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Puerto Rico en la brecha

 

Especial para Claridad

En estos días he vuelto al poema La brecha de José de Diego. No por nostalgia literaria, sino porque su fuerza moral parece escrita para este momento histórico. Puerto Rico vive en la brecha: acorralado, cansado, golpeado por la incompetencia y la corrupción, pero todavía con la capacidad —y el deber— de embestir.

De Diego advierte que, ante la tormenta, no se puede “balar como el cordero triste”, sino rugir como la fiera. Y ese rugido se siente hoy en cada comunidad sin agua, en cada hogar sin luz, en cada familia que vive con miedo al próximo apagón, al próximo fraude, al próximo atropello gubernamental.

La crisis que vivimos no es casualidad. No es mala suerte. No es “un sistema viejo”. Como dijo recientemente Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny: “La crisis no es casualidad; es una estrategia para sacarnos del país, para hacer de nuestra isla un Puerto Rico sin puertorriqueños.”

Esa frase, tan simple y tan brutal, resume lo que muchos llevan años denunciando: el deterioro de los servicios esenciales no es un accidente, sino una forma de desplazamiento. Un país sin agua y sin luz es un país empujado al límite, obligado a irse, a rendirse, a callar. Pero Puerto Rico no es un país que calla. Es un país que resiste, ya lo ha demostrado antes.

La falta de agua y de electricidad —convertidas en rutina, en castigo, en humillación— son actos criminales contra un pueblo que paga por servicios que no recibe. Y mientras la gente carga con cisternas, plantas eléctricas y facturas infladas, aparece el intento de fraude de cinco mil millones de dólares: un golpe directo al futuro energético del país, un robo que buscaba atrasar aún más un proyecto que ya camina con muletas.

Ese fraude no es solo un número. Es un precipicio. Es la confirmación de que algunos ven a Puerto Rico como una presa indefensa, lista para ser desgarrada y explotada, no como una tierra que merece consideración, protección y respeto.

Y en medio de esta crisis, la gobernadora Jenniffer González decide celebrar una fiesta de recaudación de fondos disfrazada de cumpleaños, rodeada de una fuerza de choque que solo aparece para repartir palos cuando el pueblo —con todo derecho— se tira a la calle a protestar. Esa imagen es una bofetada al país: mientras la gente vive en la oscuridad, la gobernadora baila bajo luces que nunca se apagan. Mientras el pueblo carga cubos de agua, ella brinda con donantes protegida por escudos y macanas.

Es una falta de respeto. Es una provocación. Es una declaración de prioridades: recaudar dinero primero, servir al país después… si acaso.

La crisis energética, la crisis de infraestructura, la crisis de gobernanza y la crisis de confianza no son fenómenos aislados. Son parte de un mismo proyecto: un Puerto Rico administrado para unos pocos, sostenido por la precariedad de muchos. Un país donde la austeridad se impone al pueblo, pero nunca a los que gobiernan. Un país donde la incompetencia se premia con contratos, donde la corrupción se normaliza, donde la empatía se extingue.

Por eso el poema de De Diego resuena hoy con una fuerza casi profética. Él no pide mansedumbre. No pide paciencia. No pide resignación. Exige lo contrario:

“Haz como el toro acorralado: ¡muge! O como el toro que no muge: ¡embiste!”

Puerto Rico está acorralado, sí. Pero no vencido. Está cansado, sí. Pero no derrotado. Está herido, sí. Pero no silenciado.

El país tiene derecho —y obligación— de reverdecer como el árbol seco, de latir como el germen enterrado, de crecer como el río con la lluvia. Tiene derecho a reclamar, denunciar, organizarse, vigilar, exigir. Tiene derecho a embestir con la fuerza de su memoria, su dignidad y su derecho a vivir sin miedo.

La corrupción es una estructura. La incompetencia es una práctica. La falta de empatía es una decisión. Y ante decisiones que hieren, el pueblo tiene que responder con decisiones que defienden.

Puerto Rico no puede seguir esperando milagros de quienes han demostrado incapacidad. No puede seguir aceptando apagones como destino. No puede seguir normalizando la precariedad. No puede seguir permitiendo que la crisis sea utilizada como herramienta de desplazamiento.

Estamos en la brecha. Pero en la brecha también se despierta la fuerza. La misma fuerza que De Diego vio en el toro acorralado. La misma fuerza que hoy reclama Benito Ocasio. La misma fuerza que vive en cada puertorriqueño que se niega a abandonar su país.

Y cuando un pueblo decide embestir, no hay fuerza de choque que pueda detenerlo.

 

Elijo el hijo

 

Amado Martínez Lebrón

Cuando nací,
ya habían pisoteado la Luna.
Las quebradas estaban desnudas.
Soy del tiempo de guerrillas.

Cuando supe que era pobre pegué al Ché
en la pared donde tuve un Ferrari
arrancado de una revista del dentista.

Pero pudo ser Pancho Villa.
Sobreviví la Guerra Fría.
Como tú,
vi morir
a huracanes homicidas.

Recuerdo el rugir de un terremoto
y la soledad de una pandemia.
Nos dejaron en herencia la diabetes,
y la enfermedad de las arterias.

He visto a cientos de doncellas
al filo de volcanes.
Lava y lava no es lo mismo,
vi erupciones de Balcanes.

Para tu bisabuela,
Muñoz
multiplicaba panes.

Cuando yo crecía
la televisión cerraba de noche
y abría al otro día,
iba y volvía con himnos.

Se hizo viral, sin Internet,
el Drakar Noir,
el punto G y el agua de la Virgen
del pozo.

He visto envejecer a Madonna,
vi morir a Maradona.
He sentido el gozo.
Mi alcancía se la llevó un Populoso.

Tengo horas de vuelo
sobre los bancos duros de iglesia y
colecciones de galletas de Florindas.
Fui el Chavo, hoy soy Ron Damón.

Crecí con jarras de Tang y latas de salchichas.
Viví a la velocidad del “dial-up”,
tuve juguetes de plomo,
cogí jalones de patillas.

Bajo amenazas de inviernos nucleares,
pensando en celdas,
lloraba cada agosto,
hoy por ti soy río.

Hijo del síndrome de Calvin Klein,
el pitufo vanidoso.
Jamón del sándwich
entre roqueros y cocolos.

Criado por enmascarados
en calzoncillos,
a puños de hierro.
Víctima de los espejos.

He perseguido manifiestos
y varitas de hadas.
He perdido el alma
en madrigueras.

Vi caer un muro en Alemania
pero se alzaron veinte en Dorado.
vi el turismo en Galilea.
Vi nacer a los Simpson.

Testifico del imperio,
yo lo veo,
en este asalto consentido,
van persiguiendo a Galileos,
han dejado el canto extinto.

A mí nadie me lo dijo.
Puedo ver el comején
escalando por el tronco
buscando las ramas muertas.

Cuando uno mengua,
ve todo decaer.
Cuando uno se está muriendo,
en cada esquina ve el final del mundo.

No me hagas caso,
para ti la cosa va al revés.
En mis ruinas vas creciendo.

Yo llamaba a un número para las tandas del cine,
vi morir a las operadoras de largas distancias
a los mapas que nunca doblé
y al Mtv que vi nacer.

Leía periódicos impresos,
mandaba cartas con sellos y
me recetaban agua maravilla
para liberarme del estrés
que me causaba el cerro.

Por mí no te pongas triste,
que yo he bailado en el cemento
hasta llegar a la varilla.
Soy testigo de
cómo el mapa se le achica a Palestina
y de mi incapacidad para detenerlo.

Pienso,
que si se muere un dios Allá,
que se me muera un simio aquí
no requiere un testamento.

Soy de la era de los platos desechables,
de las rejas y candados.
De los huecos en el ozono y las basuras espaciales.
Hijo agradecido de supositorios y vacunas.

Fruto turbio de rupturas.
Engendro de plásticos, hidrocarburos
y divorcios.
He sobrevivido más de diez Apocalipsis.

Yo podría dar la fe del tiempo
llenando todo con elipsis,
o contando cuántas veces cae un edificio,
pero verte llegar a los catorce
como por efecto de un elixir,
es el marcapasos que yo elijo.

 

 

El santuario del que brotan las aguas de la vida

 

Especial para En Rojo

 

El Tiempo de la Creación es una iniciativa ecuménica de diversas Iglesias cristianas. En 1987, el patriarca Dimitrios de Constantinopla convocó a las Iglesias ortodoxas a celebrar el 1 de septiembre como “El Día de oración por el cuidado de la Tierra”. En 2015, el Papa Francisco adoptó esta tradición, ya consagrada en Oriente, y propuso a todas las Iglesias cristianas que, cada año, celebraran juntas “El Tiempo de la Creación”, del 1 de septiembre al 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, como un período especial de oración y reflexión sobre el cuidado de la Madre Tierra, nuestra casa común.

Este año, la Comisión ecuménica que prepara los materiales para esta celebración eligió como tema la «Inmersión en aguas vivas».  El texto bíblico elegido como referencia es Ezequiel 47, 9 a 12.

La mayoría de los estudios sobre el libro de Ezequiel sostienen que, al igual que ocurre con la inmensa mayoría de los textos bíblicos, detrás de estos escritos, no hay solo una figura individual, sino una comunidad.

Sea como sea, el libro se presenta como el de un profeta que vivió en el siglo VI antes de Cristo. Ezequiel provenía de una familia sacerdotal y vivió la mayor parte de su vida en el exilio en Babilonia. El imperio esclavista babilónico dejó en la tierra conquistada a la mayor parte del pueblo judío, que pasó a vivir como esclavo y a pagar elevados tributos al conquistador. Se llevó a Babilonia para esclavizarlos a los grupos de liderazgo político y religioso, como los sacerdotes. Ezequiel era uno de ellos.

Tanto para las personas cautivas que se quedaron en su tierra, como colonizadas, como para las que fueron desterradas para Babilonia, (actual Irak), hubo un elemento más impactante y terrible que el hambre y que todos los sufrimientos físicos por los que pasaban. Fue la destrucción del templo de Jerusalén por parte del ejército invasor. Las comunidades judías interpretaron la profanación del santuario y el saqueo de todos los objetos sagrados como señal de que incluso Dios había abandonado a su pueblo y que ya nada podría unir a las personas víctimas del cautiverio.

Para comprender mejor el texto que, este año, se nos propone como tema bíblico para el Tiempo de la Creación, conviene destacar que fue escrito por un migrante esclavizado en un imperio extranjero. Por eso, para nosotros hoy, es aún más profundamente una palabra de esperanza que anuncia tiempos nuevos y felices para el pueblo cautivo. Para reafirmar que Dios nunca abandona al pueblo oprimido y para ayudar a las personas a recuperar la esperanza de la liberación, el profeta Ezequiel describe, como si fuera un sueño, la reconstrucción del templo en Jerusalén.

En la tradición profética, el templo no es la casa de Dios, como suele decirse en nuestras iglesias. En aquella época del cautiverio, con la propia experiencia de la opresión, lejos de su tierra y sin contar con el consuelo de un templo religioso, las comunidades del pueblo bíblico aprendieron que Dios no necesita un templo. En el catolicismo popular, es frecuente la creencia de que la Virgen María, Nuestra Señora se apareció en ciertos lugares (Lourdes, Fátima, Tepeyac) y pidió que se construyera en ese lugar un santuario para ella. En la Biblia, Dios dice claramente: «Nunca pedí que me construyeran santuarios» (2 Sam 7, 7).

Dios no habita en templos, sino que está junto al pueblo oprimido, dondequiera que se encuentre. Pocos años después de Ezequiel, la comunidad del Tercer Isaías afirmó: «Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa, pues, podrían ustedes construir para mí? ¿Y cuál sería el lugar de mi descanso?» (Is 66, 1).

Según la concepción bíblica, el templo es la casa en la que se invoca el Nombre Divino. Si el pueblo se mantiene fiel a la alianza, la gloria de Dios —es decir, un signo visible de su presencia— descansa sobre esa casa, así como, en la época del desierto, la nube descendía sobre la tienda de reunión, o tienda del encuentro con Dios (cf. Éx 33, 7 y ss.).

Así pues, desde la perspectiva de Ezequiel, la reconstrucción del templo es un factor de unidad del pueblo y de la alianza entre las personas, así como de liberación de la tierra.

En la visión del profeta, lo más importante es que el nuevo templo no es una construcción cerrada. El espacio sagrado va más allá de los muros del santuario y se extiende más allá del espacio del santuario. Se manifiesta en la abundancia de las aguas, en la bendición de la fertilidad de la tierra y en las plantas que sanan.

En el texto, propuesto para la oración y la reflexión, durante el Tiempo de la Creación de 2026, a la derecha del templo corre un río milagroso, que se extiende por toda la región árida y se vuelve cada vez más caudaloso y profundo. El río fluye hacia el Mar Muerto y transforma sus aguas saladas en aguas saludables, llenas de vida, que albergan abundantes peces y permiten, en sus orillas, el crecimiento de árboles frutales con hojas medicinales.

En el Nuevo Testamento, el último capítulo del libro del Apocalipsis retoma esta visión de Ezequiel y afirma: «(El ángel) me mostró el río puro del agua de la vida, claro como el cristal, que procedía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando su fruto mes tras mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones. Y allí ya nunca más habrá maldición contra nadie. En ella estará el trono de Dios y del Cordero, y sus siervos y siervas lo servirán» (Ap 22, 1-3).

Más adelante, concluye: «El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven! Y quien oiga, que diga: ¡Ven! Y quien tenga sed, que venga; y quien quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22,17).

Lo que Ezequiel vio como una bendición para el pueblo judío en el cautiverio, el Apocalipsis dice que sirve para el bien vivir de todas las naciones, es decir, de toda la humanidad.

En América Latina y Caribe, los pueblos originarios creen que todo ser vivo tiene espíritu. Si es así, la salvación divina alcanza al conjunto de los seres vivos, a los que Leonardo Boff denomina «comunidad de vida».

Estos textos bíblicos parecen confirmar la esperanza del pueblo Guaraní en la Tierra sin Males. Vienen a reforzar la certeza de los pueblos andinos en la posibilidad real de hacer realidad el buen vivir. Se manifiesta en la bendición de las aguas que la tradición Yoruba celebra en la fiesta de las Aguas de Ojalá.

Son revelaciones que, sea en la tradición bíblica, sea en las culturas originarias de nuestros pueblos, dan testimonio de que, como escribió el profeta Ezequiel, la gloria de Dios abandona el santuario de piedra y viene a posarse en medio de los pueblos oprimidos y en la Madre Tierra, víctima de la voracidad de los imperios opresores.

¡Qué bueno sería que esa profecía pudiera, de hecho, llegar hoy a nuestras Iglesias y ayudarlas a ser guardianas y testigos de la sacralidad de la casa común y de todos los seres vivos!

La mayoría de las culturas y caminos espirituales de la humanidad reconocen al Agua como la madre de la vida. Es a partir del Agua que renace la salud y la alianza amorosa entre todos los seres.

Que las iglesias cristianas puedan hacer realidad esta profecía y unir en un mismo camino de amor a las más diversas tradiciones espirituales en defensa de la verdadera democracia política y de la paz, basada en la justicia ecosocial y en la comunión con las aguas de la vida y con la Madre Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mikis Theodorakis: El militante musical de la libertad

 

Isidoros Karderinis

 

Mikis Theodorakis, que nació en la isla de Quíos el 29 de julio de 1925 y es oriundo del pueblo de Gálatas, Chania, en la isla de Creta, por parte de padre, y de la ciudad costera de Cesme, Asia Menor, por parte de madre, es, por la calidad de su obra y el impacto internacional de su nombre, quizás la figura más importante de la cultura griega y, sin duda, de la música griega desde el establecimiento del Estado griego el 3 de febrero de 1830, con el Protocolo de Londres.

Mikis Theodorakis se dedicó a diversos géneros musicales. Sin embargo, cabe destacar que también incursionó en la música clásica, escribiendo sinfonías, óperas, ballets, oratorios, música de cámara y música para piano solo.

También compuso el ritmo griego más reconocido internacionalmente, el syrtaki, para la película «Zorba el Griego» (1964), basada en la novela «Vida y aventuras de Alexis Zorba» del destacado escritor griego Nikos Kazantzakis, dirigida por el director griego Michael Cacoyannis y protagonizada por Anthony Quinn, Alan Bates e Irene Papas.

La poesía musicalizada también ocupa un lugar fundamental en su legado. . Es decir, utilizó poemas de grandes poetas como letras para crear canciones. En concreto, poemas del poeta chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971; del poeta griego Giorgos Seferis, Premio Nobel de Literatura en 1963; del poeta griego Odysseas Elytis, Premio Nobel de Literatura en 1979; del poeta griego Yannis Ritsos, Premio Lenin de la Paz en 1976; y del poeta griego Kostas Varnalis, Premio Lenin de la Paz en 1959.

También compuso música para otras películas conocidas, además de «Zorba el Griego», como «Fedra» (1962), protagonizada por Anthony Perkins y Melina Mercouri, y «Sérpico» (1973), protagonizada por Al Pacino.

En 1970, fue galardonado con el Premio de Cine de la Academia Británica (BAFTA) por la música de la película «Z», basada en la novela homónima del escritor Vasilis Vasilikós. Esta obra cinematográfica, dirigida por Costa-Gavras, fue protagonizada por Yves Montand, Jean-Louis Trintignant e Irene Papas, y obtuvo dos premios Óscar: a la mejor película en lengua extranjera (representando a Argelia) y al mejor montaje. Cabe destacar que el propio Costa-Gavras ganaría más adelante, en 1983, el Óscar al mejor guion adaptado. Asimismo, en 1983, Mikis Theodorakis fue condecorado con el Premio Lenin de la Paz.

Sus composiciones también han sido interpretadas por artistas de renombre mundial, como los Beatles, Shirley Bassey, Joan Baez y Edith Piaf.

Mikis Theodorakis, sin embargo, se destacó por su activismo político y su papel en la resistencia. Fue miembro del parlamento y ministro. Durante la ocupación alemana de Grecia, formó parte del ejército de resistencia «ELAS» y de la organización juvenil de resistencia «EPON», y en julio de 1947 fue arrestado y exiliado a Icaria. Fue encarcelado por la dictadura del 21 de abril de 1967. Asimismo, fue encarcelado durante la dictadura instaurada el 21 de abril de 1967. Fue un ferviente luchador por la paz y la amistad entre los pueblos, con una activa contribución a los correspondientes movimientos internacionales y griegos. Falleció en Atenas el 2 de septiembre de 2021 a la edad de 96 años.

Con motivo del centenario del nacimiento de Mikis Theodorakis, decidí escribir un poema titulado «Himno a Mikis Theodorakis» para honrar a este destacado compositor griego, quien también es una de las grandes figuras de la música mundial. Este poema fue musicalizado por Nikos Karagiannis y Nadia Karagianni e interpretado por Nadia Karagianni y Nikos Karagiannis

https://www.youtube.com/watch?v=PQRS_5c2vw8

Interpretation: Nadia Karagianni-Nikos Karagiannis
Music: Nikos Karagiannis-Nadia Karagianni
Lyrics: Isidoros Karderinis
Video creation: Nikos Karagiannis

Himno a Mikis Theodorakis

 

Oh, gran creador griego
En los cielos de nuestro planeta tu nombre
Y el sol brillante en tu trono, águila
Galopa y talla tus pasos.

En las playas de Homero, de arena rubia, naciste
El mar Egeo te abrazaba dulcemente
Y gaviotas blancas como la nieve, como notas musicales
Se derramaban de tu valiente corazón.

En la densa oscuridad de la Ocupación
Alzaste con orgullo tu brillante figura
Y el derecho de nuestro pueblo, en los años difíciles
Floreció en tus majestuosas canciones.

Las rocas negras del exilio sangraban profusamente
De tus hermosos sueños liberadores
Tus palabras como trompetas de paz resonaban con fuerza
En lo más profundo del mundo.

 

El autor es periodista, corresponsal de prensa extranjera acreditado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Grecia, miembro regular de la Asociación de Corresponsales de la Prensa Extranjera en Grecia, novelista, poeta y letrista. Sus artículos y reportajes se han publicado en 130 países.

Facebook: Karderinis Isidoros

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https://www.youtube.com/watch?v=E94c16vPlkQE

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https://www.youtube.com/watch?v=erB9TzeyQCA

https://www.youtube.com/watch?v=uIxB89b_nfs&list=RDuIxB89b_nfs&start_radio=1

https://www.youtube.com/watch?v=DzI1N_vCPlE

https://www.ndr.de/fernsehen/sendungen/panorama/archiv/1970/-,panorama11248.html

https://www.youtube.com/watch?v=TanQQVRFvec

La poesía que nace entre sollozos en Un poeta

Especial para En Rojo

Heme aquí, un hombre.
Anticuado dinosaurio,
portador de agravios,
merecedor de condenas,
frágil soñador.
Mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir un poema feliz.

Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), Un poeta

 

Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025) retrata el mundo decadente de un escritor melancólico en Colombia cuando la energía y la esperanza de su juventud han desaparecido. Ahora tan solo quedan el cinismo y el malestar de la realidad. Estos últimos siempre son parte de la experiencia de un artista (o de toda la humanidad), pero la inocencia de pensar que la literatura y el arte en general cambiarán el mundo, ya se esfumó en el protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos). Da la casualidad de que vi esta película justo cuando estoy leyendo Los detectives salvajes, la novela del escritor chileno/mexicano, Roberto Bolaño. Aunque no es una autobiografía per se, Bolaño revisita el mundo literario de su juventud en México. Siguiendo los pasos de los dos líderes carismáticos de un grupo de poetas (los real visceralistas), Arturo Belano y Ulises Lima, frecuentamos las calles del DF (y más allá) casi siempre en la noche, las barras, los apartamentitos de poetas pobres que sobreviven leyendo y escribiendo con poco de comer, pero con mucho para fumar y beber. Los escritores reales latinoamericanos se entremezclan con escritores jóvenes ficticios (aunque parecen sacados del pasado de Bolaño) develando un extenso panorama literario enfocado en la década del 1970. Corremos de un baño de la universidad, donde una estudiante se esconde durante la masacre de Tlatelolco en el 1968, a las librerías donde los poetas jóvenes roban libros. Y vamos desde una barra, donde una mesera solicita un poema, hasta la casa cómoda de un viejo loco que sirve de mecenas para sus hijas poetas y otros escritores.

El universo literario de Bolaño refleja cada espacio donde artistas jóvenes reinventan un futuro. Es el Río Piedras de la UPR que viví en la década de los 1990 con brillantes libreros-poetas como Eddie; poetas que apostaban al soneto clásico como Victoria Eugenia; pintores que volaban cabezas como Ángel; performeros que transformaban sus cuerpos como Ivette. Nos convocábamos en barras oscuras para crear y dispararle al mundo fragmentos creativos, como en la Subterránea de poesía en Tito Fortuna; nos encontrábamos en la catedral para conocedores del cine, Video Place; emulábamos maestros de literatura como Rafa Acevedo, Mayra Santos y Luce López Baralt; hablábamos de maestros de cine como Diane Accaria, Rodolfo Popelnik y María Cristina Rodríguez; comentábamos la fotografía de Guy Paizy; y nos emocionábamos con los montajes de Rosa Luisa Márquez. Frecuentábamos timadores carismáticos cuyas mentiras nos inspiraban; poetas arrogantes que sentían que volaban y que, sin ellos saberlo, nos daban muchísima risa; y actores jóvenes que contaban lo que veían cuando dormían escondidos por las noches en el teatro de la universidad. Todavía pienso en los riesgos, los descubrimientos, las decepciones y los ensueños que viví ya hace casi 30 años en ese Río Piedras universitario. Un poeta representa el episodio futuro, quizás el último capítulo, de esta explosión de juventud e imaginación que vivimos muchos de los enamorados del arte. Ahora, los que no hemos muerto, llevamos vidas marcadas por esa crianza riopedrense. Óscar Restrepo es uno más de esos jóvenes poetas que apostó al arte, pero que a sus cincuenta años tan solo le quedan sus demonios, una pobreza paralizante y las ganas de haberse muerto a los 30.

En Un poeta, Restrepo no tiene trabajo, es alcohólico, tiene una hija adolescente a la que casi nunca ve, y vive con su madre por no tener dónde ir. Óscar explora en su poesía la melancolía que domina su vida. Pero Restrepo ha sido olvidado y sus colegas lo tratan como un fracasado mediocre. El espectador siente cada golpe que recibe Restrepo porque el actor, Ubeimar Ríos, enfrenta cada cantazo con resignación cuando está sobrio e indignación cuando está borracho. Su expresión eternamente arresmillada, con ojos que parecen estar al borde de las lágrimas y labios gruesos, recuerdan la emotividad de Takashi Shimura. En la famosa escena de Ikiru (dir. Akira Kurosawa, Japón, 1956), Shimura, que interpreta al protagonista, Kanji Watanabe, se mece en un columpio bajo la nieve a la espera de la muerte. Sus ojos llenos de lágrimas enseñan el triunfo que siente por haber construido un parque para los niños de la comunidad. Ambos actores llevan expresiones como máscaras que revelan el conflicto interno de sus personajes. El director de fotografía, Juan Sarmiento G., que también estuvo a cargo de la cinematografía de la poderosa The Voice of Hind Rajab (dir. Kaouther Ben Hania; Tunes, Francia y el Territorio Palestino Ocupado, entre otros; 2025), utiliza el primer plano constantemente para recalcar la tristeza que Restrepo lleva grabada en la mirada.

Restrepo comienza a ver más allá de su melancolía cuando conoce a Yurlady (Rebeca Andrade). Ella es una adolescente que viene de una comunidad muy pobre en Colombia. Yurlady escribe poesía para procesar lo que vive. Su trabajo habla de un rayo de sol que entra por accidente en su cuarto y que transforma los colores de su realidad. Ella escribe sobre las pequeñas maravillas con las que se topa en su vida difícil. Yurlady toma a todos por sorpresa con la inocencia y el poder de su escritura. Pero ¿podrá Yurlady formar parte de un mundo que ella no entiende tanto como ellos no la entienden? Mientras que Restrepo quiere que ella desarrolle su gran talento, a Yurlady le interesan sus uñas, una libreta con destellos que encontró y las responsabilidades con su familia. Escribe inspirada en la obra de Alejandra Pizarnik, la única poeta que ha leído. Aunque esto es suficiente para ella, Restrepo ve las posibilidades y oportunidades en el futuro de la joven.

En una discusión sobre poesía en la película, algunos debaten si la genialidad poética puede salir de la pobreza. La pregunta dominante entre conocedores y escritores es: ¿se puede escribir cuando la preocupación mayor es no tener con qué comer? Sin embargo, la inocente Yurlady desafía esta pregunta, que se origina en el privilegio, con su necesidad de crear para documentar ese momento cuando el viento hace bailar una cortina en su ventana. No descarto que el arte tiene el potencial de crear mundos. Pero también nos permite notar la fuerza delicada de un atardecer desde un banco en la plaza Antonia Martínez de la facultad de Humanidades en la UPR.

 Un poeta espera por ustedes en Prime Video.