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El boxeo boricua ha dado candela durante la pandemia

Por Javier Guaní Gorbea/Especial para CLARIDAD

El boxeo ha sido uno de los pocos deportes  que ha podido regresar  de manera exitosa durante la pandemia pues actualmente se están realizando combates de la empresa Top Rank todos los martes y jueves por la cadena ESPN. Esto no quiere decir que no haya tenido que enfrentar obstáculos pues por lo menos tres peleas durante las pasadas seis semanas han tenido que ser  pospuestas por positivos al COVID 19, incluyendo la del  boricua José Pedraza quien tuvo que esperar semana y media adicional para su combate cuando el entrenador de su oponente salió positivo al virus pero finalmente pudo pelear y dio una gran demostración el pasado jueves dominando al ex retador mundial estadounidense Mikkel Les Pierre.

Zurdo y Pitufo también impresionaron

Por su parte otros dos  boricuas que  fueron exitosos en su regreso al cuadrilátero fueron los boricuas Orlando “Zurdo de Oro” González y Christopher “Pitufo” Díaz. En  el caso de Zurdo éste enfrentóal peleador más incómodo de su carrera en el ex olímpico ecuatoriano Luis Porozo, Zurdo logróderribarlo en dos ocasiones para vencerlo por decisión unánime. Y aunque el mismo boricua manifestóno estar del todo satisfecho con su actuación, éste se estáposicionando como uno de los mejores prospectos de  la compañía Top Rank y no sería extraño verlo en el panorama de título mundial en las 126 libras para finales del 2021.

Por otra parte la actuación de Pitufo Díaz es una que dejóa mas de uno sorprendido no por que ganara, ya que después de todo era el favorito y se esperaba una guerra frente al estadounidense Jason Sánchez, sino por la manera que lo hizo.

Pitufo demostróunas destrezas boxísticas que no se habían visto temprano en su carrera y pudo boxear a Sánchez y apuntarse una victoria  mucho mas cómoda de lo que se esperaba. Luciótan impresionante que desde ya se habla de la posibilidad de que baje a 122 libras y rete a uno de los campeones mundiales de ese peso, como los mexicanos Rey Vargas o Emmanuel Navarette.

En turno Jayson, Verdejo, Berlanga y Oquendo

Tras no haber acción significativa de boricuas esta semana, a partir de la semana que viene otro grupo de boricuas tendrásu oportunidad, siendo la más importante la oportunidad titular de Jonathan Oquendo frente al campeón OMB de las 130 libras, el estadounidense Jamel Herring, que está pautada de manera tentativa para el jueves 14 de julio, si la pandemia lo permite. Esta serála primera pelea de título mundial en Estados Unidos televisada desde que comenzóla pandemia. Oquendo de 36 años sabe que esta es probablemente su última oportunidad de convertirse en campeónmundial y pese a ser desfavorecido en las apuestas tiene opciones reales de triunfo. Dos días más tarde se espera sea el regreso de Félix Verdejo quien se enfrentará al estadounidense invicto Will Madera. Pese a que Verdejo debe ganar, un traspié frente a Madera podría significar el fin de su relación contractual con Top Rank, quienes de por sí han quedado decepcionados con sus últimas presentaciones en el ring. Mientras que una convincente victoria lo mantendríacon posibilidades de algún momento retar por un campeonato mundial aunque sea mucho más tarde de lo que originalmente se había proyectado. Cinco días más tarde, el  21 de julio se espera un gran combate entre el mexicano Oscar Valdez y el boricua Jayson Vélez, aunque la pelea no es considerada como una eliminatoria al título mundial, básicamente lo es pues no es secreto para nadie que se espera que el  ganador enfrente al campeón mexicano Miguel Berchelt.  También ese mismo día el prospecto boricua del peso mediano radicado en Nueva York Edgar Berlanga, quien tiene 13 victorias con 13 nocáuts en el primer  asalto, se debe enfrentar al estadounidense Eric Moon. Berlanga por su poder devastador se ha convertido en uno de esos peleadores que cada vez que pelea uno tiene que verlo  y si te mueves un minuto para ir al refrigerador te lo pierdes.

Sin duda mientras cada día se ve mas difícil la reanudación de deportes como el béisbol, baloncesto y el tenis de campo, el boxeo boricua está dando de que hablar y tiene una oportunidad de oro de recuperar su sitial perdido en la preferencia televisiva  del público boricua que se ha visto disminuida  en los últimos años,  ojalá lo logren pues eso podría ayudar de manera significativa  las carteleras locales si finalmente el gobierno de deja de arrastrar los pies en el tema de la reanudación del boxeo puertorriqueño.  Estaremos pendientes.

 

 

Trabajar la causa

Por Néstor Rodríguez/Especial para En Rojo

 

A la memoria de don Pedro Molano Morris

 

Con la habitual fruición del especialista, la profesora de arte caribeño Judith Bettelheim me mostró algunas fotografías de su viaje de investigación a Puerto Rico en 1997. Las imágenes eran de “centros” espiritistas ubicados entre Aguirre, Guayama y Arroyo. De esas fotos que me presentaba con impaciencia, me llamó la atención el abigarramiento de objetos que constituían la parafernalia ritual básica de los centros: la mesa con mantel blanco, el envase de cristal lleno de agua, la Biblia, los libros de Allan Kardek, lápiz, papel, incienso, velas, Agua de Florida, tabaco. Junto a la mesa hay un altar integrado por figuras de yeso en forma de indios norteamericanos; santos, vírgenes, rostros árabes, Buda, Cristo. Todo está adornado cuidadosamente con plumas coloridas, collares de cuentas y flores.

Bettelheim se explayó en explicaciones eruditas de la simbología de cada objeto, pero lo que más me atrajo de todo cuanto dijo fue una peregrina alusión al carácter transformador de esta doctrina que muy pocos entienden como lo que es en realidad: una religión, como el catolicismo, la santería o el vudú.

El espiritismo, tal y como es practicado hoy en día por puertorriqueños desparramados dentro y fuera de la geografía de la isla, se instala en el ámbito de la vivencia diaria para proveer a sus practicantes de un sentido de comunidad ajeno a interpretaciones normalizadas de cómo entender eso que tan gratuitamente denominamos “lo puertorriqueño”. Y es que para muchos el espiritismo funciona como una forma de utopía política, es decir, un espacio religioso desde el cual se imaginan otros modos de asumir esa escurridiza y polivalente identidad de pueblo.

En términos amplios, el espiritismo implica la certidumbre de una existencia que va más allá de lo corpóreo y la posibilidad del individuo de experimentar esa realidad ulterior por medio de la comunicación directa con aparecidos. Para alcanzar esa deseada comunicación se necesita la ayuda de un intermediario o médium que posea “facultades”.

Como todas las religiones del Caribe, el espiritismo es esencialmente sincrético. En el caso del practicado actualmente en Puerto Rico, implica la correspondencia entre elementos de la santería y el espiritismo científico, kardesiano o de “mesa blanca”. Este último deriva de una doctrina de origen europeo establecida en el siglo 19 y que tuvo su desarrollo más significativo en Francia con el pensamiento de Allan Kardek.

La doctrina establecida por Kardek contó con numerosos adeptos y su huella puede verse en la obra de autores como Henry y William James, Pessoa, Rimbaud y Galdós. En el contexto de la literatura puertorriqueña se evidencia en el Alejandro Tapia y Rivera de Póstumo el transmigrado. De hecho, para finales del siglo 19 el espiritismo se había fundido con la masonería para convertirse en un fenómemo pancaribeño directamente vinculado al ideal separatista.

La independencia dominicana fue el resultado directo de conspiraciones fraguadas en el seno de las logias masónicas. Lo mismo acaeció en Cuba, donde ya desde el inicio de la primera revolución criolla: el Grito de Yara de 1868, la masonería y el espiritismo científico apuntalaban el espacio de la sedición. El Puerto Rico del siglo 19 da cuenta de esta corriente político-religiosa subversiva que imperaba en el resto del Caribe, sin embargo, esta es una parcela de la historia insular poco atendida por la investigación erudita.

El otro componente que vertebra el espiritismo puertorriqueño de hoy es la santería, religión afincada en Cuba y que se extiende por el ámbito caribeño y norteamericano con las oleadas migratorias posteriores al 1959. Con la llegada de la santería a Puerto Rico el espiritismo comenzó a identificarse con las clases populares, provocando que el espiritismo en su vertiente ortodoxa se convirtiera en la religión de una minoría caracterizada por su alta posición económica.

La tensión entre estas formas de religiosidad es tal que los practicantes del espiritismo científico procuran diferenciarse a toda costa de quienes practican formas más sincréticas de esta religión. Así lo confirma la siguiente cita de Néstor Rodríguez Escudero, autor de Historia del Espiritismo en Puerto Rico: “El verdadero Espiritismo, esa filosofía fundada por Allan Kardek… ha sido encarnecida por tanto embaucador, tantos impostores han alegado ser espiritistas, tantos ignorantes se han preciado de conocer sus ideas que se ha desacreditado en gran medida”.

Estos “impostores” e “ignorantes” a los que alude Rodríguez Escudero son los practicantes del espiritismo que combina la santería con la doctrina kardesiana y el catolicismo. Es claro que lo que incomoda a Rodríguez Escudero son los elementos raciales y de clase social que entran en juego en el espiritismo de hoy, elementos que subrayan el carácter aperturista de esta religión. El exabrupto de Rodríguez Escudero también puede ser interpretado como una reacción a la importancia que el espiritismo ha adquirido en las últimas tres décadas no solo en la isla, sino entre los puertorriqueños de la diáspora.

Dos influyentes investigaciones provenientes del campo de la psiquiatría en la década del 70 (Allan Harwood, 1977; José Morales-Dorta, 1976) han demostrado cómo el espiritismo contribuye al afianzamiento de los lazos comunitarios y nacionales entre los puertorriqueños de la diáspora. Esta capacidad cohesiva del espiritismo parece basarse en su efecto positivo en cuanto a la constitución de la subjetividad individual, específicamente en la manera en que las personas lidian con los problemas de la vida cotidiana y los procesos de toma de decisiones.

A este respecto, “trabajar la causa” bien podría entenderse como una de las múltiples formas de “la brega” en la acepción política que Arcadio Díaz Quiñones le confiere al término, esto es, como “negociación -acción- espiritual o social”. Solo partiendo de esta interpretación política del espiritismo se puede comprender su dimensión restauradora en la cotidianidad de los puertorriqueños que encuentran en esta fe un marco de referencia con el cual hacer frente a los dilemas de una identidad social fracturada.

 

 

Pueblos indígenas, iglesias y misión

 

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

En este tiempo de pandemia, en toda América Latina, los pueblos indígenas son de las categorías sociales más afligidas por la enfermedad y sus consecuencias. En Brasil, la taja de contagio por el Coronavirus en las comunidades indígenas llega a ser 84% más alta de la media nacional. Esas muertes son consecuencia del virus, pero también del racismo y de la indiferencia del gobierno y de la sociedad dominante frente a la realidad de los pueblos originarios. Por eso, muchos se preguntan sobre lo que las Iglesias, principalmente la Iglesia Católica están haciendo en defensa de la vida y para salvar esas comunidades amenazadas en su sobrevivencia.

De hecho, desde casi 50 años, en todo continente, en algunos sectores de la Iglesia (infelizmente no en todos), la misión con los  pueblos originarios asumió la propuesta de diálogo respetuoso, solidaridad con sus luchas por justicia y valoración de las culturas y tradiciones. Eso cambió profundamente el espíritu de la misión tradicional que legitimaba la conquista. Desde los primeros tiempos de la colonia, algunos misioneros, mismo incomprendidos por la jerarquía y perseguidos por el imperio, insistían: la misión cristiana no puede estar vinculada a la  colonización. Ahora y, principalmente, desde el Sínodo de los Obispos para la Amazonia, el papa Francisco y buena parte de la Iglesia han confirmado este modelo de misión como inserción amorosa, diálogo y reconocimiento de la presencia divina en todas las religiones y culturas.

En América Latina, el 17 de julio se recuerda la muerte de la figura más conocida que defendió estas posiciones. Fue Bartolomé de las Casas, primer obispo de Chiapas, en el sur de México. El defendió la dignidad de los indios contra el sistema de colonización y esclavitud. Venido de España a América en 1530, como propietario de tierras y de indios, cuando vio el sufrimiento de las comunidades originarias, se convirtió en misionero para luchar contra la esclavitud. Defendió la dignidad de los indios y enseñó: en los cuerpos de los indios esclavizados, es el mismo Jesucristo que es explotado por aquellos que se llaman cristianos.

Hasta hoy, en los proyectos misioneros de las Iglesias, sigue existiendo el riesgo de cierto colonialismo cultural. En diálogo con los indios, en Puerto Maldonado, en la Amazonia peruana, en enero de 2018, el papa Francisco pidió a los jefes indígenas que lo ayudaran a formar una Iglesia con rostro amazónico y indio. Que el Espíritu presente en las tradiciones espirituales de los pueblos, la urgencia de una Ecología integral y que la memoria de Bartolomé de las Casas nos ayuden en este camino.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

 

 

La casa de mis tíos

Por Cristina Pérez Díaz/Especial para En Rojo

A mis tíos Maritza y Elizardo

Elizardo Martínez y Maritza Pérez Otero Foto: suministrada por la autora

 

La fachada

No es lo mismo llegar a cualquier casa. Era emocionante subir la cuesta de la calle Norzagaray, en el fondo siempre estaba ese cielo, nadie puede saber el color si no lo ha visto, y nunca el mismo color se ve con la misma luz y el mismo mar que lo componen. Una tampoco es la misma cada vez que se lo encuentra de frente, mientras camina o guía el carro o se deja llevar en el asiento de pasajeros. No es que una cambie, porque a decir verdad la estulticia es de las cosas que duran, pero como que la pintura se desplaza unos cuantos milímetros fuera del cuadro, y ahora es otra pintura y eso, entonces, que una llega de distintas maneras. O no, si todavía nadie dijo con precisión cómo es que pasa ese imposible balance entre la transición contínua y la permanencia. Quizás lo que queda decir es que hay un lugar que visité muchas veces, que muchas de esas veces lo marcó una particular intensidad de las emociones y que mientras los dos, el lugar y yo, nos desplazábamos en el tiempo, la intensidad de las emociones hizo permanecer los momentos. Y si permanecen quiere decir que están aquí conmigo, que ocupan una superficie del espacio en donde se sientan mis emociones, ese espacio que nunca nadie ha visto, como nadie nunca vio aquel cielo y aquel azul, solo yo. La cosa es que unos metros más adelante, pasando la curva en la que termina la cuesta de la Norzagaray, aparece la fachada de la casa de mis tíos. La curva de la Norzagaray era, en un sentido, la curva de la sospecha. Al doblar la calle algo se doblaba también en mí, como se dobla el pensamiento cuando aparece una pregunta. La casa de mis tíos se posa allí, en ese lugar donde aparece un pliegue en mi memoria. No se llega de la misma manera a cualquier casa, ni se sale por las mismas puertas. Algo tienen los lugares donde hubo una constancia de la vida, algo que se esculpió con las visitas repetidas, con la urgencia del momento–cuando se está creciendo todo es tan urgente. Crecer visitando ciertos sitios es volverse lo que esos sitios permitieron. Y si la vida es también lo que pudo haber sido, en algunos lugares se vivieron varias vidas posibles. Como que los espacios vividos van diseñando una torpe topografía del alma.

Las paredes

Cuando yo era niña y luego adolescente, saber que mis tíos vivían allí, de frente al mar Atlántico y a ese cielo que le duplica la luz, era algo más que la simple certeza de un hecho constatable. Verificar, al final de la subida y después de avanzar unos pocos metros sobre la calle, que la casa de mis tíos seguía estando en ese preciso lugar, era algo como un ancla. El mar y el cielo en cierto sentido se anclaban allí, en esa fachada que recuerdo siempre pintada de azul. Que a través de los años haya tenido otros colores es un detalle trivial, un cielo y un mar se anclaban allí. En esa casa se articulaba ciertomundo, era el epicentro de algo, un órgano vital en el medio de una calle y de un barrio y de un paisaje y de un tiempo. La casa estaba allí como una carta que enseñarle a la vida, para que le quedara claro que veníamos ganando. Como cuando yo tenía, digamos, trece años, y mi tío Eli y mi hermano pintaron todo el interior de la casa de distintos colores. Eran tonos fuertes, de azul, magenta, amarillo. Con toda la paleta esparcida por las paredes, la casa cobraba una atmósfera un tanto infantil. ¿Quién podía tomarse en serio una casa así pintada? Las paredes habían convertido la estructura en un lugar para reírse desde adentro, como que estaban allí de pie para tirar abajo el edificio, negando con impertinencia el intento de dotarlas con la seriedad de una casa de familia. Creo que al final a titi no le había satisfecho el resultado, o era al revés, a mi tío no le encantó cómo quedó, no recuerdo con precisión, el caso es que discutían un poco al respecto y terminaban rápidamente pasando a otra cosa. Mi cabeza siempre está como en otro lado, como en el otro lado de lo que pasa, se mueve en esa dimensión paralela de las distracciones. Desde ese otro lado, yo registraba lo de allí debajo de las palabras. Los colores. Lo que pasaba era en realidad los colores, una cierta afirmación, que tenía todo que ver con la alegría. El punto de la aparente discusión sobre la pintura de la casa no era si había quedado tan bonita o si estábamos enfrentando una catástrofe estética en pleno centro del hogar, sí, bueno, eso era en alguna medida relevante, pero no se trataba de estética, en el fondo. Se trataba más que nada de querer hacerlo, de haberlo hecho, y a través del color, de joder. Y creo que así era como lo hacían todo, de pura joda. Pero decirlo así es impreciso. Su joda era seria, era una vocación y un manifiesto, por decirlo de alguna manera que muestre el peso de la carcajada. Era un manifiesto porque conllevaba un compromiso. Arrancaba de un escepticismo frente a las instituciones, cuyas fachadas, sospechosamente, siempre están pintadas de algún color pastel. Una de las muchas cosas que creo no haberme perdido del todo en mi despiste fue eso de la gran sospecha, de la mirada inquieta, de que aquí hay gato encerrado. Y que los gatos nacieron para ser libres. En la casa de mis tíos se respiraba ese secreto. Estaba allí, en la elección de los colores en las paredes, sí, sobre todo en los colores.

Los objetos

Para mí era tan bonita la casa porque todo parecía dar un guiño frente a eso que, como el azul de mi mar, nadie nunca vio, y que llamamos misteriosamente “El mercado.” Eso la ponía fuera del alcance de cualquier juicio solamente estético. Los objetos, por ejemplo, tenían un peso distinto al que tendrían, digamos, en uno de esos muebles en los que en las casas “bien” se coleccionan figuritas. En la casa de mis tíos no había objetos que me parecieran sólo decorativos. Los había “innecesarios,” como los caracoles de Eli o la figura de un santo, pero estaban allí porque tenían algún sentido afectivo, por el placer que les producían a mis tíos la playa y el mar, por ejemplo, o por aquello muy importante en la vida de ser capaz de contradecirse y ser, por ejemplo, un ateo comunista bajo la protección de un santo. Las paredes estaban en buena medida cubiertas por libreros, los cuadros eran pósters de películas que les gustaban, o de eventos en los que habían participado, había fotos de gente querida y de íconos ideológicos, grabados, pinturas o tallas de algún artista amigo, podría decirse, exagerando sólo un poco, que la casa entera estaba hecha de afinidades y de amistades. Hasta el cuarto se los hizo Pepín, otro gran amigo. Las gatas mismas llegaron a la casa como llegan los amigos, por cuenta propia y para quedarse. Y en caso de que las cosas se pusieran un poco oscuras, afuera están siempre solidarios ese océano y ese cielo y esa gama de azul. Ese mar y ese cielo con esos tonos precisos y ese brillo son, a su vez, el ancla de la casa y de mis tíos. Era porque estaban ese mar y ese cielo que mis tíos decidieron vivir allí.

Las ventanas

A mí me gustaba sentarme en la sala, observar a mis tíos y su vida, escuchar lo que me dijeran, lo que se dijeran entre sí, lo que le decían a otras personas. En realidad no me tenían que decir nada, lo que me gustaba era observar, estar allí. Yo creo que no lo entendían y me preguntaban qué quería hacer, leer un libro, ver televisión, irme a janguear. Pero yo me divertía muchísimo mirando por los intersticios invisibles de los simples intercambios cotidianos. Una de las cosas que más me impresionaba era que en algún momento durante mi visita siempre aparecía alguien más, una cabeza asomando por la ventana o un grito frente a la puerta, ofreciendo como mínimo algo de amistad. En mi vida eso es un acontecimiento inaudito. Nunca sucede que alguien se presente extemporáneamente, para saludar, hablar un poco, invitarme a hacer algo más tarde, ver cómo estoy, o cualquier cosa. Yo he vivido en otros lugares y la vida ha sido tan distinta. El espacio nos organiza hasta el orden de las afecciones. Y había algo particular en la organización emotiva de ese barrio de amigos en el Viejo San Juan, que vivían y no vivían en la misma casa.

La economía

Cuando en algún momento comencé a sentir que crecía en un lugar inhóspito–me pregunto si esa sensación desaparecerá algún día o será el signo de una adolescencia clínicamente prolongada–esa casa era el lugar en donde el asunto este cobraba sentido. Era una época emocionante. Eran los finales de los noventa y principios de la década del 2000. Titi Mari recién había creado los Jóvenes del ‘98 y yo ya llevaba unos años tomando los talleres de verano de Teatro en Movimiento, empezaba a actuar con el grupo y eso era, como para muchos jóvenes que han tenido la misma experiencia, todo un despertar. Eli comenzaba a distribuir editoriales españolas y mexicanas y fundaba Ediciones Callejón. Recuerdo que todos esos libros nuevos tenían portadas bonitas que anunciaban que algo distinto se venía cuajando, anunciaban palabras y frases desconocidas como la posmodernidad y el fin de la historia, la globalización, el tercer mundo, y yo quería saber de qué se trataba el asunto. Eli y mi hermano ponían una mesa con libros por ahí en las actividades, yo tendría como catorce o quince años, y me encantaba acercarme a esa mesa, ojear cosas que no eran para mi edad, que no podía entender, pero algo me tramaba, pasar las páginas y maquinar, leer y hacer como que sí, que sí entendía. A mí me gustaba escribir, me gustaba leer, me gustaba bailar y actuar, así que la casa de mis tíos era un pequeño paraíso en donde todo lo que me gustaba estaba en el día a día de las dos personas que la habitaban, estaba en los objetos, en los amigos que entraban y salían de esa casa, estaba en las conversaciones y en las reuniones, estaba por todos lados y por un momento parecía que ese era, de verdad, el mundo. Un mundo, de verdad, se articulaba para mí, entre el tráfico de risas, chistes, ocurrencias, convicciones. Sobre todo, un modelo político en miniatura se moldeaba en la sala, en la adopción inmediata de cuanta persona viniera buscando algo por el estilo, a participar de la sospecha y de esa economía de la afectividad militante.

Los muebles

Recuerdo un momento más temprano en mi infancia, en el apartamento de la calle Sol en el que vivieron antes de la Norzagaray. Yo tendría como seis años porque recuerdo que recién comenzaba a leer con fluidez. Me gustaba mucho ese apartamento, el piso era de losetas grandes en blanco y negro, que le daba una atmósfera como de película europea. Y allí se hablaba de cine y la gente actuaba, y el orden de las cosas me parecía diferente al de afuera. Y me encantaba que en la sala había un librero enorme y repleto y lo que más me gustaba era que la cama de mis tíos era tipo Murphy, que al plegarla contra la pared se convertía mágicamente en un banco de madera que hacía las veces de sofá. Para mí esa era la prueba irrefutable de que esas personas entendían bien eso de cómo habitar la casa y el mundo. Y vivía con ellos una perra con pelo marrón casi negro, mirada tranquila y maneras suaves, Ceniza, que fue el único cánido al que no le tuve miedo–otra prueba de que en esa casa se vivía una realidad distinta. Pero todos mis recuerdos de ese apartamento se concentran en una noche en particular, en una noche de fiesta a la que me llevó mi papá. Mi hermano y yo éramos los únicos niños, creo, pero no nos hicieron a un lado, sino que los juegos nos incluían. Estábamos sentados en un círculo junto con todos los adultos y alguien (¿titi?) propuso que cada quien tomara del librero un libro así sin pensarlo mucho. Cada quien entonces leería una línea y después la persona siguiente, y así hasta dar la vuelta entera. Supongo que querían hacer como una especie de cadáver exquisito en voz alta. Sentada en la falda de mi papá, recuerdo la emoción de poder participar de ese juego extraño. Parece que me entusiasmé tanto que leí más que lo que se suponía y mi hermano me dejó saber que había leído demasiado, que se suponía que fuese sólo una línea, y yo me sentí culpable, como solo se siente una niña al percibir que no ha captado un código que nadie explicó pero que todo el mundo hace como que entiende. Pero a pesar de mi “error”, o probablemente por él, es posible que me hayan aplaudido y que ese aplauso haya sido como una iniciación. A mí me gustaban los olores de la gente que estaba allí, la soltura con la que movían sus cuerpos, lo mucho que se reían, lo inteligentes que eran, el gesto que tenían como de venir a quitarle un pedazo bien enorme de placer a la vida, la ternura sin sentimentalismo, lo bienvenida me que hacían sentir, que tenían historias que contar, y que siempre bailaban y bebían y se cagaban en esta vida de mierda con una sonrisota y se abrazaban mucho y que toda esa gente a mí me parecía que siempre estaban juntos. Así los veía yo desde mi mirada embelesada de niña y posiblemente desde esa mirada distraída se iba trenzando algo que tampoco nunca nadie vio pero a lo que llamamos elusivamente deseo.

La entrada

La casa de mis tíos te acogía, por supuesto, como una extensión de sus propios cuerpos receptivos. Si la gente puede compararse con espacios arquitectónicos, mis tíos serían dos espaciosos recibidores. Lo celebraban todo. Recuerdo que siempre que los llamaba por teléfono o llegaba a su casa o ellos llegaban a algún lugar en el que yo estuviera, los dos me recibían con pompa, diciendo mi nombre y apellido como si se tratase de una celebridad: ¡CRISTINA PEREZ! Y que si ese lugar al que llegaban era la casa de algún familiar, el tedio de tener que estar en una actividad de la familia se borraba, porque entonces la familia eran ellos y ya me daban ganas de estar allí. Ellos han tenido siempre esa generosidad poco común de hacer que la gente se sienta visible. Eli, por ejemplo, te hacía sobre todo visible para ti misma, con eso de que le gustaba ponerle apodos a la gente. Quizá el talento de Eli como editor se manifestaba ya en su gran capacidad para reunir, en un título, la esencia cómica de las personas. Mi mamá era “La sindicalista de París”, que para quien no la conozca no es chistoso, pero es que mi madre combina esas dos cualidades que por lo general no van de la mano: ella manifiesta buena parte de su genio creativo en la elección de su ropa, pero, desafortunadamente para su talento modístico, trabajó toda la vida en un sindicato en Río Piedras. Además, creció en la montaña de Gurabo, unas cuantas millas más acá de París. A mí, cuando estudiaba la licenciatura en filosofía en la UNAM y me volví una muchacha seria y estudiosa, me puso “La pequeña Hegel”. Los apodos eran burlones, pero en el fondo yo sentía que si Eli te asignaba un epíteto eso era el signo de que había algo en lo que estabas haciendo con tu vida que era digno de título de libro. Por supuesto, la manera de dejártelo saber era jodiendo, riéndose de ti, no se lo fuera una a creer de verdad. Y eso observaba yo también de Eli desde la esquina de mi distracción, que no había que ceder a la candidez. De niña eso me había costado entenderlo, me parecían raros mis tíos con su falta de candor.

La grieta

Recuerdo que cuando tenía cinco años, antes de la calle Sol y de la Norzagaray, mi papá nos llevó a visitarles a Miami. Creo que fue en ese viaje que conocí a Eli. Recuerdo pocas cosas, pero la sensación que permanece conmigo es que les quise, que me gustaron esos tíos a los que veía muy poco. Mi recuerdo, de nuevo, se concentra en un solo momento: que recién había aprendido a amarrarme los gabetes y  que sentada en el piso del cuarto le enseñé a mi tía con mucho orgullo lo rápido que podía hacerlo. Titi Mari celebró mi hazaña, probablemente fingió asombro y dignificó mi destreza con mucho más mérito que el que tenía. Poniéndose en los ojos de la niña, viendo el mundo desde abajo, aquel fue uno de los incontables gestos con que mi tía cerró un hueco, de esos infinitos por donde se nos cuela todo el tiempo la noche. Una después sin darse siquiera cuenta hace muchísimo contrapeso para aplastar tales momentos delicadísimos, se escapa sonámbula de la cama a reabrirle la entrada a ese fondo invisible que Saer a veces llama el magma denso y oscuro. Esos momentos en que la gente que te quiso se ocupó de moldear noblemente el espacio, redondeando las esquinas, cubriendo la piel con una seda, esos, una los aplasta, los hace líquidos, los ve irse distraídamente por las coladeras. Por ejemplo, algo que perdí en algún momento fueron aquellas hebillas ochenteras con las que cubría los lazos de los gabetes. Mariposas, flores, insectos, creo que ya no las hacen. Eran de plástico, pero le daban un aire glorioso al gesto por lo demás trivial de ponerse los tenis y echarse a correr tan jubilosa.

 

 

 

El Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendencia en un contexto educativo antirracista y de recuperación de la historia

Por María Elba Torres Muñoz

            El Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendencia en Puerto Rico que se impartirá desde la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, se gestó desde el Instituto Interdisciplinario y Multicultural, (INIM) de la misma facultad. El INIM, instituto que tengo a bien en dirigir busca el encuentro de experiencias académicas dentro y fuera del país para estudiantes y personal docente desde la UPR-RP. Este programa propone un currículo inclusivo,variado, desde distintas disciplinas y diversas miradas con el fin de que se fortalezca el entendimiento de las aportaciones tangibles e intangibles de la presencia africana en Puerto Rico. Presencia que se configura  desde la complejidad y que se adhiere  a toda acción y realidad del puertorriqueño y puertorriqueña en la isla y en la diáspora boricua.

De este modo, el Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendencia en Puerto Ricobusca promover la diversidad y valorizar los legados africanos. La horrorosa esclavitud de más de veinte millones de personas desde el siglo XVI al XIX tuvo sin embargo como consecuencia que los y las esclavizados/as tuvieran que asumir, al tocar tierra, los nuevos espacios como suyos. Fueron repartidos/as, arrojados/as, y mercadeados/as por las Américas y el Caribe, cual si fueran mercancía, y, no obstante, desde sus legados contruyeron patria y nación.  Por otro lado, no podemos obviar la cifra indefinida de aquéllos y aquéllas que encontraron en la profundidad del oceáno Atlántico otras existencias.

El objetivo primordial de este Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendenciaen Puerto Rico de la Universidad de Puerto Rico, en el Recinto de Río Piedras, es abrir nuevas rutas para dar lugar al conocimiento de nuestros  afrosaberes, tan excluidos en la academia. Nos proponemos rescatar la historiografía oculta, la arqueología escondida; realizar las investigaciones y estudios necesarios que permitan atemperar y proyectar la protección de nuestros históricos haberes. Este programa ofrecerá la oportunidad al estudiantado nacional e internacional de descubrir y escribir su propia historia. Concebimos sembrar un mejor conocimiento y un mayor respeto ante el patrimoniode los afrosaberes y conocer las contribucioones y construcciones de la nación puertorriqueña.

En diciembre de 2014, la Asamblea General de la ONU, en su resolución 68/237, proclamó el  Decenio de los y las Afrodescendientes en el mundo, desde 2015 hasta 2024. El objetivo principal es reforzar las acciones y medidas que garanticen el pleno ejercicio de los derechos humanos, económicos, sociales, culturales, educativos y políticos de los y las afrodescendientes.Bajo el lema «Reconocimiento, Justicia y Desarrollo», el Decenio ofrece un marco operacional para estimular y erradicar las injusticias sociales heredadas de la historia, luchandocontra el racismo, los prejuicios y la discriminación racial que todavía sufrimoslos y las afrodescendientes en el mundo,y específicamente en Puerto Rico.

En el junte de cabezas con la colega Dra. Mayra Santos Febres, quien se encuentra en un destaque en el Instituto Interdisciplinario y Multicultural, y con nuestro equipo  fuimos elaborando el Programa para alcanzar  una gama de amplios y diversos ofrecimientos académicos, ya que la Universidad de Puerto Rico cuenta con excelentes profesores/as especialistas en este tema. Nos comprometimos y sentimos la obligación de llenar ese vacío.

Al caminar frente a la emblemática Torre de la Universidad de Puerto Rico, en el Recinto de Río Piedras, me pregunté sin obtener respuestas: ¿quiénes realizaron el enorme trabajo del alto relieve de la torre? Deduje que tuvieron que ser las manos diestras puertorriqueñas de artistas-albañiles negros y mulatos las que lograron realizar esa grandiosa obra artística. Posiblemente, muchos de los artesanos que laboraron en ese empeño hacia principios del siglo pasado pudieron haber pensado que la Universidad estaba vedada para sus hijos/hijas. Las deducciones sobre el papel meramente utilitario desempeñado por la fuerza laboral diestra conformada por los afrodescendientes en la construcción de nuestra Universidad sirve de emblema para otorgar un gran valor al Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendencia, educar sin prejuicios racistas y recuperar la historia de las aportaciones de los africanos en Puerto Rico. Este Programa se propone ser medular en la enseñanza a maestros y maestras de todos los sistemas de educación del país.

Aprovecho la ocasión para mencionar a algunos nombres de aquellos negros,negras, mulatos/as, prietos/as y jabaos que entraron a la Escuela Normalen la primera década del siglo XX. Y a los, las que en décadas posteriores,vimos en las aulas del Primer Centro Docente de Río Piedras: José Ferrer Canales, Victoria Espinosa, Ernesto Ramos Antonini, Belén Barbosa, Isabelo Zenón Cruz, Eladio Rivera Quiñones. Enid Routté Gómez, Hermeregildo Ortiz, Julia de Burgos, Modesto Rivera, Águedo Mojica, Juan Franco,María Teresa Serrano, Carmen Turull, Judith Nine Court, Piri Fernández de Lewis, Ángela María Dávila, Abraham Rosas, Cecilia Orta y much@s màs. Fueron ellos, ellas el hilo conductor e invisible que ha tejido la tela de un gran sueño.

A partir de los Congresos de la Afrodescendencia en Puerto Rico que se celebraron en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, en 2015 y 2018, la Universidad de Puerto Rico en el Recinto de Río Piedras estableció el compromiso de sumarse a los esfuerzos internacionales contra el racismo con la Certificación # 77 de 2015. El esfuerzo labrado ayer se evidencia hoy. Los/as profesores/asdel Recinto de Río Piedras que formaron parte de la organización de los congresos pasados son: Doris Quiñones, Edwin Quiles, Manolo Febres, Aarón Ramos, Ivette Chiclana, Edison Viera, Marie Ramos Rosado, Ana Irma Rivera Lassén,  Pablo L.Rivera, Carlos Rodríguez, Juan Giusti, Europa Piñero, William Cepeda, Félix Joaquín Rivera, Áurea Maysonet, Carlos Severino, Lilliana Cotto, Palmira Ríos y otr@s formaron parte de esos congresos y deliberaron con los participantes sobre la inminencia de gestionar una educación que contextualizara las realidades y circunstancias de los y las afrodescendientes en Puerto Rico desde la Universidad de Puerto Rico. En la actualidad, se realizan los arreglos necesarios para llevar a cabo, en 2021, el Tercer Congreso de la Afrodescendencia en Puerto Rico.

La lucha educativa antirracista de la Universidad de Puerto Rico en el recinto de Río Piedras se forja con la experiencia que traemos desde nuestras propias comunidades. Me refiero a que muchos estudiantes se confrontan con la realidad de no verse, con que los currículos, muchas veces, no emergen de lasprocedencias y existencias de una parte significativa del estudiantado.Con que la oferta académica se aparta frecuentemente de Puerto Rico y de la región del Caribe.

La historia no sólo pertenece al pasado; se va forjando día a día, y ante las circunstancias cotidianas contextualizo el plano histórico y la exclusión de la afrodescendencia con la envergadura del Programa de Estudios e Investigación de la Afrodescendencia en Puerto Rico. Hoy aceptamos el reto y requerimos de la buena disposición de muchos y muchas para darle forma y proyección al mismo. Exhortamos a los exalumnos de la Universidad de Puerto Rico del Recinto de Río Piedras a acercarse a este programa y colaborar dentro de sus posibilidades.

Destaco las gestasdel Rector Dr. Luis A.Ferrao Delgado y del Decano de la Facultad de Estudios Generales,Dr. Carlos Sánchez Zambrana. Con ambos tomamos el toro por los cuernos y a coro dijimos: “¡Hay que hacerlo!”

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La autora es directora del Instituto Interdisciplinario y Multicultural