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Cuento: El remolque

–A Daniel Torres

Poco después del fallecimiento de mi padre, me encontraba en una librería cuando pude ver a precio especial un volumen de historias sobre diversos aviones de la Segunda Guerra Mundial. Nítidamente colocados en una lista, estaban varios aviones que de niño había armado en el interior de un remolque que mi padre había comprado para quedarnos a dormir en diferentes sitios de la isla. En aquel entonces, me había tenido que quedar a dormir en el remolque porque la Autoridad de Acueductos cortaba el servicio de aguas constantemente. Sin que yo supiera por qué realmente mi padre había comprado el remolque, me había quedado a dormir en diversos sitios que los campesinos habían habilitado para que los dueños de los remolques se quedaran allí. En el “camping” había varias tomas de luz eléctrica y de agua potable. Una niña con la que años después estudiaría en la Universidad, se me había acercado para venderme una colección de tirillas cómicas. Aunque en el interior del remolque, mi padre me había puesto a montar modelos de aviones de guerra, trataba de pasar la mayor parte del tiempo afuera del remolque en una motorita que llevábamos con nosotros todo el tiempo. Los temas de guerra no me atraían especialmente, pero las tirillas cómicas que me había vendido la niña también eran de tema bélico. Historias bien barrocas sobre el Soldado Desconocido o el Sargento Furia poblaban mis sueños. Cuando en la Universidad, me le acerqué a la niña para hacer amistad con ella, supe que se había casado a los quince años y que tenía una hija pequeña, lo que era una especie de condición para poderla conocer. Además, el “camping” de Gurabo en el que la había conocido ya había cerrado y las razones que nos habían llevado a acampar allí los veranos seguían siendo tan enigmáticas como a los diez años, cuando armé los aviones de la guerra.

Cuando me divorcié de mi esposa, a los veintitrés años, mi padre me dejó volver a la casa. Para pasar la soledad lo mejor posible, había empezado a trabajar en una librería y con el dinero que me aportaba el trabajo, había comprado un tocadiscos y varios discos de jazz. La muchacha que me había vendido las tirillas cómicas en la niñez me había llamado por teléfono varias veces, porque ella, aunque divorciada también igual que yo, consideraba que ahora estábamos en igualdad de condiciones aunque yo no hubiera tenido hijos con mi esposa. Cuánto añoré entonces aquellos ratos de la infancia en que estuve sentado en el comedor del remolque, armando un avioncito de guerra, mientras la nena me hablaba de los comics que me iba a regalar. Aunque finalmente me los vendió y no me los regaló, ahora, quince años después, me imploraba que me casara con ella aunque tuviera una hija. Me explicaban mis padres que la hija que ella había tenido con su primer marido había sido la condición que le había impuesto su familia para entrar en relaciones conmigo años después, cuando fuéramos a la Universidad.

–Tienes que entender que la niña ha hecho un esfuerzo descomunal para que la dejen llamarte por teléfono– me dijo mi madre. –Tener esa hija ha sido el requisito que se le ha impuesto. Además, tú sabes que tienes un defecto en las manos y que cualquier muchacha que te quiera debiera ser bienvenida.

–Pero tú no te casaste antes para estar con mi papá– le dije. –Tú te pudiste casar sin cumplir con un requisito así.

–No importa– dijo mi madre. –Esta vez te ama una muchacha a la que se le han puesto muchas trabas y debes honrarla.

Mi familia estaba preparada entonces para que me casara con la niña que me había vendido las tirillas bélicas. Cuando empezaron a llamar por teléfono sus amigas, con un dejo de burlas, en esas noche en que sólo y recien divorciado escuchaba jazz, mi madre deploró que hubiéramos vendido el remolque, ya que allí al menos habríamos podido mudarnos de haber tenido que casarnos. No obstante, cuando las llamadas empezaron a ser insistentes, dejé el trabajo de la librería y me preparé para terminar mis estudios universitarios, ya que casado en segundas nupcias convenía que tuviera un título universitario que me favoreciera. Sucedió algo curioso, y es que vino a verme a mi casa otra muchacha a la que le habían dejado usar el nombre de la niña para que viviera libremente en la ciudad. Fue ella, y no la niña que me vendió las tirillas, la que vino a verme en esta ocasión. Como mis padres me seguían presionando para que me casara con la primera, acepté mudarme con la otra muy cerca de una represa. Los campesinos querían que me mudara cerca de la represa, no sé por qué, y que viviera allí de una manera informal con la otra, como si viviéramos en un estado de emergencia muy parecido al que había vivido yo a los diez años, cuando arme los aviones en el remolque. De ahí que aceptara mudarme con ella de esa manera informal.

Para pasar los días de modorra en la casa informal a la que me mudé con la otra, me puse a leer sobre los aviones de guerra. Un detalle que los hacía interesantes era el hecho de que se les pintara con un óxido de chatarra, cosa de que fuera fácil romperlos cuando terminaran las hostilidades. Para recordar al Junkers Stukka, o al B–17, la gente tenían que armar modelos de plástico como los que yo montaba de pequeño. La idea de que un país pobre los heredara de un país rico era no solamente inmoral sino imposible, justamente por el hecho de que el óxido de chatarra con el que estaban pintados los carcomía rápidamente. Metido en el interior de ese apartamento informal, cercano a la represa, pensaba que la vida no era tan injusta después de todo. No solamente había tenido la oportunidad de informarme sobre los aviones que armaba, sino que estaba ahora viviendo con una muchacha que fingía ser la que me habían vendido las tirillas de guerra. Seguí viviendo allí un tiempo más, en un estado de emergencia muy parecido al que había vivido en la infancia, y la lluvia no cesaba nunca de caer.

La muchacha con la que me había mudado ahora, aunque no era la misma que tenía una hija de un primer matrimonio, empezó a negociar conmigo la separación después de tres años de informal convivencia. Quiso saber, por supuesto, en qué estado me había dejado mi primera esposa y supo que la muchacha me había heredado una cepa en una clínica de Río Piedras. A la que estaba conmigo le habría bastado estar casada para que la clínica le cediera el embrión, pero a la larga no tuvo ni siquiera que casarse conmigo para que la dejaran ser la madre. Al parecer, la que me había vendido las tirillas había llegado a negociar con mi exmujer. Como había accecido a estar con la que usaba su nombre, no tuvo que insistir mucho para que mi exmujer le cediera la cepa a la que estaba conmigo. Para ser la madre de mi hijo, no tuvo que casarse conmigo.

El niño nació en el mismo hospital en el que yo nací. Igual que yo, tenía un defecto en la mano que impresionaba tremendamente a la nueva madre. Las condiciones para separarnos habían sido esas, que la dejara con el niño, sola, en el mismo apartamento informal en el que vivimos tres años. Felizmente, los campesinos construyeron una casa de cemento en el mismo sitio, que es donde vive mi hijo en la actualidad. Pronto regresé a mi casa para lamentarme de mi soledad. Si bien por un lado las mujeres eran justas conmigo, faltaba afecto en nuestras relaciones. La racionalidad de nuestro trato era producto de años de injusticia. Ahora que en la librería tenía la oportunidad de saber lo que había pasado con los aviones que armaba, y que sabía que estaban casi todos oxidados o inexistentes, pensaba no obstante que la vida había llegado a ser justa a un precio elevado para nuestros sentimientos. De cualquier manera, prefería el presente estado de vida más que cualquier otro estado de vida en otra época histórica de la Humanidad.

Poco a poco supe cada vez menos de la niña que me vendía las tirillas cómicas. La muchacha que usaba su nombre, madre de mi hijo ahora, me hablaba vagamente de su hija y todo parecía indicar que vivía lejos de mi vida. Jamás supe quién podría haber sido ella realmente, ni quiénes sus familiares. Un extraño dejo de sequedad en la garganta me decía que nuestra relación no era amorosa, sino forzada por las circunstancias. Eso me apenaba, aunque ahora en mi nueva vida hubiera podido conseguir de nuevo un tocadiscos para oir mis discos de jazz. Pensaba constantemente en los aviones de guerra. Me estaba aprendiendo de memoria sus historias, y no había uno solo de los que yo había armado, que no estuviera en la lista de artículos que conseguí después.

El momento de la verdad para Jayson y Manny

Por razones distintas este próximo fin de semana es crucial para las carreras boxísticas de Jayson “La Maravilla” Vélez y Emanuel “Manny” Rodríguez. Jayson enfrentará el viernes 4 de mayo en el Staples Center de Los Ángeles a uno de los grandes prospectos de la compañía Golden Boy Promotions en la figura del mexicano-americano Ryan García, con marca de 14-0 y 13 KO, y quien fue prospecto del año en el 2017 según varias publicaciones boxísticas especializadas. Esta será la pelea estelar de un programa que será transmitido a las 9:00 PM por la cadena ESPN 2.

Jayson está consciente que en esta pelea el propósito es usarlo como escalón para añadir un buen nombre al récord de García, sin embargo, el boricua manifestó recientemente que no entiende por qué Golden Boy lo seleccionó para este combate y que se equivocan si piensan que será una pelea fácil para García. “Él no es prueba para mi y yo soy la prueba para él”, dijo Jayson. Cabe destacar que tras un periodo de seis peleas donde Jayson perdió cuatro de seis y obtuvo un empate, éste parece haber cogido un segundo aire al subir a las 130 libras. Vélez ha ganado sus últimos tres combates entre los que se encuentran el que le tumbó el invicto al boricua Alberto Mercado, y más recientemente noqueando al dos veces excampeón mundial Juanma López en Guaynabo en marzo. Una victoria podría significar una oportunidad titular contra algunos de los campeones como Miguel Beltcher o quizás el boricua Alberto Machado, mientras que una derrota lo pondría en lo que se conoce en el boxeo como un gatekeeper.

Finalmente llegó la pelea mundial de Manny

Por otro lado, un día más tarde, o sea el sábado en Inglaterra, llegará la esperada oportunidad titular de Emmanuel “Manny” Rodríguez, cuando rete por el campeonato de la Federación Internacional de Boxeo (FIB) al británico Paul Butler por el título vacante gallo de ese organismo (118 libras).

Para Manny ha sido una larga espera pues, aunque hace más de tres años que éste se encontraba entre los primeros clasificados, una serie de peleadores estelares se negaron a darle una oportunidad titular y parece que en ocasiones su carrera no fue llevada de la manera correcta. Pero finalmente Manny tendrá la oportunidad de realizar todo el potencial que enseñó cuando se convirtió en el primer medallista de oro olímpico juvenil de Puerto Rico en 2010 en Singapur.

En Butler enfrenta a un rival experimentado con marca de 24-1 que ha sido campeón en las 115 libras y que peleará en su gallinero, donde siempre es difícil ganar una decisión. Una victoria podría significar la llegada de una nueva estrella al boxeo boricua (la habilidad la tiene). En cambio, pese a ser joven (25 años) una derrota podría significar otra larga espera tanto de peleas grandes, como de buenas bolsas para el boricua. La pelea de Manny solamente podrá ser vista en Puerto Rico por los suscriptores de Liberty Cable que tendrían que pagar el paquete Deluxe de la compañía que contiene cuatro canales y tiene un precio adicional de $6.99 y se vería por el canal 295 (AWE) a partir de las 3pm de la tarde en la cartelera que estelarizarán los pesos completos británicos David Haye y Tony Bellew.

Sin duda ambos tienen mucho que perder este fin de semana, pero también tienen la oportunidad de reescribir la historia del boxeo boricua y la suya propia. Vamos a ustedes.

La Justicia de las Justas

Para Belin, quien siempre fue mi acompañante y la de Papi en las Justas por muchos años, y gracias a quien pude regresar ahora 20 años después

Para los Católicos la Semana Santa es conocida como “la semana mayor”, en mi casa la semana mayor, la semana en la que todo se paralizaba, era la semana de las Justas. Desde pequeña veía cómo la vida de mi padre cambiaba en las semanas previas a este evento. Toda la emoción y adrenalina que asumo sienten los atletas antes de competir, la sentía él cuando se acercaba este evento. Las Justas eran “el evento” del año para él. Nunca participó en ellas como atleta, aunque sí como estudiante, y por las últimas décadas como el narrador principal del evento. Pero las Justas eran para él muchísimo más que un trabajo o un evento el cual ir a narrar, eran un festival deportivo universitario, y él se vivía todas las facetas. Esta semana se le dedicaron póstumamente las Justas y aunque no era la participación que hubiera querido, fue un día lleno de emociones y sé que él hubiera disfrutado mucho.

“Ese perro del Colegio, ése sí que está cabrón…”, ésa era una de las canciones de cuna favoritas de mi Papá para ponerme a dormir. Imagino que soñaba con criar una futura Juana, y pues, tuvo que bregar con criar una Jerezana. Aún así, y entre vacilones de él vestirse de verde y yo de rojo durante la semana de las Justas, él cantarme el himno del Colegio, cuya versión terminaba “tumbando” la torre de la Universidad, y yo gritarle “refugio”, siempre era una semana especial para los dos. Tan pronto pude, Papi me empezó a llevar a las Justas, cuando aún eran en el Sixto Escobar, y junto a mi gran amiga Melinda Eisenmann, la gran Belin, la “nena dulce” de Papi, trabajábamos de runner, llevando estadísticas y corriendo. Melinda y yo, que ya éramos Jerezanas pues estudiábamos en la UHS y soñábamos con estudiar en la iupi, nos sentíamos universitarias y grandes y era un día mágico para nosotras. A las dos nos gustaba el atletismo y admirábamos muchísimo a esos estudiantes-atletas, pero también nos encantaba mirar hacia las gradas, el ambiente nos embriagaba. Íbamos aprendiendo las canciones, los insultos y el lunes, con guille en la escuela a contar nuestras aventuras en las Justas. Cuando se mudaron a Ponce la experiencia adquirió otros matices, ahí éramos más grandes y ya empezamos a janguear y cada vez más a trabajar menos y estar más en las gradas con los Gallitos y Jerezanas. Éste era nuestro fin de semana con Papi, él trabajaba un montón, desde días anteriores preparando libreto y trabajando en los otros eventos del festival deportivo que se añadieron al calendario en la Ciudad Señorial, pero ese día, a pesar del trabajo intenso, él era feliz, se lo gozaba y vivía, como él decía, era su Día de Reyes. Y con lo que le quedaba de energía, a veces jangueábamos después el sábado en la noche o el domingo. Y es que durante mis años universitarios, Papi fue también nuestro hotel y alcahuete durante las Justas. Muchos de mis panas se quedaron en su habitación, en mattress tirados por el piso y hasta una noche terminamos en un hospital con uno con gastritis.

Aunque llevaba casi veinte años sin asistir a las Justas, siempre hablaba con Papi y seguía todo desde Nueva York. Él se las continuaba viviendo como siempre, acomodando su itinerario de trabajo para que esa semana estuviera libre y con la pasión a flor de piel como si aún estuviera en el Colegio. Regresar al Paquito Montaner a unas Justas, sin Papi, dedicadas a él, fue una mezcla de muchos sentimientos. No niego que pisar la pista como parte del desfile me dio muchísima emoción, pero se me partió el alma al pasar frente a la mesa de transmisión y no verlo. Pero qué alegría me dio ver a su colega Manuel Charbonier y su hermano de la vida Joaquín Porrata trabajando con la camisa de “Qué bueno es”, ver a la compañera de tantas Justas Lizette Santiago, entre muchos otros compañeros. Me emocionó ver a la Banda del Colegio, que siempre le creaba un taco en la garganta a Papi. También fue emocionante el aplauso sólido que recibió de los miles de estudiantes que llenaron las gradas a apoyar su universidad, cuando mencionaron que se le dedicaban las Justas. Rectores, la alcaldesa de Ponce María “Mayita”, la otra homenajeada la Dra Ana Cintrón, el Comisionado de la LAI, José Enrique Arrarás, entrenadores, atletas, jóvenes, colegas periodistas, de todos y todas recibí hermosas palabras sobre Papi y su importancia para las Justas. Desafortunadamente la idea del legado es difícil de medir cuando las personas están vivas, pero me atrevo a decir que con las Justas Papi era una leyenda viviente. Entre las múltiples muestras de cariño quisiera destacar la del atleta dominicano de la Inter, Álvaro Abreu, quien se hizo una camiseta con la frase de “Qué bueno es” al frente y en la parte de atrás la cara de Papi. Mi madre, Vilma Ramos Acosta, Joaco y yo tuvimos la oportunidad de hablar con él y retratarnos, y realmente los ojos le brillaban al hablar de Papi y lo importante que fue en su vida atlética universitaria. Álvaro, quien posee el récord de los 3,000 metros con obstáculos y quien clasificó para los Juegos Centroamericanos en Barranquillas, es uno de los atletas para quienes la persona que le dio voz a sus gestas deportivas fue alguien importante en su vida, porque sabía que detrás de aquella voz había una persona que amaba el deporte y lo valoraba. Yo creo que parte de la conexión entre Papi y los atletas universitarios se daba por el respeto, la admiración y el valor que él le daba a lo que hacían. El creía genuinamente en el estudiante-atleta, en aquellos que se sacrifican estudiando para sacar una carrera y que mientras lo hacen practican duro un deporte para su desarrollo personal y gloria y orgullo de su institución universitaria. Creo que las Justas combinaban elementos que para él eran importantes, como el deporte aficionado de alta calidad, un espacio para la juventud y la educación, todos pilares para él del país con el cual soñaba. Y claro, quienes lo conocían, sabían que era un enfermo del atletismo y que mientras trabajaba, “se curaba”. Y también que para muchas cosas era como un chamaco, y que se sentía como pez en el agua entre los jóvenes. Creo que Papi hubiera estado particularmente orgulloso de la LAI y de los jóvenes y atletas del País, ya que lograron restablecer el calendario deportivo post Huracán María, cuando muchas de las instalaciones deportivas, incluyendo el Paquito Montaner, estaban afectadas. No sólo es un logro que se hayan llevado a cabo las competiciones, sino que los estudiantes afirmaran el derecho a una educación superior, sobre todo la pública, ante todas las amenazas de la Junta de Control Fiscal; los reclamos de algunos estudiantes y profesores durante el desfile le hubieran llenado de orgullo y emoción.

Por muchos años, muchas personas me comentaron que lo más que disfrutaban era la narración de Papi del relevo 4×400, la emoción que le ponía al evento que coronaba un día de atletismo era única y para él era el clímax de un día de emociones. Estas Justas dedicadas a él, el 4×400 fue un evento peculiar. Luego de una primera falsa salida, el atleta de la UPR de Río Piedras hizo una falsa salida y de acuerdo con el reglamento de la IAAF, la segunda se le aplica a todo el mundo, así que inmediatamente el relevo de los Gallitos fue descalificado. Ya me encontraba en las gradas junto con mi Madre en territorio Gallito y Jerezana y los gritos comenzaron. Pero fueron los estudiantes de la Inter los que comenzaron a gritar, “déjenlos correr, déjenlos correr”, coro al que se unieron los 10,000 estudiantes que estaban en el Paquito Montaner. Ante la negativa de los oficiales, cuando éstos pretendían pedir silencio para comenzar el relevo, se escuchó un sonoro abucheo, obviamente los estudiantes de las 21 universidades representadas no iban a permitir que se corriera el relevo sin los atletas de la iupi. Luego de unos minutos de un ruido ensordecedor y de una hermosa muestra de unidad y solidaridad universitaria, finalmente permitieron correr a los Gallitos. Antes de comenzar este evento las Justas estaban definidas, los Taínos de la Universidad del Turabo ya eran matemáticamente campeones, al igual que las Tigresas de la Inter, las campeonas. Muchos me comentaron que Papi se hubiera emocionado con esta muestra de unidad de los universitarios. Para mi fue una hermosa manera de concluir estas Justas para Papi. El siempre decía que las “Justas eran injustas”, pues eran sólo una vez al año. Ayer las Justas fueron “justas”, él se merecía esta dedicatoria. Se merecía que unánimemente las universidades decidieran homenajearlo, que los estudiantes, atletas y periodistas le reconocieran. Que le devolvieran el amor que tanto le tuvo que por tanto años desinteresadamente les dio. Definitivamente ayer fueron justas, y tan bellas y emotivas para mí como desde la primera vez hace 25 años, aquella vez al lado de Papi, ayer, con Papi presente en todas partes.

Guillermo, aquel director de cine

Guillermo, a los 14 años, aún no se llamaba William. Tenía una pequeña cámara super 8 con la que filmaba escenas cotidianas. A la vecina matando una gallina para hacerla con arroz. A un perro tratando de escapar del encierro de una verja de alambre eslabonado. Allí estaba Guillermo filmando, antes de que la cámara en movimiento fuera un lugar común a partir del cine europeo.

Soñaba entonces con ser director de cine. Eran los años cincuenta. Vivir en una isla perdida del Mar Caribe no era, digamos, una ventaja en este sentido. Así que el muchacho se fue con su cámara y su pelo  color zanahoria a Nueva York.

Ésa no fue la única razón. Supe que peleaba mucho con su padre. Un día dejaron de hablarse. Guiller, el hijo, William, también se fue huyendo de su padre, que se sentía castigado por el destino puesto que su hijo le había salido maricón. El viejo lo decía con desdén.

Guillermo, el padre, a veces llegaba borracho de la gallera con sus amigos y su gallo derrotado, pidiendo una sopa. Su esposa y, a veces,  mi madre (una niña entonces) le obedecían con más miedo que alegría.

No era un tipo malo, decían. Una vez le viró la cara a Isaura cuando ésta le respondió a alguna de sus salidas de macho de pico y espuela. Ella bajó la cabeza. Se alejó sin llorar. Esa madrugada Guillermo despertó al escuchar que alguien lo llamaba. Era Isaura que tenía en sus manos una olla de agua hirviendo.

Vas a tener que dormir.  Vas a legar borracho o cansado y vas a cerrar los ojos. Y si vuelves a ponerme una mano encima voy a aprovechar una de esas noches, te voy a derramar agua hirviente en los cojones y en las manos. No te vas a poder ni rascar porque no tendrás con qué ni qué. No vuelvas a hacerlo. Ahora puedes seguir durmiendo, mi amor.

Desde aquella noche Guillermo sufría de insomnio ocasional y jamás volvió a ponerle una mano encima a Isaura. La bebida era cuestión de ocasiones especiales. Para entonces ya el hijo, Guillermo, vivía en la Babel de Hierro. se hacía llamar William y usaba el apellido materno.  William nunca se convirtió en director de cine. Regresó en una sola ocasión a la isla. Al entierro de su padre. Vino con su compañero. Ese día volvió a usar el apellido paterno.

William ocupó un buen puesto en una agencia del gobierno norteamericano. Hizo dinero. No gastaba mucho. Murió a los 81 años dejando su apartamento en Manhattan a su compañero de toda la vida. El resto de su herencia la dividió concienzudamente entre primos, sobrinos y primos segundos. Algunos de nosotros ni siquiera lo conocimos porque se fue de Puerto Rico antes de que naciéramos. Gracias, Guillermo. No sabes cuánto me hubiese gustado conocerte y ver tus películas.

Miradas cruzadas en el cine: la puertorriqueñidad redefinida por la distancia

Aunque el título de esta charla aparenta hacer un paralelo entre el cine producido en Puerto Rico y el desarrollado por puertorriqueños en los Estados Unidos, cuando miramos el cine narrativo, el elemento de puertorriqueñidad no es esencial. Sí hay una afirmación cultural en los cientos de documentales producidos por puertorriqueños en los Estados Unidos, y también de otras nacionalidades, sobre algo tan global y local como la música. Éstos siempre sobrepasan fronteras y no hacen distinción entre las poblaciones puertorriqueñas por su lugar de nacimiento, generación a la que pertenecen, desarrollo de subgéneros, estadías cortas o prolongadas en la Isla, vivencias en centros urbanos o lengua principal, secundaria o única.

Aquí en Puerto Rico directores como Luis Molina han tomado el tema de la salida y el retorno a la Isla para documentales o largometrajes narrativos. La guagua aérea de 1993 se basa en varios ensayos y cuentos de Luis Rafael Sánchez y ha sido uno de los filmes hechos en Puerto Rico mejor distribuidos y con gran aceptación de un público muy diverso en Puerto Rico, Estados Unidos (mayoritariamente en comunidades hispanas) y América Latina. El filme contó con el apoyo financiero de la Universidad del Sagrado Corazón, donde Molina enseña, y la empresa privada. Una de las estrategias para interesar al público fue vender un viaje promocional de San Juan a Nueva York donde el filme se exhibiría por primera vez. El público pasajero tuvo una relación interactiva al ser a la misma vez espectador y actor.

En 2005, Molina hizo otro largometraje esta vez sobre el retorno en El sueño del regreso donde recoge las historias y experiencias de diez puertorriqueños residentes en los Estados Unidos que regresan a la Isla por haber ganado un paquete turístico que incluye pasaje, estadía y excursiones. Esta vez Molina no adaptó un texto literario y resultó en una comedia superficial y tonta. La mirada diaspórica añadiría: también insultante.

El referente principal para el estudio del cine hecho por puertorriqueños en los Estados Unidos es del 2000: Made in USA: Cine y video puertorriqueño/Puerto Rican Film and Video editado por Ana María García, documentalista y profesora de cine de la Escuela de Comunicación de la UPR-Río Piedras. La mirada presentada es a través de 22 entrevistas de puertorriqueñxs asentados en los Estados Unidos que en ese momento ya tenían un trabajo cinematográfico y eran parte del circuito de cine independiente o comercial. Algunos se destacaron en las décadas de 1970 y 1980 con documentales que recogieron las luchas de los puertorriqueños en los sectores que vivían como Lower East Side, South Bronx y Los Sures/Williamsburg (Lillian Jiménez, Bienvenida Matías, Diego Echeverría, Pedro Angel Rivera). Los corto, medio y largometrajes documentaban las luchas y los logros al enfrentar discriminación étnica-racial, vivienda en condiciones de deterioro por su falta de mantenimiento, escuelas y facilidades médicas que no cumplían con las necesidades de la población. La prioridad de estos proyectos fílmicos fue enfatizar la organización de las comunidades, entrevistas a los y las que tenían que lidiar con estos problemas a diario, y el uso de las emisoras y estaciones de la televisión pública (PBS) para insertarse en los noticiarios y así volverse personas de carne y hueso y no estadísticas que escondían la realidad de la sociedad. Los documentalistas manejaban el material visual y de audio pero además tenían que buscar financiamiento para equipo y gastos de posproducción. Buscaron este apoyo en fondos estatales y de la ciudad y fundaciones sin lucro, las cuales abundaban entonces y siguen siendo esenciales para nuevos proyectos. Ejemplo del acercamiento al mismo tema con 30 años de diferencia es Living Los Sures 1984 (Diego Echeverría) y 2014 (colectivo).

Como es de esperarse, durante estas 2 décadas —1970 y 80— muy poco cine narrativo (ficción) se produjo y la mayoría fueron cortometrajes. El costo de producción y la dificultad de distribución limitó este género aunque Ana María García señala The House of Ramón Iglesias de 1986 de Luis Soto y The Sun and the Moon de 1987 de María Norman como producciones que sí tuvieron apoyo crítico de parte de escritores y compañeros del medio. Ya en la década de 1990 y entrado el nuevo siglo, el largometraje narrativo parece encontrar un espacio independiente y experimental. Ejemplo de esto son 3 mujeres realizadoras y escritoras: Frances Negrón-Muntaner, Brincando el charco: Portrait of a Puerto Rican de 1994, Karen Torres-Cox, Pleasant Dreams de 1996 y Rose Troche, Go Fish de 1994 y Bedrooms and Hallways de 1998.

Quizá el realizador más destacado, a mi juicio, desde finales de 1980 lo fue Joseph Vasquez quien, como Miguel Piñero, tuvo una niñez, adolescencia y adultez extremadamente difícil, finalizando con muertes a temprana edad (Piñero de cirrosis y Vasquez de SIDA). La pobreza de Vasquez no provenía solamente de la carencia de alimento, vivienda y cuido, sino que además tenía padres drogadictos que muy temprano fueron removidos de su vida por muerte violenta o tratamiento extendido, para luego ser criado por una abuela que le confiaba todo al Señor. A pesar de estos inmensos obstáculos, Vasquez descubrió la maravilla de hacer cine con una cámara de Super8, luego pudo educarse en su pasión con una beca de CUNY (City University of NY) y hacer largometrajes narrativos con presupuestos muy limitados. El resultado fueron 3 comedias de humor crítico: StreetHitz/Street Story de 1988, The Bronx War de 1989 y el filme que le otorga un lugar especial en el cine independiente urbano estadounidense—y por extensión, puertorriqueño —Hangin’ with the Homeboys de 1991.

Pero lxs puertorriqueñxs que han continuado produciendo corto, medio y largometrajes narrativos se han integrado a las corrientes cinematográficas existentes.

Tomemos el caso de Rose Troche, nacida y criada en Chicago, que con un presupuesto mínimo de $15,000 logra hacer un largometraje que logra engancharse en el circuito de distribución y recaudar 2.5 millones. Con una temática abiertamente lesbiana y con un estilo entrecortado se inserta en el otro circuito de cine experimental que le permite una segunda producción en 1998 y una tercera en 2001, The Safety of Objects. Trabaja full-time en dirección de series de TV, local y cable. En estos momentos, en su plano personal de cineasta, Troche es parte del grupo VR (Virtual Reality), ha filmado dos cortos de tema social—acoso y discrimen—y trabaja en un tercero basado en la matanza del Pulse Night Club en Orlando. Todos son presentados en el Festival de Sundance y en salas especializadas de VR y AR (Augmented Reality). Troche, en una entrevista reciente por interviewmagazine.com, comenta sobre este nuevo formato:

I think it has to do with the complexity of cutting in VR. You can turn the sphere for a cutting point, but if you’re really just existing in the 180, cutting is much easier. If you’re existing in a 360 space, it gets more complex: Where do you want your viewer to be? Are you predicting where someone’s going to be? Are you collecting biodata to see where someone’s looking? If you’re laying out a piece where you’re doing something a little bit more traditional and everything’s in the forward-facing in that north-facing point, then you can cut away. It resembles traditional cinema in this way, but it’s really not. The more you populate the 360-degree space, the more difficult it is to cut within that. (Jan 22, 2017)

Edin Vélez, quien desde 1975 ha producido trabajos fílmicos donde combina el cine con la multiplicidad de imágenes del universo del arte (Tule: The Kuna Indians de 1975 y Dance of Darkness de 1989), encontró un espacio de expresión que no necesariamente interactúa con sus raíces isleñas. Siempre trabajó en video en vez de cine por la inmediatez de la imagen y por no estar este medio tan desarrollado en la década de 1970, su trabajo visual se considera experimental. Para Vélez lo más atractivo era el aspecto cambiante del video según las cámaras y los equipos iban desarrollándose. En su entrevista con Ana María García, Vélez rechaza el encasillamiento que se hace en el mundo artístico por su procedencia. Su más reciente trabajo State of Rest and Motion de 2017 se exhibió en MOMA (Museum of Modern Art de NY)

Para mí, el latino tiene un marco de referencia distinto al norteamericano o al europeo. Los latinos no tienen que hacer solo programación latina. ¿Quiere decir que si tú eres mujer sólo puedes hacer cine y video feminista? ¿Y si eres una mujer heterosexual quiere decir que no puedes hacer un trabajo sobre el lesbianismo? Como latinos tenemos multitudes dentro. I contain multitudes.

El caso de Migue Arteta, nacido en Puerto Rico y con estudios en los EU, es similar. Con historias de relaciones difíciles y extrañas —algunas escritas por él y otras por Mike White— y con personajes cuya raza o etnia importa poco, ha podido financiar sus proyectos y lograr distribución tanto en el circuito de cine independiente como en otros de más alcance por la calidad de sus filmes y los actores y actoras con quien trabaja: Ed Helms, John C. Reilly, Michael Cera, Ray Liotta, Jake Gyllenhaal, John Lithgow, Salma Hayek y Jennifer Aniston. Tiene a su haber siete largometrajes narrativos —entre estos Star Maps (1997), The Good (Girl 2002), Beatriz at Dinner (2017)— y como Troche, gana su sueldo dirigiendo series para TV y cable.

Diego Echeverría y Ricardo Méndez-Matta, ambos con experiencia trabajando en proyectos fílmicos en Puerto Rico y los Estados Unidos y por muchos años y en el presente residentes en Nueva York y Los Angeles respectivamente, responden así a la pregunta de Ana María García de si puede haber un cine puertorriqueño en inglés. Echeverría cree que

Hay un cine puertorriqueño hecho en los Estados unidos y éste tiene que darse forzosamente en inglés, reflejando la realidad de que los puertorriqueños acá hablan más inglés que español. Han vivido un proceso de transformación cultural.

Para Méndez-Matta, quien trabaja dentro de la industria de cine estadounidense en Los Angeles,

No existe aquí realmente un cine de otra nacionalidad que no sea norteamericana. En verdad, la gente de la industria de Hollywood no hace películas sobre su nacionalidad. Los puertorriqueños, por lo general, trabajamos regados y no juntos. No creo que exista un cine puertorriqueño en Estados Unidos porque se produce esporádicamente y no tiene una unidad temática como tal.

Todxs lxs realizadorxs entrevistados por Ana María García en su Made in USA: Cine y video puertorriqueño y en entrevistas escritas o recogidas en audio o visuales desde 2000, coinciden con Echeverría y Méndez-Matta en cuanto al uso del idioma y lo que significa encontrar un espacio en los Estados Unidos para hacer cine. Esto aplica primordialmente al cine narrativo —corto, medio o largometrajes— dejando espacios para documentales en múltiples estilos y acercamientos para resaltar aspectos culturales y políticos isleños o metropolitanos con propósitos informativos, didácticos o de denuncia.

El cine como un instrumento para educar a través de las vivencias pasadas y presentes y especialmente para servir como una iniciativa de cambio sigue siendo muy importante tanto para la comunidad puertorriqueña aquí como allá (ejemplo de esto es el documental Desalambrando de Lilliana Cotto dirigido por Pedro Angel Rivera). Aún hoy con la accesibilidad del equipo existente, el cine lleva la imagen efímera que aparece en los noticiarios y en los medios de divulgación y los encuadra para su uso a través del tiempo. El Centro de Estudios Puertorriqueños de CUNY es un archivo histórico imprescindible con su colección de historia oral y visual para cualquier investigación sobre la diáspora al igual que su excelente revista Centro. Publicaciones como la de Ana María García y revistas caribeñas como Sargasso y Caribbean Studies (ambas con números dedicados al cine caribeño) convergen las miradas de nuestro cine: diferentes y similares como somos nosotrxs.

(Presentación en panel “La expresión de la diáspora puertorriqueña en las artes” celebrado en la UPR-Bayamón como parte del Día de la Lengua el 24 de abril de 2018)