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¡Felicidades siempre!

Como soy nacionalista/de los pies a la cabeza,/ si no les mando estas rimas/¡no podría tomar la siesta!

En esta Navidad

quiero felicitar a mi pueblo,

destruir nuestra identidad.

Y aunque algunos se han caído

ante el sadismo imperialista,

otros hemos resistido

y nuestra Patria sigue viva.

…..

Para mi los Reyes Magos

representan a los creyentes,

pero el Santa Clo infiltrado

representa a los mercaderes.

…..

La abuela que no le teme a la grabadora

En Rojo

Doña Miriam, tiene 68 años, aunque de corazón, se siente de 30. Al preguntarle su edad mostró un poco de resistencia “eso no se les pregunta a ninguna dama”, me dijo antes de comenzar a hablarme brevemente sobre su vida.  Decía Seneca, –si mal no recuerdo– que la vida no es corta, sino que perdíamos mucho el tiempo. Era algo así y si no, pues… la cuestión es que doña Miriam da cuenta de eso.

Hace aproximadamente 40 años comenzó a confeccionar dulces típicos a modo de generar ingresos para el hogar: Dulce de coco, majarete, tembleque, arroz con dulce, entre otras tantas delicias que todos deberían tener el placer de saborear. La necesidad es la madre de la invención y cuando el factor económico aprieta por un lado, la creatividad afloja por el otro. Así “de esas veces que uno no tiene trabajo se inventa cosas o aplica lo que ha aprendido con la familia, en el caso mío con mi mamá. Por tradición”, dijo doña Miriam.

(Hago este paréntesis para resaltar que estas “cosas” a las que Miriam Cortés Vázquez se refiere en el contexto de esta historia, obras de arte comestibles que confecciona repetidas veces al año, forman parte de nuestro patrimonio cultural y no deben perderse. Menos aún “en estos días terribles” en los que la cultura se enfrenta al adverso desarrollo de un sistema que pretende imponerse sobre la idiosincrasia de los pueblos mientras se consolida a costa de ellos).

Actualmente, hace dulces típicos igualmente por placer o por generar un par de pesos, aunque la verdad es que muchas veces termina compartiendo con sus más allegados –que son muchos–.

Pero doña Miriam no solo hace dulces típicos, también se destaca en otras áreas de las artes culinarias locales… y en el arte de la vida en general. Todo legado por su mamá. Con ella aprendió a cocinar “como se cocina en tierra adentro”, resaltó.

Su mamá, doña Claudia, fue comadrona desde joven, tendría apenas 18 o 19 años cuando comenzó, y aunque eso nunca le llamó la atención, fueron muchas las veces que su hija le ayudó a asistir los partos.  Entonces, doña Miriam pensaba que la partería era algo muy atrevido y delicado por lo que se abstuvo de practicarlo y por eso –dice– admiró siempre a su madre. “Respetaba lo que mi mamá hacía, porque lo hacía de corazón y sin ningún tipo de interés; porque le gustaba ayudar a las personas y más a las mujeres que a duras penas se podía llegar a las casa ya fuera a pie, a caballo, cruzando el río…”

Las comadronas sabían mucho de lo que sabe un médico hoy día, dijo doña Miriam al preguntarle cuál era su opinión sobre la obstetricia antes y ahora. “Antes con las pocas herramientas y tan primitivas, por así decir, (las comadronas) traían a un niño de lo más feliz y no había tanta cesárea ni cosa que se parezca como ahora”.

Hoy día con tantas tecnologías muchas mujeres no están pariendo normal, sino que se interviene en el proceso natural y se adelanta el parto con una cesárea así porque sí, criticó.

En un pasado no muy lejano la parturienta estaba de pie en poco tiempo. Por un período de 40 días, doña Claudia –recuerda Cortés Vázquez– iba cada tres días a atender a la madre y al bebé a pesar de las distancias. A veces, el que tenía chavos para esa época, le pagaba $5 y los otros “gracias comay, nos vemos y que Dios se lo pague”.

Doña Miriam es mi abuela y me consta que ha hecho básicamente de todo en la vida aunque ahora no soy capaz de recoger tanto en estas líneas. Cierro el círculo con esta banal reflexión: no son los años en la Tierra como dice abuela, sino como uno se sienta; no es vivir la vida es saber administrarla y en eso ella, mi abuela, es una maestra. Gracias por el ejemplo.

En casa de los abuelos me regalaron una grabadora y no pude desaprovechar la oportunidad para estrenarla.

Publicado en FB y la revista regional Sierra del Otoao.

Aché pa’ Cuba: Anunciaron fractura y llovió consenso

La Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó este sábado la Constitución de la República de Cuba que se someterá a referendo popular el 24 de febrero de 2019. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

“No se trata de una Constitución para cada cubano” dijo en una de las primeras intervenciones la diputada avileña Reina de la Caridad, en cuyo nombre late la espiritualidad cubana, que se desbordó en la última jornada de debates de la Asamblea Nacional, como las inesperadas aguas de diciembre en el malecón habanero.

Apuntaba ella a las posibles insatisfacciones de quienes propusieron algo que no quedó en la última letra. Esa casi mitad de las 783 174 propuestas recogidas en los debates anteriores de la propia Asamblea y en las reuniones populares realizadas entre julio y diciembre de este año, que no lograron entrar a la nueva Ley de leyes.

Muy arduo tiene que haber sido el ejercicio de sopesar criterios, conservando las esencias. Imposible que todo estuviera. Lo que quedó al final es el resultado de consensos, sumum de lo mucho que une a todos los cubanos por encima de las diferencias de sus mayorías, e incluso de sus minorías, de las que, por cierto, recién comenzamos a tomar conciencia, gracias a los propios debates de estos meses.

La tarde antes de aprobarse la nueva Carta Magna, Eusebio Leal abrazaba el borrador de su proyecto con entusiasmo de adolescente. Un malestar pasajero lo obligó a sentarse y quedé cerca. Entonces se abrió el folleto y vi la firma de Raúl encima del escudo de la portada y otras del resto de los integrantes de la Comisión alrededor del símbolo nacional.

“Este es su legado”, comentó el insustituible Historiador de La Habana, recordando los ya lejanos días de la decisión del General de Ejército de poner a la nación a tono con las demandas populares y las exigencias de estos tiempos.

Homero Acosta, el Secretario del Consejo de Estado, cuyas presentaciones, brillantemente expuestas una y otra vez, provocaron un diluvio de reconocimientos dentro y fuera de la Asamblea, había pedido esa propia tarde, dirigir los aplausos hacia quien más lo merece.

Raúl Castro Ruz en la sala principal del Palacio de Convenciones, donde se reúnen los diputados. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

El General, quien desde su escaño en el plenario asistió de civil a las sesiones –siempre de traje gris y sin corbata-, había seguido todas las intervenciones con atento y respetuoso silencio. Ya se sabe que nadie trabajó más y con mayor interés en esta Constitución, desde la primera idea, cuya paternidad le pertenece.

“Él es el padre de todo esto” confirmó el Secretario. Lo más tremendo me lo había comentado antes Eusebio, testigo de excepción de la dedicación de Raúl a preparar el camino de estas transformaciones y con ello la continuidad de la Revolución sobre bases más sólidas, durante meses y años cargados para él y para Cuba de penas tan profundas como la desaparición física de Vilma y los quebrantos de salud y posterior fallecimiento del líder histórico de la nación.

Todos esos sentimientos y certezas gravitaban en la sala principal del Palacio de Convenciones, mientras se asistía a la discusión definitiva del posiblemente único texto constitucional que en el mundo se ha sometido a consulta popular, atendiendo a cuanto era posible incorporarle o amputarle, sin lesionar los asuntos blindados (sistema político, por ejemplo) y evitando los enfoques que pudieran contradecir el cuerpo de ideas principal.

Pero faltaban las bendiciones, imprescindibles en un contexto marcado por la agresiva campaña que, en nombre de un Dios excluyente, levantaron algunas denominaciones religiosas, cuando Cuba entera empezó a dar claras señales de madurez y compromiso con el texto en consulta.

Los primeros deseos de “luz, amor y progreso” los derramó el espiritista Enrique Alemán sobre la Asamblea y por extensión sobre el país.

Luego, el reverendo Pablo Odén Marichal, trajo el mensaje del movimiento ecuménico cubano, algunos de cuyos miembros, reunidos hasta altas horas de la madrugada anterior, reflexionaron sobre la inaceptable “vigilancia” de que es objeto Cuba, incluida en las listas del Departamento de Estado de Estados Unidos que acusan a nuestro país de “no respetar la libertad religiosa” mientras exaltan las actividades de grupos cristianos fundamentalistas, que tratan de quebrar la unidad nacional y religiosa.

Resaltando el valor del estado laico, Odén Marichal ratificó el compromiso del movimiento ecuménico, apelando a una frase de Fidel en los primeros años de la Revolución, durante el período de más compleja relación con las iglesias: “Quien traiciona a los pobres, traiciona a Cristo”.

“Esta Constitución no termina sino que empieza hoy y aquí”, advirtió el reverendo diputado, en clara alusión a la pelea que habrá que dar contra las campañas de las denominaciones supremacistas que disfrazan de religioso su mensaje político interesado en quebrar la unidad nacional.

Un inspirado babalao, Orlando Gutiérrez, movió sus collares y pulsos, invocando a los espíritus de las religiones de origen africano, expresión primera y última de nuestra cultura de la resistencia que, en su opinión, se afirma en tres ingredientes: el pueblo, las armas y la unidad.

Antes había agradecido el reconocimiento que por fin tienen en la Carta Magna las asociaciones fraternales, imbricadas de manera profunda y documentada en la historia nacional desde Céspedes hasta los moncadistas.

Esta vez su tradicional “Aché por el humilde y heroico pueblo de Cuba”, alcanzaría sus mayores resonancias en los minutos siguientes.

Mariela Castro Espín abraza a Raúl Castro Ruz durante la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Foto: Omara García Mederos/ ACN/ Cubadebate.

En el abrazo de Mariela a su padre y maestro, quien a su vez la llamó a recordar la obra de Vilma, madre y educadora en los complejos temas que la hija aprendió a defender con ella. En el sí de cada parlamentario a la Constitución nueva. Y en el crítico pero optimista, serio pero apasionado, discurso de Díaz Canel, tan coherente con ese “carácter, que nos viene de los abuelos y de los padres, que por la Patria nos arranca hasta lágrimas, pero sobre todo nos lanza al galope sobre cuantos quieren dañarla.”

De ambos impulsos hubo expresiones en el magnífico cierre de este período intenso de aprendizaje de nosotros mismos que fue la construcción de una Constitución nueva, posible o seguramente la que más hemos estudiado, discutido y mejorado de todas cuantas ha tenido el país desde Guáimaro hasta la fecha.

Como dijo y dijo bien Reina de la Caridad, no podemos tener una Constitución para cada cubano. Pero entre todos logramos hacer la Constitución de todos los cubanos. Aché pa´ella. Los que anunciaron fracturas, son los únicos que perdieron. Llovió consenso. Que nos sirva para enfrentar a golpe de sí la campaña que querrán imponernos como revancha.

La Asamblea Nacional aprueba Constitución que irá a referendo el 24 de febrero de 2019. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Sirva rabia en Navidad (segunda receta del Recetario de los afectos)

Especial para En Rojo

La rabia es un plato que se sirve a diario. De tan cotidiana, su preparación parecería no necesitar demasiados miramientos. Bastaría un huracán, una promesa incumplida, un mal gobierno, la busconería política o el despojo de algún derecho civil, como los servicios de salud, la educación pública o el retiro, para que la bilis, que es la base de esta exquisitez, comience a producirse. Esta es una antiquísima receta que exige concentración, precisión, un corazón fuerte y paciencia, (¡coño!), paciencia.

Aviso a la cocinera del carácter explosivo de los otros ingredientes. La injusticia, el expolio, el ninguneo, el maltrato, la frustración, la incertidumbre y la indignidad son letales si no se manejan cuidadosamente. Para ello, recomiendo que a la hora de su preparación se vista una escafandra, pero si no se consigue tan estrafalario atuendo o el calor del trópico impide su uso, al menos deben utilizarse guantes de goma, gafas protectoras y zapatos cerrados. Tener un abanico de batería a la mano -recuerde que puede irse la electricidad en cualquier momento- es altamente recomendable. Sepa también que el lugar donde confecciona el manjar debe poseer buena ventilación, y si es posible, cruzada.

No debe confundirse la rabia con el resentimiento. En nuestra cotidianidad neoliberal es común pensar que las rabiosas son personas resentidas, envidiosas, insatisfechas con lo que les ha tocado. Incluso, de ordinario se les culpa de su situación, pues como “el mercado garantiza que cada quien reciba lo que merece”, usted solo tendría que competir. De las condiciones de la competencia brutal, no se habla. De la responsabilidad política del estado por el bienestar común, tampoco. Lo que sí se escucha a diario es que las rabiosas no han trabajado lo suficiente, no poseen la inteligencia ni la capacidad para procurarse una mejor vida. Reinvéntese, no se quite, compita es el slogan en letras de neón del ideario. Si usted bien sabe que “no hay otra alternativa”, por qué se enfurece, entienda, nos exigen. Déjese explotar, acepte la privatización y el cierre de los servicios fundamentales, canta el coro de los nuevos esclavistas. En este contexto social, la rabia se vuelve un plato indispensable en el menú boricua.

Para la confección de la receta debe tener siempre disponible y refrigerado el pie de la rabia, la bilis. Es fácil de conseguir y sospecho, que, ante tanta indignidad, cada casa puertorriqueña debe tener una buena guarnición de ese elemento. El sabor de la bilis, ingrediente principal, es bien amargo, por lo tanto, debe servir la rabia diluida o mezclada con otros alimentos. Bien podría endulzarla, utilizando miel del país, o mezclarla con otro alimento ácido como el limón o la parcha para que se neutralice su sabor. Recuerde que el color verde intenso de la rabia podría arruinar la apariencia de su mesa.

El plato puede impulsar la corrección de conductas equivocadas, el avance de la justicia social y la reparación de agravios. Una vez ingerido, invita a la acción para detener la amenaza de una fuerza externa (la Junta, el gobierno, el plan fiscal). De aquí que debe aprovecharse la época navideña para servirlo. La injerencia en la acción social sería una gran resolución para el año nuevo. Sírvalo sobre los pasteles, el arroz con dulce o la morcilla. No es aconsejable que se mezcle con el coquito porque su acidez podría estropear la bebida.

Como el nivel de toxicidad del alimento es alto, recomiendo que se ingiera con prudencia. Su consumo puede aumentar el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y los niveles de adrenalina. Sus comensales podrían comenzar a emitir sonidos fuertes, gritos y hasta improperios, acompañados de expresiones faciales y ademanes como mostrar los dientes o levantar los brazos. Recuerde que no debe faltar la música cuando lo sirva.

Advierto que una vez ingerida la rabia puede ser destructiva si no encuentra una salida apropiada. Exprésela en la participación ciudadana, en la organización comunitaria, en todo tipo de manifestación pública y privada (cualquier grupo, por pequeño que sea, será buen auditorio para lo que tiene que decir). Sepa que quizás dejen de invitarla por aguafiestas, pero no se amaine, use la rabia con gracia.

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Defender la cultura

Especial para En Rojo

Que el calendario dicte escribir en la transición de un año a otro impone el cliché de los recuentos. Como otros, este vale la pena, pues asiste al colectivo a documentar daños y perjuicios, a la vez que evidencia luchas, transformaciones y la renovación de posibilidades. Sin embargo, no puedo ahora encarar esa labor. Me hace falta una energía que no encuentro. En este 2018, para ser franca, he usado la reserva, la repuesta y hasta el vacío. Me propongo, entonces, decir algo pequeño sobre dos inmensos acontecimientos –más bien, procesos recurrentes– que han estado en acalorada discusión durante semanas recientes: las muertes de mujeres y las de gallos.

Ha transcurrido tiempo suficiente para que se asiente la gravilla de lo que he leído y escuchado sobre estos asuntos. El resultado es que el polvorín se me ha instalado en la garganta, y ya que creía poder tomar un respiro tras el año que hemos vivido, estoy, más bien, ahogada. Imagino y presto atención a las objeciones sobre lo que pretendo escribir, comenzando con la evidente: que los feminicidios y las peleas de gallos no son fenómenos equiparables, ni en el rango ideológico, ni en el social, político o ético. Tienen razón. Lo que me empuja a escribir sobre ambos fenómenos no es la sinonimia. Por el contrario, intereso señalar que en las diferencias entre los cuerpos de las mujeres y los de los gallos se aloja una de las claves más contundentes de la violencia patriarcal en Puerto Rico.

El alegato de antigüedad histórica de las peleas de gallos y de la opresión contra las mujeres las convierte en presa fácil del apelativo “cultural.” Del mismo modo que demasiadas personas han vociferado recientemente el carácter culturalde las peleas de gallos, muchos lo hacen y lo han hecho del amplio espectro de las violencias contra las mujeres, desde el silbato en la calle hasta el asesinato. De hecho, la aseveración podría extenderse para incluir como culturales todas las relaciones humanas opresivas, desiguales y violentas, pues estas han sido parte de la cultura de una u otra región, “civilización” o comunidad al menos desde el Neolítico. Si acercamos el asunto a la condición histórica de nuestro archipiélago, notaremos de inmediato que, para los imperios europeos, igual que para el estadounidense, la colonización y la esclavización (esto es, el genocidio) eran (y para muchos, siguen siendo) cuestiones culturales. Se concebían (y se conciben) como ejercicios para defender culturas, propagar culturas y lograr que gentes sin cultura obtengan cultura. Pero, si esa es la cultura, el objetivo de las luchas por la justicia es precisamente cambiarla. Y de manera radical.

He escuchado con mucha perplejidad y con aún más pavor a personalidades que defienden la independencia de Puerto Rico usar la prohibición federal de las peleas de gallos como baluarte de la defensa nacional. Mas, ¿cómo puede un país serlo si arguye –y, peor aún, toma por bueno– que su cultura (entendida, dicho sea de paso, como trofeo estático, encerrado tras los cristales en un chinero de vajillas) es y hace lo contrario de lo que un país, cualquiera, debe aspirar a ser y a hacer? Nombro algunos de los más imprescindibles principios a los que aspiro para mi país: proteger, defender y fomentar la diversidad; mantener y llevar a la acción en todos los renglones de la vida colectiva una conciencia ecológica plena; comprender al animal humano como parte del mismo espectro de la vida de todas las especies; oponerse a la crueldad, la violencia y la muerte como mecanismos de entretenimiento y fuentes de actividad económica; y asegurar la distribución justa, equitativa y sostenible de todos los recursos. Si ese no es –o no es del todo– el país al que aspiran dichas personalidades, su noción de independencia no me convoca.

Tampoco debe escapársenos que las peleas de gallos (como las de toros, perros y cualquier otra especie sometida a la perversa voluntad humana) son integrales a la cultura patriarcal. Habrá quien me diga que hay muchas mujeres galleras. No lo dudo, aunque no me interesa comprobarlo. Ciertamente, no son pocas las mujeres patriarcas. Todas, todos, todes, estamos sujetas al mismo suero cultural. Pero, lo que no puede tener objeción es que las peleas de gallos son fenómenos prioritariamente masculinos y masculinistas, al interior de lo que el patriarcado define y refuerza como tal.

Cierro estas líneas con una reflexión sobre las habichuelas que se llevan a las mesas familiares. Las peleas de gallos son un negocio, sin duda, sumamente lucrativo para unos pocos (como casi todo negocio bajo el capitalismo) y fuente de modestas economías familiares para otros muchos. No obstante, esto último no puede justificar su existencia indefinidamente al futuro, del mismo modo que no podemos hacer dicha operación respecto a ningún otro negocio que esté fundamentado en la muerte. Tampoco puede una fuente de habichuelas negarnos la posibilidad de crear colectivamente otras formas de sustentar la vida. Nuestro compromiso ha de ser con un cambio radical en la cultura y en la constitución misma del país para poder ofrecer economías solidarias que lleven habichuelas a las mesas de todas.

Nos recuerdo –porque incluso a pesar de las decenas de feminicidios en el 2018, lo olvidamos demasiado fácilmente– que el patriarcado es también un comercio mortífero, precisamente porque el único modo de asegurar el dominio de cualquier especie, idea y práctica, es la capacidad de producir muerte que llamamos violencia, ejérzase del modo que se ejerza, desde el nivel simbólico hasta el material. Lo mismo debemos decir sobre el capitalismo. Y sobre el racismo. Y sobre la homofobia. Todas estas formas de violencia son inherentes a la estructura sociopolítica y económica que nos asedia, caracterizada por la exclusión, la precariedad, la miseria, la explotación y la muerte. No son anejos. No son derivaciones. No son planos secundarios. “Son nuestra cultura”. ¿Esa es la que defendemos? Conmigo no cuenten.