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Así empezó Albizu

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

Cuando Don Pedro Albizu Campos regresó a Puerto Rico de sus estudios en Estados Unidos, a principios de los años veinte, ingresó al Partido Unionista. En ese Partido  habían coexistido desde su fundación en 1904 distintas tendencias que reflejaban la precariedad ideológica de la incipiente, y casi natimuerta, burguesía criolla.

La voz más alta y firme del sector patriota de esa burguesía criolla, en la segunda década del siglo, fue José de Diego. Los últimos tres años de su vida –prematuramente truncada por una cruel enfermedad- fueron el inicio de una dedicación creciente a la promoción y organización del sentimiento independentista de nuestro pueblo. La muerte del poeta aguadillano presagia el fin de una clase social en la que se empezaba a asentar débilmente el patriotismo boricua: La burguesía agraria, que fue suplantada por los latifundios cañeros.

Pero aún dentro de ese proceso triturador sobrevivió el independentismo en el discipulado de De Diego, que fundó el Partido Unionista hacia posiciones autonomistas. Recuérdese que fue en 1922 que los Unionistas acordaron eliminar la aspiración independentista de su programa y sustituirla por el establecimiento de un “libre estado asociado”.

Albizu Campos militó en el Partido Unionista aún bajo la nueva plataforma autonomista. Pero su palabra representaba una modalidad nueva en la política puertorriqueña. Llena de autenticidad, desprovista de todo oportunismo, se puede detectar en sus escritos de esos dos años –del 1922 al 1924- el desarrollo de un pensamiento vigoroso, las bases de su contundencia futura y la magnitud de un dirigente de gran envergadura.

En 1924 José Tous Soto y Antonio R. Barceló –dirigentes máximos de los partidos Republicano y Unionista, respectivamente, abordaron un barco en Nueva York con destino a San Juan y a su llegada anunciaron los planes para crear la Alianza Puertorriqueña. Es evidente que Wáshington había presionado a los dos políticos para formar esa alianza con unos fines muy específicos: 1) eliminar la aspiración independentista del seno del principal partido del país, 2) reducir el pronunciamiento autonomista de la Unión a una mera ratificación del coloniaje con alguna que otra concesión insustancial, y 3) aislar “el peligro socialista” del que se hablaba insistentemente en el país en vista del crecimiento que iba alcanzando el viejo Partido Socialista dirigido por Santiago Iglesias.

Albizu advirtió todos estos objetivos malsanos de la propuesta Alianza.

En carta dirigida a Don Antonio R. Barceló el 24 de abril de 1924 propone en un plan para la formación de una verdadera Alianza Puertorriqueña. El mismo planteaba la inclusión del Partido Socialista en dicha alianza. En cuanto a definición sobre status político proponía un “compromiso formal entre todos los partidos actuales para que nuestra legislatura apruebe una Resolución Conjunta solicitando del Congreso de Estados Unidos que convoque al pueblo de Puerto Rico a convención constituyente.

Las propuestas albizuistas no fueron aceptadas, desde luego. Iban en abierto conflicto con el objetivo colonialista del plan de la Alianza. La “frase mágica” con la que Tous Soto y Barceló pretendían fundir la contradicción entre anexionistas y autonomistas era la de buscar “la soberanía dentro de la soberanía”, Albizu Campos la combatió así:

“La debatida frase ‘soberanía dentro de la soberanía’ nos dicen unos que quiere decir el ‘estado’ federal y otros de que quiere decir estado  libre asociado. Los autores de ella ofrecen interpretaciones que constituyen una antítesis, lleva en sí la muerte. Por supuesto, no puede referirse al ‘estado federal’, porque este no es ni estado ni soberano. Es una mera provincia de la nación americana. Como la otra interpretación es tan contraria a ésta, llegamos a la conclusión que la frase no quiere decir nada. Es un velo para encubrir el coloniaje que quiere implantarse con el consentimiento de los hombres en quienes depositamos nuestra confianza.”

Cuando finalmente el Partido Unionista acordó integrarse conel Republicano en la alianza colonialista, Albizu Campos abandonó ese partido, ingresó al Partido Nacionalista _____ inició la consagración patriótica que le condujo a la cima de nuestra historia.

De aquella componenda burda –que en la práctica resultó inoperante- nació uno de los movimientos políticos más decisivos en nuestra historia, el Partido Nacionalista albizuista, y ciertamente el más grande dirigente revolucionario puertorriqueño en lo que va de este siglo.

Los imperialistas quisieron matar al independentismo vacilante del Partido Unionista y lo que lograron fue impulsar el vigoroso nacionalismo que con su paso le cambió el cauce a la historia patria.

Cada intento posterior de aplastar al independentismo y al socialismo en Puerto Rico ha producido una radicalización, ampliación y profundización de la lucha, como veremos cuando analicemos otros momentos importantes en futuros artículos.

Es importante tomar nota de esto, ahora que los imperialistas conspiran para juntar a “populares” y PNP en un nuevo intento de convalidar el coloniaje y matar la nueva lucha de independencia.

Las citas de Albizu Campos fueron tomadas del libro “Pedro Albizu Campos. Otras Escogidas, Tomo I”, por Benjamín Torres, Editorial Jelofe, San Juan, Puerto Rico, 1975. 

Habló el poeta

Discurso en Jayuya 30 de octubre de 1977

Por Juan Mari Brás

Juan Antonio Corretjer es el poeta nacional de Puerto Rico. Esta afirmación me ha costado no pocas discusiones, a veces agrias, con estudiosos y diletantes de nuestro quehacer literario que no comparten mi apreciación. Confieso que mi juicio es resultado fundamentalmente de una gran afinidad subjetiva que tengo como lector de cuanto escribe Corretjer, en verso y prosa, desde los días de mi juventud.

Ningún poeta, vivo o muerto, ha podido elevar a dimensiones tan altas la expresión estética de Puerto Rico como punto de la partida de la universidad de los puertorriqueños. Para mí, por los menos, la Alabanza en la Torre de Ciales y Distancias, más que cualquier otra lectura en este mundo, son capaces de recargar la voluntad y hacer aflorar la alegría de la lucha ante las situaciones más adversas y los peores reveses.

Y es que el poeta es aquel que logra comunicarse con su pueblo y la humanidad a un nivel de belleza capaz de poner en sintonía con su idea las fibras más creadoras de la condición humana. Por eso los mejores poetas son los que transmiten una idea de superación. En esos casos el poeta es expresión suprema de las mejores querencias de su pueblo y pasa a ser parte  importantísima del proceso revolucionario.

Ese tipo de poeta, como Juan Antonio, le da a los suyos una antevisión del futuro. Alcanzar ver la luz desde la oscuridad, atisbar a la distancia los desencademientos de la historia, va siendo cada vez más fruto del estudio objetivo de la realidad, a la luz de los grandes hallazgos de la sabiduría. Esa formidable articulación de la visión de conjunto de la vida del hombre en la Tierra que representa el materialismo histórico, en vea de reducir la magnitud de la poesía como necesidad del desarrollo social, lo oque hace es elevar la perspectiva del poeta e imprimirle mayor exactitud a su antevisión.

Corretjer tiene esa notable cualidad de poeta revolucionario que le permite acertar cuando describe la realidad en su movimiento y visualiza sus desenlaces en el plano gran estratégico. Esa mirada perenne a la distancia le obstaculiza, sin embargo, el manejo acertado del plano táctico, la ponderación precisa de condiciones y rumbos alternos en la inmediatez. Son raros, rarísimos, los poetas revolucionarios que son capaces de moverse con igual lucidez en los dos planos, el táctico y el estratégico. Es entonces cuando se dan los grandes poetas que son a su vez conductores políticos revolucionarios, como fueron Martí, Ho Chi Minh y Mao Tse Tung.

Por eso a Juan Antonio Corretjer no puede despachársele por sus fracasos organizativos. Es cierto que si se le juzga por su obsesión de insertar la grandiosidad de su visión a la distancia en el marco de lo inmediato se le ve como un moderno Quijote del marxismo, que embiste con igual furia contra el PSP y el PIP, en el plano nacional, y contra Moscú y Pekín, en el internacional, constriñendo su práctica política al marco estrecho del mundillo grupuscular.

Pero en Corretjer, como en la generalidad de los seres humanos, hay que separar la paja del grano para que la Revolución Puertorriqueña pueda aprovechar todo lo de gran valía que hay en su obra. La praxis más valiosa de este jíbaro de Frontón, amasada en el sacrificio de una vida dedicada a su pueblo y su causa, es su obra escrita, en verso y en prosa.

Ahora en la plenitud de su madurez, Corretjer ha iniciado la publicación de una serie de artículos de gran envergadura en El Nuevo Día. El último de éstos. “Puerto Rico hacía un porvenir de enormes sufrimientos”, del lunes 13 de octubre, es a mi juicio un trabajo de gran enjundia y muy acertado sobre  las proyecciones del futuro patrio.

El poeta, cuya visión cataclísmica tiene amplia base material, plantea la perspectiva de un Puerto Rico sometido a los sufrimientos máximos y la devastación de la guerra total, inevitable. Y advierte, con razón, que “esa plusvalía de dolor tendrá fundamentalmente por razón la irresponsabilidad en la toma de decisiones”.

En un mundo en convulsión, apunta Juan Antonio, Puerto Rico está irremediablemente abocado a la guerra, sea ésta la guerra de devastación entre las grandes potencias o la guerra revolucionaria con la que ganaremos la liberación. En base a ese análisis, señala que hay que advertirle a nuestro pueblo que “jugarse la carta con los imperialistas yanquis en decadencia es ligar nuestro destino a la derrota. Ya tenemos bastante con un noventa y ocho. Es de tontos confiar en los vencedores cuando los vencedores no seamos nosotros mismos. ¡Ah viejo querido Betances, cuánto le debemos!”

La preocupación por la destrucción física de la Patria ha sido una constante en los últimos escritos de Correter. Los múltiples planes de saqueo de nuestra tierra y su patrimonio que proyectan los imperialistas y sus títeres en estos momentos justifican la aprehensión del poeta que con estas palabras hace un vehemente llamado a su pueblo para que se ponga en guardia:

“Dejemos que los explotadores yanquis nos conviertan en once ‘parques industriales’ y veremos en lo que esas mismas brisas interiores, ese maravilloso abanico interior de nuestra Isla, convierte a nuestra patria: En un desierto habitado por plagios marcianos enmascarados para sobrevivir la asfixia del coloniaje, que ya en este caso habrá sobrepasado toda hipérbole propagandista. Distribuidores de veneno, las brisas interiores habrán saltado poética y contrariamente, del paraíso del Virgilio Dávila al ‘infierno’ que en su lógica del terrorismo medieval hizo Dante antecederlo en su poema.”

La juventud puertorriqueña, nuestros luchadores por la independencia y el socialismo, todos ganarán mucho en su comprensión de nuestra realidad si aprenden a leer a Juan Antonio Corretjer, que es ciertamente uno de los grandes ideólogos del independentismo puertorriqueño. 

Lorenzo Piñeiro Rivera

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

El Domingo de Ramos de 1937, cuando ocurre la Masacre de Ponce, Lorenzo Piñeiro Rivera, con rebosante juventud a los 28 años, había ingresado a la tierra amada luego de más de una década de duro exilio en Nueva York. Había emigrado hacia el norte desde la temprana adolescencia. La emigración es el exilio de los trabajadores. Lorenzo conoció ese exilio proletario en sus variadas vertientes. Cuando llegó al muelle neoyorquino por primera vez, con equipaje menudo y esperanzas inflamadas por la imaginación juvenil, apenas había cursado el octavo grado en su Ponce natal.

Trabajó en múltiples faenas por aquellos años veinte y treinta. Cursó la escuela superior a golpes de cansancio y sueño, tras la jornada cotidiana que la sociedad yanqui reclama a su moderno esclavo, el obrero migrante.

El trasiego extenuante de vender su fuerza de trabajo diaria más allá de lo que se puede recuperar normalmente, no impidió que empezaran a aflorar inquietudes sociales en su conciencia. Así se acercó a los círculos de actividad literaria y política en el Barrio. Empezó a desarrollar una de las virtudes características que  más definen su personalidad: la inmensa capacidad, de hacer amigos y mantener una lealtad sin límites al valor de la amistad, sin confundirlo con la deformación del amiguismo. De aquellos primeros contactos con el forcejeo social de los boricuas en Nueva York viene su amistad con Bernardo Vega, otro de los grandes pilares de la emigración puertorriqueña en Estados Unidos.

“Pero el gran acontecimiento de mi vida,” diría siempre Lorenzo en sus frecuentes incursiones retrospectivas, “fue conocer a Don Pedro Albizu Campos,” Como a tantos otros jóvenes de la época, la eclosión patriótica del Nacionalismo, conducida por la prédica y el ejemplo Albizuista, moldeó en forma definitiva la consagración de Lorenzo a la causa de la independencia de su patria.

A lo largo de los años treinta trabajaba intensamente en la Junta Nacionalista de Nueva York. Cuando se realiza conjura de Winship y encarcelan a Don Pedro junto al principal liderato nacional del partido, Lorenzo regresa a la Isla para reforzar  la dirección sustituida que asumiría las riendas de la colectividad. Lleva muy poco tiempo en Puerto Rico cuando le toca enfrentarse junto a sus compañeros a una de las manifestaciones más brutales de la barbarie imperialista, la matanza del Domingo de Ramos en Ponce.

Sobreviviente de la Masacre, Lorenzo es uno del grupo de dirigentes Nacionalistas al que el régimen acusa de asesinato, en burdo intento de inculpar a las víctimas por el horrendo atropello cometido por la Policía. Dos largos juicios, en el primero de los cuales no hubo veredicto, culminan en la absolución de todos los acusados, como resultado de la presión decisiva de la opinión pública que se vuelca casi unánimemente contra la irracional teoría de los fiscales. En esos meses, Lorenzo recorrió el país por todos sus contornos y obtuvo un conocimiento de su pueblo y una sintonía con su pálpito que ensancharon su perspectiva y abrieron cauce a una visión mucho más profunda del forcejeo patriótico.

Cuando regresa a Nueva York, su conciencia política renovada al calor de su pueblo no encuadra en los parámetros estrechos que constriñen al Nacionalismo huérfano de liderato por los sucesivos encarcelamientos de sus principales cuadros de dirección. Junto a Gilberto Concepción de Gracia –uno de los grandes amigos y compañeros de su vida- y a muchos otros compatriotas, funda la Asociación Pro Independencia de Puerto Rico, precursora en Nueva York del Congreso Pro Independencia y del Partido Independentista Puertorriqueño, al que se afilia desde su fundación en 1946.

En la tribuna y en las columnas de los periódicos boricuas de la época en Nueva York, Lorenzo va definiendo un pensamiento político cada vez más progresista, humanista e internacionalista. Colabora activamente con las campañas reivindicativas que libra el American Labor Party bajo la dirección de Vito Marcantonio a favor de los trabajadores puertorriqueños.

Trabaja intensamente. Tiene que rendir una jornada tiene que rendir una jornada diaria de ocho horas como redactor o traductor en periódicos y agencias de prensa y en ocasiones trabajar los fines de semana en otras chiripas que le suplementen el ingreso. Ya se ha casado y a sus dos hijos, Carlos y Lorenzo –“la luz de sus ojos”- no puede faltarles nada. Al mismo tiempo estudia de noche, con miras a terminar la carrera de abogado. Tuvo que estudiar leyes en tres épocas distintas para finalmente graduarse en 1953. En una ocasión, después de terminar todos los requisitos de graduación en Fordham University, en 1949, la Universidad lo expulsó porque alegadamente se enteró entonces de que él había sido enjuiciado por asesinato, y aunque salió absuelto, eso era suficiente para que no pudieran graduarlo. Por eso tuvo que empezar otra vez el primer año de Derecho en el Colegio Brooklyn. Y mientras hacía todo eso, presidía las organizaciones patrióticas sucesivas que existieron en Nueva York desde 1939 hasta 1953, cuando regresó a Puerto Rico definitivamente, redactaba periódicos patrióticas y participaba en toda clase de actividades de combate y lucha de la comunidad boricua.

En el seno del Partido Independentista, Lorenzo Piñeiro Rivera fue uno de los dirigentes más queridos y respetados por toda la base partidaria, en el periodo de 1953 a 1958 en que militó activamente en el mismo aquí en la Isla. Sus posiciones de avanzada chocaron en muchas ocasiones con la línea oficial de la dirección. Siendo Secretario General y Senador por acumulación del PIP, se une al grupo de dirigentes pipiolos que impulsamos la necesidad de renovar la lucha de independencia tras los comicios de 1956 y finalmente funda con todos nosotros el Movimiento Pro Independencia en 1959.

En muchas ocasiones me comenzó que “en el MPI me he reencontrado con mi verdadero ser como puertorriqueño”. Fue un admirador de la juventud luchadora que insufló al independentismo el espíritu combativo de la nueva lucha. Uno de los pocos “viejos” que se sentía plenamente identificado con los jóvenes que iban asumiendo el mando de la organización, se mantuvo en la línea ascendente del MPI hasta sus últimos momentos de lucidez. Por eso llegó a ser fundador y militante, así como miembro del Comité Central, del Partido Socialista Puertorriqueño. Sus últimas gestiones antes de caer postrado para siempre por una larga enfermedad fueron como notario para la inscripción del PSP.

Por una de esas casualidades de la vida, Lorenzo murió el Domingo de Ramos, cuarenta años después de aquel histórico Domingo de Ramos en que se selló para siempre su compromiso con la patria. Para sus compañeros y amigos su recuerdo vivirá siempre su compromiso con la patria. Para sus compañeros y amigos su recuerdo vivirá siempre como ejemplo de humanidad en su escala más alta. Para mí. Lorenzo, uno de los grandes amigos de mi vida, brillará siempre entre los recuerdos más queridos que hilvanan la esperanza de una humanidad plena. 

Luis Muñoz Marín

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

El martes, mientras la atención del país se concentraba en los boletines médicos sobre  la gravedad de Don Luis Muñoz Marín, escuchaba esporádicamente por la radio las expresiones de angustia de gente a quienes entrevistaban al azar. Todos elogiaban al hoy difunto líder como el hombre que sacó a Puerto Rico de la pobreza extrema, el “padre de los pobres” y el que hizo posible que “tuviéramos educación y nos pusiéramos zapatos”.

Más tarde, mirando el noticiero de televisión, alcancé a ver en la pantalla a un amigo de la infancia. René Sanfiorenzo, haciendo guardia en la antesala de la habitación del enfermo en el Hospital Mimiya. René es uno de ocho hermanos, hijos de un pequeño agricultor y una maestra de escuela en el poblado del Rosario. Vino a mi mente el recuerdo de la primera vez que ví y escuché hablar al fundador del Partido Popular Democrático. Fue allí en el Rosario y debió ser entre el año 37 ó 38. Yo era un muchacho de nueve o diez años y había llegado hasta la pintoresca aldea de mis antepasados en ancas del caballo de mi padre, bajando por el camino vecinal desde el Carro de Las Mesas. No había una sola carretera pavimentada que condujera al Rosario. Allí todo era desolación y miseria, la iglesia y tres callejones de salida hacia San Germán, Las Mesas y El Limón, poblados a ambos lados por casuchas en condiciones de mucho mayor deterioro, formaban el pequeño poblado, junto a la “Jornalería” en la que se apretujaban entre veredas unos bohíos de yaguas y cartones, casi chocando unos con los otros, que eran los albergues de la mayor parte de la población rozareña.

Las palabras de Muñoz fueron precisas y sencillas. Habló de la injusticia social que mantenía en la pobreza de nuestro pueblo, se refirió a los grandes columillús que acaparan la riqueza e instó a que los humildes no se dejaran engañar para mantener encaramados a los que trafican  con el sudor ajeno. Habló también de la independencia de Puerto Rico. Dijo que sin libertad política no podía haber libertad económica y sin libertad económica no pidía haber libertad política. A mí me impactó mucho aquel discurso y la explicación  posterior que me dio mi padre de cómo ese hombre se proponía hacer la libertad de la patria con los humildes y al mismo tiempo hacer la justicia social. Cuando le pregunté a mi padre qué significaba eso de justicia social, recuerdo muy vívidamente que me dijo que era que no hubiera gente que tuviera que vivir  como vivían los de “la jornalería” del Rosario mientras otros vivían en grandes mansiones y con todos los lujos. Ese mensaje dejó una huella permanente en mi conciencia. Antes que Marx y Engels, fue Munoz  quien me abrió el entendimiento y la sensibilidad para transitar al cabo de los años por los caminos del socialismo. El fue el primero que sembró en mí conciencia de niño la idea  de la independencia y la justicia social como una sola causa. Tuve oportunidad de decírselo –ya en conflicto con sus posiciones- casi una década después de  ese primer encuentro, cuando iniciábamos los primeros pasos hacia la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño.

Por eso, tengo el mayor respeto y la más cabal comprensión por el sentimiento de admiración y casi veneración que manifiestan centenares de miles de puertorriqueños ante la figura de Muñoz Marín. En la lógica elemental de las masas, condicionada por la idea cristiana de la encarnación, es natural que el progreso de Puerto Rico se identifique sobre todo con la persona de Muñoz. Sencillamente porque fue el iniciador  del movimiento social que condujo a una impresionante transformación de la sociedad puertorriqueña, de una rural a una esencialmente urbana, de la pobreza extrema al semi-desarrollo, a la masificación de la educación, las oportunidades de ascenso en la escala social y el consumo. No culpo, por tanto, a los René Sanfiorenzo y los millares de los hijos de campesinos empobrecidos de antaño que hoy tienen profesiones y oficios, y viven en casas modernas y alternan en una sociedad consumerista, por ser admiradores de Muñoz Marín.

Muñoz no fue un trepador político ni un servidor conciente de  los grandes intereses económicos que objetivamente se enriquecieron bajo su régimen. Bernardo Vega y Lorenzo Piñeiro, que le conocieron desde sus primeros tanteos políticos en Nueva York, decían que él era un socialista intuitivo para aquellos años. Casi todos los Socialistas empezamos siéndolo más por intuición que por comprensión intelectual. El problema es que si uno  se queda en esa fase, y no alimenta la intuición suficientemente con el estudio y la disciplina conscientes, se arriesga a que se lo lleve de frente la corriente del sistema vigente y sus valores falsos. Cuando se tienen responsabilidades de dirigente, ese peligro conlleva consecuencias muy graves. Porque si bien los líderes no son los que forjan la historia, sino que son los pueblos sus protagonistas y aquellos no son más que reflejo de éstos, también es cierto que hay una interacción dialéctica entre pueblo y líderes que hace que el dirigente, en la medida de su influencia, se convierta en factor importante, a veces decisivo, en el desarrollo o estancamiento de la conciencia colectiva.

Esa fue, posiblemente, la gran deficiencia que desvió a Muñoz por los tortuosos caminos de un zigzagueo político que culminó en grandes virajes regresivos. Del socialismo intuitivo, Muñoz cayó en el populismo, luego de transitar por el independentismo liberal y en ocasiones coquetear con el nacionalismo revolucionario de Albizu Campos durante los años treinta. Su pragmatismo le llevó a considerar los hechos concretos del momento como barrera infranqueable que imponía el repliegue y la reculada. No alcanzó la comprensión materialista y dialéctica que le permitiera ver el presente y sus limitaciones en su movimiento para impulsar el seguimiento y profundización de los cambios sociales que su propio genio creador impulsó en el Puerto Rico de los años treinta y los primeros años cuarenta. Su arsenal ideológico se quedó limitado a unas ideas reformistas que en vez de transformarse cualitativamente en revolucionarias ante el embate de la reacción, se fueron disipando hasta revertir por completo a su negación. De ahí, la renuncia a la independencia como primera concesió, que le llevó a negar la premisa básica de su planteamiento original en el sentido de que sin libertad política no puede haber libertad económica. Y como esta premisa era la correcta, y no su contrario, muy pronto el abandono de la independencia condujo al viraje esencial que sustituyó el programa de justicia social del cuarenta  por la Operación Manos a la Obra. Esta fue la base material del auge del anexionismo que trajo como consecuencia, entre otras, el desplazamiento del Partido Popular por el llamado Partido Nuevo Progresista en el gobierno de Puerto Rico. 

No es éste el momento de intentar siquiera hacer un juicio histórico de Luis Muñoz Marín. En gran medida, el balance final que se haga de su obra dependerá del desenlace que tenga el drama puertorriqueño durante la presente década. En Muñoz se amalgamaban en una sola angustia existencial, durante sus últimos años, el sentimiento puertorriqueñista y su incesante preocupación por la justicia social con el fatalismo pragmático que frenó hasta el último momento la expresión plena de sus preocupaciones. Esto quedó dramatizado en las primarias Demócratas celebradas en marzo pasado. Mientras íntimamente, Muñoz manifestaba su aversión a todo el proceso primarista y su repudio a las consecuencias asimilistas del mismo, públicamente recibía al candidato presidencial Edward Kennedy en su casa y declaraba que los Populares debían ir a votar en las primarias.

Tocará a sus discípulos mejores superar las ambivalencias del maestro para recoger todo lo positivo que hubo en su obra, descartar lo negativo, y ayudar al país a salir de la encerrona en que está al momento de la muerte de Muñoz. Al morir, Muñoz deja a su pueblo en una encrucijada. Si sus seguidores juntan fuerzas con todas las corrientes progresistas y puertorriqueñistas en los próximos años para encaminar nuestro destino a la soberanía plena y enfilarnos hacia transformaciones sociales de avanzada; por encima y a pesar de todas sus deficiencias y sus peores acciones, a la larga se le recordará como precursor de libertades. Si, por el contrario, éstos se pliegan por el camino de la asimilación y la carrera enajenante de la dependencia y la desigualdad social y económica, la historia señalará a Muñoz como iniciador de ese sendero desquiciante en la época moderna. Ojalá que sea lo primero y no lo último. El sincero deseo de que así sea es el mejor tributo que podemos rendir a su memoria en el momento solemne que su desaparición representa para el pueblo puertorriqueño. Respetuosos del sentimiento de muchísimos compatriotas, los Socialistas nos unimos al duelo del pueblo.

Publicado en CLARIDAD, Comentario Político Edición 1422 Del 2 al 8 de mayo de 1980.

“El Nacionalismo en Puerto Rico” cápsulas de un discurso Albizuista (IV)

JUAN MARI BRAS

 

“El Nacionalismo, mis queridos compatriotas, no es un movimiento personal de Albizu Campos, ni Albizu Campos es una figura insubstituible en Puerto Rico. Si Albizu Campos fuera insubstituible, no sería posible la independencia de Puerto Rico. Este es un movimiento de cada uno de nosotros. Sintetizando todo nuestro ideario en cuanto al deber individual de cada uno de vosotros, mi mujer ha dicho a toda la juventud universitaria que se congrega en nuestro hogar, que cada uno de vosotros, puertorriqueños, tiene un deber, y es prepararse para substituir al director de un movimiento de esta naturaleza, requiere una enorme disciplina personal y preparación física. Por eso le decimos a la juventud que no tiene derecho a envenenar sus cuerpos, que el cuerpo juvenil es sagrado. Sagrado porque es la floración de todos nuestros antepasados; y si no fuese bella y fuerte no podrían rendir honores a sus progenitores. Y le decimos a la juventud que no tiene derecho a la ignorancia, que es el deber de cada puertorriqueño de ser un prócer, de ser un sabio, de ser el hombre y la mujer más culto de la tierra, porque las pequeñas nacionalidades se defienden y se basan en la grandeza de cada individuo. Las pequeñas nacionalidades tienen que velar con devoción infinita por la grandeza de cada uno de sus miembros constituyentes, y Puerto Rico no puede ignorar que en el cerebro de ningún puertorriqueño puede haber debilidad orgánica, ni en el cuerpo de ningún puertorriqueño; y de que debe haber en cada cristiano puertorriqueño la fe en el infinito, para que cada puertorriqueño sea el héroe de todas las jornadas que le esperan a la patria.”

“Esa es la escuela del nacionalismo. Yo a veces tiemblo cuando se me hacen estas ofrendas florales. Esta es una ofrenda floral única. Aquí está representada en perfume, en colores, con el perfume del alma de nuestra mujer, el alma de la patria, la bandera puertorriqueña. Es una joya amorosa. Estas ofrendas yo preferiría que no se hicieran, sinceramente prefiero que no se me hagan, porque dan a mi ser el sentido de una enorme responsabilidad. Los hombres conscientes de los grandes problemas de su patria jamás pidieron a sus conciudadanos ningún homenaje, rehuyeron todo homenaje, y rogaron que nunca se les rindiera un homenaje, ni siquiera el homenaje póstumo. Porque los que amaron a la patria la amaron con la plenitud del desinterés; no la amaron nunca con el sentido de jamás esperar ninguna recompensa, aunque fuese esa recompensa la forma sutil de un pétalo de rosa. Porque aquí, señores, en estas ofrendas, está el peligro, el peligro más grande para la patria, porque estas ofrendas les dan a los hombres un falso valor ante la mentalidad de las multitudes. Cuando la ofrenda se hace rutina, con la ofrenda se hace también la rutina de los falsos apóstoles.”

Por eso nuestras multitudes vienen consagrando a los verdugos de la patria. Yo no quiero que se me guarde algún recuerdo de lo poco que yo haya podido hacer, porque considero una inmoralidad creer que un hombre va a hacer nada por su patria; una inmoralidad un hijo creer que va a hacer nada por su madre, porque realmente es una inmoralidad creer que se hace un favor a quien uno le debe la vida.”

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