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Sumergidos en el desperdicio

Años antes de la grave situación de manejo de desperdicios sólidos en la que se encuentra Puerto Rico tras el paso del huracán María, ya estaba en la palestra la discusión sobre este tema, que bien han relacionado con la conservación ambiental o con la salud pública.

Una simple búsqueda en Internet dará cuenta de que en 2008, por ejemplo, un estudio que se realizó sobre la generación de desperdicios sólidos arrojó que los puertorriqueños generaban 10 mil toneladas diarias de basura o lo que era igual a 3.91 libras diarias por persona. El mayor problema, sin embargo, no era –es– la cantidad de desperdicios sólidos, sino la enajenación que existe en la población sobre el proceso de disposición de éstos, que comienza con la merma del consumo desmedido.

Para marzo 2016, la Agencia federal de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) emitió una orden para cerrar tres vertederos ubicados en Isabela, Vega Baja y Juncos, los que se sumaban a la clausura el año anterior de otros tres en Lajas, Moca y Toa Baja. Hace un año, 22 de los 27 vertederos en uso incumplían con leyes ambientales, según declaraba la misma agencia federal.

El panorama en 2016 no era alentador: alta generación de basura en un país pequeño, disposición deficiente de estos desperdicios, expiración de la vida útil de vertederos, raquítica práctica del reciclaje, municipios sin fondos para implementar medidas de emergencia en el recogido y la disposición de la basura, fiscalización deficiente por parte de las agencias públicas implicadas, poca conciencia ciudadana sobre estos temas.

Ahora, luego de la devastación que dejó el huracán, ese panorama ha surtido su efecto multiplicador. Solamente en San Juan, a un mes y medio de María, se habían recogido 75.3 millones de libras (más de 34 millones de toneladas) de escombros, material vegetal, basura doméstica y reciclaje.

Según la organización sin fines de lucro Basura Cero, capítulo de Puerto Rico, es preocupante lo que padecemos porque si teníamos vertederos a los que se les pronosticaban diez años de vida– diez años para aguantar la basura que les tiramos– ahora les estamos cortando la duración a cinco años de utilidad.

A este problema se le añade la denuncia de los portavoces de este colectivo, cuya meta principal es tratar de mermar lo más posible la producción de basura: los programas de reciclaje municipales han colapsado porque han tenido que suspender el servicio para apoyar el recogido de escombros y ramas caídas. El servicio también se ha limitado porque las plantas están llenas de material reciclable o están utilizando un generador de electricidad para procesarlo.

Entre la producción de desperdicios sólidos y la disposición de ellos está quizás el eslabón más importante: la conciencia ciudadana. Por eso, ahora más –que se ha vuelto casi necesaria la sobre generación de botellas y cubiertos plásticos, baterías y tanques de gas, por ejemplo– son indispensables las voces de iniciativas como Basura Cero, que educan sobre las acciones que agravan el problema y propician que la gente se reconozca capaz de revertirlo.

Por otro lado, la reutilización y reciclaje de materiales son opciones al alcance de hogares, comunidades y empresas. Bien articuladas, son alternativas con viabilidad económica. Al respecto, la organización Basura Cero ha propuesto ver el reciclaje como una industria. A diferencia de la incineración – que se ha planteado como solución al problema de basura en Puerto Rico, aunque genere otros – la industria del reciclaje generaría muchos empleos y convertiría al país en un gran productor de materia prima.

Desecho de baterías y materiales electrónicos

Tras el paso de María, se ha disparado el consumo de baterías, por ende es mayor la cantidad de este tipo de basura doméstica que llega a los zafacones de los hogares. Al igual que se ha ausentado el reciclaje de cristal en Puerto Rico, no se ha sabido manejar adecuadamente en la Isla los desechos de baterías y materiales electrónicos.

La semana pasada, la directora de la EPA en Puerto Rico y el Caribe, Carmen Guerrero, advirtió que “si esa cantidad de baterías llega a los vertederos, vamos a tener un gran impacto” en la salud pública y el medio ambiente.

Para evitar daños, esta agencia federal, en colaboración con la Junta de Calidad Ambiental (JCA), la Autoridad de Desperdicios Sólidos (ADS), y entidades como Basura Cero Puerto Rico, ha comenzado un proyecto para asegurar que las baterías y los artefactos electrónicos son descartados y reciben el tratamiento adecuado una vez pierden su vida útil.

Juntos han creado estaciones en lugares céntricos para que las personas puedan acudir con las baterías alcalinas que han perdido su utilidad y las depositen en recipientes de plástico o en bolsas plásticas con sellador en unos contenedores provistos. Las entidades se encargarán de colectarlas y disponer de éstas correctamente. Más de 56 municipios ya cuentan con estaciones para depositar este tipo de material, mientras que hay otros pueblos que están recogiéndolas casa por casa con apoyo de la EPA.

Asimismo, la agencia federal está coordinando el recogido de artículos electrónicos como televisores, computadoras, radios, equipos estéreo, reproductores de DVD y teléfonos. La disposición final de todo este material en desuso no puede realizarse en Puerto Rico porque la Ley para el reciclaje de electrónicos y promoción para su disposición, del 17 de enero de 2012, prohíbe estos residuos en los vertederos del país, según dijo Guerrero.

Algunos de los centros de acopio están ubicados en las oficinas de la EPA, en City View Plaza II, en Guaynabo; las oficinas de ADS, en el Edificio de Agencias Ambientales, en Río Piedras; la sede de Basura Cero Puerto Rico, en la Fundación Banco Popular, en Hato Rey; y las instalaciones de Tanagua, en la carretera PR-167, en Bayamón. La lista completa está disponible en la página de Basura Cero Puerto Rico en Facebook. Esta iniciativa se extenderá hasta marzo 2018.

Madera después del huracán

El paso de María sumió a Puerto Rico en un caos de troncos y ramas caídas que llegan al vertedero en vez de reciclarse, compostarse o convertirse en una salida económica. La situación de árboles derrumbados provocó, incluso, que las personas se apoderaron del concepto “material vegetativo”, antes limitado para el argot de ciertas agencias gubernamentales o municipales.

Sin embargo, debido principalmente a malas decisiones de planificación urbana como sembrar especies de árboles muy grandes en las ciudades, es común en la isla la tala de árboles que han roto aceras y carreteras.

El año pasado, el material vegetativo representó el 22 por ciento de todos los desperdicios sólidos que se generaron a diario en el país, del cual al menos la mitad era de árboles maderables aprovechables. No obstante, la ausencia de una política pública que claramente garantice que el material vegetativo descartado recibirá un aprovechamiento justo, redunda en que también terminen en la basura potenciales industrias de reciclaje, composta y madereras.

La compañía Puerto Rico Hardwoods, que desde años antes del paso del huracán se dedica a la venta de madera local, producto de árboles caídos o que inevitablemente hay que cortar por representar una amenaza a la vida y propiedad, ha hecho un llamado públicamente para sacarle provecho a la gran cantidad de troncos derribados por María. Para más información de costos y servicios, se puede llamar al (787) 308-4588.

42Tweets: Narrativa y crítica de mujeres del Caribe hispánico Manifiesto

Los manifiestos siempre han estado de moda en el mundo literario. He redactado este en forma de tweets, lo que ha puesto en boga el mundo mexicano tan cercano a nosotr@s por sus mariachis, las telenovelas narco, la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz y los relatos de Elena Poniatowska. Con ellos intento trazar los principales elementos que influyen y que configuran el quehacer literario de las narradoras y las críticas del Caribe hispániaco. Por supuesto, el saber es una construcción social. Podrían elaborarse unos cuantos más.

La narrativa de mujeres del Caribe hispano no tolera ya el androcentrismo, verdad de Perogrullo.

Cualquier forma de atacar el patriarcado es buena, sobre todo si es por Internet o en una plaza pública.

Las escritoras del Caribe hispano se apartan del modelo no inclusivo del crack, compuesto por hombres, aunque practican algunos de sus postulados.

Los personajes femeninos ya no son totalmente pasivos. Ahora son patólogas forenses, periodistas, artistas, escritoras o desajustadas por el patriarcado que cuentan sus historias para que no se repitan.

El Caribe sí existe, fragmentado, expoliado, colonizado y neocolonizado, vinculado a la heterogeneidad latinoamericana, según la define Antonio Cornejo Polar.

El Caribe sigue siendo un lugar exótico, de verdes palmeras y mujeres en bikini que bailan reggaetón y trap. Por eso su literatura se interpreta desde la salsa, la bachata, el son cubano, la melancolía y la pobreza.

Los críticas caribeñas, a pesar de que a veces no tienen dinero para los vuelos de avión, se infiltran en algunos congresos para combatir el eurocentrismo vestidas de Henri Christophe. Lo mismo hacen muchos hombres y miembr@s de la comunidad LGBT. A veces invocan a Mackandal y la licantropía.

Las críticas casi siempre sobreviven a expensas de sus salarios, sus hijos, exmaridos, amantes y el mercado.

Narradoras y críticas escriben aún bajo el paso de huracanes, insertando la poesía en su práctica escrituraria, para calmar los vientos y los ríos desbordados. (De hecho, en el país hay una eclosión de poetas.) Diosa te salve, Yemayá/llena eres de Ashé.

La parodia sirve para la risa, para reconocer que el corpus de estudio de Bajtin es europeo; para retratar la corrupción, el patriarcado y el capitalismo mundial.

Lo sexual se escribe sin miramientos, con finura, gusto, pasión y erudición, hijas de salvajes al fin.

De la escopofilia (observación de lo sexual para obtener placer) de Anais Nin hemos pasado a la descripción más directa de la antropología sexual. Una buena escritora es una etnógrafa sexual.

Muchas escritoras añoran el compromiso político de García Márquez (su centro de periodismo) y de Julio Cortázar (su apoyo a los derechos humanos), a pesar de que construyen una utopía más integradora en la que cabemos las mujeres en diversas variantes performáticas. “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca.”)

Los conjuros y la afroreligiosidad están haciendo mayor presencia en la literatura de las narradoras del Caribe hispano unidos a las nuevas tecnologías cibernéticas y la esfera global.

Los ancestros africanos no han abandonado a las narradoras. Por eso son mencionados en los relatos, aunque todavía veladamente. La culpa la tienen la filosofía europea y los currículos centrados en los dioses griegos que, por cierto, no bailan, actividad intelectualizada en el Caribe…

Las ciudades son recorridas ahora por la mirada femenina: “the female gaze” en vez de “the male gaze” como dicen en inglés. Ya el “flaneur” no es siempre un hombre.

A pesar de la hibridez impuesta por los libros de texto en inglés, las escritoras escriben en un maravilloso y caribeño español, a veces con variantes y errores propios de la zona. La mayoría de los hombres hace lo mismo.

Las escritoras y críticas que utilizan el inglés, sobre todo en la diáspora, incursionan en este como acto de apropiación y sofisticación.

La revolución cubana no es un queso Roquefort, como decía Roque Dalton de la revolución francesa. Es un territorio tan embargado por los Estados Unidos como Puerto Rico. La invasión de los norteamericanos a República Dominicana aparece en la literatura.

El quinquenio gris de Cuba ha sido triturado por todas y todos. Faltan ahora los remanentes del racismo. La celebración de San Lázaro es cada día más grande y los santeros recibieron al Papa en La Habana.

Los viajes para curar enfermedades y hacerse el santo en Cuba continúan. En República Dominicana se practica el vudú por influjo haitiano.

La negritud y la belleza negra son temas cultivados, aunque todavía debe de tener mayor presencia. Desde 1804, fecha de la liberación de Haití de un poder imperial, andamos en esas.

Si se puede escribir una narrativa que escandalice mediante el entretejido de raza, sexo, epistemología, cibercultura y parodia, mejor todavía. No importa lo que digan Donna Haraway y Paul Virilio.

La antiheteronormatividad se ha ido infiltrando poco a poco en los discursos narrativos. La heterosexualidad no excluyente ha logrado más aceptación.

Las escritoras de la última generación confunden a sus lectores a propósito cambiando a las narradoras de manera velada. Ya los relatos lineales están pasando de moda.

El ecologismo y las luchas ambientales han logrado un espacio en la literatura. Ahora plantas y animales son tratados de forma distinta. El antropocentrismo está siendo cuestionado.

Los “grandes” metarrelatos importan menos. En eso las narradoras se parecen a los miembros del crack. Pero eso sí, no se deja de cantar a los combatientes del colonialismo.

A causa de la revolución digital varias narradoras y críticas han invadido las redes con diversas militancias.

El realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez y la literatura detectivesca de Leonardo Padura, aunque son grandes escritores cubanos, no constituyen los modelos a seguir. Son mejores el cine de Tarantino, el arte, la poesía, algunos latinoamericanos críticos de la homogeneidad y cierta literatura norteamericana. Las mujeres están comenzando a validarse como modelos.

La polifonía de los relatos es evidente: desde personajes nómadas, detectives desequilibrados, personajes góticos, mujeres sin cordura descompuestas por el patriarcado, artesanos obreros, seres marginales, travestis y expresidiarios, norteamericanos invasores y escritores, entre muchos otr@s.

Es una literatura compleja y de mayor exigencia formal, estructural y cultural, pero sospecha de las exclusiones femeninas del crack o de cualquier otro movimiento.

El nacionalismo está ahí, agazapado, diverso, inclusivo, como artefacto de lucha.

El cronotopo hasta la fecha es certero. Casi siempre caribeño, se encuentra donde se necesite.

Coexisten estéticas divergentes y un diálogo intergeneracional. Mi arte de estar viva y pronunciarlo

Si México es todavía una isla, Puerto Rico es un islote y las narradoras y críticas luchan contra esto con sus mejores armas corporales.

Casi todas quieren mejores ofertas del mercado para atacar el neoliberalismo, sobre todo después del huracán María.

Ya no se escribe a lo Isabel Allende, pero se sospecha de la misoginia.

La desunión del Caribe hispano, por razones políticas, es evidente. Algunas narradoras y críticas comparten la vieja idea de la Confederación Antillana, aunque algunos latinoamericanos no nos entienden posiblemente por nuestro supersincretismo, (esa extraña mezcla de españoles, africanos, indígenas, chinos, árabes, dominicanos y otros que resulta en cierto color), como escribió el autor de La isla que se repite.

Las narradoras no se ciñen siempre a la verdad absoluta. A veces mienten sigilosamente. Las críticas omiten en ocasiones algunas verdades.

Entre narradoras y críticas hay oscuros horizontes compartidos. .

La deuda externa de 72 mil millones de Puerto Rico, la política de Donald Trump hacia Cuba y los naufragios dominicanos las han impactado a todas. Temen que el poder totalitario censure sus relatos e interpretaciones.

En definitiva, las buenas narradoras usan la literatura contra mentiras y verdades absolutas. Ambos son peligrosos para la vida intelectual, académica y pública. La libertad de la literatura contrarresta la mentira y el plagio.

La autora es catedrática de la Universidad de Puerto Rico en Bayamón.

El nuevo miembro de la familia

Hay un nuevo miembro en la familia. Su apetito es voraz, es exigente, es agresivo y en ocaciones podría ser violentamente peligroso. Llegó un día, tarde ya en la noche, de la mano de papi. La algarabía que generó levantó a toda la familia que hacía horas que trataba de dormir entre ruidos, mosquitos y calor. Se impuso desde el primer día. Cuando exigía su alimento, era saciado de inmediato.

Las necesidades de la abuela pasaron al segundo plano. ¿Cómo defraudar a un recién miembro de la familia? Ya no era prioridad hacer fila para conseguir los medicamentos de la abuela. Al principio la fila para conseguir el alimento del nuevo miembro de la familia se hacía maratónica pero, valía la pena. Esas cinco o seis horas en sí equivalían un pequeño sacrificio comparado al bienestar que nos brindaba. Era una combinación de nostalgia por lo que había sido y de esperanza de lo que sonábamos que volvería a ser. Era pensar una horas al día que a pesar de que todo allá afuera había cambiado este espacio y estos momentos eran inmutables.

La familia, con excepción del nuevo miembro, se fue adelgazando. Un buen día la abuela desarrolló una tosesita la cual, religiosamente, compartimos todos en familia. Al pasar los días nos acostumbramos a las tosesitas y yo podía adivinar quién estaba cerca sólo por su forma especial de toser. La Abuela se dio a la tarea de identificar la fuente de nuestro mal y del resultado de su pesquisa salió culpable el nuevo miembro de la familia. “Son sus vahos”.

El nuevo miembro de la familia demandaba, sin tregua, su opípara ración de fluido vital y las finanzas del hogar comenzaron a mermar. Una tarde entre gritos y maldiciones papi anunció que en el nuevo miembro de la familia se le iba una semana del sueldo mensual. Suerte que nos acogimos a la prórroga, si no, estuviéramos en la calle y a pie, apuntó la abuela. Mami había perdido su empleo en esos días aciagos y Puchi, mi hermano, no encontraba ninguna chiripa, aunque no era que la buscase tan encarecidamente. Papi estaba constantemente de un humor de los mil demonios , según titi Luisa.

Una mañana el nuevo miembro de la familia no quiso o no pudo levantarse. Sé que papi había estado con Puchi tratando de aliviarle la respiración estentórea pero, al final el cansancio o la impotencia los derrotó. No podíamos entender. Se dañó la leche. La carne asumió un verde lama y mami se puso a llorar.

Ese día regresamos a comer galletas, salchichas y agua templada. A los tres días la abuela pidió reunión familiar de urgencia. Mientras la abuela hablaba y el resto de la familia sugería y nos organizábamos para un nuevo orden, el nuevo miembro de la familia se mantuvo en su esquina, pienso yo que con el temor de ser desplazado. Después de la visita del técnico, el nuevo miembro se ha ido acoplando a nuestras exigencias y acepta ser alimentado cuando se quiere y se puede.

En las noches, papi y mami invitan a algunas amistades y hay cervezas y jugos fríos así como entremeses frescos. La música es en directo. Sé que el nuevo miembro se queda humildemente en su covacha y desde allí nos aporta para la luz del balcón y el frío de la nevera.

Nuevo Adviento para la humanidad

En la preparación para celebrar la Navidad, las Iglesias cristianas antiguas leen bellos textos de profetas bíblicos sobre la venida del Mesías e insisten en que las comunidades deben intensificar la esperanza en la venida del reinado divino en ese mundo.

La realidad actual de nuestros países y del mundo nos da pocos motivos para mantener la esperanza de un futuro mejor. Cada día, la sociedad dominante se hace más desigual e indiferente al sufrimiento de los más pobres. Los imperios predican que el peor flagelo que amenaza a la humanidad es el terrorismo. De hecho, esa campaña sólo provoca  miedo y tiene como finalidad justificar un terrorismo de Estado en todo más destructiva que la acción de fanáticos que matan inocentes. Actualmente, lo que más amenaza la humanidad no es el terrorismo, sino los cambios climáticos provocados por la ambición humana que produce miseria y destruye la naturaleza.

Los poderosos del mundo no aceptan cambiar ese modelo civilizatorio, pero la propia Tierra grita: si la humanidad prosigue en ese camino, el propio sistema de vida se volverá inviable en el planeta. Grupos alternativos profundizan estilos de vida basados ??en la sobriedad y contra el consumismo. Los pueblos indígenas proponen como paradigma el bien-vivir como objetivo de las sociedades y camino de espiritualidad.

Las religiones no llegan a cuestionar las estructuras de odio y violencia que organizan el mundo. El papa Francisco parece ser el único líder mundial que llama la atención sobre la urgencia de transformar esa realidad. Tres veces, reunió a cientos de representantes de movimientos sociales de todo el mundo para escucharlos y confirmarlos en sus luchas por un mundo más justo. A ellos, el Papa dijo claramente: “ese sistema que domina el mundo es, por naturaleza, cruel y asesino”. En la carta sobre el cuidado de la Tierra, nuestra casa común, pide una alianza de toda la humanidad. Debe ser iniciativa de personas y grupos de todas las religiones y culturas a favor de la Tierra, la Vida y la justicia eco- social.

A cada día, el papa revela: ése es un trabajo que se va a construir poco a poco y a partir de las bases. En el caso de los cristianos, eso actualiza la palabra de un profeta: “Voz de lo que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, hacen en el desierto un camino para que Dios pase. Todo valle será elevado y los montes y colinas serán rebajados. Lo que es torcido se enderezará y lo que es áspero se aplanará. La presencia de Dios se manifestará y todas las criaturas a ver, pues el Señor así lo prometió “(Is 40, 3 – 5).

Será otra cosa: Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío.  Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.