunicaciones. Ello fue posible mediante el esfuerzo de hombres y mujeres que crearon corporaciones públicas a favor del pueblo. Se superaron los feudos que familias ricas y hacendados poseían a principios del siglo XX. Estos servicios fueron la base para la construcción de un sistema educativo y un sistema de salud gratuito al cual todos podemos llegar.

Otros factores políticos y de carácter internacional fueron determinantes en el desarrollo del Puerto Rico que hoy conocemos. La utilización del país como un enclave económico a favor de los intereses de Estados Unidos ha definido nuestro destino político. Represión y persecución, concesiones políticas y armar toda una estructura jurídica que justifica la realidad colonial se combinó con ese desarrollo económico para culminar en ganancias calculadas en cifras millonarias para las empresas del gran capital.

Desde hace décadas los intereses económicos y políticos están cambiando. A Puerto Rico le han asignado nuevos roles en esta economía de enclave. Importantes sectores aprovechan los procesos de cambio para enriquecerse ante la oportunidad o peor aún, dar un tumbe mediante contratos leoninos o prácticas ilegales a riesgo de ir presos. El que estafa lo hace en grande. Su preocupación, si alguna, es que no lo delaten, para seguir robando. Empresarios, funcionarios gubernamentales, abogados, consultores y otros participan de estos esquemas con el fin de enriquecerse. Importa poco el país, importa poco la gente. Importa más el precio del servicio que ahora es privado.

Hoy tenemos una Junta de Control Fiscal como gobierno nombrado por el Congreso y el presidente de los Estados Unidos. Tenemos empresarios y bonistas discutiendo el futuro de la economía del país de acuerdo a como le paguen sus inversiones (bonos). Los derechos de la clase trabajadora, el contrato social con los jubilados y pensionistas no cuentan a la hora de discutir el futuro del país. La Junta prevé un gobierno reducido mediante la privatización de sus recursos, la venta del patrimonio y de las tierras, la desreglamentación de los permisos de construcción y protección del ambiente y una nueva deuda a perpetuidad que podamos pagar, nosotros y las futuras generaciones.

El contrato de ese embeleco llamado LUMA representa la gran estafa para el Pueblo. Representa la privatización total del derecho a la Vida. Implica que nos encarecerán el servicio de energía y a Dios que reparta suerte. Nos obligarán a buscar fuentes alternas de energía mediante empresas privadas, evitando que el interés público y colectivo pueda prevalecer. Después de LUMA vendrán por el resto.

¿Cómo puede ocurrir eso? Puede ocurrir porque el orden jurídico que justifica la ausencia de poderes en la colonia lo permite. Puede ocurrir porque la mentalidad y el interés de lucro que promueven las empresas así lo justifican. Puede ocurrir porque líderes políticos creen y promueven estos intereses económicos a cambio de los privilegios que reciben.

La descolonización del país solo tiene un resultado, el reconocimiento de la Independencia de Puerto Rico. Los proyectos hasta hoy radicados tiene el efecto de distraer a unos, satisfacer a otros, confundir a muchos y dividirnos a todos. La colonia es un mal que solo se corrige con el bien.

La lucha contra LUMA no puede estar separada de la lucha de liberación y reclamos de justicia social de nuestro Pueblo. Una cosa y otra esta unida. Las corporaciones públicas que garantizan un servicio al pueblo se necesitan. Estas pueden existir en la medida que tengamos poderes para definir nuestro destino. Si queremos una pensión garantizada, si queremos un convenio colectivo, si queremos una escuela y una universidad pública, si queremos un sistema de salud público y de calidad, si queremos energía para todos, tenemos que tener poder político.

Una cosa no debe ir delante de otra. Todo está relacionado. Todas las luchas deben ser enlazadas. Tenemos que luchar juntos y a la vez por definir nuestro futuro sin perder los derechos humanos que por naturaleza nos pertenecen. La calle nos espera.

Mirada al País: Avanzamos, pero no descansamos

 

Especial para CLARIDAD

Terminé mi pasada columna evocando con frustración el viento fresco que se supone esté ventilando el enrarecido ambiente que se percibe en la Legislatura de Puerto Rico, aun a la distancia.  Con solo leer lo que allí se discute y conocer los proyectos de ley, las Resoluciones para investigar diversos temas que se presentan; al escuchar las poco ilustradas y arrogantes expresiones de quienes se supone nos representen, tan distantes de las necesidades de la gente, tengo que hacer un esfuerzo para mantener viva la esperanza de lo que puedan lograr las minorías del partido Independentista y de Victoria Ciudadana.

La representación del Partido Popular Democrático (PPD) tiene la pava calada hasta los ojos para no atender asuntos medulares de derechos humanos, como el Proyecto del Senado 184 para  prohibir las terapias de conversión o “reparativas”. En un reciente reportaje de El Nuevo Día morí de la vergüenza al ver el alto número de populares que aun estaban deshojando margaritas sobre si respaldarían o no el Proyecto.  Después de tanto tiempo durante el cual se ha estado discutiendo el tema,  del consenso que existe entre los gremios de profesionales de la conducta de aquí, de Estados Unidos y de muchos otros países, así como de organismos internacionales de derechos humanos sobre el perjuicio que estas mal llamadas terapias pueden causar, especialmente a menores de edad de edad, contestaron que no tenían una decisión tomada.  ¡No habían leído el proyecto! Seguían escuchando a diferentes sectores antes de asumir una posición o estaban en contra de la propuesta legislativa porque atentaba contra la libertad de las familias de educar a sus hijas e hijos. También abrazaron el argumento de que la propuesta atenta contra la libertad religiosa.  En fin, parece un libreto ensayado.  La desfachatez de alguna de esta gente no tiene límites. Con el sueldo que reciben, la cantidad de ayudantes que contratan y el mucho tiempo que tienen pues su producción legislativa es cuestionable, cómo es posible que no se hayan leído tan importante pieza legislativa.

No hay duda de que están esperando hacia donde sopla el viento o más burdamente dicho, están velando güira para ver qué les conviene más.  El frágilmente electo presidente del Senado, José Luis Dalmau, en lugar de deshojar una margarita está haciendo esa labor con un enorme girasol que, además, cambia constantemente de dirección buscando la luz y él, lo que le deje mejor acomodado de cara a las elecciones dentro de cuatro años.  Cuando repartieron el don del oportunismo Dalmau ocupaba el primer puesto en la fila, pero el último cuando de liderato se trata.

En cuanto a la representación del Partido Nuevo Progresista (PNP) tienen sembradas personas fundamentalistas en varios escaños del Senado y de la Cámara.  En este último cuerpo la aprobación de la prohibición de las terapias de conversión luce peor aspectada. En ambos espacios legislativos es el “Proyecto Dignidad” el que ha llevado la batuta para cuestionar la legislación mediante interrogatorios en las vistas publicas que han pretendido amilanar, sin éxito, a la gran cantidad de personas y organizaciones que han presentado sus argumentos a favor del Proyecto.  El presidente del partido, Dr. César Vázquez, movió a sus huestes frente a El Capitolio para crear un ambiente de oposición, pero el pequeño sombrerito que es ahora su marca, no logró opacar los grandes disparates que como razones para rechazar el proyecto ofrecían a los medios las personas entrevistadas.  Gracias a las legisladoras y legisladores de la verdadera oposición, como Ana Irma Rivera Lassén, María de Lourdes Santiago, Rafael Bernabé y el autor del Proyecto, senador Vargas Vidot, así como a las múltiples organizaciones y sobrevivientes de las terapias que comparecieron y expusieron sus amargas experiencias, la verdad quedó expuesta.  En estos momentos la Comisión de Iniciativas Comunitarias, Salud Mental y Adicción, que celebró las vistas públicas en el Senado, está preparando el Informe que se rendirá al Cuerpo.  Se sabe que las intrigas de palacio continúan y que es necesario mantenernos pendientes de lo que ocurra.

Le recordamos al PPD que en su programa de gobierno y pese a las ambivalencias de su derrotado candidato a la gobernación, Carlos Delgado Altieri, le dedicaron una sección completa a la comunidad LGTTBQI+, en la cual le ofrecieron garantías plenas de sus derechos y entre otras cosas, se comprometieron a concienciar a la comunidad en general sobre esos derechos.  Respaldar la legislación que propone prohibir las terapias de conversión para menores de edad por entidades y profesionales de la conducta, es una forma específica de cumplir ese compromiso programático. En cuanto al PNP se posicionaron el cuatrienio pasado cuando quisieron enmendar la Ley dirigida a la prohibición de las “Terapias de Conversión”.  Su programa de gobierno no hace referencia específica a la comunidad LGBTTQI+, aunque sí tienen una sección titulada “Equidad”.  Allí ofrecen promover el valor de la diversidad y el potencial de todas las personas sin distinción de género u orientación sexual, pero no hacen referencia a la identidad de género, limitando así los grupos a ser protegidos. *

Las legisladoras del Proyecto Dignidad, Joan Rodríguez Veve y Lissie Burgos, están trasladando su ideología religiosa a otros proyectos de ley que están dirigidos a la equidad de género, así como a la defensa y expansión de los derechos humanos de las mujeres y de la comunidad LGBTTQI+.  Así ocurre con el P. del S. 185 para declarar un estado de emergencia por violencia de género en Puerto Rico, lo que le daría permanencia a la Orden Ejecutiva 2021-013 decretada el pasado 25 de enero y  con el P. del S. 130 que propone enmendar el Código Penal para establecer como asesinato en primer grado los feminicidios y transfeminicidios.  De su propia creación presentaron la Resolución de la Cámara 36 para investigar a los albergues, sobre la cual comentamos en la columna del pasado 15 de febrero.  Compañeras como Amárilis Pagán Jiménez, directora de MATRIA y una de las portavoces del Comité Amplio para la Búsqueda de la Equidad (CABE), que ha hecho un trabajo extraordinario en la defensa de los derechos humanos, han sido blanco de los ataques de ambas legisladoras, que nada tienen que ver con la dignidad a la que alude el nombre de la entidad partidista que representan.

Es por lo anterior que no tenemos otra opción que mantenernos alertas y disponibles todo el tiempo con nuestras plumas, discursos y activismo en defensa de los espacios que con esfuerzo le hemos arrancado a la sociedad patriarcal y a las retrancas retardatarias que imponen los partidos políticos viejos o nuevos, pero conservadores hasta la médula.  Como siempre hemos dicho en los movimientos de mujeres: Avanzamos, pero no descansamos. Lo luchado no puede sernos arrebatado.

* Véase Mujeres en Marcha( OPMT) – Número especial sobre la Participación de las Mujeres en las Elecciones de 2020, Noviembre de 2020

Minutos de Cine: Zack Snyder’s Justice League

 

Especial para en Rojo

Marcoslopez614@gmail.com

 El caso de Zack Snyder’s Justice Leaguees uno bastante peculiar. Snyder es un director que se encontraba dirigiendo películas para Warner desde el 2009 con Watchmen, pero donde comienza la travesía para llegar a donde estamos es en el 2012 con el estreno de la infravalorada Man of Steel. Todo indicaba que esta película de Superman estaba preparando el lanzamiento de su propio universo cinematográfico al igual que Marvel y aunque muchos pensaban que se estaban apresurando, qué mejor estudio para hacerlo que los dueños de DC Cómics. El universo continuó su rumbo en el 2016 cuando estrenó Batman V Superman: Dawn of Justice la cuál fue sumamente polarizante y aquí es donde comenzamos a ver lo inestable que puede llegar a ser un estudio como Warner Bros. Luego de las fuertes críticas que recibió BVS, el estudio entró en pánico, no sabían qué hacer y optaron por forzar un cambio a su universo que los persigue hasta este día.

Mientras Zack Snyder preparaba su película de Justice League, Warner Bros monitoreaba el proyecto de una manera estricta. Al punto que Snyder recibía infinitas notas diariamente exigiendo que la película fuera más “colorida, divertida y graciosa” para que fuese similar a su competencia. Sobra decir que la producción fue un desastre y todo se vino abajo cuando una desgracia afectó a la familia Snyder lo cuál hizo que abandonaran el proyecto. Las cosas no se podían ver más oscuras para este universo; y Warner Bros en su desesperación de tener algo comercialmente exitoso (como Marvel) contrataron a Joss Whedon para que terminara la historia que Snyder había comenzado. Ahora luego de muchos cambios a la historia y nuevas grabaciones la película fue completada, pero Warner no esperaba que ésta fuera recibida de la manera que fue.

Justice League(2017) fue un fiasco. La película no se sentía como la visión de un director, sino como algo creado por un comité para intentar quedar bien con su público. Esta versión de Justice Leagueno fue un fracaso en la taquilla, pero definitivamente no generó el dinero o interés que muchos en Warner esperaban. Luego de esa decepción, todos se preguntaban cuál sería el futuro de DC, mientras un pequeño grupo pedían ver la versión de Justice Leagueque nunca llegó a cines y en ese momento el movimiento “Release the Snydercut” nació. Este movimiento exigía ver la versión original del director para esta historia y luego de años de lucha (y situación actual del mundo) por fin el estudio cedió y a HBO Max llegó Zack Snyder’s Justice League en sus 4 horas inéditas.

Zack Snyder’s Justice League es una película de superhéroes dirigida por Zack Snyder y protagonizada por Henry Cavill, Ben Affleck y Gal Gadot. La historia sigue a Batman y Wonder Woman quienes luego de la muerte de Superman buscan armar un equipo para defender al planeta de una invasión inminente. Definitivamente el simple hecho que esta película exista es un testimonio al poder de un movimiento persistente y una fanaticada fiel. Durante años, los fans que pedían esta película fueron ridiculizados y se escuchaba una y otra vez que este corte no existía y que nunca veríamos otra versión, pero cuatro años después oficialmente la versión de Zack Snyder de Justice Leaguellega a HBO Max y se preguntarán: ¿Valió la pena la espera?

A diferencia de la versión del 2017, la historia de Zack Snyder’s Justice Leaguefluye de una manera orgánica. La química entre los integrantes de la liga es genial y las escenas de acción son visualmente espectaculares. Especialmente esa batalla final contra Steppenwolf (quien tuvo un rediseño espectacular) y me dejó con la boca abierta. El personaje que más sorprende es Cyborg, quien definitivamente es el alma del equipo y Ray Fisher hace un trabajo fabuloso balanceando las escenas de acción y drama para este personaje que está destruido en todo el sentido de la palabra. El resto del equipo no se queda atrás y es que la química no se siente forzada y quieres ver más aventuras de este equipo en el futuro.

Ben Affleck hace un trabajo fenomenal como Bruce Wayne/Batman. En esta versión vemos cómo el personaje es hábil, carismático y no es un chiste andante. Es sumamente triste pensar que nunca veremos una película de Affleck como Batman y les digo esto por que esta versión me dejó pensando en una película que necesito ver. Por otro lado, la inclusión de villanos como Darkseid (Ray Porter) fue corta, pero definitivamente supieron cómo manejar al personaje. Este se nos fue revelando poco a poco, al punto que cuando lo vemos en toda su gloria sientes la presencia de esta entidad maligna y sabemos que no espera nada bueno para nuestros héroes. Una escena que capturó mi imaginación es donde vemos un futuro alterno donde los héroes pierden y los sobrevivientes tienen que unirse para luchar contra un Superman que ha sido corrompido.

En muchas ocasiones había escenas que claramente no se editaron por que se veían hermosas, pero no afectan para nada la historia y esto es uno de las debilidades de Snyder como director. ¿Eran necesarias esas cuatro horas? Para nada, pero se siente tan bien saber que al fin Zack Snyder pudo contar esa historia épica que siempre quizo dentro del universo de DC. Definitivamente es una película que recomiendo para los fans de este universo o si están buscando una alternativa en este mundo lleno de superhéroes.

América Latina con los ojos puestos en Ecuador

 

La primera década del siglo XXI estuvo marcada por los gobiernos antineoliberales en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador. Los únicos gobiernos en el mundo que han puesto en práctica programas antineoliberales, disminuyendo las desigualdades en el continente más desigual del mundo.

A lo largo de la segunda década, la derecha ha logrado recuperar fuerza, retomando gobiernos en Argentina – mediante elecciones -, en Brasil y en Bolivia – mediante golpes – y en Ecuador, mediante la adhesión del presidente elegido, Lenin Moreno,  con un  programa antineoliberal, al neoliberalismo.

Moreno ha fracasado, como todos los gobernantes latinoamericanos que han intentado implementar ese modelo.

El neoliberalismo ha revelado que tiene corto aliento, porque responde a los intereses del capital financiero, no tiene políticas sociales y así no logra conquistar bases sociales de apoyo que le permitan estabilizar sus gobiernos. El caso de Argentina fue ejemplar, con una victoria eufórica de Mauricio Macri, que se agotó rápidamente, por que su gobierno retomó el mismo modelo neoliberal que ya había fracasado no solo en Argentina, sino también en Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador. La victoria reciente de la derecha en Uruguay,  promete tener un destino similar.

La tercera década está marcada por un segundo ciclo de gobiernos antineoliberales en la región, con la victorias de Alberto Fernández en Argentina, de López Obrador en México, de Luis Arce en Bolivia. Victorias con gran apoyo electoral, porque se fundamentan en políticas sociales, en políticas económicas antineoliberales, en la retomada de los procesos de integración latinoamericana.

Los ojos del continente se vuelven ahora sobre Ecuador, donde un presidente elegido por la continuidad del gobierno antineoliberal de Rafael Correa – el gobierno más importante de la historia de Ecuador – lo traicionó e hizo exactamente lo que proponía la derecha, pasando a gobernar con la derecha, retomando el modelo neoliberal. Ha fracasado, como habría fracasado Guillermo Lasso, si hubiera ganado.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales ha confirmado el favoritismo de Andrés Arauz, candidato apoyado por Rafael Correa;  el segundo lugar fue para Guillermo Lasso, uno de los más grandes banqueros del país que fue  derrotado ya en las elecciones anteriores. Yaku Pérez, del movimiento Pachakutik, llegó en tercer lugar.

La disputa está cerrada entre los primeros. Yaku mantiene una posición crítica a los dos. Lasso defiende, como siempre, una versión ortodoxa del modelo neoliberal. Desecha todo lo conquistado por el gobierno de Rafael Correa, propone privatizaciones, un Estado mínimo, la centralidad del mercado. Pretende volver a los gobiernos anteriores a Correa, que solamente han multiplicado la crisis entonces permanente de Ecuador.

Andrés Arauz recoge las experiencias positivas del gobierno de Rafael Correa y se presenta como la expresión ecuatoriana como otros gobiernos antineoliberales, como los de Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, López Obrador y el propio Rafael Correa. En caso de que triunfe Arauz, se consolida el segundo ciclo de gobiernos progresistas, antineoliberales, sumando Ecuador a los gobiernos actuales de Argentina, México y Bolivia. En caso de que gane Lasso, Ecuador vuelve a estar aislado, dando continuidad al desastroso gobierno de Lenin Moreno.

Por ello,  los ojos y el corazón de América Latina están puestos en Ecuador.

Reproducido de www.alainet.org

El autor es sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Cuba La primera noche del bloqueo

Por Gabriel García MárquezAquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto, sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la Isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba. La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón.

Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 000 artículos útiles e inútiles pera la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos.

No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban montadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral  –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población–el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país habla cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles  de Santiago y Camaguey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga y las costas estaban  patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones enviados desde Miami, ruinas de fabricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución.

En el aeropuerto de La Habana, donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo al otro de la cornisa del edificio principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer  armamento moderno que logró comprar la Revolución, a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos, había  llegado de Bélgica  el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés “La Coubre”, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas a causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto, pero no fue reivindicado por nadie, y el Gobierno cubano lo atribuyo a la CIA.

Fue en el entierro a las victimas cuando Fidel Castro proclamó la consigna que había de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: Patria o Muerte. Yo la había visto escrita por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentríficas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camaguey, y la volví a  encontrar  repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y  los mostradores, y pintadas con albayalde en los espejos de las peluquerías y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaban cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en las sillas de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubs exclusivos de Siboney. El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis, aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la  puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó confundido y trémulo. – ¡Coño! –suspiró- ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general se habían reducido a niveles humanitarios. Los precios de los hoteles y de los restaurantes, así como los de los transportes, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las veinte leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenía un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones pare todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aun después del desembarco en Playa Girón, los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rengos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba, porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubs vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente, pero muy activo, empezaba a controlar los artículos industriales, pero no se pensaba muy en serio que eso sucediera porque faltaran cosas, sino todo lo contrario, porque sobraba dinero. Por esa época, alguien necesitó una aspirina después del cine y no la encontramos en tres farmacias. La encontramos en la cuarta, y el boticario nos explicó sin alarma que la aspirina estaba escasa desde hacía tres meses. La verdad es que no sólo la aspirina, sino muchas cosas esenciales estaban escasas desde antes, pero nadie parecía pensar que se acabarían por completo. Casi un año después de que los Estados Unidos decretan el embargo total del comercio con Cuba, le vida seguía sin cambios muy notables, no tanto en la realidad como en el espíritu de la gente.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del Malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo les arcadas de piedras carcomidas y rezumantes da le ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada, pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible da un fusil al ser montado, y una voz de mujer, muy dulce, pero resuelta:

-Quieto, compañero –dijo-. Levanta las manos.Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada, sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.-Tengo hambre- dije. Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar en la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.-Es muy tarde -dijo.-Al contrario -le repliqué-; el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia dentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo, aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido, le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

-No pasa nada -me dijo-. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de le Revolución, como lo imaginé al principio. Al contrario: era el último de una familia de once personas que se habla fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho, porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.

Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido trescientos veintidós días desde el principio del bloqueo, se impuso el racionamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pescado, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según le edad, y todos los menores de catorce años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos, sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la Historia de la Humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas.

En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy asustados por lo que pudiera ocurrir.

En cambio, aquí estamos muy tranquilos -replicó la cubana-. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por racionar nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a quince.

Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete, A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular, que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenían vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedó un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia, que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de 1 000 kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana, arrastrando el ancla que habían olvidado levar. La única fuente de energía eran los cinco millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 000 kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada cincuenta y tres horas.

El “Oxford”, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el Malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada dentro de las aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 naves mejores de la Armada Inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 000 combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el Estado Mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió al asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta  la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto año nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

 Reproducido de www.granma.cu

Publicado en Proceso No. 0090- 01. 24 de julio de 1978.