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Topografía: Un pequeño Alejandro

Posiblemente sus padres lo nombraron así pensando que sería un gran rey como Alejandro Magno de Macedonia, el discípulo de Aristóteles que expandió el Imperio griego hasta la India. Fue hijo de la pobreza y posiblemente vivió en su imaginación intrincadas tramas de películas de espías con el escenario de la llamada Guerría Fría en las que combatiría heroica y secretamente el Comunismo, ese gran fantasma que recorría el mundo. Era un joven mulato, de pómulos sobresalientes, de pelo crespo, que sonreía con frecuencia. Cuando lo conocimos, estudiaba en la Gabriela Mistral. Se acercó a la Federación de Estudiantes Pro Independencia (FEPI). Siempre venía él solo, no tenía ningún grupo organizado en su escuela y muchas veces tenía dinero para invitar. Más de una vez nos tomamos más de una cerveza. Misteriosamente (aunque podemos adivinar la causa) logró entrar a la UPR de Río Piedras (en la que no pudo permanecer por su bajo promedio) y allí formó parte de la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI). No sabíamos, aunque algunos lo sospecharon, que trabajaba para la Policía. En el 1978 se haría famoso con los asesinatos del Cerro Maravilla. Tal vez para él esa sería la cumbre de su película mental anticomunista y antiindependentista.

Acaso porque era del barrio Monacillos (plural del diminutivo de monje, en latín) la Policía lo bautizó con el pseudónimo de “fraile”, lo que sugiere devoción religiosa a una causa. Curioso contraste: fraile viene del latín frater, que quiere decir hermano. Pero su conducta no fue fraternal, aunque con los otros “hermanos” de la policía sí lo fue. No obstante, habría que ser cauteloso con la afirmación, pues la “hermandad” de la Policía puede ser muy peligrosa (según se verá más adelante).

Algunos dirán que fue un traidor. Pero seamos justos. En rigor, no se le puede calificar así porque nunca formó parte del movimiento estudiantil independentista. Es decir, no traicionó la causa independentista porque esa nunca fue su causa. Sí se podría decir que fue “fiel” a su “causa” anticomunista y antiindependentista como informante, agente encubierto o espía en su mente cinematográfica.

¿Cómo fue posible que aquel joven, que engañaba a los otros haciéndose pasar por “compañero”, nunca dudara de su propia ideología y no fuera sensible al hermoso compromiso de los otros jóvenes con su país, ante tanta camaradería y alegría de vivir en la lucha? ¿Cómo fue posible tanto extravío? Nunca sabremos si alguna vez dudó. Parece poco probable.

Aunque pueda verse como punto de partida, la pobreza por sí sola no explica este fenómeno. Se puede nacer pobre, pero no fanático. Eso viene después. Es profundamente triste constatar en este caso el poder esclavizante de la ideología, toda esa red de creencias, ideas, actitudes, costumbres etc. que conforman y a la vez encarcelan la mente de una persona.

La ideología fanática y los delirios de grandeza de espía torcieron el espíritu de aquel joven que no pudo o no quiso ejercer la libertad radical de todo ser humano para liberarse a sí mismo de la basura ideológica y ver el mundo desde un punto de vista diferente. Fingió (como un actor) y nos mintió todo el tiempo, animado por mucha ideología y poco dinero. Redactó informes para la Policía en los que ponía al tanto a sus superiores de nuestras reuniones, los temas de discusión y los asistentes, ¡y hasta la boda de un compañero! Todas, actividades legítimas y legales. Exageraba y distorsionaba la realidad y cobraba su dinerito. Una somera mirada a las carpetas basta para comprobarlo. Triste destino el de un pobre y fanático. Tal vez soñaba que a consecuencia de sus triunfos, como episodios de una gran película épica, escalaría en la jerarquía policíaca boricua o en la militar norteamericana.

Gracias al libro Réquiem en el Cerro Maravilla, (1987) de Manuel Suárez, y al artículo de Nydia Bauzá en Primera Hora, “A 38 años del Caso Maravilla” (23 de julio de 2016) sabemos algo más del personaje. En el capítulo titulado “El nacimiento del fraile” (págs. 44 a 51) y en el artículo periodístico corroboramos algunos datos.

El pequeño Alejandro nació el 20 de mayo de 1957, fue reclutado en 1973, a los dieciséis años, por el agente de inteligencia Carmelo Cruz Arroyo. Empezó como informante mientras era estudiante de escuela superior. Al comienzo, estuvo dispuesto a informar de gratis, pesaba más la ideología, pero después le creció la ambición. Su primer pago fue de 15 dólares. Para el 1977 pasó de informante a agente encubierto y ya en 1978 se inició en actividades clandestinas contra el independentismo. Además de su pseudónimo, el fraile, su clave de identificación al llamar a la Policía sería 80H6.

Sabemos que Alejandro Magno nació hijo de un rey, extendió la cultura griega hasta la India y, como tantos reyes de la historia, parece que perdió el norte. Alejandro de Monacillos, el pequeño, fue hijo de un furibundo anexionista ya en la senectud. Su mismo hijo nos decía que había sido engendrado por un viejo. Nunca lo pudimos constatar pues nunca estuvimos en su casa. M. Suárez confirma que el padre tenía 85 años cuando la Policía reclutó a su muchacho. ¿Hijo de la vejez biológica e ideológica? A diferencia de Alejandro de Macedonia, el único imperio que expandió el de Monacillos fue el de su ridículo ego, fanfarrón y fanático, y su falta de humanidad. Oportunidades tuvo para crecerse y transformarse gracias al contacto con gente noble y comprometida con el país. Pero ya su mente esclavizada se había adentrado en una trama cinematográfica sin regreso.

En estos tiempos de creciente antagonismo político (la Junta de Control y el gobierno fanático anexionista vs. el movimiento de los estudiantes, los trabajadores, los maestros, los jubilados etc.) y en que se exacerban la viejas ideologías antiindependentista y anticomunista conviene recordar el engendro policíaco que es el agente encubierto. ¿Cuántos hijos de la pobreza no estarán ahora mismo a la merced de un dinerito fácil, y lo que es peor, vulnerables de manipulación por la ideología simplona y esclavizadora que dicta que todo reclamo democrático ante el poder colonial es obra de un secreto Enemigo que debe ser aniquilado a toda costa? ¿No comunican eso con sus palabras y acciones los administradores coloniales de la Fortaleza y la Legislatura, ayudados por la Policía y algunos en la Rama judicial?

Al pequeño Alejandro, la Historia no lo premió por su actuación. Tristemente, en abril de 1986, murió asesinado a balazos en la marquesina de la casa de su madre. El crimen nunca se esclareció. El rumor popular afirma que lo mató la misma Policía, hermandad peligrosa, para evitar que el “hermano” hablara de más.

Aunque produzca rabia e indignación, no debemos olvidar esta historia alejandrina. Debemos estar en guardia ante los pequeños posibles alejandros. Sin duda, cada uno viene con una terrible película bajo el brazo.

El autor es poeta y profesor de la UPR en Río Piedras.

Un cumpleaños que fue un disfraz

Rondan las 8:00 de la noche y ante una gran representación de la clase artística con consciencia social del país, Mari Mari Narváez dirá al micrófono que la realización de la “actividad intelectual” acabada de iniciar era el pretexto para celebrar el sexagésimo noveno aniversario del querido poeta, pintor y exprisionero político, Elizam Escobar.

Todos y todas en el público se reirán de lo que dice Mari Mari. Elizam, ataviado con uno de los sombreros que siempre lo distinguen, también sonreirá. Esa es la magia del arte consciente y de la comunión que propicia entre sus creadores y creadoras: se tornan inseparables la lucha, el arte, la amistad y la celebración de la vida.

Parecería que Escobar prefiere celebrarse con presentaciones de libros que con festejos de cumpleaños. Para complacerlo, coordinarán una actividad en la que la presentación de su Obra Poética será el disfraz de una fiesta de aniversario. El Museo de Arte Contemporáneo en Santurce será el espacio escogido para el lanzamiento del poemario y para cantarle a la vida de este luchador incansable. ¿Por qué no festejar ambas cosas a la vez?, pensaron quienes coordinaron la velada.

Es miércoles, 24 de mayo de 2017 y Escobar agradece sesenta y nueve años de vida. Justo en esta ocasión, agradecen junto a él muchos de sus amigos y amigas, esos que también admiran la gesta patriótica del homenajeado y pueden atestiguar la calidad de persona y de artista que es.

Varias velas encendidas custodian una mesa larga reservada para los camaradas de Elizam que han vivido años tras las rejas por defender la independencia de Puerto Rico. Hace tiempo no se sentaban juntos a la mesa porque faltaba Oscar López Rivera. Y allí estaba repartiendo abrazos con su cuerpo menudito y su mucha ternura luego de la victoria de la unión de pueblo. ¡Gran obsequio para Elizam en sus sesenta y nueve!

De fondo las cuerdas de varios instrumentos suenan. Además, lo hace el piano que toca Tato Santiago. Se escucha “Gracias a la vida”. Canción dos veces extraordinaria: uno por la letra escrita por Violeta Parra; dos porque quien la canta esta vez es Chabela Rodríguez.

Más tarde, declaman poesía Che Meléndez y los jóvenes Alejandro Molina e Isamar Anzalotta. Les sigue en la declamación el propio Elizam. Los versos escogidos para compartirle al público son de su Obra. Luego Elizam también canta. Es feliz. Durante la noche, pasarán por el micrófono Andy Montañez, la alegría de Teófilo Torres con su personaje de Pateco, y las palabras de Cancel Miranda y de Oscar.

En fin, reinó el arte aquella noche en el patio interior del Museo. “La vida no tiene sentido; hay que dárselo. Y el arte sirve para eso”, me expresó una vez Elizam, quien desde que estuvo en prisión practica el arte libertador. No resultaría extraño que los tantos artistas presentes durante esa velada de festividad se hagan eco de esa expresión.

Trans-Mission de Barbra Herr en el Teatro Círculo de Nueva York

Legendaria. Inspiradora. Apasionada. Rabiosa. Graciosa. Y más que nada, sumamente conmovedora. La veterana diva del performance transgénero en Puerto Rico Barbra Herr presentó su monólogo original Trans-Mission bajo la dirección del destacado director Luis Caballero del 5 al 14 de mayo en el Teatro Círculo, localizado en el 64 del este de la calle cuatro de Manhattan. Contó con música original por Vir-Amicus y un bien efectuado diseño lumínico por Omayra Garriga. La obra testimonial fue principalmente en inglés pero incluyó diversos textos en español que recalcaron el carácter bilingüe de la vida de la protagonista y de sus relaciones con su familia y sus amistades. Formó parte de la cartelera de la CallBack Series 2017, que también incluyó Adorno del Al Margen Flamenco Dance Company, Olvidadas del dramaturgo venezolano Pablo García-Gámez y Secretos prohibidos de la boricua Tere Marichal bajo la dirección de Rosabel Otón.

Tras más de cuarenta años de carrera artística y de veinticinco años viviendo como mujer, Barbra Herr se prepara para su cirugía de reasignación de sexo (CRS) en junio de este año, aprovechándose del acceso médico que recibe bajo el plan de salud nacional estadounidense llamado la Ley de Cuidados de Salud Asequibles (“Obamacare”) y las leyes del gobernador Andrew Cuomo del estado de Nueva York, las cuales facilitan el acceso bajo Medicaid a todos los servicios médicos necesarios para las personas transgénero, incluyendo tratamiento de hormonas, consejería y cirugía. Todo bajo la nefasta sombra de la nueva administración presidencial que amenaza limitar severamente este plan de salud.

¿Cómo es la vida de una persona que no se identifica con el sexo o género al que fue asignada al nacer? ¿Qué retos enfrenta con su familia, con sus parejas, con el sistema médico y con la sociedad? ¿A qué substancias clandestinas se sometió en su búsqueda de transformar su cuerpo? ¿Y cuál es la particularidad diaspórica y puertorriqueña de esta experiencia para un niño que nació en el Bronx a mediados de los años cincuenta, que creció y vivió entre la isla y el continente y que es reconocida por una larga trayectoria artística?

Barbra Herr, quien a sus 61 años luce sumamente joven, se ha ganado una bien merecida fama en el ambiente gay por sus presentaciones que comenzaron en los años setenta como transformista en Puerto Rico y en Nueva York en discotecas y clubes nocturnos tales como Stars (espacio de ambiente localizado en el penthouse del Atlantic Beach Hotel en el Condado), El Monster en Greenwich Village en Manhattan y otros locales en Queens. Ha aparecido en varias películas, incluyendo en un documental dedicado a su vida titulado Portrait of a Lady: Story of Barbra Herr de 2009. Más recientemente, protagonizó un cabaret titulado I’m Still Herr, juego de palabras que se vale de la multiplicidad de significados de su nombre artístico (“her” que equivale a ella; “here” que quiere decir aquí) para contar cómo Bobby Hernández llegó a ser quién es. El Herr del título, apócope de su apellido, indica que “todavía estoy aquí” y “todavía soy ella”. Este cabaret se presentó en el Bronx Academy of Arts and Dance (BAAD!), en FUERZAfest (un festival LGBT latino) y en el Duplex (un bar en el Village) bajo la dirección musical de Rachel Kaufman y estaba estructurado alrededor de diversas canciones que Herr interpretaba con su propia voz y no con el doblaje que también utiliza en algunas presentaciones, por ejemplo en el divertido espacio santurcino Zal Zi Puedes.

Trans-Mission está estructurada como una serie de consultas con distintos psiquiatras a quienes Barbra les cuenta su historia, a veces por problemas emocionales, otras para recibir el consentimiento necesario para hacerse la cirugía. Comienza con el Dr. Fishberger, un consejero malhumorado a quien ve en 1996 por ataques de pánico. De ahí pasa en 2000 al Dr. Schmitt, un médico alemán que habla con un fuerte acento, lo cual lleva a graciosos malentendidos (él le dice “Let your mind wander” y ella le pregunta “Who is Vanda?”). La más larga relación es con la doctora Matthews, una mujer rubia del Midwest que la atiende antes de pasar a otro más que le firmará el documento final. Ante sus insistentes preguntas, le afirma que se identifica como mujer heterosexual que busca sincronizar su cuerpo con su identidad y que por supuesto que orina sentada. Los médicos van dialogando con Barbra a través de grabaciones o voces en off. (Como indica el programa, son las voces de Cassandra Douglas, Michael Gobberts y Ranardo-Domenico Grays.)

Como parte de estas consultas, Barbra va contando anécdotas de su vida, desde su infancia hasta la adultez, a veces en orden cronológico, otras no. La estructura de la confesión terapéutica no es muy innovadora a nivel teatral pero le facilita a la actriz un marco para su narración. Mientras Barbra se mueve entre las dos sillas y el sofá del escenario, vamos imaginando esos cuerpos ausentes, figuras de la autoridad que tienen su futuro en sus manos. Aquí oímos un episodio de niñez cuando a los 5 o 6 años se puso el vestido de novia de su madre y se quedó dormido, recibiendo senda paliza cuando la mamá lo encontró así. También nos cuenta sobre la primera vez que se enamoró a los 10 años de un muchacho llamado Anthony Correa que estudiaba con ella en el St. Anselm School en el Bronx. Luego narra un violento episodio que ocurrió en 1970 cuando tenía 14 años en el locker room de la escuela superior DeWitt Clinton en el Bronx. En esa ocasión, casi fue violada por cuatro varones mayores que la agarraron en el baño después de la clase de educación física. Como consecuencia, el joven protagonista, un niño delicado y afeminado, faltó a la escuela por 90 días por miedo a la que se repitiera la violencia, pensando que no le podía contar a nadie lo que había sucedido.

Poco después la familia se muda a Puerto Rico; aquí nos cuenta la tierna historia de su relación en 1973 con un muchacho blanco, rubio, de ojos azules a quien le daba tutorías de inglés con quien se besó a espaldas de su mamá (“¡Estoy aquí por si necesitan algo!” dice imitando a su madre y todo el público se ríe); este primer beso le causa un ataque de ansiedad y sale corriendo. Cuando lo volvió a ver cinco años más tarde durante una presentación transformista en San Juan y vestida de mujer, su amigo la rechazó y salió sin hablarle. También relata cómo regresó a Nueva York en 1973, poco después de la muerte de su madre por causa de un derrame cerebral y de graduarse de escuela superior, a cursar estudios de peluquería, los cuales llevaron a su primer noviazgo con Leo, otro estudiante de peluquería que no sabía apreciar la mujer que Barbra llevaba dentro. De hecho, la actriz identifica la transfobia de los hombres gay como uno de los retos que más la ha marcado, junto al deseo de que el mundo deje de verla como aberrante o monstruosa.

Uno de los temas principales de la obra es la violencia doméstica, particularmente en relaciones con hombres de carácter inestable. Barbra va haciendo una larga lista: Johnny Lee, un kickboxer mentiroso usuario de drogas que la dejó por una mujer; el romántico Juan Carlos (un ángel en comparación a los demás), quien luego le cuenta que nombró a su hija Bárbara en su honor; y un pentecostal con muchos complejos. Una regresión de hipnosis (el único evento inventado de la obra, según comentó la actriz más tarde) la lleva a recordar una relación particularmente traumática marcada por la violencia de su compañero Eddie, quien usaba drogas y alcohol y que la amenazó de muerte, evento que Herr recrea en el escenario con gran acierto. Este episodio la dejó hospitalizada por un posterior atentado de suicidio por sobredosis de Klonopin.

La mejor y más lograda parte del espectáculo es el extraordinario monólogo final, en el que la actriz va trazando las partes de su cuerpo, hablando sobre su concepción de ser, las luchas políticas, su deseo de simplemente poder vivir su vida y de cumplir su misión, es decir, su trans-misión, un acto comunicativo y vivencial que tiene que ver con el activismo político y la transformación personal y social. Ha pagado un alto precio por todos estos cambios, que incluyen el consumo de peligrosas hormonas clandestinas que le compraba a un tal “Dirty Bob” en un bar y sus cirugías de feminización en Guadalajara, México. El gesto de fragmentar el cuerpo y presentarlo parte por parte se parece al extraordinario monólogo de la Agrado (personaje interpretado por la brillante actriz transexual española Antonia San Juan) en el legendario filme de Pedro Almodóvar Todo sobre mi madre. La versión de Herr es sumamente personal, sincera y conmovedora.

En los conversatorios que se dieron después de la obra, Herr explicó que la estructura de la obra surgió a partir de limitaciones económicas, por no poder pagar los altos costos de derechos de autor que requería bajo las normas de ASCAP (la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores) para usar canciones de otros artistas al presentarse en un teatro profesional “Off Off Broadway”, a diferencia de los bares, las discotecas y los centros culturales más pequeños donde acostumbra hacer sus espectáculos. Según la artista, Luis Caballero la seguía instando a que escribiera más y más. La artista también recalcó la importancia de que mujeres trans interpreten los papeles de mujeres trans, señalando a las pioneras Lorraine Cox, Candis Cayne y Alexandra Billings como importantes modelos.

Asistí a dos funciones de la obra. La primera, el viernes 12 de mayo, estuvo completamente vendida. En el público se encontraban destacadas personas del ambiente LGBT puertorriqueño tales como el profesor Rubén Ríos Avila, quien dirige el programa de creación literaria en New York University; su compañero Javier Laureano, autor de San Juan Gay: Conquista de un espacio urbano de 1948 a 1991; el fotógrafo Luis Carle, cuya foto de las activistas transgénero puertorriqueñas Christina Hayworth y Sylvia Rivera se encuentra en la Galería Nacional de Retratos de la Institución Smithsonian en Washington, DC; y la reconocida actriz Selenis Leyva, conocida por aparecer en el programa de Netflix Orange Is the New Black. La segunda función, un poco más íntima y menos concurrida, fue el sábado 13 por la tarde y contó con la presencia de las hermanas gemelas Lauren Vélez (reconocidísima por su participación en numerosas series televisivas y películas) y Lorraine Vélez, también actriz, al igual que con el profesor Arnaldo Cruz-Malavé (autor de Queer Latino Testimonio, Keith Haring and Juanito Xtravaganza: Hard Tails) y la profesora Vanesa Pérez Rosario, autora de Becoming Julia de Burgos: The Making of a Puerto Rican Icon. Sin lugar a dudas, TRANS-MISSION fue un evento cultural de gran envergadura y con profundo impacto social.

Será otra cosa: Fuácata

Por el personaje de Mario Conde supe lo que significa “estar en la fuácata”. Según la jerga cubana que registra Leonardo Padura en su obra, Conde, el expolicía de La Habana convertido tras su jubilación en detective, vendelibros y lo que hiciera falta, elabora sobre la definición del estado de la fuácata como “inopia, pobreza, penuria”. Para aclarar la expresión nuestro detective le explica a su cliente, un pintor con especial interés en la escuela holandesa del siglo XVII, que estar en la fuácata es estar “Como Rembrandt cuando le quitaron su casa con todo lo que tenía adentro”(142).

Mario Conde casi siempre se encuentra en aprietos o estrechez económica y acepta meterse en mil entuertos para paliarla o entretenerla. Es curioso que en Puerto Rico, al menos hasta donde sé, la palabra fuácata se utilice a modo de interjección, como el ruido de un golpe, como lo es “plop” de Condorito. La fuácata de Conde se acerca más a nuestro “estar pela’o o pelá” o “en la prángana”.

Otras expresiones que refieren a este tipo de carencia se elaboran a partir del verbo tener (o su falta, no tener/carecer). En México y Guatemala eso de estar en la prángana se expresa con un no tener ni un varo (el varo alude a una moneda, en este caso a su desposesión). Muy parecido a nuestro No tengo chavos que es lo mismo que decir que no se cuenta con dinero. La pelambrera se ha arrastrado unos cuantos siglos porque la palabra chavos viene de la antigua moneda española que pesaba un octavo de onza (octavo/ochavo/chavo).

Por otra parte, es común que en la lengua se registren expresiones similares tanto para apuntar la delgadez física como la precariedad: “Estar en la quilla” puede servirnos de ejemplo. La quilla es la pieza que va desde la popa hasta la proa por la parte inferior de una embarcación. Esta expresión probablemente provenga del castigo que se les imponía a los marineros cuando se les torturaba haciéndoles estar y pasar por ella; arrastrándolos a lo largo –y bajo el agua– de la quilla.

De todas las expresiones, fuácata es la más que me llama la atención por su polivalencia; puede ser un estado, un sonido, un cantazo. Mario Conde lleva la fuácata como rasgo identatario, de ahí el uso del verbo estar más que como un estado cambiante como una característica o lugar permanente. En Puerto Rico la expresión fuácata parece más pasajera, es un golpe o un sonido de poca duración. Me pregunto entonces, en nuestro contexto insular, ¿cuántos golpes se necesitan para hacer de la fuácata un estado permanente? ¿O acaso faltarán castigos y cantazos para darnos cuenta que nos pasan por la quilla?

¿Cuántos boricuas en Grandes Ligas?

Aunque el deporte sea una ciencia exacta en todas sus expresiones, especialmente en las estadísticas, la compilación histórica de los peloteros puertorriqueños en las Grandes Ligas no es simplemente la suma matemática de todos los que han jugado que consideramos boricuas que han jugado.

Eso nos lleva a la primera “gran definición”, que es cuáles son los requisitos para que se considere como “boricua” a un pelotero. Durante décadas el único criterio fue el haber nacido en Puerto Rico.

Así que, por ejemplo, técnicamente, Valmy Thomas fue el primer receptor “puertorriqueño” que vio acción en las Grandes Ligas, aunque hay algunos compas que pretendían excluirlo por haberse criado en las Islas Vírgenes.

Posteriormente, la puertorriqueñidad se extendió a los llamados “hijos de”, lo que aumentó considerablemente el banco de atletas disponibles para representarnos internacionalmente. En ese grupo habría que incluir a docenas de peloteros de Grandes Ligas, como Edgar Martínez, por aquello de no meternos con los de otros deportes, como baloncesto.

En esa misma apertura pasaron también “los que han adquirido elementos legales como matrimonio y adopción, aunque han sido muy pocos los que han reclamado la “puertorriqueñidad” por esas vías.

Aparte de los mencionados, en muchos deportes prevalece el criterio de residencia para aquellos ciudadanos estadounidenses que no hayan competido por ese o cualquier otro país. De todas maneras, a grandes rasgos, esos han pasado a ser los requisitos básicos para definir la puertorriqueñidad en el deporte, especialmente el de béisbol.

Recientemente, prácticamente todas las federaciones deportivas han incluido a los llamados “nietos”entre sus jugadores elegibles, de los que únicamente tendrán que salir los y las atletas que nos pueden representar internacionalmente. Así incorporamos al lanzador Seth Lugo al más reciente Clásico Mundial de Béisbol.

Crescioni etiquetó a Eduardo Pérez

Aunque la inmensa mayoría de nuestros atletas llenan al menos uno de esos requisitos, hay otros que no lo hacen, lo que abre su elegibilidad a discusión.

Aun pasados por ese filtro tan riguroso, hay ocasiones en que hay discrepancias. Hace década y media, nuestro compañero y hermano José Crescioni, quien era abogado de oficio, pero mediador en la práctica, recurrió al “sentido común” o al llamado “menos común de los sentidos”, para tirar la raya. Por ejemplo, Crescioni etiquetó a Eduardo Pérez como boricua, aunque nació en Estados nidos, hijo de una pareja de cubanos residente en la Isla durante largo tiempo. Además, Eduardo estudió y se graduó de escuela superior en Puerto Rico, aquí se casó y aquí nacieron sus hijos. Para completar, Eduardo siempre se ha identificado como “pelotero puertorriqueño” y por nosotros jugó y trabajó en la dirección de los equipos que nos representaron en ediciones del Clásico Mundial de Béisbol.

Armando Moreno no fue “rompe huelga”

Por otro lado, el nombre de Armando Moreno, de “forma incorrecta”, muchas veces se asocia al de Joel Chimleis como peloteros puertorriqueños que estuvieron en “roster” activo en las Grandes Ligas, pero que no vieron acción en el mejor béisbol del Mundo. De hecho, sus casos son completamente diferentes, aunque ambos defendían posiciones, las mismas posiciones del cuadro interior.

En 1980 y ocho años después de haber sido seleccionado en el “draft” por Montreal, Moreno fue incluido en al “roster” oficial de los Piratas. Sin embargo, una lesión a un compañero suyo obligó al equipo a realizar ajustes sobre la marcha, uno de los cuales fue devolver al Boricua a las Menores.

Así que finalmente, Moreno solo estuvo un día oficial con el equipo grande (5 de agosto de 1990), en el que no vio acción.

Chimelis no jugó por ‘rompe huelga”

Recientemente escribimos en detalle sobre Chimelis, cuyo equipo –San Francisco–, lo necesitaba malamente, aunque fuera por unos días, tras la lesión de uno de sus regulares del cuadro interior.

Aunque fue una situación mega incómoda para todas las partes, prevaleció la posición del sindicato de los peloteros de los Gigantes, adscritos a la entonces ya poderosa Unión de Peloteros de Grandes Ligas.

Es cierto que hubo hubo excepciones, pero los equipos de las Mayores contrataron como “reemplazos” mayormente a peloteros sin experiencia en las Mayores y a uno que otro veterano que había ensuciado el uniforme de Grandes Ligas. El tercer grupo estaba compuesto por jóvenes de limitadas posibilidades de ser contratados en Liga Grande.

Chimelis tenía calidad suficiente para jugar al más alto nivel, pero el hecho de haber sido “rompe huelga”, lo sacó de carrera, como se comprobó en este caso, ya que fue reclamado dos veces por los Gigantes y en esas mismas dos ocasiones rechazado por compañeros de equipo, con el respaldo de los directivos del Sindicato.

Revisión histórica de todos los peloteros

A mediados de la década del ochenta, la organización Mayor League Baseball ordenó una revisión completa de todos los peloteros que habían visto acción o al menos habían estado en roster de las Mayores, aunque no hubieran participado.

Los casos como los de Chimelis y Moreno fueron mínimos, mientras la mayor parte de los 1,800 corregidos contenían información incorrecta de nombre y/o apellido o aun fecha de los peloteros en cuestión.

4 boricuas debutantes en 2017

Por otro lado, cuatro puertorriqueños han debutado entre los sesenta que lo han hecho en las Mayores en lo que va de temporada.

Ellos han sido los lanzadores Joe Jiménez (Detroit) y Emilio Pagán (Seatlle), el antesalista Christian Arroyo (San Francisco) y el jardinero Danny Ortiz (de Pittsburgh). Este último, primero fue incluido en la lista de peloteros que estuvo activo en el roster, pero que no jugó y luego fue subido y oficialmente tuvo su llamado “Bautismo de Fuego” en las Mayores.

En resumen, pienso que Euardo Pérez debe ser considerado boricua, al igual que todos los nacidos en Estados Unidos, mientras tengo dudas sobre si Moreno y Chimelis deben estar en la lista de los puertorriqueños en las Grandes Ligas.

Se fijan que no es tan fácil, como contarlos uno por uno.

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