Inicio Blog Página 260

Las maravillas familiares y estéticas de The Fantastic Four: First Steps

 

Especial para En Rojo

Los Cuatro Fantásticos, que fueron creados por Stan Lee y Jack Kirby, siempre han representado las dinámicas de una familia. Aunque los roles dentro del círculo de los cuatro tienden a ser sumamente convencionales, los escritores continúan reinventándolos para acomodarse a sensibilidades más modernas. En los comics originales, el padre de familia, Mr. Fantastic/Reed Richards, es la voz de la razón. Su visión científica solidifica su autoridad intelectual sobre los demás integrantes. Su esposa, Invisible Girl (o Woman, según la época en la que se publica la historia) /Sue Storm, también tiene conocimiento científico, aunque su rol definitivo es el de la típica esposa pasiva que disciplina amorosamente a los muchachos. Aunque la pareja no tiene hijos, The Human Torch/Johnny Storm, que es hermano de Sue, actúa como un adolescente irresponsable que constantemente pelea con su “hermano mayor,” The Thing/Ben Grimm. Este último no es parte de la familia directamente, pero es miembro esencial del grupo. Su conflicto interior por la pérdida de su físico humano hace de su fuerza de piedra una condena para Grimm. En los Cuatro Fantásticos, Lee y Kirby buscaban reflejar la sociedad estadounidense de la época con una familia cuyos poderes y exploraciones científicas los tornaron en los defensores del planeta. Esta combinación resulta en un contraste genial entre la cotidianidad del hogar y la fantasía de los mundos en los que los cuatro personajes aventuran.

La más reciente película del Marvel Cinematic Universe (MCU), The Fantastic Four: First Steps (dir. Matt Shakman; Reino Unido, EE.UU. y Canada, entre otros; 2025), innova sobre esta fórmula, a pesar de que no pierde sus elementos esenciales. En una edición especial del cómic que sirve de introducción a la nueva película y que fue publicada recientemente (The Fantastic Four: First Steps #1, escrito por Matt Fraction con arte de Mark Buckingham) los Cuatro Fantásticos son dibujados con las características físicas de los actores. En esta aventura previa, Mr. Fantastic (Pedro Pascal), Invisible Woman (Vanessa Kirby), The Human Torch (Joseph Quinn) y The Thing (Ebon Moss-Bachrach) se enfrentan a la nación de Subterránea, presidida por Mole Man/Harry Elder (Paul Walter Hauser). En un giro interesante, Sue Storm establece relaciones diplomáticas con Subterránea evitando así una guerra. La genialidad científica de Reed y las habilidades de liderazgo de Sue como embajadora extraoficial de los Estados Unidos en el conflicto demuestran un cuestionamiento a la concepción original del personaje. De hecho, en la película, el Reed Richards de Pedro Pascal pierde bastante de la arrogancia del personaje original para tornarse en un hombre sensible cuya dependencia en la ciencia no siempre le permite comunicarse efectivamente con la gente que le rodea. Inclusive, el Ben Grimm de Ebon Moss-Bachrach no es el simpático bocón de los comics, sino un hombre que, aunque algo incómodo con su nueva forma de piedra, insiste en explorar su profunda sensibilidad. La Sue Storm de Vanessa Kirby es una fuerza que ni el inmenso y terrible Galactus (Ralph Ineson) podría doblegar.

La película funciona precisamente porque nos cuenta las historias sobre estos héroes que piensan más allá de la lucha, que usan la ciencia para considerar posibilidades, que establecen vínculos con diversas naciones de los múltiples mundos de Marvel y que defienden a los suyos con todas sus fuerzas. Esto se lleva a cabo en un mundo bellísimo que demuestra los valores de la producción, la visión de Matt Shakman, el director, y el trabajo del equipo de diseño de arte. El mundo de los Cuatro fantásticos es retro-futurista, donde los diseños de interiores mid-century moderno coexisten con carros voladores y modas de vestir sesentosas. Su mundo es tan único como el afro-futurismo de Wakanda en Black Panther (dir. Ryan Coogler, EE.UU., 2018) y los extraños planetas de la trilogía de Guardians of the Galaxy, dirigida por James Gunn. Al final de la película, quise continuar deambulando por las calles del Nueva York de los Cuatro Fantásticos acompañado por la maravillosa música de Michael Giacchino.

A pesar de que recomiendo altamente la película y que espero que la puedan ver en la pantalla más grande que encuentren, me parece que la historia no profundizó lo suficiente en el personaje de Silver Surfer/Shalla-Bal (Julia Garner). Su liberación de Galactus, un ente que devora mundos y que ha esclavizado al Surfer, es una de las historias de redención más significativas de los comics de Marvel. Puede que esto se explore en otra producción para cine o televisión, pero los giros en el personaje del Silver Surfer hacen sentir su desarrollo algo superficial en esta película. Otro elemento que impacta los proyectos de Marvel es que estos siempre forman parte de una fase más grande del MCU. Como consecuencia, la individualidad de cada película se afecta. ¿Qué elementos de la estética de The Fantastic Four: First Steps sobrevivirán en el gran evento final de esta fase de Marvel? Espero que la Tierra 828, la versión de nuestro planeta en el Multiverso y donde vive esta versión de los Cuatro Fantásticos, nunca pierda su encanto.

Editorial-25 de julio: 127 años en la noria colonial

 

El 25 de julio es una fecha ignominiosa en la historia de Puerto Rico. Marca el momento en que, por medio de una invasión militar, el gobierno imperial de Estados Unidos, impuso su poder absoluto sobre el pueblo puertorriqueño en 1898, iniciando un nuevo ciclo de subordinación colonial para nuestro país que dura hasta el presente.

Por eso, es un ejercicio inútil intentar encontrar y explicar diversos significados de esta fecha para el pueblo puertorriqueño. No sería así si Puerto Rico hubiera alcanzado su independencia un 25 de julio. Porque el día del nacimiento de una nación no necesita explicación, como tampoco la necesita el día del cumpleaños de una persona. Si la mera alusión al 25 de julio aún levanta ronchas entre nosotros es precisamente porque la fecha resalta lo obvio: la naturaleza colonial y subordinada  de Puerto Rico al Congreso de Estados Unidos de América, subordinación que nos tiene aún dándole vueltas a la noria colonial después de 127 años.

No ha habido un solo momento en nuestra historia en que Puerto Rico haya gozado de soberanía política. Lo más cercano fue la Carta Autonómica y el Gabinete Autonómico de 1897, autorizados tardíamente por el gobierno de España cuando ya se advertían los cañonazos  de la Marina de Guerra de Estados Unidos en El Caribe.

La firma del Tratado de París para poner fin a la Guerra entre España y Estados Unidos, y la cesión y ocupación de Puerto Rico por las milicias estadounidenses, dieron al traste con el sueño soberanista. A partir de entonces, Estados Unidos ha retenido para sí la soberanía de Puerto Rico, bajo la Cláusula Territorial de su Congreso, y cualquier asunto relativo a la relación de Estados Unidos y Puerto Rico corresponde al sub comité de Asuntos Indígenas y Territoriales del Comité de Recursos Naturales del Congreso. Desde allí se legisló para Puerto Rico las Leyes Foraker y Jones, bajo las cuales se ordenó el gobierno colonial de la Isla durante la primera mitad del siglo veinte, y se nos impuso la ciudadanía estadounidense y el servicio militar en las Fuerzas Armadas imperiales.

En 1952, y bajo presión de la comunidad internacional representada en la Organización de Naciones Unidas (ONU), Estados Unidos se sintió obligado a dar un nuevo paso en su relación con Puerto Rico. Ahí vino el engaño de la Ley 600 y la llamada Constitución del Estado Libre Asociado ( ELA) con una apariencia de «gobierno propio» que le permitió a Estados Unidos zafarse de su obligación de someter informes sobre sus colonias/ territorios a la ONU.

En su libro, La farsa del Estado Libre Asociado, el procurador general de Puerto Rico de 1949 a 1951, bajo el primer gobierno del Partido Popular,  y uno de los más prominentes juristas de su época, Vicente Geigel Polanco, denunció la naturaleza colonial de la Ley 600:

» La Ley 600 del Congreso no reconoce ni confiere soberanía al pueblo de Puerto Rico para hacer su constitución. El Congreso conserva la plena soberanía sobre Puerto Rico que adquirió en virtud del Tratado de París; mantiene el status de posesión territorial que tiene la Isla bajo la sección 1 de la Ley Jones- que quedará subsistente en la Ley de Relaciones Federales de Puerto Rico- y lo único que hace la Ley 600 es delegar facultad en el pueblo de Puerto Rico para redactar un proyecto de gobierno interno, de régimen local, dentro del mismo marco orgánico de la vigente Ley Jones, sujeto ese proyecto a la aprobación final del Congreso de Estados Unidos , que es donde reside la verdadera soberanía sobre Puerto Rico».

Por eso, lejos de morir tras la inauguración del ELA aquel 25 de julio de 1952, la lucha y el debate en torno al estatus político de Puerto Rico, así como las posturas de los electores y los partidos políticos respecto a las distintas opciones de estatus – Independencia, Estadidad o ELA- han sido un punto principal de contención y división en el pueblo puertorriqueño. Precisamente, la polarización en torno al estatus político fue el caldo de cultivo para los asesinatos de dos jóvenes independentistas en el Cerro Maravilla,  a manos de policías de Puerto Rico transformados en esbirros aquel infame 25 de julio de 1978.

A pesar de decenas de consultas, plebiscitos y comisiones de estatus, la resolución del destino político final de Puerto Rico está tan detenida y estéril hoy como lo ha estado desde 1898. El Congreso y los gobiernos de Estados Unidos no han tenido la voluntad política para moverse a resolver de forma permanente el estatus de Puerto Rico, y los partidos coloniales que se han turnado el gobierno en Puerto Rico desde la segunda mitad del siglo veinte hacia acá, están cada vez más cuestionados y desprestigiados como interlocutores ante el Congreso.

La denuncia del embeleco de la Ley 600 y el ELA le costó el puesto y muchas angustias a Vicente Geigel Polanco. Sin embargo, su verdad  prevaleció y se comprobó, más allá de toda duda y análisis, tras la aprobación de la Ley PROMESA y todas las instancias recientes  en que el Congreso y los Tribunales de Estados Unidos han reiterado la relación de subordinación política de Puerto Rico a la Cláusula Territorial del Congreso de Estados Unidos. Una subordinación política que ha amarrado las manos y el espíritu del pueblo puertorriqueño y lo ha hecho vivir de crisis en crisis, y cada vez más sumido en la pobreza y la dependencia.

Las elecciones de 2024 demostraron que la mitad de nuestro pueblo elector quiere cambios profundos en nuestra relación con Estados Unidos, no para anexarnos ni seguir en el limbo colonial, sino para explorar un camino nuevo de amistad con un Puerto Rico soberano y verdaderamente democrático, y en cooperación y respeto mutuo con Estados Unidos y el mundo.

En Puerto Rico la colonia ha fracasado. No funciona para las mayorías de nuestro pueblo. Tras 127 años no es opción seguir dándole vueltas a la noria de la colonia perpetua, ya sea por miedo o por ventajería electorera o personal.

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción de Ramón López a sus escritos

 

Ahora que la gente puertorriqueña suma siete millones de personas, las distantes orillas de la Isla y el Continente -que son los espacios del Pueblo y la Diáspora- se acercan cada vez más. Las facilidades de la transportación aérea y la ciudadanía compartida, junto a los acelerados adelantos de las comunicaciones, colocan a los boricuas de Puerto Rico y Estados Unidos en nuevas situaciones de proximidad. Después de casi un siglo de nación dividida, el pueblo dividido se reúne en una voluntad de acercamiento.

Las recientes luchas por la excarcelación de los presos políticos y contra la presencia de la Marina en Vieques han puesto de manifiesto la necesaria interdependencia y complementariedad de la vida política de nuestra gente en ambos países. Simultáneamente, la exuberancia de un nacionalismo cultural efervescente – tan visible en la música, el deporte y la moda- ha precipitado la más intensa identificación con el imaginario del patriotismo que se haya dado en nuestra historia. 

Sin embargo, hay otro consenso que limita las posibilidades del reencuentro y la apertura de una población en flujo hacia sí misma. Es la insatisfacción divisoria respecto a la vigencia del colonialismo como vínculo esencial de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Toda la gente puertorriqueña comparte una necesidad de transformar democráticamente esta situación actual, aunque no hay acuerdo sobre los mecanismos específicos que conduzcan a ese logro. Así, somos siete millones de personas con muchas ganas de unidad y muchos problemas de división. La energía contradictoria de este esfuerzo colectivo se expresa con toda intensidad en esa apasionada y arrolladora exhibición y agitación de la bandera puertorriqueña, convertidad en la presencia visual más ineludible de nuestra vida colectiva.

Hay otro espacio de convivencia que produce confusiones y divisiones entre la gente puertorriqueña. Se trata de la diferente cotidianidad de la vida en Puerto Rico y Estados Unidos. A pesar del contacto constante entre ambos territorios histórico-culturales, todavía queda mucho desconocimiento por conquistar, mucha diversidad por admitir y mucho estereotipo por superar. Ni los boricuas de Puerto Rico son tan “Isleños” ni los boricuas de Estados Unidos tan “Nuyoricans” como podría parecer a simple vista.

Este cuaderno trata sobre esta complejidad. Su propósito es doble. Por un lado, destaca la enorme resistencia y creatividad cultural de los sectores populares boricuas de la diáspora, en oposición a la visión desinformada y simplista que imagina y luego acusa a la gente puertorriqueña de Estados Unidos de echar a perder su identidad en desafortunados forcejeos asimilistas. Por otro lado, reclama atención a la diversidad y transformación de esa identidad, en oposición a la visión atrasada y folclorista que equipara y reduce la gestión cultural de la gente puertorriqueña de Estados Unidos a desesperados forcejeos tradicionalistas.

Aquí se recogen trabajos en torno a la cultura popular puertorriqueña en Estados Unidos. Es popular la cultura que hace la gente común como iniciativa propia  en respuesta y relación con los demás sectores de la sociedad, especialmente con los sectores dominantes. Aquí el campo de estudio es la cultura que hace el pueblo mismo, no la cultura que el gobierno, las iglesias, las corporaciones, las academias, las agencias y otras instituciones hacen para el pueblo.

El fundamento de estas investigaciones es el trabajo etnográfico, realizado entre los años 1994 y 2001. Los temas de investigación se refieren a aspectos importantes de la vida de la gente puertorriqueña común que se manifiestan ante todo en las grandes ciudades de Estados Unidos en las que existen abundantes comunidades boricuas. A diferencia de la mayor parte de la literatura existente, el foco principal de estudio no es la vida de los puertorriqueños de Nueva York, aunque sí se toma en cuenta. Esto es de gran importancia pues existe una numerosa población en Estados Unidos que se considera puertorriqueña pero no “Nuyorican”. Esta gente se reconoce y afirma como puertorriqueña, boricua y latina; no “Puertorrican-American”. La identidad se comparte de manera inter-generacional: hasta los niños se identifican así, especialmente en los barrios populares. Para dar cuenta de todo lo anterior, se hizo mucho trabajo de fondo en los vecindarios de Chicago.

Aquí se recogen bregas puertorriqueñas que son culinarias, musicales, funerales, artesanales, festivas, visuales, espirituales, territoriales, educativas y poéticas, entre otras cosas. Hay olor de fritura y golpe de bomba, camisetas atrevidas y hip-hop de barrio, intimidades domésticas y escándalos callejeros, muñecas espiritistas y objetos de santería, banderas en el cuello y altares en las aceras, reciclados cajones de leche y formidables esculturas patrióticas, avenidas cuajadas de desfiles y callejones infestados de disparos, poesía popular de tarima y reyes magos de nuevo atuendo, tristes memorias de muertos y regocijos pentecostales, historia en tiempo de plena y vejigantes politizados, entonaciones municipales y contrapuntos de spanglish. 

Todo se junta en un sabor inconfundible y una atmósfera inevitable: es vida de barrio boricua en Estados Unidos, vida llena de ganas de vivir. Se nos quedaron muchas cosas fuera de estas páginas pero entre y venga que siempre somos puertorros.