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Espejo de artistas: Nora Rodríguez Vallés

 

La columna que inaugura Nora Rodríguez Vallés se titula Espejos de artistas. Esta serie constará de reflexiones sobre la creación realizadas por las propias artistas.
en rojo

 

RECAPITULACIÓN*

Nora L. Rodríguez Vallés

El mundo del arte es un sistema alta y contradictoriamente reglamentado donde se requiere todo tipo de estructuras que denoten profesionalismo. Dentro de esas estructuras se acentúan aquellas que demuestren los niveles de éxito. El balance entre la linealidad-éxito y caos-libertad es escurridizo. Es fácil despeñarse por alguno de sus desfiladeros. Pero el miedo al abismo no puede ser el norte que limite el trabajo del artista.

Mi rebeldía callada, en ocasiones, me ha llevado por caminos no ortodoxos dentro de una carrera artística.

Pienso mucho cada trabajo, en ocasiones varios años, y el día que trabajo la obra puede solo me tome una noche realizarla.

Siendo la libertad un tema central de mi práctica, camino siempre por la orilla de la senda. Demasiado Machado aprendido a través de Serrat en mis años universitarios me llevaron a abrazar dos estrofas: “Al cabo nada os debo, me debéis cuanto (pinto)” y o contradicción, “nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”. Las llevo grabadas como escudo ante las tentaciones que se aparecen en el camino.

La libertad se expresa aquí de muchas maneras. Permite el espacio para una pausa, revisión, relectura de unos procesos y motivos. No es solo recordar sino mirar las posibles relaciones inesperadas. Se presentan los parecidos y diferencias de lo trabajado. Es poner al pasado y presente a dialogar.

Arco desde Carmen Luz hasta un nuevo Domineichon, el tercero, que en esta ocasión deja la fecha de caducidad en el infinito.

Hay ideas que pueden repetirse, aunque nunca desde el mismo lugar.

El vértigo entre tiempos ante una caída aparatosa lo plantea Exvoto. Aprendí que no todo mi mundo podía depender de una mano entrenada y ágil.  La obra de arte habla de la nostalgia, del deseo de regalar trascendencia. La belleza esta vez estaba en la vocación de otras manos para sanar la mía.

Entre salto y salto, el juego, Fractales de un rayo de la estrella de Belén.

Una tras otra las obras presentadas en esta recapitulación son un acertijo.

¿Quién eres, tiene el arte ese poder?

*Reflexión a partit de su exposición, Recapitulación, en la Liga de Arte de San Juan (13 de marzo al 25 de abril de 2025)

El futuro, una ensoñación

Guabairo (Antrostomus noctitherus) Foto de Ross Gallardy https://ebird.org/species/purnig1

 

En Rojo

Ahora que estamos en el futuro, imaginemos que nunca llegamos a inventar las sierras de motor, que las copas de los árboles se tocan dondequiera, que vivir es vivir en lugar de morir a manos del capital, que el país es nuestro, que estamos en la punta de Cabo Rojo y que justo ahora, el día cae. A nuestro encuentro viene la brisa con su prisa calmada. Nos rocía su erotismo indiferente que no nos es indiferente. El calor es un alivio amable de tanto frío fabricado y no al revés. Escuchamos sin esfuerzo los trinos, muchos, de los pájaros, casi como si fuera de mañana. La mariquita. El pájaro bobo mayor y el menor. La viuda. El playero. El ruiseñor. El chorlito. El turpial. La colicinta. El zorzal. El pitirre. El carpintero. La yaboa. El pelícano pardo. La reinita mariposera. El martinete. El comeñame. La tijereta. El querequequé. El San Pedrito. En el atardecer mandan el sol pronunciando tembloroso sus vibraciones y los mosquitos embravecidos. Los sonidos de los insectos también se envalentonan, imponiéndose con su persistente pequeñez. Pero no ahogan el canto del guabairo, que alardea su galillo crepuscular.

Estamos a cierta altura en las colinas de Los Pozos. Las 1,549 cuerdas, e-sen-cia-les, han sido declaradas Corredor Ecológico del Suroeste por el gobierno de la gente. Los cientos de especies de flora y fauna, el número indeterminado de especies de funga y todas las especies de corales que aquí una vez se contaron se han multiplicado, tanto que aún no las hemos registrado. El mar, abajo, alrededor, es un murmullo incierto y seguro. Pensar el mar justo cuando aparece el asomo de la noche, y el día aún no se ha dejado vencer, es dejarse vencer. El mar es algo como el amor.

Antes del Gran Colapso Digital, cuando los monarcas del Valle de Silicón regían el mundo, no había quien escapara, como mínimo, de algunas fotos en “la nube”. En aquel tiempo, aquella pobre gente se había quedado solo con una “nube” metáfora del capital. Era rectangular y plana. Todos iban pegados a ella, doblegados. Afortunadamente, aunque aún no entendemos cómo lograron renacer, ahora en el futuro tenemos nubes, muchísimas. Un techo evanescente nos cobija y nuestros cuerpos han vuelto a erguirse, capaces de mirar cielo y horizonte.

Por cierto, también abolimos los partidos y el capital… Después de todo, bastó un par de órdenes ejecutivas y una carta circular. Súper fácil. Aunque cueste creerlo, el estudio, las artes y los libros sobrevivieron al pasado aquel de senadores, rectores, alcaldes, gobernadores y presidentes, de cuyos nombres nadie siquiera se acuerda. De las hormigas tejedoras, los líquenes de colores, los alientos exhalados, los caracoles del rastro y las huellas táctiles de la risa, el sueño y la imaginación, sí. En las noches cerradas, nos tumbamos en la arena a contemplar las estrellas abiertas, bajo cuyo resplandor hacemos el amor siempre que lo deseamos. Solo a la memoria de la esencia de las cosas nos debemos.

 

En reserva- Vidas posibles

 

En Rojo

Temo embrutecer. La polución sonora y el déficit de atención cortesía del teléfono así lo constatan: con el pasar de los años, olvido palabras y encuentro otras que no sabía conocía. Cuando emanan de mi boca o de mis dedos, sé que las tragué en mi vida pasada de lectora voraz. Se quedaron allí, en remojo, hasta surgir de repente. Sumida en esta tangente, pienso: cuántas vidas he vivido a través de la Literatura —oh, deidad—, y cuántas vidas viví el año pasado. Cuántas vidas posibles pude haber habitado de haber tomado equis decisión. Ante mí, como un abanico de cartas del póker, o ante una lectura tarotiana en la botánica menos sospechada, las observo y rindo homenaje a lo que es y pudo ser.

Además de haberme paseado por los pasillos tenebrosos de la soltería puertorriqueña y de sobrellevar los afectos fantasmales, me vertí más en el ámbito cultural y en la esfera política en 2024, año de elecciones. Recogiendo hace poco el reguero de mi cuarto, voló de una de mis libretas cual ave vencida, en V —oh, ironía— mi Certificado de nombramiento como funcionaria de colegio, una experiencia tan caótica y gratificante como el Escrutinio, donde me codee con expertísimos en las mesas que me tocaron —hay que decirlo, de los cuatro partidos, con ausencia casi absoluta de Los dignos—, y seres sonámbulos que oscilaban entre el delirio y la conciencia, pues nos faltaban horas de sueño, justicia y pautas a seguir que no cambiasen de un día a otro como cruel juego de sillas.

El llamado a sumarme tan apresta a los quehaceres sociopolíticos fue inefable, aunque las cenizas de las elecciones 2020 las seguía oliendo durante el cuatrienio. Insuflada de curiosidad e indignación hacia la derecha puertorriqueña, tomé los talleres (tres veces); anoté cosas (jeroglíficos que apenas pude descifrar luego), leí el manual (en horizontal, pues soy asalariada), y me anoté a las actividades que buenamente pude para pulirme, conocer a tantos otros y tentar la Alianza desde mi humilde trinchera. Llegué al colegio el día de las elecciones, mañana húmeda de noviembre, con regocijo en el corazón ante la posibilidad de servir y transformar la pesadumbre y esperanza en algo tangible y de impacto.

Aquel día, repetí las instrucciones tantas veces que quedé casi afónica a media tarde, como los Sharpies del maletín; di tantas rondas por el salón que las demás funcionarias me mandaron a sentar, a comer, con calma, para volver a ponerme de pie con la llegada de cualquier ser que atravesase el umbral: palmados, jaldarriberos, pipiolos, ovejas negras, supuestos dignos; salí del colegio nuevamente de noche para quedarme dormida y amanecer en 2016, empeorado, pero no sin antes cantarles a los que quisieran saberlo que el voto mixto de la papeleta legislativa era 1-2-1-1, con buenísimos y nefastos resultados dependiendo de la hora en que el votante haya ingresado al colegio, de mi nivel de cansancio y asombro ante todo detalle a correr en pos de la democracia.

En mesa de escrutinio, en lugar de dominós, papeletas: soñé con ellas en más de una ocasión durante los meses de noviembre y diciembre. Tras unos meses de descanso, y de recordar algunas de las anécdotas compartidas allí por aquellos que pasaron día y noche sin tregua en el Coliseo y en otros campos de batallas políticos de antaño; tras rememorar esos cursos improvisados en buenas y malas prácticas de escrutinio y sentarme nuevamente ante la televisión, la computadora, ante ponentes en foros que discuten las repercusiones inmediatas y a largo plazo de los elegidos, constato las diferentes decisiones que me trajeron hasta aquí. Confirmo y saludo las vidas posibles que pudieron ser, como la Alianza, de haberse dado una decisión sobre otra, o algunos hechos concretos; de haberse dado diferentes actores y tiempos, quizás. Hay tiempo para el recuerdo y la reflexión; para la crítica y la suposición, y tiempo para emprender vuelo. Pienso en las vidas posibles que serán a partir de hoy.

Para nombrar a Piri*

Piri Fernández, Myrna Casas, Maria Esther Robles, Nilita Vientós Gastón y Gloria Arjona

 

Acaban de darme la mala noticia. Mi primera reacción es de incredulidad. No es posible que alguien como ella pueda desvanecerse así porque sí, un buen día, sin avisar, sin darle tiempo al universo para producir un doble razonable. No, no es posible, ni tampoco justo. La fórmula mágica, aquella que supo combinar el genio, la gracia, la fuerza y la ternura en un menudo cuerpo de mujer, es irrepetible.

Entonces, se me asienta la tristeza. Y llegan los recuerdos para una imprevista celebración de su existencia. Pizpireta, burbujeante, intensa, Carmen Pilar Fernández Cerra – mejor conocida como Piri Fernández de Lewis – posa otra vez para las cámaras de la memoria. Sonrisas como la suya no vienen en pares. Los labios tensos, de un rojo vivo, revelan la dentadura resplandeciente, ofrecida al mundo en permanente regalo de alegría. La mirada – alerta,  atenta, fija – intimidaría tal vez, si no fuera por las chispas de jovialidad que saltan de sus pupilas.

Y la voz. ¿Cómo describir ese concierto de inflexiones y matices que detonaba un hablar tan peculiar? La entonación puntuada de subidas y bajadas vertiginosas, las pausas efectistas, las exclamaciones inesperadas, las carcajadas espontáneas, los susurros cómplices:  la totalidad de su expresión oral interpelaba y retenía la atención. Declamadora desde la niñez, actriz de vocación, era congénitamente dramática. A todos los campos de su desempeño trasladó esa pasión por el teatro. Por eso, maestra inolvidable, se movía en el salón de clases como en un escenario.

En la Universidad de Puerto Rico, cuando esos estudios aún guardaban un trasunto a exotismo, fue la primera en crear cursos sobre literatura antillana, africana y femenina. Fundó y organizó los famosos Encuentros Caribeños, que congregaban a especialistas puertorriqueños y extranjeros en torno a temas de alcance regional y perspectiva interdisciplinaria. Su inmensa biblioteca doméstica, frecuentada por legiones de estudiantes, contiene una de las colecciones más completas del país en materia de historia y cultura del Caribe.

Como una Madame de Staël tropical, Piri auspició y animó lucidísimas tertulias intelectuales. Versada en el arte de la conversación, siempre al día en materia de novedades literarias y políticas, reunía a su alrededor – en el acogedor salón del tercer piso de su residencia – a lo más granado del mundo artístico y universitario. Su poder de convocatoria era tan irresistible como su hospitalidad, pródiga en alimentos materiales y espirituales.

Si su activismo cultural resultó efervescente y su labor educativa innovadora, no hay adjetivo suficiente para calificar su entrega a las numerosas causas que estremecieron su conciencia. Baste evocar sus aportaciones capitales al Comité Sixto Alvelo contra la vieja ley del servicio militar obligatorio, al Comité Puerto Rico en la ONU, al Comité Pro Libertad de los Presos Políticos y al movimiento Ciudadanos Unidos en Apoyo al Pueblo Haitiano, entre muchísimas otras instancias de compromiso cabal y resuelto.

Con un altruísmo genuino, con una energía inagotable, no sabía hacerse escasa cuando se requerían su esfuerzo personal o su fortuna para respaldar alguna empresa noble. ¡Cuántas veces becó estudios, pagó viajes, regaló libros, financió espectáculos, donó fondos a grupos e individuos, repartió a manos llenas, sin remilgos ni reservas, los bienes que su holgada posición social le asignó!

Su dadivosidad no se atenía al plano económico. Espléndida era también en el elogio, en la admiración sincera y el entusiasmo desbordante que le inspiraba el talento ajeno. Presta al aplauso y a la frase alentadora, fue una agente provocadora de la creatividad general. Segura de sus propias capacidades, aquilataba sin mezquindad los logros de los demás. Dotada de una mente brillante como pocas, supo ejercer con elegancia la diplomacia de la solidaridad.

Piri Fernández de Lewis era una embajadora nata. Un convencimiento firme guiaba sus decisiones. Un instinto certero dictaba sus alianzas. Dispuesta a la negociación – aunque nunca a la claudicación – entablaba coloquios cordiales con el más agrio de los adversarios. No obstante, ante la crítica, el engaño o el ataque, desplegaba sin vacilación sus colores de combate. Los rayos nunca caen en los batatales, repetía con el gesto hecho fuego, caen en las palmas reales.

A la hora de la muerte, cuando los difuntos menos encomiables quedan elevados al rango de santos, el espíritu indomable de Piri se resiste a las reducciones simplistas. Con su picardía y su gravedad, con sus rigores y sus excentricidades, con sus virtudes y sus defectos, fue uno de esos cometas fugitivos que sólo rozan el aura de la tierra cada cien años. Su trayectoria luminosa es un monumento a la honestidad, el valor y la generosidad del intelectual verdadero.

Las tumbas que no se visitan se vuelven páramo intransitable. La maleza agrieta la piedra. El hollín empolva los epitafios. Con la erosión forzosa del tiempo, hasta las lápidas olvidan los nombres de sus dueños. A fin de cuentas, todo se juega en la palabra: el amor, la vida, el arte, el recuerdo. Por eso hay que seguir nombrando a Piri. Para que nunca desmerezca, ante el asedio de la indiferencia y del cinismo, su figura de amazona libertaria.

 

 Reproducido con permiso de la autora. En El Nuevo Día, 6 de mayo de 2004.

Piri Fernández Cerra falleció el 28 de abril de 2004

 

 

 

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Piri Fernández de Lewis: Patriota y organizadora

En En Rojo/CLARIDAD nos unimos a la celebración del centenario de la distinguida profesora Piri Fernández de Lewis. Ella fue una fuente de inspiración y sabiduría para muchos que fueron sus discípulos y los que de una forma u otra tuvieron el privilegio de conocerle.

Su dedicación a la docencia, sus memorables declamaciones y su solidaridad con la lucha por la independencia de Puerto Rico la convirtieron en una figura muy admirada y querida. Le dedicamos estas páginas de la pluma de Ana Lydia Vega y Juan Mari Brás.

En Rojo

La década de los años sesenta fue muy intensa en actividad patriótica en Puerto Rico. La intensidad del esfuerzo estuvo unida a la más amplia incorporación de los sectores periféricos del independentismo a actividades que convergieran en un propósito común de todos: la reconstrucción del movimiento independentista luego del colapso del Partido Nacionalista y el Partido Independentista, reducidos ambos a pequeños grupos de gente valiosa y perseverante que insistían en sus lealtades incondicionales a las organizaciones en que habían desbordado generosamente sus acciones revolucionarias y políticas durante los años cuarenta y cincuenta.

Las puntas de lanza de ese esfuerzo reconstructivo -lo hemos repetido en bastantes ocasiones ya- fueron la FUPI, fundada en 1956 y el MPI, fundado en 1959. Pero ninguna de estas dos organizaciones, ni estas juntas con los remanentes organizativos del PN y el PIP, podían echarse encima una tarea tan gigantesca como la de hacer resurgir el movimiento independentista. Sobre todo, luego de que Luis Muñoz Marín proclamara, tras la pérdida de la franquicia electoral del PIP en 1960, que el independentismo había dejado de ser un problema político “y de ahora en adelante se reducirá a ser un problema policíaco.” Nunca, ni antes, ni después, había desvariado tanto el fundador del Partido Popular y del estado libre asociado en su ruta de renunciaciones como lo hizo con ese pronunciamiento.

Aquella amenaza, dicha por el dirigente del Gobierno y el partido inmensamente mayoritario del país, fue la base del carpeteo generalizado por la Policía de Puerto Rico. Y lo que es peor, el apoyo al programa de persecución sistemática del independentismo y el autonomismo puertorriqueño por parte del FBI bajo el nombre de Cointelpro.

El agravamiento de la represión antipatriótica tuvo -como todo proceso represivo- un costo político para el gobierno norteamericano en Puerto Rico y sus cómplices del patio: el gobierno del ELA y el PPD. Muchos populares que honradamente creían que en ese partido se adelantaría la causa autonomista, como un paso hacia la independencia, se movieron hacia el independentismo en protesta por aquellas persecuciones. Una de las más prominentes figuras en realizar ese cambio cualitativo en su perspectiva y acción fue Piri Fernández de Lewis.

Se trata de una mujer de extraordinario talento, de capacidades teatrales insuperables, de un dinamismo energético impresionante y de una dulzura y don de gentes en el teatro con las personas de todos los sectores y clases sociales, que imprimen un gran carisma a su liderato.

El patriotismo se le sale por los poros en toda ocasión propicia. Lo había heredado de los genes de su señora madre, Doña Ernestina Cerra de Fernández, quien fue, la única mujer puertorriqueña que renunció a la ciudadanía de Estados Unidos cuando la Ley Jones de 1917 dio esa opción a los puertorriqueños que lo hicieran juramentando documentos al efecto dentro de los seis meses subsiguientes a la vigencia de la ley.

Así, Piri fue inspirada y primera presidenta del Congreso Anticolonial que integraron personalidades y personas comunes de distintas orientaciones ideológicas como Yamil Galib, José Milton Soltero, Nilita Vientós Gastón y muchos otros. El Congreso Anticolonial fue la primera organización unitaria que iba más allá del independentismo activo. Fue a Naciones Unidas durante los primeros años de la década del sesenta a pedir la discusión del caso colonial de Puerto Rico en el Comité Especial de Descolonización, creado en 1962 para trabajar en la aplicación de la Declaración por la Independencia de Pueblos y Países Coloniales (Resolución 1514-XV) de la Asamblea General de la ONU.

Fueron muchas las horas que pasaron junto a Piri, José Milton, Yamil y Nilita, en los pasillos del edificio de la Asam-blea General y el salón de delegados, buscando y entrevistando delegados de distintos países para pedirles su apoyo al caso de Puerto Rico. El dominio que tiene Piri del idioma francés, que ha sido desde la fundación de la ONU uno de los principales idiomas de trabajo de esa organización internacional, fue de muchísima utilidad para todos nosotros cuando nos enfrentábamos a delegaciones francófonas.

Años después, cuando fue preciso establecer una organización coordinadora de los trabajos en Naciones Unidas al fundarse el Comité de Puerto Rico en la ONU, que hoy preside la compañera Wilma Reverón Collazo y de la que es directora ejecutiva la compañera Olga Sanabria Dávila, Piri Fernández de Lewis fue su primera presidenta. En tal función le tocó, entre otras importantes tareas, organizar un homenaje al presidente de la Asamblea General de la ONU en abril de 1965, el embajador de Ghana, Alex Quiason Saki.

Al iniciarse la lucha contra el servicio militar obligatorio en Puerto Rico, el primer boricua de la nueva lucha que desafío esa ley negándose a ingresar en las Fuerzas Armadas norteamericanas para unirse a la agresión de Vietnam, fue Sixto Arvelo, quien hoy es un prestigioso dirigente sindical. A Piri Fernández de Lewis le tocó la presidencia del Comité de Defensa de Sixto Arvelo.

En esa función, con infraestructura salida de su propio peculio (guagua y sistema de altoparlantes), fuimos por todo el país movilizando la solidaridad con el joven trabajador acusado por violar la ley federal del servicio militar obligatorio. Fue en esa campaña que a Piri se le ocurrió que divulgáramos La Borinqueña con la letra original de Lola Rodríguez de Tió, la cual no se utilizaba entonces por ninguna de las organizaciones independentistas.

Piri trabajó un arreglo, acortando la letra de Lola, pero sin cambiar en forma alguna el mensaje revolucionario, y esa letra se imprimió en miles de copias que llevábamos y distribuíamos en los micro mítines y otras actividades que realizaba el Comité Arvelo por todo el país. Como los líderes del PIP de entonces eran Rubén Berríos y Carlos Gallisá, éstos llevaron la versión de Piri de la letra de Lola al nuevo PIP de entonces, así como lo hicimos nosotros en el MPI. De esa manera, los independentistas dejamos de cantar la letra monga de Fernández Juncos y cantamos por todos los sitios, la combativa letra de Lola Rodríguez de Tió.

La militancia de Piri en las luchas patrióticas se ha proyectado a todo lo largo de las décadas desde los sesenta hasta el presente. Con cargos directivos o sin ellos, su persona siempre ha sido un factor aglutinador del movimiento patriótico. Su casa, y en particular la hermosa terraza del tercer piso, ha sido sitio de reunión y casa de protocolo para recibir visitantes distinguidos del extranjero, siempre al amparo de la hospitalidad y las atenciones esmeradas de Piri, mientras vivió, de su inolvidable Bob Lewis.

En la campaña electoral de 1980, Piri Fernández de Lewis aceptó la presidencia de un comité amplio, creado en reunión celebrada en el Colegio de Abogados en apoyo de las candidaturas de Carlos Gallisá a la Cámara y del que esto escribe al Senado por acumulación. Volvimos a viajar por toda la Isla acompañados por Piri y ella fue atractivo principalísimo de nuestra tribuna rodante. Llevamos aquella campaña dirigida a enseñar a los puertorriqueños de otros partidos a escoger, en una misma papeleta, el gobierno y la oposición. El éxito de aquella campaña fue evidente. Tanto Gallisá como yo sacamos sobre ochenta mil votos contados, que era deiceiséis veces más de los que sacó el Partido Socialista por el que estábamos postulados. Aquella fórmula prácticamente nos dio la elección, a no ser por las manipulaciones e irregularidades de la cúpula del PNP, no nos contaban los votos de los que ponían la cruz debajo y no al lado de nuestros nombres. Aunque, al llevar el caso al Tribunal Supremo, lo ganamos, éste, aplicando una insólita norma de pragmatismo jurídico, y completamente ajeno a la función judicial, ordenó que no contaran los votos que ya se habían contado, sino que la decisión se aplicara únicamente en forma prospectiva. Como ya estaban en la fase final del conteo, el triunfo jurídico fue, en realidad, pírrico. Lo que no puede negarse es que la campaña dirigida por Piri abrió un camino que, posteriormente, han seguido los candidatos legislativos del PIP para asegurar, en cada elección, un escaño en cada cámara.

Cuando hablamos de la resurrección del movimiento independentista puertorriqueño en esa décadas que marcan lo que hemos llamado la nueva lucha de independencia, gran parte del mérito de esa hazaña tan crucial para el porvenir de esta patria, debemos reconocerlo a quien fue una figura central, protagónica, de ese gran despertar: Piri Fernández de Lewis.

Por eso, me uno de todo corazón al homenaje que se le rinde y pido a mis compatriotas que elevemos su nombre al salón de la fama de la patria, que ya es tiempo de crearlo.

 Reproducido de En Rojo, agosto del 2003.