1) A la luz de la definición, una antología es una colección constituida por fragmentos.
2) Si la colección es personal, entonces sus fragmentos son propios o característicos de una persona.
3) Personal se define como eso que pertenece a la vida privada, algo que es íntimo y particular.
4) Personal es también el lugar o el compartimento donde uno logra estar a solas.
Escribí estas cuatro cosas como nota al calce en la primera página de La luz de Ciertas horas, la antología personal de la socióloga y escritora dominicana Chiqui Vicioso, publicada recientemente bajo el cuidado de Ediciones Aguadulce (San Juan). Pero lo escribí luego de haber completado varias lecturas, en parte para celebrar y recordar esta antología personal incluso a la luz de su definición, epilogando lo que el libro evidencia.
Como colección de fragmentos, la antología compila 34 poemas, hilados todos por una escritura adulta, femenina y multidimensional, que enuncia un ser polifónico formado por decires y desafíos, por caminos y signos internos.
“Cuando la que soy se rompe en lunas múltiples/ cristales de ansiosa claridad/ donde otras se configuran/ me alejo porque mi cercanía / hace que estalle.” Dice en el poema Refracciones.
De hecho, es refractándose, estallando, fragmentándose, como Vicioso logra en estos poemas construir su ser, su forma de existir, de tener realidad. De ahí que, en esta antología, hallemos un ser consciente de lo que es. No obstante, en esta antología también se halla un ser entre preguntas y búsquedas constantes, trazando rutas al origen, al ayer, al antes, incluso regresando; a veces le acompañamos en reflexiones atestiguando nomás la luz de ciertas horas, el mar o la lluvia. Esto último, para entender una y otra vez con lo que es, o bien para hacer las paces consigo, como presencia física, en el presente. Con ello digo cuerpo, humana, mujer, poeta.
Así, tal como señala Adalber Salas en el puntilloso prólogo del libro, los poemas de esta antología “exponen una subjetividad singularísima” al tiempo que “dejan entrever una constante búsqueda identitaria”. En ese sentido, los lectores tienen con este libro un inventario rico de las formas de ser, de la poeta, a través del tiempo.
En el fragmento Eva/sion/es, que abre el libro, por ejemplo, Vicioso se escribe descendiente, heredera, hija de un coro de mujeres, de ayes, de islas, de víctimas. Se reconoce en Eva, en todas las juanas, en Sherezada, en Oyá y sus hijas, Ochún y Yemayá, es cimarrona, prisionera, vendida, nana, sirvienta, prostituta, obrera, exiliada, útero, partija, cúmulo de añicos. Luego, con nostalgia, en Un extraño ulular traía el viento, se repasa niña, inocente en “el amanecer de la conciencia”, en el paraíso de una isla ante el afefe, que no es sino el presagio del futuro, de las tempestades próximas. Seguido se mira joven, en el amor, adulta, madre, cincuentona, ya “en la clara oscuridad del instinto”, ante lo que anuncia un desplome de palmeras. ¿Esto es?, ¿esto somos?, se pregunta en los poemas. Esto eres, esto somos, se contesta, afirmándose.
Lo interesante es que estas afirmaciones, estas búsquedas, estas voces, Vicioso las desarrolla, las escribe, situada en el infinito presente, en la difusa realidad de lo limítrofe, en el interminable hoy en donde uno crece y convive con el pasado, nostalgiando, avistando cuánto hemos sido y cuánto hemos cambiado, como sujetos, como paisajes, como mundos.
“Exilados de lo dual/ somos tránsito y eternidad/ lazo con todo lo existente/ puente con el mundo/ cordón umbilical entre lo que siempre hemos sido/ y a diario asumimos como real. Dice en el poema X, de la serie de poemas que cierran el libro.
Esta serie, en la que además Vicioso, a modo de -ars poética-, enuncia la poesía como “la luz del tiempo”, como “el canal que irriga” y que “descubre al cosmos” a razón de claridades, fue escrito a partir del título del libro. Ya completada la lectura tras esta serie, la luz de ciertas horas se devela, pues, como la poesía del tiempo. Al decir tiempo, sin embargo, no me refiero con literalidad al trayecto de vida de la poeta. Hablo del tiempo que define Chiqui con especificidad en su poética, es decir tiempo como el lugar de la presencia física; donde hemos sido en la espiral de la historia, así también en el cosmos.
“Somos puerta de entrada al infinito/ allí el tiempo es noción/ y lo conocido es un rústico abecedario. / En cada partícula de lo microscópico/ la poesía descubre al cosmos.”
Frente a esto, más que antología personal, creo que esta es una impresionante colección de fragmentos del ser; humanamente, conscientemente, multidimensionalmente, universalmente hablando. Colección de fragmentos del ser que celebro se haya escrito en el Caribe, o con el Caribe en el interior, con su oleaje, sus mangles, arena, buganvilias, caña, verdes. Celebro también que la haya escrito una mujer que es todas las mujeres y a la vez todos nosotros. Celebro, además, que este libro es en sí mismo poesía, “poesía desde donde ver”, como dice la poeta, “porque con la mirada nacemos al mundo”.
El relato y estudio de los avatares del independentismo nos permite buscar respuestas a la extraña paradoja de que a pesar de la crisis de la colonia y su desplome institucional no haya un independentismo que capitalice de ese colapso. Esto no se comprende sin conocer y entender la parábola vital de este joven abogado oriundo de Camuy y de adopción rooseveliana que dejó la comodidad gubernamental y económica de la Milla de Oro para jugarse su vida con los pobres de la tierra.
En el verano de 1994 mi amigo y maestro Juan Manuel García Passalacqua me insistió que escribiera un artículo sobre Luis Muñoz Marín, con motivo del trigésimo aniversario de su primer retiro político en 1964. Juanma quería que yo “trabajara una periodización historiográfica de la vida política de Muñoz Marín, enfocada en sus intentos de encontrar rutas soberanistas para atender el problema colonial de Puerto Rico. Me puse a trabajar en el escrito y cuando lo terminé me dijo que se lo llevara al entonces director de Claridad para que lo viera, que él ya había hablado con él y lo iban a publicar. Yo me eché a reír y pensé era otra “locura de Juanma” porque, conociendo como pensaba el director de Claridad de entonces sobre Muñoz Marín, dudaba mucho en efecto que se fuera a publicar. Había visto en persona varias veces al director de Claridad en actividades a donde iba con mi padre Saúl, que era abogado y había sido militante y colaborador del PSP, además de haberlo visto en actividades en la UPR y conocía de su recia personalidad y su verbo duro e implacable.
Así las cosas, me dirigí a las oficinas del periódico, entonces ubicadas en la Parada 26 en Santurce. Allí llegué y luego de esperar un rato me recibió el director del semanario independentista y le entregué el artículo. No hable mucho con él, limitándome a presentarme y a entregarle el artículo, diciéndome él, con tono y cara bien seria, que lo iba a leer y que le avisaba a Juanma. Fue así como Carlos Gallisá me dio la oportunidad de publicar mi primer ensayo histórico (Pensamiento Político de Luis Muñoz Marín, Claridad, 16 al 24 de agosto de 1994).
Dos años más tarde, a principios de 1996, Juanma me contó que estaban a punto de comenzar un programa de radio junto a Gallisá y a un abogado a quien yo había visto y conocido muy brevemente mientras me desempeñé como Director Ejecutivo de la Comisión de lo Jurídico del Senado de 1991 a 1992, en la segunda etapa de la investigación sobre los sucesos del Cerro Maravilla y a quien solo recordaba como “el abogado de la cabra” en alusión a un arma de fuego que el llevó a las vistas junto a su cliente, Julio Cesar Andrade. Juanma me dijo que ese abogado, de nombre Ignacio Rivera, había sido agente de la CIA y él pensaba reproducir la dinámica de un programa entonces famoso en la cadena norteamericana CNN, de nombre “Crossfire”. Y en efecto, el 15 de abril de 1996 comenzaron en la SuperKadena (630 AM) un programa llamado Fuego Cruzado.
Dada mi amistad con Juanma, solía ir los viernes (día original del programa) a la SuperKadena a esperarlo y “colarme” en los almuerzos ligeramente sólidos y extensamente líquidos de él con sus compañeros de panel. Eran tertulias entre interesantes y alucinantes, pero jamás aburridas, donde paseaban “las fuentes” de Juanma (desde San Juan y Washington hasta el Vaticano) y anécdotas de Gallisá y Rivera, junto con algunos invitados de ocasión.
Eventualmente Juanma salió del programa, pero yo seguí, como la inmensa mayoría de los radioescuchas de la banda AM, siguiendo el mismo a través de sus distintas encarnaciones, emisoras y horarios. La mezcla de humor y profundidad de Gallisá y Rivera junto con sus distintos ocupantes de la silla del centro, el también amigo y mentor Antonio Fernós López Cepero, Eduardo Bathia y Adolfo Krans, convirtieron el espacio en el primer programa de analisis político de la radio puertorriqueña, solo superado en audiencia e impacto, a mi entender, por el programa televisivo Cara a Cara ante el país.
Pasó el tiempo y en el mes de septiembre del año 2006 yo perdí, afortunadamente, una contienda para un escaño al Senado por el distrito de Humacao y mi hermano Luis Vega Ramos ganó un escaño a la Cámara de Representantes. Luis era panelista en un programa, Reacción Inmediata, en Radio Isla1320 y yo solía sustituirlo. Los otros dos panelistas de ese programa, Luis Pabón Roca y Carlos Diaz Olivo, me pidieron ocupara el lugar de Luis y yo acepté. Ese programa iba al aire a las 4 de la tarde, justo antes de Fuego Cruzado, que se transmitía ya en el horario de las 5 de la tarde. A pesar de que era panelista en Reacción Inmediata, el tercer panelista de Fuego Cruzado, Adolfo Krans, también me pedía lo sustituyera en ese programa ocasionalmente. Situaciones llevaron a la salida de Adolfo de ese espacio radial y Gallisá y Rivera me pidieron lo sustituyera permanentemente. Y yo, a pesar de saber la responsabilidad que eso acarreaba por el prestigio del programa, acepté. Así comenzó mi participación en Fuego Cruzado.
A partir de ahí Gallisá y Rivera se convirtieron para mí en Carlos e Ignacio. Hoy, la triste pasada que nos juega el cáncer me permite hablar de Carlos…
Carlos ha sido una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida. Su conocimiento de la historia obligaba a prepararme mejor, lo que sin duda le deberé toda la vida en lo que representa para mi crecimiento. Por él soy mejor historiador. Sus conversaciones sobre la historia política de Puerto Rico y poder contrastar su mirada con la mía fueron una contribución que jamás podré pagarle.
Pero esa no es la única deuda que tengo con Carlos.
En un país donde el miedo y el oportunismo hacen que el silencio y el acomodo sean estilos de vida predominantes, Carlos vivió diciendo la verdad de sus convicciones sin importar las consecuencias. Defendió la independencia de Puerto Rico y el socialismo (fiel al viejito Marx) sin miedo a la obsolescencia o al ataque de sus incansables enemigos y sin que el polvo de la arena le marchitara el alma.
Con Carlos la palabra “solidaridad” era sinónimo de “compromiso”. Los trabajadores, los aliados (a veces incómodos) de la independencia de Puerto Rico en el exterior, los estudiantes, los confinados, los periodistas, los artistas, no importa qué ni a quién doliera recibieron siempre de Carlos su voz, su tiempo, su trabajo desinteresado y su batalla en la línea de fuego por ellas y ellos sin importar el costo.
Y todo eso lo hacia con un gran sentido del humor. La imagen del “comunista comegente” que muchos tienen de él se aleja sideralmente del Carlos que conocí, una de las personas (junto a Fernando Martín) con mejor sentido del humor que he conocido.
Carlos era buen amigo. Me enseñó a no devaluar con el abuso la palabra “amigo”. Cuando uno veía a Tuto Marchand, Jorge Segarra, Jaime Córdoba y Carlos (y a Rubén Berríos que, aunque menor era parte de ese corillo) uno veía un grupo de amigos, esa “Band of Brothers” de la que hablan los libros y que cada vez vemos menos en este mundo atomizado.
Carlos era conocedor y amante del béisbol y el baloncesto como pocos. Sabía de verdad y, discutir con él y con Elliott, era de valor enciclopédico.
Con Carlos aprendí a leer las páginas sociales de los periódicos y poder descifrar en ellas los contubernios que el pueblo paga y las “amistades convenientes” que medran el poder.
Con Carlos aprendí a escoger mejor los lugares para comer. No he conocido a nadie que supiera evaluar mejor los restaurantes, fondas y lechoneras como Carlos. Siempre le dije debíamos hacer una versión criolla de la Guía Michelin.
Además, Carlos me enseñó a comprender con más serenidad la lucha por la independencia de Puerto Rico.
Y en ella, el papel de Carlos Gallisá como sujeto político es fundamental para entender la lucha en medio de la Guerra Fría por alcanzar la libertad de la última colonia de la Humanidad, y los tortuosos caminos del independentismo electoral durante las décadas del ’60 al ’80 del siglo pasado y aun del actual. Protagonista de mucha de esa historia junto a otras recias y complejas personalidades como la suya, el suyo será un espejo vital en donde se reflejan los encuentros y desencuentros, las opciones tomadas y las vías ensayadas, con el saldo correspondiente, por las principales organizaciones independentistas en los últimos 40 años del Siglo 20: el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) y el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP).
Las divisiones del independentismo, la relación con la Revolución Cubana, la internacionalización del caso de Puerto Rico, el vínculo de la lucha independentista con el socialismo marxista, la inserción de esa lucha en las reivindicaciones sociales, el papel de la prensa independentista y la compleja trama de desencuentros (en parte promovidas por las inteligencias beligerantes de los bloques globalmente enfrentados) son etapas que pueden leerse en clave biográfica a través de esa vida. El relato y estudio de ellas nos permite buscar respuestas a la extraña paradoja de que a pesar de la crisis de la colonia y su desplome institucional no haya un independentismo que capitalice de ese colapso. Esto no se comprende sin conocer y entender la parábola vital de este joven abogado oriundo de Camuy y de adopción rooseveliana que dejó la comodidad gubernamental y económica de la Milla de Oro para jugarse su vida con los pobres de la tierra.
Espero pronto poner a disposición del juicio de la historia el testimonio de los principales protagonistas de esa época compleja del independentismo. Allí Carlos Gallisá, Rubén Berríos, Noel Colón, Toño González y Juan Mari Brás, entre otros, tejerán en entrevistas y documentos el relato de esos años de sueños y desencantos sin los cuales no se entiende nuestro actual callejón político. Así pagaré una deuda de confianza que contraje con ellos para que su voz no se ahogue en el olvido.
Además de sus ejecutorias y testimonio, Carlos Gallisá deja como historiador una lección para la posteridad. Su libro Desde Lares es una interpretación histórica, desde el independentismo, de esa lucha y las dificultades de esta en medio de un complejo escenario geopolítico que ilumina las posibles miradas historiográficas sobre el Puerto Rico de la Guerra Fría.
No soy persona de llorar mucho. Pero escribiendo este artículo entiendo porqué he llorado la partida de Carlos como pocas en mi vida. Y es que el dolor es proporcional a la pérdida. Y con Carlos se pierde mucho y todos perdemos algo de lo mejor de nosotros y de lo mejor de esta patria sufrida…
Gracias Carlos, por tanto y porque gracias a ti espero ser mejor. Como hubieras dicho tú: ¡Pa’lante, líder!
El autor es profesor universitario en el Recinto Metropolitano de la Universidad Interamericana y panelista del programa radial Fuego Cruzado.
Carlos tenía una enorme facilidad de relacionarse con personas de todas las esferas de la vida. Así lo atestiguan las relaciones de un profundo respeto y admiración que forjó como representante en la Cámara de parte de sus enemigos políticos. He oído siempre decir que Carlos iba preparado a todas las comisiones, a las vistas y que trabajaba incansablemente como legislador. Su verbo claro y honesto comprometido con su pueblo, su honestidad e integridad en su desempeño legislativo son espejos en que deben mirarse los que aspiren a servir desde esas lides políticas.
Carlos, tú mejor que nadie sabes que los pueblos crecen por medio del ejemplo. También sabes que todas tus luchas, las más importantes, siguen inconclusas y el ejemplo tuyo ayudará a seguirlas. Por eso debemos proclamarte, que los que no te conocen se enteren de lo que hiciste y, más aún, por qué lo hiciste. Por eso, aunque no lo quieras, porque es necesario para que tu lucha siga, tenemos que despedirte, para que esa despedida sirva como un aldabonazo a la conciencia de algunos.
Por Manuel de J. González/CLARIDAD
Desde hace unos meses sabía que un día, como este, estaría sentado frente a un teclado tratando de escribir esta despedida. Que buscaría palabras que no llegan. Quiero escribir, pero me sale espuma, dice más o menos un verso de Miguel Hernández, a quien siempre acudo en momentos duros. Y ahora entiendo más al poeta. Llevo un rato y sólo aparecen palabras huecas, como de espuma.
Pienso en cosas raras. Por ejemplo, en las manías que todos tenemos. Carlos era especial, pero también las tenía. Una de ellas era que no quería que le organizaran actos de despedida. Quería irse sin ruido y, sobre todo, que no lo estuvieran exhibiendo de un lado para otro como, como pájaro en jaula. Esos pedidos los repitió varias veces, como un mandato de despedida.
Pero no todos los mandatos deben ser cumplidos. Carlos, en su inmensa humildad, nunca percibió a cabalidad lo que él representaba para Puerto Rico. No entendía que su dedicación a la lucha lo había colocado en un lugar especial. Que esa lucha intensa le había conseguido enemigos, pero que por cada uno de esos hay una legión de agradecidos Que muchos de esos últimos quieren, al menos, tener un minuto para decirle adiós, para decirle que lo quieren, que lo respetan y que le agradecen su dedicación a este pueblo, a esta Patria. Quieren que sepa, aun desde la nada de la muerte, que le estamos y le estaremos eternamente agradecidos.
Además, Carlos, tú mejor que nadie sabes que los pueblos crecen por medio del ejemplo. También sabes que todas tus luchas, las más importantes, siguen inconclusas y el ejemplo tuyo ayudará a seguirlas. Por eso debemos proclamarte, que los que no te conocen se enteren de lo que hiciste y, más aún, por qué lo hiciste. Por eso, aunque no lo quieras, porque es necesario para que tu lucha siga, tenemos que despedirte, para que esa despedida sirva como un aldabonazo a la conciencia de algunos.
Esa es la razón más importante para no cumplir del todo con lo que ordenaste. Tú sabes que éramos hermanos, pero que a veces peleábamos y que no siempre estuve de acuerdo contigo. Este es el último diferendo. Habrá un acto de despedida, aunque no te exhibiremos de un lado para otro. Cumplimos en parte. Estoy seguro que si me pudieras escuchar, a regañadientes, aceptarías algún homenaje póstumo. Eras testarudo, pero no tanto.
Si todas estas razones no fueran suficientes, hay otra que también nos sirve para explicar la necesidad de una despedida. Es la amistad. Si alguien tenía una facilidad extraordinaria para hacer amigos y amigas, ese fue Carlos Gallisá. Ese don era a su vez resultado de unas cualidades siempre muy bien cultivadas: sinceridad, solidaridad y lealtad. Cuando esas virtudes se juntan, atraen como las flores a las abejas. Por eso Carlos siempre tuvo un enjambre a su alrededor.
Carlos fue el único hijo que tuvieron don Juan y doña Monín y tal vez esa condición de hijo único lo impulsó a buscar amigos y amigas que en muchas ocasiones se convirtieron en hermanos y hermanas. La lista es larga y toda esa gente quiere tener la oportunidad de encontrarse y abrazarse porque, al hacerlo, un poco nos tranquilizamos. Juntándonos nos sacamos un poco el dolor que desde hace bastante tiempo nos mortifica. Desde que supimos que estaba enfermo.
Algunos tuvimos la oportunidad de ayudarle a pelear con los monstruos. Muy pocos. Porque Carlos no quería preocupar a todos sus amigos ni a su familia y por eso se apoyó en un grupo muy pequeño para dar la larga batalla que dio contra el cáncer. Desde hacía años se le escuchaba en la radio, como siempre, tranquilo y firme, o se le veía en la calle marchando, pero muy pocos sabían que daba otra lucha callada contra esa maldita enfermedad. La lucha tomó años y la dio sin nunca abandonar la trinchera de la radio ni la de la calle. Cuando ustedes me escuchaban en Fuego Cruzado, en la mayoría de los casos era porque estaba en algún tratamiento. Luego volvía diciendo, como aquel fraile, “decíamos ayer” y por ahí seguía.
Los que te apoyamos en esa lucha y a veces te ayudamos a esconder el mal, supimos siempre que no lo hacías por la tonta vanidad que lleva a algunos a esconder una enfermedad, sino para evitar preocupaciones. Además, no querías que la pesadumbre entorpeciera todo lo que hacías en tantos frentes donde siempre luchaste manteniendo el mejor talante.
Pues, Carlos, todos esos amigos y amigas que te ayudamos a dar las batallas, queremos tener la oportunidad de juntarnos para despedirte. Porque aunque ya no estés con nosotros, ese junte nos sirve para reconfortarnos, para consolarnos, para saber que aunque te hayas ido, estarás con nosotros dando las batallas que faltan.
Aunque tuvo muchas vidas, siempre tuvo conciencia de que todas ellas tienen una caducidad. No se aferró a ningún partido, organización, proyecto político o personal. Reclamó siempre su libertad de hacer y pensar lo que le diera la gana, e impuso su voluntad sobre su vida hasta el final.
Por Sofía Gallisá Muriente
Mi padre sobrevivió muchas cosas, libró muchas batallas –yo soy una de ellas. Como la hija más pequeña, le decía bromeando que yo era la venganza, enviada a pasarle factura en la vejez. Papi ya era viejo cuando yo nací, y desde chiquita temía su muerte porque él tenía la edad de los abuelos de mis amigos, pero resultó que yo era casi un anticuerpo para la vejez: preguntándole y debatiéndole hasta la semana pasada. Ya que todo el mundo lo aplaudía, asumí desde chiquita que me tocaba ser la impertinente que le cuestionara. Como me han recordado varias amigas, Papi siempre escuchaba a los niños con mucho respeto. Desde pequeña me hizo sentir que tomaba mis opiniones en serio y que creía genuinamente en el debate y el intercambio de ideas como un gesto de amor y de interés en el aprendizaje mutuo. Admiro su compromiso con la comunicación honesta y directa, y la capacidad que tenía de renovar sus ideas, reconocer sus errores, interesarse por aprender de todo tipo de personas y evolucionar (a veces al mismo tiempo que sus compañeros, a veces de maneras inusuales para su generación).
Ayudé a Papi a mantenerse joven compartiendo cosas que a veces sorprenden a los que piensan que era un tipo serio – desde cantar Mon Rivera de camino a la escuela, hasta hacernos tatuajes juntos y fumar cannabis medicinal. Fue, por encima de todas las cosas, mi cómplice. Me gustaba delatarlo en escenarios serios como éste, porque me parecía que su humor era tan importante como su elocuencia a la hora de ganarse el respeto y el cariño de cualquier persona.
Hace unas semanas, me dijo en el hospital que sentía que estaba terminando su odisea: y me parece la mejor manera de describir su vida. Papi era como un Forest Gump boricua – vivió muchas vidas, conoció muchas personas. Fue pelotero, baloncelista, campeón de trivia y mímica, vendedor de turrón, jardinero, soldado en Corea, vice-director del Departamento de Turismo, abogado, legislador, director de periódico, escritor, historiador aficionado, comentarista radial, representante de los derechos del consumidor ante la AEE y campeón de billar, póker y dominó, así como gran conocedor del bolero.
Como todo personaje heroico, estuvo cerca de la muerte muchas veces. Enumero los atentados que conozco, porque estos aspectos de su vida fueron los más invisibles. Entre sus proyectos pendientes se quedó un libro sobre la lucha armada clandestina, porque decía que la CIA sabía más de nuestra lucha que los puertorriqueños.
En 1969 le rajaron la cabeza a macanazos en la Avenida Ponce de León cuando una turba anexionista quemó la cede del MPI en Río Piedras y él fue a apoyarlos con un grupo de abogados. Colapsó frente a una librería y un desconocido lo salvó arrastrándolo para adentro del negocio.
En 1974, cuando Carlos La Sombra organizó un motín en la Cárcel La Princesa y tomó a papi como rehén y abogado negociador, un fotógrafo del periódico El Mundo le dijo que se quedara junto a él, que habían rumores que la policía estaba tratando de matarlo allí y hacerlo ver como accidente.
En 1975, antes de comenzar un acto del Partido Socialista Puertorriqueño en Mayagüez, una bomba estalló causando la muerte a Luis Ángel Charbonier y a Eddie Román Torres. Papi se suponía que se encontrara con Charbonier esa tarde.
• En 1978, le pusieron una bomba en su oficina cuando era presidente del PSP.
Meses más tarde, tirotearon la casa donde vivían mis hermanos y su mamá en Hato Rey
También le pusieron una bomba debajo del carro en una ocasión y en otra lo tirotearon llegando a su casa en la Calle Sol del Viejo San Juan.
A eso se sumaron el cáncer, dos veces, e innumerables problemas en el corazón. Sobrevivió tantas cosas que es sorprendente que llegara al 1986 cuando yo nací.
Papi nunca dio alardes de sus hazañas y no quiso preocupar a muchos hablando de sus enfermedades. Sus mayores héroes eran los nacionalistas puertorriqueños y los revolucionarios cubanos, y de ellos siempre resaltó la humildad. Pero era increíble escucharlo contar historias –si hay una cosa que me da miedo con su muerte es que se me olviden los detalles de algunas y no pueda seguir contándolas. Era apasionante escucharlo hablar de sus andanzas con Carlos La Sombra, sus reuniones con Fidel, o los encuentros fortuitos que tuvo con figuras desde La Pasionaria hasta Julio Cortázar. Mi relación con Papi se forjó a partir de interrogatorios eternos y maratones de cuentos. Nunca escribió sus memorias y nunca quiso homenajes. Creo que el mejor tributo que podríamos hacerle es contar sus historias, forjar mejores puentes entre generaciones que permitan el intercambio de ideas e influencias, dudar y decirlo, pero sobre todo gozar en el proceso. Papi no creía en una revolución sin jangueo.
Aunque tuvo muchas vidas, siempre tuvo conciencia de que todas ellas tienen una caducidad. No se aferró a ningún partido, organización, proyecto político o personal. Reclamó siempre su libertad de hacer y pensar lo que le diera la gana, e impuso su voluntad sobre su vida hasta el final.
Los últimos 7 meses fueron un sube y baja entre hospitales y terapias en el hogar. Tanto su familia biológica como su enorme familia escogida cuidamos de su salud y lo rodeamos de amor a lo largo del proceso. Nunca terminaremos de dar gracias a todas y todos los que estuvieron acompañándolo. Aunque nos había acostumbrado a recuperaciones milagrosas y a un cuerpo que luchaba siempre más de lo que correspondía a sus años, en las últimas semanas se empezaron a combinar males, efectos secundarios y señales de deterioro. Su última batalla fue por defender su derecho a morir. Utilizó sus últimos momentos de lucidez para proclamar el final. Cuando parecía que estaba todo fuera de su control, nos dijo: “Ya yo decidí que esto se acabó. Yo quiero romper con la vida.” Y utilizó lo que le quedaba de energía para rechazar terapias y medicamentos hasta morir durmiendo en su cama una semana más tarde. Me da una tranquilidad profunda saber que se salió con la suya, y que todas y todos los que lo cuidamos y acompañamos en el final respetamos sus decisiones y su dignidad.
En esta última etapa, papi fue perdiendo su capacidad de comunicarse como parte de su deterioro. Aunque ese proceso fue inmensamente doloroso, y nos dejó con las ganas de escuchar muchas historias por última vez o con ansiedades de lo que se nos quedó por conversar o documentar, también provocó unos últimos momentos bonitos y accidentes poéticos. Muchas veces cuando le preguntábamos cómo se sentía nos decía ‘batallando, batallando’, pero la última vez que lo dijo le faltaron letras, y me dijo ‘tallando, tallando’. Y así me lo quiero imaginar. Tallando. Consistente e insistente con sus palabras y acciones, haciendo mella poco a poco en una lucha de toda una vida, y calando hondo a fuerza de valentía.
Texto leído en el acto de celebración de vida, 10 de noviembre.