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Crucigrama: Nicolás Guillén

Horizontales

2. Nicolás _______; poeta cubano; autor de Allá lejos; Angustia cuarta; West Indies LTD.; El son entero; y, Ácana.

8. _______ mínimas; poema de Guillén.

9. Pronombre posesivo.

11. Preposición.

12. Apócope de nada.

13. Pájaro.

14. Antiguamente la nota do.

15. Señor; abrev.

16. Símbolo del neón.

17. Cordoncillo de seda.

20. Roberto _______; jugador puertorriqueño de béisbol en las Grandes Ligas.

23. Ameos.

24. _______ cosongo; (1931) poemario de Guillén.

27. Bóvido salvaje.

28. Dios mesopotámico.

30. Preposición.

31. Sociedad Anónima.

32. La _______ Mayor; poema de Guillén.

33. 10 de _______ de 1902; nacimiento de Guillén.

36. Poema de Guillén.

38. El _______; poema de Guillén.

41. Poemas de _______; (1964) poemario de Guillén.

44. Fiel.

47. Aféresis de nacional.

48. _______ Guillén; falleció en 1989. Autor de Sóngoro cosongo; Poemas de amor; El gran zoo; y Canción puertorriqueña.

50. _______ María; poema de Guillén.

51. Bóvido tibetano.

53. Wifredo _______; pintor cubano fallecido en París en 1982.

Verticales

1. Angustia _______; poema de Guillén dedicado a Federico García Lorca.

2. Ave palmípeda, fem. pl.

3. Utilizarlo.

4. Satélite de la Tierra.

5. Del verbo emanar.

6. Rasó.

7. El son _______; (1947) poemario de Guillén.

10. Conozco.

11. Símbolo del europio.

18. Árbol nacional de Argentina.

19. Carril de línea vía férrea.

21. La nueva _______; poema de Guillén.

22. Labran.

25. Negación.

26. Pronombre.

29. Enliar.

32. Eucalipto.

33. San _______; capital de Puerto Rico.

34. Lengua provenzal.

35. Apófisis del omóplato.

36. Símbolo del oro.

37. _______ lejos; poema de Guillén.

39. Faja de tierra inmediata al agua.

40. Diosa de la Tierra.

42. Antología _______; (1972) poemario de Guillén.

43. Abraham _______; ciclista español.

45. Interjección.

46. América del Norte.

49. Recaer.

52. Patria de Guillén.

54. _______ Indies LTD.; (1934) poemario de Guillén.

57. Nota musical.

55. Organización de Naciones Unidas.

56. Pasé la vista por lo escrito.

57. Virtud teologal.

58. Jarabe.

59. Anillo.

60. Carta de la baraja.

EL ENCANTO DE LAS VISITAS

Un ahogo con un trozo de carne en el que el hambre y el afrentamiento nublan juicio y prudencia, un pistoneo súbito del delicado aparato cardiovascular, un balazo, un batazo. La vida pende de un hilo. A la menor provocacion baja el telón. Finito, kaput.

En el ínterin, uno sigue siendo el perro que siempre fue, aquel que si no se la come, la huele, el bribón el zascandil.

Aquella mañana guardaba yo cama con restricciones de no ambular ni por la habitación. Contemplaba el hilo raído de mis vitales. Me entretenía leyendo un artículo sobre los huevos benedictinos sabiendo que ya no podría comerlos por su peligrosidad, por el riesgo de salmonela en alguien cuyo corazón era una consola mecánica en cuatro ruedas.

Tocaron a la puerta y a seguidas entró un ministro recién estrenado en el oficio. Por el brillo de sus ojos parecía que no hacía ni seis meses lo habían tumbado del caballo. Llevaba mahones y jacket de cuero. Era hombre tosco, pero me llamó brother con empatía, como si mi dolor fuera el suyo.

Me preguntó el nombre y, como pasa de corriente, empezó a decirme míster Alaska. Velázquez es hueso duro para los angloparlantes. Durante la conversación que fue breve me habló del señor y su mano poderosa y cuarenta pendejadas más que escuché con silencio educado porque el hombre sentía lo que decía y eso se respeta, salvo en los asimilistas.

Le interrumpí y le pedí de favor que me consiguiese una Biblia. Entonces, el converso estalló como cuando el caballo al que uno le ha apostado la Durango llega segundo por hocico y uno lo jugó para ganar.

–Maldita sea, mierda, tengo el carro de mi esposa. El mío está en el taller y ese tiene cien Biblias en el baúl. Nadie me las pide pero siempre se anda con ellas porque no se sabe. Dijo con gran enojo dándose manotazos rabiosos en el muslo.

Le dije que se calmara, que podría venir otro día. Me contestó que él manejaba un circuito de visitas y no le tocaba pasar por allí en un mes.

–Porque trabajo, usted sabe.

En el aire se quedó la prognosis de dónde estaría yo dentro de un mes.

Salió de la habitación murmurando, maldita sea, que se habría visto muy feo para un pastor de almas, pero a mí me daba mucha gracia.

Otra visita impensada fue la de un jugador de fútbol de la universidad. Gesto bueno, decente pero inoportuno porque uno que no pesa ni 140 libras y se queda dormido a mitad de conversación no debe recibir visitas de nadie, ni siquiera de los muertos.

Aquel muchacho era un fortachón de casi 240 libras. Apenas cabía por la puerta de la habitación. Había un juego importante y el coach, al parecer, los envió al hospital a visitar veteranos viejos que seguramente eran aficionados al fútbol. Gesto loable y cristiano. Le llaman el apostolado de los enfermos, y, por supuesto, la afición estaba allí, norsas y enfermos pendientes al juego, excepción hecha en mi caso que no entendía un carajo ni me interesaba y, peor aún, confligía en horario con un cooking show de Julia Child y Jacques Pepin, que no me lo perdía.

–Viejo maricón, seguramente pensaban los demás.

Pero el muchacho fue amable y estuvo lo justo. No se me ocurrió pedirle que anotara un gol en mi nombre como recordaba de una película de Ronald Reagan sobre Knute Rockne, One for the Gipper, creo que se titulaba.

Puntualmente se despidió con cordialidad y me dijo que si necesitaba algo que no titubeará en pedirlo.

Le pedí que me donará el corazón o, en su defecto, que se pusiese en la lista de donantes.

Hubo un poco de turbación de su parte. Sonrío tibiamente. Seguramente pensó,

–Que viejo hijo de puta….

El rostro femenino de Dios

En el día 12 de mayo, en el Vaticano, al recibir 900 religiosas de la Unión de las Superioras Generales de Congregaciones Religiosas, el papa se dispuso a responder a preguntas de las hermanas. Las interrogantes habían sido enviadas con anterioridad y una de ellas quería saber si la jerarquía de la Iglesia Católica podría ordinar mujeres como diaconisas (ministras). El Papa respondió: “Sí. Vamos a abrir una comisión de estudios sobre eso”. Lo dos últimos papas antes de Francisco habían cerrado cualquiera posibilidad de apertura sobre el tema.

Para la Iglesia, abrir à la mujer la posibilidad de recibir un ministerio ordenado es un cambio más básico y importante que cualquier otro. Actualmente, los pastores católicos piensan en cómo deben actualizar el diálogo con la humanidad sobre cuestiones de moral sexual. Hay otros que afirman: lo esencial es el camino ecuménico –la unidad de las Iglesias. Sin embargo, el reconocimiento de la igualdad entre hombre y mujer en lo que dice con respecto al derecho de ejercer ministerios es una cuestión básica de justicia. El hecho de que las sociedades antiguas eran patriarcales no justifica que hoy nosotros lo seamos. Contra a cultura dominante en su época, Jesús se relacionó con hombres y mujeres y tenía un grupo de mujeres que lo seguía, como hacían los apóstoles (Cf. Lc 18, 1 – 3). La apertura de Jesús a las mujeres fue la semilla del movimiento de promoción de la mujer en el mundo. Por eso, es importante volver a esa intuición original del Evangelio y superar siglos de discriminación y todas las justificaciones teológicas para seguir la marginalización de la mujer en las Iglesias.

Es cierto que, en el inicio, las antiguas Iglesias tenían diaconisas. No si sabe bien que funciones ejercían en las comunidades. Puede ser que, para ser diaconisas, no recibían una ordenación específica, pero, en los primeros tiempos de la Iglesia, ni los mismoa ministerios masculinos estaban muy definidos. Hoy, el papa Francisco dejó claro que no se trata de clericalizar el servicio que las mujeres ya hacen en la Iglesia. Es más bien que el Concilio Vaticano II retomó para la Iglesia Católica la revaloración del sacerdocio común de todas las personas bautizadas. Toda comunidad cristiana es ministerial y la ordinación para ministros o ministras no puede ser un grado de poder. Es una bendición que visibiliza una misión que ya existe. El diaconato femenino revelará aún más el rostro femenino de Dios que nos acoge en su útero de misericordia y nos hace nacer de nuevo para una vida renovada y transformadora.

I/O

I

El reflejo del sol poco a poco va desapareciendo entre torres de cristales que se alzan como espigas translucientes. Wang Jiayi está presto a salir de la oficina donde han transcurrido  seis de sus últimos siete días. Ha decidido que al día siguiente también se presentará a la oficina, pues de lo contrario se expone a no sobrevivir el periodo de prueba. No recuerda cuándo fue la última vez que orgasmó entrelazado a otro cuerpo. Abre Tantan, aplicación geosocial para teléfonos móviles que permite concertar citas. Algo así como un Tinder a la china. El concepto es idéntico: aparece la fotografía del candidato y si la persona que ha hecho aparición en la pantalla reúne los requisitos estéticos del usuario, se desliza la foto hacia la derecha. Consecuentemente, para desaprobar, a la izquierda. Si ambos usuarios han deslizado sus respectivas fotografías a la derecha, aparece un mensaje en el que se anuncia el emparejamiento, quedando así posibilitado un chat para que entren en contacto directo.

En la pantalla aparece lo que a su parecer es la perfecta pretendiente, aunque está consciente que la foto ha sido alterada por alguna aplicación que confiere la belleza en boga. Los ojos redondos distan de los almendrados de sus congéneres, y los labios, en obvia desproporción, focalizan la apetencia carnal. No hace nada más que deslizar la foto a la derecha e inmediatamente aparece un mensaje que le manifiesta, que según los algoritmos que operan tras bastidores, él y ella son el uno para el otro. Ha sabiendas que la candidata en cuestión puede estar simultáneamente hablando con otros, decidió no perder tiempo e invitarla a cenar el mismo día. Si en persona ella resultase radicalmente distinta a la de la foto, pensó, que podía fingir haber recibido un mensaje en el cual se le exigía regresar a la oficina para resolver alguna contrariedad. Y en efecto, la chica que llegó a su mesa era otra que se presentaba bajo el nombre de aquella otra que ya no sabía si existía o no.

O

Para Platón el mundo al cual tenemos acceso por vía de los sentidos, es una copia de las Formas. De ahí la desconfianza de nuestro filósofo hacia los poetas y pintores. Si este mundo ya es una copia, el pintor y el poeta hacen una copia de la copia, haciéndonos quedar distanciados tres veces de la verdad. Dándole la razón a la famosa aseveración de Alfred Whitehead, de que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”. Jean Baudrillard, más de dos siglos después, retomó el tema del simulacro. Sin embargo, el simulacro de Baudrillard es distinto al de Platón. Según él, en el capitalismo tardío, el simulacro no guarda correspondencia con el original; el simulacrum se convierte en la realidad misma, dando paso a la hiperrealidad.

Vamos a un parque temático y nos sumergimos en un pueblo que simula ser Nueva York o Roma, da igual, dándonos la impresión que éste es un modelo de aquella otra ciudad “real”. Lo cierto es que si visitamos la ciudad “real”, ésta, a su vez, está maquillada en cada esquina con propaganda y monitores que nos adentran en ese otro mundo de las marcas corporativas. Es decir, no basta con salir del parque temático para salir de la vorágine de lo hiperreal. Para dar otro ejemplo, Juan se acaba de tomar un selfie y antes de publicarlo selecciona un filtro que le hace resaltar sus abdominales. En la foto los abdominales se ven más reales que los reales. Esto despierta en nosotros el deseo de encontrarnos con Juan y sus abdominales, ¿pero es Juan el de carne y hueso puramente real? Baudrillard diría que no, pues nuestra era parte del modelo o del código. El código del cual Baudrillard nos habla se asimila al código genético, que precede al cuerpo que se formará a partir del primero. Los medios de comunicación de masas transmiten estos códigos moldeando así nuestro diario vivir: Juan habla con la jerga de Daddy Yankee, y su cuerpo, cual valla publicitaria de autopista, nos anuncia las marcas que definen su estilo de vida. Su cuerpo, emulando las formas en que los televisores comunican, es un terminal en el sentido de la informática. Los domingos por la tarde, Juan gusta de  preparar platos exóticos y virales bajo la dirección del tutorial que sus amigos han compartido en sus muros, y, del binomio Hillary/Sanders apoya a Sanders, pues su columnista preferido lo ha persuadido a esta posición. Juan siente cierta afinidad por los partidos de minoría que han surgido en los últimos años en el terreno político de Puerto Rico, pero por aquello de no botar su voto, ya va calculando con ojo pragmático si debe dibujar la x bajo la palma o la pava. Esto nos lleva a otro concepto medular del pensamiento de Baudrillard: el sistema binario de la ideología.

En El intercambio simbólico y la muerte (1976) Baudrillard expone que la ideología opera en términos binarios. Para dar un ejemplo, puesto que somos nosotros quienes a fin de cuentas decidimos entre PNP o PPD; Hillary o Sanders; ver la novela de un canal o el programa de chisme de otro, esto nos crea la ilusión de estar al mando de nuestras decisiones, cuando en realidad la forma en que nos han formulado la pregunta (consulta), ya nos va encaminando a las respuestas posibles. No es lo mismo preguntar ¿qué quieres beber?, a preguntar ¿quieres Coca-Cola o Sprite? Esta estrategia de mercadotecnia es empleada a diario en los restaurantes de comida rápida, cuando nos preguntan si deseamos el combo mediano o grande. Con la omisión de la versión regular se busca manipular la decisión del consumidor, inclinándonos por las opciones que aumentan las ganancias del negocio. Lo perverso de este sistema binario es que imposibilita los cambios drásticos, en virtud de la estructura misma que va creando. En palabras de Baudrillard, “la consulta es en realidad un ultimátum”.

I

El comezón que sentía entre sus piernas tuvo el poder de convencimiento. Pagaría la cuenta de la cena y la invitaría a pasar por su pequeño estudio por varios tragos. Su cama, en la cual apenas cabe una persona de tamaño promedio, sería su cómplice, pues para que ambos quepan, tendrán que quedar en perpetuo roce. Los efectos del alcohol catalizaríanfacilitarían  la consumación de sus deseos.

Ella insistió en pagar su parte. Él insistió fallidamente. Cuando obtuvo el coraje para ejecutar su plan, ella le interrumpió bajando la mirada y mostrándose sorprendida con algún evento que se desarrollaba en el espacio rectangular de su teléfono inteligente. Su jefe la necesitaba urgentemente, dijo, que la disculpara, que estaba en su periodo de prueba.

Henry James no andaba en bicicleta

Ernest Hemingway escribe su primera novela en una buhardilla parisina. El protagonista es un joven norteamericano en París con problemas de impotencia sexual. El joven combatió en la Primera Guerra, donde sufrió una herida “de ésas que no pueden mencionarse, como la bicicleta de Henry”. En realidad, Hemingway había puesto Henry James, no Henry a secas. Pero cuando su editor, el puntillosísimo Maxwell Perkins, le preguntó desde Nueva York de qué diablos estaba hablando, Hemingway contestó muy suelto de cuerpo (todo esto por carta): “¿No es cierta, entonces, la leyenda de que James quedó impotente a causa de un accidente de bicicleta que tuvo de joven?”.

Henry James era todo un tema para los jóvenes escritores norteamericanos que vivían por entonces en París, desde Ezra Pound y Gertrude Stein a Fitzgerald y Hemingway: James era norteamericano pero había emigrado de joven a Inglaterra con el propósito de convertirse en el máximo escritor de lengua inglesa de la época, y lo consiguió. Su cadáver estaba todavía tibio cuando Fitzgerald y Hemingway conspiraban en París para destronarlo: cuando se publicó El Gran Gatsby en 1925, la crítica dijo que era el primer paso importante dado por la narrativa norteamericana desde Henry James y cuando Hemingway publicó meses después su novela Fiesta (en inglés The Sun Also Rises), la crítica dijo que era el mayor estilista vivo de la lengua inglesa –y ninguno de los dos había cumplido los treinta años aún.

Fitzgerald y Hemingway eran la antítesis de Henry James en todo sentido: en lugar de Londres habían elegido París, en lugar del culto a los libros practicaban el culto a la vida (cada uno a su manera), en lugar del bajo perfil cultivaban el estruendo (de nuevo, cada uno a su manera), pero una de las cosas en las que coincidían era en el espanto que les producía a ambos el “bajísimo coeficiente amatorio” de Henry James, su “empecinada soltería”, tal como se aludía eufemísticamente al hecho en aquella época.

Fue Fitzgerald el que anotició a Hemingway de los inconvenientes sexuales de James, nomás leerlo en una carta que su amigo Van Wyck Brooks le envió a París. Van Wyck estaba escribiendo por entonces su célebre libro contra James (que después, durante años, le haría padecer una pesadilla recurrente donde el viejo Henry lo contemplaba con mirada relampagueante, sin decirle una sola palabra). En realidad, Van Wyck sólo contaba en la carta que James no había podido tener hijos por un accidente sufrido de joven apagando un incendio, cuando se incrustó en el bajovientre la palanca de un motor. A Fitzgerald le dio tal impresión en su propio bajovientre que convirtió esterilidad en impotencia y corrió a contarle la noticia a Hemingway, quien lo escuchó a medias, como hacía siempre con todo el mundo, y entendió bicicleta donde debió entender palanca. Cuando publicó su novela, corrió como reguero de pólvora a qué aludía “la bicicleta de Henry”, y desde entonces se dio por hecho que Henry James era impotente.

El último libro publicado por James antes de morir, en 1916, fue una memoria de su infancia y juventud, titulada Apuntes de un hijo y hermano. Veinte años antes había empezado a perder la vista y pasó a dictar sus libros, que se fueron volviendo cada vez más engolados y retóricos. Imagínense los subterfugios y circunloquios y cortinas de humo a los que apeló en ese libro de memorias casi póstumo, cuando se decidió a confesar la verdadera causa de su soltería empedernida. El párrafo (que tiene varias páginas de largo) es tema obsesivo entre los jamesianos desde hace cincuenta años. Lo que se alcanza a entender debajo de la montaña de palabras es que, por culpa de esa “horrenda, oscura herida” sufrida durante un incendio, James no pudo ir como soldado a la Guerra Civil norteamericana, y por la vergüenza de ser el único de su generación que no iba al frente decidió partir a Inglaterra, y por ese encadenamiento de sucesos escribió después los libros que escribió. En suma, que fue gracias a su impotencia sexual que Henry James alcanzó la potencia literaria.

Más o menos ésta es la versión canónica del mito que circula hace más de medio siglo. Se la debemos a Leon Edel, autor de una monumental biografía de James en cinco tomos y sumo sacerdote de los estudios jamesianos en el mundo. Edel dedicó su vida a hacer de James una figura literalmente jamesiana: en los cinco tomos de su biografía hay tantas referencias al sexo como en todas las novelas de James juntas; es decir casi ninguna. Edel logró imponer esta versión de James desde 1950 (cuando apareció el primer tomo de la biografía) hasta unos meses antes de su muerte, en 1997. Entonces tuvo la mala idea de contestarle en público a un joven abogadito que había publicado una biografía sobre Oliver Wendell Holmes, el gran jurista norteamericano, donde afirmaba que Holmes y James habían sido fugaces amantes de jovencitos, antes de la Guerra Civil, y que a causa de aquel desengaño amoroso había partido James a Inglaterra.

El anciano Edel envió a la revista Slate un corrosivo artículo titulado “Lo que Henry no hizo con Oliver”, y ya se estaba limpiando las manos en la servilleta antes de levantarse de la mesa cuando, para su absoluto estupor, el abogadito, llamado Sheldon Novick, contestó con una lista interminable de las inexactitudes que tenía la canónica biografía de Edel y logró que una parte del mundo académico se alineara con él cuando afirmó que ya era tiempo de que alguien escribiera “una biografía de James más útil para el lector moderno”, donde se reconociera entre muchas otras cosas lo que todo el mundo pensaba de Henry James en vida de Henry James.

Como ejemplo, Novick citaba un libro poco conocido de H.G. Wells llamado Boon, donde hay una parodia mortífera de James. Wells describe a su personaje como un mandarín de las letras inglesas que se deja admirar por sus discípulos y planea sus apariciones en público como un estratega de guerra mientras se lamenta por los modestísimos ingresos que le dan sus libros: “He aquí un escritor que nunca descubre nada. Que ni siquiera intenta descubrir nada. Simplemente adscribe a lo que ya han dicho otros. Pero de la manera más elaborada posible. Ésa es su peculiaridad. Ser una de las mentes más prodigiosas que existen a la hora de la elaboración, pero carecer de penetración. De hecho, su problema es la penetración”.

Wells publicó Boon en 1915. Es cierto, nadie muere en la víspera, pero James quedó altamente escorado por el libro porque se consideraba amigo del autor. A Wells, por su parte, le fastidiaban en la misma medida los libros tardíos del viejo maestro y la sensación de que éste estaba medio enamorado de él. Pero cuando vio el daño que le había producido, convenció a su joven amante Rebecca West para que escribiera una biografía sobre James que fuese lo más favorable posible, y se encargó él mismo de enviársela a James. Éste alcanzó a leerla en su lecho de muerte y agradeció desvaídamente, no a la joven autora sino al amigo que se lo había enviado. No hay en el libro de Rebecca West mención alguna a la sexualidad de James. Sí hay, en cambio, en la actualidad, una marca de bicicletas Henry James, que según los fanáticos del ciclismo son las más sofisticadas y hermosas máquinas de dos ruedas que existen en el mundo.

Reproducido de www.pagina12.com.ar

El autor es escritor, traductor, periodista, jugaba fútbol hasta que una lesión de juventud le impidiói seguir.Además, sabemos  que fundó el suplemento cultural Radar de Página 12 y que actualmente escribe cuando quiere y puede.

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