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La resistencia como forma de esperanza

Desde este domingo 26, las Iglesias cristianas más antiguas nos invitan a intensificar nuestra esperanza en la realización del programa o proyecto que Dios tiene para el mundo y que nos reveló a través de las diversas tradiciones espirituales. Las comunidades católicas, luteranas y anglicanas empiezan el tiempo del Adviento, o sea, el anuncio de la venida del Señor. En las celebraciones, muchas veces, los cristianos escucharán la palabra vigilancia. Los evangelios piden que nos mantengamos despiertos y atentos. Actualmente eso si puede traducir por nuestra capacidad de resistencia. Resistir es una dimensión fundamental para una vida sana y justa. De otro modo, como reaccionar frente a un mundo que concentra la riqueza en manos de 60 personas y deja más de dos mil millones de seres humanos sin condiciones de una vida digna? ¿Cómo quedarnos indiferentes a la idolatría del mercado que lleva el gobierno de los Estados Unidos a romper con los acuerdos de la ONU sobre el clima? ¿Cómo decirse cristianos y aceptar una cultura que estimula la indiferencia frente al sufrimiento de los otros?

Dicen que alguien es resistente cuando muestra condiciones físicas para suportar un largo camino o vencer obstáculos de la naturaleza. Así como hay una resistencia individual, necesitamos también desarrollar una energía que se exprese en resistencia social y política.  Así, comunidades pobres y sin defesas resisten a la violencia policial y si mantienen unidas en una ocupación urbana o rural. Así, en barrios pobres y violentos de Rio de Janeiro, São Paulo, Buenos Ayres o Bogotá, la juventud organiza grupos de teatro y los adolescentes forman bandas de reggae o hi-hop, músicas a través de las cuales ellos cantan lo que sufren.

En el plan social y político, resistir significa poner en cuestión dogmas y valores de esa sociedad de la acumulación y del consumo. Para eso, es necesario mirar la vida y la historia desde un ángulo opuesto a lo que el sistema dominante presenta. En una sociedad desigual, para cambiar la realidad, es necesario asumir el punto de vista de las personas que viven en la marginalidad, como víctimas de la injusticia social. Es eso que el papa Francisco tiene enseñado. Contraponerse al mundo dominante es una forma de dejarse conducir por el Espíritu Divino. La resistencia profética hace parte del DNA de las tradiciones espirituales y también del Cristianismo. A los cristianos de Roma, Pablo escribió: “No acepten conformarse con ese mundo. Busquen transformarse por la renovación de la comprensión espiritual para experimentar la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios” (Rm 12, 2).

TOPOGRAFÍA: La pequeña Utopía

Papá, ¿por qué tengo que ir a la escuela? Para que aprendas mucho. ¿Y para qué? Para que puedas conseguir un empleo y trabajar. ¿Y para qué? Para que puedas vivir y . . . Pero yo ahora vivo y no trabajo. Pero estudias. Quiero decir que en el futuro, cuando seas grande, puedas tener tu casa, comprarte comida etc. ¿Entonces la casa hay que comprarla? Sí, hay que pagarla con dinero. Y esta casa, ¿tú y mamá la compraron? ¿Es de nosotros? Bueno, sí y no. ¿Cómo es eso, papá? Te explico. La casa, aunque vivamos en ella, en realidad, no es nuestra, nosotros se la pagamos al banco. Cuando terminemos de pagarla, será, por fin, completamente nuestra. ¿Y cuándo será eso, papá? Uf, para eso faltan años. ¿Y mientras tanto, ustedes trabajan para pagarla? Sí, para pagar la casa y otras cosas. ¿Y si el banco nos regala la casa, tú y mamá no tendrían que trabajar para pagarla? Trabajamos para pagar otras cosas también, pero si el banco nos regalara la casa, no, no tendríamos que pagarla. Pero el banco, hija, no va a hacer eso. ¿Por qué no? Tú me has dicho que uno le regala cosas a la gente porque sí, porque la quiere, como cuando ustedes me regalan cosas a mí. Tienes razón, pero es que el banco quiere aumentar sus ganancias. No va a querer regalarnos la casa. O sea, papá, que el banco no nos quiere. Bueno, digamos que el banco no nos quiere del modo en que tu mamá y yo te queremos. ¿Y por qué la casa es del banco? Digamos que nos prestó el dinero para comprarla, y ahora nosotros le devolvemos ese dinero al banco. Pero, papá, si el banco les prestó dinero entonces les ayudó, y eso quiere decir que nos quiere. Bueno, hija, lo que pasa es que ahora hay que pagarle una cantidad mayor. ¿Por qué? Por lo que te dije antes, el banco quiere obtener más dinero. ¿Pero, papá, por qué el banco es así? Hija, así son las cosas en este mundo. Papá, ¿y en toodo el mundo es así? ¿Toda la gente en el mundo tiene que pagarle su casa al banco? No estoy seguro, pero creo que hay países donde no es así. ¿Y para qué otras cosas tienen ustedes que trabajar? Como ya te dije, para pagar por la luz, el agua, los alimentos. ¿También la luz y el agua se compran? Sí, se paga por todo eso. ¿Entonces hay que pagarle al sol y a la lluvia? No exactamente al sol y a la lluvia, pero al gobierno o a la compañía que se dedique a ese negocio. ¿Cómo que un negocio? No entiendo, papá. Pues como ya te dije, es como el banco. Para que recibas el servicio de agua y luz tienes que pagar. Tú dijiste que el banco era el dueño de la casa, ¿ahora me vas a decir que el gobierno o una compañía son los dueños del sol y de la lluvia? Bueno, no es que sean los dueños y ya, es que traer la luz y el agua hasta las casas es un servicio por el que se paga. Pero una amiga en la escuela me dijo que su mamá ya no pagaba luz porque la cogía directamente del sol. Esa es una buena idea, a lo mejor la mamá de tu amiga tiene una planta solar que almacena la luz del sol. Y también me dijo que ellos pusieron una palangana bien grande en el techo de la casa para recoger la lluvia y ya no tienen que pagar el agua. Tú te refieres a una cisterna, sí, claro, esa es también una buena idea. O sea, papá, que si el banco nos regala la casa, cogemos la luz del sol y ponemos una palangana grande para la lluvia, entonces ustedes no tendrían que trabajar y habría más tiempo libre. No es tan fácil, hija. Pero tú me dijiste que el trabajo es para conseguir el dinero para pagar la casa y las cosas. Sí, pero también hay que comprar comida. Ah, es verdad, sí. Pues solo trabajarían para comprar comida y ya. Oye, hija, también hay que pagar por el médico, las medicinas y, si fuera necesario, por el hospital. Ah, ¿también hay que pagar si uno se enferma? Así mismo, hija. ¿Pero, papá, por qué hay que pagar por eso? Ya te dije, eso también es un negocio. Todos quieren sacar ganancias, tener más dinero. Pero vamos a ver, papá, si todo, óyeme bien, toodo fuera gratis y nadie le tuviera que pagar nada a nadie porque nadie le debe nada a nadie, ¿no sería más fácil vivir? Hija, ¿y cómo la gente va a obtener las cosas que necesita si no las compra? Ay, pues bien fácil, con un intercambio de regalos. Tú le das un servicio al vecino y él te da uno a ti. Tú, por ejemplo, ¿trabajas? ¿Cómo que si trabajo, es que tú no me ves? Sí, es verdad. Pues como te decía: tú haces lo tuyo y otras personas hacen lo suyo y así todos colaboran. Bueno, ¿y tú por qué te preocupas tanto, es que no quieres ir a la escuela? No, si a mí me gusta la escuela. A mí me gusta aprender a hacer cosas, saber, preguntar. Eso ya lo veo. Pero, papá, eso del trabajo no lo entiendo bien. Hija, ¿no te lo acabo de explicar? Sí, pero no sé, suena aburrido y me pone triste. Me dices que hay que trabajar para conseguir dinero, y resulta que el dinero es para pagar la casa, la luz, el agua, la comida y las medicinas. Entonces a las personas se les va el tiempo en buscar el dinero para pagar esas cosas para entonces al otro día volver a buscar el dinero para volver a pagar esas cosas y así. ¿Y cuándo se termina eso, papá? No entiendo. No entiendo. Hija, no se puede vivir sin trabajar. Pero, papá, la gente no tiene tiempo libre si debe trabajar tanto para pagar las cosas. Bueno, digamos que es una necesidad de la que nos quisiéramos liberar. ¿Entonces, papá, el trabajo es como tener mala suerte, algo que te pasa pero que tú no quieres que pase? Algo así, hija. ¿Y todos lo que viven tienen esa mala suerte? Bueno, yo diría que casi todos. ¿Cómo que casi todos, hay quienes no trabajan? Hay pocas personas que no tienen esa necesidad. ¿Entonces nacieron con buena suerte? Tal vez se podría decir eso. ¿Y quiénes son, papá, dime, quiénes son? Bueno, yo no los conozco personalmente, pero supongo que son los dueños de las tierras y de las grandes industrias, de compañías de petróleo, comunicaciones, computadoras etc. ¿Como el banco al que le pagas la casa? Así mismo. Pero tú dices que son pocas personas. Sí. ¿Y siendo tan pocos tienen tanta buena suerte? Sí. ¿Son como los dueños de casi toda la buena suerte? Se podría decir que sí. ¿Y cómo es que no comparten su buena suerte con los que tienen mala suerte? Por la misma razón que el banco no nos regala la casa. Ellos quieren poseer más dinero. ¿Y por qué los que tienen poca suerte no hablan con los dueños de casi toda la buena suerte para que los ayuden? Una gran pregunta. Pero es más complicado. ¿Y bueno, tú que tanto preguntas, qué harías con el tiempo si no tuvieras que trabajar? Pues haría lo que quiero hacer, no importa el trabajo o el esfuerzo, porque es lo que deseo hacer. ¿Quieres ver la lista? Empezaría por hablar mucho con los abuelos para que me contaran cómo empezó todo esto . . . Está bien, hija, te creo. Ahora, por favor, trabaja con tus tareas que se hace tarde. Ah, y gracias, Utopía. ¿Por qué, papá? Lo sabrás cuando esto salga publicado.

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.

Muertes realengas (fragmento)

Boricua Noir es una propuesta de difundir la literatura detectivesca y criminal en Puerto Rico. Es un homenaje a Francisco Velázquez, el maestro del género. Este es el segundo texto que publicamos. Agradecemos al escritor Josué Montijo por iniciar la serie y por sugerirnos este proyecto.

Las extrañas muertes habían comenzado poco antes de que Abercombry hiciera volar el puente sobre el caño Martín Peña. Recién construido, había suplantado al viejo puente de madera que crujía al paso de los vendedores o de las decenas de cerdos que desfilaban al mercado y al matadero. Pero el inglés no dejó que aquel paso se llenara de recuerdos. Lo hizo estallar a las dos semanas de invadir la isla. Sabía que era el único paso hacia el Hato del Rey y los barrios de Río Piedras. Cortaba la comunicación con el resto de la isla. San Juan se hallaba entonces sola en su defensa contra el invasor. Pero aquellos días terribles en los que las baterías de defensa componían música de guerra yo seguía pensando en aquellas desapariciones que ocurrían fuera de las murallas de la ciudad y a nadie parecían interesarle.

Por supuesto, había otras necesidades. Carne, por ejemplo. Y harina. Porque poco tiempo antes del ataque inglés, había llegado a la isla un cargamento de víveres que pudo alimentar a la guarnición. Pero si hubiere durado algunos meses, el hambre derrotaría a las defensas. Mientras todo esto ocurría algunas mujeres seguían las faldas del obispo en una rogativa a Santa Ursula y las once mil vírgenes. Un riesgo. Si llegaban a las cercanías de la isleta serían blanco fácil. Además las teas encendidas eran una invitación a disparar. Cuando finalmente se alejaron los ingleses el obispo le adjudicó el triunfo a la santa y le hizo misa. La cosa era menos mística. Los tiros, los mosquitos y la disentería eran tan cerrados como las murallas. Pero quizás los ingleses si podían ver a las once mil vírgenes flotando sobre el cielo azul manchado de pólvora. O a través de los mangles de Cangrejos usando escudos de carey y espinas. Le pregunté a un soldado qué había permitido el triunfo de las defensas. Fue parco: galletas, tocino y queso.

Luego supe que al general escocés la vida le había dado dos cosas: victorias y derrotas. Y que en su derrota en San Juan la enfermedad hubo de recordarle a otro general de la corona que defendía, pues uno de aquellos había repartido mantas infestadas de viruela a los indios en el norte de América. Con esa crueldad acabó con ellos sin sufrir pérdidas. Y al otro inglés Francis Drake, que murió de vergüenza. Y a Hawkins, que murió de un balazo. Acá, sin mantas, los ingleses sufrieron un ataque parecido. Serían las oraciones. Aunque lo cierto es que había para entonces en la isla una virulencia notable. Cuando era ya un militar semi retirado fue enviado a Egipto y se cubrió de gloria en la batalla de Alejandría, que culminó con el envío a Londres de la Aguja de Cleopatra.

Me preguntaba a veces por qué no invadieron los ingleses por las dilatadas espesuras. Si siguen los ríos sólo van a encontrar montes habitados por cerdos y vacas, lo cual sería conveniente para los soldados. Pero insisten en atacar lo más defendido. Podrían poblar la isla antes de que las defensas, ocupadas en la tosca vida diaria, tuvieren tiempo de contraatacar. Igual antes los holandeses, que atacaron cuando la ciudad no tenía murallas y estuvieron a escasos metros del Castillo de San Felipe. Luego, azotados por las enfermedades, se retiraron no sin antes quemar numerosas casas, con lo que ardió la impresionante biblioteca que juntara el generoso prelado, doctísimo Bernardo de Balbuena, Obispo que era de Puerto Rico, que hasta Lope de Vega menciona en una silva como gran pérdida. Otros afirman que el fiero Enrique, holandés como era, robó los libros. Eso no lo sabría de primera mano, que no fuera que andando por Amsterdam me topara entre ríos de cerveza con una biblioteca de Balduino.

Vuelvo a decir que no lo entiendo. El monte es difícil hasta para una pequeña Compañía de Guerrillas. Una insurrección podría apoyarse en estos terrenos. Sin embargo no creo que la haya. Hace mucho calor. Y las gentes hacen, fuera de las murallas, lo que les da la gana. Y a mí, finalmente, esto no me parece mal.

De curiosa ocurrencia fue que dos negros atraparon a varios ingleses, constatándose luego que en aquella media docena de prisioneros había dos alemanes. Mercenarios sin duda de aquel país cruel. De allí vienen historias de pastores protestantes ardiendo de manera espontánea desde el púlpito. Y el caso de borrachos que luego de beber un litro de aguardiente encienden un cigarro y arden en la llama azul de la incontinencia. Solo encuentran las pantuflas, completas, grasientas y apestosas. Cuentos de camino, claro. Pero el asunto es que fueron atrapados varios, mientras huían, por soldados negros que habrán sentido una gran alegría de sentirse libres de cazar blancos por el mangle. Poca libertad, vive dios, pero al menos un atisbo de la misma. Habría también franceses en este grupo. Los negros decían al entregar a los prisioneros: le dimoh una catimba, y sonreían. Pero los militares españoles temían a esos grupos armados de negros. Decían: No tienen, por su naturaleza, disciplina. Sin embargo, yo vi algunos entonces, heridos, cansados, con rostros iluminados. Y es que podían moverse y castigar a alguien. Luego se supo de un inglés desertor, Ian Flemin, que vivió por largos años en el sur, en una isla que se ve desde la costa de San Germán y que se ha dado en llamar Isla de caja de Muertos por la manera en que la naturaleza le ha dado forma. Leyendas de pirata hay en las orillas salobres. Y ese Flemin llegó hasta allí de forma aventurada que es una pena que eso pasare al olvido.

Cerca del puente había un pequeño pozo a la sazón abandonado y ocupado por yerbas. El pozo del ahorcado. Me lo señalaba el padre Martín una mañana. Allí había muerto un poeta con una soga amarrada al cuello. El gobernador de turno, apodado El terrible, no pudo resistir unos versos en los que el bardo cantaba al fraude y robo que cometía el militar con los dineros asignados a la construcción de la Catedral. Pena de muerte. Ni siquiera en el orden de la retribución del mal con el mal. Una pena absurda. Pues me parece que corresponder al mal con el mal y en la misma medida, es demasiado simple. No hay otra forma de reparar lo malo que no sea con lo bueno. Lo que distingue a un asesino de su víctima es que la víctima no es un asesino. Pero quizás mi manera de pensar se debe a los rigores del verano húmedo con sus vientos o a la carestía de harinas. Mas, puedo apostar mis tres reales a que no hay forma de justificar que un poema sea razón para condenar a muerte.

Según lo que sé el gobernador usaba mal los dineros. Y no es que sea la catedral una iglesia imponente. Pero no era para comprar pañizuelos y lechones. Pensé que debiera ser un horrible poema. “Hubo de ser un poema malísimo” dijo el cura, sonreído. Luego puso cara seria. “Dios lo haya acogido en su reino”. No supe si Dios acogió al poeta, al poema o al verdugo. Y no sería la última vez que un gobernador mandaba a matar o robare. Ya me ocuparía yo de encontrar ese poema. Alguien tiene que acordarse. En un pasquín debió estar escrito. En estos tiempos es seguro que al llegar los barcos de mercaderes extranjeros el gobernador y su comitiva les invitarán a La Fortaleza y allí mismo venderles cuero, cerdos, algunas vacas tristes y unas decenas de racimos de plátano. Pero sobre todo las vacas eran valiosas, cuando en ocasiones ha ocurrido carestía de hasta seis meses de carne. No es que el gobernador haya comprado 4 paños de manos, 6 de encajes, media docena de sarga, dos manteles, unas cintas, una resma de papel de hilo, una pieza de angarípola, dos sombreros y una docena de guantes. Es que no les necesitaba y le vendió a los mercaderes la carne que necesitábamos. Así que el plátano substituye a la carne. Rayado, hervido, frito en aceite de oliva (cuando hay), crudo, con sal, maduro, verde. No hay carne. El plátano se convierte en lienzo de artes culinarias. Y no hablar de pasas, aceituna, aceite y tres esclavos que le compraba a los ingleses, enemigos de la Corona española, sin subasta.

La ciudad se estaba llenando de murallas. Y de reos venidos de otros territorios, convertidos por concurso de los designios reales, en albañiles y constructores. Algunos eran enviados a la isla como castigo. Otros habíamos nacido en ella. No era pues un jardín florido, a pesar de que había limones y frutas en los campos, pero todo estaba dejado a la mano de la natura, igual que el ganado a los pastos.

Al primer muerto lo vi colocado sobre una mesa, en la pulpería de don Mateo Alemán. Decía que al abrir la puerta de su negocio lo encontró allí acostado. No había marcas de pelea, ni botellas rotas. Yo ayudaba al cura para tener excusa de moverme lejos de la casa de mi madre. Sufro de claustrofobia. El difunto, Manuel Espina, era un hombre joven y su frente se encontraba adornada por un feo orificio. Lo miré de reojo. Pensé que habría muerto en otro lugar y luego lo habrían llevado allí. Don Mateo no explicaba mucho. Entrar a aquella pulpería era fácil. Nada aseguraba la puerta de entrada, que era en realidad, un ranchón que daba al camino de tierra. La casa de Alemán se encontraba en la parte de atrás. Vivía solo, con su hija, que por supuesto se llamaba María. No sé bien que hacía el padre Martín en aquella escena. Yo lo miraba todo, ávido como estaba de ver el mundo. Y cuando no trataba de otear el horizonte, leía los libros que escondía el cura en la sacristía. Debía ser por los óleos. Padre Martín dejó caer en un momento la Sagrada Biblia. Al recogerla, doblando las rodillas hasta hincarme, noté unas marcas ligeras en la entrada. Unas líneas paralelas, tenues, sólo reveladas por la luz en un ángulo cercano al suelo. Al lado de esas marcas, pisadas. Casi fantasmales. Le devolví la Palabra al cura y lo miré en ánimo de que leyera mi mente. El no me devolvió la mirada. Yo observe las espaldas de don Mateo. Parecía un leñador.

Aquella vez regresamos a la ciudad en silencio. Poco antes de cruzar el puente le dije al Padre lo que creía. Fue don Mateo. Dios es el juez supremo, murmuró el cura. Nos hicimos a un lado para dejar pasar al chiquero y a media docena de cerdos que avanzaban, sin orden ni concierto, fuera de la ciudad. Los cerdos van en sentido contrario. Ya la mujer del Gobernador debe haber comprado el más gordo y esos son devueltos para la reventa.

-Hijo, dijo el cura ahora sí mirándome a los ojos, si no aprendes a callar van a obligarte a hacer silencio.

-¿Palabra de Dios?

– No, palabra de hombres, que duele más. Había marcas en el suelo. Dejé caer la Biblia y noté que al recogerla tú confirmaste mi visión.

– Entonces fue don Mateo.

– Harían falta más pruebas. Pero el silencio es ahora nuestro aliado.

Cádiz, España, 22 de octubre de 2017: “Hij@s de la Bernarda” de Rosa Luisa Márquez y Jeanne d’Arc Casas

Los críticos exageran cuando intentan nombrar una obra u otra como “espectacular”, “la mejor” o “la mejor del año”, “fuera de serie y por encima de las demás”, etc. Yo también lo hago: es el deseo de poder certificar el valor del quehacer teatral aun cuando ese valor no es tan evidente.

Sin embargo Hij@s de la Bernarda –adaptación libre de “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca de Rosa Luisa Márquez (concepto y dirección) y Jeanne d’Arc Casas (coreografía y bailarina principal)— no necesita tal tipo de certificación. Brilla por sí misma como un acto estético-cultural.

He asistido a cuatro funciones de “Hij@s de la Bernarda” en cuatro espacios y contextos diferentes: el estreno hace 20 meses en el Centro de Bellas Artes en Santurce, su reposición ocho meses más tarde en el gran teatro proscenio de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, el montaje huracanado post-María en el patio interior del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) y la presentación magistral en el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz el 22 de octubre.

Cada puesta en escena ha revelado una magia diferente –casi como ver una obra nueva; cada puesta en escena ha mantenido la misma disciplina y filo duro de precisión corporal mientras muestra dimensiones plásticas, sensuales, sociales, trágicas, cómicas y musicales no tan evidentes en las anteriores. Desde el Programa de Residencias de Artistas y compañías Alternativas de Bellas Artes de La Sala experimental en febrero 2016, a la UPR en octubre de 2016, a Cádiz casi precisamente un año más tarde (y ahora a principios de diciembre al Teatro Pregones en Nueva York) “Hij@s de la Bernarda” ha crecido en vitalidad, extensión y tracción con múltiples y diversos públicos. Desafortunadamente no estaré en Nueva York el 2 y 3 de diciembre para re-descubrir la expresividad siempre comprometida, visceral y a la vez tajantemente juguetona de la obra.

Mirándola de nuevo en el MAC y Cádiz puedo reconfirmar que entre las obras de teatro, danza y performance que he visto durante los últimos cuarenta años, esta “Bernarda” se ubica en una zona de memoria teatral marcada por “Ocho mujeres” y montajes como “Abelardo y Eloisa” de Gilda Navarra y el Taller de Histriones; ahí al lado de “Quíntuples” de Luis Rafael Sánchez y trabajos como “Jardín de pulpos” de la misma Rosa Luisa Márquez, las narrativas actuadas y danzadas de Teresa Hernández y “Una de cal y una de arena” de Agua, Sol y Sereno durante los años 1990; y al lado de montajes como “Prometeo” de Aravind Adyanthaya y “El maestro” de Nelson Rivera en la primera década de este siglo.

De hecho, decir “en una zona” o “al lado de” no describe bien el carácter excepcional la acción central de la obra. Creo que no he visto antes en un acto local –aun en los gestos esculpidos de “Abelardo y Eloisa” (1978) de Gilda Navarra o la ritual casi poseída de “Prometeo” (2001) de Aravind Adyanthaya– la sensualidad, la proyección de deseo, el detalle de gesto y la precisión del lenguaje expresivo que Jeanne d’Arc Casas muestra en el dueto/duelo entre Adela y Pepe el Romano (actuado-danzado de manera magistral por Jesús (Pito) Miranda) de “Hij@s de la Bernarda”.

Jeanne d’Arc, en esta secuencia, danza como la apasionada hija menor tal vez más afectada por la declaración de su madre de ocho años de luto después de la muerte de su padre. Su poder enredar su cuerpo alrededor de la cara y cabeza, entonces el torso y después las piernas de Miranda es un acto de entrega visceral que se comunica de manera pulsante y casi eléctrica para que el público vuele, se abrace, se bese y se consuma con ella solo para sentir el mismo rechazo como tusa, como virgen ya conquistada, usada y olvidada por la arrogancia varonil.

Lo que noté en Cádiz, y que me había escapado anteriormente, es como esta doble postura madre-hija humaniza el personaje de Bernarda por darla un pasado de deseo, de mujer una vez joven sensual, de esposa-compañera y madre, de no solamente la tirana pero también la viuda que sufre el auto-impuesto luto. Este performance virtuoso de parte de Casas no es toda la obra, pero sin su presencia como actora-danzante y coreógrafa no habría el sentido crudo y conmovedor de pérdida (piedad y terror, tal vez) pero también el de transformación y transcendencia (catarsis). Suena raro hablar en términos así aristotélicos sobre un montaje actual pero no surgen otros que definan tan bien lo que atestiguamos como espectadores.

No obstante, por todo el estremecimiento de este acto, la revelación de la obra se sitúa en la base sólida que proveen las participaciones del resto del reparto y los demás elementos en escena. En cada función, y especialmente en el espacio frontal y abierto de la Sala Central Lechera de Cádiz, he encontrado la acción más y más dinámica que la que recuerdo del estilo teatro arena de la Sala Experimental del CBA. María Alejandra Castillo, Beatriz Irizarry, Cristina Lugo, Marili Pizarro y Jaime Maldonado danzan y actúan l@s demás hij@s de la Bernarda. Son tod@as amig@s de Jeanne d’Arc y se mueven, bailan, cantan y gritan en concierto con ella y con destrezas y precisiones corporales que cumplimentan tanto la Bernarda como la Adela de ella y añaden cinco perspectivas diversas sobre la naturaleza de la acción. Marili Pizarro danza tanto la Adela del principio como la que muere al final, matada por su propia madre. Jaime Maldonado se unió al reparto para el remontaje en el Teatro de la UPR y sin costuras plásticas añade y amplía a través de su aumentada expresividad corporal otra dimensión de la represión social, sexual y política detrás de la acción lorquiana (parece que Kiani del Valle regresa al reparto para alternar con Jaime en NY). María Alejandra Castillo, Cristina Lugo y Beatriz Irizarry dan fuerza física y emocional que llena el espacio escénico horizontalmente a la vez que sirven como columnas verticales móviles para profundizar la vida y muerte de su hermana.

El texto también adapta “Ocho mujeres” (1974) de Gilda Navarra y el Taller de Histriones, que fue una adaptación de “La casa de Bernarda Alba”, una de las últimas obras teatrales escritas por García Lorca antes de su asesinato en 1936. La versión actual es producto de la dramaturgia de la directora del proyecto, Rosa Luisa Márquez, quien entra en escena, introduce la acción y asume el papel de La Poncia, criada de la casa de Bernarda, para narrar el cuento y servir como enlace entre las ya reordenadas partes, l@s artistas y el público.

La mezcla de música en vivo isleña y latinoamericana tocada y cantada por Pilli Aponte, Rafael Martínez y Enrique (Peru) Chávez también es una actora principal en escena. Nos elabora un contexto en que ya no estamos en solamente un pueblito de España pero también en sus excolonias caribeñas y latinoamericanas. Funciona para subrayar la narración y ampliar el texto del espacio teatral. En las funciones de Cádiz también sirvió, tanto en la calle frente al teatro como dentro de sala misma, como un enlace cultural que creó un sentido de comunidad latina sin fronteras.

Es un acto atrevido y retante llevar una conocida obra española en una adaptación “flamenco” radical puertorriqueña al Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz. Sin embargo el encuentro resultó ser uno harmónico y muy apreciado. Porque la recepción de “Hij@as de la Bernarda” por el público de Cádiz fue asombrosa. Ellos seguramente sabían del camino desastroso del huracán María y el sufrimiento del pueblo de Puerto Rico enfrentando la destrucción y la oscuridad de las semanas después y fallos de la supuesta recuperación. Pocas veces en el teatro me he sentido tan orgulloso como me sentí después de la segunda función en Cádiz cuando la directora habló de las condiciones actuales de Puerto Rico y la labor requerida para hacer llegar la obra y su reparto para el Festival. En ese momento éramos todos –en escena y en el público—puertorriqueños llorando profundamente desde España por nuestro país.

El teatro se monta a través de momentos gráficos y detallados. Así la música, las luces, los vestuarios, la coreografía y la narración coinciden intercaladas en el mismo espacio. Cada momento, cada detalle se reverbera en los demás. En un momento dentro de la oscuridad del luto se abre una ventana.

CRUCIGRAMA: Máximo Gómez

Horizontales

2. ______; país caribeño donde Gómez vivió exiliado en 1878 por su participación en la Guerra de los Diez Años.

7. Máximo Gómez _____; General en Jefe de las tropas revolucionarias cubanas en la Guerra del 95.

8. Usted, abrev.

10. Guayará, desmenuzará.

11. Símbolo del praseodimio.

12. Terminación verbal.

13. _____ York; ciudad donde se conocieron Martí y Gómez.

14. Órgano de la visión.

17. Máximo _____ Báez; prócer dominicano, héroe de la independencia de Cuba. Se incorporó al ejercito mambí el 14 de octubre de 1868.

18. Murmura.

21. País caribeño donde descansan los restos de Gómez en el Cementerio de Colón.

25. Nonius, pieza auxiliar que se superpone a una escala graduada y permite aumentar la precisión de su medida en una cifra decimal.

26. _____ Martí; él y Maceo conocieron a Gómez el 2 de octubre de 1884, durante los preparativos para reiniciar la lucha armada en Cuba.

29. Embiste.

31. En la heráldica, pieza que consiste en una faja cuyo ancho es la novena parte del escudo.

32. Anaïs _____; autora de Pájaros de fuego y Henry y June.

33. Auxilio.

34. Altar.

35. Coaliguen.

37. Yerras.

39. 18 de _____ de 1836; nacimiento de Gómez.

42. Asistir.

44. Escucha.

45. Guerra de los Diez _____; Gómez fue general en dicha contienda.

46. Cincuenta en números romanos,

47. Ahora.

48. _____ Gómez Báez; el 25 de marzo firmó con José Martí el Manifiesto de Montecristi, programa de la Revolución de 1895.

49. Flechas.

Verticales

1. República _____; cuna del general Máximo Gómez.

2. Sarmientos delgados y estériles que echan las vides por la parte de abajo y junto al tronco.

3. Casualidad, caso fortuito.

4. Sacerdote.

5. Escudo de cuero, ovalado o de forma de corazón.

6. Diminutivo de viejas.

9. Tisana.

14. Se atrevió.

15. 17 de _____ de 1905; fallecimiento de Gómez.

16. Cumbre del pirineo navarro.

19. Uno.

20. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

22. Que produce provecho.

23. _____; poblado de la provincia de Peravia donde nació Gómez.

24. Antes de Cristo.

26. Interjección.

27. Rezar.

28. Cesta grande, regularmente sin asas.

30. Burro.

31. Gustavo _____; personaje de la obra de Roberto Arlt, El traje del fantasma.

36. Del verbo encoger.

38. Sonreíste.

40. El _____ o Chino Viejo; con estos apelativos fue conocido Gómez por sus íntimos.

41. Metes a alguien en el agua para lavarlo, para refrescarlo, o con fines medicinales.

43. Carril de ferrocarril.

45. Quejido.